Noctámbulos
Piel genuina
Abril cruzó una pierna sobre otra, y lentamente dejó caer la mano sobre el brazo del sofá. Los volantes de la blusa de seda derramaron su blanco por la piel suntuosa, genuina, algo desgastada en el respaldo de sostener el peso a dos generaciones de Gabras. Levantó una ceja como había visto hacer en el cine, y observó el delicioso contraste que hacían ambas telas con fingido desdén. Si ese hombre tenía un mínimo de sensibilidad no podrían pasarle por alto sus maneras, sus muñecas finas, su cuerpo todavía vigoroso y lozano. Aún conservaba su feminidad, a pesar incluso de que su piel estuviera ya moteada de esas odiosas pecas que el tiempo enviaba de forma indiscreta, pero que bien podían pasar por pura holganza bajo el sol de la isla. No; Gabras era un caballero, como lo demostraban sus modales: en toda la semana había rebasado siquiera el umbral de unas caricias tímidas y unos pocos besos, que sin embargo a ella le habían parecido abrasadores.
También la casa de Gabras, la antigua residencia familiar, hablaba suficientemente de él: cuadros en las paredes, alfombras en los pasillos, habitaciones que solo se usaban en verano o invierno y viejas fotografías de familia sobre muebles de anticuario cuya superficie pulida los años habían ya envuelto en su pátina de glamour. Por todas partes se respiraba el olor de la madera, de la constancia y la solidez; el mismo aroma que Gabras desprendía para ella.
Una ráfaga de brisa marina hinchó los visillos de la tarde e hizo temblar las velas repartidas por el salón. Abril admiró todos aquellos objetos preñados de significados ocultos, pedazos de la estirpe de Gabras, y que ansió que en adelante él fuera desvelando para ella.
Cambió de postura con lentitud. Una humedad creciente en los ojos le obligó a parpadear, y apartó la vista a otro lado. Más allá de la ventana, tras los visillos, una vela blanca y diminuta se arrastraba hacia el frescor vespertino del mar abierto.
—Lo maravilloso es que no huele —la voz ligeramente ronca de Gabras vino a sacarla de su ensoñación.
—¿El qué?
Dio un lento rodeo para esquivar la mesita y las piernas de Abril, y se dirigió al mueble bar situado tras ella. Su cuerpo, algo inclinado hacia delante a causa de las poderosas zancadas, se volvió un instante hacia ella antes de contestar.
—Una buena piel no debe oler demasiado.
Abril no comprendió. A veces Gabras se volvía repentinamente real y algo prosaico, y le resultaba incomprensible. Tuvo que retorcerse y hacer girar el cuello para descifrar algo en su cara.
Él acariciaba extasiado el respaldo del sofá.
—Mi madre lo compró en New Castle, en 1956. Piel auténtica.
—¿De verdad?
—Lo cuidó como si fuera un miembro más de la familia —rio, con emoción contenida—; jamás ha olido más de lo necesario.
Abril pasó también su mano por el brazo del sofá, y sonrió con una sonrisa forzada.
—Es muy bonito —declaró con ternura.
El hombre movió la cabeza como apartando vagos pensamientos nostálgicos, y sonrió también.
—Pero, bueno, ¿soy tonto? —se reprendió, tensando los músculos del cuello—. A ti qué puede importarte todo esto. ¿Qué quieres tomar?
Ella acercó su mano a la de Gabras, que en ese momento la apartó del sofá. Pensó decirle que sí le importaba, si le importaba a él; pero el aroma de su perfume llegaba hasta Abril mezclado con el otro más lejano del salitre y de la arena de la playa, y dejó que sus ojos hablaran soñadoramente por ella. Los entornó con coquetería, y los dejó luego fijos sobre los de él.
—Lo que tú bebas —contestó.
Él sirvió unos cubitos de hielo en un par de copas talladas, y tomó una de las botellas del mueble. Mientras servía, continuó hablando.
—Por cierto —dijo—, ayer recordé que ya te había visto.
—¿En serio?
—Me temo que sí —y movió hacia ella un dedo acusador—. Esta isla es muy pequeña.
—¡Oh, eres un diablillo! —le reprochó Abril. Contuvo una risita, y se llevó la mano a los labios en un fingido arranque de pudor—. De modo que te acordabas y no me lo habías dicho —le miró con vivo interés, y añadió —: Me siento muy halagada.
—Por supuesto que me acuerdo, querida. Llevabas unos pantalones… —observó, adelantando la nariz, él—, bueno, unos de esos pantalones tan… modernos. No me malinterpretes; tú tienes una figura estupenda, teniendo en cuenta tu…
El final de la frase quedó flotando en el aire como una mancha en un mantel.
Abril estiró su falda con dignidad, y se llevó una mano distraída al pelo.
—Bueno, supongo que eres muy amable.
—Verás, francamente no comprendo los giros de la moda —reflexionó, conciliador—. Pero no creas, incluso mi madre llegó a usarlos.
Frunció el entrecejo, y de repente su gesto se volvió grave y concentrado. Abril sintió un estremecimiento, y pensó en el busto esculpido en piedra de algún dios.
—Aquel día… —añadió él, tras un silencio—, en el paseo marítimo te acompañaba un hombre.
—¿De veras?
