Miedo y progreso

Antonio Cazorla Sánchez · Capítulo 4 de 10 · parte 1/3

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Miedo y progreso

Capítulo 1. Las políticas del miedo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

EL barranco de Víznar está situado a unos pocos kilómetros al norte de Granada. Entre Víznar y el vecino pueblo de Alfacar se encuentra la Fuente Grande, un lugar de recreo muy frecuentado durante los calurosos veranos granadinos e ideal para coger setas en otoño. Gracias al cobijo de los pinos — parte de un programa de repoblación forestal de los años cincuenta y sesenta — el lugar es fresco y sombreado. Pero en el paraje habitan otras sombras. Desde 1936 hasta la restauración democrática en 1977 este idílico escenario fue también una enorme fosa, de la que no se podía hablar, donde yacían los restos del poeta Federico García Lorca. Pero esto, entonces y ahora, contribuye a encubrir el hecho de que miles de personas fueron también ejecutadas y enterradas allí por las tropas franquistas durante la Guerra Civil. Lo que ocurrió en el barranco de Víznar no es en absoluto excepcional. Hasta hace bien poco casi nada se conocía, y menos se decía, de la existencia de fosas comunes como aquella a lo largo del territorio nacional, y que contienen los restos de al menos 100 000 personas ejecutadas de manera sumarísima, enterradas a toda prisa y oficialmente condenadas al olvido por la dictadura.

Pese a la existencia de lugares como este, y como ya ha ocurrido en otros países con un pasado dictatorial como Rusia, Italia, Alemania o Austria, en la España posfranquista algunos expresan nostalgia por los tiempos pasados donde supuestamente no había delincuencia y reinaban el orden y la moralidad. Esta idea engloba precisamente el mensaje principal de la dictadura durante cuarenta años de propaganda: que trajo la paz y el orden a España. Como mucho, aquellas mismas personas que miran con nostalgia al pasado admiten que en los años cuarenta la vida pudo ser dura, y que tal vez hubo un cierto exceso de crueldad en la vida pública y privada, pero, explican, aquellos tiempos fueron el producto de un pasado mucho peor y que, a la postre, España mejoró bajo el franquismo, y hasta que este hizo posible que hoy vivamos en democracia.

Esta manifestación de nostalgia, como cualquier otra, selecciona del pasado lo que más le conviene e ignora el resto. Presta atención, por poner un ejemplo, a la dureza de la vida de hombres y mujeres que sobrevivieron a las privaciones de la posguerra y trabajaron hasta conseguir la España de hoy: un país, pese a todos los pesares, próspero. Esta nostalgia se regocija también en la idea de que bajo Franco la gente no estaba interesada en política, y que la vida era simple y hasta más plena. Recuerdos selectivos como este son muy cautivadores, pues usan historias y vidas reales de gente normal y decente. Los primeros problemas se presentan no obstante cuando uno empieza a cuestionar qué eventos son olvidados, y qué personas —aquellas con diferentes recuerdos— no son incluidas en la nostalgia. Recuerdos de esta clase ignoran o minimizan el contexto de terror que la dictadura impuso sobre la sociedad española, se olvidan de las vidas de aquellos en desacuerdo con las políticas del régimen, las de los asesinados, reprimidos de muchas formas o silenciados y, finalmente, las de aquellos que, a causa de su pobreza, fueron

condenados a morirse de hambre[35]. Lo bueno y lo malo forman parte del mismo pasado, pero mientras que lo bueno forma parte del derecho a la paz y al progreso —que no fueron exactamente lo que Franco dio a los españoles— que toda persona merece, lo malo, como la violencia y el hambre, forma parte de una injusticia que nadie debe sufrir. Por eso lo primero nunca debería ocultar o justificar lo segundo.

 

La manipulación del pasado

 

La narrativa profranquista, incluso la que se declara neutra o apolítica, olvida o no considera importante el hecho de que el régimen obligara a los españoles a renunciar a sus derechos civiles y sociales más básicos. Su discurso no reconoce que, al retirar toda posibilidad de negociación sobre el futuro del país, el franquismo dejó solo una vía de oposición política: alzarse y continuar el conflicto armado. Esta era una opción inviable y, en cualquier caso, que la mayoría de los españoles de a pie jamás aceptaría después de haber sufrido tantos horrores de origen político. La Paz de Franco fue en realidad una imposición sobre el futuro colectivo y una manipulación del miedo de los españoles a un nuevo estallido de violencia. Pero el origen del problema hay que buscarlo antes del nacimiento del régimen; otra cosa es para qué lo usase este y cómo lo manipulase. El miedo había empezado antes de la guerra. Durante la Segunda República (1931-1936) la izquierda, principalmente los sectores anarquistas, había recurrido a la violencia de manera habitual. Más grave aún, después de 1933 un sector clave del PSOE se convirtió a la idea de revolución. En octubre de 1934, los socialistas se embarcaron en una rebelión en Asturias (y, con los catalanistas, otra en Barcelona) contra el Gobierno de derechas legítimamente constituido que se saldó con cerca de 1500 asesinados —víctimas no solo del conflicto armado, sino por crímenes de la izquierda y, sobre todo, por la represión gubernamental— y al menos 15 000 (otras fuentes los cifran en 30 000) detenidos. Tras Asturias, la política española se radicalizó y en los meses que siguieron a las elecciones de febrero de 1936 la proclividad a recurrir a la violencia entre falangistas, comunistas, socialistas y anarquistas se

