No me puedes lastimar

David Goggins · Capítulo 4 de 12

Páginas del PDF

No me puedes lastimar

3. La tarea imposible

CAPÍTULO TRES

 

 

LA TAREA IMPOSIBLE

 

Pasaba de la medianoche y las calles estaban solas. Conduje mi camioneta

pickup a otro estacionamiento vacío y apagué el motor. En la quietud todo lo

que podía escuchar era el inquietante zumbido halógeno de las luminarias de

la calle y el rasgar de mi pluma mientras tachaba otro alimentador de

franquicia. La última en una interminable serie de restaurantes de comida

rápida y comedores de cocinas industriales que recibían más visitantes

nocturnos de lo que te gustaría saber. Esa es la razón por la que personas

como yo venían a lugares como este a altas horas de la madrugada. Puse mi

tabla sujetapapeles bajo el reposabrazos, tomé mi equipo de trabajo, y

comencé a reponer las trampas para ratas.

Están por todas partes esas pequeñas cajitas verdes. Pon atención en casi

cualquier restaurante y las encontrarás escondidas a plena vista. Mi trabajo

era ponerles la carnada, moverlas de lugar o reemplazarlas. Algunas veces me

sacaba la lotería y encontraba un cadáver de rata, lo cual nunca me tomaba

por sorpresa. Reconoces la muerte cuando la hueles.

Esta no era la misión por la cual me había enlistado en la Fuerza Aérea

con sueños de unirme a una unidad de para-rescatistas. En ese entonces tenía

diecinueve años y pesaba ochenta kilos. Cuando obtuve mi licencia militar

cuatro años más tarde, me había inflado hasta más de 130 kilos y estaba en un

tipo distinto de trabajo. Con ese peso, incluso inclinarse para poner el cebo en

las trampas requería de esfuerzo. Estaba tan gordo que tenía que coser un

calcetín deportivo en la entrepierna de mi pantalón de trabajo para que no se

trozara cuando me hincaba. De veras, era un espectáculo patético.

Una vez controlado el exterior, era momento de aventurarse al interior, lo

cual era una categoría propia de tierra salvaje. Tenía llaves de casi todos los

restaurantes en esta parte de Indianápolis, así como sus códigos de alarma.

Una vez dentro, me ponía una máscara de fumigación cubriéndome la cara y bombeaba mi rociador color plateado lleno de veneno. Me veía como un

maldito extraterrestre en esa cosa, con sus filtros dobles sobresaliendo de mi

boca, protegiéndome de los vapores tóxicos.

Protegiéndome.

Si había algo que me gustaba de ese trabajo era la naturaleza sigilosa de

trabajar tarde, entrando y saliendo de las oscuras sombras. Amaba esa

máscara por el mismo motivo. Era vital, no porque me protegiera de ningún

maldito insecticida. La necesitaba porque hacía que fuera imposible que

cualquier persona me viera, incluyéndome a mí. Si por casualidad me

encontraba con mi propio reflejo en una puerta de cristal o en un mostrador de

acero inoxidable, no era a mí a quien estaba viendo. Era la copia de la copia

de un soldado de asalto. El tipo de persona que se embolsaría unos brownies

viejos mientras sale por la puerta.

No era yo.

Algunas veces veía cucarachas correr a esconderse cuando prendía las

luces o rociaba con veneno los mostradores y las baldosas del suelo. Veía

roedores muertos pegados en trampas pegajosas que había dejado en visitas

previas. Los embolsaba y los tiraba a la basura. Revisaba los sistemas de

iluminación que había instalado para atrapar polillas y moscas y los limpiaba

también. Después de una media hora ya me había ido, conduciendo al

siguiente restaurante. Tenía una docena de paradas cada noche y tenía que

recorrerlas todas antes del amanecer.

Tal vez este tipo de trabajo suene asqueroso para ti. Cuando lo recuerdo

me da asco también, pero no por el trabajo. Era un trabajo honesto. Necesario.

Carajo, en el campo de entrenamiento básico de la Fuerza Aérea le caí mal a

mi primer sargento de instrucción y ella me volvió la reina de las letrinas. Era

mi responsabilidad mantener relucientes las letrinas de nuestras barracas. Ella

me dijo que si encontraba una sola mancha de suciedad en esa letrina en

cualquier momento dado me regresaría al día uno y me uniría a una nueva

escuadrilla. Yo me lo tomé con disciplina. Estaba feliz de estar en la Fuerza

Aérea, y limpié hasta más no poder esa letrina. Podrías haber comido del

suelo. Cuatro años más tarde, el muchacho que estaba emocionado de limpiar

las letrinas había desaparecido y ya no sentía nada en absoluto.

Dicen que siempre hay luz al final del túnel, pero no la hay una vez que

tus ojos se acostumbran a la oscuridad, y eso es lo que me había ocurrido.

Estaba entumecido. Entumecido ante mi vida, miserable en mi matrimonio, y

yo había aceptado esa realidad. Era un imitador de guerrero convertido en

francotirador de cucarachas en el turno de la noche. Sólo otro zombi vendiendo su tiempo en la tierra, moviéndome en automático. De hecho, la

única reflexión que tenía sobre mi trabajo en ese momento era que, en

realidad, lo consideraba un ascenso.

Cuando obtuve mi licenciamiento del ejército conseguí un trabajo en el

hospital St. Vincent. Trabajaba como guardia de seguridad de las 11 p. m. a

las 7 a. m. por el salario mínimo y ganaba como unos $700 dólares al mes. De

vez en cuando, veía una camioneta de Ecolab estacionarse. Estábamos en la

ronda regular del exterminador y era parte de mi trabajo abrirle la puerta de la

cocina del hospital. Una noche nos pusimos a charlar, y él me mencionó que

Ecolab estaba contratando personal, y que el trabajo incluía una camioneta

gratis y ningún jefe vigilándote. Significaba también un aumento en mi

salario del 35 por ciento. No pensé en los riesgos a la salud. No estaba

pensando en absoluto. Estaba tomando lo que se me estaba ofreciendo. Estaba

en ese sendero, alimentado con cuchara en la boca, de tomar el camino que

ofreciera menor resistencia; dejando que los dominós cayeran en mi cabeza,

lo cual estaba matándome lentamente. Pero hay una diferencia entre no sentir

nada y ser ingenuo. En la oscuridad de la noche no había muchas

distracciones para sacarme de mis pensamientos, pero sabía que había

derribado el primer dominó. Había comenzado la reacción en cadena que me

puso al servicio de Ecolab.

La Fuerza Aérea debió haber sido mi boleto de salida. La primera

sargento de instrucción sí terminó mandándome a otra unidad y, en mi nueva

escuadrilla, me convertí en un recluta ejemplar. Medía 1.88 metros y pesaba

cerca de ochenta kilos. Era ágil y fuerte, nuestra unidad era la mejor

escuadrilla en todo el campo de entrenamiento, y pronto ya estaba entrenando

para mi trabajo soñado: Para-rescatista de la Fuerza Aérea. Éramos ángeles

guardianes con colmillos, entrenados para caer desde el cielo tras líneas

enemigas y llevar a los pilotos derribados fuera de peligro. Yo fui uno de los

mejores en ese entrenamiento. Era uno de los mejores en lagartijas, y el mejor

en sentadillas, aleteo de piernas y atletismo. Estuve a un punto de graduarme

con honores, pero había algo de lo que no te hablan en la charla de inducción

al entrenamiento en para-rescate: la confianza en el agua. Ese es un bonito

nombre para un curso en el que intentaban ahogar tu culo por semanas, y yo

me sentía incomodísimo en el agua.

