No me puedes lastimar

David Goggins · Capítulo 5 de 12

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No me puedes lastimar

4. Tomando almas

CAPÍTULO CUATRO

 

TOMANDO ALMAS

 

La primera granada aturdidora nos explotó de cerca, y a partir de ahí todo se

desenvolvió en cámara lenta. Un minuto antes estábamos en el área común,

hablando tonterías, viendo películas de guerra, preparándonos para la batalla

que sabíamos que vendría. Esa primera explosión condujo a otra y, de pronto,

el Pete el Psicótico, como le apodábamos, estaba frente a nosotros, gritando al

máximo de sus pulmones, con las mejillas rojas como manzanas y la vena de

su sien derecha hinchada. Cuando gritaba, sus ojos se le ponían saltones y su

cuerpo entero temblaba.

«¡Sepárense! ¡Carajo! ¡Largo! ¡Vamos, vamos, vamos!».

Mis compañeros de tripulación y yo salimos corriendo hacia la puerta en

fila, justo como lo habíamos planeado. Afuera, varios SEAL de la Marina

estaban disparando sus M60 a la oscuridad hacia un enemigo invisible. Era el

mal sueño que todos habíamos estado esperando nuestras vidas enteras: la

pesadilla lúcida que nos definiría o nos mataría. Cada impulso que teníamos

nos decía que nos tiráramos al piso, pero en ese momento, movernos era

nuestra única opción.

El repetitivo ruido, grave y profundo, de las ametralladoras nos penetraba

hasta las entrañas, el halo naranja de otra explosión en la cercanía nos

proveyó de una impresión de violenta belleza, y nuestros corazones latían

como martillos mientras nos reuníamos en el Molino, que era la explanada de

asfalto principal, para esperar órdenes. Esta era toda una guerra, pero no sería

peleada en ninguna costa extranjera. Esta, como la mayoría de las batallas que

peleamos en la vida, sería ganada o perdida en nuestras propias mentes.

Pete el Psicótico llegó pisando fuerte al Molino lleno de baches, sus cejas

escurriendo sudor, la boca de su rifle humeando en la noche neblinosa.

«Bienvenidos a la Semana Infernal, caballeros», nos dijo, calmadamente esta

vez, con esa pronunciación arrastrada que tenía, cantada, como de surfista de California. Nos volteó a ver de arriba a abajo como un depredador echándole

ojo a su presa. «Será un gran placer para mí verlos sufrir».

Oh, y vaya que habría sufrimiento. Pete el Psicótico determinaba los

tiempos y las cantidades de dominadas, sentadillas, aleteos de piernas,

desplantes con salto y lagartijas dive bomber que debíamos realizar. Entre

tanto, él y sus compañeros instructores nos rociaban con agua helada usando

mangueras, carcajeándose todo el maldito tiempo. Eran incontables

repeticiones en serie tras serie sin ningún final a la vista.

Mis compañeros y yo estábamos reunidos cerca unos de otros, cada uno

parado sobre huellas de pie de rana estarcidas, vigilados por la estatua de

nuestro santo patrono: El hombre rana, una criatura escamosa extraterrestre de

las profundidades con manos y pies palmeados, filosas garras y un maldito

abdomen de lavadero. A su derecha estaba la infame campana de cobre.

Siempre, desde aquella mañana en que llegué a casa de trabajar matando

cucarachas y entré en el rollo de ser un SEAL de la Marina, era este el lugar

donde había buscado estar. El Molino: una gran losa de asfalto que derramaba

historia y miseria.

El entrenamiento básico de demolición submarina/SEAL (BUD/S por sus

siglas en inglés) dura seis meses y está dividido en tres fases. La primera fase

se trata completamente de entrenamiento físico. La segunda fase consta de

entrenamiento de buceo, donde aprendemos cómo navegar bajo el agua e

implementar discretos sistemas de buceo de circuito cerrado que no emiten

burbujas y reciclan nuestro dióxido de carbono en aire nuevamente respirable.

La tercera fase es entrenamiento de guerra terrestre. Pero cuando la mayoría

de las personas se imaginan el entrenamiento BUD/S piensan en la primera

fase, pues esas son las semanas que ablandan a los nuevos reclutas hasta que

la generación se reduce de alrededor de 120 hombres, a la dura y reluciente

columna vertebral que son los veinticinco a cuarenta hombres más

merecedores del tridente. El emblema que le dice al mundo que no debes

intentar estupideces con nosotros.

Los instructores BUD/S logran esto haciendo que los reclutas vayan más

allá de sus límites perceptibles, retando su hombría e insistiendo en estándares

físicos objetivos de fuerza, vigor y agilidad. Estándares que están convertidos

en pruebas. En esas primeras tres semanas de entrenamiento teníamos que,

entre otras cosas, trepar por cuerdas verticales de diez metros, recorrer una

pista de obstáculos de un kilómetro repleta de retos tipo American Ninja

Warrior en menos de diez minutos, y correr seis kilómetros y medio en la arena en menos de treinta y dos minutos. Pero si me preguntas, todo eso era

un juego de niños. No podía ni compararse con el crisol de la primera fase.

La Semana Infernal es algo completamente distinto. Es medieval y

aparece rápido, detonando apenas a la tercera semana del entrenamiento.

Cuando el dolor punzante en tus músculos iba en aumento y vivíamos día y

noche con una sensación inquietante de hiperventilación, de nuestro aliento

saliéndose del ritmo físico, de nuestros pulmones inflándose y desinflándose

como sacos de lona apretados fuertemente por los puños de un demonio,

durante 130 horas seguidas. Esa es una prueba que rebasa por mucho lo físico

y revela tu corazón y tu carácter. Más que nada, revela tu mentalidad, lo cual

es exactamente para lo que está diseñada.

Todo esto sucedía en el Centro de Mando Naval de Guerra Especial en el

remilgado Coronado Island; una trampa de turistas al sur de California que se

mete en el delgado Point Loma y protege a la Marina de San Diego del

abierto océano Pacífico. Pero incluso el sol dorado de California no podía

embellecer al Molino, y gracias a Dios por eso. Me gustaba feo. Esa baldosa

de agonía era todo lo que siempre había deseado. No porque amara el

sufrimiento, sino porque necesitaba conocer si tenía o no lo necesario para

pertenecer.

El asunto es que la mayoría de la gente no lo tiene.

Para cuando comenzó la Semana Infernal, por lo menos cuarenta hombres

ya habían renunciado, y cuando lo hicieron los forzaron a caminar hasta la

campana, tocarla tres veces, y colocar su casco en el concreto. El sonar la

campana fue introducido por primera vez durante la época de la guerra de

Vietnam porque muchos jóvenes renunciaban durante las evoluciones y

simplemente se iban caminando a las barracas. La campana era una manera de

mantener un seguimiento de los reclutas, pero desde entonces se había

convertido en un ritual que uno debía realizar para apropiarse del hecho de

que estaba renunciando. Para quien se rinde, la campana es el cierre. Para mí,

cada repicar sonaba a progreso.

Nunca me agradó mucho Pete el Psicótico, pero no pude objetar los

detalles de su trabajo. Él y sus compañeros instructores estaban ahí para

seleccionar a los mejores de la manada. Además, no estaba yendo tras los más

débiles. Estaba en mi cara mucho, y de sujetos más grandes que yo también.

Incluso los reclutas más pequeños eran fornidos. Yo era un hombre más en

una flota de especímenes alfa provenientes del extremo este y del sur, de las

playas obreras de California así como de las muy adineradas; unos cuantos de

los maizales como yo, y muchos de los pastizales texanos. Cada generación BUD/S tiene su buena porción de texanos cabrones, fuertes, rudos y rurales.

