Mi padre, el pornógrafo
Capítulo Cuatro
El diagnóstico del médico fue que mi padre padecía una cirrosis producida por el alcohol y que le quedaban seis meses de vida. Encargué a un hombre que construyera una rampa para la silla de ruedas junto al camino de acceso. Me sentía orgulloso de mí mismo. No podía ayudar a mi padre, pero sí podía facilitarle la entrada y la salida de la casa. Volvió a casa y ocupó su butaca. Yo regresé a Misisipi.
La década anterior había sido difícil para mí, empezando por el palo del divorcio. En lugar de escribir, me dediqué a mis hijos: hacía la compra, cocinaba, limpiaba, hacía la colada y los llevaba en coche. Unos años más tarde me casé con Melissa Ginsburg, una poeta de Texas, y pronto me encontré con un nuevo dilema: mis hijos adolescentes querían ir a la universidad y yo estaba arruinado y sin trabajo. Para financiar su educación, aprendí a escribir guiones por mi cuenta y trabajé en tres series de televisión: True Blood, Weeds y Treme. Hollywood era un mundo en el que nunca terminé de encajar, entre otras cosas por el miedo que me daba conducir por Los Ángeles. Aun así, salí adelante como pude, haciéndolo lo mejor posible, y durante varios meses viví en hoteles y apartamentos. No me desvié del plan: conseguir el dinero y largarme. Después de que mis hijos se marchasen, acepté un puesto fijo en la Universidad de Misisipi y alquilé una vieja casa a unos diez kilómetros del pueblo.
El primer verano en Misisipi después de que papá enfermara, conduje hasta casa para ver a mis padres; es la única vez en mi vida que he ido a visitarlos yo solo. Hasta entonces, siempre había estado presente algún miembro de la familia o me habían acompañado mi mujer y mis hijos. En Morehead, me alojé en un motel de la interestatal porque papá había dejado claro que era bienvenido solo después de las cuatro de la tarde. Dio a entender que aquello guardaba relación con su trabajo, ya que seguía escribiendo, pero resultó que la hora fijada giraba en torno a su horario de bebida. Papá me dijo que era el hombre más feliz del mundo. Su única queja tenía que ver con los fines de semana, porque mamá estaba en casa. Se llevaban bien, el problema no era ese. La cuestión es que la presencia de mi madre interfería en su soledad, lo mismo que mi visita.
Seis meses después se estaba muriendo, y yo lo llamaba con regularidad. Ya había sobrevivido a un ataque al corazón, a dos ictus leves y a una serie de achaques menos graves. Llevaba cuarenta años filmando y estaba permanentemente unido a una bombona de oxígeno debido a una EPOC. Papá siempre había creído que moriría joven, igual que su padre. Le sorprendió llegar a los cuarenta y cinco; luego, a los cincuenta, a los sesenta y a los setenta y cinco. Ahora había pegado un bajón físico. En el último mes de su enfermedad, papá sabía que la muerte andaba cerca. Se quedaba dormido de repente, se despertaba, repetía lo que acababa de decir y se enfadaba por ello. La escalada de aquel patrón lo exasperaba.
—Hijo, me parece que es el principio del fin.
—Puede ser —dije yo.
—Es probable.
—Sí que es probable.
—Puede que no —dijo él.
La conversación contenía un conocido tinte de conflicto, de modo que decidí dejar pasar cualquier cosa que él dijera. Al final, la muerte igualaba toda disputa.
Habló de su infancia, de la granja que su padre luchó por salvar durante la Depresión y de cómo la tierra pasó a pertenecer al tío Johnny.
—¿Ese quién es? —pregunté.
—El hermano de mi padre.
—Nunca habías hablado de él.
—¿Por qué iba a hacerlo? Se quedó con la granja. Nunca la trabajó. Papá y yo sí lo hicimos, pero él se la quedó. Jamás lo volví a ver.
—¿Cómo era?
—¿A ti qué más te da? Soy yo quien se está muriendo, no él.
Se anotó una, buen punto. Pero me resultaba asombroso oír hablar de un pariente que no había llegado a conocer. Los nietos del tío Johnny tendrían más o menos mi edad. Me pregunté si sabrían algo sobre nuestra familia, sobre mí.
