Ojos de ambar
El Cascabel al Gato
casi una meditación. Mi cuerpo empieza a crisparse cuando lo obligo a permanecer sentado sin moverse durante largos períodos, pero la disciplina de una fecha tope cercana me demostró que puedo elevar mi nivel básico de resistencia.
Sin embargo, una vez escrita la historia, sentí una cierta alienación respecto a ella, quizá debido a que había sido “forzada” y no le había permitido desarrollarse a su propio ritmo natural. En el proceso de escribir una historia a mi velocidad normal, tengo más de una oportunidad para sentirme cómoda con su personalidad, cosa que con ésta no tuve. Cuando recibí una carta que me anunciaba que había sido nominada para un Hugo me quedé atónita. Y entonces comprendí que esta historia estaba destinada a convertirme en algo como ella. Me prometí que si realmente ganaba el Hugo, tendría que pedirle perdón a mi historia, como una malvada madrastra, por su falta de fe en ella… La madrastra lo hizo, y espero haberme hecho perdonar dándole su título a esta antología.
Aunque Ojos de ámbar fue escrita básicamente como una aventura, uno de los temas subyacentes de la historia -y una de las razones por la que, espero, haya sido nominada para el Hugo- es la importancia de la comunicación: comunicarse con seres alienígenas -que pueden ser también simplemente otros seres humanos-, la idea de que detrás de una auténtica comunicación reside la comprensión, y que con la comprensión quizá podamos superar nuestros miedos. Cuestiona también el derecho de cualquier ser o sociedad a interferir con las estructuras de valor de otra cultura… ¿Podemos estar realmente seguros de que los valores que pretendemos imponer son superiores a los que ya poseen? ¿Tenemos derecho a hacer proselitismo? La vida está hecha de gradaciones de gris, más que de puros absolutos de blanco y negro, de verdad y error. No hay respuestas sencillas, ni para los personajes, ni para el escritor… ni para el lector.
EL CASCABEL AL GATO
OceanofPDF.com
( To Bell the Cat) Otro chillido de dolor animal les llegó de la tienda burbuja a veinte metros de distancia. Juah-u Corouda se estremeció involuntariamente mientras tiraba las talladas piezas del cubilete; perdía la jugada.
–Infiernos, una tríada… Maldito sea ese ruido; es como el rascar de uñas sobre metal.
–Orr no conoce el significado de «rendirse» -Albe Hyacin-Soong tomó el cubilete-. Lo estará volviendo loco el no poder imaginar cómo esas pequeñas ratitas escamosas sobreviven a toda esa radiactividad. Ni siquiera cómo evolucionaron en primer lugar…
–Lo que no conoce es el significado de la palabra «piedad» -Xena Soong-Hyacin frunció el ceño en dirección a su marido, palmeándose los codos con las manos-. ¿Por qué no las anestesia?
–Vamos, Xena -dijo Corouda-. Son simples animales. No sienten el dolor como lo sentimos nosotros.
–¿Y qué somos nosotros, Juah-u, sino animales que intentan jugar a Dios?
–Yo sólo intento jugar al squamish -murmuró Albe.
Corouda sonrió ligeramente, apartando la vista de Xena y dirigiéndola hacia el otro extremo del campamento. Unas cuantas quejas, las de ella entre otras, habían obligado a Orr a trasladar su tienda de laboratorio lejos de las demás. Corouda simplemente se alegraba de ello. Los ruidos le fastidiaban, pero no se quejaba personalmente. La investigación era necesaria; Xena -
como cualquier científico- debería ser capaz de aceptar eso. Pero los subversivos siempre están con nosotros. No importa lo confortable que sea una sociedad, no importa lo cerca que llegue de la perfección, siempre hay
alguien que necesita hallar defectos para criticar. Alguna gente nunca está satisfecha; él se alegraba de no ser uno de ellos. Pero a Albe siempre le gustaba una buena discusión.
–¡La próxima vez me dirás que él no siente tampoco absolutamente nada! –
observó Xena.
–Baja la voz, Xena. Puede oírte; está ahí al lado. Y está ahí para eso; no tiene nada que ver con lo que estamos hablando. Es Piper Alvarian Jary; se supone que debe sufrir.
–Le limpiaron el cerebro. Eso es como castigar a un amnésico; no es el mismo hombre…
–No quiero seguir hablando de eso -dijo Albe, sin demasiada convicción.
Corouda sacudió la cabeza, metió de nuevo los rubios rizos de su cabeza debajo de la puntiaguda gorra y se hundió aún más en las sombras.
Permanecían sentados con las piernas cruzadas sobre el blando suelo gris amarronado, con el estudiado primitivismo que adoptan todos los guardianes. Hizo que su cabeza girara ligeramente para mirar a Piper Alvarian Jary, sentado sobre una roca al sol; solo como siempre, y como siempre dentro del radio de llamada de Hoban Orr, su amo. Piper Alvarian Jary, que durante seis años -¡seis años! ¿Habían sido sólo seis?– había estado cumpliendo sentencia en el Instituto de Investigación Biomédica Simeu, como castigo por la enormidad de su culpa.
No era que ahora pareciese un monstruo, sentado allí y jugando interminablemente con un montón de piedras. Llevaba un sencillo mono de trabajo descolorido cerrado hasta el cuello pese al calor; su oscuro cabello caía hacia sus ojos por encima de un indescriptible rostro quemado por el sol. Podía ser tomado por el servicial ayudante de cualquiera, incómodo en medio de aquel grupo de expertos ecologistas en un mundo inexplorado.
Podía ser tomado por cualquier cosa…
Corouda apartó la vista de él, recordando las cicatrices que probablemente
ocultaba el cerrado mono. Pero era Piper Alvarian Jary, el que había apoyado al dictador Naron…, el mismo que había manchado sus manos de sangre durante uno de los regímenes más brutales en la larga historia de la inhumanidad humana. Corouda se había sorprendido de que Jary fuera aún joven… Pero una vida pasada como un instrumento del Instituto Simeu debería avejentar a un hombre rápidamente. Quizás es por eso por lo que permanece sentado al sol; tal vez desee que se le frían los sesos.