De ningún estado salen más marinos SEAL. Debe ser algo en la barbacoa,

pero Pete el Psicótico no tenía favoritos. Sin importar de dónde veníamos o

quiénes éramos, él merodeaba como una sombra de la que no podíamos

deshacernos. Riéndose, gritando o silenciosamente insultándonos en nuestras

narices, tratando de hurgar en la mente de cualquier hombre que intentaba

romper.

A pesar de todo esto, la primera hora de la Semana Infernal fue, en

realidad, divertida. Al estallar esa acometida demente de explosiones,

disparos y gritos, ni siquiera estás pensando en la pesadilla por venir. Estás

montando en un subidón de adrenalina porque sabes que estás cumpliendo

con un rito de iniciación en la sagrada tradición del guerrero. Los reclutas

miran alrededor del Molino, emocionadísimos, pensando, «¡sí, estamos en la

Semana Infernal cabrones!». Ah, pero la realidad suele patearnos a todos en

los dientes más temprano que tarde.

«¿A esto llaman dar el ancho?». Preguntó Pete el Psicótico a nadie en

particular. «Esta podría ser la generación más patética que jamás ha pasado

por el programa. Ustedes son una vergüenza hecha y derecha hasta para

ustedes mismos».

Se deleitaba en esta parte del trabajo. Pasar por encima y entre nosotros,

con la huella de su bota en el charco de nuestro sudor, saliva, mocos, lágrimas

y sangre. Él pensaba que era fuerte. Todos los instructores lo hacían y lo eran,

porque ya eran marinos SEAL. Ese hecho por sí solo los ponía en el territorio

de un logro inusual. «Ustedes muchachos no podrían haber cargado ni mi

suspensorio cuando atravesé la Semana Infernal, puedo decirles eso».

Sonreí para mí mismo y seguí perseverando mientras Pete el Psicótico

pasaba cerca. Tenía la complexión de un defensa de fútbol americano, rápido

y fuerte, ¿pero había sido una maldita arma mortal durante su Semana

Infernal? ¡Señor, lo dudo muy cabrón, señor!

Miró a su jefe, el oficial al mando de la primera fase. No había duda

alguna sobre él. No hablaba mucho y no lo necesitaba. Medía 1.85 metros,

pero proyectaba una sombra más larga. El tipo era musculoso también. Estoy

hablando de 102 kilogramos de músculo duro como el acero, sin una sola

onza de simpatía. Se veía como un gorila lomo plateado, y por esa referencia

era conocido como SBG (por las siglas de «silverback gorilla» en inglés).

SBG se alzaba imponente como un padrino del dolor, haciendo cálculos

silenciosos, tomando notas mentales.

«Señor, mi pito se está poniendo duro de sólo pensar en esas vaginas

abiertas lloriqueando y renunciando como pequeñas perras quejumbrosas esta

semana», dijo Pete el Psicótico. SBG le respondió con un ligero movimiento

de cabeza mientras el Psicótico me miraba fijamente. «Oh, y tú renunciarás»,

dijo muy quedo. «Yo me encargaré de eso».

Las amenazas de Pete el Psicótico daban más miedo cuando las decía en

un tono relajado como ese, pero hubo bastantes ocasiones en que sus ojos se

le oscurecían, su ceja se torcía, la sangre se le subía a la cara, y liberaba un

grito que le salía de la base de la punta de sus pies a la coronilla de su calva

cabeza. Una hora después de haber comenzado la Semana Infernal, se

arrodilló, puso su cara a centímetros de la mía mientras yo terminaba una

serie más de lagartijas, y se soltó.

«¡Vayan a las olas, miserables mierdas!».

Habíamos estado en el entrenamiento BUD/S por casi tres semanas para

este punto, y habíamos hecho carreras varias veces subiendo y bajando la

berma de cuatro metros y medio de alto que dividía a la playa del extendido

conjunto de edificios de hormigón conformado por oficinas, casilleros,

barracas, y salones de clases del complejo BUD/S. Usualmente para

recostarnos en aguas poco profundas, completamente vestidos, y luego

revolcarnos en la playa —hasta que estábamos cubiertos de arena de la cabeza

a los pies— antes de remontar de vuelta al Molino, goteando pesadamente

con agua salada y arena, lo cual aumentaba el grado de dificultad en la barra

de dominadas. El ritual se llamaba «ponerse mojado y arenoso», y querían

que tuviéramos arena en los oídos, dentro de la nariz, y en cada orificio del

cuerpo, pero esta vez estábamos a punto de experimentar algo llamado la

tortura del oleaje, el cual es una clase única de bestia.

Tal como nos lo indicaban, nos metíamos a las olas gritando como

senseis. Completamente vestidos, tomados de los brazos, caminábamos por el

agua hacia la zona de impacto. El oleaje estaba picado esa noche sin luna, casi

a la altura de la cabeza, y las olas caían retumbando como truenos

espumeantes en grupos de tres o cuatro. El agua helada nos encogía los

testículos y se robaba el aliento de nuestros pulmones mientras nos azotaban

las olas.

Esto sucedió en los primeros días de mayo, y en la primavera el océano en

la costa de Coronado fluctúa entre los quince y los diecisiete grados Celsius.

Flotábamos subiendo y bajando como un solo cuerpo; como un collar de

perlas de cabezas flotantes escaneando el horizonte por cualquier pista de una

ola, la cual, orábamos, pudiéramos ver aproximarse antes de que nos arrollara. Los surfistas de nuestro grupo detectaban la perdición antes y anunciaban las

olas para que pudiéramos sumergirnos debajo justo a tiempo. Después de

unos diez minutos, el Psicótico nos ordenó de vuelta a tierra. A punto de la

hipotermia, salimos en grupo de la zona de oleaje y esperamos en posición de

firmes, mientras nos revisaba el doctor en búsqueda de señales de hipotermia.

Ese ciclo continuaría repitiéndose. El cielo estaba embadurnado de rojos y

naranjas. La temperatura bajaba agudamente mientras la noche acechaba con

llegar.

«Díganle adiós al sol, caballeros», nos dijo SBG. Haciéndonos saludar a

la puesta de sol. Un reconocimiento simbólico de una verdad inconveniente.

Estábamos a punto de que se nos congelara el culo.

Después de una hora, volvíamos a nuestra agrupación de botes

conformada por seis personas, y nos parábamos en la orilla pito contra nalga,

acercándonos lo más posible unos a otros para calentarnos, pero era inútil.

Los huesos estaban traqueteando por toda la fila en esa playa. Todos

estábamos temblando como martillos hidráulicos y moqueando, un estado

físico que revelaba las condiciones estremecedoras de mentes haciéndose

añicos; mentes que estaban comenzando a comprender la realidad de que esta

mierda apenas había comenzado.

Incluso en los días más arduos de la primera fase antes de la Semana

Infernal, cuando el gran volumen de repeticiones trepando la cuerda y

haciendo lagartijas, y dominadas, y aleteos de piernas aplastan tu espíritu,

puedes encontrar una manera de sobrellevarlo. Porque sabes que sin importar

lo terrible que sea, irás a casa esa noche, encontrarás a tus amigos para cenar,

verás una película, tal vez hasta cogerás, y dormirás en tu propia cama. El

punto es, incluso en los días miserables puedes fijarte en una salida del

infierno que es real.

