Muerte entre poetas
El Blog del Pobrecito Hablador
curiosidad al leer el encabezado: «Los inmundos chanchullos de Fabio Arjona», rezaba. Se trataba de un blog. Abrir un blog para insultar o injuriar algo, o a alguien, era fácil y barato. No se requería pagar un alquiler en Internet, tal como ocurría con las páginas web. Bastaba con acceder a un sitio de blogs y abrir uno, escribir la descarga de improperios y salir corriendo, dejándolos colgados en la red al alcance de cualquiera; de todo el mundo, en realidad.
Al principio, Nacho leyó con interés:
música fotografía deportes viajes cocina actualidad tecnología cine política humor internet literatura
EL BLOG DEL POBRECITO
HABLADOR
Se dice, se comenta y se rumorea, por tierra, mar y aire, e incluso en el espacio exterior (se prepara un nuevo capítulo de la difunta serie de televisión «Expediente X» sobre el tema, que resucitará sólo para dar cuenta del fenómeno), que Fabio Arjona, conocido en círculos universitarios con el alias de Fabio Preposiciones, profesor, escritor (dice ser ensayista y poeta, aunque hasta la fecha nadie ha podido comprobarlo), crítico, editor y uno de los mercachifles de la poesía y la cultureta con mayores lucros en su patria y allende los mares, ganador in péctore, pero sobre todo público y notorio, de una exorbitante concentración de premios de poesía, la mayor parte de ellos costeados con dinero público [Premio Ruta de América (6.000 euros, más la edición del libro); Premio Internacional de Poesía Ciudad Real (18.000 euros, más la edición del libro); Premio Cantos de Poesía (36.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía Generación del 98 (15.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía Juan Alcaide (16.000 euros, más la edición del libro); Premio Internacional de Poesía de la Fundación Dior (27.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía Luis Cernuda (12.000 euros, más la edición del libro); Premio Ernestina de Champourcín Morán de Loredo (15.000 euros, más la edición del libro); Premio Los Monegros Patrimonio de la Humanidad (6.000 euros, más la edición del libro); Premio Burger King al mejor libro de poesía (40.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía en Lengua Castellana Viaje con Iberia (18.000
euros, más la edición del libro, patrocinado por las líneas aéreas
correspondientes), etc.], fue al fin sorprendido en flagrante delito de PLAGIO cuando una doctoranda de la Universidad Complutense de Madrid se dedicó a analizar verso por verso la totalidad de las que hasta ahora componían sus sesudas Sobras completas, y encontró que la mayor parte de sus cantares no son más que remedos de lo mejor de la historia de la literatura española (aunque también hay restos mortales de obras de los más conspicuos poetas extranjeros en sus traducciones del inglés, francés, italiano, portugués, chino, japonés, búlgaro, ruso, rumano…, y un sinfín de lenguas más, algunas de las cuales ni siquiera cuentan todavía con diccionario). A Fabio Arjona, desde luego, no se le puede negar que sea un hombre leído (y escribido, que diría aquél) y con buen gusto para seleccionar, cortar y pegar lo ajeno en sus poemas (firmados por él, se entiende, con la misma insolencia con que se rubrica un cheque sin fondos).
Fabio Arjona, uno de los pocos poetastros que ha logrado engordar su cuenta corriente en el mundo siempre proceloso de las letras, come, cena y desayuna en el Ritz, donde los camareros le soban la rabadilla esperando los cincuenta euros de propina que deja al terminar su glotona colación, regada con ginebra aguada y mucho hielo. La muerte, la parca, que no hizo ascos a los Capuleto, ronda su enorme tripón, la troglodita barriga de Fabio, tan lejos del canon estético, y esquelético, del caballero del Apocalipsis de Durero, no sólo en cuestión de grosores estomacales, sino también de capacidades genitales, como podrían certificar algunas contratadas temporeras de sus departamentos en varias universidades nacionales y extranjeras. Arjona era hijo de un funcionario franquista con ensoñaciones estalinistas -pero católico a su pesar, pues esos casos en España se dan mucho- que deseó inútilmente que su hijo se convirtiera en líder sindical (del sindicato vertical franquista, se entiende), poniéndole para ello velas a santa Ludovica Albertoni, que debió de hacer caso omiso de los ruegos del progenitor, dado que el vástago se dedicó al comercio de la cultura, que le ha reportado no menos dividendos que le hubiera supuesto el oficio al que quería encaminarlo su padre. Arjona trapicheó con la lírica en los años en los que el franquismo enflaquecía de dolencias estomacales (miren por dónde) que ya apuntaban cuál había de ser el fin del dictador (de Franco, se entiende, no de Arjona, aunque también), y trepó en las escalas siempre resbaladizas de la sociedad y la academia, dicen las malas lenguas que chantajeando a un alto cargo político de la joven democracia española que
tenía mucho por lo que callar (todo lo que tenía que callar dicho fulano estaba dispuesto a contarlo Fabio). Se metió a editor cuando los poetas hispanoamericanos se dejaban extirpar el hígado con tal de publicar sus versos en una cochambrosa edición en tierras de la madre patria. Y como Arjona no era cirujano experto ni hombre de ciencias, aunque le guste presumir de tal, les arrancaba la cartera, ya que en esos menesteres sí tenía una vasta experimentación, y luego les mandaba a los autores, al otro lado del charco, un paquete con diez libritos mal cosidos y peor pegados de los que habían desaparecido versos, se habían amputado poemas, títulos, sílabas… A veces Arjona, editor por la gracia de la muerte de Dios, incluso confundía el nombre del autor, y lo que era de Abel se lo atribuía a Caín, o viceversa. Hoy día, Arjona es un figurón de relumbre en el apagado, colapsado, ruin, indecente, frívolo y carente de talento firmamento político-literario del país, que…
Nacho se cansó de leer y lo dejó ahí. Demasiada bilis para un estómago delicado como el suyo, y más teniendo en cuenta que aún no había almorzado. Así y todo, copió el texto y lo adjuntó a la «ficha» de Fabio Arjona, que volvió a enviar a Rodrigo, modificada y ampliada, con copia para su tía Pau. Nunca estaba de más saber qué cosas se decían por ahí. Y
alguien que hablaba, aunque fuera anónimamente, de que la muerte rondaba a quien hacía pocas horas se había transformado en cadáver de una manera tan violenta… En fin.
