Noctámbulos
La jaula
Emma repasó con la barra sus labios finos como líneas frente al pequeño espejo de carey. En la oficina, las últimas chicas recogían sus abrigos en medio de una ruidosa algarabía.
—Apresúrate, Rita; por el amor de Dios.
—Oh, vamos, cariño; a los hombres hay que hacerles esperar un poco. Buenas noches, señorita Bris. Y felicidades.
Tras una pausa, sin volver la cara del espejo, Emma respondió.
—Adiós.
Antes de guardarlo en su bolso lo alejó unos centímetros. Su cara, que siempre había sido pequeña y redonda, era ahora alargada; parecía rebasar el espejo. Se empujó la mandíbula con el envés de la mano; se estiró la piel y se humedeció los labios. Aseguró las maquilladas pestañas sobre sus párpados, y después sonrió; pero era como si le doliesen las muelas. Era innegable que se le había alargado la cara, tal como su madre auguró siempre; y además, ese tinte caoba no solo no le hacía más elegante, sino que parecía mayor.
Enfundó su vieja máquina de escribir. Regó el rododendro, mientras los primeros murmurios de las mujeres del servicio de limpieza comenzaban a recorrer la sala repleta de escritorios vacíos. Se puso el abrigo, recogió la jaula con el canario que había permanecido todo el día bajo su escritorio, y tocó con los nudillos en la puerta del señor Osborne.
Cuando oyó el «Adelante» del señor Osborne, abrió la puerta y entró.
En el despacho de paredes forradas con estantes de madera noble repletos de libros, flotaba un fragante aroma a tabaco de pipa. Los cláxones, la luz de los semáforos y las farolas de la calle se filtraban por el amplio ventanal, tras la espalda del señor Osborne, enmarcando su canosa cabellera y las marciales hombreras de su traje a medida.
El señor Osborne siguió inclinado sobre el papel.
—Buenas noches, señor Osborne —dijo Emma con la jaula en una mano, asomando solo parte del cuerpo.
—Buenas noches —dijo el señor Osborne sin alzar la cabeza—. Ah, Emma; querría que me preparase usted ese dossier de la Glax —y alzando los ojos apenas—: Pero, vaya, se iba usted. No quisiera…
—No se preocupe, señor Osborne —dijo Emma. Avanzó sonriente hasta la mesa donde el señor Osborne seguía escribiendo, y empezó a quitarse el abrigo. Era un regalo de Mati; una simple imitación—. No puedo tardar mucho más de una hora en preparar el dossier, señor Osborne.
—Está bien, Emma —dijo el señor Osborne, arqueando las cejas como si fuese a mirarla—. No quisiera estropear sus planes para el viernes. Ah, y no olvide hacérselo firmar a Fargo.
—No tiene usted que preocuparse por nada —dijo Emma. Apoyó la jaula sobre el sillón para las visitas que había a este lado del escritorio de Osborne, y miró al señor Osborne—. Esta noche pensaba salir a cenar, señor Osborne, es mi cumpleaños; pero no debe usted preocuparse porque la reserva no es hasta las diez. Siempre lo celebro en D’Angelo, un restaurante encantador a dos manzanas de la plaza Oeste.
—Comprendo —el señor Osborne alzó su pluma, y miró la jaula con la cara vacía de expresión.
Emma se estiró la falda, y sonrió al señor Osborne.
—Oh, disculpe por el canario, señor Osborne —dijo, acercando la jaula a sus maquilladas pestañas—. ¿Verdad que es encantador? Algunas de las chicas han recordado la fecha y decidieron obsequiarme con algo que imaginaron me iba a gustar. Hay que amar a los animales, ¿no cree? No a todos, claro —y rio con picardía al decirlo, mirando al señor Osborne a través de los barrotes metálicos—. Yo habría preferido un gatito. Siempre tuvimos gato cuando era niña; sin embargo, eran otros tiempos, claro. En estas casas tan pequeñas…, figúrese, un gato solo en mi piso, correteando todo el día y llenándolo todo de pelos. En cambio, los pájaros apenas ocupan lugar, y son tan encantadores, ¿no le parece?
