Mustaine

Dave Mustaine · Capítulo 7 de 21

Páginas del PDF

Mustaine

5 Abandonado por Alcoholica

5

Abandonado por Alcoholica

 

Tocando un feroz solo en la tripa de Lars mientras evito

cuidadosamente la palanca de vibrato.

Fotografía de William Hale.

 

«¡Eres un malvado hijo de puta!».

 

S an Francisco, con su pujante escena de clubes y vigorosos fans del metal, probó ser un lugar de cálida bienvenida para Metallica. Tocamos nuestro primer show con Cliff el 5 de marzo, en el Stone. El 19 de marzo tocamos por segunda vez, en el mismo club. En medio, grabamos otra demo y vimos crecer nuestra popularidad. Parecía que hubiéramos tomado la ciudad en cuestión de unas pocas semanas. Nadie parecía preocupado por la invasión; había un ambiente bastante bueno allí, con muchas bandas persiguiendo los mismos objetivos, tocando y adorando el mismo tipo de música, lo que se conocería como thrash metal. Los celos y la postura que caracterizaba a la escena de clubes de L. A. estaba casi ausente en la Bay Area, y nos conectamos rápida y fácilmente con otros músicos, en especial (e irónicamente, según resultaría) con los de la banda Exodus. Hasta me hice hermano de sangre con algunos de los tipos de la banda. Hermanos de sangre de verdad, nos cortábamos las manos e intercambiábamos fluido en una manera que, visto en retrospectiva y dado el estilo de vida que llevábamos,

solo puede ser considerado imprudente[6].

 

DE TODAS FORMAS, METALLICA PARECÍA estar moviéndose a la velocidad de la luz. Una mañana de abril de 1983 salí de la cama, con los ojos borrosos, con resaca y apestando como queso cottage podrido, y vi un U-Haul estacionado en la entrada del garaje. Todo había ocurrido tan rápido que desconocía la mayoría de los detalles (o francamente, no me importaban). Si alguien se pregunta por qué me transformé en un maniático controlador más adelante en mi carrera, bueno, la evolución tiene sus raíces justo aquí. Estaba perfectamente satisfecho de seguir la corriente.

La demo No Life Till Leather había viajado a la deriva hacia el este, hasta terminar en las manos de un tipo llamado Jon Zazula. «Jonny Z» era dueño de una popular tienda de discos de Nueva Jersey llamada Rock and Roll Heaven, que era bastante conocida por descubrir y promocionar artistas underground. También era un aspirante a productor de discos; después de escuchar la demo, y al ver la reacción entre sus clientes, Jonny Z le ofreció a Metallica la oportunidad de tocar unos shows en Nueva York y sus alrededores y ayudar a que la banda se asegurara un contrato discográfico. La mayoría de las discusiones correspondientes a este arreglo ocurrieron sin mi conocimiento o participación. Días más tarde, cuando llegamos a Nueva Jersey y descubrí que mi nombre no estaba en ninguno de los contratos me puse un poco nervioso, Lars sugirió que yo estaba exagerando.

Así que lo dejé pasar.

Supongo que podría culpar a Lars o a James, o incluso a Mark Whitaker por no informarme, porque así fue, pero también tengo que hacerme responsable de fallar por no mantener el ojo en la bola. Estaba demasiado ocupado bebiendo y reventándome. Estos tipos eran mis amigos, y a pesar de los desacuerdos periódicos, yo confiaba en ellos.

Error mío.

Uno de muchos, como resultó ser.

Una mujer, a la que llamaré Jennifer, fue mi compañera de cama la noche antes de que abandonáramos San Francisco. Era, en aquel momento, la novia semiseria de Kirk Hammett, guitarrista de Exodus (como dije, compartíamos muchas cosas con los tipos de Exodus). Jennifer era una chica bonita a la que le gustaban los guitarristas, y ciertamente, no me molestaba estar con ella. Mientras salía del dormitorio Lars y James estaban esperando.

«Perdón», dije. «Dadme unos minutos para ducharme. No puedo viajar hasta Nueva York en estas condiciones».

Ellos aceptaron. Todo parecía estar perfecto. Pero no. No tenía idea de que mi tiempo en la banda estaba llegando a su fin.

