Noche de califas

Armando Ramírez · Capítulo 2 de 5

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Noche de califas

Capítulo 1

 

TÚ ESTÁS en esa calle mojada por la lluvia de la tarde. O, tú estás aquí, en la calle de Peñón, en este cuarto a las nueve de la noche tratando de atrapar en esta hoja de papel lo que recuerdas. No, tú estás sentado en un auto Ford modelo 45, impecablemente cuidado, pintado de gris con llantas de cara blanca y sentado al volante, esperando. Y no estás aquí tratando de escribir en esta máquina Olivetti lettera 35, esa historia, la de la noche de San Valentín del año de 1973. Tú estás oyendo el radio y disfrutas mucho de la voz de Bienvenido Granda, cuando canta: «Totaaaaal, si me hubieras querido, no me hubieras matado con tu querer, ya tú ves que no es tiempo perdido…» y te entretienes en dispersar el vaho que expide el calor de tu cuerpo empañando los vidrios del auto, y no sabes si sentirte importante o huir por el miedo que amenazaba con atraparte. Pero, más bien, todo eso lo estás recordando y apuntando en estas hojas blancas que se van llenando de palabras. Y comienzas a vivir nuevamente dentro de ti todas esas imágenes que ya recuerdas borrosamente y no sabes si pensar que son fieles a como pasaron, o si se trata de una invención total de tu mente que te traiciona o, mejor dicho, de los años que te han ido modificando conforme has tenido otras vivencias de otro orden cultural al que estabas acostumbrado en esa época; es decir, a tu cultura, la que mamaste. Y por eso has titubeado en contar esta historia desde el mismo momento en que tomaste la decisión de hacerlo: si en primera persona, como te sientes a gusto y como la has platicado muchas veces, o, en tercera persona, para tener el chance de alejarte de ella, o así, como has comenzado en la segunda persona del singular, porque fueron varios, muy juntos, como una familia y tú no eres el personaje principal, tú sólo eras, se podría decir: la comparsa, el patiño, además, llegaste al final de todo y ni siquiera la conociste físicamente, sólo tu gran admiración por él te permitió casi tocarla. Y se puede decir que era admiración sincera, la de un chavo de dieciocho años que a pesar de andar en el arroyo desde muy chavito, no eras todo lo malicioso que se requería para moverse con seguridad en ese mundo. Y estabas inquieto porque ya se había tardado en su cuarto de hotel, ahí, en la Merced, en ese pinche hotel amarillento, luciferino, olorosamente horrible, y estás viendo el letrero de gas neón y no te acuerdas del texto de Tom Wolfe hablando de lo artístico de esto, y de los anuncios de gas neón; y no te acuerdas porque a lo mejor él todavía no lo había escrito o lo estaba escribiendo y tú no lo leerías hasta bien entrados los setentas; pero a ti de todos modos te gustaba mucho ese letrero del hotel Yucatán, ahí, en la plaza de San Sebastián. Te gustaba porque daba esas sensaciones de sexo o de erotismo arrabalero, y era bien mágico para las parejitas que fugazmente ocupaban esas camas de sábanas viejas, mil veces lavadas, mil veces tiesas.

