Mi padre, el pornógrafo
Capítulo Tres
En 2012 papá llevaba ya varios años instalado en una butaca en la que comía, dormía, bebía y escribía. Tres días antes de Navidad mi madre me llamó a mi casa de Misisipi, algo poco habitual. Hablaba rápido, con la voz cargada de ansiedad; un elemento de desesperación fluía bajo sus palabras. Me informó de que mi padre se había caído. Mamá era demasiado pequeña para levantarlo y había llamado a una ambulancia. Los técnicos sanitarios habían llevado a papá al hospital, y allí los médicos decidieron que se quedara ingresado. Mamá no estaba segura de por qué.
—¿Puedes venir a casa, por favor? —dijo.
Por regla general, en nuestra familia nadie pide ayuda de ninguna clase, ni económica ni emocional ni moral. Como mamá la estaba pidiendo, supe que el asunto era grave. Sin conocer los detalles, metí ropa apropiada para un funeral en la maleta, conduje todo el día y llegué en pleno solsticio de invierno; el entorno estaba gris y lluvioso, y una sensación de melancolía cubría las colinas. Fui directo al hospital. Papá estaba demasiado hinchado para que le dieran un diagnóstico. Lo primero en el orden del día era drenarle casi diecinueve litros de líquido, cosa que no estaba yendo bien.
Acompañé a mamá a la casa en la que me había criado, su hogar durante cincuenta años. Mi madre amaba a papá con devoción y con una lealtad tenaz. Aceptaba sus peculiaridades y admiraba su brillantez. La fortaleza de su matrimonio era un mérito que solo le correspondía a ella. Ella se encargaba de cada tarea, compraba, cocinaba, limpiaba y llevaba a los niños en coche adonde fuera. Ella mecanografiaba cada manuscrito final que papá escribía.
Mamá medía metro cincuenta, apenas levantaba dos palmos del suelo, era pelirroja, tenía los ojos verdes y una buena figura. Evitaba el sol para que no le salieran pecas. Después del instituto asistió a la Universidad de Transilvania durante un año, pero tuvo que dejarlo por motivos económicos y se puso a trabajar en un banco. Siempre lamentó no haber continuado sus estudios, así que en 1980 se matriculó en la Universidad Estatal de Morehead, en la que yo cursaba mi último año. En los doce años que siguieron se cogió varias asignaturas por año como una de las primeras alumnas de la educación para adultos de la institución y obtuvo su licenciatura en Filosofía y un máster en Inglés. Durante tres años enseñó redacción a los alumnos de primero; luego empezó a dar clases en la recién inaugurada prisión estatal de West Liberty, Kentucky.
De los sesenta y cinco a los setenta y ocho, trabajó en Morehead como secretaria a jornada completa para complementar los ingresos que ambos recibían de sus pensiones. Mamá se obcecó en que el dinero no les hacía falta, pero yo sabía la verdad: el sentido del orgullo de mis padres impedía que mi madre admitiera las estrecheces económicas. Sabía también que ese trabajo era crucial en cuanto que la proveía de una vía de escape cinco días a la semana. Sus hijos se habían ido de casa y mudado muy lejos, pero mamá era incapaz de ir a trabajar más allá del pueblo más cercano. Allí tenía su vida, una en la que cada mañana iba andando al banco y charlaba con el cartero y con una mujer que trabajaba en la licorería.
La mañana posterior a mi llegada, mamá se levantó temprano y fue al hospital. Yo me di una vuelta por la casa y descubrí que dos semanas de fuertes lluvias habían inundado el sótano, que no desaguaba. Papá siempre había llamado a su vecino Jimmy para que lidiara con los problemas de fontanería.
Jimmy había muerto, de modo que llamé a su hijo, que apareció enseguida. Sonny y yo nos alegramos de vernos el uno al otro, pero permanecimos incómodos bajo el chirimiri, sin
saber muy bien qué hacer. Los hombres de las colinas no se tocaban si no era para darse de hostias o cuando se rozaban los brazos por accidente mientras andaban ocupados en alguna tarea compartida. Nos sonreímos y apartamos la mirada, nos rascamos y nos sonreímos un poco más. Le pregunté qué tal estaba.
—Hecho un toro, chaval —dijo.