Se ha discutido mucho el orden de los eventos durante este período de Metallica, pero aquí está lo que creo que ocurrió. En algún punto en las semanas previas, o incluso meses, había comenzado un coqueteo; Lars y James —Lars, principalmente— habían discutido con Kirk Hammett la posibilidad de que Kirk se uniera a Metallica. Como no había lugar ni necesidad de un segundo guitarrista líder, su rol estaba claro: él me reemplazaría.

Metallica posando en el interior de la casa de Mark.

Fotografía de Brian Lew.

 

En cualquier caso, nunca lo vi venir.

 

EMPAQUETAMOS todo en un U-Haul de siete metros y le enganchamos la camioneta de James. A ratos tres de nosotros viajábamos al frente, en la cabina del U-Haul. Los otros dos pasajeros, incluido Mark Whitaker, que ahora era el mánager de gira de Metallica, dormían en la zona de carga, donde las temperaturas subían o bajaban alternativamente y las vibraciones hacían sacudir las paredes de metal. Era como estar dentro de un cubo de basura. Nos detuvimos para comprar cerveza antes de recorrer una milla de distancia, y nos mantuvimos en un estupor alcohólico la mayor parte del viaje.

Durante las primeras cien millas nos alimentamos de la adrenalina de embarcarnos en una nueva aventura. Recuerdo haber cruzado un puente que unía California con Nevada y sentir la excitación del logro, como si por primera vez estuviese haciendo algo importante con mi vida. Estaba enamorado de la idea de que había recibido un regalo: la oportunidad de tocar música para ganarme la vida. Y era casi como en aquella canción de Willie Nelson, «On the Road Again», que captura a la perfección el atractivo de la vida circense, de tocar música y actuar en frente del público. Nelson dio en el clavo totalmente en ese aspecto de la existencia del trovador.

Pero todo envejece, ¿no es así? Después de un rato, mientras las millas pasaban, nos cansamos y nos pusimos irritables. Cada vez que me tocaba ir a la parte de atrás sentía una ola de ansiedad; me imaginaba que alguien se dormía al volante y el U-Haul se caía de un puente, y me veía ahogándome, con los últimos momentos de mi vida dedicados a tragar aire rancio de dentro de los tom-tom de Lars. El sol y la calidez de California dieron paso a las nubes grises y la nieve de Utah y Wyoming. Me tocó turno al volante. Yo era un chico surfero que había crecido conduciendo autos compactos en las atestadas pero inmaculadas autopistas, así que este era un territorio nuevo para mí, en más de un sentido. Nunca había conducido un vehículo comercial, y solo en un par de ocasiones (en viajes a esquiar) había conducido en la nieve. Así que carecía completamente de preparación para lo que ocurrió después. Pasamos por una franja de hielo negro y comenzamos a derrapar de costado a través de la interestatal.

En un momento todo se volvió lento, como dicen que ocurre durante un accidente. La única forma en que puedo describir la situación es equiparándola con el surf. Como cuando estás montando la ola y caminas hacia la punta de la tabla, y la aleta se sale del agua dejándote sin timón. Es una sensación de desamparo y excitación inexplicables. Y fue exactamente lo que sentí mientras el camión de U-Haul derrapaba por la ruta fuera de control y hacía un trompo hasta detenerse con una parte sobre el arcén y el resto sobre el asfalto, de cara al tráfico. Todos saltamos del camión, riéndonos nerviosamente, como cuando uno no puede creer que ha salido con vida, y nos preparamos para continuar con el viaje. Aunque de repente un camión de 18 ruedas pasó rugiendo, desviándose en el último segundo. Y después vino un Jeep Wrangler, justo hacia nosotros. Nos paralizamos por un momento y luego nos movimos buscando salvarnos, justo cuando el Jeep patinaba y chocaba contra la cabina del U-Haul. Agarré a Mark Whitaker en el último segundo, sacándolo de la trayectoria del Jeep y tal vez salvándole la vida al mismo tiempo.

Afortunadamente, nadie salió herido. El Jeep fue remolcado y nosotros llevamos nuestro camión a otro centro de U-Haul, donde nos dieron un vehículo de reemplazo. Pero nuestro ánimo había cambiado. Había menos risa, más hostilidad. Le podría haber ocurrido a cualquiera de nosotros. Estábamos todos borrachos y drogados, y todos carecíamos de la habilidad para conducir un camión a través de los pasos nevados de las montañas. Por desgracia era yo quien estaba detrás del volante en ese momento, así que el peso del incidente —la culpa— cayó sobre mis hombros. Durante el resto del

viaje me sentí como un paria[7].

