Noctámbulos
El hombre que creía ser James Stewart
El hombre con el traje impecable y la barba bien rasurada seguía al otro lado de la puerta del Ritz. El tráfico del sábado por la noche atravesaba la avenida, ancha, bien iluminada por las luces de nuestros focos y salpicada de cámaras, mientras un flujo continuo de hombres y mujeres avanzaba hacia las puertas de los cines, donde la función estaba a punto de empezar. No volví a fijarme en él. De vez en cuando alguien se detenía y nos preguntaba qué estábamos haciendo allí.
—Rodamos una película —decía Costa, el ayudante de producción, mientras volvía con un café para Max.
Max estaba en el hall, hablando con el gerente, con Baby y conmigo sobre la última escena. Tres hombres y la señorita Lupi debían aparecer en cuadro por la puerta del ascensor, y desaparecer tras un biombo. Le advertí a Max que eran muchos.
—Deja solo tres.
—Quiero que sean cuatro.
Baby apartó su ojo del objetivo de la cámara, y ratificó:
—Los cuatro entran perfectamente.
—No se verá el espejo —dije, ignorando a Baby, tratando de hacer frente a Max.
El viejo dio otro trago a su café.
—Escucha, quiero que sean tres hombres los que rodeen a Miranda. Es una mujer peligrosa. Mírala; una rubia peligrosa.
—Miranda es soberbia —dijo Baby, como si Miranda Lupi le perteneciese a él y no a Max—. Es importante enmarcarla.
—Se van a comer el plano —insistí—. Nos daría lo mismo rodar la dichosa escena en el lavabo del hotel.
—Puede —dijo Max—. ¿Qué hace ese tipo ahí afuera? —preguntó al gerente, señalando la puerta giratoria.
El gerente del hotel, un hombre bronceado y apuesto al que habíamos engominado el pelo para la escena anterior, dobló los codos y dio un tironcito a sus mangas.
—Viene cada noche, señor Albert. No molesta. Cree que es James Stewart.
Max arrugó la frente, y se llevó la palma de la mano a la barba.
—Vaya, ¿qué te parece? —sonrió a Baby, quien también le sonrió.
—El mismísimo Jimmy aquí —rio Baby.
—¿Qué Jimmy?
Miranda, enmarcada por el espejo del hall, apareció mostrando sus dientes inmaculadamente perfectos y rodeó con su desnudo brazo el corpachón de Max. Me pregunté qué se sentiría al ser agasajado así por la misma encarnación del deseo.
—¿Qué nueva pelea has provocado esta vez, Noel? —preguntó. Pero Max no me permitió responder.
—Noel —se limitó a ordenar—, sal ahí afuera y haz que se largue ese loco.
Abroché mi abrigo y salí a la calle de mala gana, dejando a Miranda en sus brazos y a Baby discutiendo mi plano con él. Yo estaba allí para hacer los recados de Max, porque él era el director; no yo. No me pagaban por fotografiar, sino por discutir los detalles de mi trabajo con Baby, un simple ayudante de dirección; y por hacer de gorila. Ya llevaba algún tiempo trabajando con el viejo; y si quería que ladrase no tenía más que pedirlo: yo me pondría a ladrar.
Afuera, el viento había arreciado, y arremolinaba las hojas desprendidas de los árboles contra los pies de la multitud. Todos pasaban y se detenían un instante, mirando las cámaras con expresión de sorpresa. Me gustaba verlos así, fascinados; me hacía sentir especial. Solo ese hombre permanecía quieto junto a las puertas giratorias. En las manos sostenía un libro del que no apartaba la vista, salvo cuando ante él desfilaba alguna mujer elegante a la que examinaba casi con ansiedad hasta verla desaparecer dentro.
—Buenas noches —le dije. Él levantó la cabeza, y me dirigió una sonrisa discretamente cortés—. ¿Espera usted a alguien?
—Ella solía venir.
—¿Quién?
—Madeleine —sonrió con embarazo, y después continuó—. Bueno me refiero, en realidad, a la señorita Novak.
—Ah —exclamé, sin comprender nada.
—Cenábamos en Ernie’s cada noche. Madeleine y yo. Quiero decir, la señorita Novak.
No parecía en realidad un loco. Entonces observé su barba de rabí ortodoxo, su traje impecablemente planchado, sus zapatos de piel, y le dije:
—¿Es usted un actor?
—Lo fui —respondió, mientras sacudía la cabeza—. Hasta que ella se fue. Cuando ella se fue me vi obligado a abandonar.
Yo estaba observando la recepción del hotel a través del cristal de las puertas giratorias. Podía ver a Baby atosigando a Max, y la mano de este resbalando por la espalda de Miranda, y esperé el momento en que ella se volvería y yo vería sus demoníacos hombros coronando el traje de fulana que los chicos de vestuario habían escogido para la escena del hotel. Los mismos hombros de la noche anterior. El hombre no se movía de allí.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunté.
—Se marchó —dijo él—. Jamás hubo nadie igual, no pertenecía a este mundo. Juntos éramos algo completo.
—Y usted dejó su trabajo.
—No era mi trabajo, se trataba de mi vida. Aquello era la realidad — miró distraídamente el suelo, y declaró—: Yo era Scott Ferguson, y ella Madeleine.
—No bromee —sonreí, cayendo de pronto en la cuenta—. Usted está hablando de esa película…
—No —replicó, con una voz ronca y firme—. Cada noche cenábamos en Ernie’s, y después solíamos ir a bailar.
—Pero Ernie’s era ese restaurante —le dije, mientras observaba al otro lado de la puerta, donde Max envolvía a Miranda en su abrigo y ella le seguía hasta el ascensor—. El restaurante Ernie’s, claro. Aquella película…, ¿cómo era?
—Estar con ella era tenerlo todo —continuó, como si no me hubiese escuchado—. Ella lo tenía todo. Era bella. Era perfecta; casi no era humana. Cuando ella aparecía el resto dejaba de existir. Nunca se vio nada igual.
—Oiga, le aseguro que le comprendo; pero no hay una sola mujer como esa, créame —puse mi brazo alrededor de su hombro, y traté de alejarlo de allí. Si me apuraba aún tenía tiempo de acompañar a Max y a Miranda. Aún podría cenar con ellos—. Verá, no puede seguir aquí. Estamos rodando una película.
El hombre se desembarazó de mi brazo. Me miró con una expresión de desprecio en sus rasgos, y se apartó de mí.
—Estoy seguro de que me ha reconocido —dijo—. Usted sabe perfectamente quién soy.
No sabía quién era, pero me inquietó oírle aquello. Cerró el libro que había estado hojeando y, despacio, le vi descender la escalera. Su porte era distinguido. Su barba estaba bien cortada, y su traje impecablemente planchado. No parecía un loco.
—Era perfecta —pronunció lentamente, aunque ya no se dirigía a mí—. Perfecta…, perfecta.
No había nada que hacer con él. Era miércoles por la noche y hacía frío; pero después de todo era una noche glamurosa. Los focos aún estaban dispuestos frente a la entrada del hotel y, en el interior del hall, la gente aún seguía deteniéndose. A la mañana siguiente, casi con seguridad, alguna emisora de televisión mandaría a un equipo para hacernos fotos. Era una noche gloriosa. Cenaríamos juntos, tomaríamos unas copas; y luego yo la esperaría en mi habitación. Era la mujer ideal. La esperaría todo el tiempo del mundo. Todo el tiempo del mundo.
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