incrementó de forma dramática[36]. Cuando estalló la Guerra Civil —en este caso, a partir de una rebelión de la derecha contra el Gobierno de centro-izquierda constituido de forma legítima— se desató, particularmente durante

los primeros meses del conflicto, una oleada de asesinatos masivos[37].

Después de la guerra, la dictadura no trató de promover la reconciliación entre los españoles, sino que alimentó e hizo amplio uso del miedo generado durante la contienda para alcanzar sus objetivos. Aunque unos españoles temían a las autoridades y otros no, la sociedad en su conjunto recelaba de sí misma. Los hechos pasados (y el oportuno y constante recordatorio de la propaganda franquista) habían «convencido» a los españoles de que no sabían vivir en paz consigo mismos. El régimen usó este trauma colectivo para justificar su existencia aduciendo que España necesitaba una férrea disciplina

para evitar caer de nuevo en la guerra fratricida[38]. Era precisamente esa peculiaridad del carácter nacional, o así lo decía el propio Franco, sus seguidores y sus simpatizantes anticomunistas en el extranjero, la que impediría a España participar de la misma normalidad de otras sociedades occidentales de posguerra. El resultado fue que la sociedad española quedó en manos de un individuo implacable que capitalizó el dolor colectivo para mantenerse en el poder, mientras manipulaba el pasado y mancillaba la memoria de sus víctimas. Solamente un régimen poseedor de estas características podría haber declarado como fiesta nacional el 18 de julio, el día en que los españoles comenzaron a matarse unos a otros. Durante el franquismo, mientras que la mayoría de los españoles se tomaba el día para pasarlo con sus familias en la playa o en el campo, el régimen y sus seguidores lo usaban para celebrar el inicio de la «cruzada». Según estos últimos, se conmemoraba la fecha en que España fue liberada por un movimiento nacional contra una República atea encabezada por criminales y apoyada por hordas de asesinos.

Para muchas personas profranquistas el 18 de julio era también una ocasión para recordar a aquellos que lucharon en el bando rebelde, que llamaban el bando nacional, los que murieron en el frente y los que fueron asesinados en la retaguardia republicana. En la memoria selectiva del régimen, estos fueron los únicos que obtuvieron el reconocimiento de «caídos». El discurso franquista ignoró que, por cada «buen español» eliminado por las «hordas marxistas», hubo aproximadamente unos tres «rojos» asesinados: unos 50 000 franquistas contra quizás 100 000 republicanos durante la guerra, a los que habría que añadir quizás hasta 50 000 ejecutados con posterioridad a esta. Estos muertos inconvenientes nunca existieron o, si lo fueron, nunca dejaron de ser tachados de criminales legalmente ajusticiados. Asimismo, el régimen se negó a compensar a las viudas y huérfanos de soldados republicanos, o a los mutilados de este bando, que no recibieron pensión o ni siquiera consuelo moral alguno. Excombatientes solo fueron quienes lucharon en los ejércitos de Franco.

Esa era la mentira oficial, pero muchos adultos reconocían el odio que se escondía tras el 18 de julio. Ellos eran conscientes de que las celebraciones de aquel día mantenían aún abiertas las heridas del pasado; y en su mayoría temían las que podría traer un nuevo conflicto. Pero las autoridades no mencionaban nada de esto. En su lugar, abundaban los discursos oficialistas donde se ensalzaba la Paz de Franco y la supuesta prosperidad del país, visibles en la inauguración de edificios oficiales, la entrega de viviendas sociales y otros «logros» del régimen. Para los gobernadores civiles, que también ostentaban la jefatura de la Falange en cada provincia, ese día marcaba el final de varios meses de arduo trabajo, principalmente durante las dos primeras décadas del franquismo, ya que, a causa de la maltrecha

economía, en ocasiones tenían poco (y a veces nada) que inaugurar[39].

