Mi historia

Rosa Parks · Capítulo 6 de 13

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Mi historia

5. Luchamos por el derecho a votar

 

 

Cuando los chicos de Scottsboro se salvaron de la ejecución, Parks se centró

en el censo de votantes, algo que le interesaba desde antes de que nos

conociéramos. Lo desanimaba ver que tan pocos negros estuvieran censados

para votar.

El derecho al voto es muy importante para los estadounidenses. Votamos

a personas para que nos representen en el gobierno. Y, si no nos gusta cómo

nos representan, podemos votar a otra persona. Sin embargo, en aquellos

tiempos, la mayoría de las personas negras del sur no podían votar.

Los segregacionistas hacían que las personas negras lo tuvieran muy

complicado para censarse como votantes. Para ello, los negros tenían que

contar con avalistas blancos. Una pequeña cantidad de negros que gozaban

del favor de personas blancas pudieron censarse así. Sin embargo, una vez

que lo conseguían, no querían que otros negros pudieran hacerlo. Imagino que

pensaban que, cuando los blancos los avalaban y aprobaban que pudieran

registrarse, ascendían a un nivel superior al resto de nosotros. Les decían a

Parks y a sus amigos que se ocuparan de sus asuntos y que no se preocuparan

tanto del censo y de votar.

Así eran las cosas entonces. La mayoría de los negros tenía miedo. Los

que contaban con el favor de personas blancas no querían arriesgarse a perder

su posición privilegiada. Y el resto no creía que fuera posible hacer nada al

respecto. En realidad, no hubo ningún movimiento activista en defensa de los

derechos civiles en el que participara muchísima gente hasta el boicot al

autobús de Montgomery en 1955. Hasta entonces, muy pocas personas eran

activistas y, por supuesto, no contaban con el favor de los blancos.

Mi marido nunca se censó en Alabama. Lo intentó durante mucho tiempo,

pero nunca accedió a ir con ninguno de sus conocidos blancos que se

ofrecieron a avalarlo. Quería registrarse por sí mismo. No se registró por

primera vez hasta años después, cuando vivíamos en Detroit, Míchigan. En

Montgomery, en la década de 1940, teníamos lo que llamábamos una Liga de

Votantes, un grupo de personas que se reunían en sus casas, aunque sobre todo en la nuestra. En aquella época, yo tenía una lista de todos los votantes

negros registrados en Montgomery. Había treinta y una personas en la lista,

aunque algunos estaban en el cementerio. Habían muerto, pero seguían en la

lista. Así que había muy pocos y no conseguimos mucho hasta que el señor

E. D. Nixon decidió derribar esas barreras.

El señor Edgar Daniel Nixon era uno de los afroamericanos más activos

de Montgomery. Era conserje de coches cama y presidente de la sucursal

local de la Hermandad de los Conserjes de Coches Cama, que era un sindicato

de trabajadores ferroviarios negros fundado por el señor Philip Randolph. El

señor Nixon había fundado la sucursal de Montgomery en la década de 1920.

Cuando lo conocí, en 1943, era el presidente de la delegación de Montgomery

de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color. Era un

hombre orgulloso y digno que caminaba erguido como una flecha. Para lograr

el registro de personas negras en el censo de votantes, contó con la ayuda de

Arthur A. Madison, un abogado negro nativo de Alabama que ejercía en la

ciudad de Nueva York. El señor Madison vino a Montgomery y se quedó con

nosotros durante un tiempo para darnos instrucciones sobre cómo

registrarnos. Dijo que no teníamos por qué esperar a que una persona blanca

lo autorizara y nos acompañara a la oficina de registro para avalarnos. Nos

explicó que tendríamos que pasar una prueba, que era un examen de

alfabetización, para determinar si sabíamos leer y escribir y entendíamos la

Constitución estadounidense. Lo arrestaron y lo encarcelaron por intentar

ayudarnos y luego regresó a Nueva York.

Decidí registrarme. La primera vez que lo intenté fue en 1943. Solo abrían

los libros del censo en momentos determinados. Si no sabías cuándo lo

hacían, perdías la oportunidad. No lo anunciaban en público, uno tenía que ir

y averiguarlo. Y, entonces, decidían, por ejemplo, que abrirían el registro un

miércoles por la mañana, de diez a doce, cuando sabían que la mayoría de los

trabajadores negros no podrían asistir. Y, aunque pidieras permiso en el

trabajo para estar allí, eso no significaba que pudieras registrarte. Cerraban las

puertas en cuanto daban las doce, por mucha gente que hubiera en la cola

esperando. Todo eso, para impedir que los afroamericanos pudieran

registrarse.

