Mi padre, el pornógrafo
Capítulo Treinta
De niños, mis hermanos y yo teníamos cada uno una caja de sesenta y seis ceras Crayola. En el fondo de la caja había un sacapuntas integrado que echaba las virutas en un pequeño compartimento. Eran ceras especiales, un regalo que nuestro padre nos había hecho junto con unos libros para colorear de buena calidad que había pedido por correo. Papá tenía su propio juego. Después de la cena, la familia solía sentarse a colorear junto a la mesa. Papá leía con atención el nombre de cada cera antes de usarla, explicándonos que era daltónico. Enseguida ascendimos a sofisticados libros de colorear con diseños más intrincados y empezamos a utilizar unos rotuladores de punta de fieltro que guardábamos en cajas de puros. A medida que fuimos creciendo coloreamos con menos frecuencia, hasta que en cierto momento dejamos de hacerlo. Aquellas tardes conforman todavía mis mejores recuerdos de la vida en familia.
Tras la muerte de papá, tiré cientos de rotuladores secos e inservibles de varios de los cajones de su escritorio. Cada uno tenía un pedacito de papel pegado con celo a la caña y parecido a la etiqueta de las ceras que identificaba el color. Llené una caja con ochenta carpetas de dibujos originales. En Misisipi, abrí la caja e hice mi último descubrimiento significativo. Detrás de la identidad pública de mi padre como escritor de ciencia ficción y de su vida encubierta como pornógrafo existía otro proyecto personal. Durante más de cincuenta años, había dibujado en secreto cómics de naturaleza sexual y los había archivado con esmero.
El primer objeto de cada carpeta era algo inocuo —un calendario de los Reds o una factura antigua—, se diría que para ocultar que en realidad contenía sus cómics pornográficos. Nadie entraba en su despacho sin ser invitado e, incluso entonces, nadie osaba rodear su escritorio. Sus hijos llevaban más de veinticinco años fuera de casa. La ocultación, nacida de la vergüenza y la culpa, formaba parte de su proceso creativo, y la mantuvo hasta mucho después de que no quedara a quién ocultárselo. Necesitaba el fetiche del secretismo para dibujar.
Mi padre nunca recibió clases de arte. No iba a museos ni dibujaba con modelo. Había aprendido solo, estudiando los cómics, las ilustraciones de las revistas pulp y las series bondage de los cuarenta y los cincuenta. Las viñetas carecían de perspectiva y la anatomía era tosca. Sus primeros trabajos tienen reminiscencias de Henry Darger, no tanto de la inocencia de Darger como de esos dibujos basados en la imaginación antes que en la observación. Cuando papá empezó a dibujar de niño, no conocía la anatomía femenina, y durante mucho tiempo creyó que la vagina se encontraba en mitad del estómago, porque los bebés venían de ahí. No sabía que las mujeres tenían vello púbico.
Frustrado por su falta de destreza, desarrolló un método complicado y muy lento de hacer cómics. Primero escribía un guión en el que se describía la acción. En páginas separadas, hacía a lápiz vagas disposiciones de las viñetas. Introducía dichas disposiciones en su máquina de escribir y mecanografiaba minuciosamente segmentos de la historia en las zonas asignadas. Después de sacar el papel, utilizaba las secciones a máquina como guías para saber qué dibujar.
Papá llamaba a su método de dibujo «la técnica del robo». Calcaba imágenes de otras, transfería los calcos a una segunda página usando papel carbón y las modificaba agrandando las características sexuales. Luego entintaba y coloreaba las páginas. Papá creía que realzaba cualquier dibujo que robaba gracias a su habilidad innata para mejorar el trabajo de todos los demás. Había una docena de gruesas libretas que contenían miles de páginas de materia prima, fotografías arrancadas de revistas y catálogos, divididas en
categorías: de pie, sentados, sexo, tetas, piernas y demás. Desarmó centenares de revistas porno y acumuló una reserva de fotos que robar. Mezcladas, había imágenes de catálogos de lencería, de la revista Heavy Metal y de la Entertaiment Weekly.