Enfrente tenías la otra marquesina también con gas neón, la del cine Acapulco, y al otro costado, casi de frente, el otro hotel, el Sevilla y la piquera llena de borrachos, de cargadores de la Merced, de putas avejentadas o la panadería con sus olores de bolillos recién hechos, y oscurecida en la noche prehispánica, la silueta piramidal de la Iglesia de San Sebastián, cerrada, con sus puertas de madera, hermética como para que no entrara el pecado que rondaba la esquina, encerrada en su mundo. Y tú frente a esta máquina hundiéndole los dedos, afanándote por recordar todo tal cual; aunque íntimamente sabes que te estás traicionando porque nunca vas a saber a ciencia cierta si así sucedió. Pero qué le vas hacer si ya no puedes aguantar más estas ganas inauditas por decirlo a alguien más que a tus amigos, porque, a lo mejor, es una forma de deshacerte de esta obsesión, de estos fantasmas que en tus sueños se aparecen y te persiguen arrojándote a las calles solitarias de Jesús María, y oyes los gritos de muerte y de sexo y te despiertas con sensaciones de miedo y no sabes a qué y te dices: estáte tranquilo, tú no tuviste realmente vela en ese entierro y entonces te vuelves a quedar dormido y a lo mejor por esa noche ya no te vuelve la pesadilla. Sin embargo, después de algunas semanas o meses te vuelves a despertar y ves la misma imagen: tú en el auto, esperando a Macho, es 14 de febrero de 1973 y acababa de llover en la tarde, son las siete de la noche, y te preguntas cómo es posible que llueva en invierno; pero la respuesta la tenía tu abuelita, que con voz popular decía: febrero loco y marzo otro poco. En febrero son las cabañuelas; en febrero se dan todas las estaciones del año o todos los meses o algo así; entonces por eso en ese mes llovía, nevaba, hacía todo: calor, viento, tolvaneras, nada climatológicamente hablando escapaba a ese mes. Y habías sacado el auto del taller de Cucurucho, el mecánico más transa de todo Tepito; pero era compadre de Macho, y éste quería que estuviera bien para esa noche, verdadera noche de Califas. Y Macho seguía allá arriba en su cuarto, arreglándose como un príncipe, como un caballero águila. Tú no lo veías pero era como si estuvieras en ese cuarto con su cama al centro y dos burós a los lados y una cómoda, y todo a oscuras. Y la luz del baño encendida con la puerta entreabierta arrojando una tenue iluminación sobre sus pantalones recién salidos de la tintorería tendidos sobre la cama; tú habías ido en la mañana por ellos, el saco lo dejaste sobre las almohadas y la camisa doblada en los cajones de la cómoda, y la corbata sobre la cabecera de la cama y el chaleco sobre el pantalón y las lociones y el talco y el rastrillo sobre un buró el de la derecha y el periódico el Esto sobre el otro buró y la revista Alarma, casi podrías apostar, abierta en algún artículo sobre los nazis o la mafia, subrayados los nombres de los gangsters Lucky Luciano, Vito Genovese, Colosimo o Rudolf Hess, Goering, etc. Y él allá, bajo la regadera con el agua casi fría, restregándose con la pura espuma de jabón, sin zacate, su cuerpo color moreno claro, como casi todos los mexicanos que viven en la ciudad de los palacios, divinas moviéndose con elegancia padroteril: treinta y ocho años, bien cuidados, como corresponde a un padrote de primera; es decir el número uno, aquí, donde sólo sus chicharrones truenan y sigues intuyendo, como con pulcritud cierra las llaves de la regadera y toma una toalla con el nombre del hotel a la mitad; la palabra Yucatán le fricciona todo el cuerpo. Sale y mira su cuarto, su ropa y tal vez pensando, con esa mente donde sólo uno sabe lo que trae muy adentro, en esa cita, en ese reto, en ese juramento; a lo mejor olvidándose de que tú estás abajo esperándolo, sentado con las nalgas empapadas de sudor, de ese extraño sudor que te recorre la espalda cuando el miedo es mucho y apenas si lo controlas para no salir corriendo. Y él sabía bien eso porque siempre te dio consejos para que no te acobardaras: «Todos tenemos miedo, aquí, es como los toreros en el ruedo, todos tienen miedo, sólo que se lo aguantan, ésa es la diferencia entre el cobarde y los que se atreven». Y seguramente él lo tenía en ese momento, mientras secaba su cuerpo; su cuerpo casi temblaría y él podría decir que por el frío, para guardar la galanura; pero estaría luchando por cumplir su palabra, a la cual no se abriría porque sólo las mujeres se abren; de piernas y de las verijas y de las nalgas. Y también los maricones. Y para él, por supuesto, la muerte antes que cometer esa blasfemia, él era Macho Prieto: padrote del salón de baile Califas Dancing Club, su imperio, donde su harem tenía sus aposentos. Y a ti, en ese momento en que te encuentras escribiendo esto, hasta los pies se te mueven solitos, oyes les timbales y la trompeta larga y melancólica, y te ves en ese viejo Ford del 45 luchando con tu miedo y la plaza de San Sebastián desolada, y a tus espaldas toda la zona del barrio de la Merced, con sus calles desiertas y sus zaguanes oscuros y el miedo imperando y la violencia agazapada y el salón de baile en el mero corazón en la esquina de la tuna y el nopal, es decir: Cruces y Regina; o Jesús María y Uruguay. O Correo Mayor y San Salvador, ahí donde las bodegas de frutas o de verduras quietas y mudas vieron desfilar los hechos que precedieron a la noche de San Valentín del 73, en el Califas Dancing Club y todo mundo murmuraba: hoy, es decir hace 7 años, esta noche es noche de califas, de califas mayores. Y tú ahí en ese asiento sintiéndote califa cuando todavía ni limpiarle las verijas a tu dama lo sabías hacer bien con la lengua y, por momentos te llevabas tu mano derecha a tu espalda nada más para sentir la cacha de tu fierro; el cuchillo que todo califa carga, nada más para darle sustos a la muerte. Eso decía Macho, y se reía por adentro sin dejar salir la risa, todo en él era agazapamiento. Y lo puedes jurar, está ahí en su cuarto, ajustándose su trusa, que le