–…y es por eso por lo que deseé convertirme en un guardián, Albe -la insistente voz de Xena hizo que su atención regresara al grupo-. Así no tendría que tomar parte en cosas como ésa… Así no tendría que estar sentada aquí, golpeando mi cabeza contra un muro de piedra acerca de la injusticia y la indiferencia de esta sociedad.
Albe alzó distraídamente una mano y se metió un mechón de cabello detrás de la oreja.
–Pero tienes que admitir que lo que hemos encontrado aquí es un notable descubrimiento. Después de todo, se trata de un reactor natural…, una concentración de mineral de uranio tan rica que se fisiona por sí misma. Lo único comparable que conocemos ocurrió en la Tierra mil millones de años antes de que hubiera nadie por allí capaz de preocuparse por ello -su mano señaló en dirección a la boca de la caverna, a doscientos metros de su gesto-. Y precisamente en esa saturada caverna de ahí tenemos un yacimiento de esos en plena actividad, ¡y esos animales sobreviven!
Descubrir cómo se han adaptado a tanta radiación, ¿no es importante para nosotros?
–Por supuesto que lo es -Xena parecía apenada-. No me trates con tanta condescendencia, Albe; sé todo eso tan bien como tú. Y sabes bien que no es de eso de lo que estoy hablando.
–Sí, ya lo sé… Esta expedición terminará pronto -dijo, después de un suspiro de resignación-; ya han obtenido la mayoría de los datos que deseaban. Y luego nosotros seis podremos volver al trabajo y olvidar que los vimos alguna vez. Tendremos todo un nuevo mundo para nosotros solos.
–Hasta que empiecen a desembarcar los malditos turistas…
–Eh, vamos… -dijo Corouda con voz demasiado alta-. Vamos, ¿para qué estamos sentados aquí? Pongamos los huesos en movimiento.
Albe rió y agitó el cubilete. Luego desparramó las talladas formas, y dejó que se agruparan espontáneamente sobre el polvo.
–Aja, dos cuadrados.
Corouda gruñó.
–Sé que haces trampas; si tan sólo supiera cómo… Oye, Xena…
Ella se había vuelto para mirar a Piper Alvarian Jary, con el rostro tenso.
–Xena, si eso te hace sentir mejor, Jary no siente absolutamente nada. Sólo en sus manos…, quizás un poco en su cara.
Ella lo miró inexpresivamente.
–¿Qué?
–El propio Jary me lo dijo; Orr mató su sentido de las percepciones cuando empezó a trabajar con él, a fin de que no sufriera innecesariamente durante los experimentos.
Ella abrió la boca.
–¿Es cierto eso? – Albe se echó la gorra hacia atrás, descubriendo su curtida y amplia frente-. Recuerdo que la otra semana se sentó junto al fuego…
Pero no sabía que hubieras hablado con él, Juah-u. ¿Cómo es?
–No lo sé. ¿Quién sabe cómo es realmente alguien así? Hace un cierto tiempo vino y se ofreció a comprobar por mí una colección de flora
potencialmente comestible… Y había vuelto al día siguiente con las muestras, con aspecto cansado y un poco tembloroso, para decirme exactamente cuáles especímenes eran comestibles y cuáles no, y en qué grado. No fue sino hasta más tarde, después que yo mismo tuviera tiempo de efectuar las pruebas, que comprendí cómo había conseguido Jary obtener tan aprisa y con tanta exactitud las respuestas. Sencillamente comió los especímenes, para ver si lo envenenaban. No me preguntes por qué lo hizo; quizá le guste ser castigado.
Xena lo fulminó con la mirada.
–Yo no sabía que su intención era comérselas -Corouda aplastó malhumoradamente un bicho-. Además, tendría que beber grandes cantidades de estricnina para suicidarse. Han convertido a Jary en un laboratorio biológico andante… Su cuerpo manufactura sustancias inmunológicas para todo, casi al momento; lo utilizan para elaborar vacunas. Uno puede cortarle cualquier cosa excepto la cabeza, y le vuelve a crecer…
–Oh, por el amor de Dios…
Xena se puso en pie, su curtido rostro enrojeció. Dejó caer el cubilete entre los demás como si fuera algo sucio, y se alejó hacia los árboles.
Corouda la observó mientras se alejaba; las copas color rojo vino de los árboles la protegieron de su insensibilidad. En la distancia, a través del bosque, el hombre podía ver la raquítica vegetación en la boca de la caverna del reactor. La radiación se había tragado toda una ladera de la colina, y el corazón de la caverna era todavía un horno radiactivo tan caliente como para hacer que el agua hirviera. Y, sin embargo, unas pequeñas criaturas alienígenas lo habían escogido para vivir en él… Lo cual significaba que aquella expedición tendría que seguir tostándose al sol hasta que Orr descubriera el porqué, o decidiera abandonar su investigación. Corouda suspiró y volvió la vista hacia Hyacin-Soong.
–Lo siento, Albe. Esta vez estoy disgustado conmigo mismo.
La expresión de Albe se suavizó.
–Se calmará dentro de un rato… Dile eso cuando vuelva.
–Lo haré -Corouda se enrolló otra vuelta las mangas de su camisa, incómodo por el calor-. Bien, tenemos que ser tres si queremos seguir jugando -señaló hacia Piper Alvarian Jary, aún sentado al sol-. Tú querías saber cómo es él… ¿Por qué no se lo preguntamos?
–¿…a él? – la incredulidad dejó paso a la curiosidad en el rostro de Albe-.
Bien, ¿por qué no? Adelante, pregúntaselo.
–¡Eh, Jary! – Corouda observó cómo el curtido rostro del otro se alzaba, sorprendido, para mirarlo-. ¿Te apetece jugar un poco al squamish?
Apenas pudo distinguir la expresión del rostro de Jary, apenas lo vio cambiar. Pensó que expresaba temor, luego comprendió que estaba equivocado. Pero entonces Jary lo miró directamente, protegiendo sus ojos del sol, y la oscura cabeza asintió. Jary avanzó hacia ellos mirando al suelo, con el pesado e inseguro andar de un hombre que no confía en sus pies. Se sentó torpemente entre ellos, con una inexpresiva sonrisa congelada en su boca, y colocó sus pies en posición.
