No me puedes lastimar
10. Los errores te empoderan
CAPÍTULO DIEZ
LOS ERRORES TE EMPODERAN
El 27 de septiembre de 2012, me encontraba en un gimnasio improvisado en
la segunda planta de Rockefeller Center 30, preparado para batir el récord
mundial de dominadas en barra, en un período de veinticuatro horas. Ese era
el plan, al menos. Savannah Guthrie estaba allí, junto con un funcionario del
Libro Guinness de los Récords Mundiales y Matt Lauer (sí, ese maldito hijo
de puta). Una vez más, mi objetivo era recaudar dinero —mucho dinero esta
vez— para la Fundación de Guerreros de Operaciones Especiales, pero
también quería ese récord. Para conseguirlo tenía que actuar bajo los focos del
Today Show.
La cifra que tenía en la cabeza era 4,020 dominadas. Suena sobrehumano,
¿verdad? A mí también me lo parecía, hasta que lo analicé y me di cuenta de
que si podía hacer seis dominadas por minuto, cada minuto, durante
veinticuatro horas, lo batiría. Eso es aproximadamente diez segundos de
esfuerzo y cincuenta segundos de descanso, cada minuto. No sería fácil, pero
lo consideraba factible dado el empeño que le había puesto. En los últimos
cinco o seis meses, había hecho más de 40,000 dominadas y estaba bien
contento de estar a punto de afrontar otro gran reto.
Después de todos los altibajos desde mi segunda operación de corazón,
necesitaba esto.
La buena noticia es que la operación funcionó. Por primera vez en mi vida
tenía un músculo cardíaco que funcionaba a pleno rendimiento y no tenía
prisa por correr o montar. Fui paciente con mi recuperación. De todos modos,
la Marina no me autorizaría a operar y, para seguir en los SEAL, tuve que
aceptar un trabajo que no involucraba despliegues ni combate. El almirante
Winters me mantuvo en el reclutamiento durante dos años más, y yo me
mantuve en el camino, compartiendo mi historia con oídos dispuestos y
trabajando para ganar corazones y mentes. Pero todo lo que realmente quería hacer era aquello para lo que me habían entrenado: ¡luchar! Intenté curar esa
herida con vueltas al campo de tiro, pero disparar a blancos sólo me hacía
sentir peor.
En 2011, después de reclutar durante más de cuatro años y de pasar dos
años y medio en la lista de incapacitados debido a mis problemas cardíacos,
finalmente recibí el visto bueno del médico para volver a operar. El almirante
Winters se ofreció a enviarme a cualquier lugar que quisiera. Conocía mis
sacrificios y mis sueños, y le dije que tenía asuntos pendientes con Delta.
Firmó mis papeles y, tras cinco años de espera, mi «algún día» llegó.
Recibí la Medalla al Servicio Meritorio por mi trabajo de reclutamiento.
Elegido marinero del trimestre, de enero a marzo de 2010.
Una vez más, me dejé caer por los Apalaches para la Selección Delta. En
2006, después de que fácilmente me eché la carrera con peso de treinta
kilómetros en nuestro primer día de trabajo real, escuché algunas reacciones
bienintencionadas de algunos de los otros chicos que estaban muy en contacto
con la fábrica de rumores. En la Selección Delta todo es un secreto. Sí, hay
tareas y entrenamiento claros, pero nadie te dice cuánto duran o durarán
(incluso la carrera de treinta kilómetros era una estimación basada en mi
propia navegación), y sólo los cuadros saben cómo evalúan a sus candidatos.
Según los rumores, utilizan ese primer recorrido como referencia para
calcular la duración de cada tarea de navegación. Es decir, que si vas con
todo, es como consumir tu propio margen de error. Esta vez, tenía esa
información antes de empezar, y podría haber ido a lo seguro y tomarme mi
tiempo, pero no iba a salir entre esos grandes hombres a dar un esfuerzo a
medias. Me esforcé aún más para asegurarme de que vieran lo mejor de mí, y rompí mi propio récord del recorrido (según esa fiable fábrica de rumores)
por nueve minutos.
En lugar de oírlo de mí, me puse en contacto con uno de los hombres, que
estaba en la Selección Delta conmigo, y a continuación está su relato de
primera mano sobre cómo se desarrolló aquella carrera con peso:
Antes de hablar de la marcha por carretera, tengo que dar un poco de contexto en los días
previos. Cuando llegas a la selección no tienes ni idea de lo que te espera, todo el mundo oye
historias pero no tienes una idea completa de lo que vas a vivir… Recuerdo que llegué al
aeropuerto esperando un autobús y todo el mundo estaba por ahí platicando y diciendo tonterías.
Para mucha gente es como una reunión de amigos que no has visto en años. También es el
momento en el que empiezas a evaluar a todo el mundo. Recuerdo que entre la mayoría de la
gente que hablaba o se relajaba, había una persona que estaba sentada en su maleta, de mirada
intensa. Esa persona que más tarde descubriría era David Goggins, se podía decir desde el
principio que sería uno de los tipos al final. Como soy corredor, lo reconocí, pero no lo entendí
hasta después de los primeros días.
Hay varias pruebas que sabes que tienes que hacer nada más empezar el curso; una de ellas
es la marcha por carretera. Sin especificar distancias, sabía que iba a ser bastante larga, pero me
sentía cómodo corriendo la mayor parte de ella. En cuanto a la selección, había estado en las
Fuerzas Especiales durante la mayor parte de mi carrera y era raro que alguien terminara antes
que yo en una marcha por carretera. Me sentía cómodo con la mochila en mi espalda. Cuando
empezamos, hacía un poco de frío y estaba muy oscuro, y cuando arrancamos yo estaba donde
me sentía más cómodo, al frente. En los primeros cuatrocientos metros, un tipo pasó volando a
mi lado, y pensé: «Es imposible que pueda mantener ese ritmo». Pero pude ver la luz de la
lámpara en su cabeza seguir alejándose; supuse que lo vería en unos cuantos kilómetros después,
cuando el recorrido lo azotara.
Este recorrido de marcha por carretera en particular tiene fama de ser brutal; había una
colina que, mientras subía, casi podía extender la mano delante de mí y tocar el suelo, era así de
empinada. En este punto, sólo había un tipo delante de mí y vi huellas que eran dos veces más
largas que la longitud de mi zancada.
Estaba asombrado, mi pensamiento exacto fue: «Esta es la mierda más loca que he visto; ese
tipo subió esta colina corriendo». Durante las siguientes dos horas, esperaba doblar una esquina
y encontrarlo tirado a un lado del camino, pero eso nunca sucedió. Una vez que terminé, estaba
colocando mi equipo y vi a David pasando el rato. Hacía un rato que había terminado. Aunque la
selección es un evento individual, él fue el primero en chocar los cinco y decir: «Buen trabajo».
—T, en un correo electrónico fechado el 25/06/2018
Esa actuación dejó una impresión más allá de los chicos de mi clase de
Selección. Hace poco oí decir a Hawk, otro SEAL, que algunos compañeros
del Ejército con los que trabajó en el despliegue seguían hablando de ese
recorrido, casi como si fuera una leyenda urbana. A partir de ahí, seguí
superando la selección Delta como el mejor o casi el mejor de la clase. Mis
habilidades de navegación por tierra eran mejores que nunca, pero eso no
implicaba que fuera fácil. Ir por carreteras estaba fuera de los límites, no
había terrenos llanos, y durante días nos abrimos paso entre la maleza,
subimos y bajamos por pendientes empinadas, a temperaturas bajo cero, llegando a los puntos de referencia, leyendo mapas, y los innumerables picos,
crestas y desfiladeros que parecían ser todos lo mismo. Atravesamos
matorrales espesos y profundos bancos de nieve, chapoteamos en arroyos
helados y nos deslizamos por los esqueletos invernales de imponentes árboles.