recoge sus herramientas en un manojo, dos testículos y una verga en el ejercicio del deber de hacer sudar vaginas. Y revisándose bien las herramientas, para que a pesar del pantalón se note en los movimientos que ahí hay algo que vale la pena en cualquier cama. Ve la loción y la toma; mientras probablemente estará pensando en todo lo que ha pasado en este año, desde aquella noche en que la muerte se le apareció de frente en la voz de Magda, diciéndole con exagerada alarma «La han matado, Macho, la han matado…». Y jurarías que todas las noches durante este año lo ha estado oyendo y siempre reacciona con incredulidad y no sabe si reírse para sus adentros o mentar madres; y en su cerebro como un remolino sigue la frase en la voz de Magda «La han matado, Macho, la han matado, Macho, la han matado, macholahan matado macholahanmatadomacholahanmatado macholahanmatadomacholahanmatadomacholahanmatadomacholahanmatado macho…». Y tiene que recargar su cabeza contra su pecho para tomar aire, para recobrar las ganas de vivir y para tomarse su tiempo para la venganza cantada. Se para con toda la violencia contenida y se dirige a la cómoda. Los movimientos felinos, son como los de un caballero tigre, recoge la petaca y la lleva a la cama, mientras tú estás bostezando en el auto, acurrucándote, oyendo la hora de la Sonora Mantancera con «Margarita fue a la fuente al caer la tardecita olerí olerá…» y Macho, allá arriba, en su cuarto de hotel, abre el cierre de la petaca y saca su colección de cuchillos, su debilidad, gran conocedor de los fierros, guardados en fundas de terciopelo, de todos tamaños; (DIFERENTES DESCRIPCIONES DE CUCHILLO) los extiende sobre la cama, los mira mientras su mente es torturada por la frase de la Magda; «y, a lo mejor, en un ratito de control se acuerda de ti y es cuando tú ya embarcado con aquello de: quién sabe qué es lo que le habrá pasado, un doctor ronda su puerta olerí olerá…» y fue cuando creíste verlo asomarse para ver si todavía estabas esperándolo; se volvió a su cama y se puso el pantalón de buen corte, apretado de la cintura y con pliegues, como los trajes que usaba Rodolfo Acosta en las películas de cabareteras y rumberas, un poco más estilizados para que no desentonaran con la época (a pesar de la greña larga que se usaba y las canciones de los Beatles y de los hippies); y pues, como ese mundo estaba muy alejado, tan alejado como se siente la Merced del Zócalo, a pesar de que la Merced está a espaldas del Palacio Nacional, así, como si fueran cosas que no se juntan, como el agua y el aceite, cosas que no se atañen y que sin embargo se complementan para que arda la flama de la mecha de la lámpara que alumbra a Dios nuestro Señor. Macho, con su bendita elegancia, se ponía una camisa inmaculadamente blanca y ya entonces, al cubrir su desnudez, era como si comenzara a ser arrojado del paraíso. De frente checó su imagen de padrotito en la luna de la cómoda, se abotonó los puños de su camisa, abrió la cómoda y sacó un par de calcetines. Caminó lento, y eso tú, Sugi, lo sabías muy bien, era como el andar de un gato silencioso que se desliza sobre las superficies para arañar en el momento adecuado, y no hacía falta que lo estuvieras viendo porque: cuántas veces te lo había enseñado: No que así, no que asá… Y tú te sonreías en el interior del auto acordándote de sus palabras: «Que desde el momento en que te vean caminar las viejas sepan que eres como una víbora entre las sábanas, en el interior de sus piernas, lengüetazo al sexo solar, Sugi. Usted está todavía muy chavo, pero en este oficio también tiene que haber mucha preparación no nada más es: enchíleme ésta y ya. No, hay que ponerle el sazón, el toque de la casa. Que cuando uno haya pasado un rato en la cama con una mujer ella nunca se olvide de uno, que digan: Ése es bien ojete pero que lindo coge. ¿Verdad? Entonces ya chingaste, porque tu parte como hombre siempre la va a comparar y siempre que te vean van a sentir cosquillitas…». Y a ti, a pesar de todo, todo esto te daba mucha pena, y eso que pronto tendrías una vieja, que ya iba a trabajar para ti y te iba a dar dinero, y tú, aunque te sentías mal, aceptabas porque trabajar estaba muy cabrón. Y todo eso se lo deberías al Macho, él te la puso en la suerte. Sin Macho nunca hubieran sucedido muchas cosas a tu favor, y por todo eso te juegas el todo por él, no importaba que no supieras bien a bien qué fue lo que sucedió. Y sabes que Macho ya está terminando de ponerse los zapatos, es de suponer esos botines, como bien dice el zapatero: de padrotito, cosido a mano, de charol, tacón cubano, y sabes lo bien que le sientan para su estatura, un metro setenta y cinco, más bien delgado, en línea, con el bigote tupido pero bien recortado, sin puntas, a la Pedro Armendáriz; y se estira para alcanzar la corbata y de paso toma el chaleco, pura galanura la de este Macho Prieto, puro movimiento estudiado, ya nada en él es al azar, la frescura de sus movimientos radica en la voluntad de galanear y en la bendita necesidad de seguir siendo el número uno, el califa mayor, don chingón, el chinguetas de este terreno… «De la nata sale el queso y del queso los quesines y de las niñas bonitas brotan flores y jazmines, olerí olerá lerá lerá…». Y tú frente a esa plazuela ves la soledad de la noche, el recogerse de la gente. Sientes que las sombras cubren el imperio de la noche donde hasta el aire se abre y los campanarios de las infinitas iglesias de la Merced llaman a duelo. Y todo lo estás viendo como si estuviera sucediendo ahora, en esta noche del mes de agosto de 1980, en vez de tener frente a tus ojos la hoja en blanco que rápidamente se cubre de palabras y sin dejar de oír el ruido del teclear, tú sigues viendo el auto gris y oyendo el ritmo de la música de la Matancera y el sudor mojando las palmas de tus manos y tu respiración acelerándose impaciente porque el otro no era manco y también era otro califa, el que se podría decir el número dos, después de Macho Prieto.

