Muerte entre poetas

Ángela Vallvey · Capítulo 3 de 19

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Muerte entre poetas

Primer Día en el Cigarral

currículum en un santiamén, de manera que, cuando se presentaba a la plaza, podía parecer Einstein a ojos de un profano.

Bah, la universidad… Cuánto se alegraba de haberla dejado atrás. Las clases. Las alumnas talluditas. Las largas y embarazosas horas de tutoría…

La obligación de escribir y publicar todo tipo de sandeces… Estaba mucho mejor en su despacho, con una secretaria y un chofer a su disposición, tomando decisiones importantes para las vidas de las personas. Prefería hacer política a las claras, sin tener que ocultarse bajo argumentos falsamente humanistas.

Fabio llevaba años detrás de un puesto de titular en el Departamento de Literatura, pero no era ningún secreto que el catedrático del área lo detestaba, y aunque acumulaba méritos suficientes, en comparación con sus compañeros, para recibir la responsabilidad y el sueldo y la tranquilidad funcionarial correspondientes-, el viejo Arnés, que gobernaba de manera absolutista su departamento, le había cerrado el paso una y otra vez hasta convertirlo en un eterno ayudante. En un hombre con trabajo de niño.

Fabio estuvo presente en la oposición, como espectador, y cuando concluyó la primera prueba no paró hasta conseguir hablar un rato con Álex. Era un pelota redomado, el tal Fabio Arjona. Alejandro podía sentir sus ojos oscuros y brillantes clavados en los suyos, saetas de un atrevimiento casi obsceno. La insistencia y la avidez de su mirada consiguieron desconcentrarlo en más de una ocasión, en las que perdió el hilo de lo que allí se estaba diciendo. Seguramente Fabio era muy consciente del poder que Álex acumulaba en esos momentos, y del que llevaba administrando desde hacía años. Si Alejandro Martínez Ursola lo hubiese querido así, Fabio no habría tardado ni dos meses en tener su tan deseada plaza de titular universitario.

PRIMER DÍA EN EL CIGARRAL

Porque ese cielo azul que todos vemos

ni es cielo ni es azul.

LUPERCIO LEONARDO DE

ARGENSOLA

EL COTO, EL CASAR,

GUADALAJARA /

CIGARRAL DE LA CAVA, TOLEDO.

ABRIL DE 2007

Había tenido una pesadilla, pero apenas podía recordar nada de lo soñado. El cuarto estaba en penumbra, la misma habitación donde dormía desde los trece años, en el viejo chalet de su tía Pau. Su hogar. Oyó a los gorriones aletear detrás de las contraventanas y disfrutó de esa sensación de claridad entenebrecida que se abría paso con desfachatez, aunque de manera intermitente, hacia el interior de la habitación. Y al cabo de un instante, el ruido de los aviones sobrevolando la zona. Desde que inauguraron la terminal 4 del aeropuerto de Barajas, habían convertido la comarca en un molesto pasillo aéreo («más que pasillo, comedor abierto las veinticuatro horas», solía quejarse la tía Pau) que atormentaba a los residentes y perjudicaba su salud con sus trombas de ruido y gases. En los días despejados, llegaba a ser insoportable. Pero por suerte a veces soplaban fuertes vientos del este que impedían desviar el tráfico aéreo por encima de sus tejados, y entonces el lugar volvía a ser apacible, terso e invitador como la tarjeta de visita de una dama antigua. Tal como era hasta no hacía mucho.

Tomó un trago de agua de la botella que tenía al lado de la cama, manteniendo los ojos cerrados con determinación mientras bebía. Se sentía inquieto, con la sensación de tener la boca habitada por parásitos que se encontraban allí de paso porque ni siquiera ellos la consideraban demasiado acogedora.

Nacho Arán abrió poco a poco los párpados y observó, aún amodorrado y confuso, los números del reloj digital que descansaba en la mesilla. Hizo un esfuerzo por sacar a flote su conciencia, que a esas horas le parecía un cajón profundo en cuyo fondo se había quedado atascada su voluntad. Las 7.15 de la mañana. Hora de levantarse. Unos segundos después de que abriera los ojos, el despertador comenzó a sonar; un sonido irritante y angustiado a los pies del crucifijo de hierro y madera que pendía de la pared, suspendido de un clavo invisible, como la fe de su tía Pau. Lo apagó con movimientos torpes y se acurrucó de nuevo bajo las sábanas. Eran suaves, y estaban limpias; incluso prometían vínculos inesperados con la piel de alguna mujer. Aunque él siempre, o casi siempre, dormía solo.

Tenía el pelo castaño claro, demasiado largo para el gusto de su tía, y la mirada soñadora de un poeta adolescente. Estaba soltero, sin compromiso, y a veces se preguntaba si su estado civil era una elección personal o una

condición genética probablemente heredada de su tía, como sus ojos verdosos y la propensión a las jaquecas.

Como todas las mañanas, Nacho se puso boca arriba en la cama e intentó distinguir figuras en el techo del dormitorio, donde ya se filtraban algunas rayas de luz turbia e incipiente que arponeaban con timidez el cielo raso.

En ese instante, el teléfono emprendió la tarea de atormentarlo con sus fatales signos de violencia sonora.

–Vamos, holgazán. Es hora de levantarse. – La voz de la tía Pau tenía un eco artificial, misterioso, por la línea interna de la casa.

–Me estoy levantando -mintió Nacho sin atisbo de remordimiento en la voz-. Subiré a desayunar en cuanto me dé una ducha rápida.

–Está lloviendo, con suavidad, pero sin indolencia. A veces sale un poco el sol entre unas nubes gordas y negras que parece que van a aplastar los tejados, pero la tónica general del día son los chubascos dispersos.

–Lo imaginaba, tía. – Nacho Arán se guardó para sí el hecho, bien conocido por la tía Pau, de que él, su sobrino, era meteorólogo.

–Es tremendo. Hacía casi un año que no caía ni una gota, y ha sido llegar abril… Bueno, mejor así. – La mujer soltó un suspiro que podía confundirse con el sonido de un globo desinflándose, un aliento apagado de plástico roto-. ¿Tienes preparada la maleta?

–Hum… Sí, está lista. – Nacho encendió la lamparilla de lectura y miró a su alrededor en busca de la pequeña maleta Samsonite, que finalmente localizó al lado del galán de noche. Por supuesto, vacía aún.