De muy niño, tenía un libro de Superman para colorear que me había regalado mi padre. Coloreé todas las páginas en las que Superman salía en acción, lo que dejaba fuera las escenas en las que Clark Kent interactuaba con otros personajes. Esas eran muy aburridas, porque todos llevaban atuendo de oficina, y me puse a colorear los trajes con diferentes tonos brillantes para las solapas y los bolsillos. Estaba concentrado en mi tarea cuando de repente me di cuenta de que mi padre estaba de pie detrás de mí, observando con el ceño muy fruncido. Me preguntó por qué los coloreaba de ese modo. Al instante comprendí que aquello no estaba bien.
—El azul me aburre —dije, y deseé no haberlo hecho, porque él llevaba un traje azul. No contestó: se limitó a apartar la mirada y estuvo un buen rato pensativo.
Muchos años después papá me preguntó si recordaba aquel incidente, y yo le dije que sí. —Yo también —dijo él—. Me enseñaste algo en aquella ocasión. Para colorear no existen
reglas.
Había heredado deuteranopia, una forma de daltonismo que afectaba a su percepción de la sección verde-amarillo-rojo del espectro. Este defecto genético lo había fastidiado a lo largo de toda su vida. Para evitar colores que desentonaran, se ponía ropa oscura. La ausencia de reglas para colorear lo liberó de la presión de equivocarse. La mayoría de los personajes de sus cómics iban desnudos y tenían la piel azul o verde. La mezcla de colores para ganar en sutileza resultaba imposible con los rotuladores. Los tonos eran brillantes y lisos. Su falta de fluidez con los colores generaba combinaciones inusuales —chillonas e impactantes a la vista— que igualaban la intensidad de las escenas.
Junto con los cómics había un documento personal, fechado en 1963, con la advertencia de que fuese leído después de su muerte. Cuando lo escribió tenía veintinueve años. Yo, cinco. Suponía el único ejemplo de escrito reconocido como suyo. Se refería a los cómics como a su «Gran Secreto» y revelaba una profunda preocupación por su celo respecto a aquel material. Le preocupaba ser un misógino. Se preguntaba si habría otras personas como él y, de ser así, cómo lidiaban con sus impulsos.
A los catorce años, había empezado a dibujar cómics que retrataban a mujeres en suplicios, previos a cualquier exposición a material fetichista o al conocimiento del sadismo. Sencillamente, el impulso estaba dentro de él; siempre había sido así. Llamaba atrocidades a sus cómics. La caja en la que los guardaba estaba «llena de mi propia vergüenza y de mi maldad y de mi flaqueza».
El documento posee una sinceridad cualitativa ausente en el resto de cosas que escribió. Sin su habitual pomposidad, la exploración intencionada de su propia psique lo hace lo suficientemente vulnerable como para sentir compasión.
He malgastado centenares de horas en esto, temeroso siempre del descubrimiento, siempre en secreto, consciente siempre de lo enfermizo y odiándome por ello. Sé que es una estupidez absolutamente onírico-ficcional, incluso mientras continúo una página tras otra cruenta y desnuda, tras otra sangrienta, tras otra página colmada de tormentos. Sé que es una tontería, una machopamplina. Y me avergüenzo: sé que es de enfermos.
Lo siento, lo siento. ¿De quién es la culpa? Solo puede ser de mi infancia…, porque estas cosas se dieron en ella, después de que se formaran ciertos patrones, después de que cierta circuitería fuese grabada a fuego en mis relés mentales. Madre, papá, el judeocristianismo y mis amigos de la infancia.
Es la represión, no la manifestación de pensamientos no reprimidos, lo que nos causa problemas. Por lo visto les estoy proporcionando ventilación, salida, al dibujar una página tras otra.
Pero ¿y si paro?
En 1957, justo antes de casarse, metió en un saco el trabajo gráfico de una década y unas piedras y lo arrojó al río Cumberland. Escribió que nadie sabía cuánto le había costado hacerlo. Juró que no volvería a crear material como aquel. Dieciocho meses más tarde,
comenzó la saga de Valkiria Barbosa y trabajó en ella el resto de su vida. Consta de ciento veinte libros diferentes que hacen un total de cuatro mil páginas.
