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Dave Mustaine · Capítulo 6 de 21

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4 Metallica. Rápido, ruidoso, fuera de control

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Metallica. Rápido, ruidoso, fuera de control

 

The Young Metal Attack es adecuado; aquí soy apenas un

niño, todavía en Metallica.

Fotografía de William Hale.

«Si sigues hablando así, te voy a golpear en la boca».

 

E n el comienzo todo era más estilo que consistencia. Recuerdo haber ido de compras con Lars un día y sorprenderme de que se pasara la mayor parte de la tarde tratando de instruirme sobre cómo comprar zapatillas de marca. Aparentemente, era toda una ciencia, y Lars y yo no coincidíamos en la fórmula apropiada. Fíjense en las primeras fotos de Metallica y me verán usando unas Converse All-Stars de brillante cuero blanco con estrellas rojas a los lados. Esa era mi elección, no la de Lars. Por alguna razón, él tenía la opinión de que las estrellas de rock usaban las Chuck Taylor tradicionales.

«¡Al carajo!» dije. «Esas las usan los chicos de Fat Albert. No me voy a poner esa mierda».

Puedo estar equivocado, pero recuerdo esto como mi primera discrepancia con Lars. Puede sonar como un detalle menor, pero creo que apunta hacia lo inevitable de la disolución de Metallica tal cual era en su infancia. Demasiados cocineros en la cocina. Yo era un líder de banda. Lars también. Inevitablemente, el fracaso de ponernos de acuerdo en un objetivo común, o aceptar roles específicos surgió dentro del marco del grupo. Lo he visto una y otra vez. Los egos chocan, las personalidades inflamables se encienden. Las probabilidades de sobrevivir estos obstáculos —sin mencionar los desafíos artísticos, financieros y administrativos— son astronómicamente desfavorables.

Y aun así, en retrospectiva, entiendo lo que Lars estaba haciendo porque lo he hecho yo también: estaba tratando de formar tanto una imagen como una entidad musical. Su corazón, creo, estaba probablemente en el lugar correcto. Para mí, su gusto estaba equivocado. Un día trajo una foto de Diamond Head, una banda británica de heavy metal que él admiraba hasta la obsesión — incluso los había seguido como fanático durante su gira europea del año anterior—.

«Mira esto», dijo. «Estos tipos sí parecen estrellas de rock».

Contemplé la foto, con la boca abierta. Muchas cosas podían gustarte de Diamond Head, pero no precisamente la forma en que se vestían. Toda esa lycra negra, las botas blancas, las largas y amplias camisas de vestir desprendidas a la cintura, con la parte de abajo anudada, exponiendo el bajo vientre peludo del cantante… quería dar una carcajada.

«Lars, no puedo creer que un tipo se vista así. Parece una chica».

Verán, se trazaban líneas que no se podían borrar. Tenías que decidir qué tipo de música querías tocar, y tu apariencia tenía que reflejar esa música. En ese sentido, Diamond Head no era mi taza de café negro. Muchas bandas eran así. Consideren la importancia del pelo. Todos tenían cabello largo en aquellos días, a excepción de las bandas punk. En el hard rock y el metal el cabello era largo, y dentro de ese marco había que tomar una decisión:

Hacia arriba o hacia abajo.

O eras como Page y Plant (cabello hacia abajo, por ende genial) o eras como KISS, Mötley Crüe, y tantos otros imitadores (cabello hacia arriba, por ende no tan genial). Mi cabello iba hacia abajo. Siempre lo hizo y siempre lo hará.

Después vino el nombre. Toda banda necesita un gran nombre, ¿no? Discutimos y descartamos varios, incluido Leather Charm, que era como se había llamado una banda de corta vida en la que habían estado James y Ron. Era uno de esos nombres que me parecían increíblemente mal direccionados. ¿Leather Charm? ¿Qué es lo que estás buscando con eso? ¿Quién es tu audiencia? Sonaba cuestionable a la hora de proyectar la noción de un buen momento, si entienden a lo que me refiero.

Fue Lars quien sugirió «Metallica», y no se puede negar que era un gran nombre. El logo lo aportó James. La primera vez que vi el logo de Metallica todos estaban enloquecidos con lo genial que era, recuerdo haber pensado, guau, realmente lo es.

Si Metallica tenía oportunidades razonables de éxito, no podía decirlo. Sé que la primera vez que vi a Lars tocar la batería, me impactó su mediocridad. Aun así, había que admirar su determinación. Al chico le gustaba la música (y de la buena), y quería ser una estrella de rock. Que eventualmente se transformaría en el personaje maquiavélico que es hoy… bueno, eso no lo vi venir.