Suspiró y miró con placer la luz que atravesaba en esos momentos su ventana. A Nacho siempre le había fascinado el color del aire. Cuando alcanzó a comprender (dentro de lo que cabe) el concepto de «atmósfera», se dio cuenta de que había encontrado un amor para toda la vida. El agente que lo determinaba todo en cualquier lugar del mundo, a la hora que fuera.
Lo suyo eran los trucos de la luz. Y había mucha poesía en algo así. En las nubes negras, en el viento y en la lluvia. En la Luna y su influencia sobre las mareas. En esa enorme bola de gas, de mediana edad, que es el Sol. En el transcurrir de las estaciones. Apreciaba, con la sensibilidad de una criatura salvaje, los equinoccios y los solsticios, las variaciones del calor.
Había publicado, con sus ahorros siempre menguantes, tres libros de poesía: Teoría de la Tierra, Almanaques e Historia natural, de versos sencillos y luminosos. Se aficionó a la poesía desde niño, en la biblioteca de su tía Pau, y empezó a componer versos cuando se dio cuenta de que el misterio de la
poesía era hermano del de la ciencia. Nunca imaginó que sus libros fuesen a despertar el interés de nadie. Los publicó dejándose llevar por un arrebato de vanidad y exhibicionismo que le procuraba un cierto vértigo, delicioso.
Cuando empezaron a aparecer reseñas elogiosas en la prensa, casi sufrió un ataque a causa de la impresión. Sentía el pecho invadido por arenas movedizas que no sabían nada de derechos civiles. Se consideró un bicho medio ciego obligado a salir de su madriguera después de toda una vida hibernando en el subsuelo. Pero la sensación no fue del todo ingrata.
Se rebulló con dificultad en el irritante boato de su cama y miró el reloj.
Aún faltaban más de dos horas para el almuerzo, según le había comunicado Carlos. Entonces, todos sus colegas estarían ya sentados a la mesa y podría verlos cara a cara. Nacho había oído algunos ruidos por la casa -puertas que se abrían y se cerraban, toses, pasos apagados o impacientes- que le indicaban que, o mucho se equivocaba, o así sería.
Continuó un rato leyendo la relación de méritos que la Wikipedia le atribuía a Fabio Arjona: premios (tenía varios premios nacionales y de la crítica, y había sido propuesto en tres ocasiones para el Reina Sofía, que nunca logró); cursos en universidades españolas, europeas y americanas; conferencias; tomos y más tomos con sus críticas literarias reunidas en formato de libro (había hecho reseñas durante años en el diario ABC); antologías de su obra poética; traducciones a otras lenguas… (era especialmente bien aceptado en los países de Europa del Este, y el búlgaro, el ruso, el rumano e incluso el albanés eran los idiomas a los que se habían traducido sus libros de poemas de forma recurrente; Nacho supuso que eso se debía a sus buenos contactos con el mundo cultural de esos países). La Wiki decía que se lo solía encuadrar en la generación poética de los novísimos, o venecianos, aunque no fue incluido en la famosa antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles (Barcelona, 1970), algo que -según había leído Nacho alguna vez, no recordaba dónde- Fabio Arjona no le perdonó jamás al viejo antólogo. Su poesía, según la información facilitada por la página, se caracterizaba por su hermetismo, culturalismo, intertextualismo y referencias metapoéticas. Nacho se preguntó si habría muchas diferencias entre Alberto Pons y Fabio Arjona, después de todo. Claro que él no era un experto; ni siquiera era filólogo.
Días antes de ir a Toledo se había tenido que empollar un viejo libro de su tía, Vocabulario literario, de Ramón Esquerra (1938), por si acaso no estaba
a la altura de las conversaciones que tuvieran lugar en el Cigarral de la Cava durante su estancia en el congreso. Había llevado consigo el volumen.
No estaba de más prevenir.
Como aún le quedaba tiempo antes de la comida, decidió abrir un dossier, como había hecho con Fabio Arjona, para cada uno de los invitados de doña Agustina. Incluida la anfitriona, por supuesto.
Eran trece personas, sin incluir a la víctima. Escribió en su libreta de notas una lista con sus nombres:
Agustina Pons (mujer)
Cristina Oller (mujer)
Richard Vico (hombre)
Pascual Coloma (hombre)
Jacinta Picón (mujer)
Mauricio Blanc (hombre)
Cecilia Fábregas (mujer)
Torres Sagarra (mujer)
Miño Castelo (hombre)
Pedro Charrón (hombre)
Rocío Conrado (mujer)
Fernando Sierra (hombre)
Rilke Sánchez (hombre)
Seis mujeres y siete hombres. Lo anotó. «Trece en total», repitió en voz baja, mordiéndose el labio inferior. Abrió trece documentos de Word en el escritorio de su Mac y luego se puso manos a la obra a navegar por Internet.
Se bajó fotos de cada uno, que adjuntó a su correspondiente carpeta, y volvió a mandarlas a las direcciones de correo electrónico de Rodrigo y la tía Pau.
Le satisfacía plenamente la luz del cuarto, y por primera vez en semanas se notaba relajado. Se había sentido muy nervioso antes de llegar allí, pensando que seguramente no estaría a la altura. Ahora, por el contrario, observaba cómo crecía en su interior la confianza en sí mismo. Al menos, él no era un asesino, de eso estaba seguro.