La Semana Infernal no ofrece tal amor. En particular en el día uno,

después de una hora de haber comenzado ya nos tenían ahí de pie, tomados de

los brazos, encarando al océano Pacífico, entrando y saliendo de las olas

durante horas. En el medio se nos obsequiaban carreras a toda velocidad en la

arena suelta para calentarnos. Usualmente nos hacían cargar nuestro rígido

bote inflable o un tronco sobre la cabeza, pero el calor, si alguna vez llegaba,

duraba siempre poco porque cada diez minutos nos rotaban de vuelta al agua.

El reloj marchaba lentamente esa primera noche mientras el frío se

apresuraba en llegar, colonizándonos hasta la médula tan exhaustivamente

que las carreras en la arena dejaron de surtir efecto alguno. No habría más

bombas, ni más disparos, y muy pocos gritos. En lugar de lo anterior, un inquietante silencio expandía y entumecía nuestro espíritu. En el océano, todo

lo que podíamos escuchar eran las olas cayendo sobre nosotros, el agua de

mar que tragábamos haciendo rugir nuestras tripas y nuestros propios dientes

temblando.

Cuando tienes tanto frío y estás tan estresado, la mente no puede

comprender las siguientes 120 y más horas. Cinco días y medio sin dormir no

pueden romperse en pequeñas partes. No hay manera de atacarlo

sistemáticamente, por esta razón cada persona que alguna vez ha tratado de

convertirse en un SEAL se ha hecho a sí mismo esta sencilla pregunta durante

su primera dosis de tortura de oleaje:

«¿Por qué estoy aquí?».

Esas inocuas palabras burbujeaban en nuestras ansiosas mentes cada vez

que éramos succionados bajo una ola monstruosa a la medianoche, cuando ya

estábamos al límite de la hipotermia. Porque nadie tiene que convertirse en un

SEAL. No nos reclutaron a la fuerza. Convertirse en SEAL es una decisión

propia. Y lo que esa simple pregunta revelaba en el calor de la batalla era que

cada segundo que permanecíamos en el entrenamiento también constituía una

elección, lo cual hacía que toda la noción de convertirse en un SEAL se viera

como masoquismo. Es tortura voluntaria. Y eso no tiene sentido para nada

con la mente racional, lo cual genera que esas cuatro palabras hagan a tantos

hombres venirse abajo.

Los instructores saben todo esto, claro, y ese es el motivo por el cual

dejan de gritar desde temprano. En vez, a medida que avanzaba la noche, el

Pete el Psicótico nos consolaba como un hermano mayor preocupado. Nos

ofrecía sopa caliente, una ducha cálida, cobijas, y un viaje de vuelta a las

barracas. Esa era la carnada para quebrar a los que querían renunciar, y el

cosechaba cascos a diestra y siniestra. Estaba llevándose las almas de aquellos

que se rendían porque no podían responder esa simple pregunta. Lo entiendo.

Cuando es apenas domingo y sabes que vas a seguir hasta el viernes y ya

tienes mucho más frío del que has tenido en toda tu vida, te ves tentado a

creer que no lo aguantarás y que nadie más puede. Los hombres casados

estaban pensando, «podría estar en casa ahora, acurrucado con mi hermosa

esposa, en vez de aquí temblando y sufriendo». Los solteros estaban

pensando, «podría estar a la cacería de coger ahora mismo».

Es difícil ignorar ese tipo de señuelo reluciente, pero esta era mi segunda

vuelta en las primeras etapas de las pruebas BUD/S. Ya había probado la

maldad de la Semana Infernal como parte de la generación 230. No lo logré,

pero no había renunciado. Me habían sacado por motivos médicos después de contraer neumonía doble. Desafié las órdenes del doctor tres veces y traté de

mantenerme en la pelea, pero eventualmente me forzaron a ir a las barracas y

me regresaron al día uno, semana uno, generación 231.

Todavía no estaba completamente recuperado de ese episodio de

neumonía cuando mi segunda generación BUD/S arrancó. Mis pulmones

seguían llenos de moco y cada tosido agitaba mi pecho y sonaba como si un

rastrillo estuviera raspando el interior de mis alvéolos. De todas maneras, me

gustaban más mis posibilidades esta vez porque estaba preparado, y porque

estaba con unos compañeros que eran unos cabrones hijos de puta.

Los equipos de tripulación del entrenamiento BUD/S eran seleccionados

por altura debido a que esos eran quienes te ayudarían a cargar tu bote a

donde quiera que vayas una vez que comience la Semana Infernal. No

obstante, el tamaño por sí mismo no garantizaba que tus compañeros serían

duros, y los míos eran un grupo de inadaptados y bichos raros.

Estaba yo, el exterminador que había bajado cuarenta y cinco kilos y

había hecho los exámenes ASVAB dos veces sólo para entrar al

entrenamiento SEAL y ser regresado al principio casi inmediatamente.

También teníamos al fallecido Chris Kyle. Lo conoces como el más mortal

francotirador en la historia de la Marina. Fue tan exitoso, que los hajjis en

Faluya pusieron una recompensa de $80.000 dólares sobre su cabeza y se

convirtió en una leyenda viviente entre los marines que protegió como

miembro del Equipo SEAL Tres. Ganó la medalla Estrella de Plata y cuatro

Estrellas de Bronce por valentía, dejó el ejército, y escribió el libro American

Sniper (Francotirador), que después se convirtió en una película

protagonizada por el jodido Bradley Cooper. Pero en ese entonces era un

simple tejano palurdo, vaquero de rodeo, que apenas si decía una maldita

palabra.

Estaba Bill Brown, alias el «Fenómeno Brown». La mayoría de la gente

sólo lo llamaba Fenómeno, y él lo odiaba porque había sido tratado como uno

toda su maldita vida. De muchas maneras era la versión blanca de David

Goggins. Se crio para ser duro en los pueblos ribereños al sur de Jersey. Los

niños más grandes de su vecindario se burlaban de él y lo molestaban por su

paladar hendido o porque era lento en las clases, lo cual hizo que el apodo se

popularizara. Se metió en suficientes peleas por ser molestado que

eventualmente cayó en un centro de detención juvenil por un período de seis

meses. Para cuando tenía diecinueve, estaba viviendo solo en un barrio bajo,

tratando de llegar a fin de mes como ayudante de una gasolinera. No lo estaba

consiguiendo. No tenía un abrigo ni un auto. Se transportaba a todas partes usando una oxidada bicicleta de diez velocidades, literalmente congelándose

las bolas. Un día después del trabajo, se detuvo en una oficina de

reclutamiento naval porque sabía que necesitaba estructura y un propósito, y

ropa para el frío. Le contaron de los SEAL, y él quedó intrigado, pero

tampoco sabía nadar. Al igual que yo, se enseñó a sí mismo, y después de tres

intentos finalmente pasó el examen SEAL de natación.

Lo siguiente que aconteció fue que Brown llegó al BUD/S, en donde el

apodo de «Fenómeno» lo persiguió. Le fue excelente en el entrenamiento

físico y pasó fácilmente por la primera fase, pero no era ni de cerca tan seguro

en el salón de clases. La preparación de los SEAL de la Marina en buceo es

tan compleja mentalmente como lo es físicamente, pero pudo arreglárselas y

llegó a dos semanas de convertirse en un graduado del programa BUD/S

cuando, en una de sus evoluciones finales de guerra terrestre, falló al

reensamblar su arma en una evolución cronometrada conocida como «práctica

de armas». Brown atinó a las dianas pero falló en el tiempo, y quedó

reprobado del BUD/S en el último momento.

Pero él no se rindió. No señor, el Fenómeno Brown no iba a rendirse.