Obviamente no teníamos mucho material cuando comenzamos a ensayar por primera vez. El repertorio consistía primeramente en covers, así como canciones compuestas por James y su compañero anterior Hugh Tanner. La mayoría del material nuevo fue escrito por mí.

La rutina abdominal de Mustaine. Nota: soy tan joven en esta

 

foto que ni tengo pelo en el pecho.

Fotografía de Brian Lew.

 

En el invierno de 1982 Metallica entró al estudio por primera vez. Hacía poco que estábamos juntos, pero de algún modo terminamos en un rincón en Orange County, grabando «Hit the Lights». Cuando llegó el momento del solo de guitarra lo hice perfecto, y todos se volvieron locos con lo bien que estaba. Aunque por alguna razón, cuando salió la primera versión de la demo varios meses después en Metal Massacre, esta incluía algo del trabajo de guitarra de Lloyd Grant. Eso me sorprendió y me pareció extraño, contrario al espíritu de hermandad que impulsa a una banda, pero no me preocupé demasiado en ese momento. Las cosas estaban pasando rápido, y me dominaba la excitación de ser parte de ello.

Nuestro primer show fue el 14 de marzo del 82, en el Radio City de Anaheim, California. Fue una actuación cruda, descuidada, pero salvajemente energética, frente a unos doscientos metaleros, muchos de ellos amigos nuestros. Aun así, era una audiencia respetable para una banda desconocida en su primer recital. Para darles una idea de dónde estábamos musicalmente, casi la mitad de la lista de nueve canciones eran covers de Diamond Head. También hicimos «Hit the Lights». En aquel momento la única canción que razonablemente podía ser considerada original de Metallica —una canción escrita exclusivamente por uno de los miembros de la banda— era «Jump in the Fire».

Esa era mía.

 

Uno de los primeros pasquines anunciando un concierto.

Fotografía de Brian Lew.

 

Lo señalo simplemente para ilustrar que mi rol en Metallica era bastante importante. Era la primera guitarra y uno de los compositores principales. El rol de un miembro de una banda no llega a ser más vital que eso. No me preocupaban las cuestiones territoriales en aquel entonces. Simplemente nos divertíamos, tocábamos música, desparramábamos como locos, tratábamos de mejorar con cada concierto. Estábamos todos juntos en esto, al menos por un tiempo.

Cada uno tenía sus fortalezas y debilidades, y es interesante mirar hacia atrás y ver cómo se veía Metallica en aquellos días. En el intento de llenar el rol de frontman y cantante, James no tocó la guitarra esa noche, tardaría un tiempo en hacerlo. Pero había un pequeño problema: James no era un tipo naturalmente sociable, y tampoco en el escenario. En uno de nuestros primeros shows, lo recuerdo de pie frente al micrófono, congelado, temeroso de emitir palabra. No me refiero durante una canción —James no tenía problema en cantar o actuar, y después, cuando tomó la guitarra, probó ser un sólido guitarrista también—. ¿Pero comunicarse con el público? Eso era difícil para él. En un punto, sintiendo su ansiedad, caminé hasta el micrófono y comencé a hablar. Ese fue el comienzo de mi personaje como un guitarrista locuaz y usualmente provocativo. Un agitador, en otras palabras. La tradición, por supuesto, dicta que los guitarristas actúan sin decir palabra. Pueden saltar o tirarse al suelo, arrancarse la ropa, o hasta prender fuego sus instrumentos. Pero no se supone que hablen. Ese rol está asignado al cantante. Todos saben que así es como debe ser.

No me preocupaba. Estaba haciendo algo que había surgido naturalmente.

Dos semanas más tarde dimos un gran salto, tocando un par de shows en una noche, en el Whisky de Hollywood, abriendo para Saxon. El crédito de esto le corresponde a Ron, gracias a sus conexiones con Mötley Crüe. Ron había llevado una demo de tres canciones al club, con la esperanza de tener una audiencia con el administrador. Allí se topó con los Mötley Crüe y les contó su plan. Ellos se ofrecieron a ayudarlo. Si eso suena como una gentileza, bueno, en realidad no lo era. Mötley Crüe había sido contratado originalmente para abrir en los shows de Saxon, pero en algún punto ellos, o sus mánagers, habían decidido que ahora eran demasiado grandes para actuar como teloneros; querían ser la banda principal. Y como nosotros estábamos listos, dispuestos y a mano, con una demo sólida como carta de presentación, caímos en el momento justo.

