Noche de califas
Capítulo 2
LA PLAZA DE LA Constitución, Templo Mayor, sabiduría de la historia, piedra de los sacrificios, veneración de los caídos, incondicionalidad del jodido, ahí, en ese cuadrante del poder zodiacal, todo iglesia, todo palacio nacional, toda la noche prehispánica, Macho Prieto, seguido a la distancia por ti, atraviesa la facha de esa catedral casi pirámide, casi iglesia, como un caballero tigre cruza el atrio, con la elegancia ancestral atraviesa el portón que conduce a la nave que da al altar del Perdón.
Ya frente a él, frente a la imagen religiosa que recuerda la estética de nuestros antiguos, se pone de rodillas y se persigna con toda la devoción de un asesino, con toda la capacidad infinita del perdedor; tú te arrodillaste también, pero nunca sabrás si por acompañarlo o por miedo; el caso es que comenzaste a rezar: «Cuídanos virgencita, que no nos vaya a pasar nada, te prometo que iré a la Villa caminando desde la glorieta de Peralvillo…». Y cuando estabas en el «amén» él ya estaba de pie persignándose de nuevo, impávido o tal vez con fervorosa devoción. Pasó por una pileta de agua bendita, se mojó las puntas de los dedos, se santiguó. Macho te miró al llegar junto a ti, siguió de frente sin hacerte ninguna seña, la solemnidad del lugar te impidió hablar; él con la presencia del padrote, era un perfecto personaje de esta nave celestial.
Pensaste en lo duro que era a veces, cuando llegaron al auto y partieron en silencio, tú lo veías de reojo sin atreverte a preguntar. Iban por la calle de Pino Suárez, tú ya querías entrar de nuevo a la Merced; pero dejaste que Macho siguiera, era el recorrido lento de la cachondería al que a veces te tenía acostumbrado, como si fueran de caza; las mujeres salían bellas de sus trabajos, con sus hermosos traseros diciendo: a que no me coges. Tómalo si puedes, etcétera, etcétera.
Las mujeres con su infinita capacidad de mover el culo; en la lubricidad de la mirada cachonda, en el temblor provocativo de los senos prominentes: Mujeres, mujeres, en la prisa de las piernas largas y bien torneadas subiendo los escalones del metro. Mujeres rifleando con la mirada, mujeres con la coquetería a flor de calle, mujeres en la incitación del recato, mujeres en la excitación de la inocencia perdida, mujeres eróticas en el vestir. Mujeres, mujeres, mujeres, con senos y nalgas y piernas y labios y dientes y pelos y manos y lenguas. Y Macho excitado ante el revolotear de la feminidad urbana; trotando cuerpos impúdicos y Macho incontenible sudando. Tú lo presentiste pero no tuviste tiempo para detenerlo porque en el intenso tráfico de la calzada de Tlalpan todo podía acontecer; lo viste bajar del auto y correr hacia donde iba un grupito de mujeres. Gritaba, gritaba desesperado, tú te recorriste al volante, los autos aullaban, Macho corrió hasta la entrada del metro; el grupo de mujeres volteó a verlo, Macho fijó la mira. Oyes que grita. «Evaaaa», «Evaaa» y piensas que Macho está alucinando y vuelves a oírlo desesperado: «No bailes con el Conde, no bailes con el Conde…». Y entonces te imaginas la escena que estás viendo o, mejor dicho la que está viendo él. Eva y el Conde bailan en el andén, o en el salón de baile, o en el pasillo del Metro y los pasajeros o los bailarines se hacen a un lado, los observan bailar como sólo ellos saben, mejor que nadie. Pero entonces tú, contagiado por Macho, apenas si percibes que el Metro, el convoy de carros, anuncia su llegada a la estación y tienes que despertar antes que Macho del alucine y le gritas. Macho está pegado a la alambrada, viendo llegar el Metro, la gente corre y se sube a los carros. Los autos del arroyo asfáltico les pitan porque ya han armado un caos, el desmadre está en su apogeo y las mentadas de madre de los choferes les valen madre: «Macho, vámonos. Macho agarra la onda. Machooo…». Y Macho volvió la mirada, que era como volver en sí, subió al auto y no te atreves a preguntarle nada. Y entonces para pensar en otra cosa, tratas de imaginarte