Había escuchado historias sobre él antes de que apareciera conmigo en la

generación 231. Estaba peleado con el mundo todo el tiempo y me agradó

inmediatamente. Era un cabrón muy rudo y exactamente el tipo de compañero

por el que firmé para ser enviado a la guerra. Cuando cargamos nuestro bote

del Molino a la arena por primera vez, me aseguré de que fuéramos los dos

hombres al frente, donde el bote es más pesado. «Fenómeno Brown», le grité,

«¡nosotros seremos los pilares del Boat Crew Two!». Él volteó a verme y yo

le sostuve la mirada.

«No me digas ese maldito apodo, Goggins», me dijo refunfuñando.

«¡Pues no te muevas de posición, hijo! ¡Tú y yo, al mero frente, toda la

maldita semana!».

«Entendido», dijo él.

Tomé el liderazgo del Boat Crew Two (Equipo de Bote Dos) desde el

principio, y hacer que los seis de nosotros llegáramos al final de la Semana

Infernal era en lo que estaba más concentrado. Todos se alinearon porque ya

me había probado ante ellos, y no sólo en el Molino. En los días previos a que

comenzara la Semana Infernal se me metió en la cabeza que necesitábamos

robar el horario de nuestros instructores. Le conté mi idea a mi equipo una

noche cuando estábamos pasando el rato juntos en el salón de clases, el cual

fungía también como nuestra sala de convivencia. Mis palabras cayeron en oídos sordos. Algunos compañeros se rieron pero todos los demás me

ignoraron y volvieron a sus estúpidas conversaciones superficiales.

Yo entendía por qué. No tenía sentido. ¿Cómo se supone que íbamos a

conseguir una copia de esa mierda? E incluso si lo lográbamos, ¿la

anticipación no lo haría peor? ¿Y qué si nos atrapaban? ¿El riesgo valía la

pena?

Yo pensaba que sí lo valía, porque había probado ya la Semana Infernal.

Brown y otros cuantos también, y sabíamos lo sencillo que es renunciar

cuando te ves confrontado con niveles de dolor y cansancio que no creías

posibles. Ciento treinta horas de sufrimiento bien podrían ser mil cuando

sabes que no podrás dormir y que no habrá alivio en ningún momento

cercano. Y nosotros sabíamos una cosa más también. La Semana Infernal es

un juego mental. Los instructores usan nuestro sufrimiento para pelar nuestras

capas, no para encontrar a los mejores atletas. Sino para encontrar las mentes

más fuertes. Eso es algo que los que renuncian no entienden hasta que es

demasiado tarde.

¡Todo en la vida es un juego mental! Cuando somos abatidos por los

dramas de vivir, grandes y pequeños, estamos olvidando que no importa qué

tan fuerte sea el dolor, no importa qué tan horrorosa sea la tortura, todas las

cosas malas terminan. Olvidar eso pasa justo cuando cedemos el control de

nuestras emociones y acciones a otras personas, lo cual puede suceder

fácilmente cuando el dolor está en su punto máximo. Durante la Semana

Infernal, los hombres que renunciaron sentían que estaban corriendo en una

caminadora a su máxima maldita velocidad sin ningún tablero al alcance.

Pero, ya sea que lo hayan descubierto o no, esa es una ilusión en la cual

cayeron.

Entré a la Semana Infernal sabiendo que yo mismo me había puesto ahí,

que quería estar ahí, y que tenía todas las herramientas que necesitaba para

ganar este jodido juego, lo cual me daba la pasión para perseverar y tomar el

control sobre la experiencia. Me permitía jugar rudo, manipular las reglas, y

buscar una ventaja donde sea y cuando sea hasta que el claxon sonara en la

tarde del viernes. Para mí esto era la guerra, y los enemigos eran los

instructores ¡quienes descaradamente nos dijeron que su objetivo era

quebrarnos y hacernos renunciar! Tener su horario en mente nos ayudaría a ir

reduciendo el tiempo al memorizar qué venía después y, más que eso, nos

otorgaría una victoria justo al comenzar. Lo cual nos daría algo a lo cual

aferrarnos durante la Semana Infernal cuando esos cabrones estén dándonos

una tunda.

«Oye, cabrón, no estoy jugando», le dije. «¡Necesitamos ese horario!».

Pude ver a Kenny Bigbee, el único otro hombre negro en la generación

231, alzar una ceja desde el lado opuesto de la habitación. Él había estado en

mi primera generación BUD/S, y se lastimó justo antes de la Semana Infernal.

Ahora estaba de vuelta para su segundo intento. «Ay, mierda» dijo. «David

Goggins está de regreso en el tronco».

Kenny sonrió ampliamente y yo me doblé de la risa. Él había estado en la

oficina del instructor escuchando cuando los doctores estaban tratando de

sacarme de mi primera Semana Infernal. Fue durante una evolución con

troncos en el entrenamiento físico. Nuestros equipos de tripulación estaban

cargando un tronco como una unidad de un lado al otro de una playa,

mojados, llenos de sal y de arena. Yo estaba corriendo con un tronco en mis

hombros, vomitando sangre. Una mezcla de moco y sangre chorreaba de mi

nariz y boca, y los instructores periódicamente me tomaban y me sentaban a

un lado porque pensaban que podría caer muerto. Pero cada vez que giraban

la cabeza estaba de vuelta en acción. De vuelta en el tronco.

Kenny seguía escuchando la misma frase en la radio esa noche.

«Necesitamos sacar a Goggins de ahí», dijo una voz.

«Entendido, señor. Goggins está sentado», otra voz crepitaba. Entonces,

después de un segundo, Kenny escuchaba ese chirrido de la radio otra vez.

«¡Ah, mierda, Goggins está de vuelta en el tronco. Repito, Goggins está de

vuelta en el tronco!».

Kenny amaba contar esa historia. Con sus 1.55 metros y sus setenta y siete

kilos, era más pequeño que yo y no era parte de nuestro equipo, pero yo supe

que podía confiar en él. De hecho, no había nadie mejor para el trabajo.

Durante la generación 231, Kenny fue encargado con la tarea de mantener la

oficina del instructor limpia y ordenada, lo cual quería decir que él tenía

acceso. Esa noche, entró de puntillas en territorio enemigo, tomó un horario

de un archivo, le sacó una copia, y la regresó a su lugar antes de que nadie

supiera que faltaba. Justo así habíamos conseguido nuestra primera victoria

antes de que siquiera comenzara el mayor reto mental de nuestras vidas.

Por supuesto, saber que algo se aproxima es sólo una pequeña parte de la

batalla. Porque la tortura es la tortura, y en la Semana Infernal la única

manera de llegar hasta el final es atravesando la experiencia. Con una mirada

o unas pocas palabras, me aseguraba de que nuestra tripulación estuviera

dando el ancho en todo momento. Cuando nos parábamos en la playa

sosteniendo nuestro bote sobre nuestras cabezas, o corríamos con troncos de

un lado al otro, íbamos con fuerza, y durante la tortura del oleaje yo tarareaba la canción más triste y épica de Platoon, mientras nos adentrábamos en el

océano Pacífico.

