Mi historia
5. Luchamos por el derecho a votar
Cuando los chicos de Scottsboro se salvaron de la ejecución, Parks se centró
en el censo de votantes, algo que le interesaba desde antes de que nos
conociéramos. Lo desanimaba ver que tan pocos negros estuvieran censados
para votar.
El derecho al voto es muy importante para los estadounidenses. Votamos
a personas para que nos representen en el gobierno. Y, si no nos gusta cómo
nos representan, podemos votar a otra persona. Sin embargo, en aquellos
tiempos, la mayoría de las personas negras del sur no podían votar.
Los segregacionistas hacían que las personas negras lo tuvieran muy
complicado para censarse como votantes. Para ello, los negros tenían que
contar con avalistas blancos. Una pequeña cantidad de negros que gozaban
del favor de personas blancas pudieron censarse así. Sin embargo, una vez
que lo conseguían, no querían que otros negros pudieran hacerlo. Imagino que
pensaban que, cuando los blancos los avalaban y aprobaban que pudieran
registrarse, ascendían a un nivel superior al resto de nosotros. Les decían a
Parks y a sus amigos que se ocuparan de sus asuntos y que no se preocuparan
tanto del censo y de votar.
Así eran las cosas entonces. La mayoría de los negros tenía miedo. Los
que contaban con el favor de personas blancas no querían arriesgarse a perder
su posición privilegiada. Y el resto no creía que fuera posible hacer nada al
respecto. En realidad, no hubo ningún movimiento activista en defensa de los
derechos civiles en el que participara muchísima gente hasta el boicot al
autobús de Montgomery en 1955. Hasta entonces, muy pocas personas eran
activistas y, por supuesto, no contaban con el favor de los blancos.
Mi marido nunca se censó en Alabama. Lo intentó durante mucho tiempo,
pero nunca accedió a ir con ninguno de sus conocidos blancos que se
ofrecieron a avalarlo. Quería registrarse por sí mismo. No se registró por
primera vez hasta años después, cuando vivíamos en Detroit, Míchigan. En
Montgomery, en la década de 1940, teníamos lo que llamábamos una Liga de
Votantes, un grupo de personas que se reunían en sus casas, aunque sobre todo en la nuestra. En aquella época, yo tenía una lista de todos los votantes
negros registrados en Montgomery. Había treinta y una personas en la lista,
aunque algunos estaban en el cementerio. Habían muerto, pero seguían en la
lista. Así que había muy pocos y no conseguimos mucho hasta que el señor
E. D. Nixon decidió derribar esas barreras.
El señor Edgar Daniel Nixon era uno de los afroamericanos más activos
de Montgomery. Era conserje de coches cama y presidente de la sucursal
local de la Hermandad de los Conserjes de Coches Cama, que era un sindicato
de trabajadores ferroviarios negros fundado por el señor Philip Randolph. El
señor Nixon había fundado la sucursal de Montgomery en la década de 1920.
Cuando lo conocí, en 1943, era el presidente de la delegación de Montgomery
de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color. Era un
hombre orgulloso y digno que caminaba erguido como una flecha. Para lograr
el registro de personas negras en el censo de votantes, contó con la ayuda de
Arthur A. Madison, un abogado negro nativo de Alabama que ejercía en la
ciudad de Nueva York. El señor Madison vino a Montgomery y se quedó con
nosotros durante un tiempo para darnos instrucciones sobre cómo
registrarnos. Dijo que no teníamos por qué esperar a que una persona blanca
lo autorizara y nos acompañara a la oficina de registro para avalarnos. Nos
explicó que tendríamos que pasar una prueba, que era un examen de
alfabetización, para determinar si sabíamos leer y escribir y entendíamos la
Constitución estadounidense. Lo arrestaron y lo encarcelaron por intentar
ayudarnos y luego regresó a Nueva York.
Decidí registrarme. La primera vez que lo intenté fue en 1943. Solo abrían
los libros del censo en momentos determinados. Si no sabías cuándo lo
hacían, perdías la oportunidad. No lo anunciaban en público, uno tenía que ir
y averiguarlo. Y, entonces, decidían, por ejemplo, que abrirían el registro un
miércoles por la mañana, de diez a doce, cuando sabían que la mayoría de los
trabajadores negros no podrían asistir. Y, aunque pidieras permiso en el
trabajo para estar allí, eso no significaba que pudieras registrarte. Cerraban las
puertas en cuanto daban las doce, por mucha gente que hubiera en la cola
esperando. Todo eso, para impedir que los afroamericanos pudieran
registrarse.