Es obvio que hablar cuando no era el frontman era gracioso

para mí mientras estaba en Metallica.

Fotografía de William Hale.

 

De nuevo, en ambos shows, hicimos covers en su mayoría. Aunque esta vez tocamos dos composiciones mías, «Jump in the Fire» y «Metal Militia». Estuvimos más ajustados y cometimos menos errores que en Anaheim, pero ciertamente no fuimos perfectos. Recuerdo haberle quitado el micrófono a James otra vez, y haberme movido por todo el escenario mientras tocaba. En los días que siguieron generamos bastante revuelo, aunque inicialmente la prensa del rock tradicional no parecía impresionada. De hecho, nuestra primera reseña fue un puñetazo directo a casi todo sobre Metallica.

Con una notable excepción.

«A Saxon también le vendría bien un guitarrista veloz y excitante, al estilo Eddie Van Halen. El cuarteto telonero Metallica tiene uno, pero no mucho más. El grupo local necesita un desarrollo considerable para superar la incomodidad generalizada».

Antes de que se necesitaran barricadas en los conciertos de

Metallica.

Fotografía de William Hale.

 

¡Ouch!

No recuerdo que me diera placer ser destacado como el único punto brillante de un show olvidable (estoy seguro de haberme levantado en defensa de mis compañeros). Experimentábamos dolores de crecimiento, nada diferente a lo que han tenido que soportar las grandes bandas. La verdad es que estábamos haciendo algo radical. Éramos rápidos, ruidosos y peligrosos, en los extremos del heavy metal. Prácticamente hablando, el thrash comenzó con lo primero de Metallica, tanto en forma como actitud.

Los meses siguientes trajeron un borroso caleidoscopio de ensayos, composición, actuaciones y fiesta. Todo ocurría muy rápido. Hubo una demo de cuatro pistas (comúnmente conocida como The Power Demo en el mundillo de Metallica) que grabamos en el garaje de Ron McGovney. Esa cinta incluía dos de mis canciones, «Jump in the Fire» y «The Mechanix», junto con «Hit the Lights» y «Motorbreath», acreditadas a James (aunque creo que en su etapa naciente pertenecían, al menos en parte, a Hugh Tanner, compañero de James en Leather Charm).

No estoy seguro de cómo conseguimos lograr todo lo que hicimos, teniendo en cuenta el estilo de vida que llevábamos —todo el sexo, las peleas, las drogas, el alcohol y el vómito—. Pero lo hicimos. Nuestro repertorio se expandió, nuestras actuaciones mejoraron. Y rápidamente nos dimos cuenta que para alcanzar la pesadez que queríamos, necesitábamos otro guitarrista más. Como James seguía interesado en cantar solamente, reclutamos a un tipo llamado Brad Parker. El primer día de ensayo apareció vistiendo una camisa a rayas con mangas francesas como las que usan los marineros rusos. Tenía delineador y un aro con una pluma blanca en la oreja. Le eché una mirada y comencé a reírme.

Tío, si duras un solo día en esta banda estaré sorprendido, pensé.

En realidad duró varios días —semanas tal vez— pero no lo suficiente como para que importara. Tocó un show con nosotros, en un lugar llamado el Music Factory, en Costa Mesa. Antes de subir al escenario me dijo, «escucha, cuando estemos tocando, llámame Damien, ¿OK?».

«¿Qué?».

«Damien… Damien Phillips», dijo.

«¿Quién coño es Damien Phillips?».

Sonrió.

«Soy yo. Es mi nombre artístico».

Aquella fue la primera y única vez que Brad Parker y/o Damien Phillips tocó con Metallica. Nuestro próximo concierto fue un mes más tarde, poco antes del Memorial Day de 1982, con James tocando guitarra rítmica y cantando. A esas alturas ya nos habíamos cansado de los farsantes y de la búsqueda infinita de otro guitarrista, así que simplemente decidimos animar a James para que lo hiciera él; por supuesto, resultó ser un guitarrista formidable.