Corouda se dio cuenta de que no sabía qué decir, y se preguntó por qué diablos había hecho aquello. Levantó el cubilete, lo sacudió.
–Esto…, ¿sabes cómo se juega al squamish?
Jary tomó el cubilete y sacudió la cabeza.
–No he t-tenido muchas opo-portunidades de ju-ugar a nada, gua-guardián -
la sonrisa se hizo pesarosa-. Nunca me lo han pe-pedido.
Corouda recordó que Piper Alvarian Jary tartamudeaba, y sintió una indeseada punzada de simpatía. Pero, ¿no había oído decir a alguien que
Jary siempre había tartamudeado? Jary se había aflojado finalmente el cuello de su mono; Corouda pudo ver el inicio de una cicatriz entre sus clavículas, descendiendo pecho abajo. Jary captó su mirada; una de sus manos ascendió instintivamente a cerrar la cremallera.
Corouda carraspeó:
–No tiene ninguna dificultad, todo es cuestión de suerte. Tiras las piezas, y depende de…
Otro insensato chillido brotó de la tienda tras ellos. Jary miró hacia allá.
–…la distribución, la forma en que se agrupan las piezas… ¿Te preocupa aquello? – la pregunta, franca y directa, había surgido antes de que se diera cuenta siquiera, y se sintió como un chiquillo torpe.
Jary volvió la vista a él como si la pregunta no le hubiera sorprendido en absoluto.
–No. Tan sólo son anormales. Me-mejor ellos que yo.
Corouda sintió que su irritación crecía, recordando lo que era Jary… Hasta que recordó también que antes él había dicho lo mismo.
–¡Piper! Ven aquí, te necesito.
Corouda reconoció la voz de Hoban Orr. Jary la reconoció también y saltó en sus pies, tropezando en su apresuramiento.
–Lo siento, el doctor me necesita -se alejó; lo contemplaron dirigirse pesadamente hacia la tienda de Orr.
Su voz no había cambiado. Corouda intentó bruscamente no pensar en para qué era necesitado… Instrumento: persona utilizada por otra para realizar algo peligroso o desagradable.
Corouda se puso en pie y se sacudió los pantalones. Jary se pasaba el tiempo fuera mientras Orr efectuaba sus disecciones: Piper Alvarian Jary, al servicio de un hombre que había hecho que Atila, Hitler y Kahless parecieran unas mosquitas muertas… Corouda se preguntó si era posible que realmente no le gustara observar.
Albe se puso en pie con él y se desperezó.
–¿Qué piensas de eso? Ése es el auténtico Piper Alvarian Jary, de acuerdo.
«Mejor ellos que yo… Tan sólo un puñado de animales». Probablemente piense que todos nosotros somos un puñado de animales.
Corouda observó a Jary desaparecer dentro de la tienda.
–No me sorprendería en absoluto.
Piper Alvarian Jary se abrió cautelosamente paso por el áspero borde de la caverna, lleno de escorias, apoyando un pie y luego el otro, como un títere.
Debajo, a unos cinco metros de la sólida superficie rocosa, se hallaba la poco profunda superficie líquida del lodo radiactivo. Raramente miraba hacia abajo, pues siempre iba demasiado preocupado en hallar un apoyo para sus pies. Los tests geológicos habían puesto en evidencia que una capa de siete metros de espesor -a cuarenta metros por debajo del hirviente lodo-contenía una extraña concentración de mena fisible, a una temperatura tan elevada como para devorar todo aquel extraño y contorsionado mundo subterráneo. Se arriesgó a echar una mirada a la profunda oscuridad, y su lámpara frontal puso en relieve grotescas formaciones creadas en la roca fundida: plateadas estalactitas y estalagmitas metálicas nacidas de la mena vaporizada. A lo largo de milenios las masas de lodo y uranio saturadas de agua se habían vuelto exotérmicas y luego enfriado, esporádicamente, en un lugar, luego en otro. Como un inmenso caldero de brujas, todo el subterráneo se había estremecido y burbujeado durante cerca de medio millón de años.
Los vapores que se elevaban ante el campo visual de Jary ocultaron su
visión del atormentado mundo subterráneo; se preguntó vagamente si el olor sería desagradable, si podría quitarse el casco de su traje antirradiaciones. Algún otro hubiera pensado en el Infierno, pero a él no se le ocurrió esa imagen.
Tropezó al golpearse duramente contra una protuberancia rocosa. La enfundada forma de Orr se volvió para mirarlo, brillante a la luz danzarina de su linterna frontal.
–¡Cuidado con esa caja!
Palpó en busca del abultado contenedor sujeto a su cadera, y tranquilizó su crispado cuerpo al comprobar que su contenido seguía seguro. Apiñadas en su interior, trepando sin objeto las unas sobre las otras, estaban la media docena de indolentes criaturas trogloditas del tamaño de ratas que habían capturado en aquel viaje. Volvió la luz hacia ellas, pero no reaccionaron; miraban estúpidamente hacia él -y a través de él- por la ventanilla de observación.
–Todo está bien, do-doctor.
Orr asintió y reanudó su marcha. Jary se agachó para pasar una reluciente estalactita, y avanzó rápidamente antes de que la cuerda de seguridad entre los dos se pusiera demasiado tensa. Agradecía aquella cuerda, aunque había oído que el guardián llamada Soong-Hyacin la llamaba correa. Soong-Hyacin avanzaba ahora tras él con otro guardián, Corouda, el que le había pedido que jugara con él al squamish esa mañana. No esperaba que se lo pidiera de nuevo; sabía que había provocado la hostilidad de Soong-Hyacin de algún modo…, quizá simplemente por existir. Corouda seguía tratándolo con una bondadosa indiferencia.