Era doloroso, desafiante y jodidamente hermoso, y yo me comía cada
recorrido, destrozando todas las pruebas que podían conjurar.
El penúltimo día de la Selección Delta, alcancé mis primeros cuatro
puntos tan rápido como de costumbre. La mayoría de los días había que
alcanzar un total de cinco puntos de referencia, así que cuando conseguí el
quinto me sentí muy confiado. En mi mente, yo era el Daniel Boone negro.
Tracé mi ruta y bajé con tranquilidad otra pendiente pronunciada. Una de las
formas de navegar por terrenos extraños es seguir los cables de electricidad, y
pude ver que uno de esos cables en la distancia conducía directamente a mi
quinto y último punto. Me apresuré a descender, seguí los cables, desconecté
mi mente consciente y me dejé soñar. Sabía que iba a dominar en el examen
final, esa navegación terrestre de sesenta y cinco kilómetros que ni siquiera
pude intentar la última vez porque me rompí el tobillo dos días antes.
Consideré que mi graduación era una conclusión inevitable y que después de
eso estaría corriendo y disparando en una unidad de élite de nuevo. A medida
que lo visualizaba, se hacía más real, y mi imaginación me llevó lejos de los
Montes Apalaches.
El problema de seguir el suministro de energía es que hay que asegurarse
de que se está en la maldita línea correcta. Según mi entrenamiento, debía
comprobar constantemente mi mapa, de modo que si daba un paso en falso
podía reajustar y seguir la dirección correcta sin perder demasiado tiempo,
pero estaba tan seguro de mí mismo que me olvidé de hacerlo, y tampoco
tracé las backstops. Cuando me desperté del país de la fantasía, estaba muy
desviado ¡y casi fuera de los límites! Entré en pánico, encontré mi ubicación
en el mapa, me dispuse a seguir el cableado eléctrico correcto, corrí hasta la
cima del monte y seguí corriendo hasta mi quinto punto. Todavía me
quedaban noventa minutos hasta la hora límite, pero cuando me acerqué al
siguiente Humvee vi a otro tipo que se dirigía hacia mí.
«¿Hacia dónde te diriges?» le pregunté mientras corría hacia él.
«Voy a mi sexto punto», dijo.
«Mierda, ¡¿no hay cinco puntos hoy?!».
«No, hoy hay seis, hermano».
Miré mi reloj. Tenía un poco más de cuarenta minutos antes de que dieran
por concluido el tiempo. Llegué al Humvee, anoté las coordenadas del punto de control seis y estudié el mapa. Gracias a mi cagada, tenía dos opciones
claras. Podía seguir las reglas y perder el tiempo de entrega o podía romper
las reglas, usar los caminos a mi disposición y darme una oportunidad. Lo
único que tenía a mi favor era que en las operaciones especiales se premiaba a
un tirador pensante, un soldado dispuesto a hacer lo que fuera necesario para
cumplir un objetivo. Todo lo que me quedaba, era esperar que se apiadaran de
mí. Tracé la mejor ruta posible y me largué. Bordeé el bosque, utilicé las
carreteras y, cada vez que oía el estruendo de un camión a lo lejos, me ponía a
cubierto. Media hora más tarde, en la cima de otra montaña, pude ver el sexto
punto, nuestra línea de meta. Según mi reloj, me quedaban cinco minutos.
Volé cuesta abajo, corriendo a toda velocidad, y llegué a la meta en un
minuto. Mientras recuperaba el aliento, nuestro grupo se dividió y cayó en las
camas cubiertas de dos Humvees distintos. A primera vista, mi grupo de
hombres se veía bastante tranquilo, pero teniendo en cuenta cuándo y dónde
recibí mi sexto punto, todos los cuadros del lugar debían saber que me había
saltado el protocolo. No sabía qué pensar. ¿Seguía estando dentro, o estaba
fuera?
En la Selección Delta, una forma de estar seguro de que estás fuera es si
sientes reductores de velocidad después de un día de trabajo. Los topes
significan que has vuelto a la base y que te vas a casa pronto. Ese día, cuando
sentimos el primero que nos sacó de nuestras esperanzas y sueños, algunos
hombres empezaron a maldecir, otros tenían lágrimas en los ojos. Yo sólo
negué con la cabeza.
«Goggins, ¿qué carajo estás haciendo aquí?». Preguntó un tipo. Se
sorprendió al verme sentado a su lado, pero me resigné a mi realidad porque
había estado soñando despierto con graduarme en el entrenamiento Delta y
ser parte de la fuerza, ¡cuando ni siquiera había terminado la Selección!
«No hice lo que me dijeron que hiciera,» dije, «me merezco que me
manden a mi puta casa».
«¡Una mierda! Eres uno de los mejores tipos en este lugar. Están
cometiendo un gran error».
Aprecié su indignación. Yo también esperaba lograrlo, pero no podía estar
molesto por su decisión. Los jefes de Delta no buscaban hombres que
pudieran aprobar una clase con un 7, un 8 o incluso un esfuerzo de 9.5. Sólo
aceptaban estudiantes con un rendimiento de 10, y si la cagas y rindes por
debajo de tu capacidad, te corren. Mierda, si soñabas despierto durante una
fracción de segundo en el campo de batalla, eso podía significar perder tu
vida y la de uno de tus hermanos. Lo entendía.
«No. Fue mi error», dije. «He llegado hasta aquí manteniéndome
concentrado y dando lo mejor de mí, y me voy a casa porque hoy perdí la
concentración».
Era el momento de volver a ser un SEAL. Durante los dos años siguientes
estuve basado en Honolulú como parte de una unidad de transporte
clandestina llamada SDV (por las siglas en inglés de SEAL Delivery
Vehicles: Vehículos de Entrega de los SEAL). La operación Alas Rojas es la
misión más conocida de los SDV, y sólo oíste hablar de ella porque fue una
noticia importante. La mayor parte del trabajo del SDV se lleva a cabo en las
sombras y fuera de la vista. Encajé bien allí, y fue estupendo volver a operar.
Vivía en la isla de Ford, con una vista de Pearl Harbor desde la ventana de mi
sala de estar. Kate y yo nos habíamos separado, así que ahora sí que vivía el
estilo de vida espartano, y seguía despertándome a las 5 de la mañana para ir
corriendo al trabajo. Tenía dos rutas, una de doce kilómetros y otra de quince,
pero independientemente de la que tomara mi cuerpo no reaccionaba muy
bien. Después de unos pocos kilómetros, sentía un intenso dolor de cuello y
mareos. En varias ocasiones durante mis carreras tuve que sentarme debido al
vértigo.
Durante años había albergado la sospecha de que todos tenemos un límite
de kilómetros que podemos correr antes de sufrir un colapso total del cuerpo,
y me preguntaba si me estaba acercando al mío. Mi cuerpo nunca se había
sentido tan tenso. Tenía un nudo en la base del cráneo que noté por primera
vez después de graduarme del BUD/S. Una década más tarde había duplicado
su tamaño. También tenía nudos sobre los flexores de la cadera. Fui al médico
para que me revisara todo, pero ni siquiera eran tumores, y mucho menos
malignos. Cuando los médicos me eximieron del peligro de muerte, me di
cuenta de que tendría que vivir con ellos y tratar de olvidarme de las carreras
de larga distancia durante un tiempo.
Cuando te quitan una actividad o un ejercicio en el que siempre te has
refugiado, como me ocurrió a mí con correr, es fácil caer en la rutina mental y
dejar de hacer cualquier tipo de ejercicio, pero yo no tenía la mentalidad de
rendirme. Me sentí atraído hacia la barra de dominadas y repetí los
entrenamientos que solía hacer con Sledge. Era un ejercicio que me permitía esforzarme y no me mareaba porque podía descansar entre series. Después de
un tiempo, busqué en Google para ver si había un récord de dominadas en
barra que pudiera alcanzar. Fue entonces cuando leí acerca de los numerosos
récords de dominadas de Stephen Hyland, incluido el récord de hacer 4,020
en veinticuatro horas.