Si lograbas entrar, tampoco significaba necesariamente que pudieras

registrarte. Antes tenías que ser propietario de una casa, pero, cuando yo

intenté registrarme, me dijeron: «Deberías ser propietaria, pero, si pasas el

examen respondiendo correctamente a las preguntas, no es necesario que seas

propietaria». Así que o eras propietario o tenías que aprobar el examen.

El primer día de 1943 que abrieron el registro era un día laborable, así que

no pude ir. El señor Nixon y, estoy segura, el abogado Madison hicieron

llegar la noticia a la comunidad negra, por lo que alrededor del juzgado había

una larga fila de personas negras que esperaban para registrarse. Mi hermana

y mi prima estaban en esa fila. Ellas, y muchas personas más, recibieron sus

certificados de votantes por correo. Los afroamericanos recibían los

certificados por correo, mientras que los caucásicos los recibían

inmediatamente una vez terminado el examen.

Al día siguiente, que era mi día libre, fui a registrarme y a hacer el

examen, pero no me enviaron el certificado por correo.

La segunda vez que lo intenté, me lo denegaron. Se limitaron a decirme

que no había aprobado. No tenían que darte ningún motivo. Yo creía que sí

que había aprobado, pero no tenía manera de comprobarlo. Podían decir que

habías suspendido y no podías hacer nada al respecto. Los funcionarios del

registro podían hacer lo que quisieran.

Estaba bastante segura de que había aprobado, así que la tercera vez que

me presenté, en 1945, copié mis respuestas a las veintiuna preguntas. En

aquella época no había fotocopiadoras, así que tuve que hacerlo a mano.

Tenía la intención de guardarla y usarla para denunciar al comité de registro

de votantes. Pero recibí mi certificado por correo. Lo siguiente que tenía que

hacer era pagar el impuesto al sufragio que llevaba acumulado.

El impuesto al sufragio era de 1,50 dólares anuales y todos los votantes

registrados tenían que pagarlo. Sin embargo, los negros eran casi los únicos

que tenían que pagarlo retroactivamente. A los blancos no les negaban el

derecho a voto, por lo que, cuando un blanco cumplía los veintiún años

(entonces no se podía votar a los dieciocho), se registraba y empezaba a pagar

1,50 dólares anuales a partir de entonces. Si te registrabas cuando eras más

mayor, tenías que pagar el impuesto retroactivamente hasta los veintiún años.

Me registré en 1945, cuando tenía treinta y dos años, por lo que tuve que

pagar 1,50 dólares por cada uno de los once años entre el momento en que

cumplí los veintiuno y los treinta y dos. En aquella época, 16,50 dólares era

una cantidad de dinero considerable.

Si hubiera denunciado a los registradores de votantes, habría necesitado a

alguien que me representara. Y, al principio, en Montgomery no había ningún

abogado negro al que recurrir. De hecho, en aquella época había muy pocos

abogados negros que ejercieran en Alabama. El único abogado al que

podíamos llamar cuando lo necesitábamos era a Arthur D. Shores, de

Birmingham, que venía de vez en cuando. Sabía que había representado a William P. Mitchell y a algunos otros que habían querido registrarse en el

condado de Macon. Sin embargo, ahora nos ayudaba Arthur A. Madison.

Recuerdo que fui al registro con el señor Nixon y con el abogado Madison.

Pero, como pude registrarme, no tuve que denunciar a nadie.

Recuerdo la primera elección a gobernador en la que voté. Voté por Jim

Folsom, que se presentaba contra un hombre muy reaccionario y muy racista

que se llamaba Handy Ellis. No hubo incidentes desagradables y tuve la

sensación de haber tenido que pasarlo muy mal para hacer algo tan sencillo y

fácil.

La segunda vez que intenté registrarme para votar fue la primera que me

expulsaron de un autobús de Montgomery. No seguí las normas.