Siempre he encontrado inspiración en las películas. Con Rocky conseguí

motivarme para alcanzar mi sueño de ser aceptado en el entrenamiento SEAL,

pero Platoon me ayudaría a mí y a mi equipo a encontrar poder durante las

oscuras noches de la Semana Infernal, cuando los instructores estuvieran

burlándose de nuestro dolor, diciéndonos lo patéticos que éramos y

mandándonos al alto oleaje una y otra vez. Adagio para cuerdas era la música

de una de mis escenas favoritas en Platoon, y con una niebla que te hiela los

huesos envolviéndonos, yo abría los brazos como Elías cuando le está

disparando el Viet Cong, y cantaba con huevos. Todos habíamos visto esa

película juntos durante la primera fase, y mis tácticas tenían el efecto doble de

encabronar a los instructores e inspirar a mi equipo. Encontrar momentos de

risa en el dolor y el delirio volteaba de cabeza toda la experiencia

melodramática para nosotros. Nos daba cierto control sobre nuestras

emociones. De nuevo, todo esto era un juego mental, y estaba jodidamente

seguro de que no iba a perder.

Pero los juegos más importantes dentro del juego eran las carreras que los

instructores organizaban entre los equipos de tripulación. Mierda, casi todo en

el entrenamiento BUD/S era una competencia. Corríamos con botes y troncos

por toda la playa. Teníamos competencias de remo, incluso hicimos el

maldito curso de obstáculos cargando un tronco o un bote entre escollos. Los

cargábamos mientras nos balanceábamos en vigas estrechas, sobre troncos

giratorios, y a través de puentes de cuerda. Lo lanzábamos por encima de una

pared alta, y lo dejábamos caer al pie de una red de carga de nueve metros de

alto mientras trepábamos hacia arriba y a través de esa maldita cosa. El

equipo ganador era casi siempre recompensado con descanso y los equipos

perdedores tenían tundas extras por parte de Pete el Psicótico. Se les ordenaba

realizar series de flexiones y sentadillas en la arena mojada, carreras de

velocidad en la berma, con sus cuerpos temblando de agotamiento, lo cual se

sentía como fracaso encima de fracaso. El Psicótico se los hacía saber

también. Se burlaba en sus caras mientras acosaba a los que renunciaban.

«Son absolutamente patéticos», decía. «¡Espero que renuncies porque si te

permiten llegar al campo vas a hacer que nos maten a todos!».

Mirarlo amonestar a mis compañeros me daba una sensación dual. No me

importaba que estuviera haciendo su trabajo, pero era un bravucón, y nunca

me han agradado los bravucones. Había estado tras de mí desde que regresé al

entrenamiento BUD/S, y desde temprano decidí que le mostraría que no podía afectarme. Entre episodios de tortura de oleaje, cuando la mayoría de los

compañeros se ponen pito a nalgas para transferirse calor, cuerpo a cuerpo, yo

me paraba aparte. Todos los demás estaban temblando. Yo ni siquiera me

sacudía, y veía lo mucho que eso le molestaba.

 

Durante la Semana Infernal.

 

El único lujo que teníamos durante la Semana Infernal era la comida.

Comíamos como reyes. Estamos hablando de omelets, pollo rostizado y

papas, filete, sopa caliente, pasta con salsa de carne, todo tipo de fruta,

brownies, refresco, café y mucho más. La condición era que teníamos que

correr un kilómetro y medio hacia allá y de regreso, con un bote de noventa

kilos sobre nuestras cabezas. Siempre me iba del comedor con un sándwich

de crema de maní escondido en mis bolsillos mojados y arenosos para

devorarlo en la playa cuando los instructores no estuvieran mirando. Un día,

después del almuerzo, Pete el Psicótico decidió hacernos correr un poco más

de un kilómetro. Se hizo obvio a los cuatrocientos metros, al aumentar el

ritmo del paso, que no nos estaba llevando de vuelta al Molino.

«¡Ustedes muchachos más vale que mantengan el maldito paso!» nos

gritó, mientras un equipo de bote se retrasaba. Yo verifiqué con mis

compañeros.

«¡Vamos a quedarnos sobre este cabrón! ¡Qué se joda!».

«Entendido», dijo el Fenómeno Brown. Fiel a su palabra, se había

quedado conmigo al frente del bote —en los dos puntos más pesados— desde

el domingo en la noche, y sólo se estaba volviendo más fuerte.

El Psicótico nos llevó por la arena suelta por más de seis kilómetros.

Trataba al máximo de perdernos, pero nosotros éramos su sombra. Cambiaba

de cadencia. Un instante estaba corriendo a toda velocidad, luego estaba

agachado, con las piernas abiertas, agarrándose las bolas y haciendo «marcha

de elefante», luego trotaba al ritmo de un corredor antes de arrancarse

corriendo a toda potencia por la playa. Para entonces el bote más cercano

estaba medio kilómetro detrás, pero nosotros le pisábamos los malditos

talones. Imitábamos cada uno de sus movimientos y nos rehusábamos a que

nuestro bravucón obtuviera ninguna satisfacción a nuestras expensas. Él podía

haberse fregado a todos los demás ¡pero no pudo con el Boat Crew Two!

La Semana Infernal era la ópera del diablo, y se desarrollaba en un

crescendo, llegando a su punto más alto de tormento el miércoles y

quedándose ahí hasta que terminaba el viernes por la tarde. Para el miércoles

estábamos todos lastimados, irritados al máximo. Nuestros cuerpos enteros

eran frambuesas gigantes que exudaban pus y sangre. Mentalmente éramos

zombis. Los instructores nos hicieron realizar simples levantamientos de bote

y estábamos arrastrándonos. Incluso mi equipo apenas pudo levantar el bote.

Mientras tanto, el Psicótico y SBG y los otros instructores nos vigilaban de

cerca, buscando por debilidades como siempre.

Tenía un auténtico odio por los instructores. Eran mi enemigo y estaba

harto de que estuvieran tratando de hurgar en mi cerebro. Miré a Brown, y por

primera vez en toda la semana se veía tembloroso. Todo el equipo se veía así.

Mierda, yo también me sentía miserable. Mi rodilla era del tamaño de una

toronja y cada paso que daba le prendía fuego a mis nervios, lo cual es el

motivo por el que buscaba algo que me diera combustible para seguir. Me

concentré en Pete el Psicótico. Estaba harto de ese hijo de perra. Los

instructores se veían calmados y cómodos. Nosotros estábamos desesperados,

y ellos tenían lo que a nosotros nos faltaba: ¡energía! Era momento de darle la

vuelta al juego y ocupar terreno en sus cabezas.

Cuando su hora de salida llegara esa noche y manejaran a casa después de

su enclenque turno de ocho horas mientras nosotros todavía estábamos

dándole duro, quería que pensaran en el Boat Crew Two. Quería perseguirlos

mientras estuvieran acostándose en la cama con sus esposas. Quería ocupar

tanto espacio en sus mentes que ni siquiera pudieran lograr que se les parara. Para mí eso sería tan poderoso como ponerles un cuchillo en los genitales. Así

que implementé un proceso que ahora llamo «tomar almas».

Volteé a mirar a Brown. «¿Sabes por qué te llamo Fenómeno?» le

pregunté. Me miró mientras bajábamos el bote, y luego lo levantábamos sobre

nuestras cabezas como robots destartalados en batería de reserva. «¡Porque

eres uno de los cabrones más duros que he conocido en mi maldita vida!».

Sonrió. «¿Y saben qué le digo a estos hijos de perra justo aquí?» apunté con

mi codo a los nueve instructores reunidos en la playa, tomando café y

hablando de tonterías. «Les digo que ¡se pueden ir a la mierda!». Bill asintió y

entrecerró los ojos para mirar a nuestros torturadores, mientras yo volteaba a

ver al resto del equipo. «¡Ahora hay que arrojar bien alto esta mierda y

enseñarles quiénes somos!».