qué estará haciendo la Magda. Esa puta mayor. Mujer de larga carrera en las camas y las pistas de baile, avejentada: treinta y ocho años, provocativa, mal hablada y unas ganas infinitas de ser amada, de darlo todo, a pesar de que tanto ha dado y nada ha recibido. Acuérdate bien. Seguro, en su cuarto de hotel, también en la Merced, Merced ratonera de este mundito, de seguro en el ADO, que quién sabe qué quiere decir esa palabra pero es el nombre del hotel, se supone el de mejor categoría de por ahí cerquita a unas calles de la Iglesia de Loreto y de la Santísima. Con su cuarto inundado de luz, quitaba el foco de setenta y cinco watts que tienen todos los cuartos de hotel y ponía el suyo, uno de cien; siempre traía alguno de provisión. Y de seguro ahí estaba arreglándose para el día de la amistad, con alguna amiga, tu amiga, mi buena, tu amiga del alma…, pronta a ingresar en las filas de la putería, jovencita, veinte años, feíta pero de buen cuerpo, vamos, pródigo, de donde agarrar, buena mercancía para el negocio. Magda lo hacía por buena gente, sin maldad, porque era la forma que conocía para ganar dinero rápido sin necesidad de tener papeles: «Acta de nacimiento y sin necesidad de ser hipócrita, todos los hombres quieren, y quieren que nada les cueste, te ven de majecita en la fábrica de bolsas de plástico o en el taller de zapatería y te piden las nalgas desde el patrón hasta el chofer, desde el cliente hasta el pinche barrendero; todos se creen con derecho a decir: presta y de a gorrión. Pero, no manita, ya estuvo suave de que te vean la cara; mejor sin hipocresías, que te dicen presta la nalga; tú les contestas: pues te va a costar tanto y si quieres más o tratamiento especial, pues entonces un poco más, y ahí te la llevas. Yo tengo veinte años en esto y me he dado el lujo de mantener al hombre que me gusta, el que me deja satisfecha. No esperes cariño mana, no, los hombres son ojetes, quieren pelos. Pa’qué nos hacemos tontas, yo te hablo con la verdad manita; a’i tú sabes si le entras al talón. Al principio sientes refeo de que te la estén mete y mete y tú ni siquieras sepas cómo se llama el que te la mete. Yo creo por eso lo único que se pregunta cuando estamos en el trabajo es el nombre, es como una necesidad de saber de perdis cómo se llama el que nos la va a meter, pero luego ya hasta le tomas cariño al asunto…». La primeriza, abriendo los ojos como si fueran lunas llenas en una noche que va a temblar, y la Magda mascando su chiclote, y moviendo su mano como cortando el viento y viéndose de reojo al espejo de la cómoda y se da un lapizaso allá y una untada de bilé acá y se jala el vestido ajustadísimo, que marca sus carnes derrochadas. Y la Rocío con sus veinte años inventándose ese nombre parque el verdadero es Petra, pero le da pena porque le parecía de india, vamos, de pueblo, exactamente de donde es ella, del Oro, Estado de México: «Ay, manita, yo me pongo Rocío, soy güerita, blanquita, no soy prieta, así no me confundirán con una najayota…». «O ch’chimica ja ja ja…». Y la Magda prolongará su risa y tú la oirás en tu cerebro como si estuviera sucediendo en esta noche tepiteña en que sigues enfrentándote a la hoja en blanco; pero tendrás que seguir con el hilo de la historia porque estás en la calzada de Tlalpan califeando con el califa mayor, Macho Prieto, y entonces seguirás atrapando la plática en un cuarto de hotel en la Merced, entre Magda y la Rocío: «Ay manita, cuando vine por primera vez a la ciudad, bajando bajando del autobús que me agarran las nalgas…». «Pues con esas cosas tan grandotas cómo no les has de dar tentación; yo por eso pienso que sí te puedes ganar unos buenos pesos, tienes buen cuerpo y estás joven…». Y la Rocío con su rostro ardiente trata de preguntar con ingenuidad: «Tú crees que yo pueda… Me dan miedo los hombres…». «Te digo que así nos pasa a todas, pero ya luego aprendes, pura psicología, luego luego, te late quién anda chueco; así es la movida, con el tiempo se aprende». Y la Rocío quería