Noche de califas
Capítulo 3
MACHO PRIETO, el del gran señorío de la noche, el de la figura arábiga en el velo de la sensualidad, el que periscopeaba como un gato sobre las cornisas del templo mayor, despabiló el ambiente con su presencia impactante, sentado en esa mesa junto a la barandilla que brinda una panorámica increíble de lo que es la pista rectangular del Califas Dancing Club. Y a sus costados, como dos alas de águila recogidas, nosotros, los de este lado de la venganza: tú y la Muñeca. A ti, al que está escribiendo este relato le parece todavía estar viviendo esas escenas, ese miedo ahogado, ese recelo por la Muñeca, ese padrotito de barrio, chavito de veintitantos años, muy creído por lo bonito que era, muy haciendo sus actos a lo pendejo; pero con harta suerte, ahora sí como decía ese Macho, esa noche, ahí presidiendo esa mesa, con ojos de gato avizor. Lo viste regar las palabras sobre la mesa, con esa lentitud al hablar que le daba el sentirse dueño del lugar, el ambiente, el ser mantenido por varias mujeres. Era como si sus labios besaran las palabras: «Suerte me dé Dios, que la vida yo me la juego». Y así era el Macho, casi la religiosidad, casi el misticismo, casi la violencia celestial, la agresividad amaestrada. Los de las mesas contiguas los veían, eran clientes del lugar a los que nada más les gustaba ir a bailar o gente vaga o trabajadores a los que les gustaba mirar después de estar ocho horas en las fábricas, o violentos hombres de la Merced que querían encontrar algún estómago para descargar su furia contenida detrás de una fría hoja de acero y sentirse recompensados por la tinta sangre. Esos rostros mal encarados fueron los primeros que te enseñaron a tenerle miedo a la noche; rostros cabrones, conformados en la agitación de la vida urbana, en la sobrevivencia de la calle, rostros de mirada aguerrida, con ínfulas de «qué me miras güey…» como ese gordo grasiento, seguro cargador de la Merced, madrugador de la vida. Sí, ése, el de tres mesas a un costado de ustedes, que los mira con unas ansias infinitas de que Macho se fije en él, aunque éste ya se había percatado de su presencia; Macho ya quiere gritarle que existe, ese gordo violento que para hacerlo obvio, ahora —después de 7 años lo entiendes—, le avienta sus mocos, esa seña con la mano encogiendo los dedos y enseñándole al ofendido la concavidad de la palma de la mano. Y tú bien sabías que el otro, el de la mesa de junto, para quien fue la ofensa, ya tenía sus años en el Califa, y ni tardo ni perezoso se los regresó, hombrecito de treinta y tantos años, chaparrito, delgado, que se asemejaba a un perro chihuahueño. El cargador se paró, fue hasta la mesa del chaparrito y lo miró; el chaparrito se puso de pie pero en el estarlo pensando y en el hacerlo, ya tenía el descontón en plena boca; sus nalgas fueron a rebotar contra una silla. Macho los miró, y te dio a ti una palmadita de tranquilidad, como diciendo: no se vayan a meter. El cargador, con el rencor y la impotencia, soltó una patada en pleno rostro al hombrecito que iba rumbo al suelo, los demás hombres de las dos mesas, se apresuraron a sujetar al cargador y ayudar al hombrecito. El cargador buscó la mirada de Macho, y éste lo miró y le guiñó el ojo, o me pareció, o le pareció al cargador, quien se dio por satisfecho y alzó su mano para saludarlo, escupió hacia el hombrecito todavía aturdido, y se fue a sentar a su mesa. El cargador sintiéndose importante, giró su cabeza al estilo Macho Prieto y llamó al mesero, al viejo don Simón, quien desde las mesas lejanas había observado todo, rápido llegó hasta el cargador, miró a Macho como señalándolo con los ojos, don Simón asintió.
