Mustaine
Una herradura en el culo
Fotografía de Daniel González Toriso.
Hunt, Texas.
Enero de 2002.
S i estás buscando en qué momento toqué fondo este puede ser tan buen lugar como cualquier otro, aunque sería el primero en admitir que el fondo ha sido un blanco móvil en mi oscura y retorcida vida, la versión speed metal de una vida dickensiana.
¿Infancia pobre y errabunda? Hecho.
¿Padre abusivo y alcohólico? Hecho.
¿Locura religiosa jode mentes (en mi caso los extremos de los Testigos de Jehová y el Satanismo)? Hecho.
¿Alcoholismo, drogadicción, vivir en la calle? Hecho, hecho, hecho.
¿Reveses artísticos y profesionales que te destruyen el alma? Hecho.
¿Rehabilitación? Hecho (17 veces, créase o no).
¿Experiencia cercana a la muerte? Hecho, esa también.
James Hetfield, quien solía ser uno de mis mejores amigos, como un hermano, dijo una vez con cierta incredulidad que yo debí haber nacido con una herradura en el culo. Así de suertudo he sido, afortunado de poder respirar después de ver la muerte tan cerca tantas veces. Y debo reconocer que en cierto sentido él tenía razón. He tenido suerte, he sido bendecido. Pero lo que pasa cuando uno tiene alojada una herradura en el recto es que te da un dolor infernal. Y nunca te olvidas que está allí.
Así que estoy aquí, visualizando otra temporada de rehabilitación en un lugar llamado La Hacienda, en el corazón del prístino condado de Texas Hill. Está a solo 200 millas de Fort Worth más o menos, pero parece a un mundo de distancia, solo ranchos de ganado y campamentos de verano como vecinos. El foco está en curarse… en mejorar. Física, espiritual y emocionalmente. Como siempre solo traje expectativas y entusiasmo modestos para el procedimiento. No es mi primer rodeo, después de todo.
Verán, he aprendido más sobre reventarse, conseguir drogas, mezclar bebidas y acostarme con el sexo opuesto en Alcohólicos Anónimos que en cualquier otro lugar del mundo. AA —y esto es verdad para la mayoría de los programas de rehabilitación y centros de tratamiento— es una fraternidad y como a todos los hermanos de una fraternidad nos gusta intercambiar historias. Es una glorificación ridícula de la experiencia: drogadictólogos y borrachólogos, así se los llama. Una de las cosas que siempre me molestó era el alardeo incesante. Cuentas una historia, a veces desnudando tu alma, y el tipo que está a tu lado sonríe y dice, «Ah, hombre, yo he derramado más de lo que tú has bebido».
«¿En serio?».
«Claro que sí».
«Bueno, yo he bebido bastante, así que debes ser un torpe de mierda».
Por alguna razón este tipo de interacción nunca me ayudó demasiado, nunca me hizo sentir que estaba curándome o mejorando como ser humano. A veces hasta empeoraba. Irónicamente, fue en una reunión de AA que supe por primera vez lo fácil que era conseguir medicamentos para el dolor vía Internet. No necesitaba analgésicos en ese momento pero la mujer que contó la historia lo hizo sonar como algo genial. No tardaron mucho en llegar los envíos a mi casa y que cultivara una terrible adicción. En ese momento ya era una estrella de rock mundialmente famosa —fundador, líder, cantante, compositor y guitarrista (y CEO de facto) de Megadeth, una de las bandas más populares del heavy metal—. Tenía una bella esposa y dos hijos maravillosos, un hogar agradable, coches, más dinero del que había soñado. Y estaba a punto de tirarlo todo por la borda. Verán, detrás de la fachada yo era completamente abatido: estaba cansado de las giras, de los cambios de miembros en la banda, de las demandas irracionales de los mánagers y los ejecutivos de las compañías, de la soledad de una vida drogodependiente. Y, como siempre, incapaz de ver que lo que poseía era más importante que lo que me faltaba. La alegría de escribir canciones y tocar música, lo que me sostuvo a través de tantos años, se estaba yendo lentamente por el desagüe.