Si lograbas entrar, tampoco significaba necesariamente que pudieras
registrarte. Antes tenías que ser propietario de una casa, pero, cuando yo
intenté registrarme, me dijeron: «Deberías ser propietaria, pero, si pasas el
examen respondiendo correctamente a las preguntas, no es necesario que seas
propietaria». Así que o eras propietario o tenías que aprobar el examen.
El primer día de 1943 que abrieron el registro era un día laborable, así que
no pude ir. El señor Nixon y, estoy segura, el abogado Madison hicieron
llegar la noticia a la comunidad negra, por lo que alrededor del juzgado había
una larga fila de personas negras que esperaban para registrarse. Mi hermana
y mi prima estaban en esa fila. Ellas, y muchas personas más, recibieron sus
certificados de votantes por correo. Los afroamericanos recibían los
certificados por correo, mientras que los caucásicos los recibían
inmediatamente una vez terminado el examen.
Al día siguiente, que era mi día libre, fui a registrarme y a hacer el
examen, pero no me enviaron el certificado por correo.
La segunda vez que lo intenté, me lo denegaron. Se limitaron a decirme
que no había aprobado. No tenían que darte ningún motivo. Yo creía que sí
que había aprobado, pero no tenía manera de comprobarlo. Podían decir que
habías suspendido y no podías hacer nada al respecto. Los funcionarios del
registro podían hacer lo que quisieran.
Estaba bastante segura de que había aprobado, así que la tercera vez que
me presenté, en 1945, copié mis respuestas a las veintiuna preguntas. En
aquella época no había fotocopiadoras, así que tuve que hacerlo a mano.
Tenía la intención de guardarla y usarla para denunciar al comité de registro
de votantes. Pero recibí mi certificado por correo. Lo siguiente que tenía que
hacer era pagar el impuesto al sufragio que llevaba acumulado.
El impuesto al sufragio era de 1,50 dólares anuales y todos los votantes
registrados tenían que pagarlo. Sin embargo, los negros eran casi los únicos
que tenían que pagarlo retroactivamente. A los blancos no les negaban el
derecho a voto, por lo que, cuando un blanco cumplía los veintiún años
(entonces no se podía votar a los dieciocho), se registraba y empezaba a pagar
1,50 dólares anuales a partir de entonces. Si te registrabas cuando eras más
mayor, tenías que pagar el impuesto retroactivamente hasta los veintiún años.
Me registré en 1945, cuando tenía treinta y dos años, por lo que tuve que
pagar 1,50 dólares por cada uno de los once años entre el momento en que
cumplí los veintiuno y los treinta y dos. En aquella época, 16,50 dólares era
una cantidad de dinero considerable.
Si hubiera denunciado a los registradores de votantes, habría necesitado a
alguien que me representara. Y, al principio, en Montgomery no había ningún
abogado negro al que recurrir. De hecho, en aquella época había muy pocos
abogados negros que ejercieran en Alabama. El único abogado al que
podíamos llamar cuando lo necesitábamos era a Arthur D. Shores, de
Birmingham, que venía de vez en cuando. Sabía que había representado a William P. Mitchell y a algunos otros que habían querido registrarse en el
condado de Macon. Sin embargo, ahora nos ayudaba Arthur A. Madison.
Recuerdo que fui al registro con el señor Nixon y con el abogado Madison.
Pero, como pude registrarme, no tuve que denunciar a nadie.
Recuerdo la primera elección a gobernador en la que voté. Voté por Jim
Folsom, que se presentaba contra un hombre muy reaccionario y muy racista
que se llamaba Handy Ellis. No hubo incidentes desagradables y tuve la
sensación de haber tenido que pasarlo muy mal para hacer algo tan sencillo y
fácil.
La segunda vez que intenté registrarme para votar fue la primera que me
expulsaron de un autobús de Montgomery. No seguí las normas.