En aquel entonces, era conocido como ultracorredor, y no quería ser
conocido por una sola cosa. ¿Quién sí? Nadie me consideraba un atleta
completo, y este récord podría cambiar esa dinámica. ¿Cuántas personas son
capaces de correr 160, 240, incluso 320 kilómetros y también hacer más de
4,000 dominadas en un día? Llamé a la Fundación de Guerreros de
Operaciones Especiales y les pregunté si podía ayudar a recaudar un poco
más de dinero. Estaban encantados, y lo siguiente que supe fue que un
contacto mío utilizó sus conexiones para hacerme un hueco en el maldito
Today Show.
Como preparación para la prueba, hice 400 dominadas al día durante la
semana, lo que me llevó unos setenta minutos. Los sábados hacía 1,500
dominadas, en series de cinco a diez repeticiones durante tres horas, y en
domingo volvía a bajar a 750. Todo ese trabajo fortaleció mis dorsales,
tríceps, bíceps y mi espalda, preparó las articulaciones de mis hombros y
codos para soportar un castigo extremo, me ayudó a desarrollar un agarre de
gorila y aumentó mi tolerancia al ácido láctico para que mis músculos
siguieran funcionando mucho después de haberlos sobrecargado. Cuando se
acercaba el día de la verdad, acorté el tiempo de recuperación y empecé a
hacer cinco dominadas cada treinta segundos durante dos horas. Después de
eso, mis brazos caían a los lados, flácidos como ligas de goma sobreestiradas.
En la víspera de mi intento de récord, mi madre y mi tío volaron a Nueva
York para ayudarme y ser mi equipo, y todos los sistemas estaban en marcha
hasta que los SEAL casi ceban mi aparición en el Today Show en el último
minuto. Acababa de publicarse No Easy Day (Ningún día fácil), un relato de
primera mano sobre la incursión de Osama Bin Laden. Fue escrito por uno de
los operadores de la unidad DEVGRU que lo hizo, y los jefes de la Guerra
Naval Especial no estaban contentos. Se supone que los operadores especiales
no deben compartir con el público en general los detalles del trabajo que
realizamos en el campo, y mucha gente de los equipos estaba resentida con
ese libro. Me dieron la orden directa de que me retirara de la escena, lo cual
no tenía ningún sentido. No iba a salir ante las cámaras para hablar de las
operaciones y no tenía la misión de autopromocionarme. Quería recaudar un millón de dólares para las familias de los caídos, y el Today Show era el
programa matutino más importante de la televisión.
Había servido en el ejército durante casi veinte años, sin una sola
infracción en mi expediente, y durante los cuatro años anteriores la Marina
me había utilizado como la cara de su institución. Me pusieron en anuncios
espectaculares, me entrevistaron en la CNN y salté de un avión para la NBC.
Me colocaron en docenas de artículos de revistas y periódicos, lo que ayudó a
su misión de reclutamiento. Ahora intentaban reprimirme sin ninguna razón.
Diablos, si alguien conocía las normas de lo que podía y no podía decir era
yo. Justo a tiempo, el departamento jurídico de la Marina me autorizó a seguir
adelante.
Espectacular durante mis días de reclutamiento.
Mi entrevista fue breve. Conté una versión resumida de la historia de mi vida
y mencioné que llevaría una dieta líquida, bebiendo una bebida deportiva
cargada de carbohidratos como única nutrición hasta que se rompiera el
récord.
«¿Qué deberíamos cocinarte mañana cuando todo haya terminado?»
respondió Savannah Guthrie. Me reí y le seguí el juego, muy agradable, pero
no lo malentiendas, estaba muy por fuera de mi zona de confort. Estaba a punto de entrar en guerra conmigo mismo, aunque no lo pareciera ni actuara
como tal. A medida que el reloj avanzaba, me quité la camiseta y sólo llevaba
un par de pantalones cortos negros y ligeros, y unos tenis para correr.
«Vaya, es como mirarme en un espejo», bromeó Lauer, haciendo un gesto
hacia mí.
«Este segmento se acaba de poner aún más interesante» dijo Savannah.
«Muy bien, David, mucha suerte. Estaremos atentos».
Alguien le dio al play a «Going the Distance», la canción de Rocky, y me
acerqué a la barra de dominadas. Estaba pintada de negro mate, envuelta con
cinta adhesiva blanca, y con la frase show no weakness (no demuestres tu
debilidad) en caligrafía. Tomé la última palabra mientras me ponía mis
guantes grises.
«Por favor, donen a specialops.org», dije. «Estamos intentando recaudar
un millón de dólares».
«Muy bien, ¿todos listos?». Preguntó Lauer. «Tres… dos… uno…
¡Adelante, David!».
Con eso, el reloj se puso en marcha y yo hice una serie de ocho
dominadas. Las reglas establecidas por el Libro de Récords Guinness eran
claras. Tenía que empezar cada dominada desde un punto muerto, con los
brazos completamente extendidos, y mi barbilla tenía que sobrepasar la barra
al subir.
«Y así comienza», dijo Savannah.
Sonreí para la cámara y pretendí que estaba relajado, pero ni siquiera esas
primeras dominadas se sintieron bien. En parte, era por la situación. Era un
pez solitario en un acuario de peceras que atraía luz solar y la reflejaba en un
espectáculo de reflejos. La otra mitad, era técnica; desde la primera flexión
noté que la barra se doblaba mucho más de lo que estaba acostumbrado. No
tenía mi potencia habitual y preveía un día jodidamente largo. Al principio,
bloqueé esa mierda. Tuve que. Una barra más floja sólo significaba un
esfuerzo más grande, y me daba otra oportunidad de ser aún menos común.
A lo largo del día, la gente pasaba por la calle, saludaba y me animaba.
Les devolvía el saludo, seguía con mi plan, y realicé seis dominadas por
minuto, cada maldito minuto, pero no fue fácil debido a esa barra inestable.
Mi fuerza se disipaba, y después de cientos de dominadas, la disipación
pasaba factura. Cada flexión posterior requería un esfuerzo monumental, un
agarre más fuerte, y al llegar a la marca de 1,500 me dolían los antebrazos
como el demonio; mi masajista los frotaba entre series, pero estaban llenos de ácido láctico que se filtraba por todos los músculos de la parte superior del
cuerpo.
Después de más de seis largas horas, y con 2,000 dominadas a mi cuenta,
me tomé mi primer descanso de diez minutos. Estaba muy por encima de mi
ritmo de veinticuatro horas, y el sol descendía para esconderse tras el
horizonte, lo que redujo el mercurio en la sala hasta hacerlo manejable. Era lo
suficientemente tarde como para que todo el estudio estuviera vacío. Sólo
estábamos yo, unos cuantos amigos, una masajista y mi madre. Las cámaras
del Today Show estaban puestas y rodando para cronometrarme y asegurarse
de que cumplía las normas. Me quedaban más de 2000 dominadas por hacer
y, por primera vez ese día, la duda se instaló en mi cerebro.
Durante el primer intento de récord de dominadas.
No vocalicé mi negatividad y traté de restablecer mi mente para la segunda
mitad del reto, pero la verdad era que todo mi plan se había ido al infierno. Mi
bebida de carbohidratos no me estaba dando la energía que necesitaba, y no
tenía un plan B, así que pedí y me tragué una hamburguesa con queso. Me
sentó bien ingerir comida de verdad. Mientras tanto, mi equipo intentó
estabilizar la barra atándola a las barras de las vigas, pero en lugar de recargar
mi sistema como esperaba, el largo descanso tuvo un efecto contrario. Mi
cuerpo se estaba apagando, mientras que mi mente giraba en torno al pánico
porque me había comprometido a recaudar dinero, me jugaba mi reputación al
intentar batir un récord, y ya sabía que no iba a ser capaz de conseguirlo.