Boy Scouts.

 

A pesar de que mi madre nos sacó de la asistencia pública y de la vivienda

subsidiada en sólo tres años, aún entonces no le sobraba dinero como para

clases de natación, y evitábamos las albercas. No fue sino hasta que asistí al

campamento boy scout cuando tenía doce que finalmente fui confrontado con

la natación. Abandonar Buffalo me permitió unirme a los scouts, y el

campamento era mi mejor oportunidad de conseguir todas las insignias de

mérito que necesitaba para mantenerme en el proceso de convertirme en scout

águila. Un día por la mañana fue momento de calificar para la insignia de

mérito en natación y eso involucraba nadar un kilómetro y medio en un

circuito marcado con boyas en el lago. Todos los otros niños saltaron al agua

y comenzaron a nadar, y si yo quería guardar las apariencias iba a tener que

fingir que sabía lo que estaba haciendo, así pues, los seguí al lago. Nadé como

un perro lo más que pude pero seguía tragando agua por lo que me giré sobre

la espalda y terminé nadando el circuito entero con una jodida técnica de

brazada de espalda improvisada sobre la marcha. Insignia de mérito

asegurada.

Cuando llegó el momento de tomar la prueba de nado para entrar al

entrenamiento de para-rescate, necesitaba saber nadar de verdad. Este era un

nado libre cronometrado de 500 metros, e incluso a los diecinueve años todavía no sabía nadar en estilo libre. Así que llevé mi ignorante trasero a

Barnes & Noble, compré «Natación para tontos», estudié los diagramas, y

practiqué en la piscina cada día. Detestaba poner mi cara en el agua, pero me

las ingeniaba para dar una brazada, luego dos, y antes de mucho ya podía

nadar un largo completo.

No flotaba tanto como la mayoría de los nadadores. Cuando sea que me

detenía, incluso por un momento, comenzaba a hundirme, lo cual hacía que

mi corazón entrara en pánico, y mi tensión en aumento sólo empeoraba las

cosas. Eventualmente, pasé esa prueba de nado, pero hay una diferencia entre

ser competente y estar cómodo en el agua, y otra gran distancia entre estar

cómodo y estar confiado, y cuando no puedes flotar como la mayoría de las

personas, la confianza en el agua no viene fácilmente. Algunas veces ni

siquiera llega en absoluto.

En el entrenamiento de para-rescate, la confianza en el agua es parte del

programa de diez semanas, y está lleno de evoluciones específicas diseñadas

para probar qué tan bien puedes trabajar en el agua y bajo estrés. Una de las

peores evoluciones para mí se llamaba subir y bajar. La clase estaba dividida

en grupos de cinco, alineados de canaleta a canaleta en el extremo poco

profundo de la alberca y totalmente equipados. A nuestras espaldas

llevábamos cargando dos tanques gemelos de ocho litros hechos de acero

galvanizado, y portábamos también cinturones de siete kilos. Íbamos muy

jodidamente cargados, lo cual hubiera estado bien, excepto que en esta

evolución no teníamos permitido respirar de los tanques que llevábamos. En

lugar de eso, nos pidieron caminar hacia atrás por la pendiente de la alberca

de la sección de un metro de fondo a la parte más honda, como a tres metros

de profundidad, y en esa lenta marcha para llegar a la posición, en mi mente

se arremolinaban pensamientos de duda y negatividad.

¿Qué carajos estás haciendo aquí? ¡Esto no es para ti! ¡Tú no sabes nadar!

¡Eres un impostor y ellos van a averiguarlo!

El tiempo se volvió más lento y esos segundos parecieron minutos. Mi

diafragma se sacudía, tratando de forzar más aire al interior de mis pulmones.

Teóricamente, sabía que la relajación era la clave para todas las evoluciones

submarinas, pero estaba demasiado aterrorizado para soltar la tensión. Apreté

mi quijada tanto como mis puños. Mi cabeza palpitaba mientras yo luchaba

por mantener lejos al pánico. Finalmente, estábamos todos en posición y era

momento de empezar a subir y bajar. Eso quería decir empujarnos desde el

fondo a la superficie (sin el beneficio de usar las aletas que llevábamos),

tragar una bocanada de aire, y volver a hundirnos hasta abajo. No fue sencillo subir completamente cargado, pero al menos fui capaz de respirar, y ese

primer aliento fue mi salvación. El oxígeno inundó mi sistema y comencé a

relajarme hasta que el instructor gritó «¡cambio!». Esa era nuestra señal para

quitarnos las aletas de los pies, colocarlas en nuestras manos y, en un sólo

movimiento de brazos, propulsarnos a la superficie. Teníamos permitido

empujarnos desde el suelo de la alberca con los pies, pero no podíamos

patalear. Hicimos esto durante cinco minutos.

Desmayos en la superficie o aguas poco profundas no son inusuales

durante el entrenamiento de confianza en el agua. Van de la mano con

estresar al cuerpo y limitar su ingreso de oxígeno. Con las aletas en mis

manos apenas podía sacar lo suficiente mi rostro del agua para poder respirar

y, mientras tanto, estaba trabajando duro y quemando oxígeno. Y cuando

quemas demasiado oxígeno demasiado rápido, tu cerebro se apaga y

comienzas a desmayarte. Nuestros instructores llamaban a eso «conocer al

mago». Mientras el reloj corría, podía ver estrellas aparecer en mi visión

periférica y sentí que el mago se me estaba acercando.

Pasé esa evolución y pronto nadar con aletas en mis manos o pies se

volvió fácil para mí. Lo que permaneció complicado de principio a fin era una

de nuestras tareas más simples: mantenerse a flote sin usar las manos.

Teníamos que mantener nuestras manos y nuestras barbillas por encima del

agua, usando solamente las piernas, las cuales daban vueltas en un

movimiento como de batidora, durante tres minutos. Eso no suena a mucho

tiempo, y para la mayoría de mi clase era fácil. Para mí, era casi jodidamente

imposible. Mi barbilla continuaba tocando el agua, lo cual significaba que el

tiempo comenzaba a contar otra vez desde cero. A todo mi alrededor, mis

compañeros se sentían tan cómodos que sus piernas apenas si se movían,

mientras que las mías iban a toda velocidad, y aun así no podía quedarme ni

la mitad de alto que esos muchachos blancos que parecía estaban desafiando a

la gravedad.

Cada día era otra humillación en la piscina. No porque me avergonzaran

públicamente. Pasé todas las evoluciones, pero por dentro estaba sufriendo.

Cada noche, me quedaba obsesionado en la tarea del próximo día y me daba

tanto miedo que no podía dormir, y rápidamente mi miedo se transformó en

resentimiento hacia mis compañeros quienes, en mi mente, la tenían más

fácil, lo cual sacaba los trapos sucios de mi pasado.