Una noche, mientras dormía en la parte de atrás, golpeamos un bache y unos fragmentos de óxido se desprendieron del techo del camión. Sentí que caían sobre mi cara, y cuando miré hacia arriba para ver qué pasaba, el óxido cayó en mis ojos. El dolor era insoportable. Eso, combinado con el delirio de la dieta de alcohol y patatas fritas, me provocaron un ataque de pánico.

 

Ron Quintana, James, and yo.

Fotografía de William Hale.

 

«Chicos, tenemos que parar», dije. «Necesito ir a un hospital, ahora».

Ellos no accedieron.

«Vas a estar bien, hombre», dijo Lars. «Vuelve a dormir».

Discutimos por varias millas. Cuando paramos para cargar combustible, llegué al punto de llamar a mi madre y contarle que las cosas no estaban saliendo bien; hasta le pregunté si me mandaría dinero para regresar a casa.

Eso sonó como una locura, lo sé, pero así me sentía en aquel momento. Asumiré mi parte de responsabilidad en todo esto. No siempre era un tipo fácil de tratar. Pero sé que si los roles se hubieran invertido, si hubiesen sido Lars o James los que hubieran necesitado ver a un doctor por cualquier motivo, yo habría conducido el U-Haul al hospital más cercano. Inmediatamente. La bebida obviamente jugaba un papel importante en todo esto. Pero yo no era el único que bebía. Por eso nos llamaban «Alcohólica». Un nombre que duró, incidentalmente, mucho tiempo después de mi partida.

 

DESPUÉS DE UNA SEMANA en la carretera, llegamos a Old Bridge, Nueva Jersey, hogar de Jon Zazula. No tengo idea de cómo Jonny Z le vendió sus planes a Lars, o qué le habría dicho antes de que saliéramos de San Francisco. Si lo que esperábamos era un promotor de la hostia o un ejecutivo de compañía discográfica en ascenso, lo que nos tocó fue otra cosa por completo. Jonny Z y su mujer vivían en una casita de dos pisos en un aburrido barrio suburbano. Más allá de un auto oxidado y otros desperdicios de basura blanca el patio estaba libre de cualquier otro tipo de paisaje.

En realidad, Jonny Z tenía poco en su currículum. Pero tenía las pelotas bien puestas, y era lo bastante inteligente como para ver que Metallica tenía algo que valía la pena. Aun así, qué decepción. Jonny Z nos había prometido una bienvenida de héroes.

«Esperen hasta llegar a mi casa», nos había dicho. «Tendremos un bar completo y una cena con filetes para celebrarlo».

Puede sonar como algo pequeño, pero la idea de ese filete nos había mantenido avanzando durante la mayor parte de la semana anterior. Me imaginaba a Jonny Z en el patio de su mansión, junto a la piscina, asando en una Weber gigante. Habría licor del mejor y sábanas de seda en la suite para huéspedes. Cuando hubiéramos llegado a la casa de Jonny Z no habría duda de que Metallica había alcanzado el éxito, eso me imaginaba.

En lugar de eso, lo que conseguimos fue un solo trozo de solomillo de segunda, cortado en tiras y repartido entre toda la pandilla, y un puñado de patatas asadas del tamaño de nueces, acompañado con botellas de siete onzas de Michelob. Recuerdo haberme sentido avergonzado por toda la situación, y casi sintiendo pena por Jonny Z, quien claramente era alguien diferente de lo que había propuesto ser. Justo cuando pensaba que la velada no podía empeorar más, Jonny Z abandonó la mesa y se disculpó.

«Lo siento, chicos, ahora tengo que irme».

Miré el reloj en la pared del comedor. Seis PM.

¡Tienes que estar bromeando! Cruzamos el país, casi me quedo ciego por los fragmentos de óxido, nos estamos muriendo de hambre, hartos y exhaustos… ¿y tú tienes que irte a otro lugar?

Me preguntaba si tal vez Jonny Z tenía otra reunión, quizá con un cliente más importante. Otra banda, tal vez. Eso no hubiera sido tan terrible, al menos habría dado la impresión de que el tipo en realidad tenía algo de peso en la industria. Tal vez estábamos en buenas manos después de todo.