Tendió a Abril una copa de las que había preparado, y se sentó con la suya frente a ella, en un ancho butacón tapizado que lo engulló entre sus pliegues como un ama de cría a un bebé.
Abril esperó ansiosa.
—¿Ese hombre y tú…? —comenzó a decir Gabras, meciendo el contenido de la copa—. Bueno, no quisiera ser indiscreto…
—¿Te refieres a…? —le interrumpió ella, dominada por la emoción. ¿Era posible que aquel hombre estuviera celoso?—. Oh… —Envuelta en la atmósfera sofocante y febril del salón, bajó los ojos, y sonrió al hombre que tenía delante con una sonrisa que se le fue de los labios—. En realidad, ni siquiera recuerdo quién era.
—¿De verdad? —inquirió él. Detuvo la copa en el aire durante un instante de sorpresa, y observó el contenido. Un segundo después reanudó el movimiento con aire de despreocupación—. Vaya…, eso es desconcertante.
—Lo cierto es que me encuentro tan a gusto aquí —Abril paseó la mirada en tomo suyo, y a continuación fijó la vista en el hombre—. Quiero decir…, contigo. Han sido unos días perfectos, ¿no te parece?
—Es cierto —convino él—. El tiempo ha sido inmejorable.
Sus ojos, casi del todo grises, la miraron un instante para volver a posarse en la copa. Había hecho aquello mismo varias veces más durante la última semana; la semana más romántica que Abril recordaba haber pasado. Habían navegado alrededor de la isla, cenado a la luz de las velas, paseado en coche y permanecido juntos en la oscuridad de la noche mientras las palabras de Gabras se derramaban en sus oídos como si en realidad se tratase de música celestial. Parecía mentira, a estas alturas. Cierto que Gabras no hablaba demasiado de las cosas que a ella más le habría gustado escuchar. El suyo era un carácter extraño; introvertido y mundano a la vez; propio de un hombre de negocios. Pero esos gestos le delataban. Sí, sí que lo hacían: reparaba en algo y se mostraba nervioso. Incluso ahora, a Abril le pareció que su mano temblaba un poco alrededor de la delicada copa de cristal.
—Tal vez no lo creas —dijo de repente él, como reanudando una conversación antigua—, pero mi madre adquirió la mayoría de estos objetos directamente de manos de sus propietarios originales.
—Oh. Toda esta casa es magnífica —anunció Abril, observando cuanto abarcaba con la vista—. Y tu madre debió de ser una mujer fascinante. Comprendo que sea difícil de sustituir.
—Lo fue —aseguró él terminantemente—; una mujer única. Siempre supo estar en todas partes.
Miró a Abril con fijeza desde el fondo de su vieja butaca, como si fuera un poderoso león a punto de saltar sobre su presa. Ella le aguardó sumisa, envuelta en la cálida piel del sofá que parecía engullirla también.
Fue en ese instante que Gabras se levantó, su copa en la mano, y fue a sentarse junto a ella. El rostro de Abril se encendió aún más, y la sangre comenzó a palpitar tan frenéticamente en sus sienes que hasta temió que él pudiera notarlo. Se imaginó a sí misma al lado de ese hombre para siempre, en aquella casa, recorriendo con él los pasillos alfombrados a la luz de las velas, ocupando junto a él la genuina piel de aquel sofá, compartiendo las cálidas sábanas de las habitaciones de verano.
—¿Sabes que tienes una de las estructuras óseas más extrañamente bonitas que he visto? —insinuó Gabras, contemplando como hipnotizado el líquido dorado que daba vueltas en su copa. Apoyó una mano indecisa sobre la rodilla de Abril, y volvió a apartarla de nuevo; pero ella la atrapó.
—¿Qué quieres decir? —susurró, cerca de su oído.
Él no contestó. El rumor de los bañistas que alborotaban en la playa atravesó el cuarto como una lejana insidia. Abril tomó la mano de Gabras. La observó a través de la canícula de sus ojos, la acercó a su boca, y después la besó. Codiciaba esa mano, envuelta en sudor frío. Recorrió con ella sus labios, y después su cara, donde el maquillaje era ya una grasienta y molesta película; y después comenzó a descender con ella hasta el vértice de su blusa.
Todo el tiempo oyó a Gabras respirar fuerte a su lado, casi dentro de ella, mientras seguía deslizando su mano como si una hermosa serpiente recorriese su piel aún lozana y moteada de pecas, aprisionando la de él.
De pronto, el hombre hizo un movimiento brusco. Contrajo su cara como si alguien lo hubiese azuzado, y soltó la mano de Abril. La copa de cristal cayó, derramando el contenido sobre la blusa de ella; y acto seguido se estrelló contra el suelo. El genuino cuero del sofá gimió bajo los dos cuerpos como un animal moribundo.
—¡Cielos! —exclamó Gabras.
Se apartó violentamente de ella, y se arrodilló a sus pies donde, dominado por los nervios, empezó a recoger los cristales.
—Lo siento —balbuceó—. No puedes imaginarte cuánto lo si…, siento —tartamudeó. Después bajó la cabeza, y repitió—: Perdóname.
Abril recompuso con dedos torpes y enojados los desordenados pliegues de su blusa, evitando mirar al hombre arrodillado ante ella. Al otro lado del oscurecido ventanal, como cada atardecer, el rumor de las alegres voces que entrechocaban en la playa, se extinguía.
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