Ahora simplemente me sentía… vacío.
Entonces fui hasta Hunt, Texas, esperando que esta vez el cambio durara. O sin esperar. Sin preocuparme. Sin saber mucho de nada realmente, salvo que necesitaba ayuda para librarme de los analgésicos. ¿Modificar mi comportamiento a largo plazo? Bueno, eso no estaba en el podio de mi lista de prioridades.
Y esto es lo que pasa. Según llego comienzo a deambular en busca de un poco de descanso. Me tiro en una silla, apoyando mi brazo izquierdo sobre el respaldo, tratando de acomodarme para dormir. Lo próximo que sé es que me despierto después de una siesta de veinte minutos y cuando intento ponerme en pie algo me tira para atrás, como si estuviera atado al asiento. Luego me doy cuenta de qué es lo que pasa: mi brazo se durmió y está encajado detrás del respaldo de la silla. Me rio, trato de sacar mi brazo otra vez.
Nada sucede. Otra vez.
Todavía nada.
Repito este movimiento (o intento de movimiento) unas veces más hasta que finalmente usando mi brazo derecho levanto el izquierdo para sacarlo de la silla. En cuanto lo suelto, se cae sobre mi costado, colgando inútilmente; alfileres y agujas me pinchan desde el hombro hasta la punta de los dedos. Después de unos minutos la movilidad regresa a mi brazo y parte del antebrazo. Pero mi mano permanece muerta, como inyectada con Novocaína. La sacudo, la froto, la golpeo contra la silla. Pero la mano está insensible. Pasan diez minutos. Quince. Intento cerrar el puño pero mis dedos no responden.
Cruzo la puerta y salgo por el pasillo. Mi respiración se agita, en parte por el consumo de drogas y que estoy fuera de forma, pero también porque estoy cagado de miedo. Irrumpo en la enfermería, llevando mi mano izquierda con la derecha. Le balbuceo algo a la enfermera sobre quedarme dormido y no poder sentir la mano. Ella trata de calmarme. Presume, no sin razón, que esto es solo parte del proceso, la ansiedad y el sentirse molesto son algo común en la rehabilitación. Pero esto no lo es. Esto es diferente.
Dentro de 24 horas estaré haciendo una pausa en mi estancia en La Hacienda, sentado en el despacho de un cirujano ortopédico que va a pasar una mano a lo largo de mi bíceps, bajando por mi antebrazo, trazando cuidadosamente la ruta de un nervio y explicándome cómo este se ha comprimido de forma extraña, como una pajita apretada contra la pared de un vaso. Cuando la circulación se corta de esta manera, me explica el médico, el nervio se daña; a veces simplemente se marchita y muere.
«¿Cuánto tardará en recuperar el movimiento?» le pregunto.
«Deberías tener el 80 por ciento dentro de unos meses… tal vez cuatro o seis».
«¿Y qué hay del otro 20 por ciento?».
Se encoge de hombros. El hombre es tejano de pies a cabeza, en sus movimientos y respuestas. «Es difícil de decir», me suelta.
Hay una pausa. Una vez más, nervioso, intento hacer una pelota con la mano, pero mis dedos no quieren. Esta es mi mano izquierda, la que baila a lo largo del mástil de la guitarra. La que hace todo el difícil trabajo creativo. La que hace dinero, como decimos en el mundo de la música.
«¿Y tocar la guitarra?» pregunto, sin querer saber la respuesta.
El doctor inspira profundamente y exhala despacio. «Oh, yo no contaría con ello».
«¿Hasta cuándo?».
Me mira bien. Toma puntería. Luego le da al centro del blanco. «Bueno… nunca más».
Y ahí está. El tiro de gracia. No puedo respirar, no puedo pensar. Pero de alguna forma el mensaje llega alto y claro: este es el final de Megadeth… el final de mi carrera… el final de la música.
El final de lo que es para mí la vida.