«Jodidamente hermoso», dijo Bill. «¡Hagámoslo!».

En cuestión de segundos mi equipo entero había cobrado vida. No sólo

levantábamos el bote sobre nuestras cabezas y lo dejábamos caer con fuerza,

sino que lo arrojábamos en el aire, lo atrapábamos sobre nosotros, tocábamos

la arena con él y lo volvíamos a arrojar otra vez. Los resultados fueron

inmediatos e innegables. Nuestro dolor y cansancio se desvanecieron. Cada

repetición nos volvía más rápidos y fuertes, y cada vez que arrojábamos el

bote hacia arriba cantábamos.

«¡NO PUEDEN LASTIMAR AL BOAT CREW TWO!».

Ese era nuestro jódanse a los instructores, y teníamos toda su atención

mientras nos elevábamos con nuestro segundo aire. En el día más difícil de la

semana más dura del entrenamiento más rudo del mundo, el Boat Crew Two

estaba moviéndose a la velocidad del rayo y burlándose de la Semana

Infernal. Las miradas en los rostros de los instructores contaban una historia

por sí mismas. Sus bocas abiertas como si estuvieran atestiguando algo que

nadie había visto antes. Algunos apartaban la mirada, casi avergonzados. Sólo

SBG se veía satisfecho.

 

Desde esa noche en la Semana Infernal he implementado el concepto de

«tomar almas» incontables veces. Tomar almas es un boleto para encontrar tu

propia reserva de poder y montarte en un segundo aire. Es la herramienta que

puedes invocar para ganar cualquier competencia o vencer cualquier obstáculo en la vida. Puedes utilizarlo para triunfar en una partida de ajedrez,

o para conquistar a un adversario en un asunto de política de oficina. Puede

ayudarte a sobresalir en una entrevista de trabajo o en la escuela. Y sí,

también puede ser utilizado para ganar en cualquier tipo de desafíos físicos,

pero recuerda, este es un juego que estás realizando contigo mismo. A menos

que estés involucrado en una competencia física, no estoy sugiriendo que

intentes dominar a alguien o aplastar su espíritu. De hecho, los otros ni

siquiera necesitan saber que estás haciendo este juego. Esta es una táctica para

que seas la mejor versión de ti mismo cuando el deber te llame. Es un juego

mental que estás llevando a cabo contigo.

Tomar el alma de alguien quiere decir que tienes una ventaja táctica. La

vida entera se trata de buscar ventajas tácticas, por esta razón robamos el

horario de la Semana Infernal e íbamos pisándole los talones al Psicótico en

aquella carrera, y por esta razón también hacía un espectáculo de mí mismo al

ir hacia el oleaje, tarareando el tema de la película Platoon. Cada uno de esos

incidentes era una acción desafiante que nos empoderaba.

Pero las acciones desafiantes no son siempre la mejor manera de tomar el

alma de alguien. Todo depende del terreno en el que estés. Durante el BUD/S,

a los instructores no les importaba que uno buscara ventajas como esa. Lo

respetaban siempre y cuando también estuvieras rompiéndola. Debes hacer tu

propia tarea. Conoce el terreno en el cual estás operando, cuándo y dónde

puedes empujar los límites, y cuándo debes de alinearte con el resto.

Después realiza un inventario de tu mente y tu cuerpo en la víspera de la

batalla. Haz una lista de tus inseguridades y debilidades, así como de las de tu

oponente. Por ejemplo, si estás sufriendo de acoso por un bravucón, y sabes

dónde te sientes insuficiente o inseguro, puedes adelantarte a cualquier insulto

o crítica que él pueda proferirte. Puedes burlarte de ti mismo junto con él, lo

cual le quita todo su poder. Si te tomas lo que hagan o digan los demás menos

personalmente, ya no tienen cartas por usar. Los sentimientos son sólo

sentimientos. Por otro lado, la gente que se siente segura consigo misma no

necesita molestar a los demás. Cuidan a los otros. Así que si estás siendo

acosado sabes de antemano que estás lidiando con una persona que tiene

problemas en áreas que tú puedes explotar o tranquilizar. A veces la mejor

manera de derrotar a un bravucón es, de hecho, ayudarlo. Si puedes pensar en

dos o tres movimientos adelantadamente, te apoderarás de su proceso de

pensamiento, y si haces esto habrás tomado su maldita alma sin que siquiera

se haya dado cuenta.

Nuestros instructores SEAL eran unos bravucones, y no se dieron cuenta

de los juegos mentales que estaba realizando durante esa semana para

mantener al Boat Crew Two en óptimas condiciones. No tenían por qué.

Supongo que estaban obsesionados con nuestras hazañas durante la Semana

Infernal, pero no puedo estar seguro. Era una táctica mental que utilizaba para

mantener mi ventaja y ayudar a nuestro equipo a prevalecer.

De la misma manera, si estás enfrentándote a un competidor por un

ascenso, y sabes dónde te quedas corto, puedes trabajar en eso antes de la

entrevista o evaluación. En ese escenario, reírse de tus propias debilidades no

resolverá el problema. Debes dominarlas. Mientras tanto, si estás consciente

de las vulnerabilidades de tu competidor puedes usarlas a tu favor, pero todo

eso conlleva investigación. De nuevo, conoce el terreno, conócete a ti mismo,

y más te vale que conozcas a tu adversario a detalle.

Una vez que estás en el calor de la batalla, todo dependerá de la

permanencia. Si es un complicado desafío físico probablemente tendrás que

derrotar a tus propios demonios antes de que puedas tomar el alma de tu

oponente. Eso quiere decir ensayar respuestas a la sencilla pregunta que es

seguro que surja como una burbuja de pensamiento: «¿Por qué estoy aquí?».

Si sabes que ese momento se aproxima y tienes tu respuesta lista, estarás

equipado para tomar la decisión instantánea de ignorar la parte débil de tu

mente y seguir avanzando. ¡Conoce por qué estás en la pelea para permanecer

en la pelea!

¡Y nunca olvides que la angustia emocional y física es finita! Se termina

eventualmente. Sonríe al dolor y míralo desvanecerse por al menos un

segundo o dos. Si consigues hacer eso; si logras unir esos segundos y durar

más de lo que tu oponente piensa que puedes, eso podría ser suficiente para

agarrar un segundo aire. No hay ningún consenso científico al respecto del

segundo aire. Algunos científicos piensan que es el resultado de endorfinas

fluyendo por el sistema nervioso, otros creen que es un golpe de oxígeno que

puede ayudar a disolver el ácido láctico, así como a aportar el glucógeno y

triglicéridos que los músculos necesitan para funcionar. Algunos dicen que es

puramente psicológico. Todo lo que sé es que dándolo todo cuando nos

sentíamos derrotados fuimos capaces de tomar un segundo aire durante la

peor noche de la Semana Infernal. Y una vez que tienes ese segundo aire

respaldándote es fácil quebrar a tu oponente y robar su alma. La parte

complicada es llegar a ese punto, porque el boleto a la victoria a menudo

depende de sacar lo mejor de ti cuando te sientes de lo peor.

Después de triunfar en los levantamientos de bote, la generación entera fue

 

obsequiada con una hora de sueño en una gran casa de acampar verde del

ejército que habían montado en la playa y equipado con catres militares. Esos

catres de mierda no tenían colchones, pero bien pudieron haber sido lujosas

nubes rellenas de algodón porque una vez que estuvimos acostados todos nos

quedamos dormidos.