De adolescente, a solas en una cabaña de madera, se inventó el argumento: una cultura bárbara cruzada con la ciencia altamente avanzada de la Atlántida. El envejecimiento se aceleraba con fármacos para evitar la niñez, tal como habría deseado papá. Los pechos se agrandaban con un suero especial y se podían lactar y aumentar a voluntad. La ropa era reemplazaba por un tinte de piel subcutánea. El proceso de curación se agilizaba, sin infecciones ni cicatrices. El muerto podía ser resucitado. El himen se restituía. La única desfiguración la causaban las marcas a fuego y las amputaciones.
La protagonista, Valkiria, era una princesa bárbara a la que habían criado en secreto como si fuese un niño y entrenado después como a un guerrero. Unos jinetes del desierto la habían secuestrado y vendido como esclava: la compró un mercader rico y unos piratas la volvieron a secuestrar. A los diecinueve años se convirtió en reina de Veltria. Casi todos los personajes eran femeninos, a excepción de algún hermafrodita ocasional. Según las notas de papá, la dominación de mujeres por mujeres fue una decisión práctica: prefería dibujarlas a ellas.
El concepto de universo era demasiado restrictivo para su imaginación, así que creó un complejo multiverso en el que acontecían todos los cómics. Los múltiples mundos de Valkiria eran pasmosamente complicados, con los mapas, los glosarios y las religiones característicos de papá. La serie al completo era una historia sin fin ambientaba en muchos planetas y abarcaba miles de años. Mezclaba cuentos de hadas, leyendas antiguas, ciencia ficción y folletines espaciales en un solo relato en expansión.
Los libros no tenían público, pero las primeras y las últimas páginas estaban escritas como si existiera un lector que aguardara con ansias la siguiente entrega. Todos los cómics terminaban con la palabra continuará. La primera página presentaba una ilustración de viñeta única y una breve sinopsis:
Esta es la mítica y fabulosa historia de la ya conocida heroína de la historia, Valkiria. Una chica cuyo rostro y cuerpo envidiaban por tentadores…, la astucia, la rapidez, la agilidad de una gata montesa… Los músculos, el vigor, la destreza en la batalla de un soldado profesional.
Las heridas de Val se curaban solas, sin cicatrices, incluso las más serias y monstruosas. Por desgracia, ¡aquella forma de indestructible inmortalidad la convertía en la víctima perfecta!
A fin de combinar todos los mundos y los marcos temporales en una única narración solapada, papá le dio a Valkiria varias hijas, todas nacidas de una violación. Los bebés recibían de la ciencia atlante un suero que aceleraba el crecimiento. En tres meses alcanzaban la pubertad y se les inyectaba de nuevo. El último arreón en el crecimiento acentuaba sus atributos sexuales y apresuraba su envejecimiento hasta los dieciocho. A los veintidós, Valkiria ya era abuela. El «tiempo real», por así decirlo, se colapsaba y permitía a cada una de aquellas mujeres viajar a través del multiverso hasta que eran capturadas, torturadas y rescatadas.
El argumento entre un libro y otro es similar: una mujer de alta cuna denigrada a través de la humillación psicológica y la vejación física sistemáticas. El motivo de la tortura es siempre la venganza: la víctima merece su destino. El diálogo melodramático contrarresta la imaginería lúgubre. Cada cómic termina con alguien colgando de un precipicio o atado sin remedio en una mazmorra secreta. El siguiente libro prolonga la tortura hasta el rescate o la huida, tras lo cual la víctima paga al captor con la misma moneda. Por fuerza, el castigo ha de superar al padecido por la primera víctima. De esta manera, la intensidad y el horror de las técnicas de suplicio sexual son cada vez mayores. Las ataduras se vuelven más intrincadas; las víctimas están totalmente inmovilizadas, con cada orificio taponado, mientras sufren una elaborada tortura sexual. A veces Valkiria es obligada a ver cómo sus hijas padecen violentos abusos.