Tardé cinco horas en hacer otras 500 dominadas, lo que supone una media de
menos de dos dominadas por minuto. Estaba al borde del fallo muscular total
después de hacer sólo 1,000 dominadas más de las que haría en tres horas en
el gimnasio en un sábado casual, sin efectos negativos. ¿Cómo era posible?
Intenté empujar mi límite, pero la tensión y el ácido láctico habían
saturado mi sistema y la parte superior de mi cuerpo era como un trozo de
masa. Nunca había llegado a un fallo muscular en mi vida. Había corrido con
las piernas rotas en el BUD/S, había corrido casi ciento sesenta kilómetros
con los pies rotos y había realizado docenas de hazañas físicas con un agujero
en el corazón. Pero a última hora de la noche, en el segundo piso de la torre
de la NBC, me di por vencido. Después de mi 2500.ª flexión, apenas podía
levantar las manos lo suficiente como para agarrar la barra, y mucho menos
despejarla con la barbilla, y así se terminó. No habría desayuno de
celebración con Savannah y Matt. No habría ninguna celebración en absoluto.
Había fallado, y había fallado delante de millones de personas.
Entonces, ¿hundí mi cabeza en la vergüenza y la miseria? ¡No, carajo!
Para mí un fracaso es sólo un peldaño para el éxito a futuro. A la mañana
siguiente, mi teléfono estaba saturado de mensajes y llamadas, así que lo dejé
en la habitación del hotel y salí a correr por Central Park. Necesitaba cero
distracciones y tiempo suficiente para repasar lo que había hecho bien y lo
que me había quedado corto. En el ejército, después de cada misión o
ejercicio de campo en el mundo real, rellenamos los informes posteriores a la
acción (AAR por sus siglas en inglés), que sirven como autopsias en tiempo
real. Los hacemos sin importar el resultado, y si estás analizando un fracaso,
como yo, el AAR es absolutamente crucial. Porque cuando te adentras en
territorio desconocido no hay libros que estudiar ni vídeos instructivos de
YouTube que ver. Todo lo que tenía que leer eran mis errores, y consideré
todas las variantes.
En primer lugar, nunca debí haber ido a ese programa. Mi motivación era
sólida. Era una buena idea intentar promover la conciencia y recaudar dinero
para la fundación, y aunque necesitaba la exposición para recaudar la cantidad
que esperaba, al pensar primero en el dinero (siempre una mala idea) no me
centré en la tarea que tenía enfrente. Para batir el récord, necesitaba un
entorno óptimo, y esa constatación me golpeó como un ataque sorpresa. No
respeté el récord lo suficiente al principio. Pensé que podría haberlo batido
con una barra oxidada atornillada a la parte trasera de una camioneta con
amortiguadores sueltos, tan así que aunque probé la barra dos veces antes del
día del reto; nunca me molestó lo suficiente como para hacer un cambio, y mi
falta de concentración y atención a los detalles me costó una oportunidad de
inmortalidad. También había demasiados metiches que entraban y salían de la
sala con grandes sonrisas, pidiendo fotos entre series. Era el comienzo de la
era de las selfies, y esa enfermedad invadió definitivamente mi maldita zona
segura.
Obviamente, mi descanso fue demasiado largo. Supuse que los masajes
contrarrestarían la hinchazón y la acumulación de ácido láctico, pero también
me equivoqué en eso, y debería haber tomado más pastillas de sal para evitar
los calambres. Antes de mi intento, los haters me encontraron en Internet y
predijeron mi fracaso, pero los ignoré y no asimilé del todo las duras verdades
que encerraba su negatividad. Pensaba que si me entrenaba bien, el récord
sería mío, y como resultado, no estaba tan preparado como debí haberlo
estado.
No puedes prepararte para los factores desconocidos, pero si te concentras
mejor antes del reto, es probable que sólo tengas que enfrentarte a uno o dos
en lugar de a diez. En Nueva York surgieron demasiados, y las incógnitas
suelen sembrar la duda. Después, me enfrenté a mis críticas y reconocí que mi
margen de error era pequeño. Pesaba noventa y cinco kilos, mucho más que
cualquier otra persona que hubiera intentado batir ese récord, y mi
probabilidad de fracaso era alta.
No toqué una barra de dominadas durante dos semanas, pero una vez de
vuelta en Honolulú me puse a hacer series en mi gimnasio doméstico y noté
enseguida la diferencia en la barra. Aun así, tuve que resistir la tentación de
echarle la culpa de todo a esa barra floja porque lo más probable era que una
más firme no se tradujera en 1,521 dominadas más. Busqué tiza de gimnasia,
guantes y sistemas de encintado. Probé y experimenté. Esta vez quise poner
un ventilador debajo de la barra para refrescarme entre series y cambié mi
alimentación. En lugar de consumir sólo carbohidratos, añadí proteínas y plátanos para evitar los calambres. Cuando llegó el momento de elegir un
lugar para intentar batir el récord, supe que tenía que volver a mi esencia. Eso
significaba perder la presunción e instalarme en una mazmorra. Y en un viaje
a Nashville, encontré el lugar preciso: un gimnasio de CrossFit a un kilómetro
de la casa de mi madre, propiedad de un exmarine llamado Nandor Tamaska.
Después de enviar un par de correos electrónicos, corrí a CrossFit
Brentwood Hills para conocerlo. Estaba situado en un centro comercial, a
pocos locales de un Target, y no había nada de lujo en el lugar. Tenía suelos
de estera negra, baldes con tiza, estantes de hierro, y un montón de cabrones
dándole duro al trabajo. Cuando entré, lo primero que hice fue agarrar la barra
de dominadas y sacudirla. Estaba atornillada al suelo, tal y como esperaba.
Incluso una pequeña oscilación en la barra me obligaría a ajustar mi agarre a
mitad de serie, y cuando tu objetivo es hacer 4,021 dominadas, todos los
movimientos minúsculos se acumulan en un depósito de energía
desperdiciada, que pasa factura.
«Esto es exactamente lo que necesito», dije, agarrando la barra. «Sí», dijo
Nandor. «Tienen que ser resistentes para que sirvan de soporte para las
pesas».
Además de su resistencia y estabilidad, tenía la altura adecuada. No quería
una barra baja, porque doblar las piernas puede causar calambres en los
isquiotibiales. La necesitaba lo suficientemente alta como para poder
agarrarla cuando estuviera de puntillas.
Enseguida me di cuenta de que Nandor era un colaborador perfecto para
esta misión. Había sido un soldado raso, se metió en el CrossFit, y se mudó a
Nashville desde Atlanta con su esposa y su familia para abrir su primer
gimnasio. No hay mucha gente que esté dispuesta a abrir sus puertas y dejar
que un extraño invada su gimnasio, pero Nandor se apuntó a la causa de la
Warrior Foundation.
Mi segundo intento estaba programado para noviembre, y durante cinco
semanas seguidas hice entre 500 y 1,300 dominadas al día en el gimnasio de
mi casa en Hawái. Durante mi última sesión en la isla, hice 2,000 dominadas
en cinco horas, y luego tomé un vuelo a Nashville, llegando seis días antes de
mi reto.