Con este tipo de ceremonias la dictadura pretendía convencer a los españoles de que el Caudillo había obrado correctamente —y nada menos que por mandato divino— en 1936 y que había traído la paz y el progreso a España. Esta afirmación se sustentaba en la censura de la verdad y en la supresión del debate público. Mientras que la mayoría de los españoles estaban ocupados en sobrevivir al hambre y a las miserias cotidianas, la minoría disidente había sido silenciada, y sus esfuerzos por organizarse y oponerse al régimen terminaban más temprano que tarde en derrotas que acarreaban la represión y la eliminación de líderes y militantes. Hacia la segunda mitad de la década de los años cuarenta, y ante el fracaso sistemático de mantener vivas las organizaciones clandestinas, muchos miembros de la oposición activa fueron abandonando la militancia e integrándose en esa mayoría de españoles que se mantenían apartados de la política, o al menos callados. Aquellos que conocían lo que había ocurrido no se atrevían a cuestionar las verdades oficiales del régimen, ni en público ni, a menudo, en privado. En la inercia de no atreverse a debatir sobre el pasado, sobre los crímenes, los muertos y los olvidados, sobre las libertades perdidas y las esperanzas de cambio, los españoles —y entre ellos especialmente los más jóvenes— o nunca supieron o empezaron a olvidar, favoreciendo con ello la aceptación pasiva de las mentiras del franquismo. De esta manera, la amnesia, las medias verdades y las falacias pasaron a formar parte de las realidades cotidianas de la sociedad española. Incluso hasta muchos de quienes lo habían perdido todo a manos de la dictadura se plegaron a ella y la consideraron la única esperanza de que las cosas mejorarían en el futuro. Fue un proceso relativamente rápido: para el comienzo de la década de los cincuenta la mayoría de la sociedad española era de forma activa o pasiva franquista; y

continuó siéndolo al menos hasta la muerte del dictador[40].

La falsificación del pasado practicada por el régimen —hoy la llamaríamos su proyecto de memoria histórica— no se obró solo a base de palabras huecas y amenazas, sino también de sólidas, y sin embargo falsas, piedras. El mayor monumento erigido por el franquismo como símbolo de su particular visión de la guerra fue el Valle de los Caídos: un grandioso complejo arquitectónico al norte de Madrid coronado con una gran cruz de 150 metros de altura y que contiene una enorme basílica de 300 metros de longitud. Todo está construido a base de granito, cemento y acero. El proyecto tardó veinte años en completarse, de 1940 a 1959, y llegó a emplear a prisioneros políticos como mano de obra. En el Valle se encuentran los restos de más de 40 000 (puede que hasta 70 000) soldados —la mayoría franquistas pero también republicanos—, aunque las cifras resultan difíciles de calcular con exactitud debido a lo caótico del proceso de recogida de los restos. La inclusión de cadáveres de soldados enemigos, hecha a última hora, pretendió lanzar un mensaje de perdón espiritual condicionado a la sumisión política: pese a haberse dejado arrastrar por los criminales que dirigían entonces la República, la España cristiana de Franco perdonaba a los soldados que, equivocados, combatieron en el lado del mal. Esta «verdad» del dictador se propagó no solo en nuestro país sino también por el mundo, particularmente una vez que la aparición de la Guerra Fría transformó a Franco de tirano fascista en líder cristiano anticomunista. Ya en la primera guía turística en inglés del monumento en 1959 se explicaba que el Valle:

[…] debería ser considerado por todos los españoles como un justo tributo a la memoria de

aquellos que dieron su vida por sus ideales.

[Que] no puede haber un recordatorio más duradero de esto que la cruz sagrada […] El

monumento es por tanto de carácter religioso, pues refleja la piedad simple de los españoles, que

han permanecido fuera de las corrientes de agnosticismo que han secularizado Europa en este

siglo [41].

 

Esto es, que todos los españoles, por el hecho de serlo y sin consideración a lo que piensen, forman parte de una nación católica distinta de, y mejor que, las demás.

El propio Franco fue enterrado en la basílica en 1975, cerca del líder y fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, quien ostentaba el cargo de Primer Caído entre los sublevados en 1936 y era presentado por extensión como el símbolo del sufrimiento de todos los españoles. Durante décadas, muchos de los actos y ceremonias oficiales del régimen tendrían lugar allí. Pero el Valle era solo la mentira petrificada más importante entre otras muchas. Casi todas las ciudades españolas vieron erigir monumentos franquistas donde las víctimas de la guerra oficialmente reconocidas eran honradas con placas y cruces bajo la inscripción «Caídos por Dios y por España». La mentira era más hiriente aún por su contraste con la memoria de las víctimas republicanas. La propaganda del régimen no solo promovió la difusión de historias sobre los crímenes reales o no del «terror rojo» ocurridos en la retaguardia republicana sino que describió a sus presuntos autores como asesinos primarios y subhumanos. Los dos siguientes extractos, que muestran cómo fueron explicadas las acciones de los «rojos», encierran también la justificación del olvido al que fue sometido el destino de los vencidos. El primero fue publicado en 1939 y sus contenidos no difieren substancialmente de los cientos de libros y panfletos que se publicaron después de la guerra. En este caso, se describen los atroces crímenes republicanos de Torrejón de Ardoz y de Paracuellos del Jarama en noviembre y diciembre de 1936. Como se verá, se contrasta la barbarie asesina de los «rojos» con la naturaleza superior, bendecida por España y por Dios, de sus infortunadas víctimas:

Cuenta un testigo presencial de estos bárbaros asesinatos que los pocos que pudieron desatar sus

ligaduras y huir sufrieron el martirio más atroz. Aprehendidos por aquellas fieras humanas, más

sangrientas que las de las mismas selvas, ataban sus pies a una caballería y arrastrados así, dejando

jirones de sus cuerpos torturados en las asperezas del terreno, eran arrojados e inhumados, con vida

o sin vida, en aquella horrenda sepultura […] Yo no encuentro palabras en el diccionario castellano

[…] para maldecir la cobardía, la ferocidad, la sádica barbarie de aquellos engendros de perversidad.