Durante el verano nuestra agenda se intensificó, al igual que nuestra reputación. Hicimos al menos un concierto por semana en varios sitios por el sur de California: el Troubadour y el Whiskey en Hollywood, el Woodstock en Anaheim, y un número indefinido de fiestas y conciertos en lugares que jamás han oído nombrar. La primera versión de Metal Massacre fue lanzada en junio, y al cabo de un mes nos encontrábamos en un estudio, trabajando con el ejecutivo de una discográfica llamado Kenny Kane. Este tipo era dueño de un sello punk y aparentemente tenía la impresión de que Metallica le gustaría a esa clase de público, así que nos ofreció la oportunidad de grabar un EP. Cuando Kane escuchó las cintas, bueno, supongo que no estaba emocionado, ya que (obviamente) Metallica no era una banda punk. Nos retiró la oferta de lanzar el EP pero nos quedamos con las cintas. La demo resultante, titulada No Life Till Leather, consistía en siete canciones: «Hit the Lights», «Mechanix», «Phantom Lord», «Jump in the Fire», «Motorbreath», «Seek and Destroy» y «Metal Militia».

Yo fui el principal compositor en cuatro de esas canciones: «Mechanix», «Phantom Lord», «Jump in the Fire» y «Metal Militia». Sin intención de sonar amargo, es importante notar que esta demo, la cual produjo la chispa del fenómeno underground en que Metallica se convirtió, se posiciona como una evidencia indiscutible en la guerra entre aquellos que piensan que mis contribuciones fueron significativas (fans de Megadeth, principalmente) y aquellos que no (fans de Metallica). Cuando Metallica lanzó su primer álbum, en 1983, las cuatro canciones fueron incluidas (aunque «Mechanix» había sido modificada y titulada «The Four Horsemen», y yo recibí crédito compositivo igualmente).

No Life Till Leather se transformó en nuestra carta de presentación, y lo usamos para construir una audiencia desde L. A. hasta San Francisco. No teníamos un contrato formal, ni medios para distribuir las canciones, pero eso estaba lejos de ser un obstáculo insalvable. Las cintas eran copiadas y pasadas de mano en mano y en poco tiempo estuvimos tocando frente a fanáticos que se sabían las letras de nuestras canciones, lo que debo decirles es la experiencia más emocionante que puede tener una joven estrella de rock. Estábamos mejorando y lo sabíamos.

También estábamos fuera de control, por completo. Nunca negaré que yo era problemático en aquellos días. Era agresivo, impulsivo e impredecible, y bebía más de la cuenta. Pero también todos los demás de la banda. Prácticamente, vivíamos en nuestros coches, conduciendo hacia un lado y otro de la costa, bebiendo antes y después de los ensayos y conciertos. No era raro que uno o más miembros de la banda perdiera el conocimiento durante esos viajes, y despertara luego descubriendo que tenían el cuerpo y la cara pintados. Compartíamos hogares, dinero, equipos, drogas, alcohol, chicas. Era una vida de total decadencia (y a veces sumamente divertida). Para todos nosotros.

La diferencia, y una importante supongo, es que éramos dos clases de borrachos. Yo era comúnmente un borracho hostil e iracundo; Lars y James eran borrachos alegres. Inofensivos la mayor parte del tiempo, aunque sus payasadas eran infantiles y a veces, según mi parecer, extrañamente hirientes. Por ejemplo, eran implacables en sus abusos a Ron McGovney, algo que yo atribuía al hecho de que a Ron le faltaba voluntad para defenderse.

Mientras No Life Till Leather se daba a conocer, lo mismo ocurría con nuestra reputación. Nos encontramos pasando cada vez más tiempo en la carretera, recorriendo la costa entre L. A. y San Francisco. Invariablemente, esos viajes se transformaron en ejercicios de humillación para Ron. En cada viaje, uno de los zapatos de Ron era arrojado de la camioneta, solo para que Lars y James pudieran verlo cabrearse. Pero rara vez se defendía. Si me hubieran tratado así yo me habría ido. Pero Ron era un arrastrado, así que los seguía, quejándose y lloriqueando, y aun así recibía su cheque más a menudo que los demás. Se quedaba sentado en la camioneta, con la mirada como si fuera a llorar, mientras James y Lars se emborrachaban y compartían comida. Literalmente —una vez vi a Lars dar un mordisco a un sándwich, masticar, y luego inclinarse y escupir el bocado en la boca abierta de James, como un ave madre alimentando a su polluelo—. Mi umbral de la depravación estaba bastante elevado en aquellos días, pero recuerdo con cierta claridad que ese rito de iniciación, o lo que fuera, me parecía realmente jodido.

Es admisible que mi persona arriba del escenario —enfurecido, tratando de tocar la guitarra tan rápido que casi quemaba mis dedos— no estaba lejos de ser como el de abajo del escenario. Cuando bebía, me volvía usualmente combativo. No siempre buscaba pelea, pero con certeza jamás evité una. Incluso cuando involucraba a mis amigos y compañeros de banda.