Yo era el único hombre negro en mi unidad, y esto me recordaba a mi

infancia en un pueblo rural de Indiana, y entre más difícil se volvía el

entrenamiento de confianza en el agua, más crecían esas oscuras aguas interiores hasta que parecía que también me estaba ahogando de adentro hacia

afuera. Mientras el resto de mi salón dormía, el potente cóctel de miedo y

enojo transitaba por mis venas y mis fijaciones nocturnas se convirtieron en

una especie de profecía autocumplida. Una donde el fracaso era inevitable

porque mi miedo desenfrenado estaba liberando algo que no podía controlar:

la mentalidad de renuncia.

Todo llegó a un punto crítico seis semanas después de iniciar el

entrenamiento con el ejercicio de «respiración entre compañeros». Hicimos

duplas, en cada par se tomaban el uno al otro del antebrazo y, en turnos,

respirábamos por un sólo snorkel. Mientras tanto, los instructores nos movían

violentamente, tratando de separarnos de nuestro snorkel. Todo esto se

supone que debía ocurrir cerca de la superficie, pero yo tenía flotabilidad

negativa, lo cual quería decir que me estaba hundiendo a la parte más

profunda de la alberca, arrastrando a mi compañero conmigo. Él tomaba aire

y me pasaba el snorkel. Yo nadaba a la superficie, exhalaba en un intento de

sacar el agua del tubo y tomar aliento antes de devolvérselo, pero los

instructores hacían que eso fuera casi imposible. Usualmente sólo despejaba

el tubo a la mitad e inhalaba más agua que aire. Desde el arranque, yo estaba

operando con un déficit de oxígeno mientras luchaba por mantenerme cerca

de la superficie.

En el entrenamiento militar, es trabajo del instructor identificar eslabones

débiles para retarlos a dar la marca o renunciar, y ellos podían darse cuenta de

que me estaba costando. En la piscina ese día, uno de ellos estaba siempre en

mi cara, gritando y empujándome, al tiempo que yo me ahogaba, tratando y

fallando de tomar aire a través de un estrecho tubo para mantenerme alejado

del mago. Recuerdo haberme sumergido y haber mirado hacia arriba al resto

de la clase, esparcidos como serenas estrellas de mar en la superficie.

Totalmente tranquilos, pasaban sus snorkels del uno al otro sin problemas,

mientras yo me enfurecía. Ahora entiendo que mi instructor sólo estaba

haciendo su trabajo, pero en ese entonces pensaba: ¡Este cabrón no me está

dando una oportunidad justa!

Pasé esa evolución también, pero todavía me faltaban once evoluciones

más y cuatro semanas de entrenamiento de confianza en el agua. Tenía

sentido. Estaríamos saltando desde aviones sobre el agua. Lo necesitábamos.

Yo simplemente ya no quería hacerlo más, y a la mañana siguiente, me

ofrecieron una puerta de salida que no había visto venir.

Semanas antes, nos tomaron muestras de sangre durante un chequeo

médico, y los doctores descubrieron que yo tengo el rasgo de células falciformes. No tenía la enfermedad, anemia de células falciformes, pero sí el

rasgo, lo cual se creía en aquel tiempo que incrementaba el riesgo de una

muerte repentina por paro cardíaco relacionada con el ejercicio. La Fuerza

Aérea no quería que cayera muerto a la mitad de una evolución y me retiraron

del entrenamiento por razones médicas. Pretendí tomarme con pesadez las

noticias, como si me estuvieran arrebatando mi sueño. Hice una gran maldita

actuación de estar encabronado, pero por dentro estaba eufórico.

Más tarde esa semana los doctores revirtieron su decisión. No dijeron

específicamente que fuera seguro para mí regresar, pero sí dijeron que el

rasgo no estaba todavía bien estudiado y me dejaron a mí tomar la decisión

final. Cuando me reporté de vuelta con el sargento mayor me informó que me

había perdido demasiado del entrenamiento y que si quería continuar tendría

que comenzar desde el día uno, semana uno. En vez de cuatro semanas, tenía

que soportar otras diez semanas más del terror, la rabia, y el insomnio que

venían con el entrenamiento de confianza en el agua.

Hoy en día, ese tipo de cosa ni siquiera la registraría mi radar. Si tú me

dices que tengo que correr más rápido y durante más tiempo que todos los

demás sólo para tener una oportunidad justa, yo te diría «entendido», y

seguiría adelante; pero en ese entonces estaba todavía muy verde. Físicamente

era fuerte, pero no estaba nada cerca de dominar mi mente.

El sargento mayor me miró fijamente, esperando mi respuesta. No pude ni

mirarlo a los ojos cuando le dije: «Sabe qué, sargento mayor, el doctor no

sabe mucho sobre las células falciformes, y eso está molestándome».

Él asintió, sin emoción alguna, y firmó los papeles sacándome del

programa definitivamente. Citó a las células falciformes, y en el papel no

había renunciado, pero yo sabía la verdad. Si hubiera sido quien soy ahora, no

me hubieran importado dos carajos las células falciformes. Todavía tengo ese

rasgo. No puedes simplemente deshacerte de él, pero en ese entonces un

obstáculo nuevo había aparecido, y yo me rendí.

Me movieron al Fuerte Campbell, Kentucky, le dije a mis amigos y

familia que me habían expulsado del programa por razones médicas, y

terminé de servir mis cuatro años en la Partida de Control Táctico Aéreo

(TACP por sus siglas en inglés), la cual trabajaba con algunas unidades de

operaciones especiales. Me entrenaron para coordinar unidades en tierra y

soporte aéreo —aviones veloces como el F-15 o el F-16— tras líneas

enemigas. Era un trabajo retador con personas inteligentes, pero tristemente

nunca estuve orgulloso de él y nunca vi las oportunidades que se me ofrecieron porque yo sabía en mi interior que era un cobarde que había dejado

al miedo dictar su futuro.

Enterraba mi vergüenza en el gimnasio y en la mesa de la cocina. Me metí

a hacer levantamientos de pesas y aumenté por mucho mi masa corporal.

Tragaba y hacía ejercicio. Hacía ejercicio y tragaba. En mis últimos días en la

Fuerza Aérea pesaba 115 kilos. Después de que me dieron licencia continué

aumentando en volumen corporal tanto con músculo como con grasa hasta

que llegué a pesar cerca de 135 kilogramos. Quería ser grande porque ser

grande escondía a David Goggins. Pude esconder a esta persona de ochenta

kilos dentro de mis bíceps de cincuenta centímetros y mi barriga. Me dejé

crecer un tupido bigote y era intimidante para cualquiera que me viese, pero

por dentro sabía que era un gallina, y esa es una sensación agobiante.

 

Izquierda: Después del entrenamiento básico de la Fuerza Aérea pesando 80 kilos en 1994; Derecha:

130 kilos en la playa en 1999.

La mañana que comencé a hacerme cargo de mi destino comenzó como

cualquier otra. Cuando la alarma sonaba a las 7 a. m., mi turno de Ecolab

terminaba y yo iba al autoservicio del Steak’n Shake para recetarme una

malteada de chocolate grande. Siguiente parada, 7-Eleven, por una caja de

minidonas de chocolate Hostess. Me terminaba esto en mi camino de cuarenta

y cinco minutos manejando a casa, a un hermoso departamento en un campo

de golf en el bello Carmel, Indiana, el cual compartía con mi esposa, Pam, y

su hija. ¿Recuerdas ese incidente del Pizza Hut? Me casé con esa chica. Me

casé con una muchacha cuyo padre me llamaba nigger. ¿Qué dice eso de mí?