Nandor reunió a los miembros de su gimnasio para que actuaran como
testigos y como mi equipo de apoyo. Se encargó de la música de fondo, de
conseguir la tiza y de preparar una sala de descanso en la parte de atrás en
caso de necesitarla. También publicó un comunicado de prensa. Me entrené
en su gimnasio antes del día de la verdad y un canal de noticias local vino a hacer un reportaje. El periódico local también hizo un reportaje. Fue a una
escala pequeña, pero en Nashville crecía la curiosidad, especialmente entre
los adictos al CrossFit. Varios se presentaron para presenciar la escena. Hace
poco hablé con Nandor y me gustó cómo lo expresó. «La gente lleva décadas
corriendo, y corriendo largas distancias, pero 4,000 dominadas… el cuerpo
humano no está diseñado para hacer eso. Así que tener la oportunidad de
presenciar algo así fue muy genial».
Descansé todo el día antes del reto y cuando me presenté en el gimnasio
me sentía fuerte y preparado para el campo minado que me esperaba. Nandor
y mi madre colaboraron para tener todo preparado. Había un elegante
cronómetro digital en la pared que también registraba mi cuenta, y además
tenían dos relojes de pared a pilas que harían de respaldo. Había una pancarta
del Libro de Récords Guinness colgada sobre la barra, y un equipo de vídeo
porque cada repetición tenía que ser grabada para una posible revisión. Mi
cinta estaba bien. Mis guantes eran perfectos. La barra estaba bien atornillada
y, cuando empecé, mi rendimiento fue explosivo.
Los números seguían siendo los mismos. Intentaba hacer seis dominadas
cada minuto, al minuto, y durante las primeras diez series me levanté hasta el
pecho. Entonces recordé mi estrategia para minimizar los movimientos
innecesarios y el desperdicio de energía. En mi primer intento, sentí la presión
de tener la barbilla bien por encima de la barra, pero aunque toda esa altura
extra era un buen espectáculo, no me ayudaba ni me ayudaría a conseguir el
maldito récord. Esta vez me dije a mí mismo que apenas debía pasar la barra
con la barbilla, y que no debía utilizar los brazos y las manos para nada más
que para las dominadas. En lugar de agarrar mi botella de agua como hice en
Nueva York, la puse sobre una pila de cajas de madera (de las que se usan
para los saltos de caja), así que todo lo que tuve que hacer fue girar y chupar
mi nutrición a través de una pajilla. El primer sorbo me llevó a frenar mi
movimiento de flexión y, a partir de entonces, me mantuve disciplinado
mientras acumulaba números. Estaba en mi zona y muy seguro de mí mismo.
No pensaba en hacer sólo 4,020 dominadas. Quería hacer las veinticuatro
horas completas. Si lo hacía, era posible llegar a 5,000, ¡o incluso 6,000!
Me mantuve hípervigilante, buscando cualquier problema físico que
pudiera surgir y echar a perder el intento. Todo iba bien hasta que, después de
casi cuatro horas y 1,300 dominadas, me empezaron a salir ampollas en las
manos. Entre serie y serie, mi madre me puso Second Skin para que pudiera
seguir a pesar de los cortes. Este era un problema nuevo para mí, y recordé
todos los comentarios llenos de duda que había leído en las redes sociales antes de mi reto. Mis brazos eran demasiado largos, decían. Pesaba
demasiado. Mi forma no era la ideal, ponía demasiada presión en mis manos.
No tuve en cuenta este último comentario porque durante mi primer intento
no tuve problemas con las palmas de las manos, pero en medio de mi segundo
intento me di cuenta de que era porque la primera barra tenía mucha cesión.
Esta vez tuve más estabilidad y potencia, pero con el tiempo esa maldita barra
tan dura me hizo daño.
Aun así, seguí trabajando y después de 1,700 dominadas mis antebrazos
empezaron a dolerme, y cuando doblaba los brazos, mis bíceps también se
contraían. Recordé esas sensaciones de mi primer intento. Así empiezan los
calambres, así que entre serie y serie me tomé unas pastillas de sal y me comí
dos plátanos, y eso alivió mis molestias musculares. Las palmas de mis manos
seguían empeorando.
Ciento cincuenta dominadas después, sentía que mi piel se partía por la
mitad debajo de los guantes. Sabía que debía parar e intentar solucionar el
problema, pero también sabía que eso podría provocar que mi cuerpo se
agarrotara y se apagara. Estaba en una lucha contra dos fuegos a la vez, y no
sabía por dónde atacar primero. Opté por mantener el ritmo que llevaba por
minuto, y entre medias experimenté con diferentes soluciones. Usé dos pares
de guantes, luego tres. Recurrí a mi vieja amiga, la cinta adhesiva. No sirvió
de nada. No podía envolver la barra con almohadillas porque eso iba en
contra de las normas de Guinness. Todo lo que podía hacer era intentar
cualquier cosa para seguir en la lucha.
Mi mano durante el segundo intento de récord de dominadas.
Tras diez horas de reto, me topé con un muro. Me quedé en tres dominadas
por minuto. El dolor era insoportable y necesitaba un poco de alivio. Me quité
el guante derecho. Las capas de piel se desprendieron con él. Mi palma
parecía carne de hamburguesa cruda. Mi madre llamó a una amiga doctora,
Regina, que vivía cerca, y los dos fuimos a la sala de atrás para esperarla e
intentar salvar mi intento de récord. Cuando Regina apareció, evaluó la
situación, sacó una jeringa, la cargó con anestesia local y dirigió la aguja
hacia la herida abierta de mi mano derecha.
Me miró. El corazón me latía con fuerza, el sudor saturó cada centímetro
de mi piel. Podía sentir que mis músculos se enfriaban y se ponían rígidos;
pero asentí, me di la vuelta y ella hundió la aguja profundamente. Me dolió
muchísimo, pero contuve mi grito. No muestres debilidad se mantenía como
mi lema, pero eso no significaba que me sintiera fuerte. Mi madre me quitó el
guante izquierdo, anticipando la segunda inyección, pero Regina estaba
ocupada examinando la hinchazón de mis bíceps y los espasmos abultados de
mis antebrazos.
«Parece que estás en rabdomiólisis, David», dijo. «No deberías continuar.
Es peligroso». No tenía ni idea de qué carajo estaba hablando, así que me lo explicó.
Hay un fenómeno que ocurre cuando un grupo muscular se trabaja
demasiado durante demasiado tiempo. Los músculos se quedan sin glucosa y
se rompen, perdiendo mioglobina, una proteína fibrosa que almacena oxígeno
en el músculo, en el torrente sanguíneo. Cuando esto ocurre, los riñones
tienen que filtrar todas esas proteínas y, si se ven desbordados, dejan de
funcionar. «La gente puede morir de rabdo», dijo.
Mis manos palpitaban en agonía. Mis músculos se estaban bloqueando, y
lo que estaba en juego no podía ser mayor. Cualquier persona racional habría
tirado la toalla, pero podía escuchar Going the Distance retumbando en los
altavoces, y sabía que este era mi momento, el 14.º asalto, como cuando
Rocky le dijo a Mick córtalo.
A la mierda la racionalidad. Levanté la palma de la mano izquierda e hice
que Regina hundiera su aguja. Olas de dolor me recorrieron mientras una gran
cantidad de dudas florecían en mi mente. Envolvió mis dos palmas en capas
de gasa y esparadrapo, y me puso un par de guantes nuevos. Luego salí de
nuevo al gimnasio y volví a trabajar. Iba en 2,900 y, siempre y cuando
siguiera luchando, seguía creyendo que todo era posible.
Hice series de dos y tres al minuto durante dos horas, pero me sentía como
si estuviera agarrando una barra al rojo vivo, a punto de derretirse; lo que
significaba que tenía que usar las yemas de los dedos para agarrar la barra.