–Te espero en la cocina. – La mujer se disponía a colgar el teléfono cuando, de pronto, pareció pensarlo mejor-: Ah, sí, Nacho, querido…

Él se encogió de hombros y se resignó a escuchar alguna de las charlas inconexas de su parienta, recién comenzado el día. La tía Pau dormía poco, por no decir nada. El sueño se le antojaba un derroche, puede que un exceso frívolo en un mundo atolondrado de abundancias y atropellos, en constante transformación, a medio hacer.

–Dime, tía… -Se sentía cansado. La habitación en sombras aparentaba tener todos los objetos cambiados de sitio. Y la vivaracha charla de su tía amenazaba con provocarle dolor de cabeza.

–Es una cosa muy rara… -Doña Paulina guardó un silencio teatral al otro lado de la línea. En realidad, se encontraba un par de metros por

encima de la cabecera de la cama de su sobrino, en la primera planta de la casa, la que estaba a ras de calle. En la planta baja se hallaban los dormitorios, la biblioteca, un despacho, la cochera y el jardín. Nacho casi podía oír sus enérgicos pasos por encima del techo de su dormitorio, como un indio potawatomi que estuviera auscultando minuciosamente el terreno-.

Muy rara, sí, señor…

–¿Qué es tan raro, tía? – Empezaba a impacientarse y a ponerse nervioso.

Tenía que ducharse y espabilar si quería llegar a tiempo al comienzo de la que sería la cuarta jornada del congreso de poetas. Los demás le llevaban tres días de ventaja, pero él no había podido ausentarse del trabajo hasta entonces. Y, para poder acudir, había tenido que solicitar un permiso sin sueldo, que los productores de su espacio televisivo le habían dado a regañadientes. Se sentía enormemente honrado por la invitación. Teniendo en cuenta que era un meteorólogo de la tele -que, además, ni siquiera salía en pantalla, dado que realizaba el trabajo sucio para una joven presentadora cuyos escotes hacían palidecer de insignificancia al anticiclón de las Azores-, y que, a sus cuarenta años recién cumplidos, contaba únicamente con tres libros de poemas, publicados por él mismo (claro que eso no lo sabía casi nadie), ser elegido para formar parte de un selecto grupo que pretendía reunir lo más exquisito de la poesía viva del momento era un honor que le cortaba el aliento de puro placer.

Aunque, pensándolo bien, Nacho tampoco es que fuera un don nadie, incluso era un poco conocido; famosillo en ciertas esferas, quizás no demasiado líricas. Por supuesto, no tanto como sus colegas vates habituales de los medios de comunicación, pero tenía su parte de notoriedad en unos tiempos en los que todos la deseaban, incluso algunos asesinos a los que no se les ocurría nada mejor que matar para lograr la fama que su falta de talento o de méritos les había negado por otros procedimientos. Nacho había fundado hacía cuatro años, en compañía de su tía Pau -bibliotecaria jubilada, adicta a las novelas de misterio- una publicación en Internet, El Club Baskerville. Revista de Detectives y Sabuesos, cuyo éxito había ido creciendo de forma inesperada y abrumadora. Tanto que los dejaba pasmados, a él y a su tía. El objetivo del sitio era hacer un seguimiento de los crímenes reales que se cometían a diario en el país y, con la ayuda de los internautas, muchos de los cuales se hallaban en las inmediaciones del lugar

del crimen, contribuir a resolverlos. Cuando pusieron en marcha el invento lo hicieron para matar el tiempo y divertirse durante unas vacaciones de verano en las que Nacho -un viajero empedernido que todos y cada uno de los meses de agosto de su vida, desde que tenía dieciocho años, había salido pitando con rumbo a algún destino extravagante y exótico del planeta- se encontró con que no disponía ni de un chavo para viajar al extranjero, como era su costumbre, y tuvo que quedarse en casa. Su tía Pau nunca salía del enorme caserón que habitaban (excepto al pueblo, a comprar o hacer gestiones, y eso si no le quedaba más remedio: alegaba que el mundo era cada día más hostil), y no tenía el agradable hábito de proporcionarle a Nacho estipendios regalados que le permitieran equilibrar sus cuentas. No por tacañería, sino porque estaba convencida de que la escasez, la penuria y las privaciones en general suelen suponerle a toda mente abierta un gran impulso para buscarse la vida. En resumen, que era de la opinión de que la necesidad aguza el ingenio, y de que quien no ha pasado necesidad no tiene ingenio, o lo tiene muy menguado. Y ella estaba empeñada en que su sobrino fuese un hombre de ingenio, lúcido y perspicaz, resolutivo. O sea, sin un euro en el bolsillo y desesperado por conseguirlo.

Ese verano se pusieron manos a la obra y organizaron la página -total, era gratis-, más por distraerse que por otra cosa. (Nacho se sentía como una fiera enjaulada, amargado por no estar, por ejemplo, en Asia, dejándose azotar por la lluvia caliente de los monzones y mascando el barro de las calles en Chandigar, India.) Recogieron todas las fechorías que notificaban los periódicos en las que se decía que aún no se había detenido a los culpables, así como cualquier noticia relacionada que se hallara en la red o en papel impreso; mandaron el enlace de la recién nacida revista a todos sus contactos por correo electrónico, y procuraron animar el espacio entre los dos escribiendo comentarios sobre cada caso y elucubrando un poco al tuntún sobre todos ellos.

La sorpresa vino cuando -tímidamente al principio y de forma imparable y casi torrencial al cabo de sólo quince días de estar abierta- la revista se fue animando con la participación de cientos de internautas, mucho más empeñados en hacer justicia que los aburridos tía y sobrino. La historia de la página había sido de lo más extraordinaria, y había estado jalonada de indiscutibles éxitos; también de grandes decepciones, pero ésas ya estaban olvidadas. Comenzaron por aclarar el robo de una estación

meteorológica (asunto que a Nacho le agradó especialmente) en Barbastro, Huesca, cerca del río Vero, constituida por una caseta de buena madera, una veleta, un anemómetro, un termómetro de máximas y mínimas y un pluviómetro. Lo lograron gracias a Rodrigo, un chaval internauta residente en Zaragoza con cara de no haber roto un plato en su vida y gafas de montura naranja, a juego con su pelo, que se reveló como un hábil hacker.

El chico, que ahora acababa de cumplir los dieciocho, tenía apenas catorce años por entonces, y no se consideraba un ladrón de la red, un cracker, sino un grey hat, un «sombrero gris» de esos que sólo traspasan límites moralmente reprobables de vez en cuando, y siempre que un noble fin justifique los malos medios (Nacho le había advertido que ésa no era una filosofía moral demasiado escrupulosa, pero…). Con las noticias, las indicaciones que dieron algunos lectores de la revista y la habilidad de Rodrigo, que no necesitó moverse de su habitación, resolvieron el misterioso robo: la estación la había birlado un jubilado de Huesca que tenía una casa de veraneo en Castillazuelo, y que escribió un e-mail a su hija, residente en Portland, Estados Unidos, contándole lo bien que había quedado en el jardín su nueva estación casera para controlar el tiempo.