Oh, pero el Psicótico no había terminado conmigo. Me dejó dormir sólo

por un minuto, luego me despertó y me llevó a la playa para un tiempo uno a

uno. Vio una oportunidad para hurgar en mi cabeza, al fin, y yo estaba

desorientado mientras tambaleaba mar adentro solo, pero el frío me despertó.

Decidí saborear mi hora extra privada de tortura de oleaje. Cuando el agua

estaba a la altura de mi pecho comencé a tararear el Adagio para cuerdas una

vez más. Más fuerte esta vez. Lo suficientemente fuerte para que ese hijo de

perra me escuchara sobre el tronar de las olas. ¡Esa canción me daba vida!

Había venido al entrenamiento SEAL para averiguar si era lo

suficientemente duro como para pertenecer y me encontré con una bestia

dentro de mí que jamás había sabido que existía. Una bestia a la cual acudiría

a partir de ese momento cuando mi vida estuviera mal. Para el momento en

que emergí de ese océano, me consideraba invencible.

Si tan sólo.

La Semana Infernal desgasta a cualquiera, y más tarde esa noche, a

cuarenta y ocho horas de terminar, fui a una revisión médica a que me

inyectaran Toradol en la rodilla para disminuir la inflamación. Para cuando

estaba de vuelta en la playa, los equipos de tripulación estaban ya en el mar a

la mitad de un ejercicio de remo. El oleaje estaba azotando y el viento

remolineando. El Psicótico miró a SBG. «¿Qué carajos vamos a hacer con

él?».

Por primera vez el Psicótico estaba dudoso y cansado de tratar de

vencerme. Yo estaba listo, preparado para cualquier reto, pero él ya estaba

harto; listo para darme unas vacaciones en un spa. Ahí fue cuando me di

cuenta de que lo había superado; había tomado su alma. SBG tenía otras

ideas. Me dio un chaleco salvavidas y unió una luz artificial a la parte trasera

de mi sombrero.

«Sígueme», me dijo mientras corría por la playa. Lo alcancé y fuimos

hacia el norte por fácil un kilómetro y medio. Para entonces apenas podíamos ver los botes y sus luces parpadeantes a través de la niebla y sobre las olas.

«Muy bien, Goggins. ¡Ahora ve a nadar y encuentra a tu maldito bote!».

Había dado un balazo en mi más profunda inseguridad, había perforado

mi confianza, y yo estaba pasmado y en silencio. Le lancé una mirada que

decía, «¿estás bromeando?». Era un nadador decente para entonces, y la

tortura del oleaje no me asustaba porque no estábamos tan lejos de la costa,

¿pero un nado hipotérmico en mar abierto, a un kilómetro de la costa, en

medio de una tormenta, con dirección a un bote donde nadie tenía ni la menor

idea de que me dirigía hacia ellos? Eso sonaba a una sentencia de muerte, y

no me había preparado para nada como eso. Pero algunas veces lo inesperado

desciende como el caos, y sin advertencia alguna incluso los más valientes

entre nosotros deben estar preparados para tomar riesgos y realizar tareas que

parecen estar más allá de lo posible.

Para mí, en ese momento, todo se reducía a cómo quería ser recordado.

Pude haberme rehusado a obedecer la orden, y no me habría metido en

problemas porque no tenía un compañero de nado (en el entrenamiento SEAL

siempre debes tener un compañero de nado), y era obvio que él me estaba

pidiendo hacer algo que era extremadamente peligroso. Pero también sabía

que mi objetivo al venir al entrenamiento SEAL era más que sólo llegar al

otro lado con un tridente. Para mí era la oportunidad de medirme con lo mejor

de lo mejor y de sobresalir entre la manada. Así que incluso a pesar de que no

podía ver los botes más allá de las chocantes olas no había tiempo para

meditar en el miedo. No había ninguna decisión que tomar en realidad.

«¿Qué estás esperando Goggins? ¡Mueve tu maldito culo hacia allá y no

jodas esto!».

«¡Entendido!». Grité mientras corría a toda velocidad hacia las olas. El

problema era que, amarrado a un chaleco salvavidas, curándome una rodilla

lastimada, usando botas, apenas podía nadar un carajo y era casi imposible

sumergirme por debajo del oleaje. Tuve que nadar sobre la cresta de las olas,

y con mi mente manejando tantas variables, el océano parecía más frío que

nunca. Tragué agua por galones. Era como si el océano estuviera separando

mi mandíbula para abrirla e inundar mi sistema, y con cada trago, mi miedo

se incrementaba.

No tenía idea de que en tierra SBG se estaba preparando para un rescate

en caso de que sucediera el peor escenario posible. No sabía que él nunca

había puesto a otro hombre en esa situación antes. No me daba cuenta de que

estaba viendo algo especial en mí y, como cualquier otro líder fuerte, quería

averiguar qué tan lejos podía llevarme; mientras él observaba la luz que llevaba amarrada flotar en la superficie, muy nervioso. Me dijo todo esto

durante una conversación reciente que tuvimos. En ese momento, yo sólo

estaba tratando de sobrevivir.

Finalmente pasé la zona de oleaje y nadé otro medio kilómetro mar

adentro sólo para percatarme de que tenía seis botes frente a mí, entrando y

saliendo de mi campo visual como un subibaja gracias a olas de metro y

medio provocadas por el viento. ¡Ellos no sabían que yo estaba ahí! Mi luz

era tenue, y en la parte baja del oleaje en la que estaba no podía ver nada.

Sólo esperaba a que alguno de los botes apareciera bajando a toda velocidad

de la cresta de una ola y me arrollara. Todo lo que podía hacer era ladrarle a

la oscuridad como un león marino ronco.

«¡Boat Crew Two! ¡Boat Crew Two!».

Fue un pequeño milagro que mis compañeros me escucharan. Dieron la

vuelta al bote, y el Fenómeno Brown me tomó con sus enormes manos y me

arrastró hacia el interior como la pesca del día. Me recosté en medio del bote,

con mis ojos cerrados, y tiritando violentamente por primera vez en toda la

semana. Tenía tanto frío que no podía ocultarlo.

«Maldición, Goggins», dijo Brown, «¡debes estar loco!, ¿estás bien?».

Asentí una vez y me controlé. Yo era el líder de ese equipo y no podía

permitirme mostrar debilidad. Tensé cada músculo en mi cuerpo, y mis

temblores disminuyeron hasta detenerse por completo.

«Así es como se lidera desde el jodido frente», les dije, tosiendo agua

salada como un ave herida. No pude mantener la seriedad por mucho.

Tampoco mi equipo. Ellos sabían perfectamente que ese nado jodidamente

loco no había sido mi idea.

Mientras el reloj avanzaba en la Semana Infernal, estábamos en el pozo de

demostraciones, justo a las afueras del famoso y estrecho istmo Silver Strand

de Coronado. El pozo estaba lleno de lodo frío y cubierto con agua helada.

Había un puente de cuerda —dos líneas paralelas, una para los pies y otra

para las manos— estirándose de extremo a extremo. Uno por uno, cada

hombre debía cruzar mientras los instructores agitaban esa mierda con todas

sus fuerzas, tratando de hacernos caer. Para mantener ese nivel de balance se

requiere de tremenda fuerza en el centro del cuerpo, y estábamos todos

destrozados y al límite de nuestra resistencia. Además, mi rodilla seguía

jodida. De hecho, había empeorado y requería de una inyección contra el

dolor cada doce horas. Pero cuando llamaron mi nombre, me trepé en esa

cuerda, y cuando los instructores comenzaron a agitarla, flexioné mis

abdominales y me aferré con toda la fuerza que me quedaba.