Previo a la formación de Metallica, había comprado un par de perros para evitar que la gente entrara a robar en mi casa (algo que había ocurrido, en parte por mis intereses «comerciales»). Estos eran cachorros formidables — terriers de Staffordshire (que son similares a los pit bulls) cruzados con crestados de Rhodesia— y naturalmente hacían que alguna gente se cagara de miedo. Pero también eran muy cariñosos y leales, y yo los quería muchísimo. Cuando viajaba a casa de Ron para ensayar o tenía algún concierto, los dejaba para que cuidaran la casa. Aunque a veces uno de los perros solía acompañarme. Un día del verano de 1982, fui en coche hasta el ensayo, y cuando dejé bajar al perro (una hembra en este caso) comenzó a correr por ahí. Los perros hacen eso después de haber estado encerrados por un tiempo. En un momento, la perra saltó sobre el guardabarros delantero del coche de Ron, un hermoso Pontiac GTO, provocando que James le diera una dura patada en el lomo. La perra (que era apenas un cachorro) soltó un quejido y salió corriendo.

Y yo me volví loco.

«¿Qué estás haciendo?».

«Está arañando el coche, hombre», dijo James, como si eso fuese una excusa aceptable para patear al perro.

«¡Jódete!».

La pelea en sí no ocurrió allí. Fue como cuando hay una demora inesperada entre el gatillo apretado y la descarga actual del arma de fuego. Sabes qué es lo que sigue, y no hay cómo detenerlo. Es solo una cuestión de tiempo. James y yo nos insultamos uno al otro y dejamos de hablarnos, hasta que estuvimos dentro de la casa de Ron preparándonos para ensayar y las tensiones estallaron. Hubo otra ronda de acusaciones e insultos, más malas palabras, más amenazas.

«Si sigues hablando así, voy a golpearte en la boca», dije.

«¡Vete a la mierda!».

En medio de este intercambio, Ron salió del baño y apareció en el salón. James y él se conocían de tiempo atrás, y a pesar del hecho de que James a veces lo trataba como a una mierda Ron instintivamente defendía a su amigo.

«Si le das, tendrás que darme a mi primero».

«Cierra la boca y siéntate coño», dije.

Y luego James saltó en defensa de Ron. «Si lo tocas, vas a tener que golpearme primero». Jesús, pensé, ¿qué es esto, algún jodido programa de juegos?

Me di cuenta de que tendría que tomar una decisión.

«OK, tú ganas», dije, y lancé un derechazo cruzado que fue a dar contra la cara de James, transformado su boca en una pila de chicles ensangrentados. Para mi sorpresa, Ron saltó inmediatamente sobre mi espalda. En un acto reflejo, lo lancé por encima de mi cadera como en el judo; voló a través de la habitación y aterrizó sobre un mueble que sostenía una consola de videojuegos, desparramando astillas de aglomerado por todo el lugar y destruyendo el viejo juego de Pong que estaba conectado a la TV. La pelea no continuó gracias a la presencia de mi amigo y compañero de artes marciales Rick Solis, quien intervino rápidamente. Yo estaba enfurecido, listo para matar a Ron y James, cuando Rick llegó desde atrás y me agarró por el codo,

apretándome el nervio cubital y dejándome así incapacitado[3]. Nos quedamos allí de pie, sin decir palabra, cuando de pronto James comenzó a gritarme.

«¡Estás fuera de la banda! ¡Sal de aquí y vete a la mierda!».

Ron estaba gritando también. Lars, mientras tanto, estaba de pie en un rincón tratando sin éxito de mediar un arreglo. «Vamos, hombre… no quiero que esto termine así».

«¡Que os jodan! ¡Renuncio!».

«¡Bien! ¡Jódete tú también!».

 

AUNQUE NUESTROS DESENCUENTROS jamás habían llegado a ese nivel de intensidad, es de notar que a esta altura Metallica ya era una banda que luchaba con los conflictos de personalidad. Cada uno de nosotros era culpable de apuntar con el dedo acusador en algún momento u otro. Mi puesto estaba asegurado, hasta donde podía decir, pero obviamente fallé al medir la gravedad de la situación.