Richard Vico no miraba a nadie a los ojos. Los suyos eran dos bulbos enrojecidos y húmedos, viejas víctimas de algún tiro errado de la vida. El óvalo de su cara estaba con sumido, como si alguien lo hubiera descarnado minuciosamente antes de colocarle encima una piel reseca. El efecto del
sida, probablemente, dedujo Nacho (su enfermedad era algo por todos conocido). El pelo castaño y lacio le tapaba la frente con un flequillo más propio de una muchacha. Tenía casi cincuenta años, pero aún conservaba ese aire adolescente de los chicos malos, esos que tienden la mano hacia el mundo con una vela ardiendo entre los dedos temblorosos. Había sido una estrella del pop en los años ochenta del pasado siglo. Todavía seguía siéndolo, aunque hacía más de cinco años que no sacaba ningún disco al mercado, y Nacho aún recordaba cómo su voz gastada y quebradiza lo hacía estremecerse de emoción cuando aún era un adolescente, casi una década más joven que el cantante. Tuvo un grupo, que se disolvió a finales de los años noventa, y continuó una carrera en solitario con muchos altibajos y pocas ventas en general. Todo el mundo decía que era un verdadero poeta antes de que publicara un solo verso, y sus canciones eran la prueba incuestionable de ello. Un buen día se decidió a publicar sus versos y algunos dijeron que, como Bob Dylan, quizás también Richard Vico merecería ser propuesto para el Premio Nobel de Literatura.
Cuando bajó a comer al salón, él fue la primera persona con quien Nacho se tropezó.
Richard era hijo de un médico valenciano, un ginecólogo de mucho renombre, jubilado hacía años. Tenía cuatro hermanas; había crecido entre mujeres y había amado a las mujeres. Se inició pronto con las drogas.
Quería vivir fuerte y rápido. A los diecisiete años tenía su primer grupo de música y se inyectaba heroína a diario. Sobrevivió cuando sus camaradas de jeringuilla caían como moscas con las venas rebosantes de jaco y la inmunodeficiencia carcomiéndoles la sangre, antes de que se descubriera la enfermedad. Y aún seguía en la brecha. Nacho no sabía si había dejado la heroína, pero era evidente que los cócteles de medicamentos antirretrovirales que debía estar tomando ya suponían adicción suficiente.
No apreció síntomas visibles de sarcoma de Kaposi, pero es que Richard vestía de negro de los pies a la cabeza, con un fino jersey de cuello alto. No dejaba casi nada a la vista salvo la cara, que el flequillo no conseguía ocultar, y parte de las manos.
Le tendió una a Nacho, sin tembleques de ningún tipo. Su apretón fue firme y seco, como el de un ejecutivo bien entrenado, lo que sorprendió al meteorólogo. Buscó sus ojos, pero no los encontró.
–Tú debes ser el que faltaba. – Su voz era un susurro cadencioso y envolvente; tan seductora y amable que Nacho se sintió un espíritu vulgar y chillón a su lado-. Te has perdido lo mejor de la fiesta, colega. Me llamo Richard.
Nacho estrechó su mano y se sintió azorado. Admiraba a aquel hombre desde que era un jovenzuelo que escuchaba música encerrado en su habitación y llevaba un «calendario del futuro» donde apuntaba los días en que tendría relaciones sexuales con su mujer soñada y la música que sonaría de fondo en cada ocasión. Las baladas de Richard Vico estaban entre sus favoritas, Nacho sentía que lo llevaban lejos. Había algo profundamente hermoso en las canciones de amor de Richard. Despiezaban el sentimiento amoroso con la precisión de un perito del corazón. Tenían la tristeza de las cosas bellas que mueren gastadas en vano, sin que nadie las mire.
–Es un verdadero placer conocerte -dijo con sinceridad-. Yo soy Nacho.
Ignacio Arán, pero todo el mundo me llama Nacho. Los nombres trisílabos, ya sabes…, son complicados de pronunciar, la gente tiende a acortarlos.
«Vaya -pensó mirándose los zapatos-, una de las frases que tenía apuntadas para quedar bien delante de mis colegas poetas, y la suelto nada más llegar. A este paso, me quedaré sin reservas antes de cinco minutos y pensarán, con razón, que soy un iletrado.»
El salón se le antojó magnífico, sin llegar a ostentoso, cargado de antigüedades como el resto del cigarral. Tres grandes cornucopias con espejos, de madera dorada cubierta con corladura de plata, reflejaban la luz de otros tantos balcones que se abrían al jardín y al paisaje en la pared opuesta y multiplicaban la luz de la estancia, pintada de un blanco roto con sombras de perla. Había una gran mesa alargada, dispuesta para comer, con servicio para catorce comensales. Los poetas empezaban a congregarse alrededor «como insectos atraídos por un cubo de basura» (eso dijo Richard, y Nacho no se atrevió a contestar nada). Percibió al cantante nervioso y excitado. Un movimiento espasmódico afloraba de cuando en cuando a sus mejillas descoloridas, aunque Nacho no podía asegurar que ése no fuese su estado habitual, dado que no lo conocía.
–Creo que ha habido una buena aquí. – Nacho cogió una copa de vino tinto que le ofreció Alina, la mujer de Carlos, en una bandeja y miró a su alrededor con timidez.
Sólo había visto con anterioridad a tres de las personas allí reunidas, y de manera tan fugaz que no creía que se acordaran ni de su cara ni de su nombre. La sensación de extrañeza e inferioridad empezó a trepar por su garganta de nuevo y se le aferró a la nuez como una garrapata. Trató de sonreír, pero estaba seguro de que sólo había logrado esbozar un torpe aspaviento, seguramente gazmoño.
–Esto…, ¿quién encontró el cadáver? – preguntó cuando adquirió fuerzas para volver a hablar. Aunque ya lo sabía por doña Agustina, no se le ocurrió nada más sobre lo que charlar. La presencia de Richard lo intimidaba un poco. Dio un sorbo al vino y empuñó la copa como si fuera una espada.
–Oh, fue Tina. Agustina, la dueña de este tinglado. No está mal, el chiringuito que tiene montado aquí, ¿eh? – Richard guiñó un ojo y Nacho tuvo un encuentro visual con sus pupilas que le provocó una embarazosa sensación de intimidad no deseada-. Si yo fuese joven y fornido, como tú, le tiraría los tejos. La vieja es un buen partido.
Se rió de su propia gracia, pero hasta su risa sonó abatida para Nacho.
–No creo que yo sea joven.