Y tú observaste todo, y se lo comentaste a Macho: «Ese cuate está muy sácale punta al lápiz, y miró hacia acá…». «Así son, se quieren creer, pero a la hora de la hora, se abren o se empinan con uno más cabrón que ellos… abusado nada más porque al rato, el chaparrito se la va a sacar…». Y tú sabías que lo que decía Macho era cierto, se la iba a sacar: la espina que le habían clavado pero también la verga para cogérselo; metafóricamente, porque en tierra de machos lo importante es meterla no sacarla, no sacarle. Meter las manos, el fierro, las patas, la cabeza; la de tu miembro y la de pensar. Todo eso sucedía, era como si en el ambiente estuviera el alfabeto, el aire lleno de signos para hablarse sin necesidad de las palabras, puros gestos, puros ademanes, puras señas, puras mentadas, puros «quién vives». Llegó don Simón hasta la mesa de ustedes con unas cervezas frías, las dispuso con sus respectivos vasos para los tres: «Las manda sanjasmeo…». Y diciendo y riéndose miró nuevamente a Macho. Macho sonrió: «A los caballeros se les respetan las atenciones, porque sino se emputan, ¿verdad viejo Simón?». El viejo Simón con su trapo limpió lo mojado de las botellas y sonrió; luego murmuró: «Los que orinan caminando no hacen hoyo, Machito». «Ese chaparrito es picoso y silencioso…», afirmó Macho. «Cual debe de ser, el que grita hace ruido, y el cuchillito ni pío dice…». «Así es, don Simón. Para bailar un buen danzón no hace falta la música, ésa se lleva por dentro, lo único que se debe de enseñar es la mujer para ver a quién se le antoja y quién paga más, lo demás como si uno fuera parte de la noche». Las dos apocalípticas figuras respiraban pura sapiencia padroteril, pura putería hecha al amparo de las enseñanzas que da la vida, en este barrio, en esta ciudad. Era un diálogo murmurador entre dos que sabían y sonreían de pura amargura acumulada. Macho miró hacia la mesa del cargador que lo había estado buscando insistentemente con la mirada pero que Macho, sabiéndolo, no se había dignado verle hasta ese momento en que la figura del viejo Simón se comenzaba a alejar. «Saluda pendejo…», murmuró Macho con una sonrisa… desde el otro lado el cargador sonreía ampliamente y esperaba que todo mundo hubiera visto cómo Macho brindaba con él. Gritó: «A nuestra salud, Macho…». Macho lo miró condescendiente. El cargador se sintió más importante que nunca y se sentó, como diciendo «Eh yo también soy un cabrón, un hijo de la chingada, un padrote, un cinturita, un macho, un hijo de su reputa madre, un califa, señores; sí, un califa mayor. Macho Prieto me saludó, me santiguó, me dio su bendición…». Macho ya estaba hecho en esta ley, y nos sabía tiernos… Nos miró, sí, hijo de la chingada te miró, y tú te frunciste, porque agachaste la mirada, y la trasladó a tu cuate, al ojete de la Muñeca; éste sabedor, más tiempo en el asunto, sin tapujos, queriéndola hacer a como dé lugar, le aguanta la mirada a Macho. Macho ordena: «Saca a bailar a aquella mujer, Muñeca…». Y era como si a tus ojos se hubiera aparecido como por arte de magia, ahí, debajo de la pista, recargada en un pilar, una mujer sola, veinticinco años, bien dispuesta del cuerpo, un poco espantada, indecisa de dejarse llevar por el ambiente, cruzada de brazos. Era como si ahí hubiera estado siempre desde antes de que entraran y no la hubieran visto ni tú ni la Muñeca, como si Macho desde un principio la hubiera estado analizando sin que nos diéramos cuenta: «La que está recargada sobre la columna tiene rato de estar parada sola, vino