No podíamos costearnos esa vida. Pam no estaba trabajando, pero en

aquellos días de cargar deudas en tarjetas de crédito, nada tenía mucho

sentido. Yo iba a 110 kilómetros por hora en la carretera, zampándome dosis

de azúcar y escuchando la estación local de rock clásico cuando Sound of

Silence (Sonido del silencio) empezó a escucharse en el estéreo. Las palabras

de Simon & Garfunkel sonaban con el eco de la verdad.

La oscuridad era, en efecto, una amiga. Trabajaba en la penumbra,

escondía mi verdadero ser de amigos y extraños. Nadie hubiera creído cuán

entumecido y temeroso estaba en ese entonces porque me veía como una

bestia con la que nadie se atrevería a entrometerse, pero mi mente no estaba

bien, y mi alma pesaba por tanto trauma y fracaso. Tenía todas las excusas del

mundo para ser un perdedor, y usaba cada una. Mi vida estaba

resquebrajándose, y Pam lidiaba con eso abandonando la escena. Sus padres

aún vivían en Brazil, a sólo ciento diez kilómetros de ahí. Pasábamos la

mayor parte de nuestro tiempo separados.

Llegué a casa del trabajo alrededor de las 8 a. m., y el teléfono sonó tan

pronto entré por la puerta. Era mi madre. Ella conocía mi rutina.

«Vente por tu desayuno de siempre», me dijo.

Mi desayuno de siempre era un buffet para uno, de dimensiones tales que

sólo unos cuantos podrían terminárselo en una sola sentada. Imagínate: ocho

rollos de canela Pillsbury, media docena de huevos revueltos, trescientos

gramos de tocino, y dos tazones de cereal Fruity Pebbles. No olviden que

acababa de devorar una caja de donas y una malteada de chocolate. Ni

siquiera tuve que responderle. Ella sabía que estaría ahí. La comida era mi

droga de elección y yo siempre me tragaba hasta la última migaja.

Colgué, cambié el canal de la televisión, y entré a la bañera, desde donde

pude escuchar la voz del narrador filtrarse a través del vapor. Captaba algunos

fragmentos. «Los SEAL de la Marina… los más duros… del mundo». Me

envolví una toalla alrededor de la cintura y corrí de vuelta a la sala. Era tan

grande, que la toalla apenas si cubría mi gordo trasero, pero me senté en el

sillón y no me moví por treinta minutos.

El programa seguía a una generación de entrenamiento en demolición

subacuática básica SEAL (BUD/S por sus siglas en inglés) en su «Semana

Infernal»: la más ardua serie de tareas en el entrenamiento físicamente más

demandante del ejército. Yo veía a esos hombres sudar y sufrir mientras

atravesaban pistas de obstáculos lodosas, corrían en la arena blanda

sosteniendo troncos sobre sus cabezas y tiritando en un oleaje de hielo. El

sudor se acumulaba en mi cuero cabelludo, estaba literalmente al filo del

asiento mientras veía a algunos hombres —de los más fuertes del grupo—

tirar la toalla y rendirse. Tenía sentido. Sólo un tercio de quienes comenzaban

el entrenamiento BUD/S lograba completar la Semana Infernal, y en todo mi

tiempo de preparación como para-rescatista, no recordaba haberme sentido

tan mal como esos hombres se veían. Estaban hinchados, irritados, sin dormir,

exhaustos, muertos andando, y yo estaba celoso de ellos.

Entre más observaba, más seguro estaba de que había respuestas

sepultadas bajo todo ese sufrimiento. Respuestas que yo necesitaba. Más de

una vez la cámara paneaba hacia el interminable océano espumeante, y cada

vez que lo hacía yo me sentía patético. Los SEAL eran todo lo que yo no era.

Lo suyo se trataba de orgullo, dignidad y la clase de excelencia que viene de

bañarse en el fuego, de ser golpeado un montón de veces, y volver por más,

una y otra vez. Eran el equivalente humano de la espada más dura y filosa que

puedas imaginar. Buscaban la flama, tomaban los embates por el tiempo que

fuera necesario, más tiempo aún, hasta volverse temerarios y letales. No

estaban motivados. Estaban determinados. El programa se acabó con la

graduación. Veintidós orgullosos hombres estaban de pie hombro con hombro

en sus uniformes blancos de gala antes de que la cámara hiciera un

acercamiento a su oficial al mando.

«En una sociedad donde la mediocridad en demasiadas ocasiones es el

estándar y es demasiado a menudo recompensada», dijo, «existe una intensa

fascinación por los hombres que detestan la mediocridad, que se rehúsan a

definirse a sí mismos en términos convencionales, y que buscan trascender las

capacidades humanas tradicionalmente reconocidas. Este es exactamente el

tipo de persona que el entrenamiento BUD/S está diseñado para encontrar. La clase de hombre que encuentra una manera de completar todas y cada una de

las tareas haciendo lo mejor que puede. La clase de hombre que se adaptará y

superará todos y cada uno de los obstáculos».

En ese momento sentí como si el oficial al mando estuviera hablándome

directamente a mí, pero después de que el programa terminó, caminé de

vuelta al baño, fui al espejo, y me miré de la cabeza a los pies. Se notaban

cada uno de mis 135 kilos. Era todo lo que aquellos que me odiaban en mi

pueblo de origen decían que sería: sin educación, sin habilidades para el

mundo real, cero disciplina y un callejón sin salida de futuro. La mediocridad

hubiera sido un ascenso gigantesco. Estaba al fondo del barril de la vida,

inserto en los desechos de la sociedad, pero por primera vez en demasiado

tiempo, estaba despierto.

Casi no hablé con mi madre durante el almuerzo, y sólo comí la mitad de

mi desayuno de siempre porque mi mente estaba en asuntos no resueltos.

Nunca había dejado de anhelar ser parte de una unidad élite de operaciones

especiales y, bajo todas las capas de carne y de fracaso, ese deseo continuaba

ahí. Ahora estaba regresando a la vida, gracias a la azarosa aparición de un

programa que continuaba operando en mí como un virus expandiéndose de

célula a célula, tomando el control.

Se convirtió en una obsesión que no me podía sacudir. Cada mañana

después del trabajo por casi tres semanas, llamaba a reclutadores en servicio

activo de la Marina y les contaba mi historia. Telefoneaba a oficinas por todo

el país. Les decía que estaba dispuesto a mudarme si ellos conseguían

meterme al entrenamiento SEAL. Todos me rechazaron. La mayoría no

estaban interesados en candidatos con un servicio militar previo. Una oficina

de reclutamiento local estaba intrigada y quería conocerme en persona, pero

cuando llegué con ellos se rieron de mí en mi cara. Era demasiado pesado, y a

sus ojos era sólo otro aspirante con delirios. Me fui de esa junta sintiéndome

de la misma forma.

Después de llamar a todas las oficinas de reclutamiento en servicio activo

que pude encontrar, marqué a la unidad local de reservas de la Marina, y

hablé con el suboficial Steven Schaljo por primera vez. Schaljo había

trabajado con múltiples escuadrones F-14 ocho años antes de unirse al

personal de reclutamiento en San Diego, donde los SEAL entrenan. Él

trabajaba día y noche y rápidamente ascendió de rango. Su mudanza a

Indianápolis vino con una promoción y el reto de encontrar reclutas para la

Marina en medio de los maizales. Tan sólo llevaba en su trabajo en

Indianápolis diez días cuando lo llamé, y si me hubiera contestado cualquier otra persona probablemente no estarías leyendo este libro. Pero a través de

una combinación de pura suerte y una persistencia terca, encontré a uno de los

mejores reclutadores de la Marina, un hombre cuya labor preferida era

encontrar diamantes en bruto —personas con servicio previo como yo

deseosas de enrolarse de nuevo y esperando llegar a formar parte de

operaciones especiales.