Nada de suerte. La verdad era más desconcertante.

Jonny Z dijo que estaba en arresto domiciliario nocturno. Tenía que estar en una casa a media manzana.

«Me descubrieron», explicó encogiéndose de hombros.

«¿En serio?».

«En serio».

Por lo que sé, esto no era más que una supuesta broma por parte de Jonny Z; en realidad pensó que esto nos impresionaría de alguna manera. De todas formas, aquella reunión inicial dejó mucho que desear. No podía creer que este tipo fuese ahora el responsable del éxito o fracaso de Metallica.

 

LOS PRIMEROS días en Nueva Jersey se fueron borrosamente. Estuvimos de fiesta sin parar, cogimos comida gratis de donde fuera posible y generalmente perseguimos la decadencia con un fervor que superaba al que habíamos tenido en San Francisco. Las fiestas eran feroces y a veces peligrosas. Recuerdo una noche en aquellas casas de dos plantas, que se parecían a la del La morada del miedo. Estábamos escuchando música cuando de pronto la noche dio un giro y el alcohol y la cocaína fueron reemplazados por el cristal de metanfetamina. Incluso en aquel entonces, cuando me creía virtualmente indestructible, esa era una de las pocas drogas que en realidad me asustaban; era una porquería maligna. La había probado un par de veces en San Francisco, y me parecía completamente desagradable. A alguna gente realmente le gustaba. Era considerada la cocaína de los pobres, con apenas el mismo efecto acelerador pero a una fracción de su precio. Pero qué asquerosos efectos secundarios tenía. Para mí, el cristal de meta era una línea en la arena que no había que cruzar. Debe sonar extraño que lo diga un adicto a la cocaína y a la heroína. Pero es la verdad. A la hora de provocar comportamiento aberrante y de poner en riesgo la vida de quien lo usa el cristal de meta tenía su propio universo. La gente habla de diferentes drogas, y es verdad que cada una lleva su propia etiqueta de advertencia, metafóricamente hablando. Pero la etiqueta de la metanfetamina debería ser la más gráfica. ¿La mierda que le ponen, y la gente que la cocina? Estamos hablando de chicos de doce años que la mezclan en su bañera. O peor.

Lars y James grabando un anuncio imaginario de ron Captain

 

Morgan, aunque pronto tendrían cofres de tesoro verdaderos.

Fotografía de William Hale.

 

Cualquiera con medio cerebro debería saberlo. Y aun así, el cristal de meta estaba en todas partes. James conoció una chica cuando llegamos a la Costa Este. Me di cuenta enseguida que era una adicta a la metanfetamina. Tenía la mala piel —rubicunda, la piel picada de viruelas, forúnculos y otras lesiones— eso viene con el uso habitual del cristal de meta. No es tanto la droga en sí la que causa las erupciones, sino la mierda tóxica que usan para completar la receta.

¡Damas y caballeros… Cliff Burton! Estaba orgulloso de tocar

con él.

Fotografía de William Hale.

 

Francamente, no entendía el gusto por eso. Yo prefería desfasar con cosas orgánicas —trataba de meter en mi cuerpo cosas que hubiesen sido destiladas o cosechadas, nada más—. Qué puedo decir, —todos tenemos nuestros límites—.

 

A PESAR DE SU OBVIA falta de influencia en el negocio de la música, Zazula había hecho su tarea en lo que concernía a Metallica. Digan lo que quieran del tipo —él vio una oportunidad y la aprovechó—. Al poco de haber llegado a Nueva Jersey hicimos un recital de promoción en su tienda de discos, que se encontraba en un gran mercado de pulgas techado en el cercano East Brunswick. No puedo decir que la idea de tocar en un mercado de pulgas nos hiciese sentir como estrellas de rock —parecía un retroceso después de lo que habíamos experimentado en San Francisco—. Pero mi opinión cambió rápidamente cuando llegamos a la tienda. Había cientos de chicos haciendo cola, comprando nuestras demos y esperando por una oportunidad de conocer a los miembros de la más nueva, más pesada y más caliente banda de heavy metal del mundo: Metallica.

No tengo ni idea de cuánto dinero se movió aquel día, y ciertamente no vi un solo centavo de él. Realmente no me importaba. Solo sé que nos quedamos durante horas firmando camisetas, cintas, posters, álbumes… lo que fuera. Para cuando nos fuimos, me di cuenta del enorme cambio de paradigma que había ocurrido. Al estar de pie en aquel mercado de pulgas, rodeado de fans adoradores, me sentí como una estrella de rock.