Ese caso sólo fue el primero de una larga serie de enigmas delictivos resueltos. Entre ellos, un caso de asesinato, el de unos aluniceros que asaltaban tiendas en la Milla de Oro de Madrid valiéndose de un coche de alta gama (para lo que fue esencial la colaboración de un taxista, que los sorprendió una madrugada mientras actuaban), y dos atracos a mano armada (el club puso a la policía sobre la pista de los malhechores, a quienes finalmente atraparon).

La revista electrónica se había ganado una justa fama de eficacia y seriedad, y ahora incluso obtenía ganancias por publicidad: contaban con el patrocinio de una agencia internacional de detectives, a la que anunciaban a todo trapo, y de una empresa de cobro de morosos. Hasta la policía los tomaba en serio, y algunos inspectores y agentes habían colaborado con ellos en ocasiones, siempre de manera discreta y extraoficial, apoyándose mutuamente.

Ahora tenían varios casos en marcha, de poca monta, pero entretenidos.

Nacho bostezó, desperezándose. ¿Qué sería eso tan raro que quería contarle su tía? Se irritó un poco. Qué mujer… ¡Cuántas vueltas le daba a todo!

–¿Qué es tan raro, tía? Habla o te atragantarás -le pidió, incómodo porque le picaba la barba y quería darse una ducha pronto.

Dentro de un par de horas, a lo sumo, se codearía con las mejores plumas del país. Hombres y mujeres que tenían la gloria al alcance de sus versos. Incluso dispondría de la increíble oportunidad de saludar al nuevo ministro de Cultura, que, si su agenda no se lo impedía en el último minuto, tenía previsto pasar por el Cigarral de la Cava para saludarlos a todos y compartir un almuerzo informal. Él, Nacho Arán, meteorólogo de redacción televisiva y humilde aprendiz de poeta, había sido llamado a sentarse en pie de igualdad con todos ellos. No se lo podía creer. Sin duda la poesía le estaba dando muchas más satisfacciones que la meteorología. No cabía duda al respecto. Aunque, evidentemente, no le daba de comer. Nacho pensó que la poesía raramente daba de comer a nadie, y a los poetas menos que a nadie.

Se levantó de la cama con el teléfono inalámbrico pegado a la oreja y abrió a duras penas la ventana. Echó un vistazo al jardín bajo la luz mortecina y húmeda de la mañana. Efectivamente, llovía por fin. El agua descollaba de los aleros con una tibieza lúgubre. Tocó el radiador situado bajo la ventana. Por fortuna, estaba empezando a caldearse. Hacía un mes que habían decidido apagar la calefacción, pero su tía, con muy buen juicio, había resuelto encenderla de nuevo.

Se rascó la barba. Tendría que afeitarse bien. Sería estupendo que la tía Pau dejase de entretenerlo con su parloteo mañanero.

–Es extraño, pero acabo de leer en Internet que un poeta bastante conocido fue asesinado ayer, sobre las cinco de la tarde. Una hora muy taurina para morir. Ocurrió en Toledo. Éste puede ser un buen caso para el Club Baskerville. Por cierto, querido niño, ¿no ibas tú precisamente a Toledo, a un congreso de poetas? Recuerdo que me dijiste…

–¿Qué? – Nacho dio un respingo-. ¿Dónde?, ¿de qué estás hablando…?

–Me preguntaba si tú lo conocerías, al hombre. Al poeta… Las noticias aún son un poco confusas, pero…

–Subo ahora mismo a la cocina. – Nacho colgó el teléfono, se calzó las zapatillas de felpa y abrió apresuradamente la puerta del dormitorio. El pasillo, enorme y abarrotado de viejos cuadros originales, lucía una atmósfera dramática y silenciosa. El suelo de madera crujió agradablemente bajo sus zancadas.

Cuando entró en la cocina, la tía Pau agarraba el teléfono con una mano, y con la otra se aferraba al asa de una taza de té hirviendo. Tenía un aspecto osado y testarudo, en cierto modo romántico.

–Ah, todavía estás en pijama. Llegarás tarde, querido. A veces tengo una acuciante sensación: que va siendo hora de que encuentres a una buena mujer y fundes tu propio hogar. Con niños y todo eso -dijo la señora. Luego sonrió, tan satisfecha como un gato que acabara de darse un festín de ratoncitos frente a la chimenea.

Antes de salir de casa en dirección a Toledo, al cigarral donde tenía lugar el encuentro poético, Nacho miró con nostalgia su viejo Opel Vectra blanco aparcado en un lateral de la casa. La lluvia se estaba encargando de limpiarlo un poco, le hacía falta. Sacó el teléfono móvil con la intención de hacer una llamada, pero le temblaba el pulso mientras buscaba el número en la agenda. No era muy aficionado a hablar por teléfono y contempló el aparato como si fuese el centro neurálgico de su desazón. Por fortuna, nadie respondió a sus insistentes timbrazos. No le apetecía mucho hablar con la vieja señora Pons, la anfitriona del encuentro, y menos aún, en las actuales circunstancias. Pensó que lo mejor sería ir a Toledo, tal y como estaba previsto, como si no pasara nada. Desde luego, estaba el aliciente del crimen, si es que era adecuado hablar así, pero…

Se subió el cuello de su chaqueta de Gore-Tex, especial para ir en moto, blandió la pequeña maleta con una mano y salió del porche con la cabeza gacha. Dio unos curiosos saltitos tratando de esquivar los charcos, abrió la portezuela del coche, arrojó la maleta en el asiento trasero y se coló en su interior con un suspiro de alivio.

Mientras daba marcha atrás y activaba el portón de la calle con el mando a distancia, pudo ver a su tía detrás de la ventana enrejada del dormitorio de invitados que daba a la fachada delantera. Soplaba sobre su taza de té, que a esas alturas estaría gélido de todas formas, y le dijo adiós con la mano libre. Su cabeza era un acuoso fardo gris detrás del cristal.

Nacho se preguntó si su tía habría conocido alguna vez el amor y el placer.

Era una solterona, por lo que tenía serias dudas. Y, bien pensado, él también se estaba convirtiendo en un solterón. Le devolvió el saludo, hilvanó con esfuerzo una enorme sonrisa en su rostro y salió a la calzada. Esperó hasta comprobar que la puerta volvía a cerrarse y enfiló la calle en dirección a la

carretera. Pensó malhumorado que, a esas horas, seguro que ya se habría formado un buen atasco en la entrada de Madrid.