Las personas negras teníamos que seguir unas normas especiales. Algunos
conductores hacían que los pasajeros negros subieran por la puerta delantera
para comprar el billete y luego los hacían bajar para que volvieran a subir por
la trasera. Con frecuencia, antes de que los pasajeros negros hubieran podido
llegar a la puerta trasera, el autobús arrancaba sin ellos. Los autobuses de
Montgomery tenían treinta y seis asientos. Los diez primeros estaban
reservados para pasajeros blancos, incluso si no había ningún pasajero blanco
en el autobús. Aunque no había ninguna ley acerca de los diez asientos en la
cola del autobús, se sobreentendía que eran para negros. Los negros teníamos
que sentarnos en la cola del autobús y no podíamos hacerlo en los asientos de
delante aunque estuvieran vacíos. Cuando todos los asientos de la cola
estaban ocupados, el resto de los pasajeros negros tenían que permanecer en
pie. Si los blancos llenaban la sección delantera, algunos conductores exigían
a los pasajeros negros que cedieran sus asientos en la sección de atrás.
Los conductores de autobús tenían la potestad de, si querían, administrar
los dieciséis asientos centrales. Llevaban pistola y tenían lo que llamaban
poder policial para reorganizar los asientos y obligar al cumplimiento de todas
las normas de segregación en los autobuses. Algunos de los conductores eran
peores que otros. No todos eran detestables, pero la segregación en sí es algo
perverso y, en mi opinión, no había nada que pudiera hacer que la segregación
fuera algo decente, bueno o aceptable.
El conductor que me expulsó era uno de los malos. Era alto y corpulento y
tenía una actitud intimidatoria. Tenía la piel de aspecto áspero y un lunar
cerca de la boca. Trataba muy mal a todos los negros. Yo ya había viajado
antes en su autobús y recuerdo que, cuando una joven subió al autobús por
delante y empezó a caminar hacia la cola, la hizo bajar para que subiera por la
puerta de atrás. Un día, en invierno de 1943, el autobús llegó y estaba repleto de personas negras. Ocupaban incluso los peldaños que subían de la puerta de
atrás. Sin embargo, delante había asientos vacíos, hasta los de la primera fila.
Así que subí por delante y pasé entre un pequeño grupo de personas que
estaban de pie en la cola y miré hacia delante y vi que el conductor se había
levantado y me miraba. Me dijo que bajara del autobús y que subiera por la
puerta de atrás. Le dije que ya estaba en el autobús y que no veía la necesidad
de bajar y de volver a subir cuando, además, había personas en los escalones.
¿Cómo iba a subir? Así que me respondió que, si no podía subir por la puerta
de atrás, tendría que bajar del autobús, «mi autobús», lo llamó. Me quedé
donde estaba. Se me acercó y me agarró de la manga del abrigo. No del brazo.
Solo de la manga del abrigo.
No sacó la pistola. Yo no merecía la pena, porque no me estaba
resistiendo. Sencillamente, no había bajado del autobús para subir por detrás
como me había ordenado. Después de que me agarrara de la manga, fui a la
parte delantera y dejé caer el bolso. En lugar de inclinarme o agacharme para
cogerlo, me senté en el primer asiento y, sentada, recogí el bolso del suelo.
Estaba en pie junto a mí y me dijo: «Baja de mi autobús». Respondí que
sí, que bajaría. Parecía que estaba a punto de pegarme. «Le diré algo. Más le
vale no golpearme», y no me golpeó. Bajé y oí que, en la cola, alguien
mascullaba: «¿Por qué no ha bajado para entrar por detrás?».
Supongo que los negros estaban cansados, porque querían llegar a casa y
estaban de pie en la parte trasera y estaban cansados de estar de pie. Sé que
estaban murmurando y cuchicheando mientras bajaba del autobús: «Tendría
que haber subido por atrás y dejarlo estar». Siempre se preguntaban por qué
uno no quería ser como los demás negros. Hablamos de la década de 1940,
cuando la gente aguantaba mucho sin protestar.
No volví a subir al autobús por la puerta de atrás. Volvía del trabajo, así
que ya tenía un billete de transbordo para dárselo al siguiente conductor. No
quería volver a subir nunca más en el autobús de ese hombre. A partir de ese
día, siempre me fijé en quién conducía antes de subir a ningún autobús. No
quería más incidentes con ese conductor tan desagradable.