sola; busca hombre aunque ella no se atreva a confesárselo…». La Muñeca la observó y refunfuñó: «Noooooooo…». Macho, sonrió con benevolencia y lo palmeó: «Ooooh usted sáaaaaquela». Y tú para quedar bien con Macho te apresuraste a decir: «Yo voooy Macho…». «No, Sugi, deja a la Muñeca». Y se dirigió al Muñeca: «Esa vieja es casada y a lo mejor dejada o mensa, mensita…». Macho te hizo un guiño y empujó a la Muñeca. César, que así recuerdas que se llamaba la Muñeca, bajó muy califa la escalerilla y se fue rumbo a la dama solitaria. Los dos vieron, tú y Macho cómo la Muñeca estiraba la mano y la dama se negaba. Podrías jurar que le dijo: «¿Bailamos?». Y la dama le contestó: «No, gracias, a la otra…». Y la Muñeca se sintió ofendido en su calidad de galán y omnipotente se alejó. Macho sonrió y cuando la Muñeca llegó ante ustedes lo interrogó: «Ps ¿qué pasóo?». «Esa vieja se cree virgen…». Y el César se sentó de mala gana. Macho lo cabuleó: «Uuuuuuy usted es maje, de balde tantos consejos, nomás fíjese… nomás fíjese…». Y en el nomás fíjese era como si su presencia resultara la de un elegido de Huiti, un afortunado, y ahí, en esos precisos momentos sentó cátedra de califear. Desde que se paró de la mesa y echó a andar rumbo a la dama en cuestión, se vio el espectáculo que sólo un macho puede ofrecer. La mirada agresiva, el vaivén de la mano derecha nada más para abrir cancha entre la muchedumbre y el garbo al andar, un andar hecho a la medida de la padroterapia, ni muy muy ni tan tan, pura disyuntiva sexual, pura imaginería erótica. Cuando algún califa se paraba frente a una mujer, el efecto tendría que ser la estimulación clitórica. Macho bajó la escalera y la mar de gente en oleadas de calor le pegaban en el frente de su cuerpo. A la mujer ni por un instante la perdió de vista, siempre en su campo magnético. Se le plantó a la dama como se plantan los cabrones, y tú sentiste en ese momento una total admiración por lo que hizo el Macho frente a la dama, y para ello sólo se necesitaba una cosa: ¡Güevos! y qué forma de usarlos, sin insultar, sólo para convencer. Y la dama bendita ahí estaba, frente a ése, indefensa. «Vamos a bailar… ¿mi reina?…». Y la reina era un cuerpo abierto de piernas esperando la metida de verga con la resignación total. Y eso Macho lo sabía, ¡y de qué manera! Le meneaba el cuerpo entre el rozón cachondo y el estrujamiento agresivo hasta hacer de ese deseo femenino una entrega ansiosa y recatada… Dos pasos y el descanso, nada más para sacudir los mocos que se le escurrían, y va de nuevo: dos a la izquierda con el quiebre de cintura para ir separando los pelos de la paparucha uno a uno hasta poderse internar en la espesura de la satisfacción. Rodó sus cinco dedos por todo ese talle hasta ponerla frente a sí. El califa mayor desenvainó la espada, es decir, su bragueta, la puso frente al vientre de la dama y se le repegó hasta hacerla sentir todo el calor de que es capaz de emanar un miembro. Entonces, antes de que el rubor le subiera por las mejillas, dejó de apretarla y le dio una vueltecita para que perdiera la noción de que estaba pisando suelo. Sonrió Macho… La pieza estaba terminando y no cabía duda, tú lo veías en su rostro, estaba satisfecho. Califear, independientemente de los réditos económicos, le rendían un placer inexplicable. Dejó a la dama rumbo al pilar desdeñosamente, sabedor de los efectos de su presencia y de su don de mando al bailar: «Servida, mi reina…». La señora estaba roja y lo miró entre coqueta y avergonzada: «Gracias…».