Nuestra conversación inicial no duró mucho. Me dijo que podía ayudarme

y que debería ir a conocerlo en persona. Eso me sonó familiar. Tomé mis

llaves y manejé directo a su oficina, pero no tenía muchas esperanzas. Cuando

llegué media hora más tarde él ya estaba al teléfono con la administración del

BUD/S.

Cada marinero en esa oficina —todos ellos blancos— estaban

sorprendidos de verme excepto Schaljo. Si yo era un peso pesado, Schaljo era

un peso pluma de 1.73 metros, pero no parecía perturbado por mi tamaño, al

menos no en un principio. Era extrovertido y cálido, como cualquier

vendedor, pero podía darme cuenta de que había algo de pit bull en él. Me

condujo por un pasillo para pesarme, y mientras estaba parado en la báscula

pude ver una gráfica pegada a la pared. Para mi altura el peso máximo

permitido en la Marina era de ochenta y siente kilos. Contuve mi aliento, metí

la panza lo más que pude e inflé mi pecho en un triste intento de evitar el

humillante momento donde seguramente sería rechazado. Ese momento nunca

llegó.

«Eres un chico grande», Schaljo me dijo, sonriendo y moviendo la cabeza,

mientras escribía mis 135 kilos en la historia médica de su carpeta. «La

Marina tiene un programa que le permite a reclutas en las reservas pasar al

servicio activo. Eso es lo que haremos para tu caso. Va a volverse obsoleto al

final del año, por lo que tenemos que conseguir que te clasifiquen antes de

eso. El punto es, tienes algo de trabajo que hacer, pero eso ya lo sabías».

Seguí sus ojos a la gráfica de peso y la revisé de nuevo. Él asintió con la

cabeza, sonrió, me dio una palmada en el hombro y me dejó para que me

enfrentara con mi realidad.

Tenía menos de tres meses para perder cuarenta y ocho kilos.

Parecía una tarea imposible, lo cual es una razón por la que no renuncié a

mi empleo. La otra eran las ASVAB. Esa prueba de pesadilla había regresado

a la vida como el jodido monstruo de Frankenstein. Las había pasado ya una

vez para enrolarme en la Fuerza Aérea, pero para calificar al BUD/S tenía que

obtener un puntaje mucho más alto. Por dos semanas estudié todo el día y atacaba pestes cada noche. No estaba haciendo ejercicio todavía. Mi seria

pérdida de peso aún tendría que esperar.

Realicé las pruebas en una tarde de sábado. El lunes siguiente llamé a

Schaljo. «Bienvenido a la Marina», me dijo. Me dio las buenas noticias

primero. Me había ido excepcionalmente bien en algunas partes y era ahora,

oficialmente, un reservista; pero sólo había sacado 44 en comprensión

mecánica. Para calificar al BUD/S necesitaba por lo menos 50. Por lo que

debía volver a hacer las ASVAB en cinco semanas.

Hoy en día a Steven Schaljo le gusta llamar a nuestro encuentro azaroso

«destino». Él dijo que pudo sentir mi determinación desde el primer momento

en que hablamos, y que creyó en mí desde el comienzo, lo cual fue la razón

por la que mi peso no significó un impedimento para él, pero después de las

ASVAB yo estaba lleno de dudas. Así que tal vez lo que ocurrió más tarde

esa noche fue también una forma de destino, o una muy urgente dosis de

intervención divina.

No voy a decir el nombre del restaurante donde sucedió porque si lo

hiciera nunca volverías a comer ahí y yo tendría que conseguir un abogado.

Basta decir que este lugar era un desastre. Revisé las trampas externas

primero y encontré una rata muerta. Dentro, había otros tres roedores muertos

—un ratón y dos ratas— en las trampas pegajosas, y cucarachas en la basura

que no había sido recogida. Sacudí mi cabeza, me puse de rodillas bajo el

lavabo y rocié dentro de un pequeño agujero en la pared. No lo sabía aún,

pero había encontrado su columna de anidación y cuando el veneno la tocó

comenzaron a dispersarse.

Dentro de segundos sentí que algo se escabullía hasta mi nuca. Me la

quité de encima, y giré el cuello hacia arriba para encontrarme con una

tormenta de cucarachas lloviendo al suelo de la cocina desde un panel abierto

en el techo. Había encontrado la veta principal de las cucarachas y la peor

infestación que jamás había visto en mi trabajo en Ecolab. Seguían y seguían

apareciendo. Las cucarachas aterrizaban en mis hombros y en mi cabeza.

Parecía que el piso se movía de tantas que eran.

Dejé mi rociador, tomé mis trampas pegajosas y salí lo más rápido que

pude. Necesitaba aire fresco y más tiempo para averiguar cómo iba a librar a

ese restaurante de alimañas. Consideré mis opciones en mi camino al basurero

a tirar a los roedores, abrí la tapa, y encontré a un mapache vivo, siseando de

enojo. Me mostró sus amarillentos colmillos y se lanzó contra mí. Azoté la

puerta del basurero para cerrarla.

¿Qué carajos? Pero en serio, de verdad, ¿qué jodidos carajos? ¿Cuándo

iba a ser realmente suficiente? ¿Estaba dispuesto a permitir que mi triste

presente se convirtiera en un jodido futuro? ¿Cuántos años más esperaría,

cuántos años quemaría, preguntándome si existía algún propósito superior allí

afuera esperándome? Supe en ese momento que si no tomaba acción y

comenzaba a andar por el camino de mayor resistencia, iba a permanecer en

este infierno mental por siempre.

No volví a entrar al restaurante. No recogí mi equipo. Encendí mi

camioneta, me detuve por una malteada de chocolate —mi té reconfortante de

aquellos días— y manejé a casa. Todavía estaba oscuro cuando llegué. No me

importó. Me quité mi ropa de trabajo, me puse unos pantalones deportivos y

me até las agujetas de mis tenis para correr. Hacía más de un año que no

corría, pero salí a la calle listo para ir por seis kilómetros.

Duré 400 metros. Mi corazón se aceleró. Estaba tan mareado que tuve que

sentarme al borde de un campo de golf para recuperar mi aliento antes de

hacer la lenta caminata de vuelta a mi casa, donde mi malteada derretida me

estaba esperando para reconfortarme en otro fracaso más. La tomé, la bebí y

me tiré en mi sofá. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

¿Quién carajos me creía? Había nacido siendo nada, no había demostrado

nada y todavía no valía ni un carajo. David Goggins, ¿un SEAL de la Marina?

Ajá, claro. Qué sueño de humo. No podía ni correr por la cuadra por cinco

minutos. Todos mis miedos e inseguridades que había embotellado mi vida

entera empezaron a caerme encima. Estaba al borde de rendirme y renunciar

de una vez por todas. Fue entonces que encontré mi viejo y muy maltratado

VHS de la película Rocky (la misma copia que había tenido por quince años),

la puse dentro de la máquina, y la adelanté a mi escena favorita: el round 14.