Fabio Arjona había muerto a los sesenta y cuatro años de edad. Si su asesino hubiese permitido que la naturaleza siguiera su curso, probablemente habría vivido alguna década más, incluso un par de ellas.

Era un hombre de costumbres saludables, por lo general. Tenía muchas posibilidades de haber logrado mantenerse razonablemente ileso durante el resto de su vida, como venía estándolo hasta aquella fatídica tarde. Pero dado que todo es vil materia, podredumbre y cieno, a esas horas de la mañana su cuerpo gastado y exánime -nada que ver con un cadáver exquisito- iba camino del Instituto Anatómico Forense de Madrid, en la Ciudad Universitaria de la capital.

Cuando, por fin, Nacho logró llegar al cigarral de doña Agustina Pons -

después de perderse durante más de media hora, tras cruzar el puente de la Cava y desviarse hacia la carretera de Navalpino, en vez de tomar la de Piedrabuena-, el juez ya había procedido al levantamiento del cadáver. Los árboles que poblaban el jardín de la propiedad tenían en las ramas un brillo de ansiosa hipocondría, o eso se le antojó a él. Hacía horas que había dejado de llover en Toledo. La borrasca se desplazaba hacia el noreste con cierta apatía, desgarrándose sobre el paisaje igual que algodón sucio entre cuyos jirones asomaba un sol deslumbrante de cuando en cuando. La luz del aire lo teñía todo de un verde azulado, con débiles tiznajos grises de niebla.

Nacho siguió las indicaciones de un hombre bajo y corpulento, que semejaba estar bordado contra el fondo del río Tajo, y aparcó el coche junto a otros tantos cuyos morros enfilaban hacia Toledo, dispuestos a contemplar todo el día la silueta del monasterio de San Juan de los Reyes, al otro lado del río. De los seis coches allí estacionados, el suyo era el más viejo de todos, reconoció con un tímido encogimiento de hombros.

El hombre se llamaba Carlos y era un ecuatoriano de mirada fosca y esquiva que se presentó hablando en dirección al suelo, tan rápido que a Nacho le costó entender lo que decía. Le indicó una entrada a la casa con un breve gesto de la mano y no le preguntó su nombre al recién llegado.

–La señora está en la salita -dijo. Su acento era suave y desangelado.

–Muchas gracias -respondió Nacho; luego titubeó-: ¿Necesita que le deje las llaves del coche, o algo…?

–No ahorita, el señor puede quedárselas propiamente, si gusta. No hay problema.

Nacho asintió y se encaminó a la entrada lateral -un portalón de madera antiguo y cargado de repujes, aunque más modesto que el principal- con paso decidido. El jardín que rodeaba la casa estaba sembrado de almendros en flor, un pequeño olivar arrimado a la parte que asomaba al río y cipreses de un fogoso verdor con gruesos troncos cubiertos de musgo. Los emparrados se ceñían al muro que rodeaba la hacienda, y el tomillo y el romero crecían frescos y saludables en recogidos plantíos que bordeaban el camino principal hasta la puerta. Otras plantas no ofrecían tan buen aspecto, conjeturó entornando los ojos hacia un rincón algo mustio de la parcela, toda ella de trazado antiguo, ordenado y límpido en general. El terrero era irregular, recorrido por caminos que creaban rincones llenos de sutileza y misterio, bordeados de bancales con setos de aligustre, parterres de césped cercados por el verdor del boj y rosas, blancas hortensias y geranios por cualquier lugar que alcanzase la mirada.

Cuando entró en el cigarral, el silencio le pareció tan espeso que le cortó el aliento. Al volver a respirar, oyó el maullido de un gato y el rumor de una voz que se dirigía al minino riñéndole con ese tono que sólo se usa con los animales y los bebés, con seres vivos que no sabrían contestar a tanta reconvención y cordial reproche envuelto en interjecciones de astuto cariño.

–Buenos días, yo… -Nacho pensó que le hubiese gustado tener un sombrero para poder quitárselo ante la dama y mostrar así su respeto en el primer saludo. Aquella estancia era de otra época, y probablemente requería que cualquiera que accediese a ella se descubriera ante la señora.

Doña Agustina Pons estaba sentada en una mecedora alfonsina de finales del siglo XIX, torneada, de madera tan brillante como los ojos de su dueña. Un secreter Biedermeier de líneas sencillas y elegantes estaba abierto a su lado, pegado a la pared junto a una chimenea diminuta de azulejos pintados a mano, enseñando su tesoro de papeles, cartas y periódicos en alegre revoltijo. En el ambiente oscuro y anticuado de la habitación sólo desentonaba un ordenador portátil Macintosh, un MacBook Pro de última generación que lucía morosamente encima de una mesa camilla cubierta con un tapete de croché marfileño, con su salvapantallas de cascadas de agua y fotos del planeta Tierra visto desde algún indiscreto satélite. No le extrañó que la vieja señora estuviera informatizada. Su propia

tía Pau era una forofa de las nuevas tecnologías, y le resultaba de una gran utilidad en la gestión de la revista electrónica. Actuaba como una eficiente secretaria, con las virtudes de una mujer del siglo XIX sumadas a las de otra del siglo XXI. Nacho sospechaba que tía Pau mantenía varias relaciones a través de Internet no del todo apropiadas para su edad y condición. Si alguien le hubiese preguntado, habría dicho que su tía no estaba para muchos trotes sentimentales, pero también era perfectamente consciente de las ventajas de mantener líos amorosos en la distancia del ciberespacio. No existían comprometidos intercambios de fluidos corporales -suponiendo que, a la edad de su tía, se pudiera disponer de ellos-, sólo de bits, de gigas, de megas en todo caso. Y tener un buen antivirus era mucho más fácil y barato que arreglar el engorroso asunto de las precauciones higiénicas sexuales.

Nacho contempló pasmado las oscilaciones de la pantalla y luego la cara de doña Agustina.

–Buenos días -dijo ella-. Aunque, en fin, eso de «buenos»… Vamos a dejarlo.

Se rebulló en el asiento y acarició al gato, un abisinio delgado, musculoso y tranquilo, de ojos avellana y una coqueta nariz con orla negra.

Tenía el pelaje anaranjado y su cola enlutada parecía un látigo de peluche.

Entornó sus bellos ojos y envió un maullido displicente rumbo a Nacho, que lo miró tan sorprendido como si acabara de hablar.