Y tú ya querías que apareciera por la puerta de entrada al hotel y, sin embargo, lo único que veías era el fulgor del gas neón bañando la pared del hotel con una mezcla de luz blanca y roja, ambientándolo puterilmente, calle de puta mal pagada, hotel de mujeres cogidas en la fugacidad del ocultamiento. Y a pesar de oír pasos supiste que no era él porque hasta en eso se reconoce el que es califa, y esas pisadas eran las de un par de pinches amantes en el otoño del sexo; de reojo los viste salir, cada quien partió en dirección contraria, te recordaron los juegos de niño: aquí se rompió una taza y cada quien para su casa… Pensaste más en serio en Macho: duro, cruel, cortante, agresivo, nunca llorar, nunca condolerse, nunca confiar, nunca pedir, nunca de los nuncas hablar de más. Entonces te llegó hasta el interior del auto el olor de la loción que se untaba en el cuerpo, y aunque eso no podía ser cierto era como si lo fuera, porque no podía ser de otra manera, siempre antes de ponerse el saco y anudarse la corbata, la locioncita para la excitación —el golpe bajo a la panocha y el piquete al culo—, artimañas para la perfecta seducción; en la barba, en el cuello, venga el saco, justo, a la medida de esos hombros, ahora el nudo, el rito de los dioses paganos, esa corbata como una prolongación de la lengua que se mueve al compás que le marca tu boca, otra miradita al espejo, la figura compuesta de trucos y toques; y ahí, en el espejo, reflejados descansan malignamente en la cama los cuchillos, uno de ellos tendrá que escoger, y él los ve de reojo mientras se da la última revisada. Se dirige posteriormente a la cama, toma el de la cacha de hueso, el de las mejores ocasiones, el que siempre le ha traído suerte, revisa el canto, escoge una fundita de gamuza, lo encinturona en su pantalón, discreto, sin grandes aspavientos, como el miedo de la noche, toma los demás y cuidadosamente los mete en la petaca, la deja en la cómoda nuevamente, deja al rayito de luz que escapa del baño que siga alumbrando su cuarto, ya está en la puerta, echa una última mirada, como las decenas de veces que has visto que lo ha hecho, cierra la puerta sin hacer ruido, con llave, va rumbo a las escaleras. Tú bien lo sabes, ya viene, ha bajado ligero las escaleras y va a salir frente al mostrador enrejado del hotel donde el dueño, un viejo español, estará cabeceando, con la televisión encendida, en alguna serie policiaca americana. Macho pensará que: «Ese Sugi me es fiel…». Macho arrojará con estruendo las llaves por entre el enrejado, el español despabilándose estirará intuitivamente las manos para acacharlas. Tus oídos recogen el ruido penetrante del choque del metal. Bajaste el vidrio de la ventanilla, apagaste el radio, miraste hacia la puerta del hotel. Macho ya había llegado a la puerta de salida, la entreabrió, se oyó una voz interrogando: «¿Regresa…?». Macho contestó, como siempre te gustó oírlo hablar: «Eso nunca se sabe…». Te dio gusto verlo impecablemente vestido, abres la puerta del lado del volante, te hace señas para que te recorras, él quiere manejar, tú pensaste que a lo mejor era para desentumirse de los nervios, no chistaste. Echó a andar el auto; resbalándose sobre esa calle lustrosa penetraron las sombras de la iglesia.