Mi historia

Rosa Parks · Capítulo 13 de 13

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Mi historia

12. Los años que siguieron

 

En 1964, John Conyers, un abogado afroamericano que había trabajado como

asesor legislativo del congresista John Dingle, se presentó como candidato al

Congreso para el primer distrito congresual de Míchigan. Me pidió que

avalara su candidatura y lo hice, porque me gustaba lo que decía y la

legislación que quería aprobar. Cuando ganó las elecciones, me pidió que

trabajara para él en su despacho de Detroit. Empecé el 1 de marzo de 1965,

poco después de la marcha de Selma a Montgomery. Trabajé con él hasta que

me jubilé, el 30 de septiembre de 1988. Era recepcionista y auxiliar

administrativa y ayudaba a buscar alojamiento para personas sin hogar y

cosas así.

El mismo año en que empecé a trabajar para John Conyers dispararon a

Malcolm X. No lo conocía, aunque la sede de la Nación del Islam estaba en

Detroit, donde tenían su Templo Número 1. Cuando nosotros llegamos a

Detroit, él estaba en Nueva York dirigiendo el gran templo allí. La Nación del

Islam predicaba el odio a los blancos y yo nunca estuve de acuerdo con odiar

a nadie. Sin embargo, los musulmanes tenían mucho éxito convirtiendo a

hombres en la cárcel y consiguiendo que llevaran vidas legales una vez fuera.

Se tomaban muy en serio que la población negra saliera adelante, tuviera sus

propios negocios y forjara vínculos familiares sólidos.

Malcolm X se había convertido al islam en la cárcel. Había sido un

delincuente profesional y usaba el apodo de «Detroit Red». Su vida cambió

por completo cuando se unió a la Nación del Islam. Luego viajó a La Meca,

en Arabia Saudí, la base de la religión musulmana original, y descubrió que

los musulmanes de otras partes del mundo no eran racistas y no predicaban el

odio a los blancos. Abandonó la Nación del Islam y, cuando lo mataron en

febrero de 1965, estaba intentando construir una organización que no

predicara el odio.

Lo conocí justo la semana antes de que lo mataran. Había venido a Detroit

a hablar y yo estaba sentada en la primera fila. Habían atacado su hogar de

Nueva York con bombas incendiarias y toda su ropa había resultado dañada por el fuego y el agua, pero vino a Detroit igualmente, porque se había

comprometido a ello. Hablé con él y me firmó el programa. Había cambiado

su manera de hablar y de expresarse. Ya le había oído hablar antes, pero su

mensaje en ese momento era absolutamente distinto. Lo admiraba mucho,

teniendo en cuenta su historia y sus orígenes y lo mucho que había tenido que

luchar hasta conseguir ser respetado como el líder de la Nación del Islam. Era

un hombre brillante. No estuve en completo desacuerdo con él ni siquiera

cuando estuvo con la Nación del Islam.

Recuerdo que habló de la violencia. Habló de la expresión: «Padre,

perdónalos porque no saben lo que hacen», que es lo que dijo Jesucristo

cuando lo crucificaron. El doctor King acostumbraba a decir que los negros

debíamos recibir la brutalidad con amor y yo creía que ese era el objetivo por

el que tenía que trabajar. Sin embargo, nunca conseguí llegar a ese punto en

mi mente, ni siquiera aunque sé como sé que, probablemente, para la gran

mayoría de las personas de Montgomery, la estrategia del doctor King fue

mejor que si hubieran optado por rebelarse sin armas ni municiones.

Malcolm tampoco apoyaba la no violencia. En alusión a lo que el doctor

King había dicho sobre que la gente no sabía lo que hacía, acostumbraba a

decir que los racistas blancos que atacaban las manifestaciones no violentas

en defensa de los derechos civiles «no solo sabían lo que hacían, sino que

eran verdaderos expertos haciéndolo».

Cuando llevaba tres años trabajando en el despacho de John Conyers, el

doctor King fue asesinado de un disparo; fue el 4 de abril de 1968. Recuerdo

que mi madre y yo estábamos escuchando la radio. Se acercaba Semana Santa

y el doctor King acostumbraba a retransmitir sus sermones durante la

Cuaresma. Sin embargo, ese año, el doctor King estaba en Memphis,

Tennessee, donde había prometido participar en una marcha en apoyo de los

basureros negros. Así que fue otro ministro quien habló por la radio. Era uno

de los que sentían un profundo desagrado por el doctor King, creo que debido

a su gran popularidad y a su magnetismo, que hacía que la gente gravitara

hacia él. Mi madre y yo lo estábamos escuchando y comentamos: «Vaya, el

enemigo del doctor King está en las ondas». Y, justo cuando el ministro

estaba en pleno sermón, interrumpieron la emisión para decir que habían

disparado al doctor King. Fue absolutamente devastador.

Poco después, informaron por la radio de que el disparo había sido fatal.