Jary miró de nuevo a los trogs, y de pronto deseó que Orr desistiera de todo aquello y lo llevara de vuelta a casa. Deseaba la seguridad del Instituto Simeu, la seguridad de lo conocido. Tenía miedo de su torpeza en aquel ambiente alienígena, miedo de los desconocidos, miedo del desagradable Orr… Dejó escapar el aire de sus constreñidos pulmones en un largo
suspiro. Por supuesto que tenía miedo; tenía buenas razones para ello. Él era Piper Alvarian Jary.
Pero Orr no se rendiría con los trogs hasta descubrir el código secreto de sus genes alienígenas, o hasta que le faltaran especímenes para seguir trabajando. Orr deseaba por encima de todo descubrir cómo se habían adaptado a la caverna en el geológicamente corto espacio de tiempo en que el reactor había permanecido estable… Todos en la expedición deseaban saberlo. Pero incluso la biología básica de los trogs lo desconcertaba: cuáles eran las funciones de las cuatro especies distintas que había observado; cómo se reproducían, puesto que parecían ser asexuados, al menos según los criterios humanos; qué nichos ecológicos llenaban, con aquellos cerebros tan desesperadamente rudimentarios. Y particularmente, cómo era termodinámicamente posible su existencia. Orr creía que obtenían su nutrición directamente del lodo radiactivo, pero ni siquiera él podía concebir que su cadena alimenticia terminara en la fisión nuclear. Los propios trogs eran débilmente radiactivos; su metabolismo se basaba en el carbono, podían soportar altas presiones, y recibían estímulos hasta muy lejos en el extremo inferior del espectro electromagnético. Y eso era todo de lo que Orr estaba seguro.
Jary se aferró con sus enguantadas manos a la irregular pared del borde que se iba estrechando, y recordó cómo tocaba a los trogs. En una ocasión, estando solo, se había quitado sus guantes protectores y había sujetado a uno de ellos con sus manos desnudas. Su escamoso cuerpo color gris púrpura no era frío y resbaladizo, como había imaginado, sino cálido, sinuoso y reconfortante. Lo había mantenido junto a sí tanto como se atrevió, gozando del sensual placer de sus movimientos y la extraña textura de su piel. Había acariciado el pequeño e insensible cuerpo, mientras el animal repetía una y otra vez los mismos movimientos de tanteo, imperturbable, como una máquina sin objetivo preciso. Y sus manos habían temblado con la misma confusión de vergüenza y deseo que conocía desde que manejaba animales experimentales.
Hubo un tiempo en el que había jugado inocentemente con los suaves y blandos ratones, con los conejos de ojos rosados, con los rápidos e
inquisitivos monos y los iridiscentes cobayos. Pero luego Orr había empezado a entrenarlo como su asistente, y la observación del progreso de las enfermedades inducidas, la extracción de entrañas y sangre, la eliminación de los pequeños y despedazados cuerpos en el incinerador, le habían enseñado cuál era el lugar de esos animales, y cuál era el suyo. Los animales no tienen ni derechos ni sentimientos. Pero cuando sostenía la cabeza de una chillona rata entre sus dedos y miraba directamente a sus rojos y amorfos ojos, cuando agarraba sus colas para darles la sacudida que les rompería la columna vertebral, sus manos temblaban.
El suelo se estremeció con la tensión de las presiones acumuladas; Jary cayó de rodillas, sin sentir el duro impacto. Tras de sí oyó las maldiciones de los guardianes, y vio a Orr debatirse para mantener el equilibrio un poco delante de él. Cuando sus manos le dijeron que el temblor había pasado, empezó a arrastrarse hacia Orr, utilizando sus manos para tantear el camino, las palmas cubiertas de un sudor frío. No habría podido compensar otro movimiento inesperado; era más fácil arrastrarse.
–¡Piper! Ponte de pie -gritó Orr, del otro lado de la cuerda de seguridad-.
Estás arrastrando la caja de los especímenes.
Jary sintió a los guardianes que venían tras él, y oyó a uno de ellos reírse. El aguijón del brusco y claro recuerdo le hizo ponerse en pie; siguió andando, sin mirar atrás. Se había arrastrado tras la primera operación, la que había matado su sentido del tacto…, utilizando sus aún sensitivas manos para dirigir su muerto cuerpo. Los empleados del laboratorio se habían echado a reír; y él también había reído, hasta que la niebla de su tratamiento de repersonalización empezó a disolverse, cuando empezó a darse cuenta de que se estaban riendo de él. Entonces, finalmente, se obligó a caminar erguido como un ser humano; a parecer al menos un ser humano.
Delante vio a Orr detenerse de nuevo, y se dio cuenta de que debían haber alcanzado la Bifurcación.
–Dame un poco más de luz aquí.
Avanzó hasta que la cuerda colgó fláccida entre los dos, e iluminó con su lámpara la grieta de casi un metro de ancho que se abría cruzando su camino. Los guardianes se unieron a ellos; Orr tomó impulso en el círculo de su luz y saltó con facilidad. Jary avanzó hasta el borde de la grieta e hizo que la luz de su linterna frontal bajara poco a poco. Y vio el reflejo en la aceitosa y reluciente superficie del agua, diez metros más abajo. Se tambaleó.
–¡No te quedes tan cerca del borde!
–Retrocede un poco y… simplemente ¡salta!
–Ni lo pienses, siquiera…
–¡Vamos, Jary, no tenemos todo el día!
Soong-Hyacin le dio un golpe en el hombro justo en el momento en que iniciaba su salto. Con un ahogado grito de protesta, perdió pie y cayó.
La cuerda de seguridad quedó tirante, y lo hizo golpearse contra las duras paredes de la grieta. Aturdido y casi mareado, colgó en un caleidoscopio de luz y oscuridad giratoria. Y entonces, incrédulo, sintió que la cuerda de seguridad empezaba a ceder… Hasta que de pronto se soltó, algo más encima de él, y cayó otros seis metros hasta el fondo.
–¡Jary! Jary…
–¿Puedes oírnos?
Jary abrió los ojos, nebulosamente sorprendido de que aún pudiera ver…, de que su lámpara frontal aún funcionara, y los auriculares de su traje, y su cerebro…
–¿Estás bien, Piper?
Registró la voz de Orr, y luego el significado de sus palabras. Una breve y sorpresiva sonrisa distendió la boca de Jary.