–Amigo mío, comparado con ella, hasta el Palacio Arzobispal es una novedad… Mira, aquí viene… -Richard enderezó el cuerpo y sonrió mirando al suelo-. Agustina, buenas tardes.
–Veo que ya conoces al joven Ignacio, detective aficionado, además de ser nuestro poeta meteorólogo -dijo como si la meteorología fuese una especialidad de la lírica. Nacho se vio a sí mismo siendo presentado en público por la doña: «Ignacio Arán, poeta experto en épica y meteorología»… Sacudió la cabeza igual que un cachorro teker de pelo duro recién bañado; la dama lo agarró cuidadosamente de la mano y luego apretó tanto sus dedos que casi los hizo crujir-. Ven, te presentaré al resto de tus compañeros. No estarán de muy buen humor, porque no han dormido ni descansado lo suficiente; además, son artistas y, obviamente, se pasan casi todo el tiempo siendo ofendidos por el mundo, sin darse cuenta de que, a la vez, se creen el centro del mundo. Pero son buena gente… -Se acercó al oído de Nacho poniéndose de puntillas y musitó-: La mayoría de ellos, ya sabes…
Una vez se hubieron sentado todos, doña Agustina les dio la noticia:
–Imagino que la policía habrá hablado con todos vosotros y os lo habrá dicho uno por uno. En cualquier caso, me han pedido que os lo repita, para que quede bien claro. – Dio un sorbo a su copa de vino. El silencio absoluto apenas se quebró con el rozar de un cristal contra un plato-. Me han requerido para que permanezcamos todos aquí durante los próximos días. Y
cuando digo «aquí» me refiero, por supuesto, a Toledo. No quieren que nadie de los presentes, excepto Nacho Arán, abandone la ciudad hasta nuevo aviso. Probablemente tendrán que tomarnos declaración una vez más.
Lamento las molestias que esto os pueda causar. Por supuesto, ya sabéis que ésta es vuestra casa, y que podéis permanecer en ella todo el tiempo que gustéis. Sé que nuestro encuentro, que acababa de empezar, se ha teñido de luto y de fatalidad después de la…, del asesinato de Fabio Arjona, que Dios tenga en su gloria…
El hombre que estaba sentado al lado izquierdo de Nacho dejó escapar una débil tosecilla burlona. Acercó la cabeza a él y prácticamente escupió:
–¿Dios?, ¿gloria?… ¡Por favor!, ese capullo era ateo, y no sólo eso, sino también un cafre blasfemo. En caso de que Dios haya convertido el Edén, allá arriba, en un restaurante, seguro que tiene reservado el derecho de admisión para gente como el grandísimo hijo de…, hum, hijo de Dios, Arjona…
Nacho asintió educadamente, pero al momento se dio cuenta de que quizás no era eso lo más decoroso que podría haber hecho y se rebulló inquieto en su silla. Miró la figura de doña Agustina, presidiendo la mesa, y se le antojó una estatua a la sombra de un arbusto. Si en ese momento hubiese entrado un pájaro y se le hubiera posado en la cabeza a la señora, no le habría extrañado lo más mínimo.
Doña Agustina se pasó la mano por el pelo y prosiguió después de dar otro trago, esta vez, de agua.
–Creo que… lo mejor que podemos hacer es continuar con el congreso tal y como estaba previsto. De todas formas, debíais permanecer aquí estos próximos días, así que, a mi parecer, es preferible colaborar con la policía en lo que nos sea posible, y…
El tipo de al lado, Fernando Sierra, alargó la mano hasta el centro de la mesa y tiró vigorosamente de un trozo de queso, como si acabara de pescarlo; su chaqueta de lino crujió en las sisas con el mismo sonido que un
billete de banco arrugado. Masticó el queso y se quedó mirando a doña Agustina con una sonrisilla. Luego empezó a asentir una y otra vez.
Nacho volvió la cabeza hacia el otro lado, donde se sentaba Richard, pero éste no le devolvió la mirada, sino que se limitó a encogerse de hombros.
–… continuaremos con el programa, tal cual.
–Excepto cuando el programa tenga prevista la intervención de Fabio,
¿verdad? – Mauricio Blanc había hablado, levantando con socarronería un dedo descolorado, por la nicotina probablemente.
Una risita débil, procedente de la mujer que tenía sentada a su lado, Cristina Oller, vagó un segundo por la estancia, como una mariposa enloquecida, entre el silencio petrificado del resto de los comensales. Pero Nacho también creyó distinguir un brillo encarnizado en los ojos de la mujer cuando posó la mirada -rápida, cargada de fingimiento- en la figura de Mauricio, que la ignoró por completo.
Doña Agustina lo contempló con ojos de hielo. Nacho pensó que alguien había abierto una trampilla en aquellos ojos pequeños y claros, como los de un husky siberiano, y la escarcha los había desbordado de repente. Sin embargo, la señora se repuso enseguida y sonrió con dulzura.
–Por supuesto, Mauricio. Tú lo has dicho. – Se acomodó la cintura de su blusa negra y carraspeó antes de añadir-: Si no tenéis más preguntas, creo que lo mejor es que empecemos a comer. Buen provecho a todos.
–¡Buen provecho! – corearon unos cuantos.
A Nacho le sorprendió lo poco luctuoso del ambiente durante la comida, teniendo en cuenta lo que acababa de ocurrir hacía pocas horas, concretamente la tarde anterior. Los presentes bebían sin parar, comían como si acabaran de abandonar una huelga de hambre, y charlaban y reían como si nada anormal hubiera sucedido. Poco a poco, también él se fue dejando llevar por el tono general de apacible bienestar que imperaba alrededor de la mesa. El almuerzo fue provechoso en muchos sentidos. No obtuvo más que un puñado escuálido de frases por parte de Richard -poco más que un «colega, ¿quieres más vino?», dicho mientras el divo de la música contemplaba atentamente los canapés de jamón ibérico que adornaban el centro del tablero sobre el que reposaban los víveres-, pero no podía reprochárselo: estaba acompañado, a su izquierda, de Rocío Conrado, una joven (ella sí que era joven, no como Nacho, que sólo lo parecía) de
una belleza delicada pero burbujeante, con un canalillo de vértigo (se acordó de la chica que salía en la tele leyendo las predicciones del tiempo que él había preparado). Toda la atención de Richard se concentraba en Rocío, a la que -Nacho podría haber jurado que no se equivocaba- incluso miraba a los ojos de tanto en tanto. De modo que él, a su vez, se dedicó a hablar con su otro compañero de colación, Fernando Sierra. No había leído toda la ficha con la información recolectada en Internet sobre él, pero sabía que era autor de una extensa obra de poesía homoerótica. Todo indicaba que era gay, aunque no hacía alarde de ello (o sea, que no tenía pluma). Se mostró charlatán, divertido y animado durante el tiempo que estuvieron sentados codo con codo. Su conversación era un río lleno de piezas apetitosas.