—Desde luego —dijo el señor Osborne; y reparando de nuevo en su pluma, volvió a posarla sobre el papel—. No olvide hacer que lo firme Fargo, Emma. Dígale que entre a verme después.
—Descuide, señor Osborne.
Y Emma regresó a su escritorio. Después de colgar su abrigo nuevamente en la percha, soltó la jaula en el suelo. El pájaro, hierático sobre el mismo travesaño de donde no se había movido en todo el día, aleteó nervioso. De vez en cuando hacía girar la cabeza a un lado y a otro, como si algo le inquietase; pero no parecía tener intención de cantar. ¿Sería posible que fuese mudo?
Emma lo empujó con el pie. Quitó la funda con que un momento antes había cubierto la máquina, y al tiempo que instalaba un nuevo pliego en el rodillo, tomó el teléfono y marcó.
Una voz adormecida le contestó.
—¿Otra vez estabas durmiendo, Mati? —replicó al teléfono.
Tras un bostezo la voz respondió, pastosa y desapasionada.
Emma frunció los labios mientras buscaba el dossier de la Glax en su mesa.
—Por todos los santos, Mati; si alguien me hubiera dicho que acabaría teniendo tratos con un hombre tan perezoso, no lo habría creído. En toda su vida durmió mi padre más allá de las seis.
En ese instante, un hombre fuerte y peinado hacia atrás, con la camisa del uniforme remangada, apareció de pronto en el otro extremo de la habitación. Llevaba un vaso de plástico en la mano y un gran manojo de llaves que tintineaba, mientras avanzaba, en la hebilla de su cinturón.
Emma se llevó distraídamente la mano al pelo, mientras contenía un gesto de enojo.
—Pues recoge el coche del garaje, Mati, por el amor de Dios. Y más vale que vengas por mí.
—Buenas noches, señorita Bris —dijo el hombre cuando hubo llegado junto a ella. Se sentó en su escritorio, hizo tintinear las llaves, y dirigió a Emma una sonrisa arrogante e infantil—. Mucho trabaja usted, me parece a mí.
Y siguió sonriendo con sus pequeños ojos clavados en Emma.
Emma sintió que se estremecía como si algo la oprimiese por dentro. ¿Por qué tenía que venir a molestarla ese hombre justamente ahora?
—Aguarda un momento, Mati —dijo; y tapando el auricular contra su pecho, miró de soslayo al hombre mientras hacía girar el rodillo de su máquina de escribir—. Buenas noches, señor Ros. Tendrá que disculparme, pero estaba…
—Oh, llámeme Víctor, señorita Bris —dijo el señor Ros, depositando su vaso cerca de la mano de Emma—. Mira que se lo he dicho veces. Soy un sencillo vigilante, señorita Bris. Cielos —y sacudía la cabeza al decirlo—; nadie me llama nunca señor Ros.
Emma se estiró la falda, y se alejó irnos centímetros de él.
—Si no le importa —dijo rozando sin querer la jaula donde el canario había empezado a piar—, preferiría seguir llamándole señor Ros.
El hombre sonrió, y una hilera de dientes perfectamente alineados brilló en su atezada cara. De repente se inclinó hacia adelante, y bajó la vista desde los ojos de Emma hasta la jaula que descansaba a sus pies.
—Oh, vaya, ¿qué secretillo esconde usted ahí, señorita Bris? —De un brinco sorteó el escritorio, entre un estrépito de llaves, y vino a acuclillarse junto a Emma. Emma se apartó—. Déjeme ver. Caramba, si es un pajarillo. No me diga que también usted es amante de los pájaros —dijo mirando con ternura la jaula, que ciñó con sus peludas manos.
El pájaro aleteó nervioso; saltó de una traviesa a otra como si hubiese cobrado vida de pronto. Emma se asustó. Después fue a posarse sobre uno de los dedos del hombre, y comenzó a cantar.
—Vaya, le aseguro que siempre he pensado que no hay nada en el mundo más delicado e indefenso que un pajarillo, señorita Bris. Uno siente deseos de cuidarlos, ¿no le parece que es así?
Elevó la vista hacia Emma, y a Emma le pareció que sus ojos se hacían aún más pequeños; como cabezas de alfiler.