–Siéntate, hijo -doña Agustina señaló otra mecedora, gemela de la que ella ocupaba, al otro lado de la mesa-. Disculpa que no me levante, pero estoy algo mareada. Tú debes de ser Ignacio Arán, ¿verdad? El joven poeta meteorólogo. El único que faltaba en esta desgraciada reunión… -Empujó dulcemente al gato, que saltó desde sus piernas hasta el suelo de baldosines hidráulicos, de colores pastel deslucidos por el paso del tiempo.

–Llámeme Nacho. Así es como me conoce todo el mundo.

–Si me sintiera de mejor humor, te diría que yo no soy todo el mundo, y que te llamaré como me dé la gana. Pero, ya ves… Hoy ni siquiera tengo sentido del humor. Lo he perdido, juntamente con el resto de mis sentidos, después de este desdichado…, hum, accidente.

–¿Accidente? He leído en Internet que al señor Arjona lo han apuñalado.

–Quiero decir que, lo más probable, a pesar de mis bromas al respecto, es que haya sido alguien de fuera, un intruso, un ladrón o alguien así, quien lo ha asesinado. Lo del «accidente» es una manera de hablar, joven.

–Ah, vale.

Nacho le tendió la mano a doña Agustina y se asombró de sí mismo al descubrirse haciendo una leve inclinación de cabeza.

La mujer vestía completamente de negro. Si se la miraba desde un par de metros de distancia, toda su figura poseía un ligero barniz de alquitrán.

Su cabeza era, en realidad, un accesorio de su vestuario, del que podría haber prescindido si no hubiese sido porque Nacho no dejaba de percibir síntomas de que la señora se preocuparía de mantenerla a pleno rendimiento incluso mientras sesteaba. Tenía unos pequeños ojos azules que bizqueaban de vez en cuando, como si se pelearan entre sí, y que gobernaban el mundo a su alrededor a través de la inquisitiva mirada, cargada de burla y apremio.

Nacho se dijo que quizás la señora se había excedido con el maquillaje a esa hora tan temprana. El pintalabios de color perla se reunía en minúsculos grumos alrededor de las comisuras de su boca, y el colorete era una salva de polvos caídos a toda prisa sobre las mejillas hundidas. Su sonrisa, contra todo pronóstico, era jovial y todavía hermosa, miraba directamente a la cámara de la vida y le decía sin complejos: «Aún estoy aquí, ¿tienes algo legal y divertido que puedas ofrecerme?» Emanaba tenacidad y ardor, a pesar de sus años. Le calculó algunos más que a su tía Pau. Debía rondar los setenta y cinco, por lo menos. Sin embargo, su genio y su energía no habían empezado a declinar.

Agustina Pons era la viuda de un poeta laureado, Alberto Pons, que cada año se consumía un poco más en el olvido de los lectores y de la oficialidad. Alberto había nacido en Toledo a comienzos del siglo XX, y murió en los años noventa de la pasada centuria, en la misma casa en que nació, el Cigarral de la Cava, la finca de recreo favorita de su madre. Hijo único de padre catalán millonario, un empresario dedicado a la fabricación de maquinaria agrícola, y madre italiana, fue un señorito sin muchas cosas que hacer, de modo que se dedicó a la poesía influenciado por Rubén Darío y -durante un período muy breve de tiempo- al fascismo, impresionado por Mussolini y el ambiente que rodeaba a su familia materna, con la que pasó muchos de sus años juveniles. Se adhirió al ultraísmo, más tarde al postsimbolismo, y finalmente al neopopulismo, aunque no consiguió

destacar mucho en ninguna de las corrientes poéticas que practicó con denuedo y sin desmayo. Escribió poemas de extraña tipografía e imágenes barrocas que nadie comprendía, ni siquiera él. Y fue tal su empecinamiento por convertirse en poeta que, al final, sus padres no consiguieron hacer de él otra cosa. Recibió el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera en 1941, al que siguió una larga serie de reconocimientos literarios con los que el régimen de Franco lo recompensó cada poco tiempo. Sus malvados críticos dijeron de él que era lógico que obtuviera tantos galardones, al fin y al cabo sus poemas no decían nada en absoluto, lo que, durante el franquismo, no dejaba de ser un gran mérito para un intelectual.

Alberto Pons se casó con Agustina, treinta años más joven que él, a mediados de la década de los sesenta, después de llevar una vida de solterón disipado y sexualmente exigente (eso era lo que se rumoreaba por ahí). No tuvieron hijos, y doña Agustina no los echaba de menos, según había confesado en más de una ocasión. Cuando lo conoció, ella se hacía llamar Tina Huertas, y era la secretaria de Daniel Araujo (y, según se comentaba en voz baja, también su modelo y amante), un pintor con el que Alberto trabajó en algunas de las muchas revistas que fundó y cerró a lo largo se su vida literaria ( Adelante, Grecia, Arbor, Tiempo, Poemas del Ángel…). Colaboró activamente con Ernesto Giménez Caballero en La Gaceta Literaria, hasta que surgieron algunas desavenencias entre ellos y, sobre todo, Alberto descubrió que Giménez Caballero no necesitaba coadjutores ni socios, porque se bastaba a sí mismo para escribir de cabo a rabo la revista que fuera.

Una vez casado con Agustina, la vida de Alberto Pons dio un giro sutil pero decisivo. Ya era mayor, y había corrido mucho. También había escrito lo suyo. Al lado de Agustina se dedicó a ordenar su obra, a alejarse de todo lo que oliera a franquismo y a frecuentar la amistad de intelectuales disidentes, casi todos ellos procedentes del marxismo que empezaba a gestarse en las principales universidades de letras. Agustina, con su fino olfato para entender el signo de los tiempos, comprendió enseguida que aquellos jóvenes formarían un día la élite dirigente, y podrían redimir el pasado de su marido; su frívolo pasado fascista, y posteriormente franquista. En realidad, Alberto nunca había tenido ninguna idea política seria. Toda su vida se había dejado llevar por las corrientes del momento, sin preocuparse más que de la estética ni aventurarse más allá de un

conocimiento superfluo de la historia, que para él se reducía a una serie de vistosos carteles con alguna soflama poética adornándolos. De modo que, manos a la obra, Agustina consiguió a lo largo de tres décadas, y a lomos de los cambiantes vientos políticos del país, transformar poco a poco la imagen literaria de su marido. Eran ricos, y ella no tenía más oficio que la reputación de Alberto. El dinero es un enojoso asunto que logra consensos y filiaciones, no por pasajeras menos convenientes.