Y ustedes, tú y la Muñeca lo observaron con admiración. También advertiste como la Muñeca periscopeaba, viendo quién iba cayendo al lupanar de la santidad. Cuando miraste hacia donde veía la Muñeca, ahí estaba esa figura aristocrática, el movimiento elegante y la displicencia al trato: Conde, el otro Califa mayor, el de los otros. También muy cabrón, muy hijo de la chingada. Bien, la noche estaba estrellando el firmamento de su existencia, y en eso estabas cuando las palabras conocidas los hicieron voltear con sorpresa: «Uuuuuuy, uno luciéndose y ustedes papando moscas…». «Este eee…», y no supiste qué responder. Miraste a la Muñeca que también tenía la cara de maje y trabajaba las mismas letras «Eeeste eeee…». Entonces fue cuando el Macho volteó a ver hacia donde estaban viendo ustedes, y ahí te entró la duda, porque nunca has sabido si realmente vio al Conde o no… Macho volteó de nuevo hacia ustedes y cabuleó: «¿Quéee ven a su mamá o a los santos y fieles difuntos…?». Macho siguió aguzando la mirada, como para ver mejor hacia donde estaba el Conde. Tú entonces decidiste volverte hacia donde estaba el otro califa mayor, y ya no viste nada, y volteaste a ver nuevamente a Macho, con la velocidad del rayo, y advertiste que él no veía nada, que no había nadie donde antes había estado el Conde.
Dudaste de lo que expresaba el rostro de Macho, porque cómo ibas a creer que no había visto a nadie tratándose de un bato que siempre está oliendo lo que viene por venir hacia su persona. Y lo volviste a mirar, y viste de reojo a la Muñeca y viste al otro lado y viste de nuevo a Macho, que entonces transformó su rostro como un gran actor y de la seriedad pétrea pasó a la bullanguería facial: «Voooooy, me voy a morir y ustedes ni pelar un chile verde van a saber… A las mujeres no hay que verlas con insistencia, si ellas nos quieren dar chance no harán sino mover la cola…». En ese momento te pareció fiscalizar a Macho como viendo hacia donde había estado el Conde. Macho, en una milésima volvió la vista de nuevo hacia ustedes y rió como se ríen los ojetes: de dientes para afuera.
Entonces te pusiste a pensar en los otros, en el lado contrario de la pista de baile, por donde se había perdido el Conde esa noche, y pensaste en los adornos del salón de baile con motivo del día de San Valentín, y pensaste en la amistad, por la que se arriesga la vida, y pensaste en los muchos güevos que se deben tener, y creíste en el amor, y te acordaste que entre los otros estaban la Magda y Rocío, y creíste verlas sentadas en una de esas mesas, solas, puntiagudas, malamadres, engentadas. Y ahora después de doce años deduces todo lo que pasó, como si realmente hubiera sido así. Conde, risueño, ojete, culero, malamigo, llegando y cachondeando a la vida, a la muerte y a las viejas, que todas son lo mismo, vagina por donde se les vea. Y la Magda muyhijadesuputamadre y con la Benemérita Rocío, futura puta del México viejo, futura ponedora de pelos y lagañas en las viejas sábanas de los hoteles de paso, futura mantenedora de un servidor, es decir de ti, hijodetureperezosamadrecita. Y ves a la Magda mascando el chicle y cruzando la pierna, enseñando la buenanalga y haciendo gala de lo poco que bien le aprendió a Macho, el palabrerío: «Bien dicen que al gallo hay que hacerle su corralito…».