–En fin -dijo en un momento dado-, ahora el viejo cabrón de Arjona…
Disculpa el lenguaje, querido, pero hay condiciones que sólo se definen con un calificativo; con un descalificativo, mejor dicho… Bueno, como iba diciendo, ahora el difunto…, no, mejor: el pretérito infecto que es Arjona estará orgulloso. En este momento pertenece a un nuevo club: ¡el de los poetas muertos! No es exactamente como el de los rotarios, pero… -Estalló en una carcajada y sus párpados se entornaron como tratando de ocultar algo o alguien que viviera escondido en sus ojos.
Nacho asintió de nuevo y se sintió como un imbécil por hacerlo. Echaba de menos a la tía Pau. Le escribiría un correo electrónico desde su habitación en cuanto pudiera subir un momento.
Fernando tenía el pelo rubio rojizo, no todo lo escaso que cabría imaginar -Nacho supuso que teñido-, una piel transparente con algunas manchas marrones de color más pronunciado en las mejillas y las manos, y la cabeza constantemente ladeada, como si pensara que el mundo no se encuentra en el ángulo adecuado y tratara de enderezarlo al mirarlo.
–Éramos de la misma quinta, más o menos. Yo un par de años más joven que él. Si quieres que te diga la verdad -añadió mientras encendía un cigarrillo rubio-, me alegro de que haya muerto. Allá adonde haya ido, seguro que ya habrá empezado a joder a diestro y siniestro. No tardarán en darle la patada y largarlo hacia otro lado. Otra dimensión, o lo que sea. ¿Tú crees en Dios?
–A veces -respondió Nacho, y sorbió la sopa fría que les acababan de servir.
–Bah, eres joven, y atractivo. Terminarás por creer en Dios: tienes mucha suerte, y a alguien tendrás que darle las gracias cuando te des cuenta de la suerte que has tenido.
–Es posible.
–Los que se toparon con Fabio a lo largo de su vida no tuvieron tanta.
Suerte, digo.
Se inclinó de nuevo hasta casi rozar con su nariz la pechera de Nacho.
–Esto, por ejemplo, esta misma mesa, esta habitación, está llena de gente en deuda con él. Por pagar, o por cobrar.
Nacho lo escudriñó con mirada interrogante. El otro asintió con un brillo conspirativo en las pupilas. Una sonrisa algo ebria apuntó en su boca, pero se evaporó al instante.
–Verbigracia, compañero, tenemos aquí a la última de sus ex -asintió apresuradamente y movió la mano izquierda en el aire, dibujando una espiral invisible-; la última, claro. Supongo que ni él sabía cuántas había dejado por el camino.
–¿Quién es ella?
– Cris-ti- na O- ller-casi masticó las dabas una por una antes de pronunciarlas-. Pobre chica. La plantó el día en que cumplió cuarenta años.
Un compañero suyo de la facultad, de Cristina, me contó que la pobrecilla estuvo a punto de suicidarse. Una historia que me suena demasiado conocida… -Cogió un pincho de tortilla y se lo llevó a la boca, pero lo pensó mejor y lo sostuvo en el aire como si nunca hubiese pensado en comérselo, hasta que finalmente lo dejó en el borde de su plato, sin tocarlo-.
Valiente capullo. Cristinita tiene una hija de padre desconocido, de pocos años. Criatura, lo que habrá visto.
–No sabía que el difunto había sido un donjuán. He visto muchas fotos suyas. Quizás de joven tenía su encanto, como lo tiene todo el mundo cuando es joven, pero yo nunca hubiera dicho, viéndolo desde lejos, que fuese un conquistador.
–Pues sí, lo fue, lo fue… En sus tiempos. Y seguía dale que dale, sólo que ahora era otra cosa. La edad te convierte en eso, deja que te lo diga.
–¿En qué? – quiso saber Nacho.
–«¿Quién es aquel que cruza por aquella esquina? ¡Bello muchacho!» -
Nacho tardó unos segundos en darse cuenta de que Fernando estaba recitando-. «Pero no; conforme se acerca cuento las arrugas del rostro.
¡Ah!, es un joven de sesenta años. A las ocho de la mañana sale vestido ya y ceñido, prendido y ajustado… O acaba de dejar algunas señoras o va a buscarlas. Les hablará de la ópera, del figurín… Ésta es la existencia del viejo verde; miradle contraerse y revolcarse en su vanidad al lado de una hermosa: ¿es una serpiente que roza contra un árbol? No; el viejo verde al lado de las bellas es una oruga que se desliza por entre las rosas.»
–Me gusta lo de la oruga y las rosas -Nacho asintió con la boca llena-,
¿de quién es?
–Mariano José de Larra, muchacho. Fígaro. ¡Deberías conocerlo!
Nacho se sintió avergonzado por un instante, pero Fernando sonrió enseguida haciendo una cabriola de disculpa con los labios.
–Lo que Fabio era no es más que eso: un viejo verde -continuó. Un temblor de rabia le descolocó la mandíbula un instante, y dejó escapar un buche de humo que de pronto envolvió su contorno con un esplendor inerte-. La gente, por lo general, piensa que nosotros, los homosexuales…
Nacho se ruborizó y se llenó la boca de comida tratando de disimular su turbación.
–… somos lúbricos e insaciables, como si el hecho de ser gays nos convirtiera en bestias incapaces de moderar nuestros instintos. Sí, hijo, sí.