—No le tengo ningún miedo a esto —dijo papá—. No quiero que pienses que me estoy tirando un farol. De verdad que no. Si el dolor empeora, tengo escondido medio frasco de Percocet. Me lo tomaré con whisky. Si el dolor empeora.
—Ya.
—Tu madre lo sabe. Se lo he dicho.
—Es un plan B —dije—. Eso no significa que vayas a hacerlo.
Nuestra conversación cayó en un largo silencio. Volvió a hablar:
—Me sorprende no tener ningún miedo. He vivido bastante bien. Ahora sabré si de verdad existe un más allá. O si no es más que un largo descanso del que ni me voy a enterar. Cuesta pensar en un mundo sin mí.
Hay momentos en la vida de las personas en los que tiene lugar un evento significativo del que no son conscientes: la última vez en que aúpas a un hijo antes de que pese demasiado, el último beso de un matrimonio echado a perder, la visión de un paisaje que adoras y que nunca volverás a ver. Semanas más tarde, me di cuenta de que aquellas fueron las últimas palabras que me dirigió papá.
El día que murió, conduje hasta casa una última vez. La autopista se desplegaba ante mí como si el coche fuese una cápsula del tiempo que se empeñara en depositarme en el pasado. No me gustaba cómo me sentía porque no sentía nada. No había llorado. Solo era consciente de la carga de responsabilidad que me correspondía: primogénito, hijo mayor, cabeza de familia.
La madre de papá había muerto en 1984. Con cincuenta y cinco años, había sobrevivido a sus dos padres. La sensación de orfandad le empujó a abordar su propia mortalidad con la redacción de un testamento legal que nos envió a mis hermanos y a mí. Los términos eran sencillos: todo era para mamá. Si morían a la vez, nos repartiríamos la herencia en cuatro partes iguales.
El testamento incluía una larga carta plagada de digresiones que hacía referencia a la plata y al oro escondidos en la casa. A lo largo de dos páginas hablaba de su relación con el primer ordenador Macintosh que había salido al mercado: estaba encantado con su habilidad para modificar fuentes y aprender a programarlo solo. Concluía indicando que me había elegido a mí para que me ocupara del contenido de su despacho.
Sobre ti, Chris, he decidido que ha de recaer esta tarea y carga, y les digo esto a los demás, pero no el motivo. La inspección del despacho y la eliminación de su contenido dependen por entero de Christopher J. Offutt, y esto es oh-ficial.
En un sobre aparte con remite del general Douglas MacArthur, papá me envió un testamento secreto que ampliaba los detalles de la versión pública. Incluía instrucciones relativas a su por no, dónde estaba escondido y qué hacer con él. En una carta anexa expresaba sus motivos para no involucrar a mis hermanos: evaluaba a cada uno de un modo mezquino y los hallaba deficientes del todo. De inmediato escribí a mi hermano y a mis hermanas para ofrecerles una copia del testamento secreto que pudiese paliar cualquier preocupación por estar recibiendo en cierto sentido un trato de favor. Ellos pusieron reparos, hastiados ya del porno y cansados de sus secretos.
El testamento secreto explicaba el gran interés de papá por la pornografía. La mayor diferencia entre sus libros y los de los escritores actuales tenía que ver con su actitud:
Es obvio que detestan a las mujeres, o algo peor, y a mí siempre me han vuelto loco. No soy un sádico: tengo tendencias sádicas. La diferencia es enorme.
Expresaba su preferencia por el porno de época victoriana y su admiración por el Marqués de Sade, que escribió detalladas fantasías sexuales mientras estaba en prisión. Papá lamentaba los recientes vaivenes del mercado, a la vez que apuntalaba su propio estatus:
La pornografía ya no es lo que era en mi época. El bondage y las fotos y descripciones de torturas se han vuelto más violentas y obscenas. Las editoriales reciben aquello por lo que pagan: basura.
Yo era un operario de primera en ese campo, Christopher J., y no habrá ningún sucesor.
La carta acaba con una feroz exhortación a que no lo jorobara matándome. Si lo hacía, tendría que ir a toda mecha a mi apartamento de Boston y tratar de encontrar esta carta.