[Todos los Caídos] recibían la helada caricia de las balas como el galardón eterno que el cielo les

tenía prometido y el beso amoroso que la Patria, enternecida y orgullosa, imprimía en sus frentes de

cruzados[42].

 

El franquismo explicó las relaciones de clase y la ideología como resultado de diferencias biológicas por las que el español «rojo» era, además de un individuo socialmente inferior, degenerado y resentido, razonando así

por qué los más pobres abrazaron ideas izquierdistas[43]. La siguiente cita pertenece a un libro publicado en 1956, cuando las pasiones propias de la guerra deberían haber remitido, y no obstante comenta así las supuestas diferencias naturales entre prisioneros profranquistas durante el conflicto y los republicanos:

Nuestros Cautivos Por Dios y Por España, se portaron como lo que eran, como perfectos

caballeros; así como, de ordinario, sus guardianes demostraron y mostraron el latón de una plebeyez

insulsa cuando no los peores instintos de insolencia, hasta llegar en grado infrahumano, al crimen, al

asesinato, con todos los agravantes[44].

 

Mientras nunca cesaron de recordar a sus muertos, las autoridades franquistas jamás reconocieron públicamente el dolor que la represión causó entre los vencidos, aunque sabían perfectamente que subsistían en la sociedad española memorias muy distintas del pasado. Un raro ejemplo de reconocimiento, siempre guardado, aparece en un informe interno de febrero de 1956. La noticia de que José Luis de Arrese había sido nombrado ministro secretario del partido fue recibida con gran expectación por los falangistas más extremos, pues veían abrirse la posibilidad de una vuelta a los tiempos dorados anteriores a 1945. En su breve tiempo en el cargo (duró un año) Arrese reorganizó y extendió los servicios de espionaje falangista con la apertura de nuevas delegaciones provinciales. Sin embargo, un viejo falangista y miembro también de los servicios de espionaje mostró su desacuerdo con la medida pues creía que este proyecto acrecentaría la impopularidad del partido y reabriría viejas heridas. En su opinión, en las zonas bajo dominio franquista durante la guerra la gente de a pie asociaba el servicio de espionaje con «represión, detenciones y ejecuciones, incluso si la realidad era diferente», y añadió que en las zonas «liberadas» del control republicano con posterioridad «muchos de nuestros compatriotas, movidos por el deseo de venganza o una mentalidad policial» dejaron recuerdos desagradables en las calles «y recelo, cuando no odio completo hacia nosotros, de nuestros enemigos y de muchos que podrían ser nuestros

amigos»[45].

Admisiones tan francas sobre el terror casi nunca salían del mundo controlado de las comunicaciones internas y las conversaciones privadas. Durante su larga existencia, la dictadura buscó siempre contrastar la imagen de un presente pacífico con el pasado violento de los republicanos, subrayando que solo el bando de Franco había actuado siempre rectamente durante la guerra, y que después su Gobierno había prevenido que los españoles cayeran de nuevo en la discordia fratricida. El mensaje, continuamente reafirmado, trasmitía que mientras Franco y el régimen deseaban la paz, los que decían querer la democracia liberal buscaban para España el caos y la destrucción. Para que los españoles pudieran disfrutar de la Paz de Franco, estos debían dar a cambio una libertad para la que no estaban preparados. La democracia era un sistema por tanto antiespañol y que servía únicamente como puente para la entrada del comunismo. El hecho de que el Partido Comunista se presentara a sí mismo por entonces como la única y verdadera alternativa antifranquista ayudó a consolidar la más que dudosa veracidad del argumento.

Los eventos internacionales paralelos a los primeros años de la dictadura ayudaron a reafirmar los reclamos propagandísticos del régimen y la imagen

de Franco como un hombre de paz[46]. Franco nunca fue un pacifista; de hecho, durante años tuvo delirios agudos de victorias épicas. Sus verdaderos planes quedaron no obstante truncados por la evolución de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el desarrollo de esta contribuyó paradójicamente a identificar las ansiedades de los españoles con la imagen oficial, creada a toda prisa a partir de 1944, del Caudillo como hombre de paz. Después de la caída de Francia en 1940 Franco estaba decidido a unirse a Hitler en un momento en que la victoria alemana parecía inapelable. Ello habría permitido al dictador español realizar sus sueños de conquista y sobre todo la consecución de un nuevo imperio colonial en el norte de África a expensas de Francia. Sus planes incluían también la anexión de Portugal. Afortunadamente para Franco, no hubo entendimiento con Hitler cuando ambos se encontraron en Hendaya en octubre de 1940. El Caudillo pedía demasiado pero tenía poco que ofrecer a un entonces pletórico Führer. Como los propósitos expansionistas del dictador nunca se hicieron públicos, la percepción de la mayoría fue que Franco decidió no intervenir en la guerra para ahorrarle a la