El ritmo es trepidante y la narración posee una cualidad grotesca, una escalofriante mirada al interior de la mente de un hombre con una actitud repugnante hacia las mujeres. Las someten a trasplantes de cerebro y ven cómo sus antiguos cuerpos mueren en una bañera de ácido. Los hermafroditas luchan contra las mujeres guerreras con consoladores atados y con garras metálicas. Zombis, androides y clones se cuelan en el relato. Una
serpiente se introduce en la vagina de una mujer y le hincha el estómago al dejarla preñada.
Da a luz a un demonio que enseguida la viola.
En un libro de mediados de los sesenta, Valkiria viaja en el tiempo hasta el año 2931. Su clon se convierte en una estrella mediática cuando un programa de televisión retransmite su suplicio en vivo y en directo. Los telespectadores concursan aportando ideas. El afortunado ganador visita el estudio y se le permite torturar personalmente al clon de Valkiria hasta matarla. En una mazmorra sin cámaras, la verdadera Valkiria experimenta cada sensación. El lector puede así observar el sufrimiento de ambas, clon y humana.
Uno de los volúmenes de Valkiria se centra en un científico alienígena que lleva a cabo truculentos experimentos médicos con humanos, que a menudo se plasman en operaciones quirúrgicas. El resultado es un planeta habitado por las víctimas de las intervenciones fallidas. Mujeres con un pecho enorme en mitad del torso. Un hombre con bigote tiene el trasero de una mujer, pechos grandes y una erección inmensa y permanente. Las mujeres tienen dos o tres pares de pechos unidos con anillos de metal. Un transexual de piel verde tiene tres pechos y un enorme clítoris con forma de pene. Al científico se lo presenta como el «hombre más brillante del planeta. Tiene poca capacidad de atención y más ideas de las que es capaz de gestionar; en esencia, es amoral (¡casi un dios!) y cree en que hay que ceder ante los caprichos. Considera que el mundo le pertenece».
Otro cómic, Prisma, es menos un libro que un manifiesto ilustrado. Es el único que se narra en primera persona. Volk, el sádico mañoso, es el científico más brillante que ha existido jamás. Explica su propio proyecto con numerosas y detalladas ilustraciones.
Creé diez androides, perfectas mujeronas, todos los atributos varían, pero con cuerpos de firmes músculos, como el de una de dieciocho. Los pechos más pequeños son de la talla 120. Luego dupliqué estas y modifiqué aquellas. Después me limité a hacer cincuenta copias de esas veinte. Ellas conforman la población de Prisma.
Novecientas son Betas, sirvientas sadomasoquistas natas.
Las cien restantes son todas Alpha, todas sádicas. De ellas, veinte son rapaces sadobestias. De ellas, diez son Alpha-plus, superjefas con títulos nobiliarios. Como veréis, he combinado la tecnología y una cultura bárbara medieval.
La ropa la confecciona bajo tierra mi sistema informático: al azar, a partir de todos los materiales y todas las eras. Mi tinte subcutáneo de creación propia se utiliza de numerosas formas.
Por ejemplo, ¡pocas prismanias tienen piernas que combinen con la piel! Gradas a mi control por ordenador —y a mi naturaleza caprichosa— ¡la
realidad cambia en Prisma!… Y ES realidad.
La serie Jera toma su título del nombre de la alienígena de piel azul, ojos rosas y vacíos, y cabeza calva y alargada. Revisa la Payboy, la Playgirl, la Penthouse y la Cosmopolitan, elabora una lista de mujeres e introduce luego sus atributos en un «ordenatrox». Las veintisiete mejores son secuestradas y modificadas con suero y cirugía. Las ciento ochenta y siete páginas de Jera contienen el uso del color más fastuoso e intrincado. El genio alienígena encuentra un planeta cuyos habitantes han alcanzado el nivel medieval y mata a todo el mundo con una plaga. Luego distribuye a sus tres mil creaciones por las ciudades-Estado existentes, organiza una jerarquía y las instruye en el fetichismo bondage . El tiempo continúa velozmente su curso. El relato da un salto de cincuenta años; luego, de un siglo, y aterriza en el año 300. De cuando en cuando, matan a todos los niños varones. Las dinastías reales matrilineales reinan en cada ciudad-Estado guerrera. Surge un nuevo término: el penoide o pene femenino.