Las personas negras teníamos que seguir unas normas especiales. Algunos

conductores hacían que los pasajeros negros subieran por la puerta delantera

para comprar el billete y luego los hacían bajar para que volvieran a subir por

la trasera. Con frecuencia, antes de que los pasajeros negros hubieran podido

llegar a la puerta trasera, el autobús arrancaba sin ellos. Los autobuses de

Montgomery tenían treinta y seis asientos. Los diez primeros estaban

reservados para pasajeros blancos, incluso si no había ningún pasajero blanco

en el autobús. Aunque no había ninguna ley acerca de los diez asientos en la

cola del autobús, se sobreentendía que eran para negros. Los negros teníamos

que sentarnos en la cola del autobús y no podíamos hacerlo en los asientos de

delante aunque estuvieran vacíos. Cuando todos los asientos de la cola

estaban ocupados, el resto de los pasajeros negros tenían que permanecer en

pie. Si los blancos llenaban la sección delantera, algunos conductores exigían

a los pasajeros negros que cedieran sus asientos en la sección de atrás.

Los conductores de autobús tenían la potestad de, si querían, administrar

los dieciséis asientos centrales. Llevaban pistola y tenían lo que llamaban

poder policial para reorganizar los asientos y obligar al cumplimiento de todas

las normas de segregación en los autobuses. Algunos de los conductores eran

peores que otros. No todos eran detestables, pero la segregación en sí es algo

perverso y, en mi opinión, no había nada que pudiera hacer que la segregación

fuera algo decente, bueno o aceptable.

El conductor que me expulsó era uno de los malos. Era alto y corpulento y

tenía una actitud intimidatoria. Tenía la piel de aspecto áspero y un lunar

cerca de la boca. Trataba muy mal a todos los negros. Yo ya había viajado

antes en su autobús y recuerdo que, cuando una joven subió al autobús por

delante y empezó a caminar hacia la cola, la hizo bajar para que subiera por la

puerta de atrás. Un día, en invierno de 1943, el autobús llegó y estaba repleto de personas negras. Ocupaban incluso los peldaños que subían de la puerta de

atrás. Sin embargo, delante había asientos vacíos, hasta los de la primera fila.

Así que subí por delante y pasé entre un pequeño grupo de personas que

estaban de pie en la cola y miré hacia delante y vi que el conductor se había

levantado y me miraba. Me dijo que bajara del autobús y que subiera por la

puerta de atrás. Le dije que ya estaba en el autobús y que no veía la necesidad

de bajar y de volver a subir cuando, además, había personas en los escalones.

¿Cómo iba a subir? Así que me respondió que, si no podía subir por la puerta

de atrás, tendría que bajar del autobús, «mi autobús», lo llamó. Me quedé

donde estaba. Se me acercó y me agarró de la manga del abrigo. No del brazo.

Solo de la manga del abrigo.

No sacó la pistola. Yo no merecía la pena, porque no me estaba

resistiendo. Sencillamente, no había bajado del autobús para subir por detrás

como me había ordenado. Después de que me agarrara de la manga, fui a la

parte delantera y dejé caer el bolso. En lugar de inclinarme o agacharme para

cogerlo, me senté en el primer asiento y, sentada, recogí el bolso del suelo.

Estaba en pie junto a mí y me dijo: «Baja de mi autobús». Respondí que

sí, que bajaría. Parecía que estaba a punto de pegarme. «Le diré algo. Más le

vale no golpearme», y no me golpeó. Bajé y oí que, en la cola, alguien

mascullaba: «¿Por qué no ha bajado para entrar por detrás?».

Supongo que los negros estaban cansados, porque querían llegar a casa y

estaban de pie en la parte trasera y estaban cansados de estar de pie. Sé que

estaban murmurando y cuchicheando mientras bajaba del autobús: «Tendría

que haber subido por atrás y dejarlo estar». Siempre se preguntaban por qué

uno no quería ser como los demás negros. Hablamos de la década de 1940,

cuando la gente aguantaba mucho sin protestar.

No volví a subir al autobús por la puerta de atrás. Volvía del trabajo, así

que ya tenía un billete de transbordo para dárselo al siguiente conductor. No

quería volver a subir nunca más en el autobús de ese hombre. A partir de ese

día, siempre me fijé en quién conducía antes de subir a ningún autobús. No

quería más incidentes con ese conductor tan desagradable.