Por algún motivo, no me afectó tanto como el primer ataque, cuando lo

apuñalaron. La primera vez que lo atacaron, no podía concebir que nadie

quisiera hacerle daño. Cuando lo asesinaron, ya me había hecho a la idea de que había mucha gente que le deseaba lo peor. Sentí una sensación de pérdida

muy profunda. Mi madre y yo lloramos juntas, en silencio.

Me preparé para ir a Memphis. En aquella época, Louise Tappes, una

amiga de Detroit, y yo viajábamos juntas, porque a Parks no le gustaba

demasiado moverse de casa. Nos reunimos con más personas y acudimos a

Memphis para participar en la marcha en la que tendría que haber participado

el doctor King. El señor Sheldon Tappes, el marido de Louise, era un

dirigente obrero en el sindicato United Auto Workers y lo organizó todo.

Harry Belafonte, el cantante, me llevó en su avión privado a Atlanta para el

funeral del doctor King. El senador Robert Kennedy y su esposa, Ethel,

asistieron al funeral. Los conocí antes de la ceremonia, en casa de la señora

King.

Poco después soñé con el doctor King. Estaba ascendiendo por una

chimenea sobre un hogar muy grande. Estaba sentado en una especie de

asiento redondo y de cara a mí. Iba vestido con ropa de trabajo, con vaqueros.

Y, frente a él y de espaldas a mí, había un joven blanco, de cabello oscuro y

constitución pequeña. No le di demasiadas vueltas, pero en junio asesinaron a

Robert Kennedy. Y recordé el sueño.

Era como si estuviéramos perdiendo a todas las personas que nos parecían

buenas.

Recuerdo la década de 1970 como un periodo en el que perdí a la gente a

la que más quería. Mi marido, mi madre y mi hermano estaban enfermos y

hubo un momento en el que cada día acudía a tres hospitales distintos para

visitarlos. Tuve que dejar de trabajar a jornada completa y limitarme a media

jornada. Parks falleció en 1977, a los setenta y cuatro años de edad, después

de cinco años luchando contra el cáncer. Mi hermano, Sylvester, falleció tres

meses después, también de cáncer. Mi madre también tenía cáncer y, cuando

mi marido murió, tuve que ingresarla en una residencia durante un año,

porque no podía atenderla adecuadamente y trabajar. Sin embargo, la visité

cada día, siete días a la semana, para desayunar, almorzar y cenar con ella.

En 1978 me trasladé a un edificio de pisos para personas mayores, saqué a

mi madre de la residencia y la cuidé en casa hasta que falleció en 1979, a los

noventa y un años de edad.

Yo tampoco estaba demasiado bien de salud, pero seguí trabajando. No

podía hacer todo lo que quería hacer, pero hacía todo lo que podía.

Una de las cosas que siempre había querido hacer era fundar una

organización para ayudar a los jóvenes. En 1987 fundé el Rosa and Raymond Parks Institute for Self-Development y, desde entonces, he trabajado mucho

para recaudar dinero para este.

 

Rosa Parks en una escuela de Detroit durante la Semana de la Historia Negra. (Gentileza de

Rosa Parks.)

 

Concibo el instituto como un entorno semejante al de un centro

comunitario que ofrece programas a los jóvenes para ayudarlos a continuar

con su educación y tener esperanza para el futuro. Se trata de un objetivo que

siempre ha sido importante para mí. Es algo de lo que mi marido y yo

habíamos hablado con frecuencia, porque él no había podido estudiar de

joven. Mediante el instituto, espero poder ofrecer becas a jóvenes que las necesiten y ofrecer cursos en habilidades de comunicación, economía,

conciencia política y conciencia de la salud, para ayudarlos a hacer realidad

su mayor potencial y dotarlos de habilidades que les permitan salir al mercado

y convertirse en ciudadanos productivos con algo que aportar a la sociedad.

Me gustaría que tuvieran la misma sensación de esperanza, dignidad y orgullo

que mi familia y mis maestros instilaron en mí.

Elaine Steele es la cofundadora y la directora ejecutiva del instituto.

También se encarga de toda la organización y viaja conmigo cuando me

invitan a hablar o a intervenir en distintas organizaciones de todo el país.

Sucede con mucha frecuencia, a pesar de que ya han pasado más de treinta

años del boicot al autobús de Montgomery.

Me resultaría muy difícil ofrecer una lista completa de todas las ciudades,

pueblos y organizaciones que me han homenajeado o me han invitado a

formar parte de algún evento especial. Estoy segura de que me olvidaría de

alguna y de ningún modo quiero que nadie se sienta menospreciado. Sin

embargo, sí que me gustaría mencionar dos ocasiones en las que me han

homenajeado en Montgomery, donde todo empezó.

El autobús donde me arrestaron en diciembre de 1955 pertenecía a la línea

de Cleveland Avenue. Ahora, Cleveland Avenue se llama Rosa Parks

Boulevard.

Raymond Parks, Louise Tappes, Rosa, Septima Clark y Coretta Scott King en Detroit, 1965,

en el Comité de la Women’s Political Action para homenajear a Rosa. (Gentileza de Rosa

Parks.)