La primera película de Rocky es todavía una de mis favoritas de todos los

tiempos porque se trata de un boxeador asalariado que no sabe nada, no tiene

prospectos y vive en la pobreza. Incluso su propio entrenador no quiere

trabajar con él. Entonces, de la nada, se le otorga una oportunidad por el título

yendo contra el campeón, Apollo Creed, el más temido boxeador de la

historia; un hombre que había noqueado a cada oponente al que se había

enfrentado. Todo lo que Rocky desea es ser el primero en completar la pelea

sin ser noqueado por Creed. Ya eso por sí mismo lo volvería alguien de quien

podría estar orgulloso por primera vez en su vida.

La pelea está más reñida de lo que nadie anticipó, sangrienta e intensa, y

para la mitad Rocky es castigado con más y más golpes. Está perdiendo el

encuentro y, en el round 14, lo tiran al suelo rápidamente; pero vuelve a levantarse en seguida en medio del ring. Apollo se dirige hacia él,

acechándolo como un león. Le suelta agudos puñetazos por la izquierda,

golpea a un lento Rocky con una asombrosa combinación, le asesta un severo

gancho derecho, y luego otro. Lo acorrala a una esquina. Las piernas de

Rocky parecen de gelatina. Ni siquiera puede reunir la fuerza para levantar

sus brazos y defenderse. Apollo le da otro gancho derecho a Rocky al costado

de la cabeza, luego otro con el puño izquierdo y un despiadado tercer gancho

derecho al mentón que termina por tumbar a Rocky.

Apollo se retira a la esquina opuesta alzando los brazos, pero incluso boca

abajo sobre ese ring, Rocky no se rinde. Mientras el réferi comienza la cuenta

hasta el diez, Rocky se arrastra hacia las cuerdas. Mickey, su propio

entrenador, le insta a que se quede en el suelo, pero Rocky no le hace caso. Se

levanta en una rodilla, luego a cuatro puntos. El réferi va en el seis cuando

Rocky se agarra de las cuerdas y se pone en pie. El público enloquece, y

Apollo se voltea a verlo aún erguido. Rocky le indica con un gesto a Apollo

que regrese. Los hombros del campeón se hunden de incredulidad.

La pelea no ha terminado todavía.

Apagué la televisión y pensé en mi propia vida. Era una vida desprovista

de determinación y de pasión, pero estaba seguro de que si continuaba

rindiéndome ante mi miedo y mis sentimientos de insuficiencia, éstos

dictarían mi futuro para siempre. La única otra opción que tenía era intentar

encontrar el poder dentro de las emociones que me habían abatido,

aprovecharlas y utilizarlas para fortalecerme y levantarme. Eso es

exactamente lo que hice.

Tiré mi malteada a la basura, me até las agujetas de los tenis, y volví a

salir a la calle. En mi primera salida a correr, sentí un severo dolor en mis

piernas y en mis pulmones a los 400 metros. Mi corazón se aceleró mucho y

me detuve. Esta vez sentí el mismo dolor, mi corazón aumentó su velocidad

como un carro calentándose, pero seguí corriendo y el dolor comenzó a

desvanecerse. Cuando me detuve a recuperar el aliento, ya había corrido un

kilómetro y medio.

Fue entonces que me di cuenta por primera ocasión que no todas las

limitaciones físicas y mentales son reales, y que yo tenía un hábito de

rendirme demasiado pronto. También estaba consciente de que requeriría

cada gramo de coraje y dureza que pudiera reunir para conseguir lo imposible.

Estaba contemplando horas, días, y semanas completas de sufrimiento

ininterrumpido. Tendría que empujarme al mero límite de mi mortalidad.

Tenía que aceptar la posibilidad muy real de morir debido a que esta vez no renunciaría, sin importar qué tanto se acelere mi corazón y sin importar el

dolor. El problema era que no tenía un plan de batalla a seguir, no tenía un

manual. Era necesario crear uno desde cero.

Un día normal iba más o menos así. Me despertaba a las 4:30 a. m., me

comía un plátano y comenzaba a estudiar los libros de las pruebas ASVAB.

Alrededor de las 5 a. m., llevaba mi libro a la bicicleta fija donde sudaba y

estudiaba simultáneamente durante dos horas. Recuerda, mi cuerpo era un

desastre. Aún no podía correr por kilómetros seguidos, así que tenía que

quemar todas las calorías que pudiera en la bicicleta. Después manejaba a la

preparatoria Carmel donde me metía a la alberca para un nado de dos horas.

De ahí me iba al gimnasio para una rutina de entrenamiento que incluía press

de banca, press inclinado y muchos ejercicios de piernas. Subir de masa

corporal era el enemigo. Necesitaba muchas repeticiones, y hacía cinco o seis

sets de 100 a 200 repeticiones cada uno. Entonces era momento de volver a la

bicicleta fija por dos horas más.

Estaba hambriento constantemente. La cena era mi única comida de

verdad por día, pero no incluía demasiado. Cenaba una pechuga de pollo a la

parrilla con vegetales salteados y una pizca de arroz. Después de la cena hacía

otras dos horas de bicicleta, me iba a dormir, despertaba y lo repetía todo otra

vez, sabiendo que las probabilidades en mi contra llegaban hasta el cielo. Lo

que estaba tratando de lograr era como un estudiante de seis aplicando a

Harvard, o como entrar en un casino y apostar cada centavo que posees a un

solo número de la ruleta y actuar como si el éxito fuera una conclusión

inevitable. Estaba apostando todo lo que tenía en mí mismo sin ninguna

garantía.

Me pesaba dos veces por día, y en dos semanas había bajado once kilos.

Mi progreso no hizo más que mejorar mientras continuaba con mi trabajo

arduo, y el sobrepeso comenzó a desvanecerse por capas. Diez días después

pesaba 114 kilogramos, lo suficientemente liviano como para comenzar a

hacer dominadas, lagartijas, y para comenzar a correr como loco. Continuaba

despertándome, subiéndome a la bicicleta fija, yendo a la alberca, al

gimnasio, pero también incorporé salidas a correr de tres, cinco y hasta seis

kilómetros y medio. Tiré mis tenis y compré un par de Bates Lites, las

mismas botas que los candidatos SEAL usan en la prueba BUD/S, y comencé

a correr con ellas.

Con tanto esfuerzo, uno pensaría que mis noches eran de mucho descanso,

pero estaban llenas de ansiedad. Mi estómago gruñía y mi mente daba vueltas.

Soñaba con preguntas complejas en las pruebas ASVAB y temía el entrenamiento del siguiente día. Estaba sacrificando tanto, con casi nada de

combustible, por lo que la depresión se convirtió en un efecto secundario

natural. Mi matrimonio fragmentado estaba virando en torno al divorcio. Pam

me dejó muy claro que tanto ella como mi hijastra no se mudarían a San

Diego conmigo, si es que por algún milagro lograba salirme con la mía. Ellas

se quedaban en Brazil la mayor parte del tiempo, y cuando estaba solo en

Carmel, vivía en un gran abatimiento. Me sentía al mismo tiempo inútil e

irremediable mientras mi corriente infinita de pensamientos autoderrotistas

tomaba fuerza.