—Es un regalo que algunas muchachas de la oficina me han hecho, señor Ros —y añadió, bajando los ojos—: Hoy es mi cumpleaños.
—¡No! —Aún a sus pies, el señor Ros hizo un movimiento brusco. Contrajo su cara como si alguien le hubiese azuzado, y entonces, súbitamente, puso su mano en el tobillo de Emma.
Emma lo apartó.
—Pero qué… ¿Se puede saber qué está haciendo, señor Ros?
El señor Ros puso los ojos en blanco, los elevó hacia el techo, y apoyó una rodilla en el entarimado. Después, juntando ambas manos sobre el pecho, las dirigió hacia Emma.
—Vaya; pero eso no es justo, Emma —mientras hablaba, sacudía la cabeza de un lado a otro con ademán apenado—. Yo digo que no es humano hacerle trabajar así el día de su cumpleaños; no señor. No puede ser que esté usted aquí tan sola en un día como el de hoy, Emma.
—¿Se ha vuelto loco, señor Ros? —dijo Emma, sin disimular su enojo. Hasta el canario, aferrado a los barrotes de la jaula, parecía haber enloquecido—. Haga el favor de marcharse, o avisaré al señor Osborne.
—Oh, vamos, Emma; no se enfade —dijo el señor Ros, poniendo su mano sobre el brazo de Emma.
Emma recogió la jaula del suelo, y con el teléfono todavía en la otra, se apartó aún más del señor Ros.
—Está usted asustando al canario —y retirando el auricular de su pecho —: Si me disculpa, estaba hablando con mi novio.
El hombre se incorporó.
—Vaya, señorita Bris; perdóneme usted. No sabía que hablaba con su novio —tomó su vaso del escritorio, y sin apartar los ojos de Emma, se alejó unos pasos caminando hacia atrás—. Pero le repito que no es justo que esté usted tan sola en un día como el de hoy. No, señor.
—Eso no es asunto suyo, señor Ros —dijo Emma.
Se estiró la falda; y después de dejar la jaula nuevamente en el suelo, acercó su oído al auricular.
—¿Mati? Sí, querido; continúo aquí —siguió con la vista al señor Ros hasta que desapareció envuelto en el ruido metálico de sus llaves—. ¿Cómo dices? Ya sé que D’Angelo queda solo a dos manzanas de tu casa, Mati, por el amor del cielo; pero no pretenderás que vaya yo sola cargando con la jaula del pájaro por toda la ciudad.
Al otro lado del hilo la voz, parsimoniosa y calma, aspiró el humo de un cigarrillo y siguió hablando.
—¿Qué es eso de que hoy no pensabas sacar el coche? —gritó Emma al teléfono—. Mati, es mi cumpleaños. ¿Qué?, ya sé que me has regalado un abrigo, pero creía que íbamos a ir a cenar. Si mi padre viviera se avergonzaría de ti: un hombre perezoso y bebedor; qué vergüenza —la voz protestó—. ¿Que qué tiene que ver mi padre? Mati, ¿se supone o no que soy la mujer a quien amas?
Emma bajó los ojos, y escuchó. Apretó el auricular contra su oído, y siguió escuchando un rato más lo que la voz tenía que decir; y después colgó.
Para cuando hubo acabado de mecanografiar el dossier eran más de las nueve y media. El señor Osborne, al teléfono cuando Emma entró en su despacho, movió la cabeza y sonrió al aire por toda señal de gratitud.
Enfundó nuevamente su máquina, y tras ponerse el abrigo, regó el rododendro por última vez y recogió la jaula del suelo. El pájaro había dejado de piar; parecía dormido. Emma se preguntó si no estaría muerto.
Decidió bajar por las escaleras en vez de esperar el ascensor. Todo estaba en silencio. Bajó muy despacio los escalones de la tercera planta, cuidando de que la jaula no dañase sus medias.
En la segunda planta, de repente, la luz se apagó. Emma se detuvo. Oyó un ruido cerca. Le pareció que el pájaro aleteaba, que empezaba a piar. Después, antes de dejar la jaula en el suelo, sintió la oscuridad rodeándola. Pero no se asustó.
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