Cuando murió su marido casi había logrado transformarlo en un excéntrico anciano, venerable y sabio. Puso en marcha la Fundación Alberto Pons, y consiguió que se hicieran más de una docena de tesis doctorales sobre su obra, que fueron generosamente becadas. Para entonces, Alberto ofrecía la divertida imagen de un poeta mundano, adelantado a su tiempo, moderno y juguetón con la vida y el lenguaje. Un excéntrico digno y estimable. Agustina había sido el guardabarros de Alberto. Y diecisiete años después de su muerte, sin nada mejor que hacer y más dinero del que podría gastar en lo que le quedaba de vida, estaba dispuesta a seguir siéndolo. Aunque, a esas alturas, procuraba no tener que mancharse demasiado.

La idea del encuentro poético se había gestado también en la fundación.

El secretario de Agustina -con el que se entendió durante algún tiempo, hacía ya mil años- y ella habían convencido al Ministerio de Cultura para que coligara su nombre al encuentro. Los gastos los pagaba la fundación, por supuesto; lo de menos era tener a una docena escasa de poetas durante una semana en el cigarral, a gastos pagados. Lo más caro era remunerarles por su tiempo. Quince mil euros para cada uno, más de lo que mucha gente ganaba trabajando duramente un largo año de su vida, con el requisito, eso sí, de que todos ellos leyeran una ponencia (a puerta cerrada, y sólo para sus colegas, pues no se permitía la asistencia de público) que versara sobre un aspecto cualquiera de la obra del difunto y egregio Alberto Pons. Una vez finalizado el evento, las conferencias serían publicadas en forma de libro por la fundación, bajo el padrinazgo del Ministerio de Cultura, con una breve introducción de página y media del propio ministro. Agustina no había dudado de las virtudes publicitarias de la idea. Pensaba repetir el encuentro cada dos años, eligiendo siempre a los mejores poetas del panorama nacional (algunos no repetirían, muchos sí). Quería que el nombre de Alberto estuviera asociado a lo más sobresaliente de la poesía

del momento, y quería oírles decir a todos aquellos engolados «juntaversos»

progres lo maravilloso y genial que había sido su marido. Costaba una fortuna, pero valía la pena: sabía de buena tinta que algunos habrían matado por estar convocados allí ese día.

Bueno… De hecho, alguien había matado de verdad. Y todo anunciaba que quien lo había hecho sí había sido invitado, o no, pero en cualquier caso…

Agustina suspiró y cerró ceremoniosamente los ojos, igual que haría su gato.

–Parece mentira que esto me haya pasado a mí… Dentro de pocas horas tendremos encima a la prensa. Esto saldrá en los telediarios de la noche, ya lo verás. La radio ha avanzado la noticia, aunque por fortuna no tenían todos los datos. Se han limitado a anunciar que Fabio Arjona «ha muerto en trágicas circunstancias». Ni se imaginan lo trágicas que han sido… Esta noche habrá una docena de periodistas a las puertas del jardín, apuntando sus teleobjetivos hacia nuestros sospechosos… traseros. En tu revista de Internet ya está la cosa que arde, yo misma lo he comprobado… -Bajó la voz cuando pronunció la última palabra, mascullándola.

–¿Cómo dice? – Nacho se incorporó hacia delante y, con el impulso de su cuerpo, el balancín lo acunó de un modo discreto y agradable.

–Nada, hijo, nada. ¿Te ha enseñado Carlos tu habitación?

–No, aún no. He pasado directamente aquí. Ni siquiera he sacado mi maleta del coche. No sabía si… ¿Dónde está todo el mundo? ¿No hay nadie más en la casa?

«Esto está muy tranquilo -pensó-, demasiado, después de haber pasado lo que sea que haya pasado.» Se mordió los labios. La palabra asesinato le resultaba dura de pronunciar. Se le antojaba uno de esos términos por los que hay que pagar honorarios…, lingüísticos y morales.

Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. El gato apareció de nuevo en la puerta entreabierta, procedente del jardín. Se echó sobre la alfombra y comenzó a hacer muecas mientras se acicalaba el bigote, húmedo quizás de hozar entre las plantas. Nacho pensó que los gatos son unos verdaderos maniáticos. Y que siempre parecen profundamente satisfechos y contrariados a la vez.

–Hemos pasado toda la noche en vela. Desde que descubrimos el…

cadáver hasta ahora mismo. Lo… lo encontré yo, en el jardín, maldita sea.

A los pies de mis plantas, encima de mi banco de hierro del siglo XIX. Esto es demasiado, a mi edad. La policía llegó alrededor de las ocho, estaba oscureciendo, y estuvo interrogando uno por uno a todos los habitantes de la casa. – Para apostillar sus palabras, la señora dejó escapar un pequeño bostezo, el precio en metálico de su cansancio-. Pusieron la casa patas arriba, además, registrándola palmo a palmo. Casi todo el mundo tuvo que desplazarse a la comisaría para prestar declaración. Algunos todavía no han regresado; espero que no tarden en hacerlo. Nos han tomado las huellas digitales y muestras de ADN. ¡ADN!, yo ni siquiera sabía que tenía algo así dentro de mi cuerpo, y mucho menos que me pudieran extraer una porción pasándome un bastoncillo de algodón por las encías. Ha sido, sin lugar a dudas, la noche más extraña de mi vida.

Nacho sólo conocía los detalles que había tenido tiempo de leer por Internet antes de salir corriendo de casa. Informaciones confusas y atropelladas que ni siquiera se ponían de acuerdo sobre la hora de la muerte.

De camino a Toledo, había podido oír por la radio una referencia al

«luctuoso y terrible suceso» (así lo habían denominado) que no arrojaba mucha más luz sobre el asunto.

–Lo único que puedo decir, a estas alturas del día, es que creo que tú no eres el asesino. – Doña Agustina sonrió y en sus ojos claros y acuosos se despertó un fogonazo de oscuridad, como un diminuto quiste en medio de los iris-. Aunque tampoco podría asegurarlo, claro.

–Bueno, yo…

–Todos los demás somos sospechosos, ¿entiendes, Ignacio? La policía nos tiene a todos en el punto de mira. Trece adultos a los que podríamos incluir sin un titubeo entre las personas más respetables y consideradas de este país, sospechosos de haber cometido un crimen atroz. Con arma blanca.

–¿Incluye ese número al jardinero? – quiso saber Nacho.

–¿Te refieres a Carlos? No es exactamente el jardinero, aunque también.

Es un «chico para todo». Se encarga del mantenimiento de la propiedad.