–¡Sí, doctor, e-estoy bien! – su voz temblaba. Lo absurdo de su respuesta lo golpeó, y empezó a reír.
–Tranquilízate; estás a punto de sufrir un shock. ¿Y los especímenes?
Jary inspiró profunda, obedientemente, y miró hacia abajo. Se descubrió hundido hasta la cintura en la humeante agua. Sus piernas no respondieron cuando intentó moverlas; por un momento se preguntó si se habría partido la espalda. Pero sus tanteantes manos hallaron espeso barro a unos treinta centímetros por debajo de la superficie del agua, y se dio cuenta de que simplemente estaba atrapado, no paralizado. La caja de los especímenes flotaba medio sumergida, casi fuera de su alcance. Extendió un brazo, agarró la correa y tiró de ella con forcejeos. Los trogs que estaban en su interior habían salido de su torpor; el frenético trepar le sorprendió.
–Bien. ¿Qué ha ocurrido?
Jary se dio cuenta de que al recuperar la caja él se había hundido más en el lodo; el agua le llegaba ahora hasta el pecho.
–La te-tengo. Pero estoy a-atrap-pado en el lodo. Me estoy hu-undiendo -
miró a los indicadores de radiación externa del interior de su casco-. Todos los dosímetros están al ro-ojo; mi traje se está sobrecargando aprisa -se inclinó hacia atrás, intentando ver el rostro de Orr más allá de la curva convexa de la pared de la grieta. Vio tan sólo una triple estrella, tres lámparas frontales en lo alto, lejos, alcanzándolo.
–Manten levantada la cabeza para que podamos verte; te echaremos una cuerda -reconoció la voz de Corouda, y vio la cuerda caer en espirales hasta su luz-. Átala en torno a tu cintura.
El extremo de la cuerda colgaba retorciéndose a medio metro encima de su cabeza. Forcejeó hacia arriba, tratando de trepar por las paredes, pero sus
enlodados guantes no consiguieron sujetar las resbaladizas fibras y volvió a caer, hundiéndose más aún.
–Es demasiado corta. No p-p-pued-do cogerla.
–Entonces ata la caja de los especímenes, al menos.
–jNo puedo alcanzar la cuerda! – Golpeó la pared de roca con el puño-. Me estoy hundiendo, me estoy friendo. ¡Sa-sacadme de aquí!
–No te agites demasiado -dijo Corouda con tranquilidad-, te hundirás más rápido. Puedes aguantar al menos otros quince minutos con ese traje. Busca un asidero en la pared y agárrate a él. Volveremos enseguida con más equipo. Todo irá bien.
–Pe-pero…
–No sueltes la caja.
–No, doctor…
La triple estrella desapareció de la vista de Jary, y perdió el rastro del borde de la grieta. Podía tocar ambas paredes sin extender mucho los brazos; encontró un reborde bajo bastante protuberante, y apoyó en él la caja de los especímenes y un codo. El vapor empañaba su visor e intentó limpiarlo, y todo lo que consiguió fue ensuciar el cristal con agua y lodo. Los trogs se habían calmado y permanecían quietos en el reborde, como si estuvieran aguardando con él. No había otro rumor que el de su propia respiración agitada; la trampa de roca lo había aislado completamente incluso del tranquilizador sonido de otras voces humanas. Y de pronto se sintió feliz de tener a los trogs por compañía.
Los minutos pasaron lentamente. Acurrucado en su círculo de luz, empezó a imaginar lo que podría ocurrir si otro temblor de tierra cerraba aquella estrecha grieta en la roca, o si su traje fallara… El sudor empezó a resbalar por su rostro como lágrimas; sacudió la cabeza, sin saber si estaba sudando
a causa del calor del barro o de la tensión de la espera. Su traje pudo haberse rasgado en la caída; el lodo radiactivo estaría penetrando en su interior, y él ni siquiera podía darse cuenta. Se había visto expuesto a las radiaciones en algunos de los experimentos de Orr; aquello había alterado su estómago, y en una ocasión se le había caído todo el pelo. Pero nunca había llegado a ver su carne pudrirse y desprenderse de los huesos, su cuerpo desintegrarse ante sus propios ojos…
Su entumecida mano resbaló del reborde y cayó en el lodo. Se izó de nuevo fuera, jadeando, intentando serenarse. Tenía demasiada imaginación; eso era lo que siempre le había dicho Orr, y le había enseñado formas de controlar su pánico durante los experimentos, del mismo modo que le había enseñado a controlar las funciones biológicas de su cuerpo. Debería saber ya lo suficiente como para no perder la cabeza. Pero aún había ocasiones en las que todo lo que sabía no era suficiente. Y era entonces cuando se acercaba más a la comprensión de lo que había hecho Piper Alvarian Jary, y por qué merecía ese castigo.
Relajó su respiración, y se concentró en lo que era tangible y real: el aspecto selenita de la moteada pared que tenía frente a su rostro, las intensas punzadas de dolor cuando articulaba la mano que se había magullado contra la piedra… Saboreó el vivido estímulo sensorial que era el dolor; aquello probaba que estaba vivo, con un hambre culpable incrementada por el miedo. Los abultados ojos de los trogs, parecidos a espejos, relumbraban tras la ventanilla de la caja, reflejando la luz; miraban intensamente a través de él, como si estuvieran contemplando otro mundo.
Recordó que podían hacerlo, y giró ligeramente la cabeza, inquieto. Se quedó inmóvil cuando el pequeño rostro cubierto de barro de otro trog surgió del agua junto a su pecho; luego otro, y ya eran tres…
Y repentinamente, media docena.
Moviéndose con una determinación que no les conocía, empezaron a saltar y a trepar por la pared… Y por su propio traje, como si no fuera más que una extensión de la piedra. Permaneció inmóvil, incapaz de hacer nada excepto mirar, tan estúpidamente como sus propios cautivos. ¡Sus
cautivos!… Un trog saltó desde su hombro al reborde de piedra; todos ellos estaban intentando llegar a la caja. ¿Los habían llamado los cautivos hasta allí? Pero… ¿cómo? Eran estúpidos, primitivos; criaturas con cerebros rudimentarios… ¿Cómo podían trabajar conjuntamente?