 

En noviembre de 1989, se inauguró un monumento en Montgomery. La

estatua, erigida por el Southern Poverty Law Center, fue diseñada por Maya

Lin, la arquitecta responsable del Monumento a los Veteranos de Vietnam, en

Washington DC. Los nombres de cuarenta hombres y mujeres que murieron

defendiendo los derechos civiles están grabados en una tabla circular de

granito negro colocada delante de una pared curvada por la que cae una

cascada de agua que forma una delicada película sobre las palabras del doctor

King:

 

«… hasta que corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo».

 

Me enorgulleció mucho que me invitaran a la inauguración de un monumento

tan especial.

A medida que ha ido pasando el tiempo, la gente ha exagerado cada vez

más mi lugar en la historia del movimiento por los derechos civiles. Me

llaman «madre del movimiento por los derechos civiles» y «santa patrona del

movimiento por los derechos civiles». Tengo más títulos honoris causa,

placas y premios de los que puedo contar y agradezco y valoro todos y cada

uno de ellos. Aún hoy, los entrevistadores solo quieren hablar de esa tarde de

1955 en que me negué a ceder mi asiento en el autobús. Las organizaciones

quieren seguir concediéndome premios por ese acto de hace más de treinta

años. Acudo encantada allá donde me inviten y acepto de grado cualquier

honor que quieran concederme. Entiendo que soy un símbolo.

La calle 12 de Detroit, 1975, recibe el nombre de Rosa Parks Boulevard. (Gentileza de Rosa

Parks.)

 

Sin embargo, nunca he acabado de acostumbrarme a ser una «persona

pública». No me gusta demasiado que mi estado de salud sea una cuestión

pública. Cuando envejeces, es normal que tu salud se deteriore. Ahora, salgo

en el periódico cada vez que voy al hospital. Cuando me implantaron un marcapasos en el Hospital Johns Hopkins de Baltimore en 1988, salió en los

periódicos. Y, cuando sufrí palpitaciones en febrero de 1989 y tuvieron que

volver a hospitalizarme, también. De todos modos, es agradable recibir

tarjetas, flores y deseos de recuperación de personas de todo el país.

 

Mi vida ha cambiado mucho desde 1955. He viajado mucho más de lo que

nunca pensé que viajaría y he conocido a muchas personas a las que no habría

conocido de otro modo. Hay personas que, cuando hablan conmigo, me

aseguran que he influido en sus vidas de múltiples maneras.

Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de lo mucho que hemos

avanzado en varios aspectos desde esa tarde en el autobús de Montgomery.

Ahora, los jóvenes se pueden registrar como votantes sin que los amenacen y

pueden votar sin miedo. En las fuentes no hay carteles que indiquen «Negros»

o «Blancos». Hay ciudades con alcaldes negros o jefes de policía negros. Tom

Bradley fue el primer alcalde afroamericano de una gran ciudad

estadounidense. Douglas L. Wilder fue elegido gobernador de Virginia y se

convirtió en el primer gobernador negro de un estado. Y, hace treinta años,

nadie habría podido creer que Jesse Jackson, un hombre negro, se pudiera

presentar a la presidencia de los Estados Unidos y conseguir votos blancos en

las elecciones primarias estatales.

Todas esas leyes contra la segregación se han aprobado y todo ese

progreso es real. Sin embargo, aún hay muchas personas blancas cuyos

corazones no han cambiado. El doctor King decía con frecuencia que cambiar

una ley no significaba que los corazones hubieran cambiado de repente, sino

que conseguíamos algo de protección. Tenía razón. Ahora estamos más

protegidos, pero aún hay mucho racismo y violencia racial.

Durante los últimos años, hemos podido presenciar un resurgimiento de

actitudes reaccionarias. Me preocupan profundamente las recientes decisiones

del Tribunal Supremo que complican demostrar una pauta de discriminación

racial en la contratación de trabajadores y también que el Gobierno nacional

no parezca demostrar demasiado interés por las violaciones de los derechos

civiles. Lo que me preocupa es que muchos jóvenes, estudiantes

universitarios incluidos, defienden la supremacía blanca y que cada vez haya

más incidentes racistas y de violencia racial en los campus universitarios. No

se ha generalizado, pero no por ello deja de ser perturbador. Aún nos queda

mucho camino que recorrer.

Algunos de los acontecimientos ocurridos recientemente me entristecen

mucho. Intento mantener viva la esperanza, pero no siempre me resulta fácil.

He pasado más de la mitad de mi vida enseñando amor y compañerismo y

siento que es mejor seguir intentando enseñar y vivir la igualdad y el amor

que el odio o el prejuicio. Todos viviendo juntos en paz y armonía y amor…,

ese es el objetivo que buscamos y estoy convencida de que, cuantas más

personas alcancen esa manera de pensar, mejor estaremos todos.

 

Retrato de Rosa Parks, década de 1980. (Gentileza de Rosa Parks.)

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