Ya estaba acostumbrado a las insólitas cartas de papá. A menudo llevaban la firma de John Cleve. El nombre empezó como un pseudónimo para el porno, pero cuando yo era pequeño se convirtió en todo un personaje. La firma de Cleve difería en gran medida de las demás. Era menos formal, con joviales letras en bucle que terminaban en un círculo con una flecha: el símbolo de la masculinidad, del planeta Marte y del elemento químico del hierro. Las cartas de John Cleve estaban repletas de comentarios provocadores sobre mujeres, de un uso entusiasta de la puntuación y de jocosos juegos de palabras.
Durante los años posteriores, recibí de vez en cuando una misiva firmada por Turk Winter, el personaje que acabó por sustituir a John Cleve. La firma de Turk también era estilizada, con una línea horizontal que cruzaba ambas tes y se expandía hacia arriba. Había cierta intensidad en la pequeñez de la firma, en cada una de sus letras, legibles y escuetas.
Aunque busqué pistas en las cartas, nunca terminé de entender el porqué de las diferentes firmas. No parecían guardar relación con el contenido. Concluí que se trataba de la personalidad que estuviese encarnando, o que quizás lo encarnaba a él. Después de irme de casa, la variedad de firmas fue el primer indicio que obtuve para explicarme sus drásticos y súbitos cambios de humor cuando yo era niño. Normas arbitrarias que cambiaban bruscamente, con improvisadas consecuencias si se violaban. Era posible que cada personaje entendiera su dominio con unas expectativas y unos decretos distintos. Ninguno de nosotros sabía nunca con quién estaba tratando.
De las casi doscientas cartas que recibí de mi padre, solo una estaba sin firmar: la que acompañaba al testamento secreto. La ausencia de autoría confería al documento la mayor credibilidad. Consideré que provenía de lo más profundo de su personalidad, no de un papel ni de un personaje.
Nunca he tenido claro por qué me confió el control de su legado. Sospecho que quería a alguien que estuviese al tanto de su prodigiosa producción, de la amplísima velocidad de su mente. En el momento de escribir el testamento secreto, llevábamos más de una década a la gresca. Aquello nos fastidiaba a los dos, pero no supimos salvar esa distancia: nos culpábamos mutuamente y las hostilidades fueron creciendo por culpa de nuestra incapacidad para cerrar viejas heridas. Ataque y contraataque, intimidar e ignorar. Cultivamos el arte de la crítica velada hasta la más fina sofisticación y el uno hablaba mal del otro en el seno familiar.
Como mi padre había dejado sobradamente claro que podía morir en cualquier momento, conservé el testamento secreto durante veintiocho años, a lo largo de innumerables mudanzas por todo el país. Cada nueva ubicación implicaba descartes de ropa, libros y muebles, pero siempre sabía dónde tenía guardado el testamento secreto. Para protegerlo, lo envolví en plástico. Papá nunca mencionó el testamento, y yo no saqué el tema. Su confianza yacía entre nosotros, tácita y vital. Cuando murió, fue el primer objeto que empaqueté antes de dirigirme a Kentucky. Al final resultó que no me hizo falta; mis hermanos seguían sin estar interesados. Lo había conservado para nada. Nadie salvo yo leyó jamás aquellas páginas. A nadie le importaban salvo a papá.
Durante el largo trayecto hasta Kentucky tras su muerte, se me ocurrió que el testamento secreto había sido su modo de pedir auxilio. Justo en el límite del condado, en el río Licking, busqué con la mirada la escarpadura de Pottsville, una formación geológica que señala el margen de los montes Apalaches. Previamente había atravesado Lexington, lugar en el que nací, y me pregunté cómo habría sido mi vida de haber permanecido allí, cerca de la familia de mi madre. ¿Y si me hubiese marchado a alguna universidad lejana en lugar de
asistir a la que tenía más cerca? ¿Y si me hubiese casado con alguna de mis primeras cuatro novias? ¿Y si me hubiese empecinado en mi sueño de ser actor? ¿Y si a los diecinueve no me hubiese lastimado tan severamente la rodilla que me vi forzado a volver a casa escayolado tras haber abandonado para siempre las colinas, un patrón de idas y venidas que tantas veces repetí hasta que descubrí que aquel paisaje siempre me tendría atado corto, que nunca podría escapar, que de hecho lo que más amaba y hacia lo que sentía mayor lealtad eran las colinas boscosas y no mi padre?