decir que sí, pero se hacía la remolona porque ése es el juego infinito de las apariencias. «Y ahora me vas a presentar a algún califa. Quiero verlos, haber si es cierto que son muy acá, muy cabrones; quiero ver qué tan chingones, porque a mí me gustan así que sean cabrones…». La Magda se rió extenso, gozando su risa hasta extinguirla, con un borbotón de palabras: «Hija de la chingada, hoy es noche de califas; las verijas están calientes y a mí me gustan esos hombres, los únicos que saben cogerse a una mujer…». Magda se pone de pie y se contonea ante el espejo, es la masturbación mental y del peinado de su cabello saca una punta, una hoja de acero y se la enseña a Rocío: «Ahora vas a saber de la mujer y del hombre, el amor es como la muerte, manita… por eso quiero que vayas, nomás no tengas miedo cuando la veas de a deveras». «¿Qué?». «La muerte». «Por qué». «Porque aquí así es la vida». «Cómo». «Así, como nos la enseñaron, cabrona…». «No te entiendo». Y Magda como muy señora se larga la pequeña historia: «Una vez hace como año y medio o dos años, más o menos, vino una pinche escuincla, así como tú. ¿Cuántos años tienes?». «Yo veinte». «No, más chica, cómo de unos dieciocho. Se veía como ricachona, quesque hablaba inglés, que había estado en Los Ángeles o San Francisco o San Fernando, uno de esos lugares de los estates, y acá que muy liberal, que no era puta, pero cómo le daba refuego a la nalga, Eva se llamaba… Hoy hace un año que se murió…». Pero Magda se detendrá en la historia porque un taxista las espera abajo y ya está impaciente dando de claxonazos y las dos putas tendrán que bajar rápido. Entonces, yendo en el coche junto a Macho presentirás que Magda ya va para el salón de baile en compañía de tu futura putita. Y tú mientras te dirigirás rumbo a un lugar conocido que ya te sabes de memoria; lo puedes ver todo porque ése es el poder de la imaginación, ahí no hay obstáculos, todo es válido. Al fondo se ve el imprescindible anuncio del hotel, otro hotel de mala cogida y peordesvirginada. Ahí estará la Muñeca, padrotito de mierda, bien vestido como lo mandan los santos cánones de los califas, un poco de loción y peinado de a rayita, bonito el muchachito, veintidós años, recogiéndole el dinero a la puta callejera, mujer joven de veinticinco años pero maltrecha por la guerra de las camas, por el uso cotidiano de ese cuerpo cansado de desandar la misma calle, calle llena de anuncios de tiendas de ropa, llenada de cortinas con olores a frutas y verduras, llenada de casa con montones de telas y rostros narizones y ojos de color. Éste es el corazón de la Merced, donde el árabe, el judío, el español y el mexicano transan, se hinchan de dinero, y ahí esa puta cansada de entrar y salir del hotel se pone de mal humor ante su hombre, el que le da en la madre, tantas veces como sea necesario para mantenerla contenta: «¿Es todo lo que ganaste…?». Y ella con sus infinitas condicionantes para ser sufrida le contesta: «Es que agarra la onda, apenas estoy comenzando, es temprano falta que salga de los negocios…». Y la Muñeca, califa aprendiz, como se lo dictó Macho, le suelta una bofetada al llegue y una patada en las nalgas, con la elegancia suficiente para impresionar a la dama y al respetable que los observa; porque la Muñeca se sabe observado y envidiado: «Vuelve a contestar así, hija de tu puta madre, y te rompo el hocico…». «Pues no chingues, si bien sabes que apenas comienzo…». «Ya cállate… tú sabes que esta noche me tenías que dar dinero…». «Sí y chíngueme yo mientras tú te vas a divertir ¿no?». Y por toda contestación recibió con fuerza una bofetada… «Eres hija de la mala vida, te digo que me vuelvas a contestar así y te agarro a patadas, órale, ponte a chambear, todavía puedes recoger más dinero, voy con Macho…». «Claro, papito te manda, papá postizo ya llegó por ti…». Y fue cuando tú, Sugi, arribaste al huerto de las delicias nocturnas y viste a la Muñeca y a su putita discutir mientras las demás mujeres seguían ofreciendo sus caricias.