Y estaban trabajando conjuntamente, reunidos ahora en torno a la caja, algunos tanteando con sus largos dedos membranosos, los más grandes empujando y husmeando. Examinaban la superficie de la caja con sus cuerpos, indiferentes a la luz de la lámpara en su frente, como si la única forma en que pudieran descubrir la naturaleza de la jaula fuera a través del tacto. Recordó que eran ciegos a la franja del espectro electromagnético que para él constituía la luz visible. Entonces, para ellos él era sólo parte de la roca, en su oscuridad. Y allí en la oscuridad de la caverna eran criaturas inteligentes, capaces de razonar…, mientras que fuera en el campo nunca habían demostrado ninguna clase de inteligencia o actividad de grupo; nunca nada en absoluto. ¿Por qué? ¿Abandonaban sus cerebros en el barro cuando salían a la superficie?
Jary se preguntó si de pronto estaría perdiendo la razón. No, realmente estaba ocurriendo. Si su mente hubiera tenido que desmoronarse alguna vez, habría tenido que ser hacía mucho tiempo. Y en su mente no había ninguna duda de que estos animales habían acudido allí por una sola razón: para liberar a los cautivos de su jaula. Estos animales…
Observó el incansable, el desesperado forcejeo de ellos por abrir la jaula, sabiendo que era inútil, que todos sus esfuerzos estaban condenados al fracaso. Los trogs cautivos estaban sentenciados, porque sólo un ser humano podía abrir el cierre para dejarlos libres. Sólo un ser humano…
Su mano agarrotada se elevó, goteando barro, y avanzó hacia la caja; los trogs parecieron retroceder, como si de algún modo hubiesen captado el acercamiento. Hizo saltar el cierre, y alzó la tapa: los trogs que estaban adentro se acurrucaron confundidos, mientras los de fuera trepaban por el borde.
–¡Va-vamos!
Atrajo irritadamente la caja hacia sí y la sacudió boca abajo, observando a los torpes cuerpos desparramarse por la humeante agua.
Volvió a dejar la caja en el reborde y se quedó aferrado a él, su mente extrañamente ligera y vacía. Y entonces vio el segundo círculo de luz que resbalaba por encima del suyo en la pared, iluminando la vacía caja. Alzó la vista para ver a Corouda colgando silenciosamente de una cuerda sobre su cabeza, con los pies apoyados contra la oscura roca. Pudo ver claramente los oscuros ojos de Corouda, y la extraña intensidad que su rostro trasuntaba.
–¿Necesitas ayuda, Jary?
Bajó la vista a la vacía caja, su mano sujetando aún las correas.
–Sí.
Corouda asintió, y le lanzó una cuerda.
Isthp: Pero debemos contactar con esas criaturas. Finalmente hemos visto que son seres…, extraños pero semejantes, y no algún tipo desconocido de fuerza. Poseen móviles con formas que pueden ser conocidas.
(Corrientes de intenso calor ondulan ascendentes) (Los móviles se elevan conjuntamente)
(Susurros de nubes térmicas de neutrones)
Mng: Poseen almas que no pueden ser alcanzadas. El resplandeciente móvil que liberó a nuestros cautivos, cuando ninguno de nosotros lo conseguía… Debemos contactar con ese sésil, y hacerle saber nuestro problema. Esos alienígenas deben disponer también del vuelo espacial; no son nativos de aquí. Pueden ayudarnos.
(Mis zarcillos se aplanan)
(Redes carbonáceas de dorado verde)
(Se oscurecen hasta el rojo mientras nos elevamos) Ahm: ¡Nuestro único problema es que esos alienígenas desean destruirnos!
Ese ser no resplandecía realmente con la vida…Era una fría criatura de la oscuridad que chorreaba cálido lodo.
(Cenagosas corrientes se enfrían mientras él sube) (Suave oscuridad arriba, subimos hacia la oscuridad) Mng: Pero su sésil se dio cuenta de nuestra angustia. Soltó a tus móviles.
Mostró buena voluntad. No sabíamos nada de la verdadera naturaleza de los alienígenas; quizás ellos empiecen recién ahora a comprender la nuestra.
(Silenciosa ausencia de flujo neutrónico)
Ahm: Pero ¿cómo podemos saber si entonces nos dejarán en paz? Hemos enviado a nuestros móviles a la oscuridad superior para empezar el rito tres veces ya. Y las tres veces nos han atacado despiadadamente… No nos quedan más que seis. Nuestros móviles deben completar el rito en las extensiones blandas de arriba, o no habrá nuevos sésiles. Nos estamos haciendo viejos; toma tiempo enfocar la difisión, la oblicuidad de una nueva mente joven. No podemos aguardar hasta la siguiente Llamada.
(Se hace más blando, más frío)
(El mundo brillante se oscurece a nuestro alrededor) (Radiación grisácea retardada)
(Sólo susurros de las nubes de neutrones) Isthp: Eso es cierto. Pero seguramente conseguiremos hacérselo comprender… Debemos correr el riesgo, a fin de conseguir algo más valioso.
(Contracorrientes frías y arenosas)
Scwa: Y ¿qué hay de valioso en arriesgar nuestra integridad y cordura por lo que ya no tenemos? Partimos a colonizar un nuevo mundo…, y lo hemos conseguido.
(Oscuridad; mortecina y susurrante oscuridad)
(Suaves espacios atmosféricos, duro basalto)
Isthp: ¡No! ¡No lo hemos conseguido! Estamos atrapados en esta bolsa de luz, con apenas espacio para ejercitar nuestros móviles, en un mundo oscuro y hostil. A cada centuria nuestras expectativas de vida disminuyen.
La concentración mineral es sólo un azar; no se puede confiar en ella. Este no es el mundo que deseabais, uno como el nuestro, que genera perpetua luz. No hay futuro aquí.