Era todo increíblemente excitante y desorientador, y vagamente incómodo. Habíamos estado pasando hambre durante días y de pronto la gente nos arrojaba comida. Recuerdo haberme visto en el espejo una mañana, al levantarme, y notar que mi estómago estaba grotescamente hinchado. Por supuesto, el hecho de que la mayor parte del tiempo me la pasaba borracho y drogado debe haber tenido algo que ver con eso. La fiesta nunca se detenía. El alcohol, la cocaína, la marihuana, la metanfetamina —estaban por todas partes, y solo tenía que pedirlas—. Lo mismo con las groupies, cuya calidad y cantidad parecían mejorar cada día. Hacíamos una aparición o un recital, o simplemente caíamos en una fiesta, y todos querían estar con nosotros.

 

Una de las últimas veces que toqué en San Francisco con

Metallica.

Fotografía de William Hale.

 

«¡Eres un malvado hijo de puta!» me gritaban.

Yo asentía en aprobación. Era un malvado hijo de puta. Y estaba orgulloso de serlo.

Durante la primera semana más o menos nos quedamos en el sótano de la casa de Jonny Z. Por el momento él toleraba nuestro imparable descontrol, probablemente porque había invertido tanto en nuestro éxito. Así al menos podía vigilarnos. Aunque pronto resultamos ser demasiado para él. La gota que colmó el vaso fue haber descorchado y bebido una botella de champán antigua y muy especial, que los Zazula guardaban en el mueble bar desde el día de su boda. Después de eso, Jonny Z nos echó. Bueno, no fue así exactamente. En realidad sugirió que para que todos estuviéramos contentos nos convenía mudarnos a un espacio habitable, encima de nuestra sala de ensayo, un lugar llamado el Music Building en Jamaica, Queens. Lo llamó un «espacio habitable», pero no era un apartamento o algo parecido. Era una gran habitación vacía, sin frigorífico, ni ducha. Solo tenía un lavabo y un tostador. Los cinco —Mark Whitaker estaba allí, también— vivíamos de una nevera que llenábamos con cerveza y paquetes de pasta a la boloñesa. Esa era la dieta. Nos despertábamos a media mañana, comíamos, bebíamos un poco para sacarnos la resaca, pasábamos el rato y luego nos dormíamos otra vez. Nos despertábamos de nuevo con la caída del sol, como una horda de jodidos vampiros, y comenzábamos a tocar. Ensayábamos durante unas pocas horas y después bebíamos hasta desmayarnos. Al día siguiente hacíamos todo otra vez.

Sin duda dándole caña a la guitarra. James cantando detrás de

 

mí.

Fotografía de William Hale.

 

Enjabonar, enjuagar, repetir.

Ese era el ritmo de nuestras vidas.

Durante este período trabamos amistad con los muchachos de la banda Anthrax. El Music Building era su hogar también, aunque solo durante las horas del día, cuando ellos ensayaban. Soy amigo de alguno de esos tipos hasta el día de hoy, incluido el guitarrista Scott Ian. En aquel entonces Anthrax era una banda distinta a la que es ahora —menos pulida, menos refinada, con una alineación diferente— pero eran interesantes igualmente, y recuerdo haberlos visto tocar algunas veces y pensar que las cosas les iban a salir bien. La camaradería que habíamos conocido en la Bay Area estaba ausente en Nueva York, pero tuvimos una pizca de eso con Anthrax. Un día entré al estudio y comencé a hablar con Danny Lilker, bajista y miembro fundador de la banda (junto con Scott). Aún recuerdo la mirada en su cara — una mezcla entre diversión y lástima— mientras hablábamos. Solo puedo imaginarme que aspecto tendría yo… y el olor.

«¿Tronco, quieres venir a mi casa y darte una ducha?».

No necesitaba preguntármelo dos veces. Por el camino paramos en una pizzería y Danny me compró un par de porciones. Era algo pequeño tal vez pero fue un gesto de amabilidad que me pareció completamente genuino, y nunca lo he olvidado.