Primero usé cuatro dedos, luego tres. Fui capaz de hacer cien dominadas más,
y luego cien más. Las horas pasaban. Me fui acercando, pero con mi cuerpo
en estado de rabdo, el colapso era inminente. Hice varias series de dominadas
con las muñecas colgando sobre la barra. Parece imposible, pero lo conseguí
hasta que los agentes anestésicos dejaron de funcionar. Entonces, incluso al
doblar los dedos sentía como si me clavara un cuchillo afilado en la mano.
Después de eclipsar las 3,200 dominadas, hice cálculos y me di cuenta de
que si podía hacer 800 series de una, tardaría trece horas y pico en batir el
récord y acabaría venciendo al reloj. Duré cuarenta y cinco minutos. El dolor
era demasiado y el ambiente en la sala pasó de optimista a sombrío. Seguía
intentando mostrar la menor debilidad posible, pero los voluntarios podían ver
cómo me revolvía los guantes y el agarre, y sabían que algo iba drásticamente
mal. Cuando fui a la parte de atrás para reagruparme por segunda vez, oí un
suspiro colectivo que sonaba a fatalidad.
Regina y mi madre me quitaron la cinta adhesiva de las manos y pude
sentir mi carne pelándose como un plátano. Las dos palmas estaban abiertas
hasta la dermis, que es donde se encuentran los nervios. Aquiles tenía su talón, y en lo que respecta a las dominadas, mi don, y mi perdición, eran mis
manos. Quienes dudaban de mí, tenían razón. Yo no era uno de esos tipos
ligeros y elegantes que hacen dominadas. Era poderoso, y el poder provenía
de mi agarre. Pero ahora mi mano se parecía más a un maniquí de fisiología
que a algo humano.
Emocionalmente, estaba hundido. No sólo por mi agotamiento físico o
porque no pudiera conseguir el récord para mí, sino porque mucha gente
había acudido a ayudar. Me había hecho con el gimnasio de Nandor y sentía
que había decepcionado a todo el mundo. Sin mediar palabra, mi madre y yo
nos escabullimos por la puerta trasera como si estuviéramos escapando de la
escena de un crimen, y mientras ella conducía hacia el hospital, yo no podía
dejar de pensar: «¡Soy mejor que esto!».
Mientras Nandor y su equipo quitaban los relojes, desmontaban las
pancartas, barrían la tiza y despegaban la cinta adhesiva ensangrentada de la
barra de jalón, mi madre y yo nos desplomábamos en las sillas de la sala de
espera de urgencias. Yo sostenía lo que quedaba de mi guante. Parecía sacado
de la escena del crimen de O. J. Simpson, como si hubiera sido marinado en
sangre. Mi madre me miró y negó con la cabeza.
«Bueno», dijo, «sé una cosa…».
Tras una larga pausa, me giré para mirarla «¿Qué?».
«Vas a intentarlo otra vez».
Ella me leyó la maldita mente. Ya estaba haciendo mi autopsia en vivo y
haría un informe AAR completo en papel tan pronto como mis manos
ensangrentadas me lo permitieran. Sabía que había un tesoro en este naufragio
y una ventaja que ganar en algún lugar. Sólo tenía que armarlo, como un
rompecabezas. Y el hecho de que se diera cuenta de ello sin que yo lo dijera
me dio aún más ganas de hacerlo.
Muchos de nosotros nos rodeamos de personas que responden a nuestro
deseo de comodidad. Personas que prefieren tratar el dolor de nuestras heridas
y evitar que se produzcan más lesiones, antes que ayudarnos a superarlas e
intentarlo de nuevo. Necesitamos rodearnos de personas que nos digan lo que
necesitamos oír, no lo que queremos oír, pero que al mismo tiempo no nos
hagan sentir que nos enfrentamos a lo imposible. Mi madre era mi mayor fan.
Siempre que fracasaba en la vida me preguntaba cuándo y dónde volvería a
intentarlo. Nunca dijo: «Bueno, tal vez no esté destinado a ser».
La mayoría de las guerras se ganan o se pierden en nuestras mentes, y
cuando estamos en una trinchera no solemos estar solos, y tenemos que
confiar en la calidad del corazón, la mente y el diálogo de la persona acorralada con nosotros. Porque en algún momento necesitaremos algunas
palabras que nos empoderen y nos mantengan centrados y letales. En ese
hospital, en mi trinchera personal, nadaba en un mar de dudas. Me faltaban
800 dominadas, y ya sabía lo que se siente hacer 800 dominadas. ¡Es más que
sólo un día jodidamente largo! Pero no había nadie más con quien hubiera
preferido estar en esa trinchera.
«No te preocupes», dijo ella. «Empezaré a llamar a esos testigos en cuanto
lleguemos a casa».
«Entendido», dije. «Diles que volveré a esa barra en dos meses».
En la vida, no hay regalo tan desapercibido ni inevitable como el fracaso. He
tenido unos cuantos y he aprendido a apreciarlos, porque si haces el análisis
forense encontrarás pistas sobre dónde hacer ajustes y cómo acabar
cumpliendo tu objetivo. Tampoco estoy hablando de una lista mental.
Después del segundo intento, escribí todo, pero no empecé con el problema
más obvio: mi agarre. Inicialmente, hice una lluvia de ideas de todo lo que
salió bien, porque en cada fracaso habrán ocurrido muchas cosas buenas, y
debemos reconocerlas.
Lo mejor del intento de Nashville fue el lugar de Nandor. Su mazmorra de
gimnasio era el entorno perfecto para mí. Sí, ando en las redes sociales y soy
el centro de atención de vez en cuando, pero no soy una persona de
Hollywood. Obtengo mi fuerza de lugares muy oscuros, y el gimnasio de
Nandor no era una fábrica de falsa felicidad. Era oscuro, sudoroso, doloroso y
real. Le llamé al día siguiente y le pregunté si podía volver a entrenar para
intentar batir de nuevo el récord. Le había quitado mucho tiempo y energía, y
le había dejado un desastre, así que no tenía ni idea de cómo iba a responder.
«Sí, cabrón», dijo. «¡Hagámoslo!». Significó mucho tener su apoyo de
nuevo.
Otro aspecto positivo fue cómo manejé mi segunda crisis. Volvía a estar
de pie y en el camino de regreso antes de ver al médico de urgencias. Ahí es
donde quieres estar. No puedes dejar que un simple fracaso te desvíe de tu
misión, ni dejar que se te meta tanto en el culo que se apodere de tu cerebro y
sabotee tus relaciones con la gente que está cerca de ti. Todo el mundo fracasa alguna vez y no se supone que la vida sea siempre justa, y mucho menos que
ceda a todos tus caprichos.
La suerte es una perra caprichosa. No siempre va a salir como tú quieres,
así que no puedes quedarte atrapado en esa idea de que sólo porque hayas
imaginado una posibilidad para ti, de alguna manera te la mereces. Esa
mentalidad de ser merecedor es peso muerto, no lo cargues. No te centres en
lo que crees que mereces. ¡Apunta a lo que estás dispuesto a ganar! Nunca
culpé a nadie de mis fracasos y no bajé la cabeza en Nashville. Me mantuve
humilde y evadí la mentalidad de que soy merecedor porque sabía
malditamente bien que no me había ganado mi récord. El marcador no
miente, y no me engañé a mí mismo con lo contrario. Lo creas o no, la
mayoría de la gente prefiere el engaño. Culpan a los demás, o a la mala suerte
o a las circunstancias caóticas. Yo no lo hice, lo cual fue positivo.
La mayoría de los equipos que utilizamos también figuraron en el lado
positivo del informe AAR. La cinta y la tiza funcionaron, y aunque la barra
me destrozó, también me permitió hacer 700 dominadas más, así que iba en la
dirección correcta. Otro aspecto positivo fue el apoyo de la comunidad de
CrossFit de Nandor. Me sentí muy bien al estar rodeado de gente tan intensa y
respetuosa, pero esta vez tendría que reducir el número de voluntarios a la
mitad. Quería que hubiera el menor ruido posible en la sala.