La expulsión duró apenas 24 horas. Regresé para el ensayo del día siguiente, me disculpé con todos, y me dieron la bienvenida. Todo estaba bien. Pero no era así. Algunas cosas no se pueden deshacer, como en este caso. En muchas maneras ese fue el comienzo del fin. Ron y yo comenzamos a sentirnos cada vez más molestos el uno con el otro. Yo pensaba que él era un engreído, malcriado y no particularmente talentoso; él me veía como impredecible y peligroso, y no estaba equivocado debo confesar. Cuando entraron a robar en su casa y se sospechó que los responsables eran gente que yo conocía (no amigos míos, aclaro, y ciertamente no tenía idea de lo que habían hecho), Ron se cabreó y me echó la culpa. Mi respuesta, y no lo digo con orgullo, fue entrar a la sala de ensayo un día que Ron no estaba y verter una lata de cerveza dentro de las pastillas de su bajo Washburn, destruyendo así una costosa pieza de su equipo.

Descargando altavoces con Ron antes de un show.

Fotografía de Brian Lew.

 

Yo sabía que esto enfurecería a Ron, pero no me importaba. Mi razonamiento era el siguiente:

Tú no me gustas, no me gusta que me culpes del robo a tu casa, no me gusta que seas un nene de mamá, no me gusta que te salga todo bien, todo servido en bandeja, y que no lo valores. No parece que seas uno de nosotros.

En este punto, a finales del otoño de 1982, Metallica había comenzado a tocar regularmente en San Francisco, donde la escena del metal era mucho menos artificial que la de Los Ángeles. El pelo y el maquillaje eran menos importantes que la música. A la hora de tocar, Metallica era algo que nadie había visto u oído antes. Pero siempre había lugar para mejorar. Y ahí es donde apareció Cliff Burton.

Detrás de escena con Metallica. Nuestra primera foto con

Cliff Burton en 1983.

Fotografía de Brian Lew.

 

Cliff era el bajista estrella de una banda de la Bay Area llamada Trauma. El término solamente —«bajista estrella»— debería decirles algo, porque los bajistas están típicamente en la base de la cadena alimentaria del rock and roll. Los guitarristas y los cantantes están en la cima, los baterías en el medio y los bajistas en la base. Una vez me citaron diciendo, «tocar el bajo está a un paso de tocar el silbato», lo que de forma predecible jodió a muchos bajistas, pero es esencialmente cierto. Por supuesto, hay excepciones a cada regla, y definitivamente Cliff no era un pretencioso ejecutante del silbato. Era brillante. La primera vez que lo vi tocar supe que era algo especial, también Lars y James, por eso comenzaron a acercarse disimuladamente cuando Ron

McGovney aún estaba en la banda[4].

Valía la pena conseguir a Cliff, y creo que todos (excepto Ron) lo veíamos como la «pieza que falta». Habíamos llegado a San Francisco como la banda del momento, una sensación underground que rápidamente sobrepasó a todos, incluso a los populares reyes del thrash local Exodus.

Estábamos armados y listos para disparar, con un agotador show que incluía un hijo de puta peligroso y bocazas en la guitarra y un estilo de heavy metal que era al mismo tiempo más rápido, más pesado y más melódico que el de cualquiera. Éramos de verdad. Al igual que Cliff. Trauma no era gran cosa, pero todos sabían que valía la pena ver a la banda al menos para atestiguar la magia de Cliff con el pedal wah-wah. No es común que un bajista destaque como la estrella de una banda, pero Cliff lo lograba, con su melena salvaje, y su estilo de tocar musculoso y atlético. Era un innovador.

También dudaba de unirse a Metallica o a cualquier otra banda que no estuviera en la Bay Area. Pero Lars siguió persiguiéndolo. Casualmente cuando Ron se fue justo unos días después del ultraje a su bajo Washburn la puerta se abrió para que Cliff se uniera a la banda. Hubo que ceder en algunas cosas. Cliff estaba impresionado con lo que había visto de nuestro trabajo y estaba más que dispuesto a cambiar a Trauma por Metallica. Bajo una condición.

Tendríamos que mudarnos a San Francisco.

Si hubo mucha oposición a esto no lo recuerdo. Todos sabíamos que Cliff era lo suficientemente talentoso como para hacernos una petición que ordinariamente hubiéramos considerado escandalosa: ¿Mudarnos toda la banda? ¡Por un bajista! Así de bueno era él. Y éramos así de impulsivos, deseosos de hacer cualquier cosa para tener éxito. Pienso que todos nos dábamos cuenta que al agregar a Cliff podríamos ser la banda más grande del mundo.