Cuando la depresión te asfixia, borra toda la luz y te deja sin nada a qué

aferrarte por esperanza. Todo lo que ves es negatividad. Para mí, la única

manera de lograr mi objetivo era alimentarme de mi depresión. Tenía que

darle la vuelta y convencerme de que toda esa duda y ansiedad era una

confirmación de que ya no estaba viviendo sin rumbo. Mi tarea podría resultar

ser imposible pero al menos estaba de vuelta en una maldita misión.

Algunas noches, cuando me sentía deprimido, llamaba a Schaljo. Él

estaba siempre en su oficina temprano en la mañana y tarde en la noche. No le

confié el asunto de mi depresión porque no quería que dudara de mí.

Aprovechaba esas llamadas para conseguir ánimos. Le contaba cuántos kilos

había bajado y cuánto estaba esforzándome, y él me recordaba que siguiera

estudiando para las pruebas ASVAB.

Entendido.

Tenía la banda sonora de Rocky en un casete y escuchaba Going the

Distance para encontrar inspiración. En largas sesiones sobre la bicicleta y

corriendo, con esas trompetas retumbando en mi cabeza, me imaginaba

atravesando el entrenamiento BUD/S, aventándome al agua helada y

conquistando la Semana Infernal. Lo anhelaba, lo esperaba, pero para cuando

llegué a 114 kilos, mi misión de calificar para ser un SEAL ya no era más una

fantasía. Tenía una buena posibilidad de lograr algo que la mayor parte de la

gente, incluyéndome a mí, piensa que es imposible. Aún así, había días malos.

Una mañana no mucho después de bajar de los 114 kilos, me pesé y sólo

había disminuido medio kilogramo en comparación con el día anterior. Eso

era todo en lo que pensé mientras corría diez kilómetros y nadaba dos. Estaba

exhausto y adolorido cuando llegué al gimnasio para mi rutina usual de tres

horas.

Después de hacer más de 100 dominadas en una serie de sets, estaba de

vuelta en la barra para una serie de máximas repeticiones hasta el fallo.

Cuando empecé, mi objetivo era lograr doce pero mis manos me quemaban como fuego mientras estiraba mi barbilla sobre la barra por la décima ocasión.

Por semanas, la tentación de rebajar la meta había estado presente

constantemente, pero siempre me rehusaba. Ese día, sin embargo, el dolor era

demasiado y después de la onceava dominada me rendí, me solté de la barra y

terminé mi entrenamiento faltándome una dominada.

Esa última dominada se quedó conmigo, junto con ese medio kilo. Traté

de sacarlos de mi cabeza pero no me dejaban jodidamente solo. Me

atosigaban en el camino a casa, y en mi mesa de la cocina mientras me comía

una pechuga delgada de pollo a la plancha y una papa al horno insípida. Sabía

que no dormiría esa noche a menos que hiciera algo al respecto, así que tomé

mis llaves.

«Si haces atajos no vas a lograrlo», me decía, gritando, mientras manejaba

de vuelta al gimnasio. «¡No hay atajos para ti, Goggins!».

Hice mi entrenamiento completo de dominadas otra vez. Una dominada

faltante me costó otras 250 más, y hubieron otros episodios similares. Sin

importar cuándo, si me saltaba una salida a correr, o nadar, porque tenía

hambre o estaba cansado, siempre regresaba a darme una tunda aún más

fuerte. Esa era la única manera en que podía controlar a los demonios en mi

mente. De cualquier manera habría sufrimiento. Tenía que escoger entre el

sufrimiento físico en el momento, o la angustia mental de preguntarme si esa

dominada perdida, o esa última vuelta en la piscina, o esos 400 metros que me

salté de la pista, terminarían costándome la oportunidad de mi vida. Era una

decisión sencilla. Cuando se trataba de los SEAL, no iba a dejarle nada a la

suerte.

En la víspera de las pruebas ASVAB, a cuatro semanas del inicio del

entrenamiento, estar dentro del peso no era más una preocupación. Ya había

bajado hasta los noventa y ocho kilos y era más rápido y fuerte de lo que

había sido nunca. Estaba corriendo diez kilómetros diarios, andando en

bicicleta más de treinta y dos kilómetros, y nadando más de tres. Todo

durante lo más frío del invierno. Mi lugar preferido para correr era la pista de

diez kilómetros de Monon, un camino de asfalto para caminar y andar en

bicicleta rodeado de árboles en Indianápolis. Era el reino de los ciclistas,

mamás de los suburbios empujando carriolas para correr, guerreros de fin de

semana y adultos mayores. Para entonces, Schaljo me había pasado la orden

de advertencia de los SEAL de la Marina. Incluía todos los ejercicios que se

esperaba que completara durante la primera fase de las pruebas BUD/S, y yo

estaba feliz de hacerlos al doble. Sabía que 190 hombres usualmente

clasifican para un típico entrenamiento SEAL pero sólo alrededor de cuarenta llegan hasta el final. Yo no quería ser sólo uno de esos cuarenta. Yo quería ser

el mejor.

Pero tenía que pasar la maldita batería de pruebas ASVAB primero. Había

estado estudiando intensamente cada segundo libre. Si no estaba entrenando,

estaba en la mesa de la cocina, memorizando fórmulas y repasando cientos de

palabras de vocabulario. Ya que mi entrenamiento físico iba bien, toda mi

ansiedad se concentró en las pruebas ASVAB como grapas en un imán. Esta

era mi última oportunidad para tomar el examen antes de que mi elegibilidad

para ser un SEAL expirara. No era muy listo, y basado en mi desempeño

académico pasado no había ninguna buena razón para creer que pasaría con

un puntaje suficiente como para calificar y entrar a los SEAL. Si fallaba, mi

sueño moriría, y estaría a la deriva y sin propósito una vez más.

La batería de pruebas se llevó a cabo en un pequeño salón de clases en el

Fuerte Benjamin Harrison en Indianápolis. Había alrededor de treinta

personas ahí, y todos éramos jóvenes. La mayoría acababan de salir de la

preparatoria. A cada uno nos asignaron una vieja computadora de escritorio.

En el pasado mes, el examen se había digitalizado y yo no tenía experiencia

con computadoras. Ni siquiera pensé que podría operar la maldita máquina,

ya no digamos responder las preguntas, pero el programa demostró ser a

prueba de tontos y llegué a sentirme cómodo.

Las AVSAB tienen diez secciones, y me había resultado todo muy fácil

hasta que llegué a la parte de comprensión mecánica, mi suero de la verdad.

Dentro de la siguiente hora tendría una idea de si había estado mintiéndome a

mí mismo o si tenía el material necesario para convertirme en un SEAL.

Cuando una pregunta surgía para la cual no tenía respuesta, la marcaba en mi

hoja de trabajo con una raya. Había alrededor de treinta preguntas en esa

sección y para cuando terminé el examen, había adivinado por lo menos diez

veces. Necesitaba acertar en unas cuantas o no entraría.

Después de completar la sección, el programa me indicó enviar todo el

paquete a la computadora del administrador al frente del salón donde mis

resultados serían tabulados instantáneamente. Eché un vistazo sobre mi

monitor y lo vi sentado ahí, esperando. Apunté con el cursor, hice clic y

abandoné la habitación. Temblando de energía nerviosa, caminé por el

estacionamiento por varios minutos antes de finalmente subirme en mi Honda

Accord, pero no encendí el motor. No podía irme.