Mientras tanto, en el Music Building, la mierda clandestina continuaba. Era totalmente ignorante del plan maestro de Metallica, si es que algo así existía. Ciertamente, no tenía idea de que mi tiempo en la banda estaba por concluir, y que los planes para mi despido ya estaban en movimiento. Es evidencia de mi ingenuidad —o tal vez de mi complacencia inducida por el alcohol— que aunque cosas extrañas ocurrían yo fallaba en tomar acciones al respecto. Un día estábamos conduciendo por ahí, bebiendo y fumando hierba, siguiendo con la fiesta (o eso creía), cuando de pronto paramos en la casa de un tipo para ver sus equipos musicales. Este fulano tenía una pila de porquerías, amplificadores de segunda, Fender Bassmans, y yo no entendía por qué estábamos interesados en eso. Yo ya tenía bastante equipo —cosas de alta calidad—.

«¿Qué hacemos aquí?» le pregunté a Lars.

Él se encogió de hombros. «Siempre hacen falta más equipos».

James y Lars terminaron pidiéndole prestada una pila de mierda a este tipo. De repente, la primera vez que tocamos en Nueva York, mis amplificadores estaban del lado del escenario de James, y los amplificadores de porquería estaban de mi lado. Me dieron una excusa mentirosa como explicación, y yo me la tragué sin pelear. Pero en mi corazón sabía que algo andaba mal. El péndulo se mecía de un lado a otro, y solo era una cuestión de tiempo hasta que me cortara la piel.

Toqué solo dos shows con Metallica en Nueva York, en noches consecutivas. El primero fue el 8 de abril de 1983, en el Teatro Paramount de Staten Island. El segundo fue el 9 de abril, en el L’Amour de Brooklyn. Las dos noches compartimos escenario con Vandenburg y los Rods. Según recuerdo ambos shows salieron bien. Steve Harris de Iron Maiden estuvo entre el público, y me dijo más tarde lo mucho que había disfrutado mi forma de tocar; no era un cumplido menor, considerando la fuente.

Después, como era nuestra costumbre, todos salíamos a beber. Esa era nuestra forma de celebrar. También era nuestra forma de consolarnos. Bebíamos cuando estábamos felices, bebíamos cuando estábamos tristes. Bebíamos para matar el aburrimiento. Bebíamos en busca de inspiración y consuelo.

Bebíamos. Mucho.

A esa altura se había transformado en un patrón. Cuanto más bebíamos, más variaban nuestras personalidades. Esto ya lo he dicho, pero Lars y James se ponían raros, y por raros quiero decir bobos —infantiles—. Cuanto más bebían más tontos se ponían. Conmigo era otra historia. Cuanto más bebía, más buscaba una salida para mi furia y frustración. Quería salir y hacer daño. Así que aquella noche no estaba fuera de lo ordinario. Lo he pensado varias veces, he tratado de recordar algún incidente específico que hubiera provocado lo que pasó, pero sigo sin conseguirlo. La noche terminó como siempre, con nosotros cinco desmayados en el suelo del Music Building, borrachos y sexualmente satisfechos, demasiado adormecidos para que nos importara una mierda el precio que pagaríamos al día siguiente.

Me parece interesante que la ejecución se demorara más de veinticuatro horas. No sé por qué, pero por alguna razón esperaron hasta el lunes para darme la noticia. Pasamos juntos el domingo, recuperándonos de la resaca, dándonos palmaditas en la espalda por haber puesto de rodillas a Nueva York en noches consecutivas. Luego ensayamos un poco, bebimos otro tanto, y nos desmayamos otra vez. Cuando desperté el lunes por la mañana (11 de abril), estaban de pie sobre mí, los cuatro, con una gran resignación marcada en sus caras. Mis cosas estaban detrás de ellos, empaquetadas y listas para salir.

James y Cliff eran en esencia dóciles y evitaban la confrontación, así que su rol era básicamente de apoyo. Fueron Lars y Mark los que tomaron la iniciativa.

«¿Qué ocurre?» pregunté.

«Estás fuera de la banda», dijo Lars, sin un atisbo de emoción. «Coge tus cosas, te vas ahora mismo».

No supe qué decir. A pesar de todos los presagios me sorprendió. Todo por lo que había trabajado, todo lo que habíamos logrado —juntos— se derrumbaba frente a mí, y no podía hacer nada al respecto. Sentí como cuando estaba en la escuela primaria, cuando las cosas estaban fuera de mi control y cada día era una pesadilla vertiginosa.