No me mires con esa cara, lo que digo es tan cierto como que doña Agustina ya no se pone diafragma antes de irse a dormir.
–Yo, bueno, no creo que…
–Las buenas gentes, tan tolerantes ellas… ¿Te has dado cuenta de que éste es el país de la tolerancia, del buen rollito? Sí, ¡por aquí!
–Es posible que… Sí, es posible que haya algo de hipocresía, de…
–Sin embargo, nadie reprende a los heteros. Tú eres hetero, ¿verdad? –
Continuó sin esperar una respuesta-: Esos viejos verdes que andan por ahí del bracete de chicas treinta años más jóvenes que ellos… Lo suyo está bien visto, es un síntoma de éxito social, incluso. Y lo peor es que las viejas, las viejas verdes, empiezan a imitarlos, a imitar a esa panda de machos alfa decrépitos que… Ah, sí, querida, dime. – Fernando atendió los requerimientos de Cristina Oller, sentada frente a él, al otro lado de la enorme mesa, y Nacho ya no pudo seguir tirándole de la lengua.
Como pudo comprobar, en el Cigarral de la Cava no reinaba en absoluto un ambiente de pesadumbre. Los allí reunidos actuaban de manera que no parecía que hubiese ocurrido ningún hecho extraordinario. El parterre del
jardín donde había sido asesinado Fabio Arjona estaba cerrado al paso, precintado por la policía científica, y excepto por las marcas de tiza blanca acompañadas de algunos papelitos con códigos numéricos que indicaban los lugares donde la policía había recogido muestras y las tiras de plástico amarillo que decoraban la superficie acotada y ordenaban «No pasar» de manera tajante -y un poco ingenuamente también, pues bastaba retirarlas para tener franco el acceso-, la vida no mostraba signos de estar demasiado alterada. Aunque, ciertamente, a doña Agustina aquello no le había agradado lo más mínimo.
–Querido jovenzuelo -le dijo a Nacho-, ¿quién desearía tener el contorno de un cadáver dibujado en su jardín? Es escalofriante. Todo lo contrario del feng shui, si quieres saber mi opinión. Siento como si ese pedacito de tierra y grava emanara su maldad hasta aquí. Y aún doy gracias al cielo porque no ha sucedido en el interior de la casa… No quiero ni pensarlo. No olvides que dentro de aproximadamente una hora, en cuanto tomemos el café, nos reuniremos en la biblioteca para escuchar la ponencia de Rocío Conrado. – Dio un manotazo en el aire, igual que haría un mafioso en una película, y se alejó con pasos rápidos mientras su vestido negro de crepé Georgette se ondulaba entre sus piernas con burlesco desenfado.
Nacho se entretuvo una media hora con sus colegas, saludándolos y manteniendo charlas de lo más insustanciales. Sobre el tiempo…, la mayoría de ellos le preguntaban por el tiempo. También sobre sus actividades detectivescas, porque muchos lo conocían más por eso que por la poesía. El meteorólogo pensó que era debido a que su foto, a toda página, había aparecido en un reportaje sobre el Club Baskerville que publicaron en el semanal del periódico El País, que le había proporcionado una efímera popularidad que, sin embargo, logró que el panadero del pueblo lo mirase con recelo durante semanas.
Se dijo que los poetas no eran demasiado originales en sus temas de conversación. Ninguno estaba dispuesto a hablar de elegías, conjugaciones o postmodernismos (algo para lo que él se había preparado a conciencia), sino de chubascos dispersos, pertinaces sequías, y los halos y parhelios que a veces aparecían en sus poemas. Además de crímenes que nada tenían que ver con el que allí se había cometido.
«No me consideran uno de los suyos -pensó entre decepcionado y divertido-. Eso es lo que ocurre, no creen que yo sea como ellos. Se figuran
que sólo soy un bicho raro, un científico; un físico que se toma la poesía como una especie de relajante muscular. Por eso no recelan de mí, pero tampoco confían en mí demasiado. Soy un recién llegado para todos ellos.»
Por un momento, mientras apuraban sus cafés, fumaban y murmuraban entre sí -ya se habían retirado de la mesa, y algunos habían ido a sus habitaciones para refrescarse y lavarse los dientes antes de escuchar la ponencia-, Nacho tuvo la sensación de que le hacían el vacío, del mismo modo en que, cuando era niño, notaba la aterradora sensación de no formar parte del mundo sólo porque unos malévolos compañeros de clase conspiraban a sus espaldas y se negaban a hacerle partícipe de sus secretos cuando él se acercaba tímida y ansiosamente al corrillo. Claro que ahora estaba entre adultos. Todos le sonreían aparentemente, carecían de la zafiedad y la rotundidad de la infancia, pero había algo impuesto y furtivo en las comisuras de sus labios, como un helero adormecido en el fondo de los vientos de marzo.
«Bah, serán imaginaciones mías», se dijo al fin, y sacudió la cabeza tratando de alejar así los malos pensamientos, como si éstos fueran una mosca que le revoloteara tras la oreja. Se levantó para servirse un poco más de café. En realidad, a él no le gustaba el café. Mejor dicho, sí le gustaba, pero apenas podía probarlo porque le quitaba el sueño. Pese a ello, llevaba una buena media hora haciendo como si ese brebaje fuese todo lo que estaba dispuesto a tragar en la vida, y ya se había llenado la taza tres veces.
La llenaba, la paseaba arriba y abajo, se sentaba, se levantaba, la dejaba en un rincón de la mesa por recoger, abarrotada de vajilla y cuberterías sucias, atrapaba otra taza limpia y volvía a llenarla y a repetir el proceso, hasta que logró sentirse como un auténtico mastuerzo.
–Tomas mucho café, ¿no? – La voz de Rocío lo sorprendió contemplando fijamente la tacita, con cara de estar decidido a leer los posos del fondo en cuanto estuviese vacía.
–Ah, sí. Hola. No daré ni un sorbo más a partir de este momento, si puedo evitarlo.
–No te costará mucho trabajo, creo -la joven sonrió dulcemente-. He leído tus libros. Recuerdo un verso… «Sé que son limpias mis heridas.»