(Crepitantes bocanadas de neutrones fogosos)
(Arrastre hacia arriba, arrastre hacia arriba)
(Espera, Veloz, aguarda a los demás)
Ahm: ¿Qué es lo que propones, entonces? ¿Que regresemos a nuestro mundo, donde no hay lugar para nosotros? ¿Que confiemos en que esos monstruos alienígenas nos llevarán allá?
(Oscuridad, ciega oscuridad por todos lados)
(Débil radiación cálida del barro)
Mng: ¡No son monstruos! ¡Pueden ayudarnos a encontrar un mundo mejor!
Kle: Estamos contentos aquí. Somos colonos, no exploradores; pedimos tan sólo capacidad de criar a nuestros móviles juntos… Tanto orgullo, sentir la rapidez del cuerpo, o la gracia de unos dedos flexibles; saber que he elegido lo mejor para criar con… Y meditar en paz.
(Los charcos de lodo pulsan con una débil radiación rubí) (Liso basalto… Y la rarificada atmósfera de las capas superiores) (Percibo que brillo en todas mis partes)
Mng: ¿Para qué sirve criar los mejores móviles, si carecen de finalidad?
No construyen nada para vosotros, no contribuyen a nada… No tenéis unidad; sois degradados criadores de animales de compañía. Criar móviles que puedan contemplar el estrellado universo, eso es realmente hermoso. Si fuera posible criar móviles como nosotros que condujesen la nave, que pudieran ver quizá la verdadera naturaleza de los alienígenas desde la oscuridad superior… Eso sería valioso. Pero no tenemos posibilidad de crear nada valioso aquí.
(Las crepitantes bocanadas disminuyen y se oscurecen) (Empuja este móvil; las corrientes se deslizan) (Brillantes profundidades debajo de nosotros ahora…, rodean con un halo los móviles de mi radiante amigo Isthp, Gamma-brilla-a-través-de-Feldespato-Fundido)
Ahm: ¿Sería valioso criar… móviles artificiales, y edificar máquinas artificiales? ¿Máquinas que fallen, como todos los objetos efímeros, materiales?
Bllr, Rrm, Tfod: ¡Mng técnico!
Mng: Tras quinientos años, aún no habéis aceptado un accidente. Recibiste un buen nombre, Ahm, Oscuridad-Ausencia-de-Radiación.
(Se inicia la primera alineación)
(Cómo brillan… Cómo brillo)
(Brillo contra oscuridad)
(Brillo)
Ahm: Fue el vuelo espacial lo que trajo la auténtica Oscuridad a nuestras vidas. La finalidad del sésil corporal es permanecer fijo, buscando la perfección mental y móvil; no dar tumbos como un grano de cieno a través de la nada entre los mundos.
(Arracimarse)
(Formar el primer esquema)
(Charcos de barro brillando gris-rubí)
Isthp: La «nada» del espacio está llena de luz, si uno posee los móviles para percibirla. Extrañas radiaciones que aún tiemblan en mi memoria. La tecnología libera al sésil como la meditación libera al alma. De este modo los sésiles se convierten en los móviles de Dios.
(Todos reunidos, para formar los esquemas)
(Pesadez con densidad de roca sólida)
(Belleza que retener)
Ahm: ¡Herejía, herejía! Blasfemo.
(Todos reunidos, mis móviles)
(Auténtica cría. Espléndida cría)
Mng: ¡Ahm, me haces perder el control…!
Isthp: Paz, mi amado Mng, Música-de-Nube. No me siento ofendido. Del mismo modo que nuestros Ágiles difieren de nuestros Veloces, del mismo modo difieren nuestras almas, de uno a otro ser. Nunca hemos pretendido empaparnos quietamente en las profundidades, tú y yo.
(Tranquilo, mi Poderoso avanza controladamente) (Las oleadas de vibraciones lamen la playa; los charcos de lodo se asientan) (Pasa por debajo, pasa a través)
Mng: Ahm, deberías pensar en generaciones futuras… ¿Por qué contestan ahora nuestros móviles a la Llamada, si no para crear nuevos sésiles, que pronto criarán nuevos móviles por sí mismos? Nuestro espacio aquí se reducirá a medida que se incremente nuestro número, y pronto esto será como nuestro mundo natal… Y luego, mucho peor. No poseemos los recursos, ni el equipo, ni el tiempo necesarios para reestructurar nuestro espacio vital aquí. Sois egoístas…
(Susurro extraviado de la brisa de neutrones)
(La presión transmuta la roca)
(Los zarcillos se agitan y rozan)
Zhek: ¡Tú eres el egoísta! Sólo piensas en volver al espacio, para infligir más peligro e incomodidad a todos nosotros, en beneficio de tus pervertidas máquinas móviles mecánicas.
(Sutil flujo de color sobre radiantes formas) (Primer movimiento de receptividad)
Scwa: Recuerdo la opaca negrura y el frío mortal… Angustia en todos mis móviles, mientras se abrían paso en mi contenedor de sésiles por encima de la corteza sin senderos del mundo. Hemos sufrido ya demasiado a causa del fracaso de la nave… Muy pocos hemos llegado aquí vivos. Por mi parte, no estoy dispuesto a más pruebas. ¡No me importan los móviles!
Entrar en una nueva fase del esquema…
(Todos giran juntos)
(Redes entretejidas de brillo de vida)
(Los esquemas se multiplican)
Rhm, Tfod, Zhek, Kle: De acuerdo, de acuerdo.
Isthp, Mng: ¡Debemos contactar con la criatura resplandeciente!
Jary permanecía tendido en la mesa de exámenes, mientras Orr comprobaba su cuerpo en busca de huesos fracturados y efectuaba una verificación con el contador de radiaciones. Por el rabillo del ojo podía ver la vacía caja de especímenes tirada aún por el suelo, donde Orr la había arrojado cuando entraron en la tienda. Orr le había hecho esperar mientras conversaba con Corouda fuera…, pero por lo que pudo oír, nada hablaron de la pérdida de los trogs. Jary se preguntaba cuánto había visto realmente Corouda…, si es que llegó a ver algo. Nadie lo había mirado nunca de la forma que lo había hecho Corouda en el fondo de la grieta. Tampoco se sentía seguro de lo que podía significar realmente aquella mirada.