población el horror de un nuevo conflicto[47]. Los españoles no supieron lo que se discutió verdaderamente en aquellos días, pero habían temido lo peor y cuando nada pasó, la mayoría, por encima de ideologías, suspiró aliviada. Luego, con la guerra acabada, a los españoles les contarían que el Caudillo no solo aseguró la paz de España sino que fue además un habilísimo negociador

que con astucia desesperó y engañó a Hitler[48].

Lo que acabó siendo la falsa neutralidad de España no estuvo exenta de sobresaltos. Cuando se produjo la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941, el régimen fue más lejos de lo prudente y envió una división de «voluntarios» —la División Azul— a luchar del lado de los nazis. A pesar de su temeridad, el Caudillo tuvo la suerte de que Stalin no le declarara la guerra, pues de haberlo hecho los Aliados podrían haberse alineado también contra España y convertirla en uno más entre los escenarios de la lucha contra el Eje. Por entonces la máquina propagandística del régimen no solo se cebaba en los soviets, sino también en las que definía como democracias liberales plutocráticas, decadentes y controladas por judíos. El desembarco anglo-americano en el norte de África en noviembre de 1942 supuso otro momento crítico para el régimen. La mayoría de los españoles (y la dictadura misma) contuvieron el aliento, temiendo que los Aliados continuaran su avance por el Marruecos español hasta cruzar el Estrecho de Gibraltar y saltar a la península ibérica. La temida invasión no se produjo, pero la amenaza de guerra y la proximidad de tropas extranjeras contribuyeron a generar un sentimiento popular genuino de gratitud hacia el dictador por saber preservar la supuesta neutralidad española.

Esta confusa interacción entre opinión popular, guerra mundial y la imagen del dictador no fue en absoluto única en la España de Franco. Había pasado en otras partes. La popularidad de Mussolini en 1939 se había recuperado bastante debido a la percepción de la población italiana de que el Duce no deseaba la guerra. Lo que explica, por el contrario, su declive después de junio de 1940 cuando finalmente el dictador italiano intervino en

el conflicto y, sobre todo, trajo la derrota y el sufrimiento a sus súbditos[49]. También los alemanes de a pie podían amar a su dictador, que les había dado pleno empleo y logros exteriores, pero decididamente no querían la guerra en 1939. Mientras que los éxitos bélicos iniciales, sobre todo la victoria sobre Francia, consolidaron la reputación de Hitler, después de Stalingrado y de las derrotas que siguieron y los bombardeos masivos de las ciudades, la opinión

popular comenzó a mostrar su desencanto con el Führer[50]. Posible y hasta irónicamente, el dictador cuya trayectoria pública durante la guerra corrió más pareja a la de Franco fue Stalin. Él fue también ejecutor de su propia gente, líder victorioso y gobernante retratado por la propaganda y el recuerdo nostálgico de sus súbditos como portador de paz y prosperidad. Ni que decir tiene que la crueldad y el daño que el georgiano causó fueron muy superiores a los del gallego, pero en ambos casos los dos consiguieron enterrar sus crímenes y, con un éxito considerable, cultivar una imagen de amable benefactor que velaba por los intereses de su gente, incluso si habían sido

ellos mismos el origen principal de tantas miserias[51]. Curiosamente, a pesar de la limitación de sus respectivas dotes militares, ambos dictadores usaron la victoria para nombrarse a sí mismos generalísimos y se rodearon de cortesanos que alababan sus incomparables genios estratégicos.

Después de 1945, el mensaje central de la máquina propagandística de la dictadura fue el del papel del Caudillo como garante de la paz. En los medios de comunicación y en la opinión popular (por razones obvias, la opinión pública como tal solo existe en sociedades libres) el concepto de paz y el de la estabilidad del régimen de Franco se volvieron complementarios. La presión internacional para una transición democrática en España fue representada por la propaganda como la antítesis de la nación, y como un intento de esclavizar al país por parte de sus enemigos tradicionales y contrarios a su religión. Pero, lo que es más importante, por encima de las ideas que los españoles tuvieran sobre religión o libertad, casi todo el mundo entendió que, mientras Franco viviese, cualquier intento de cambio significaba guerra. Cuando, en diciembre de 1946, la recién fundada Naciones Unidas aprobó una declaración a favor de imponer un boicot diplomático a la dictadura y una condena al carácter fascista del régimen, muchísimos españoles de a pie la juzgaron como una intromisión inaceptable y peligrosa en los asuntos internos del país, y una tentativa para imponer un cambio sin comprender lo que este conllevaría. En respuesta, en las grandes ciudades hubo grandes manifestaciones de apoyo a Franco. Fueron organizadas por el régimen, pero también había mucho de genuino en la asistencia popular a las mismas.