Qué hermoso. ¿Cómo era ese poema?
Nacho contempló aturdido los ojos de la chica. Le resultaba increíble pensar que alguien conociera de memoria un verso, un solo verso suyo. No
dijo nada, sino que se limitó a titubear como un pazguato.
–Hum, esto…
–Ah, ya recuerdo: «He dejado todo camino atrás, ¿es que hay algún camino?, yo sé que son limpias mis heridas…» Un poema sobre el sol, creo,
¿no es cierto?
–Aaah, sí, el sol es… Esto…
–Me gusta tu manera de usar los eneasílabos, es una encantadora flaqueza tan medieval, o tan neoclásica… Las sílabas que sirvieron para contar la vida de santa María Egipcíaca a ti te sirven para cantar al sol; no me digas que no es precioso.
–Bueno, ya sabes cómo es esto…
Rocío lo escudriñó de arriba abajo.
–Vaya, eres muy tímido. – Dio un sorbo a su chupito de licor de hierbas y se engarzó un rizo entre los dedos, que lió como si estuviera recogiendo un ovillo de seda interminable.
Nacho respiró con apuro. Se la imaginaba delante de una rueca, como una princesa gótica. Pero Rocío no tenía pinta de ser analfabeta. Aquella mujer lo turbaba. En general, las mujeres producían en él ese efecto, unas más que otras, por supuesto.
Rocío Conrado era la invitada más joven del cigarral. Tenía veintiocho años y se había convertido en una autora de éxito con una serie de novelas de fantasía para adolescentes que se habían traducido por medio mundo (iba a la zaga de Harry Potter en popularidad). Llevaba publicando libros desde los veinte años, cuando ganó de manera sorprendente un importante premio de literatura infantil y juvenil convocado por una prestigiosa editorial.
Entonces, ya apuntaba maneras, y las expectativas que generó no se vieron defraudadas: un millón de ejemplares vendidos en el país de cada uno de sus títulos (había publicado tres), y cifras de ventas escandalosas en Alemania y Japón (era una celebridad en varios países). Su belleza no le había supuesto ningún obstáculo para triunfar, desde luego. A los veinte años, como auguraba Montaigne, su alma ya había dado muestras de poder y energía, con lo que no se esperaba que dejara de darlas el resto de su vida.
«Las poetas son cada día más guapas», pensó Nacho, y la contempló con tanto interés que temió por un momento que sus ojos la atropellaran.
Nacho se retiró un momento a su habitación y llamó a su tía al darse cuenta de que tenía dos llamadas perdidas suyas. Había olvidado el teléfono
móvil encima de la cama cuando había bajado a almorzar. La mujer contestó al tercer timbrazo.
–¿Cómo va todo, mi querido poeta naturalista? ¿Has atrapado al asesino? Creo que es un hombre; siempre suelen ser hombres, no sé si te has fijado. – La voz de la tía Pau sonaba aflautada.
Su sobrino la imaginó tumbada sobre la chaise-longue de terciopelo bermejo del salón, debajo de una ventana que tenía vistas a Madrid, en cuyo relieve destacaban brumosas, en los días de lluvia, las torres de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. De hecho, era el único rincón de la casa donde había cobertura. Estaría envuelta en gasas y tules, como la decadente manola de un sastre isabelino vestida con grisetas de París, pero aferrándose al móvil igual que un adolescente japonés. Intercambiaron unos cuantos comentarios sobre la situación en el cigarral -no se le ocurría nada original o perspicaz que añadir, además de la información que ya le había enviado por correo electrónico-, y quedaron en llamarse al día siguiente.
Cuando colgó el teléfono, Nacho llamó a Rodrigo. El chico respondió al décimo timbrazo.
–No, no estaba durmiendo, si es lo que estás pensando -dijo nada más descolgar-. Me has pillado en el baño.
Lo imaginó en el cuarto de baño, dedicado a sus adolescentes actividades productivas, como la tos de un mal resfriado, pero enseguida borró la imagen de su cabeza, avergonzado.
–¿Has tenido tiempo de echar un vistazo a la información que te he enviado? – quiso saber Nacho.
–Tío, tío… Estoy en ello. No soy una máquina, ¿sabes?
–Yo creía que sí.
–Sólo de cinco a siete. Y los fines de semana libro.
–Entérate de todo lo que puedas sobre Fabio Arjona, busca en los archivos históricos de la edición digital de los periódicos, mira en la Wiki las universidades en las que ha dado clase y rastrea por ahí…
–¿Tienes las IP del ordenador del muerto? Supongo que estaría informatizado, siendo catedrático, aunque fuera de letras.
–¿Y cómo crees que voy a tener algo así? – respondió Nacho, exasperado.
–Si conseguimos su dirección IP estática, podremos localizarlo en la red, siempre que esté conectado, claro.
–Rodrigo, no sé si te has enterado de que el hombre está muerto. Frito como un pajarito. Kaputt. ¿De qué nos serviría localizar su ordenador?
–Podría leer su disco duro. – El chico se quedó en silencio unos segundos-. No sé si debería haber dicho esto por teléfono. No es seguro hablar por los móviles, todo el mundo los escucha.
–No te pongas paranoico, nadie está escuchando tu teléfono, ni el mío.
No somos tan importantes.
Rodrigo se quedó callado. Evidentemente abrigaba ciertas dudas, por lo menos en lo que a sí mismo se refería. A saber dónde habría metido las narices, se dijo Nacho, y qué temería.
–Bueno, de todos modos no tengo sus IP -Nacho pensó un poco-.
Aunque… Espera. ¿Te valdría con un correo electrónico del difunto para averiguarla?
Acababa de recordar que tenía al menos un par de ellos, unos de esos correos colectivos que se envían como respuesta a un mensaje que, en origen, tenía varios destinatarios. Doña Agustina les había mandado diversos e-mails, dirigidos a todos los participantes en el congreso mientras lo estaba preparando, con datos de interés sobre el evento, fechas, señas y una larga serie de recomendaciones bibliográficas para elaborar las ponencias sobre su egregio marido, que ella esperaba ansiosamente. Nacho creyó recordar que varios poetas habían respondido a alguno de esos correos, enviando su contestación no sólo a doña Agustina, sino al resto de los colegas. Estaba seguro de que algunos de ellos correspondían a Fabio Arjona.