Después de enumerar todas las ventajas, llegó el momento de analizar mi
mentalidad, y si estás haciendo la debida diligencia después de haberte ido de
hocico en público, también deberías hacerlo. Eso significa comprobar cómo y
qué pensabas durante las fases de preparación y ejecución de tu fracaso. Mi
compromiso con la preparación y la determinación en la lucha siempre están
ahí. No flaquearon, pero mi confianza se tambaleaba más de lo que me
gustaría admitir, y mientras me preparaba para mi tercer asalto era imperativo
moverme más allá de la duda. No fue fácil, porque después de mi segundo
fracaso en mis pasados intentos, los escépticos estaban por todas partes en
Internet. El poseedor del récord, Stephen Hyland, era ligero y con fuerza
arácnida, con palmas gruesas y musculosas. Tenía la complexión perfecta
para el récord de dominadas, y todo el mundo me decía que yo era demasiado
grande, que mi complexión era demasiado tosca y que debía dejar de
intentarlo antes de que me hiciera más daño. Me señalaron que el marcador
no miente. Todavía estaba a más de 800 dominadas del récord. Eso es más de
lo que gané entre mi primer y segundo intento. Desde el principio algunos
habían predicho que mis manos iban a ceder, y cuando esa verdad se reveló en Nashville, supuso un gran obstáculo mental. Una parte de mí se preguntaba
si esos cabrones tenían razón. Si estaba intentando conseguir lo imposible.
Entonces pensé en un corredor inglés de distancias medias de la época
llamado Roger Bannister. Cuando Bannister intentaba batir la milla (1.6
kilómetros) en cuatro minutos en los años 50, los expertos le decían que era
imposible, pero eso no le detuvo. Fracasó una y otra vez, pero perseveró, y
cuando corrió su histórica milla en 3:59.40 el 6 de mayo de 1954, no sólo
batió un récord, sino que abrió las puertas al demostrar que era posible. Seis
semanas más tarde, su récord fue eclipsado, y ahora más de 1,000 corredores
han hecho lo que antes se creía que estaba más allá de la capacidad humana.
Todos somos culpables de permitir que los llamados expertos, o
simplemente las personas que tienen más experiencia que nosotros en un
campo determinado, limiten nuestro potencial. Una de las razones por las que
amamos el deporte es porque también nos gusta ver cómo se rompen esos
techos de cristal. Si quería ser el próximo atleta que rompiera la percepción
popular, tenía que dejar de escuchar a las dudas; tanto las que venían de fuera
como las que surgían de dentro, y la mejor manera de hacerlo era decidir que
el récord de dominadas ya era mío. No sabía cuándo sería oficialmente mío.
Podía ser dentro de dos meses o veinte años, pero una vez que decidí que me
pertenecía y lo taché en el calendario, me llené de confianza y me liberé de
toda presión porque mi tarea pasó de tratar de lograr lo imposible a trabajar
rumbo a lo inevitable. Pero para conseguirlo, tenía que encontrar la ventaja
táctica que me faltaba.
Una revisión táctica es la pieza final y más vital de cualquier autopsia en
vivo o AAR. Y aunque había mejorado tácticamente desde el primer intento
—trabajando con una barra más estable y minimizando el desperdicio de
energía— todavía me faltaban 800 dominadas, así que teníamos que
profundizar en los números. Las seis dominadas por minuto me habían fallado
dos veces. Sí, me colocó en la vía rápida para llegar a las 4,020, pero nunca lo
conseguí. Esta vez, decidí empezar más despacio para llegar más lejos.
También sabía, por experiencia, que me toparía con algún tipo de muro
después de diez horas y que mi reacción no podía ser un descanso más largo.
La marca de las diez horas me golpeó en la cara dos veces y ambas veces me
detuve durante cinco minutos o más, lo que me llevó al fracaso muy
rápidamente. Tenía que ser fiel a mi estrategia, y limitar las pausas largas a
cuatro minutos como máximo.
Ahora, sobre la barra de dominadas. Sí, probablemente me destrozaría de
nuevo, así que tenía que encontrar una solución. De acuerdo con las reglas, no se me permitiría cambiar la distancia entre mis manos a mitad del intento. El
espacio debía ser el mismo que el de la primera dominada. Lo único que
podía cambiar era la forma de proteger mis manos. En el período previo a mi
tercer intento, experimenté con todos los diferentes tipos de guantes. También
conseguí autorización para utilizar almohadillas de espuma a medida para
proteger las palmas de mis manos. Recordé que había visto a un par de
compañeros SEAL utilizar trozos de espuma para proteger sus manos cuando
levantaban grandes pesas, y llamé a una empresa que las fabricaba para que
diseñara almohadillas a medida para mis manos. Guinness aprobó el equipo, y
a las 10 a. m. del 19 de enero de 2013, dos meses después de fallar por
segunda vez, estaba de vuelta en la barra de CrossFit Brentwood Hills.
Empecé lento y leve con cinco dominadas por minuto. No até mis
almohadillas de espuma con cinta. Simplemente las sujeté alrededor de la
barra, y parecían funcionar bien. En una hora, la espuma se había moldeado a
mis manos, aislándolas del infierno candente de hierro. O eso esperaba.
Alrededor de las dos horas y 600 repeticiones, le pedí a Nandor que pusiera
Going the Distance en bucle. Sentí que algo hacía clic en mi interior y me
puse en modo cyborg.
Encontré un ritmo en la barra y, entre series, me senté en un banco de
pesas y me quedé mirando el suelo cubierto de tiza. Mi punto de vista se
estrechó hasta convertirse en una visión de túnel mientras preparaba mi mente
para el infierno que estaba por llegar.
Cuando se me abrió la primera ampolla en la palma de la mano, supe que
la mierda estaba a punto de volverse real. Pero esta vez, gracias a mis fracasos
y a las autopsias que hice, estaba preparado.
Eso no significa que me estuviera divirtiendo. No me estaba divirtiendo.
Estaba harto. Ya no quería seguir haciendo dominadas, pero alcanzar metas o
superar obstáculos no tiene que ser divertido. Las semillas estallan de adentro
hacia afuera, en un ritual autodestructivo de nueva vida. ¿Suena eso como
algo divertido? ¿Como si se sintiera bien? No estaba en ese gimnasio para ser
feliz o hacer algo que me gustara hacer. Estaba allí para partirme en dos si eso
era lo que hacía falta para atravesar todas y cada una de las barreras mentales,
emocionales y físicas.
Después de doce horas, por fin llegué a las 3,000 dominadas, un punto de
control importante para mí, y me sentí como si me hubiera dado de bruces
contra un muro. Estaba exasperado, en agonía, y mis manos empezaban a
partirse de nuevo. Todavía estaba muy lejos del récord, y sentí todos los ojos
de la sala sobre mí. Con ellos llegó el peso aplastante del fracaso y la humillación. De repente, estaba de vuelta en la jaula durante mi tercera
Semana Infernal, vendando mis espinillas y tobillos antes de reunirme con
una nueva generación de BUD/S que había oído que era mi última
oportunidad.
Se necesita una gran fuerza para ser lo suficientemente vulnerable como
para arriesgar el culo, en público, y luchar por un sueño que parece que se te
escapa de las manos. Todos tenemos los ojos puestos en nosotros. Nuestra
familia y nuestros amigos nos observan, e incluso si estás rodeado de gente
positiva, tendrán ideas sobre quién eres, en qué eres bueno y cómo deberías
enfocar tu energía. Esa mierda es simplemente la naturaleza humana, y si
intentas romper esa percepción, recibirás algún consejo no solicitado que
encontrará la forma de asfixiar tus aspiraciones si lo permites. A menudo,
nuestra gente no tiene mala intención. Nadie que se preocupe por nosotros
quiere que salgamos heridos. Quieren que estemos seguros, cómodos y
felices, y que no tengamos que mirar al suelo en una mazmorra escudriñando
los fragmentos de nuestros sueños rotos. Es una pena.
