Muñecos diabólicos
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- 1973
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Acerca de este libro
El rostro que tenía delante era una visión de pesadilla. Trató de gritar pero no pudo. Inmóvil, muda de horror, completamente aterrorizada, incapaz de moverse, sujeta al lecho por una fuerza muy superior a la suya, vio cómo el muñeco saltaba sobre el lecho, cómo se acercaba a uno de sus pechos desnudos y luego cómo saltaba sobre ella. Notó muy cerca de su garganta los suaves pies de trapo y entonces soltó un ligero y bronco gemido mientras que el muñeco daba un par de pasos más y levantaba uno de sus brazos. El derecho. Frente a los ojos llenos de horror de Sandra brilló el agudo y fino estilete y ahora sí pudo gritar. Con un grito alucinante, que se quebró de pronto para transformarse en un ronco estertor, en un gorgoteo que también cesó con una convulsión cuando el muñeco, representando la figura de un negro, con saña diabólica, levantó una y otra vez el brazo y el agudo y fino estilete entró y entró en el cuello de cisne de la muchacha. Más tarde, como si se hubiera cansado de su brutal juego, el muñeco dejó de ensañarse con el cadáver, limpió el estilete con la sábana, dio media vuelta, saltó de la cama al suelo, rodó por el pavimento dando unas cuantas vueltas y avanzó hacia la abierta ventana. Trepó sobre el alféizar, saltó al exterior, sobre la escalerilla de emergencia, empezó también a saltar, de escalón en escalón, hacia la calle que ciento o ciento cincuenta yardas más abajo aparecía casi desierta.
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