El agua del sótano tenía unos quince centímetros de profundidad, más de lo que Sonny o yo mismo habíamos visto nunca. Me había traído calzado apto para el bosque, pero no para vadear, y me quedé en las escaleras del sótano con una linterna. Sonny se movía despacio por el agua, buscando el desagüe, con unas altas botas de goma. Dijo que eran de su padre. En la parte superior de las escaleras encontré las viejas botas con cremallera de mi padre. La goma estaba cuarteada por las zonas de presión de las punteras. Me envolví los pies con dos bolsas de plástico y los deslicé dentro de las botas de papá.
Sonny estaba acuclillado sobre el desagüe. Sumergió la mano en el agua turbia, palpó brevemente el fondo y dijo:
—Estrella.
Subí las escaleras para buscar un destornillador de estrella. Sonny quitó la rejilla e introdujo el muelle desatascador en la tubería. Recordé que de niño observaba el muelle de Jimmy salir por el desagüe mientras papá se quedaba de pie a su lado sin hacer nada, sosteniendo una linterna. Ahora Sonny y yo repetíamos el mismo procedimiento con las botas de nuestros padres.
Las paredes del sótano estaban mohosas y las vigas, cubiertas de telarañas. El agua oscura se movía bajo nuestros pies. El motor traqueteaba mientras el cable de acero se enroscaba y se desenroscaba dentro del tambor. Me acordé de que en el sótano tocaba con Sonny y sus hermanos. Como era el chaval más joven de la colina, lo llevábamos a remolque y nunca hablaba.
Se lo recordé a Sonny, pero la nostalgia no le interesaba. Vivía en el presente, en canalizar el muelle a tientas, la mirada fija a media distancia, frunciendo el ceño y mascullando tal como había hecho su padre. Sonny creía que el muelle se estaba desviando hacia otra tubería. Lo recogió y probó de nuevo.
—¿Sigues escribiendo cuentos? —dijo.
Le dije que sí y él cabeceó una vez antes de devolver su atención al muelle. Muy pocos de los chicos con los que me crie habían acabado el instituto, pero aceptaban que yo fuese escritor. No estaba haciendo más que lo que hacían los demás: seguir los pasos de mi padre. Sonny era fontanero. El hijo de un borracho local era el borracho del pueblo en dos pueblos. Hijos de soldados se alistaban en el Ejército. Que me hubiese hecho escritor era perfectamente normal.
El nivel del agua batía las paredes a causa de nuestros movimientos. Una de las botas de papá empezó a calarse. Sonny apagó la máquina. Me dijo que bajase la colina unos siete metros hasta la vieja acequia de aguas negras, que había sido sustituida por una fosa séptica. De niño me había pasado cientos de horas en lo alto de la colina, buscando pieles de serpientes y conejeras, botellas viejas y huesos de animales, plumas y piedras de la suerte. Conocía el hueco en la maleza y la mejor ruta para bajar. Cuarenta años después de mi última incursión, los arbustos habían crecido y se habían propagado, y yo era mucho menos ágil. Mi bota resbaló y caí sobre una rodilla, pero me mantuve erguido. Enraizada en la tierra plagada de basura humana, los zarcillos de la forsitia se elevaban por encima de mi cabeza, eran mayores que mi pulgar, estaban enmarañados y formaban nudos. La lluvia caía en oleadas. No llevaba ni gorro ni guantes.
Al encarar una fila de escaramujos, supe por instinto cómo debía rotar el cuerpo para adentrarme por ella; dejé que las espinas me rasparan, pero no que se me engancharan. Ahora tenía que encontrar la vieja acequia de aguas negras. La lluvia arreciaba. Gateé por debajo del alero vencido, avanzando despacio, con las articulaciones agarrotadas y las manos doloridas, apretadas contra el suelo por el peso de mi cuerpo. Sonny gritó desde lo alto de la colina. No alcanzaba a verlo, pero agité los brazos y sacudí un arbusto. Quería saber si oía algo.
—¿Qué se supone que tengo que oír? —dije.
—Lo que sea, chaval. Atento al suelo. Se supone que no tiene que hacer ningún ruido, así que cualquier cosa que oigas es buena señal.