Macho tocó el claxon y la Muñeca corrió hacia el coche, no sin antes darle un beso a la dama… y una leve bofetada con una sonrisa de despedida. La dama se hizo la enojada, pero no podía evitar sentirse bien con ese trato. La Muñeca subió al coche, en el asiento trasero, Macho sabedor y muy señor de la noche voltea y con certeza sentencia: «A la mujer, chavito, se le pega para que nos quiera más no para que nos odie… vale matador…». La Muñeca sonrió. Vimos desfilar ante las ventanillas del auto a las mujeres de: vende caro tu amor aventurera. El ruido se alejó del interior del auto. La noche era esa noche.
En la oscuridad, como una piedra angular el rectángulo lleno de luz es alumbrado al escucharse los primeros compases de aquello que suena así: Tan tantaran tan. Escancioso sonido salido de aquella trompeta de la orquesta del salón de baile. Poco a poco los grupitos y las áreas de vida se van iluminando esta, esta, esta noche de la amistad y del amor, porque si algo se venera y se traiciona con pasión en este submundo es la amistad y el amor. Las parejas en una copulación interminable se lanzan a la azarosa descripción de la lubricidad, día de los novios. Los letreros anunciándolo se pegan en las paredes del salón, y por si fuera poco hay una manta detrás del escenario, de ese escenario que tú has visto muchas veces y que quisieras describir con la vivacidad que él expelía, con la orquesta en turno, y el grandioso locutor con su poder de seducción, con su capacidad de entusiasmarte a pesar de los mil dolores que aquejaran tu existencia. Y la música con los globos multicolores flotando cerca de las cabezas, y los bailarines increíbles de todos colores y sabores y los gordos benditos moviéndose como por un milagro de Dios con sapiencia y sabor, rebota su gordura contra las demás parejas abriéndose cancha, y las mujeres manoseadas en interminables hileras de manos dejando las huellas de sus dedos en las nalgas cadenciosas, y por supuesto, la pareja estrella y estrambótica, a la que le hacen ruedita nada más para que vean cómo se baila esto del danzón, la magia y la leyenda con el ladrillo y los sexos juntándose hasta lograr la copulación perfecta con la música, y los meseros, esbirros de la noche, con sus filipinas blancas y tiesas y sus manos haciendo equilibrios con las bandejas llenas de refrescos y cervezas y los vasos de vidrio, de vidrio transparente de la noche, el hueco intermitente de la pasión, el vaso entraba vacío en la mano del viejo mesero que todo lo sabe, don Simón; acuérdate, te lo presentaron como la biblia bullanguera, el testigo mudo de todas las guerras sucedidas en este imperio de la danza y del sexo y de la amistad y del amor y de la fatalidad y de la violencia y de la agresividad mal contenida y de la verga hecha razón social, y la verija hecha fuerza de trabajo y explotación, sí, ese viejito cabulero es don Simón, el que todo lo sabe y todo lo calla: «Voy atrás, si lo mueve yo lo bato… compermisito, la alegría de la vida se va abriendo paso… De esto no hay todos los días… ¡aguas!, ya llegó el que andaba ausente, el que llena los vasos de licor bendito joven. Lo otro si le sobran se las llena usted y la divina providencia…». Verdadero artífice del ambiente subterráneo, don Simón sigue su paso serpenteando las parejas. Y tú ahora puedes imaginar mejor que nadie. Sí, haz a un lado la humildad y entiéndelo, éste que estás escribiendo es tu mundo y ése sólo tú lo conoces; a los demás les toca compartirlo contigo, aquí no hay verdad ni mentira, esto es un mundo verbal que inventas esta noche de agosto; porque el que tratas de inventar a lo mejor ya no sucedió así, la noche del día de la amistad, allá en la Merced y sin embargo, tú estás seguro de que así como lo cuentas sucedió. Mientras don Simón serpenteaba el ambiente de la pista de baile, tropezó con un grupo de mujeres, las