Cuando yo ando por aquí, también viene su mujer a cocinar y a limpiar.

–O sea, catorce adultos, porque Carlos estaba aquí cuando ocurrieron…

los hechos, ¿no? – Hizo un mohín de disgusto consigo mismo.

«Los hechos», cielo santo, ¿de dónde sacaría esa tendencia a la semántica complaciente y trillada?, ¿quizás de sus actividades en la Revista

de Detectives y Sabuesos? Aunque Nacho se dijo que tal vez era algo que le ocurría en presencia de personas de cierta edad, como su tía Pau y ahora doña Agustina. Sin darse cuenta se volvía formal, relamido y deferente con ellas. Se esforzaba inconsciente y patéticamente por caer en gracia.

Afloraba enseguida su complejo de niño bueno que por nada del mundo quiere que le riñan. Sí, tenía un problema con la autoridad. En otros ambientes, sin embargo, sus palabras se vestían de cuero y hacían estriptís, se volvían atrevidas y no tenían en cuenta lo que pensaba la gente.

–Carlos no estaba. Siento decepcionarte. Me temo que, al contrario de lo que puede ocurrir en una novela de Agatha Mary Clarissa Miller Christie en la que el asesino sea el mayordomo, éste no es el caso. Quizás Carlos mataría si así pudiera obtener la nacionalidad española, pero no creo que esté muy convencido de que el asesinato sea la vía más rápida para conseguir un DNI. Vive en Guadamur, no en Toledo, y termina de trabajar a las cinco de la tarde; para entonces, se sube en su furgoneta Seat Transit de quinta mano y se va a su casa, solo o con su mujer, Alina, si ella también ha estado trabajando en el cigarral, a una velocidad de por lo menos treinta kilómetros por hora, a su pisito alquilado, de cuarenta metros cuadrados, donde le esperan cinco críos gritones de entre cuatro y diecisiete años. –

Doña Agustina se pasó los dedos por la comisura de los labios y arrasó buena parte del carmín marchito que se había acumulado en ellas-. Además, anoche, como estaba planeado que hiciésemos todas las noches mientras dura el encuentro, no teníamos previsto cenar aquí, de modo que Carlos se fue pronto. Íbamos a acercarnos a Toledo, a un restaurante, La Hierbabuena, en la calle del Cristo de la Luz, al lado de la mezquita. Teníamos un reservado. Sirven unas excelentes verduras de temporada, y carnes rojas de primera. Carnes rojas… Sólo de pensarlo ahora se me revuelve el estómago.

Deberías haber visto a Fabio, don Fabio… Toda la pechera ensangrentada. –

Se pasó un pañuelo bordado por la cara y cerró los ojos con fuerza-. Dios mío… Al parecer, había cogido un cuchillo de la cocina y una manzana. Le encantaban las manzanas; decía que eran la fruta prohibida, pero que ya no había peligro por comerlas. Era la única fruta que probaba. Después de hacerse con una salió al jardín para comérsela sentado en el banco. Cristina Fábregas lo vio, según contó a la policía, cuando entró también en la cocina a por un vaso de agua, pero no cruzaron palabra porque tengo entendido que no se llevaban bien. Cristo bendito. Y el cuchillo sirvió para pelarle el

corazón a Fabio como si fuese la manzana de Eva. ¡Un cuchillo de mi cocina, por todos los santos…! Cuando se lo llevaron aún lo tenía incrustado en el pecho, en el centro del corazón. Igual que un figurante en una obra de teatro barata.

–De modo que trece personas… -Nacho se puso en pie; iba siendo hora de subir el equipaje a su habitación. La dama estaba desfallecida, era evidente, y él no quería abusar de su hospitalidad-. Con su permiso, me retiraré un momento a deshacer la maleta. La dejo descansar. Le preguntaré a Carlos por mi habitación.

–Sí, trece, mal número. Éramos catorce contando al finado. Quince contigo. Pero tú aún no habías llegado y él ha… fallecido. Trece, sí.

–¿No pudo ser alguien de fuera que entrase en la casa sin ser visto, asesinara al señor Arjona y luego huyera? – preguntó Nacho-. ¿Le han robado?

–No lo sabemos. Su cartera estaba en el dormitorio. Nadie sabe si llevaba algo de valor encima. La policía no descarta ninguna posibilidad.

Cuentan con que pudimos ser cualquiera de nosotros. ¡Fíjate, hasta yo me incluyo! – Sonrió tristemente y, a pesar de todo, su cara se iluminó como si acabaran de enfocarla con una linterna.

–Trece, ¿eh?

–Así es.

–Mal número, como usted dice. Pero imagino que no todos tenían un motivo para desear la muerte de Fabio Arjona -concluyó Nacho, dirigiéndose hacia la puerta.

Doña Agustina no contestó. O, al menos, Nacho no oyó su respuesta.

Le gustó la habitación que le adjudicaron en el Cigarral de la Cava.

Acostumbrado a las vistas cerradas del jardín en casa de su tía Pau -no es que le desagradara en absoluto la panorámica del limonero con los pies abarrotados de rosas enanas y pensamientos que había enfrente de su ventana, así como de un trozo de la piscina cubierta con una lona para conservar el agua, pero a veces echaba de menos la visión de un espacio abierto, algo que siempre calmaba su espíritu-, se le antojó una bendición poder contemplar desde su balcón la trenza de agua del río Tajo, que había crecido un poco con las últimas lluvias y se escurría gozosamente embarrado bajo el puente de San Martín. La silueta de Toledo se recortaba detrás, y si miraba su plano con atención y lo comparaba con la línea del

horizonte, podía distinguir las sinagogas del Tránsito y de Santa María la Blanca, pintadas con las líneas de luz pura que regalaba la mañana entre los tejados de la judería. «Qué lastima no poder disfrutar de todo esto como a mí me gustaría. Después del asesinato, el congreso se ha echado a perder -

pensó-. Aunque queda el crimen, que tampoco está mal para pasar el rato.

Mucho mejor que un sudoku, desde luego.» Sonrió malévolamente.

Deshizo el equipaje y lo almacenó cuidadosamente en la parte baja del armario de caoba estilo años treinta, que crujió cuando abrió las puertas como si se estuviera quejando por falta de uso. Presidía el lado oeste del dormitorio, que habían pintado no hacía mucho de un color azul intenso. A su izquierda, un biombo chino de madera lacada no desentonaba con el resto del mobiliario. La cama era demasiado blanda: un cabecero alfonsino de madera de pino colgado de la pared y un canapé con los muelles tan flojos como las caderas de un octogenario.