En el futuro, la dictadura disfrutó de similares baños de masas, en los que se denunciaron las interferencias de terceros en los asuntos de España en general y en su paz en particular. Según la versión oficial, cualquier declaración extranjera contra Franco no era más que un designio comunista o de fuerzas políticas hostiles en el exilio contra España, a la que buscaban precipitar a un nuevo conflicto civil. Se creyera o no lo que el régimen contaba, la mera posibilidad de caer de nuevo en la discordia fratricida llevó a la mayoría de la gente de a pie a apoyar la idea de que solo con Franco podría preservarse la paz. Era una prueba de que, en realidad, en las intenciones de la dictadura y en los miedos de los españoles, la Guerra Civil no había concluido.

La Guerra Fría, y en particular los intereses estratégicos estadounidenses en mantener a España como aliada, acabaron despejando las dudas sobre el futuro de la dictadura. El régimen clamó victoria cuando, en 1950, Naciones Unidas retiró las sanciones (incluyendo el boicot diplomático de 1946) y España comenzó a ser readmitida en los organismos internacionales. Algunos de los embajadores extranjeros que volvieron a Madrid empezaron a tratar a Franco como a un incomprendido héroe anticomunista. Entre las grandes potencias, Estados Unidos fue la primera y más decidida en adoptar esta conveniente, y a veces cínica, visión profranquista. En esta línea, el encargado de negocios de la embajada norteamericana en Madrid escribía a Washington en 1949:

Una democracia estable en España solo será posible en un futuro incierto. Los intentos pasados

por instaurar la democracia produjeron inestabilidad y caos. Estas gentes, de una u otra clase, no

conocen la diferencia entre libertad y abuso. […] Franco no debe ser culpado por todo lo que va mal

en España, y mientras él es un católico devoto, no hay nada que indique que él o su régimen apoyan

el espíritu inquisitorial que sí puede verse en la Iglesia Católica y entre su gente[52].

 

Los españoles de a pie poco sabían de cómo eran vistos por el mundo libre. Desconocían, por ejemplo, por qué eran diferentes de los alemanes o los italianos que, aun habiendo abrazado con entusiasmo el nazismo y el fascismo, tenían ahora el derecho a vivir sus vidas en paz y libertad. Pero, en cualquier caso, recibieron con alivio el cese de las sanciones internacionales no tanto porque le diesen la razón al Caudillo sino porque su mayor preocupación tenía poco que ver con la política internacional en sí misma y sí mucho más con cómo aquella afectaba a sus aspiraciones a una vida mejor. Como ilustra un informe confidencial de la Falange de Málaga en 1950, la gente pensaba que la vuelta de los embajadores representaba un triunfo personal de Franco pero, más que nada, estaba ilusionada por la esperada llegada de otras cosas: un periodo de normalización de la economía, una reducción de la burocracia y la inauguración de una fase de «austeridad»

política[53]. Otro informe desde Valencia, también fechado en 1950, confirmaba la misma idea: los españoles no querían saber nada de política, sino que pedían precios más bajos y una mejora de los salarios, de la

alimentación y del acceso a los servicios[54]. Es decir, que lo global interesaba solo en cuanto afectaba a lo doméstico; y esto último era simplemente sobrevivir lo mejor posible a la miseria cotidiana.

Todo el mundo que quiso verlo se dio cuenta de que España estaba abandonando sus problemas externos e internos más graves, lo que fue confirmado cuando en 1953 Estados Unidos y la dictadura firmaron acuerdos de cooperación económica y militar. Con ellos, una serie de inversiones y de nuevas ideas económicas se introdujeron en un país hasta entonces empobrecido y aislado. La dictadura estaba a salvo. Un mandatario más generoso quizás habría aprovechado las oportunidades abiertas por el nuevo periodo de estabilidad para promover una reconciliación real entre los españoles. Pero generoso Franco nunca lo fue, entre otras razones porque su poder escondía y se apoyaba en demasiadas mentiras y demasiadas víctimas. Por esa razón, el régimen continuó promoviendo una visión pesimista y maniquea del pasado que excluía a millones de españoles y simplificaba, para manipularla, la historia de la nación. Pero detrás del triunfalismo y de la peculiar paz franquista quedaban, apenas ocultas, historias muy distintas de las oficiales.

 

Los frutos del terror

 

La manipulación de la historia reciente efectuada por el franquismo solo incluyó, por ejemplo, una parte de los sucesos acaecidos en el pequeño municipio de Camargo, provincia de Santander. No lejos de Camargo existe una zona desolada llamada Peñas Negras donde resuenan aún los recuerdos de un pasado siniestro: fue lugar habitual de ajusticiamientos nocturnos y paralegales. En cierto modo, es un microcosmos de lo que pasó en España a partir de julio de 1936. Durante el primer año de la guerra —hasta su conquista por las tropas de Franco en el verano de 1937— los republicanos usaron este paraje ocasionalmente para incinerar los restos de sus víctimas. Después, con las tropas de Franco, llegaron a las Peñas Negras los asesinos «azules». Las voces de este pasado llegan hasta nuestros días.