llamadas en las columnas de los periódicos fámulas, es decir trabajadoras domesticas; pero dicho en los libros antiguos: sirvientas, increíblemente entendible por la voz popular como: gatas, en conjunto gatigrafías arrojadas de la tierra del hambre y la sed, de la injusticia y la explotación, acotación como reverencia para los poetas con intenciones mesianicopoéticas. Don Simón las dejo atrás y tú bien te sigues imaginando lo que estaban haciendo: mujer morena del vestido rojo escarlata con trencitas amarradas con listones amarillos y zapatos blancos, buenaspiernas y malasnalgas, carfea y sonrisabonita, exclama con entusiasmo televisivo: «Está retechulito, manita, tiene una trompita apapachable». Y mujer apiñonada, como de por el estado de Guanajuato: «Ay, mana, pero el de la trompeta se ve que es ardiente; mira qué ojos de sátiro tiene. A ese papucho le doy lo que me pida, me recuerda a mi primo Romualdo, el del pueblo…». Y tú ni necesitas tan siquiera imaginarte a los beneméritos ojetes de la Orquesta, nada más esperando que zorratierna se resbala de la gatigrafía para darla de alta en la putañería con cuota para la padrotería. El cantante tropiloco moviéndose, en una farsa cagadadelarisa, igualitito que Tom Jones. Y las fámulas viniéndose en el vacío de la negra noche y entre apenadas y sulfuradas por el esperma imaginado. Y el de la trompeta, ese pinche mamador de tetas a las altas horas de la madrugada, lamiendo su trompeta para darles ligeros calambres a los labios vaginales y clítoris que les acompañan, y las nalgas puestas porque prestan para la orquesta de don Gamboa Campos, y la parafernalia y el irigote del salón de baile se viste de glamuroso technicolor con los haces de luz, de los seguidores que irrumpen como si fueran los cinco aros olímpicos en el Partenón, en la aciaga noche de la batalla de Maratón o en la matanza de fedayines o como la entrada de las estrellas del celuloide en el Palacio Chino para dejar su huella en el piso, ahora la orquesta recula y queda el escenario libre y las parejas aplauden acompasadamente. La noche comienza, un seguidor con su círculo concéntrico ilumina el micrófono vacío, y ahí, tú bien que ya te lo sabrías de memoria, aparecen el showman del Califas Dancing Club, con la agilidad del gamo viejo y la gracia arrabalera del perro callejero. Ahí está la sonrisa que cubre todo el panorama y el aleteo de sus manos que agita el ambiente, con sus pasitos chéveres y sus desplantes de gran bailarín en la cama: Aunque dicen que le gustan los niños. «Muy buenas nocheeeeeeees damitas y caballeros que las acompañan, Jorge Tianguistengo González se complace en darles la bienvenida a esta noche de gala, de amor y amistad, donde las manos se entrechocan y las sonrisas van acompañadas de un fuerte abrazo sincero: Aaaaaay, ay, yaaaay, caballeros no me alboroten el gallinero que don gallo anda suelto. Jorge Tianguistengo González, a nombre de la empresa de este su salón favorito de baile, Califas Dancing Club, les recomienda que el caldo de gallina muy temprano se aceda. La noche es larga y las camas amplias, y ésta, su pista de baile cuadrangular para que las lindas parejas que nos acompañan se desplacen como por su casa… Y que suene la música maestro Gamboa Campos…». Y todavía resuena en tu cerebro esos célebres timbales… «Y ahora con ustedes la gran orquesta…». Y todavía te admiras de los pasitos llenos de galanura de Tianguistengo, pura acrobacia rítmica, puras ganas infinitas de apantallar al respetable, se para en el punto y seguido de la música y como una estatua nostálgica del tropicana habaneril, grita en despoblado: «Del maestro Gamboa Campos… heeeeeeeeeey familia, Danzón dedicado a los califas que cruzan las pistas de baile y no gastan las suelas de sus zapatos…». Y la música como un aleluya haendeliano le da prestancia a los príncipes del lugar, a los representantes