El cómic más original se titula No-A, un término filosófico que nombra la ausencia de lógica aristotélica. La serie, de doscientas páginas, abre con una ayudante de laboratorio que se embarca en un asunto experimental para escapar de un violador. Llega a un planeta extraño. En la página diez, muere por múltiples heridas de navaja. El texto dice:
¿Un epitafio? Quizá: hizo un camino muy, muy largo, sin ningún motivo
para morir sin ningún motivo.
Otro cómic tiene como subtítulo Las torturas más horribles jamás contadas… A una mujer atada la clavan a un bloque de madera y la perforan con cientos de agujas, cara y ojos incluidos. Le sierran la pierna izquierda hasta que le asoma el hueso. La mujer asesina limpia la sangre a fin de recrearse con el cadáver mientras se masturba hasta el orgasmo. A una víctima la atan a una estaca en el desierto, con los senos embadurnados en miel. Un equipo de «superhormigas» le desmenuzan el pecho, todo plasmado en una serie de viñetas dramáticas. Cuatro horas después, solo queda su esqueleto. Otro relato acaba con una mujer de pechos enormes atada en posición de cerdo asado, los tobillos y las muñecas inmovilizados en la espalda. La izan con una cadena. Sus captores la hacen descender poco a poco hasta que solo los senos le entran en un caldero de grasa hirviendo. Después de que se le frían los pechos, se los comen delante de ella.
A lo largo de la historia, la gente ha puesto mala cara ante la pornografía, despachándola como asquerosa e inmoral. He intentado con todas mis fuerzas resistirme a reaccionar así. Aquellos cómics eran el trabajo más personal de papá y, por lo tanto, merecían un examen cuidadoso. Mirarlos me producía dolor de estómago. Era capaz de leerlos con atención solo durante cortos periodos de tiempo antes de apartar la vista. A pesar de mi repulsión, sentía una compasión horrorizada por cualquiera que viviera con semejante imaginería como actividad diaria. Que se tratara de mi propio padre solo lo empeoraba. No coleccionaba aquellos libros: los hacía. Ahí estaba el mundo que llevaba dentro a todas horas, lleno de dolor y sufrimiento. Yo no tenía ni idea de lo desgraciado que había sido en realidad.
Mi aborrecimiento inicial dio paso a la rabia temeraria del adolescente. Quería arremeter contra el mundo, beber y tomar pastillas, anular todo eso que pensaba y sentía. Me cabreé conmigo mismo por examinar de manera deliberada la prueba de lo que había embarrado mi infancia. Mientras la familia iba por la casa de puntillas para evitar molestarlo, él se sentaba en su despacho y se entretenía de un modo espantoso. Sentía rabia por haber sido criado por un padre maníaco, una madre pasiva y ningún medio de evasión salvo recorrer caminos de tierra hasta que los asfaltaron. Puede que mis hermanos tuvieran razón desde el principio: tendría que haberlo destruido todo, no por vergüenza, sino por el bien de mi salud mental. El único refugio era la escritura. A fin de huir de mis emociones, necesitaba continuar con el proyecto que generaba mis tinieblas. Me pregunté si con papá ocurría lo mismo.
Tener acceso a las fantasías privadas y sin filtro de una persona es algo extremadamente raro para cualquiera, no digamos ya para un hijo. Esperaba comprenderlo mejor con una mirada madura y adulta, pero el mundo de Valkiria no cambiaba. Mi padre jamás se hartó de aquel material y lo repitió hasta que murió. Al final —no de la saga Valkiria , sino de la vida de mi padre—, el argumento se desvaneció por completo. Las páginas devinieron ilustraciones en una única viñeta con mujeres coloreadas en tonos estridentes y soportando una miseria y un dolor profundos. El texto estaba garabateado al voleo en el espacio disponible, con diálogos ocasionales que comentan la agonía de la víctima. Incapaz de subir las escaleras hasta su despacho, papá se llevó su actividad a la mesa del comedor y escondió los cómics debajo de una pila de revistas viejas en un aparador.