Y el Conde de mierda ahí, erguido, diostodosantos, con su hermoso traje blanco y la mirada elíptica, sabedor y echador, frente a la puta de la Magda; a su lado la puta rrecienambientada de la Rocío, ojiabierta a la duda del individuo que tenían enfrente, sonrió. Conde esgrimió el verbo: «¡No, mi reina… yo no soy ratón de un solo agujero, yo voy a donde me las ponen… Verga me dé Dios que de la nalga yo me encargo…!». Y diciendo y haciendo, haciendo el circulito de la vida, donde todo buen bailador demuestra que el ritmo parte del cuerpo no de la música, hizo dos pasos chévere y después al vientre le puso jícamo, los movimientos eran cogiendo bailando. Magda era puta y sabía oler el sexo y le dijo a la Rocío: «Ese Conde ya se hizo padrote internacional». Conde sonríe y lanza la galanura padroteril por toda la pista; estira sus brazos y chasquea su lengua, y después la pose elegante hecha de una pieza: «La Merced no es todo el mundo, pero aquí se aprende bien…». Y el Conde se arrima con su cuerpo provocativamente hasta rozar con su bragueta el rostro de la Magda, que sonríe y sonríe inmóvil: «Nada más, esa Magda, para que se recuerde que así como lo muevo lo bato…». Magda ante el vientre ondulatorio, murmura: «¿Quieres chocolate?, pues… ¡paga lo que debes…!» y diciendo esto trató de jalarle la bragueta con un movimiento rápido pero sólo era un intento por espantarlo. Conde reculó con elegancia, giró dando la espalda y volvió de frente al darse cuenta de que se había ido con el engaño; se sacudió la bragueta, sonrió, su lengua era presta: «Para un califa el crédito está en la sapiencia… la lengua, la rodilla, el dedo, la nariz, los ojos, la boca, los pies, no nada más con esto…».
Y se toca la bragueta. Pero Magda, de la vida también sabía un rato largo… «Claro, las mañas las da la vida…». Y Conde seguía con sus movimientos irigotudos. Rocío era la muchachita del pueblo que impunemente se aburría, y que ahora está azorada en el farragoso lupanar del arrabal: «¿Qué les pasa? ¡Vamos a divertirnos! Quiero conocer al ese Sugi…». Magda, sabía de las reacciones humanas como una puta consumada: «Las palomas también las matan…». Y Magda diciendo y viendo y revirando para con la Rocío… Conde para en seco su movimiento y la mira, sonríe, vuelve a agarrar su ritmo y desliza sus palabras: «O se mueren solitas… digo, si no es que estás con quien ya sabes…». Magda abre sus ojos de puta amargada y refunfuña en todo la extensión de esta palabra: «Pa’lgato el ese Macho, pero que nadie le niegue su chingonería…». «Lo quieres, lo quieres, lo quieres, lo quieres, mi buena Magda; odio y amor parte de una misma parte, del sentir…». Y Rocío no daba crédito, era como si estuviera situada en la torre de Babel. Y Conde remataba: «Pero ya verás, lo que bien se aprende nunca se olvida… La paloma llegó solita, yo nunca la busqué…». Sonríe la buena de la Magda; podría jurarse que más para sus adentros que para que la oyera Conde dice: «Macho vino a matarte… tú mataste a la paloma. Y tú lo quieres matar, quiero ver que lo mates…». Rocío abrió lentamente la boca… «Pero si tú siempre has dicho que el amor de tu vida a sido Macho…». Conde: «Un Califa nunca se abre…». Magda: «Ya es la noche…». «Seguro mi reina, ya es noche de Califas…». Rocío, sin entender, vio en Conde la elegancia en el vestir que tanto le fascinaba de los califas, y lo vio sonreír y bailar. Ya después te lo contaría, en la cama, cuando ya era tu puta y te mantenía y ya había pasado todo. Esta noche era una noche pasada y comenzaste a hacer apuntes para escribir tu versión de todo esto. Rocío siguió abriendo la boca desmesuradamente y la música comenzó a oírse y a entrarle por toda su boca por todos los poros y el ambiente era ambiente de día festivo. Magda, como la diosa luna, se acercó a Tezcatipoca y bailaron juntos, con sus cuerpos húmedos por la transpiración, la danza del odio.