de Mahoma, aquí en la tierra como en el infierno, y entonces la gracia del señor de las tinieblas, príncipe de Aquitania, se disfrazó de la elegancia arrabalera. Y tú te sentiste como en Hollywood; la esplendorosa arena de la vida se abría majestuosa, el séquito era impecable, tú y la Muñeca cubriéndole las espaldas, vigilándole la respiración; oliéndole sus sudores sulfurinos nostradamunamente tenues, espoleando el cuerpo arrogante de Macho Prieto, príncipe azteca de la noche danzaril. La pista se abría ancha y curiosa. Se sabe observado. La calma lo viste con sabiduría, él es el dueño del lugar. Las parejas dejan momentáneamente de bailar porque su magnetismo violenteamente los obliga a mirar hacia la entrada. Sí, cabrón, porque tú ibas muy chicho con tu fierro caliente sabrosito, para llenarlo de sangre si alguien más se metía. Los rumores de admiración y el chacoteo del secreto les llegan a los rostros; pero ustedes, al fin califas del fango, se sienten cobijados por la calumnia y las habladas: «El es…
Tienes los güevos bien puestos
Eva lo quería a él…
Tú cállate nadie sabe a
ciencia cierta qué
fue lo que pasó.
Dicen que ella se mató solita.
Macho dice que fue el Conde
Conde dice que fue Macho.
La mujer es cabrona y más el que la aguanta
La muerte es una puta que
nunca se olvida
de cobrarte la venida».
Los murmullos eran la cobija de su desgracia, y tú y la Muñeca se abren en abanico para fiscalizar el peligro; aunque Macho sabe que lo que tenga que suceder sucederá. Fue entonces cuando lo miraste a los ojos y fue como si estuvieras percibiendo lo que él veía en lugar de lo que había en el centro de la pista, el rictus de dolor contenido de Macho te lo confirmo. La pista estaba vacía y el ataúd al centro y los cuatro cirios encendidos, como en la canción de Javier Solís, y los califas haciendo guardia ante el ataúd; el Conde a un lado, en la esquina derecha, tan galán como siempre; y tú entrando al cuadro como en una película; el muchacho, el valiente, el vengador, entrando de golpe. Y adviertes cómo ve a Conde con rabia, y no te da vergüenza escribir frases hechas, así como éstas, de descriptivas: Macho Prieto, era un perro lleno de rabia que se avalanza sobre el Conde; pero los demás califas por respeto a la difunta lo detienen. Tú sabes, hay que dejar descansar en paz a los santos y fieles difuntos. Conde nunca se le abre, siempre retador, siempre sin mostrar su miedo; él también estaba acostumbrado a la violencia, al miedo, al submundo de esta ciudad. Y casi podrías asegurar también que siguió sus consejos: el que se enoja pierde, y se controló. Macho era así, hecho al control de sus emociones, saca con seguridad su fierro, el de cacha de hueso y se lo brinda al Conde al estilo de los viejos fierreros del rastro de la ciudad, clamando su venganza. Conde le acepta el reto. Aquí los califas se la rifan en serio, la vida, la vida rastrera, la vida con el único chance que te da esta sociedad, el de la muerte colectiva, el del suicidio inconsciente como una protesta social, es decir, política, es decir, impotencia. Y Macho sigue mirando descarnado al centro de la pista, mientras tú le mirabas los ojos recordando lo que te contó la Muñeca, cuando juró su venganza y Conde le aceptó el duelo a muerte como si fuera un duelo de cowboy, como en aquellos programas de televisión Tucson Arizona, El hombre del rifle, o las películas de vaqueros. Esto era así en tu recuerdo, un duelo de califas, de cuchilleros, los murmullos seguían en el día de San Valentín. Macho y la galanura caminaban de la mano por esa pista de baile rumbo al lugar de los elegidos de Mahoma, a un lado de la barandilla, lugar estratégico para la lucha. Desde allí se vigilaba casi todo el salón. Sólo había un lugar al que no podría ver pero eran los terrenos de los otros. Los príncipes de la noche llenaron con prestancia la mesa.