«¿Q-Qué, sin advertencia?». Contesté. «¿Sin segunda oportunidad?».

Se miraron entre ellos, y lentamente comenzaron a negar con la cabeza.

«No», dijo Lars. «Se terminó».

Pelear parecía inútil. De todas formas no estaba dispuesto a someter la poca dignidad que me quedaba suplicando por mi puesto. Si estaban tan seguros —y obviamente así era— no tenía sentido tratar de hacerles cambiar de opinión.

«OK», dije. «¿Cuándo sale mi avión?».

Hubo una larga pausa mientras intercambiaban miradas. Lars me entregó un sobre.

«Aquí tienes tu billete de autobús», dijo. «Te vas en una hora».

He tenido varios días malos en mi vida, pero este permanece como uno de los peores, al lado del día en que murió mi padre. De hecho, este me dolió más.

«OK», dije. «Pero no usen mi material».

No me refería a los amplificadores o a cualquier otro equipo (todo eso tardó semanas en cruzar el país), sino a algo más precioso. Algo más personal.

Mis canciones.

Ellos asintieron con la cabeza y lentamente se apartaron. James fue elegido como el chófer designado, probablemente porque era mi amigo más cercano dentro de la banda. Tiramos mis cosas en la parte trasera de la camioneta y salimos de Queens en silencio, directos hacia la terminal de buses de Port Authority. Apenas si hicimos contacto visual mientras cruzábamos la ciudad. James ha cultivado una imagen de dureza y machismo con el paso de los años, pero yo hace tiempo que lo conozco. Sé quién es en su interior. Cuando me dejó en la terminal, había lágrimas en sus ojos. Ambos estábamos sufriendo.

«Cuídate», me dijo.

«Sí».

Nos abrazamos por última vez, y luego me aparté y caminé por la terminal. No miré hacia atrás. Solo cuando me senté en la sala de espera me di cuenta de algo importante: estaba jodidamente en bancarrota. Sin un dólar a mi nombre. Tenía que encarar un viaje de cuatro días en bus de Nueva York a California sin comida, agua, nada. Solo llevaba una bolsa de ropa sucia y mi guitarra. Por qué no pudieron darme unos pocos billetes —dinero de supervivencia— para el viaje, no lo sé. Tal vez no se les ocurrió. De todas formas pasé los cuatro días siguientes en el infierno de un pordiosero, pidiendo monedas, aceptando cualquier sobra de parte de los compañeros de asiento, una donut por aquí, unas patatas por allá. Más de una persona se apiadó de mí. Es interesante lo amable que puede ser la gente cuando no te conoce, cuando no tienen ninguna razón para ayudarte o confiar en ti, cuando estás en lo peor de la resaca y a punto de sufrir abstinencia porque no puedes pagarte una bebida, y apestas a sudor y alcohol. Pero esas personas están allí, y cuando te los cruzas recuperas tu fe en la humanidad.

Y no era que estuviese particularmente interesado en verle el lado bueno a la vida en aquel momento… o incluso por un largo tiempo. En un momento estaba sentado en la parte trasera del bus, mi estómago rugía, mi cabeza palpitaba. Vi un pasquín en el suelo. Lo levanté y comencé a leerlo, solo para pasar el rato realmente. Resultó ser un volante del senador por California Alan Cranston. La discusión se centraba primeramente en los peligros de la proliferación nuclear. Por alguna razón, una línea en particular resaltaba:

«El arsenal de la megamuerte no puede desarmarse a pesar de los tratados de paz».

Dejé que eso nadara por mi cabeza dolorida unos minutos —«el arsenal de la megamuerte… el arsenal de la megamuerte»— y luego, por alguna razón que no puedo explicar, comencé a escribir. Usando un lápiz prestado y un envoltorio de muffin escribí la primera letra de mi vida post Metallica. La canción se llamó «Megadeth» (dejé de lado la segunda «a»), y aunque nunca se hizo un camino para terminar en un álbum, sirvió como base para la canción «Set the World Afire».

No se me ocurrió que Megadeth —megamuerte, según el Senador Cranston, referida a la pérdida de un millón de vidas como resultado del holocausto nuclear— pudiera ser un nombre genial para una banda de thrash metal. Pero bueno, no estaba mirando tan lejos en aquel momento.

Solo quería llegar a casa.