Nueve meses antes había llegado a pesar 135 kilos y no podía correr ni

400 metros. En ese entonces, cuando estaba soñando con una vida diferente,

recuerdo pensar que sólo atravesar la Semana Infernal sería el mayor honor de

mi vida hasta ese momento. Incluso si nunca me graduaba del BUD/S,

sobrevivir a la Semana Infernal por sí mismo sería significativo. Pero no

simplemente sobreviví. Estaba a punto de terminar la Semana Infernal como

el primero de mi grupo, y por primera vez, sabía que era un cabrón duro.

En algún tiempo, estuve tan concentrado en fallar que me atemorizaba

siquiera intentar. Ahora tomaría cualquier desafío. Toda mi vida, el agua me

había aterrorizado, y especialmente el agua helada, pero de pie ahí en la hora

final, ¡deseaba que el océano, el viento, y el lodo hubieran estado más fríos!

Estaba completamente transformado físicamente, lo cual era una gran parte de

mi éxito en el entrenamiento BUD/S, pero lo que me hizo llegar al final de la

Semana Infernal fue mi mente, y yo apenas estaba comenzando a darme una

idea de su poder.

Eso es en lo que estaba pensando mientras los instructores hacían su

mejor esfuerzo por tirarme de ese puente de cuerda como en un toro

mecánico. Me aferré con fuerza y llegué tan lejos como el resto de la

generación 231 antes de que la naturaleza ganara y me mandaran girando

directo al lodo helado. Lo limpié de mis ojos y boca y me reí como loco

mientras el Fenómeno Brown me ayudaba a levantarme. No mucho después,

SBG se paró al borde del pozo.

«¡Semana Infernal terminada!» nos gritó a los treinta que aún

permanecíamos, retumbando en el pozo. Todos estábamos rozados y

ensangrentados, hinchados y tiesos. «¡Ustedes muchachos hicieron un trabajo

increíble!».

Algunos compañeros gritaron de alegría. Otros colapsaron de rodillas con

lágrimas en sus ojos y le agradecieron a Dios. Yo también miré a los cielos,

jalé al Fenómeno Brown por un abrazo, y choqué las manos con todos en mi

equipo. El resto de los equipos de tripulación habían perdido compañeros,

¡pero no el equipo dos!, ¡no perdimos a ningún hombre y ganamos todas las

competencias!

Continuamos celebrando mientras abordábamos un autobús al Molino.

Una vez que llegamos, había una pizza grande para cada uno junto con una

botella de dos litros de Gatorade y la codiciada camiseta café. Esa pizza sabía

a jodido maná del cielo, pero las camisetas tenían un significado mayor.

Cuando recién llegas al entrenamiento BUD/S usas camisetas blancas todos

los días. Una vez que sobrevives a la Semana Infernal, puedes cambiarlas por camisetas color café. Era un símbolo de que habíamos avanzado a un nivel

superior, y después de casi una vida entera de puros fracasos, definitivamente

sentí que estaba en un nuevo lugar en la vida.

Traté de disfrutar el momento como todos los demás, pero mi rodilla no se

había sentido bien en dos días y decidí irme y visitar a un doctor. En mi

camino al Molino, miré a mi derecha y vi casi cien cascos alineados.

Pertenecían a los hombres que habían sonado la campana, y se alargaban

pasando la estatua hasta el puesto de mando. Leí algunos de los nombres —

eran de compañeros que me agradaban. Sabía cómo se sentían porque yo

presencié cuando mi generación de para-rescate se graduó sin mí. Esa

memoria me había dominado por años, pero después de 130 horas en el

infierno, ya no me definía más.

A cada hombre le fue requerido ver al doctor esa tarde, pero nuestros

cuerpos estaban tan hinchados que tenían dificultad distinguiendo heridas de

inflamación general. Todo lo que sabía era que mi rodilla estaba triplemente

jodida y necesitaba muletas para caminar. El Fenómeno Brown se fue de la

revisión médica amoratado y maltrecho. Kenny salió limpio y a penas

cojeando, pero estaba sumamente adolorido. Por fortuna, nuestra siguiente

evolución era la semana de descanso. Teníamos siete días para comer, beber,

y sanar antes de que las cosas se pusieran serias una vez más. No era mucho

tiempo, pero sí suficiente para que sanáramos la mayoría de los cabrones

locos que habíamos conseguido permanecer en la generación 231.

¿Conmigo qué estaba pasando? Mi rodilla hinchada no había mejorado

nada para cuando me arrebataron las muletas. Pero no había tiempo para

lloriqueos. La diversión de la primera fase no había terminado todavía.

Después de la semana de descanso vino la atadura de nudos, lo cual podrá no

sonar a gran cosa pero fue mucho peor de lo que esperaba porque este

ejercicio en particular tomaba lugar al fondo de la alberca, donde esos mismos

instructores de antes harían su mejor esfuerzo para tratar de ahogar mi culo de

una sola pierna.

Era como si el diablo hubiera estado viendo todo el espectáculo, hubiera

esperado al intermedio, y ahora su parte favorita estuviera a punto de

comenzar. La noche antes de que el entrenamiento BUD/S volviera a

aumentar en intensidad podía escuchar sus palabras sonando en mi cerebro

quemado de estrés, mientras giraba sobre mi cama toda la noche.

Dicen que te gusta sufrir, Goggins. Que tú crees que eres un cabrón muy

duro. ¡Disfruta tu estadía extendida en el infierno!

RETO #4

 

 

Elige una situación competitiva en la que te encuentres justo ahora. ¿Quién es

tu oponente? ¿Es tu maestro o tu entrenador, tu jefe, o un cliente revoltoso?

No importa cómo te estén tratando hay una manera de no sólo obtener su

respeto, sino de invertir la situación. La excelencia.

Esto podría parecerse a sacar 100 en un examen, o crear una propuesta

ideal, o exceder una meta de ventas. Sea lo que sea, quiero que trabajes más

arduamente en ese proyecto o en esa clase escolar de lo que lo has trabajado

hasta ahora. Haz todo exactamente como se te pide, y cualquier estándar que

fijen como el resultado ideal, deberías de estar aspirando a superarlo.

Si tu entrenador no te da tiempo de juego en los partidos, domina los

entrenamientos. Mídete con la mejor persona de tu equipo y dalo todo por

superarlo. Eso significa dedicarle tiempo fuera del campo. Ver videos para

que puedas estudiar las tendencias de tu oponente, memorizar jugadas, y

entrenar en el gimnasio. Necesitas hacer que ese entrenador te ponga

atención.

Si es tu maestro, entonces empieza a hacer trabajos de alta calidad. Pasa

tiempo extra en tus tareas. ¡Escribe ensayos para el profesor que ni siquiera

pidió! Llega temprano a clase. Realiza preguntas. Pon atención. Muéstrale

quién eres y quién quieres ser.

Si es tu jefe, trabaja día y noche. Llega antes que el resto. Sal del trabajo

después de que los demás ya se hayan marchado. Asegúrate de que todos lo

vean, y cuando sea momento de cumplir, sobrepasa sus máximas

aspiraciones.

Con quien sea que estés lidiando, tu meta es hacer que te observen lograr

lo que ellos mismos nunca podrían conseguir. Quieres que se queden

pensando en lo increíble que eres. Toma su negatividad y úsala para dominar

la tarea a cumplir con todo lo que tienes. ¡Toma su jodida alma! Después,

postea sobre ello en redes sociales y añade los hashtags #nomepuedeslastimar

(#canthurtme) y #tomandoalmas (#takingsouls).