Durante una entrevista dada en los años noventa, el cura Isidro R., que pasó varios meses escondido, afirmó que la persecución roja fue «asocial» y la definió no como una revancha contra el capital, sino «contra la religión, solamente contra la religión», aludiendo a que la gente adinerada —los directores de fábrica, por ejemplo— no sufrieron daño mientras que cinco jóvenes, simples empleados, pertenecientes a su parroquia fueron ejecutados en las Peñas Negras solo por ir a misa de forma regular y ser miembros de Acción Católica. Sin embargo, como otros de los habitantes del municipio, Isidro también recordó a Silvio Fombellida, el alcalde republicano que fue asesinado más tarde por los franquistas, como «un hombre bueno y decente»

que salvó muchas vidas, incluida la suya[55]. Aunque un convencido franquista, los recuerdos de Isidro no fueron incluidos en la Causa General — la relación oficial de la dictadura de los crímenes (exclusivamente) republicanos cometidos durante la guerra—, que además de ignorar las buenas acciones del alcalde Fombellida le identificó como el instigador de cincuenta y seis asesinatos. El padre Isidro se mostró más indulgente que la propaganda del régimen y perdonó al alcalde al asegurar que él «no lo hubiera matado [y que se habría salvado] tal vez si se hubiera mantenido escondido hasta que se hubiera disipado el odio»²³. El asesinato del maestro local en Escobedo en la localidad republicana de Saturnino, también no lejos de Peñas Negras, fue otro ejemplo que no encajaba en la versión del pasado oficial del régimen de Franco. El mismo día que entraron los rebeldes en el pueblo, el maestro fue acuchillado y su cadáver enterrado a toda prisa. Tres días después su padre vino a buscarlo, pero «el pueblo al completo se quedó mudo, temiendo que empezara a disparar». Este hombre era un oficial de la Guardia Civil y estaba luchando en la guerra en el bando de Franco, el de los asesinos

de su hijo[56].

La versión simplista y partidista de los hechos propagada por el régimen, que caracterizaba a los republicanos como monstruos degenerados, difícilmente podía dar cabida a la complejidad de situaciones como las descritas. Por desgracia, la Iglesia católica se convirtió en cómplice moral de las mentiras, medias verdades y ocultaciones del régimen. Los ejemplos son muchos, desde el recién elegido Papa Pío XII (1939-1958), un hombre que detestaba la democracia y que se apresuró a felicitar a Franco por su victoria en abril de 1939, a los obispos y cardenales españoles que casi por unanimidad apoyaron la rebelión en una carta conjunta dirigida al mundo católico en julio de 1937, cuando ya sabían que decenas de miles de personas de ambos bandos habían sido asesinadas impunemente. Aunque existieron muchas excepciones al caso, sobre todo de sacerdotes que defendieron a sus feligreses, hubo también entre los párrocos numerosos casos de indiferencia e, incluso, de incitación al asesinato. Un ejemplo de curas asesinos lo tenemos en un caso de la Galicia rural, que, apenas sin resistencia, había quedado bajo

control rebelde desde el mismo verano de 1936[57]. Así lo contó J. A. Dacoba en Orense:

Cuando detuvieron a Castor, don Francisco, el cura de Fontefría, les dijo a los obreros que no

intercedería para salvarlo: —¡Yo no voy porque si voy les digo que lo maten antes! […]— El cura

de Parada fue quien mandó pasear a Castor, diciéndoles a los falangistas: «Tiene muchos hijos y es

muy buena persona. Pero es muy listo, a mí no me va a molestar, pero si queréis dominar el

ayuntamiento, a vosotros sí»[58].

 

Con posterioridad, el sacerdote de Parada inscribiría en el registro de la parroquia el fallecimiento de este hombre (en muchos otros casos, las muertes no fueron registradas) y detallaría el lugar, la causa y los autores de esta y otras ejecuciones, añadiendo que aunque las víctimas vivían distanciadas de la Iglesia, pedía a Dios que las perdonase. Otros religiosos no fueron tan ecuánimes. En los primeros días de la rebelión, el cura de la parroquia vecina de Palmés guio en persona a un pelotón de falangistas hasta la sede local del PSOE y ayudó a destruirla. En las jornadas que siguieron, muchos líderes sindicales y políticos locales fueron asesinados, entre ellos un respetado

dirigente campesino. Este hombre era padre de siete hijos[59].