Sin las trabas del mercado, mi padre fue libre de explorar con Valkiria todas las facetas de su imaginación. No había evolución ni en el personaje ni en la historia, tan solo un avance continuo hacia la deshonra de las mujeres. Los libros son siniestros y lúgubres. Los viajes en el tiempo y la tecnología avanzada le permitieron incluir cualquier contenido sin las restricciones de la lógica, las leyes de la física ni las consecuencias médicas.
Creó Valkiria solo para él y jamás se lo enseñó a nadie, ni siquiera a su esposa. El testamento secreto no lo había especificado. La crónica del multiverso de cuatro mil páginas representa el núcleo más duro de la identidad de mi padre, la obra de su vida. Trabajó en ella durante más de cincuenta años, compaginándola con cualquier otro proyecto. Trató de dejarlo, pero no pudo.
Valkiria posee una desolación nihilista mezclada con la libertad de expresión de un niño. Los criminales no sienten culpa alguna y las prisioneras carecen de toda esperanza. No hay moralidad. La vida la integra el sufrimiento. La existencia no tiene sentido. A él lo desconcertó en 1963 y a mí me desconcierta hoy.
A menudo, mi padre decía que de no ser por la pornografía habría sido un asesino en serie. En dos ocasiones me contó la misma historia. Una noche, en la universidad, decidió asesinar a una mujer, a cualquier mujer. Se metió un cuchillo de carnicero debajo del abrigo
y deambuló por el campus en busca de un blanco. Llovió toda la noche. No había nadie fuera. Volvió a casa empapado y abatido, y escribió un relato sobre un hombre que inventaba un suero de la invisibilidad y asesinaba a una
mujer en la YWCA [26]. Papá destruyó el manuscrito y se reprendió a sí mismo por usar la invisibilidad de un modo tan poco imaginativo. Para mí, el elemento crucial de esta historia es el impulso de un hombre de contárselo a su hijo.
Muchos años después leyó la biografía de un asesino en serie que en el momento de su captura tenía consigo revistas bondage. Según papá, los detalles de la infancia del asesino eran «inquietantemente parecidos» a los de la suya, incluyendo las tres señales de advertencia: mojar la cama, matar animales y prender fuegos. Cuando papá tenía unos doce años, un gato arañó a su hermana, y él llevó al gato a juicio, representando con dramatismo los papeles de fiscal, de abogado defensor y de juez. El gato fue hallado culpable y condenado a muerte. Papá lo ahorcó y lo observó mientras moría.
Esas tres señales de advertencia se conocen como la tríada MacDonald, pero investigaciones posteriores han refutado que dichas propensiones sean indicadores de un futuro comportamiento violento. Esos tres comportamientos no son la receta para crear a un asesino. Se consideran atributos de niño afligido con una capacidad de adaptación pobre y que podría llegar a desarrollar un trastorno de personalidad narcisista o antisocial.
Si mi padre tenía razón en lo de que el porno evitó que matara mujeres, he de agradecer entonces la presencia continua del porno en su vida. Mucho mejor ser hijo de un pornógrafo que de un asesino en serie. Pero no me creo la teoría de mi padre. Cuando veía sangre, incluso la suya, se mareaba tanto que se desmayaba. No era una persona atlética ni fuerte y era, por tanto, incapaz de reducir a casi nadie. Además, era un cobarde en el aspecto físico, no se había peleado en su vida. Jamás pegó ni a su mujer ni a sus hijos.
La idea de que el porno evitaba que matara mujeres era un autoengaño que justificaba su impulso de dibujar mujeres atormentadas. Creer que habría sido un asesino en serie de no haber sido por la pornografía que creaba era otra de sus fantasías, una que le permitió entregarse por entero a sus obsesiones. Necesitaba creer en una causa mayor a fin de continuar su obra. Admitir que le gustaba suponía demasiada carga.