Me senté en el asiento del conductor por quince minutos con una mirada

fija al horizonte. Pasarían por lo menos dos días antes de que Schaljo me

llamase para darme los resultados, pero la respuesta al acertijo que era mi futuro ya existía. Y yo sabía exactamente dónde estaba y necesitaba saber la

verdad. Me recompuse, volví a entrar, y me acerqué al adivino que me diría

mi futuro.

«Señor, tiene que decirme lo que saqué en este jodido examen», le dije.

Me volteó a ver, sorprendido, pero no cedió.

«Lo siento, hijo. Esto es el gobierno. Hay un sistema para cómo hacemos

las cosas», me dijo. «No hice las reglas pero tampoco puedo romperlas».

«Señor, no tiene idea de lo que este examen significa para mí, para mi

vida. ¡Lo es todo!». Volteó a ver mis ojos con la mirada fija por lo que se

sintieron como cinco minutos, y luego giró hacia su máquina.

«Estoy rompiendo todo el reglamento haciendo esto», me dijo.

«¿Goggins, verdad?». Yo asentí y me moví atrás de su asiento mientras él

buscaba por los archivos. «Ahí estás. Felicitaciones, sacaste 65. Es un gran

puntaje». Estaba haciendo referencia a mi puntaje general, pero eso no me

importaba. Todo dependía en que obtuviera un puntaje de 50 donde contaba

más.

«¿Cuánto saqué en comprensión mecánica?». Se encogió de hombros,

hizo clic y deslizó hacia abajo, y ahí estaba. Mi nuevo número favorito

brillaba en su pantalla: 50.

«¡SÍ!» grité. «¡SÍ, SÍ!».

Aún había un puñado de personas tomando la prueba, pero este era el

momento más feliz de mi vida y no podía reprimirlo. Seguía gritando «¡sí!» al

máximo de mis pulmones. El administrador casi se cae de su silla y todos en

la habitación se me quedaron viendo como si estuviera loco. ¡Si tan sólo

supieran lo empecinado que había estado! Por dos meses había dedicado mi

existencia entera a este momento y, diablos, iba a disfrutarlo. Me apresuré a

mi auto y grité más.

«¡Eso carajo!».

En mi camino a casa llamé a mi madre. Ella era la única persona, además

de Schaljo, que presenció mi metamorfosis. «Lo logré», le dije, con lágrimas

en mis ojos. «¡Lo logré carajo! Voy a ser un SEAL».

Cuando Schaljo llegó a trabajar el siguiente día, recibió las noticias y me

llamó. ¡Él había enviado mi paquete de reclutamiento y acababa de escuchar

que había entrado! Podía notar que estaba feliz por mí, y orgulloso de que lo

que vio en mí la primera vez que nos conocimos terminó por ser real.

Pero no todo fue color de rosa. Mi esposa me había dado un ultimátum

insinuado y ahora tenía que tomar una decisión. Abandonar la oportunidad

por la que había trabajado tanto y mantenerme casado, o divorciarme y tratar de convertirme en un SEAL. Al final, mi elección no tenía nada que ver con

mis sentimientos hacia Pam o hacia su padre. Él se había disculpado conmigo,

por cierto. Se trataba de quién era y de quién quería ser. Era un prisionero de

mi propia mente y esta oportunidad era mi última posibilidad de ser libre.

Celebré mi victoria de la manera en que cualquier candidato a SEAL

debería celebrar. Trabajando más duro que nunca. La mañana siguiente y por

las próximas tres semanas pasé tiempo en la piscina, amarrado a un cinturón

con peso de siete kilos. Nadaba bajo el agua por cincuenta metros cada vez y

caminaba a lo largo de la alberca bajo el agua, con un ladrillo en cada mano,

todo en una sola respiración. El agua no sería mi jodida dueña esta vez.

Cuando terminé, nadé un kilómetro o dos, luego me dirigí a un estanque

cerca de la casa de mi madre. Recuerda, esto era Indiana —el Medio oeste de

Estados Unidos— en diciembre. Los árboles no tenían hojas. Estalactitas de

hielo colgaban como cristales de los aleros de las casas y la nieve cubría

como una sábana la tierra en todas direcciones, pero el estanque no estaba

completamente congelado todavía. Me metí en las aguas heladas, vestido en

pantalones de camuflaje, una camiseta café de mangas cortas, y botas, floté de

espaldas sobre el agua y vislumbré el cielo gris. El agua helada me cubría, el

dolor era agudísimo, y yo lo amaba jodidamente. Después de unos minutos

salí del agua y comencé a correr, chorros de agua saliéndose de mis botas,

arena en mi ropa interior. Dentro de segundos, mi camiseta estaba congelada

contra mi pecho, mis pantalones hechos hielo en los puños.

Fui a la pista para correr de Monon. El vaho salía de mi nariz y boca

mientras gruñía y esquivaba corredores y paseantes. Civiles. Sus cabezas

giraban mientras aceleraba y comenzaba a correr a toda velocidad, como

Rocky en el centro de Filadelfia. Corrí tan rápido como pude por tanto tiempo

como pude, desde un pasado que ya no me definía más, hacia un futuro

indeterminado. Mi única certeza era que habría dolor y que habría un

propósito.

Y yo estaba listo.

RETO #3

 

El primer paso en el viaje hacia una mente resistente es salir de tu zona de

confort de manera regular. Saca del cajón tu diario y escribe todas las cosas

que no te gustan o te hacen sentir incómodo. En particular aquellas que sabes

que son buenas para ti.

Ahora sal y realiza una de ellas, y luego hazlo de nuevo.

En las siguientes páginas, te estaré pidiendo que imites lo que vayas

leyendo hasta cierto punto, pero no hay necesidad de que busques tu propia

meta imposible y la consigas por la vía rápida. Esto no se trata de cambiar tu

vida instantáneamente, es sobre avanzar poco a poco y hacer esos cambios

sostenibles. Eso quiere decir dirigirse al nivel microscópico y hacer algo que

detestamos jodidamente todos los días. Incluso si es tan sencillo como tender

tu cama, lavar los platos, planchar tu ropa o levantarte antes del amanecer y

correr seis kilómetros diariamente. Una vez que eso se vuelve cómodo,

llévalo a ocho y luego a diez kilómetros. Si tú ya haces estas cosas, entonces

busca aquellas que no estás haciendo. Todos tenemos en nuestras vidas áreas

que ignoramos o que podemos mejorar. Encuentra la tuya. A menudo

escogemos concentrarnos en nuestras fortalezas más que en nuestras

debilidades. Aprovecha este tiempo para volver de tus debilidades tus

fortalezas.

Hacer cosas —aunque sean acciones pequeñas— que te hagan sentir

incómodo ayudará a volverte una persona fuerte. Entre más seguido puedas

hacerte sentir incómodo, más fuerte te volverás, y pronto desarrollarás un

diálogo productivo y dinámico contigo mismo en situaciones estresantes.

Tómate una foto o video fuera de tu zona de confort, postéala en redes

sociales describiendo lo que estás haciendo y por qué, y no olvides incluir los

hashtags #zonadeincomodidad (#discomfortzone) #caminodemasresistencia

(#pathofmostresistance) #nomepuedeslastimar (#canthurtme) #tareaimposible

(#impossibletask).