La Iglesia fue víctima y verdugo de la violencia de la guerra. Durante la contienda, más de 7000 miembros del clero fueron ejecutados por milicias y comités republicanos, la mayoría de ellos en los meses estivales de 1936, y demasiado a menudo de manera cruenta y horrible. Muchas de aquellas víctimas serían beatificadas en los últimos años del pontificado de Juan

Pablo II (1978-2005) primero y luego bajo Benedicto XVI (2005-2013)[60]. No obstante, ni durante la guerra ni después de ella la Iglesia —salvo escasas y puntuales excepciones— pregonó o practicó el perdón entre los españoles. En medio de la espiral de violencia solo la Iglesia podía haber tenido la autoridad moral para pronunciarse en contra de la represión y los asesinatos; pero en su lugar permaneció casi completamente en silencio con respecto a los crímenes franquistas mientras que denunció con todos sus medios, dentro y fuera de España, los cometidos por los republicanos. Este silencio dio impunidad (puede que incluso sosiego) a quienes desechaban cadáveres en cunetas, cementerios y fosas comunes a lo largo del país. Tras la guerra, la Iglesia se transformó además en un respaldo moral de la labor de los tribunales militares que condenaron a muerte a miles de españoles. Muchos clérigos incluso llegaron a personarse en los juicios sumarísimos (que eran de carácter público) como testigos de cargo o como complacidos espectadores.

Los asesinatos del nuevo régimen, no obstante, se extendieron más allá de las ejecuciones durante los años de la guerra. Después de la rendición republicana a finales de marzo de 1939, miles de militantes de izquierda se negaron a aceptar la derrota y se echaron al monte. Muchas comunidades rurales se vieron afectadas por la guerra de guerrillas, que ni apoyaban ni deseaban, quedando atrapadas entre las pretensiones y acciones de los dos bandos. La guerrilla reivindicaba su papel de protector del pueblo frente a la dictadura, justificando así el asesinato de personas afines al régimen y la extorsión que no siempre estuvo dirigida hacia el rico. En todo caso, el precio de pertenecer a la guerrilla —muy activa entre los años 1944 y 1949, cuando los comunistas se convirtieron en sus principales protagonistas— fue alto y no solo para los maquis sino también para sus familias. Fueran madres, esposas o hermanas o incluso hijos, los familiares de los guerrilleros fueron forzados a negociar su rendición o a traicionarles y a menudo sufrieron duros castigos por las acciones de sus allegados. Marcelo García, por ejemplo, recuerda cómo durante su infancia en Asturias sus tíos se echaron al monte huyendo de las tropas franquistas. Él era un niño pero esto no le salvó de los golpes de la Guardia Civil y de los falangistas. Su abuela fue colgada boca abajo y torturada. Su tía Araceli, a consecuencia del trato recibido, cayó gravemente enferma y acabaría perdiendo un pulmón. Al final, recuerda, que «entonces los hermanos de mi padre al ver lo que pasaba en casa se presentaron y los fusilaron en Oviedo a los dos». La experiencia de Marcelo fue similar a la de muchos otros. Manuel Gil fue un guerrillero que escapó de España en 1948. Su mujer solo tenía dieciocho años cuando la policía comenzó a torturarla de forma habitual porque querían sacarle información «a palos […] la metían en la cárcel, la volvían a sacar, tenía que presentarse cada segundo día en el cuartel, otro día al Gobierno Civil, otro día al Gobierno Militar […] y así

vivió los once años»[61]. Sin embargo, durante los cuarenta años que duró la dictadura, las vivencias de gente como Marcelo, Araceli y Manuel no existieron. Sus vidas no significaban nada. Para las autoridades, las víctimas del maquis eran mártires, mientras los muertos o torturados durante las operaciones de limpieza o de investigación, fueran culpables o inocentes, eran

indistintamente tachados de criminales o de cómplices sin derechos[62].

El miedo a la represión franquista acabó siendo interiorizado por la población, pues casi nadie, niño o adulto, estaba en principio libre de

padecerla[63]. La sospecha de las autoridades abarcaba, además de lo que se hubiera hecho, hasta lo que pudiera haberse hecho o pensado. A su vuelta a España, G. L., un niño vasco enviado por sus padres fuera del país durante la guerra, nunca olvidó el miedo que sintió por haber cometido el error de no haberse detenido un día cuando, al pasar junto a una escuela, escuchó la sintonía del Cara al Sol, el himno falangista. «Y yo no sabía, la primera vez que me dice mi tía: —Párate que tienes que saludar, ay, yo qué miedo y

temblando allí, creía que me iban a meter en la cárcel»[64]. No detenerse y adoptar la postura marcial al escuchar este o cualquier otro himno del régimen era punible en la España de los primeros años cuarenta. La pertenencia al bando erróneo o la mera posibilidad de que las autoridades lo creyesen inspiraban terror entre gentes de todas las edades y podía manifestarse en cualquier situación, incluso durante el tiempo de ocio. Por ejemplo, antes de cada película, en los cines se proyectaba el noticiario NO-DO, que con regularidad insertaba imágenes del Caudillo. No aplaudir cuando Franco

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