El baño -«lamento comunicárselo al señor, usted me entiende», le había dicho Carlos con tono afligido- era compartido. La casa, grande y antigua, se había ido reformando con el paso del tiempo, pero sólo disponía de cuatro baños, uno de ellos de uso exclusivo de la señora. Cada planta de la casa (a él le había tocado la segunda) tenía uno, que prestaba servicio a cinco dormitorios. De modo que, en el caso de Nacho, sería preciso compartirlo con cuatro invitados al congreso. Los de la primera planta tenían suerte: como Fabio Arjona había sido asesinado, eran uno menos a la hora de hacer cola por las mañanas. Los tres invitados alojados en la planta baja disponían de otro para ellos solos.

El primer día, según supo Nacho por Carlos, se había colgado de la puerta de cada baño una hoja con los horarios y turnos (en las horas punta) destinados a cada usuario, para evitar situaciones incómodas.

Había mirado el suyo. Podía ducharse y afeitarse de 8 a 8.30 todas las mañanas, o de 8.30 a 9.30 de la noche. (¿Y cuando salieran a cenar y volvieran más tarde?, se preguntó con un ataque de pánico. Tomó nota mentalmente para preguntárselo a Carlos en cuanto tuviera ocasión.) Nacho abrió su ordenador portátil, un MacBook mucho menos potente que el de doña Agustina, y comprobó que había conexión Wi-Fi a Internet. Se tumbó en la cama, descalzándose previamente, y se sintió envuelto de los pies a los labios por la exagerada blandura del colchón. Le costó acomodarse sobre las almohadas, pero al final logró encontrar una postura no demasiado

infamante. Su página de inicio era la del club, sobre la que los internautas se habían abalanzado ya con todo tipo de especulaciones sobre la muerte de Fabio Arjona.

Entró en el buscador de Google. Introdujo las palabras «Fabio Arjona»

y aparecieron casi trescientas cincuenta mil entradas.

–¡Fiuuu!… -silbó Nacho; eran muchas para un nombre poco común, demasiadas para un catedrático de universidad, y una cantidad exorbitante para un poeta vivo. Bueno, «vivo» hasta hacía pocas horas.

Por supuesto, las últimas noticias relacionadas con su nombre comunicaban el hallazgo de su cadáver apuñalado la noche anterior.

Prometía ser un escándalo en toda regla. Se preguntó cómo iba a transcurrir el congreso después de aquello. Probablemente, los invitados tendrían ganas de largarse cuanto antes a sus casas. Pero doña Agustina, por lo que él podía intuir, no era la clase de mecenas que les facilitaría la retirada. Les había extendido un generoso cheque -Nacho había recibido el suyo el día anterior, por mensajería-, y seguramente estaba dispuesta a obtener a cambio unos servicios muy concretos.

A pesar de que conocía de sobra a Fabio Arjona (no personalmente, claro), Nacho pasó un buen rato leyendo noticias sobre él en Internet. Abrió un documento con su nombre en el escritorio de su ordenador y cortó y pegó allí todo lo que encontró por la red que le pareció interesante sobre él.

Al final obtuvo un dossier de más de ciento cincuenta páginas que leería con tranquilidad cuando tuviera más tiempo. De momento se lo envió a Rodrigo -que a esas horas debía de estar en brazos de Morfeo si su madre no lo había sacado de la cama a escobazos-, a una dirección electrónica de Gmail, pidiéndole que se pusiera las pilas e investigara todo lo que pudiese sobre el caso.

La Wikipedia, la enciclopedia libre de Internet (en alguna ocasión había sido esclava de la maledicencia y el torticero afán de vilipendiar, o de wikipendiar, de algunos wikificadores, aunque eso no era lo habitual; siempre había guardianes que rectificaban a sus colegas cuando éstos no eran lo bastante objetivos, pero lo malo era que el proceso de información errónea, hasta que era corregido, quedaba a la vista de cualquiera), era bastante generosa con el difunto; sus enemigos no habían enredado ahí, aún.

Ofrecía datos biográficos, fecha y lugar de nacimiento (nacido en Madrid, hacía sesenta y cuatro años), títulos universitarios y ocupación actual. En

cualquier otra profesión, a su edad ya estaría jubilado, pero Fabio Arjona, catedrático de universidad, no había estimado necesario hacerlo todavía.

Según la Wiki, Fabio Arjona era licenciado en Ciencias Económicas y doctor en Filología Hispánica, como muchos de sus colegas de generación, a quienes la fascinación por Karl Marx había encaminado al estudio del capitalismo para darse cuenta, al poco, de que añoraban las letras. (La gloria, y todo eso, suponía Nacho; o quizás es que estaban convencidos de que la poesía era un arma cargada de futuro, con lo que demostraban cierta predilección por las armas, además de por la poesía.) Era catedrático de Literatura Española en Madrid, y hasta la fecha profesor visitante, de manera asidua, en las universidades norteamericanas de Berkeley y Harvard, y en la parisina Sorbona; bien conocido en los ambientes académicos por el extraordinario descubrimiento de unos versos del poeta árabe del siglo XIII Abul-Beka, que, tras sus investigaciones, dedujo que habían servido de «fuente de inspiración» a Jorge Manrique a la hora de escribir sus Coplas. La relación de sus méritos como asesor de fundaciones, sociedades estatales, conmemoraciones culturales y exposiciones diversas ocupaba dos pantallas. Tampoco eran desdeñables sus tareas, pasadas y presentes, como miembro del consejo editorial de una larga lista de revistas, españolas y americanas. Nacho sabía que pertenecer a esos comités no llevaba acarreados grandes esfuerzos, aunque la compensación académica era ciertamente importante, e iba acompañada de algún incentivo económico en ocasiones, lo que nunca venía mal, de modo que no le impresionó demasiado saber que Fabio Arjona era consejero, miembro, coordinador, codirector o fundador de al menos treinta publicaciones de reputación internacional relacionadas con el hispanismo, los estudios literarios o la mera creación poética. Había abandonado hacía años su faceta de editor -vendió su parte de una pequeña editorial a su socio, que terminó vendiéndola a su vez, a muy buen precio, un par de décadas después a un gran grupo editorial-, pero a pesar de ello, editaba de vez en cuando plaquettes y libritos de poemas propios o de poetas cercanos a él en una imprenta de su confianza. Sólo tiradas numeradas y para regalar, no eran libros de venta al público, sino de bibliófilo. Algunos ilustrados, o miniaturas francamente bellas.

La cuarta entrada del buscador de Google sobre Fabio Arjona era peculiar, y a todas luces denigrante. Nacho la pinchó con indagatoria