En cambio Nacho, por timidez, no había respondido a ninguno.
–Sí, vale si provenía de su ordenador, y no de un ciber-café, por ejemplo.
–Bueno, eso no me consta, pero puedes probar.
–Está bien -se resignó Rodrigo-. Mándamelos cuando puedas.
Reenvíalos a mi cuenta de Gmail.
–Muy bien, chaval, así lo haré. Tú mueve el culo y entérate de todo lo que puedas mientras tanto. No creo que los habituales del Club Baskerville nos puedan echar una mano en esta ocasión. Éste sí es un círculo cerrado, chico -comentó Nacho-. Un club para gente exclusiva. Nada de pringaos que van por ahí reventando escaparates, o el cráneo de sus pobres mujeres.
Estamos hablando de poetas, y del cadáver de un poeta que podría haber
sido asesinado por otro poeta, si se descarta que el verdugo sea un sicario, o un bala perdida venido de fuera. ¿Te das cuenta? ¡Muerte entre poetas!
A Nacho se le antojó que eso seguramente no sucedía desde que declararon ilegales los duelos, y entonces los poetas se mataban a tiro limpio y a la vista de todo el mundo, sin esconderse. Evocó la figura del poeta romántico ruso Alexander Pushkin, que fue herido mortalmente en un duelo contra un oficial francés, Georges d'Anthes, del que se rumoreaba que se acostaba con su mujer. A Pushkin lo volvieron loco una serie de cartas anónimas que daban curso a la malediciente especie de que su bellísima mujer, Natalia Pushkina, que le daba un hijo por año, no sólo compartía lecho con su esposo, sino también con el francés, ahijado de un embajador.
Manipularon las armas del duelo, y Alexander no pudo defenderse en justicia. Cayó muerto a los treinta y siete años, estúpidamente y sin saber si, en realidad, era o no un cornudo.
–Hummm… -Rodrigo asintió-. El caso pinta que te cagas, tío, pero es que tengo que estudiar. – El chico estaba haciendo el primer curso de Ingeniería de Sistemas.
–¿Desde cuándo estudias tú? – lo presionó Nacho-. Ésa sí que es una novedad, tío.
–Bueno, verás, mi madre…
–No digas tonterías y ponte a leer lo que te he mandado.
Se despidieron y Nacho apagó el teléfono, por si a Rodrigo se le ocurría llamarlo poco después para darle cualquier otra excusa. Si no lo encontraba en el móvil, le mandaría un correo electrónico para quejarse, pero siempre podía decirle que no lo había leído a tiempo. «Estos adolescentes -rumió para sí-, qué perezosos son, los condenados.»
Después de refrescarse un poco en el baño y abusar de la colonia que llevaba en el neceser, bajó de nuevo a la planta principal de la casa para escuchar la ponencia de Rocío Conrado y seguir curioseando entre los ilustres huéspedes. Tenía la sensación de ser un intruso allí, y bajó de puntillas la escalera, temiendo ser sorprendido y amonestado en cualquier momento.
Cuando llegó a la biblioteca, casi todo el mundo estaba sentado alrededor de la gran mesa que ocupaba el centro de la estancia.
Rocío no llevaba nada escrito, salvo unas cuantas frases garabateadas en una hoja de notas, de esas que sirven para escribir la lista de la compra, y
cuyos trazos se adivinaban a través del papel cada vez que ella lo sujetaba en alto. Nacho se sintió avergonzado al recordar que él había pasado meses preparando una conferencia sobre un tema en el que se reconocía absolutamente ignorante, y cuya redacción había corrido finalmente a cargo de la tía Pau, cuando él estaba a punto de sufrir un colapso nervioso. «No te preocupes, nadie se enterará. Además, les está bien empleado por obligarte a escribir sobre el pesado de Alberto Pons, que las musas tengan en su gloria, ya que si ellas no lo tienen, me temo que nadie más se atreverá… -lo había tranquilizado su tía-, y si lo tienen, será para asegurarse de que no vuelva a dar la lata con sus versos.»
La joven Rocío, en cambio, se había sentado a la cabecera de la mesa, y sin más ayuda que cuatro garabatos descuidados sobre una hojita de papel de hotel, les estaba largando una conferencia -bien informada, erudita y divertida- sobre un hombre y una época que distaba mucho de conocer de primera mano.
Mientras Rocío hablaba, Richard Vico la observaba con atención parapetado tras su flequillo. Fernando Sierra, en cambio, daba unas cabezaditas que a Nacho se le antojaron un prodigio de prestidigitación, teniendo en cuenta que el respaldo de las sillas no facilitaba el descanso del cuello, al carecer de un apoyo suficiente.
Cuando Fernando despertó, Rocío estaba finalizando su intervención. El hombre aplaudió con tanto entusiasmo a la joven que Nacho llegó a creer que de verdad la había estado escuchando. Tenía un libro en el regazo, pero se le había caído al suelo durante el rato que le había durado la modorra.
Nacho lo cogió y se lo tendió con una sonrisa. Fernando se sintió obligado a incorporarse, dio las gracias en un susurro y adoptó una postura de extrema dignidad. Lucía un bronceado impecable a esas alturas del año, y Nacho pensó que, más que moreno, su rostro parecía gratinado.
Al otro lado de la mesa, al fondo, Pascual Coloma, eterno candidato al Premio Nobel, les dirigió una mirada de reprobación. Nacho se sintió intimidado por un momento, como si hubiesen tirado del velo invisible que protege el alma de miradas indiscretas y la hubieran dejado desnuda a la vista de todo el mundo. Aquel hombre emanaba autoridad y seriedad a la manera de las fuentes que no dejan de soltar agua, aunque sea siempre la misma, que entra y sale en un circuito sin fin. Su soberbia cabeza, de tamaño más que considerable en relación con su cuerpo, parecía una talla en