Hay mucho potencial en esos momentos de dolor. Y si descubres cómo
armar esa imagen, ¡también encontrarás mucho poder en ella!
Mantuve mi descanso en sólo cuatro minutos, como lo había planeado. El
tiempo suficiente para meter mis manos, y esas almohadillas de espuma, en
un par de guantes acolchados. Pero cuando volvía a la barra, me sentía lento y
débil. Nandor, su esposa y los demás voluntarios vieron mi sufrimiento, pero
me dejaron en paz para que me pusiera los auriculares, me sintonizara con
Rocky Balboa y siguiera machacando una repetición cada vez. Pasé de hacer
cuatro dominadas por minuto a tres, y volví a entrar en modo cyborg. Me
puse turbio, sombrío. Imaginé que mi dolor era la creación de un científico
loco llamado Stephen Hyland, el genio del mal que estaba en posesión
temporal de mi historia y mi alma. ¡Era él! Ese hijo de puta me estaba
torturando desde el otro lado del mundo, y si quería llevarme su alma,
dependía de mí y sólo de mí seguir acumulando números e ir por él a toda
potencia.
Para que quede claro, no estaba enfadado con Hyland (¡ni siquiera lo
conozco!). Fui allí para encontrar la ventaja que necesitaba para seguir
adelante. En mi cabeza, lo hice personal; no por exceso de confianza o
envidia, sino para ahogar mis propias dudas. La vida es un juego mental. Este
fue el último ángulo que utilicé para ganar en lo que sería un juego dentro del
mismo juego. Tenía que encontrar una ventaja en alguna parte, y si la
encuentras en la persona que se interpone en tu camino, es más potente.
A medida que pasaban las horas de la medianoche, empecé a acortar la
distancia entre nosotros, pero las dominadas no llegaban rápido, y no eran
fáciles. Estaba cansado mental y físicamente, en plena rabdomiólisis, y sólo
podía hacer tres dominadas por minuto. Cuando llegué a las 3800 dominadas,
sentí que podía ver la cima de la montaña.
También sabía que era posible pasar de ser capaz de hacer tres dominadas
a no hacer ninguna en un instante. ¡Hay historias de gente en Badwater que
llegó al kilómetro 205 y no pudo terminar una carrera de 215 kilómetros!
Nunca sabes cuándo llegarás a tu 100 por ciento y alcanzarás el punto de
fatiga muscular total. Yo seguía esperando que llegara ese momento, cuando
ya no pudiera levantar los brazos. La duda me acechaba como una sombra.
Intenté por todos los medios controlarla o silenciarla, pero seguía
reapareciendo, siguiéndome; impulsándome.
Después de diecisiete horas de dolor, alrededor de las 3 de la madrugada
del 20 de enero de 2013, hice mi 4020.ª y 4021.ª dominada, y el récord ya era
mío. Todo el mundo en el gimnasio vitoreó, pero yo mantuve la compostura.
Tras dos series más y 4030 dominadas en total, me quité los auriculares, miré
fijamente a la cámara y dije: «¡Te alcancé, Stephen Hyland!».
En un sólo día, había levantado el equivalente a 384,560 kilos, ¡casi tres
veces el peso del transbordador espacial! Los aplausos se convirtieron en risas
cuando me quité los guantes y desaparecí en el vestidor, pero, para sorpresa
de todos, no estaba de humor para celebrarlo. ¿También te sorprende? Sabes
que mi refrigerador nunca está lleno, y nunca lo estará porque vivo mi vida
impulsado por una misión: estar siempre a la caza del siguiente reto. Esa
mentalidad es la razón por la que rompí ese récord, terminé Badwater, me
convertí en un SEAL, rockeé la Escuela de Rangers, y demás. En mi mente
soy ese caballo de carreras que siempre persigue una zanahoria que nunca la
alcanzará, siempre tratando de probarme a mí mismo frente a mí mismo. Y
cuando vives de esa manera y alcanzas un objetivo, el éxito se siente
anticlimático.
A diferencia de mi intento inicial de batir el récord, mi éxito apenas hizo
mella en el círculo de noticias. Lo cual estuvo bien. No lo hacía por
adulación. Recaudé algo de dinero y aprendí todo lo que pude de esa barra de
dominadas. Después de registrar más de 67,000 dominadas en nueve meses,
era hora de ponerlas en mi tarro de galletas y seguir adelante. Porque la vida
es un maldito juego imaginario que no tiene marcador ni árbitro, y que no
termina hasta que estamos muertos y enterrados.
Y todo lo que siempre quise de ella fue volverme exitoso frente a mis
propios ojos. Eso no significaba riqueza ni fama, ni un garaje lleno de coches
de lujo, ni un harén de mujeres hermosas detrás de mí. Significaba
convertirme en el hijo de puta más duro que jamás haya existido. Claro que
acumulé algunos fracasos por el camino, pero en mi mente el récord
demostraba que estaba cerca. Sólo que el juego no había terminado, y ser duro
venía con el requisito de exprimir cada gota de habilidad de mi mente, cuerpo
y alma antes de que sonara el silbato.
Me mantendría en constante persecución. No dejaría nada sobre la mesa.
Quería ganarme mi lugar de descanso final. Así es como pensaba entonces, al
menos. Porque no tenía ni idea de lo cerca que estaba ya del final.
RETO #10
Piensa en tus fracasos más recientes y más desgarradores. Saca tu diario, por
última vez. Cierra la sesión en la versión digital y escríbelos a mano. Quiero
que profundices en este proceso porque estás a punto de presentar tus propios,
y tardíos, informes posteriores a la acción (AAR por sus siglas en inglés). En
primer lugar, escribe todas las cosas buenas; todo lo que salió bien, de tus
fracasos. Sé detallado y generoso contigo mismo. Habrán pasado muchas
cosas buenas. Rara vez todo es malo. A continuación, anota cómo has
gestionado tu fracaso. ¿Afectó a tu vida y a tus relaciones? ¿De qué manera?
¿En qué pensabas durante la preparación y la ejecución del fracaso?
Tienes que saber cómo pensabas en cada paso, porque todo es cuestión de
mentalidad, y ahí es donde la mayoría de la gente se queda corta.
Ahora haz un repaso, y enlista las cosas que puedes arreglar. No es el
momento de ser blando o generoso. Sé brutalmente honesto, escríbelas todas.
Estúdialas. Luego mira tu calendario y programa otro intento lo antes posible.
Si el fracaso se produjo en la infancia, y no puedes recrear el partido de las
ligas menores en el que fallaste por ponerte demasiado nervioso, quiero que
escribas ese informe porque es probable que puedas utilizar esa información
para lograr cualquier objetivo en el futuro.
Mientras te preparas, ten a mano ese AAR, consulta tu Espejo de la
Responsabilidad y haz todos los ajustes necesarios. Cuando llegue el
momento de volver a intentar, ten presente todo lo que hemos aprendido sobre
el poder de una mente fuerte, el tarro de galletas y la Regla del 40%. Controla
tu mentalidad. Domina tu proceso de pensamiento. Esta vida es un maldito
juego mental. Date cuenta de ello. ¡Abrázalo aduéñatelo!
Y si vuelves a fracasar, que así sea. Acepta el dolor. Repite estos pasos y
sigue luchando. De eso se trata. Comparte tus historias de preparación,
entrenamiento y ejecución en las redes sociales con los hashtags
#nomepuedeslastimar (#canthurtme) #elpoderdeloserrores
(#empowermentoffailure).