Volvió a la casa. La lluvia aflojó un momento. Ahuequé las manos contra las orejas y me recliné en dirección a la tierra. Oía coches en el asfalto al pie de la colina y el suave sonido de miles de gotas de lluvia que azotaban miles de hojas. Oía mi propia respiración
entrecortada.
Al cabo de unos minutos, me gritó que regresara a la casa. Los arbustos estaban demasiado entrelazados como para que pudiese erguirme, y me tuve que escurrir de espaldas. Las ramas me arañaron la piel. El agua se me colaba por los pantalones. Salí a un pequeño claro y a tirones me recoloqué la ropa, tiritando de frío y sudando por el esfuerzo. Di dos pasos, resbalé y me caí. El barro me salpicó las gafas. Sonó mi móvil, pero lo ignoré. Me caí otras dos veces y me raspé las manos. Una rama me rasgó la mejilla. Respiraba con dificultad. Se me ocurrió que, si me daba un infarto, Sonny me arrastraría colina arriba y me llevaría al hospital. Tal vez compartiera habitación con papá.
Alcancé la seguridad del patio. Sonny había recogido su máquina desatascadora y dijo que volvería más tarde y que buscaría otro desagüe. Yo estaba empapado y lleno de barro, molesto con el mundo y conmigo mismo. Solo un puto estúpido se lanza por una ladera empinada, con cincuenta y cuatro años y en baja forma, e intenta oír el sonido de la tierra. Escuché el buzón de voz de mi teléfono. El médico creía que a mi padre le podía hacer falta una transfusión y mi grupo sanguíneo coincidía con el suyo. Se lo conté a Sonny, que apartó la mirada.
—¿Necesitas que te acerque al hospital? —dijo luego en voz baja.
Yo me encogí de hombros y él me dijo que subiera al coche. El sol se estaba poniendo. Hablamos de nuestros matrimonios, de los viejos colegas y de nuestros profesores de primaria. Sonny me dejó en el hospital, pero la urgencia médica resultó ser una falsa alarma. Papá se había estabilizado. El catéter había empezado a drenar.
Al final de la tarde, el agua había desaparecido del sótano. Llamé a Sonny, que dijo que había encontrado un desagüe de salida mejor contra el muro más cercano a la colina. Sugirió que escribiera en el muro su ubicación por si acaso la próxima vez se ocupaba de ello otra persona. El plan de Sonny era práctico y sensato, pero me sorprendió. La idea de escribir en la pared, aunque fuera en un rincón oscuro del sótano, era impensable. Violaba las normas de papá. Escribías en hojas de papel, las ordenabas en un manuscrito y tenías un libro. No se escribía en las paredes, al igual que no se escupía en el suelo. Pero papá estaba enfermo y yo era el ayudante de Sonny. Había recibido instrucciones.
En el rincón, hallé el desagüe que conducía a la fosa séptica. Le quité el capuchón a un rotulador negro; su fuerte olor se impuso durante un momento al del moho. Había escrito más de diez millones de palabras en mi vida, pero nunca antes en una pared. Si papá se enteraba, no le iba a gustar y me metería en problemas. En letras grandes escribí: «Desagüe de salida», con una flecha apuntando hacia abajo.
Al pie de las escaleras, volví a echar una ojeada por el sótano embarrado. Había pasado muchísimo tiempo allí abajo, sobre todo durante el invierno, cuando cancelaban las clases debido a la nieve. Ahora estaba lleno de viejas fiambreras, botellines de cerveza vacíos y maderos podridos. Un estante de metal oxidado contenía latas de comida que se habían dilatado y los ratones habían roído las etiquetas de papel. Me acordé de cuando maté a una serpiente en un rincón y de los meses que pasé colocando trampas para ratones.
Sonny había hecho un buen trabajo. Había vaciado el sótano con mayor eficiencia con que los médicos le habían drenado líquido a mi padre. Durante un instante, imaginé a Sonny como médico: su trato con los pacientes sería amable y, en vez de a mí, tendría un enfermero que le recogería el instrumental.
Salí a la oscuridad helada. La lluvia había parado. Gotas de agua caían de las hojas. Un búho ululó a lo largo de los riscos. La lluvia había aclarado el cielo, que ahora revelaba la misma ringlera de estrellas que había contemplado de niño. Escuché con atención. Se me ocurrió que el silencio que oía era el sonido de la tierra.