 

LA TRANSICIÓN TOMÓ unos pocos meses, en los cuales alteramos nuestra rutina profesional y de vida en un intento de ahorrar algo de dinero para la mudanza a San Francisco. Poco antes de la Navidad del 82 James fue expulsado de la casa de Ron McGovney (nada sorprendente, ya que Ron no tenía intenciones de seguir soportando a James después de haberse ido de Metallica). Yo ya me había mudado a la casa de mi madre porque… bueno, porque estaba en bancarrota. Así que invité a James a que viviera conmigo y con mi madre, creando una variación de la serie Apartamento para tres con resultados predeciblemente desastrosos. De repente tenías dos guerreros del heavy metal viviendo con mi mamá, la tranquila ama de llaves. Decir que estaba deprimida por todo el arreglo era subestimarla, y no solo por su afiliación religiosa. El estilo de vida que llevábamos —el alcohol, las peleas, la juerga— era suficiente para preocupar a cualquier padre. ¿Pero soportarlo bajo su propio techo? No debe haber sido fácil. Especialmente cuando comenzó a darse cuenta que no era una simple etapa de mi vida. Era bastante bueno tocando la guitarra y me tomaba en serio el vivir de eso. Pero esa no era la única razón por la que tocaba. No solo era pavonearme y conseguir chochitos mientras trataba de ser famoso. Cuando sostenía una guitarra en mis manos, me sentía bien conmigo mismo. Cuando tocaba música, experimentaba una sensación de bienestar y talento que nunca conocí de niño. Cuando interpretaba las canciones que me gustaban, me sentía conectado a ellas y a los músicos que las habían compuesto. Y cuando comencé a escribir mis propias canciones, me sentí como un artista, capaz de expresarme por primera vez. Tal vez mi madre sentía todo esto y por eso soportaba toda la locura. O simplemente eso es lo que las madres hacen.

 

Tocando con Cliff Burton en la Mansión de Metallica (la casa

de Mark Whitaker).

Fotografía de Brian Lew.

 

De todas formas, por respeto a mamá (y por miedo a que me atraparan), dejé de vender drogas y traté de ganar dinero de una forma más respetable. Lars había conseguido un trabajo nocturno repartiendo periódicos para el Los Angeles Times y me preguntó si quería trabajar también. Lo hice por un tiempo, pero odiaba el horario y la monotonía del trabajo. A veces, solo para hacerlo más interesante, Lars y yo repartíamos juntos. Andábamos en el AMC Pacer de su madre a toda velocidad por los barrios, a veces abollando autos estacionados o buzones. Hubo pocas imágenes más graciosas que ver a Lars conduciendo el Pacer, que era básicamente una pecera con ruedas. Verlo zigzaguear por la calle en uno de los autos más feos de la historia, lanzando diarios por la ventanilla sin que le preocuparan dónde aterrizaban, era imposible no reírse. Era como un videojuego: ¡Malvado repartidor de periódicos danés!

Solo faltaba que Orson Welles o James Earl Jones hicieran la narración: «¡Metallica va a atraparte!».

Para febrero de 1983 ya nos habíamos mudado a la Bay Area, específicamente a El Cerrito, hogar del mánager de Exodus, Mark Whitaker, quien pronto sería mánager de gira y facilitador de Metallica. La casa de Mark, conocida cariñosamente como la Mansión de Metallica, se convirtió en la base para todas las cosas relacionadas con la banda. Lars y James se mudaron enseguida y ocuparon los dos dormitorios disponibles. Yo me conformé con una porquería de habitación que parecía una caja —sin ducha, lavabo o refrigerador— en la casa de la abuela de Mark, a una hora de distancia. Vivía con una conservadora de poliestireno, en la cual guardaba todo lo que necesitaba para pasar el día… o para dos días… incluso tres. Uno de los muchachos, usualmente Cliff Burton, pasaba en coche a buscarme por la mañana y me llevaba a los ensayos. Cliff y yo nos acercamos bastante en ese par de meses, simplemente porque pasábamos mucho tiempo juntos. Íbamos y veníamos en coche, fumando la horrible marihuana que cultivaba Cliff, hablando sobre música y escuchando música. Y no solo metal o incluso hard rock del viejo sino cosas que nunca asociarías con Metallica. Puedo recordar varios momentos en los cuales íbamos conduciendo, compartiendo un porro, y cantando a los gritos canciones de Lynyrd Skynyrd.

Cuando terminaban los ensayos y los otros comenzaban a hablar de hacer otra cosa el resto del día yo sugería seguir tocando. No necesariamente porque adorara ensayar sino porque no soportaba la idea de regresar a quedarme solo en aquella habitación. A veces hasta rechazaba irme; me quedaba a dormir en el sofá durante días. Era vivir al día de forma extraña y surrealista. Ya había estado allí antes, por supuesto; había crecido en la pobreza, pidiendo monedas para comprar cerveza, conocía lo que era usar el mismo par de vaqueros sucios día tras día y vivir comiendo cajas de macarrones con queso marca Kraft solamente. Pienso que era más difícil para Lars y James. Y por esa razón, junto con el hecho de considerarnos hermanos de armas usualmente terminaba defendiéndolos.

Una vez, por ejemplo, estábamos todos en una fiesta, y entraron los tipos de una banda conocida como Armored Saint. Como ocurre algunas veces en estas situaciones, las provocaciones verbales inofensivas dan lugar a insultos personales y desagradables, abriendo camino a la confrontación física. Tomaron a Lars como blanco, probablemente porque era el más pequeño. No recuerdo exactamente cómo comenzó; sí recuerdo saltar de mi silla y decirles que dejaran en paz a mi amigo. Se rieron de mí tanto como se habían reído de Lars, lo cual no era una buena idea. Lars no era un luchador, pero yo sí. Tenía entrenamiento y experiencia. Y lo principal, me importaba una mierda.

Mientras que los tipos de Armored Saint se apilaban como perros encima de Lars, yo corrí por la habitación y le apliqué una patada a la primera persona que encontré en mi camino. Su nombre era Phil Sandoval, y era el primer guitarrista de la banda. Lo primero que escuché fue un sonoro ¡crack! Como el sonido de una rama partiéndose a la mitad. Y luego el sonido de alguien quejándose mientras Phil se caía al suelo agarrándose la parte baja de la pierna.

Le había roto el tobillo.

Sobra decir que ese fue el final de la pelea, cuento la historia no para alardear sino para apuntar cómo me sentía hacia Lars, James y Cliff. Habría

hecho cualquier cosa por ellos. Eran mis amigos[5].

Aunque tenía aspecto de pistolero, James tampoco se destacaba a la hora de las confrontaciones. Una noche fui al Mabuhay Gardens, un club nocturno en North Beach llamado comúnmente el «Old Mabuhay», con James y su novia. Mientras estábamos fuera, esperando a que el club abriera, una chica llegó corriendo desde un callejón cercano, sacudiendo los brazos y gritando a más no poder.

«¡Me rompió la nariz! ¡Me rompió la nariz!».

No tenía idea de quién era o qué había ocurrido. Y no me importaba. Instantáneamente sentí el shock de adrenalina que te da antes de una pelea. Miré a James, no dije una palabra. Solo sonreí, y podría decir lo que estaba pensando probablemente.

Oh, ¿qué es lo que hará este loco de mierda ahora?

Finalmente, le palmeé el hombro y le dije, «¡Vamos, amigo!».

Así que nos aventuramos por el callejón, apenas pudiendo ver algo. Yo estaba tranquilo, pero detrás de mí, James iba gruñendo, resoplando, aullando amenazas a medias.

«¡Voy a matarte, hijo de puta!».

Casi me provoca risa. James no estaba amenazando a nadie sino silbando mientras pasaba por el cementerio. Ustedes saben, como cuando uno es un niño, tratando de convencerse que no le teme a algo cuando en realidad está por cagarse en los pantalones.

Al final del callejón había una furgoneta estacionada. Al acercarnos, con James gritando todavía, la puerta del conductor se abrió, y bajó un hijo de perra enorme.

«¿Cuál de ustedes, idiotas, es el que quiere matarme?», dijo, la expresión de su cara señalaba ebriedad o una completa falta de miedo. Tal vez ambas.

Antes de poder responder, James dio un rápido paso hacia atrás y gritó: «¡Él!». Me di la vuelta para ver que James me estaba apuntando.

Muchas gracias, hermano…

No había tiempo de dar explicaciones. El grandote se lanzó hacia mí, y mientras avanzaba, abrí mi mano, con el pulgar hacia abajo, y le agarré la nuca. Luego le barrí el pie desde atrás, lo lancé al suelo, y comencé a darle golpes de conejo en su cabeza hasta dejarlo inconsciente.

Unos minutos más tarde llegaron los polis y se llevaron al tipo esposado. James y yo volvimos a la entrada del club, haciendo como si nada hubiera pasado, pero por dentro me sentía bastante conmocionado. Cuando desperté al día siguiente mi mano estaba hinchada y lastimada, como si hubiese golpeado una pared. Cuando James me preguntó si estaba bien, simplemente asentí. Nunca hablamos en forma explícita sobre cómo se desarrolló el incidente. No tenía sentido hacerlo. Cada uno es como es. Y yo aceptaba a James como era.