–No tienes nada que valga la pena tratar -Orr le hizo un gesto para que se levantara-. Unas fracturas insignificantes en un par de costillas.
Jary se sentó en el borde de la mesa, algo aliviado, apretando su magullada mano contra la fría superficie metálica. Orr estaba irritado; podía verlo en cada arruga de su inexpresivo rostro. Pero sólo podía estar irritado porque había perdido los especímenes.
–¿Hay alguna otra cosa que te moleste? – preguntó Orr.
–Sí -respondió a la grisácea nuca de Orr, pues éste se había vuelto ya hacia el botiquín-. Usted me dejó caer, ¿verdad? – Jary había encontrado la enlodada cuerda de seguridad intacta, y el pasador del extremo soltado.
Orr se volvió, sorprendido, y se quedó mirándolo.
–Sí, lo hice. Tuve que soltar la cuerda; de lo contrario me habrías arrastrado contigo.
Jary rió secamente. Orr asentía, pensando que había hallado la respuesta. Y
a su vez preguntó:
–¿Es por eso que lo hiciste…?
–¿Qué cosa?
–Soltar los especímenes. Porque te dejé caer… Fue por eso, ¿verdad?
–No -Jary miró de mala gana la caja en el suelo-. Qui-quiero decir que simplemente-te l-l-la caj-ja se abrió; se lo dije. Se abrió cuando c-cayó -el tartamudeo se le acentuaba cuando se ponía nervioso.
–¿Por qué no me lo dijiste inmediatamente?
–¡No lo sabía! – sus manos se aferraron al metal; se dejó caer de la mesa deslizándose.
–Quédate aquí -Orr depositó una bandeja de instrumentos y placas con muestras sobre la mesa a su lado-. Esos cierres no pueden abrirse por sí
mismos. Tú los abriste, Piper, y les dejaste escapar… sólo por despecho.
–No -sacudió la cabeza, sosteniendo el escrutinio de Orr.
–No me mientas -la expresión de Orr cambió ligeramente, pero el rostro de Jary permanecía obstinado-. El guardián Corouda me dijo que te vio hacerlo.
–No…
Esta vez la palabra murió antes de alcanzar su boca. Su mirada se quebró.
Bajó la vista hasta los pies, siguió una de sus cicatrices con los ojos.
–Está bien -de nuevo el asentimiento de satisfacción. Orr tendió una mano y sujetó su muñeca-. Sabes lo importantes que son esos animales. Y sabes cuántos problemas y riesgos comporta el ir a buscarlos allá abajo…
Orr forzó la mano de Jary hacia abajo, hasta apoyarla sobre la brillante mesa, con una fuerza que siempre lo había sorprendido. Tomó un escalpelo, y los dedos de Jary se crisparon.
–¡Ya cre-crecerán!
Oír ni siquiera lo miró.
–Necesito algunas muestras de tejido frescas; tú me las proporcionarás.
Abre la mano.
–Por favor. No-no me haga daño en las ma-manos.
Orr utilizó el escalpelo. Y Jary gritó.
–¿Qué ocurre, Orr?
Una seca e irritada voz de mujer llenó el espacio de la tienda. Jary parpadeó para aclarar su visión, y comprobó la presencia de la guardiana Soong-
Hyacin, de pie en la entrada, los ojos llenos de indignación. Vio el escalpelo que Orr aún sostenía, y el pequeño reguero de sangre que se originaba en la mano de Jary. Llamó a alguien que estaba fuera de la tienda; Corouda apareció a su lado en la abertura.
–Eres testigo también de eso.
Corouda siguió con atención la mirada de la guardiana e hizo una mueca.
–¿Qué está pasando aquí?
–Nada que les concierna, guardianes -Orr frunció el ceño, más molesto que preocupado.
–Cualquier cosa que ocurre en nuestro mundo nos concierne -dijo Soong-Hyacin-. Incluidas sus torturas…
–Tranquila, Xena -Corouda le dio un codazo-. ¿Qué te estaba haciendo, Jary?
Jary deglutió, sin hablar, y se encogió de hombros; evitaba mirar a Corouda.
–Estaba tomando algunas muestras de tejido, como pueden ver -Orr tomó la placa de muestras, la dejó a un lado-. Ése es mi trabajo, y ésa es también la función de éste… No tiene nada que ver con «el mundo de ustedes», como lo llaman.
–¿Y por qué de sus manos?
–Él comprende bien las razones, guardián… Sal afuera y aguarda, Piper; te llamaré cuando te necesite.
Jary dio la vuelta a la mesa manteniendo la boca apretada contra las náuseas, mientras miraba la bandeja del instrumental; se deslizó al lado de los guardianes y escapó, agradecido, hacia el aire fresco.
Corouda observó a Jary alejarse tambaleante a la luz del atardecer, y volvió su atención al interior de la tienda.
–Si no deja de interferir con mi trabajo, guardiana Soong-Hyacin, presentaré una queja al doctor Etchamendy.
Xena alzó la cabeza.
–De acuerdo, está en su derecho. Pero no se sorprenda cuando él nos apoye a nosotros; conoce las leyes del dominio. Gracias, Juah-u… -se volvió para irse, pero miró interrogativamente hacia atrás.
Corouda asintió.
–Iré dentro de un momento -observó a Orr trastear con las placas de muestras y empezar a disponer el equipo-. ¿Qué ha querido dar a entender cuando dijo que él comprende las razones?
Orr empujó la vacía caja de especímenes con el pie.
–Le pregunté acerca de los trogloditas, y me dijo que los había soltado por despecho.
–¿Despecho? – Corouda recordó la expresión tras el visor manchado de lodo del casco de Jary, en el fondo de la grieta. Y Jary le había dicho a Orr que el cierre se había roto después que lo hubieron izado- Y… ¿de esa forma es como logró que lo admitiera? – señaló la mesa.
–Por supuesto que no -Orr despejó la mesa con irritación y se limpió las manos-. Le dije que usted lo había visto hacerlo.
–¡Y yo le dije a usted que no había visto nada!
Orr sonrió agriamente.
–No importa si me dijo usted la verdad o no. Yo simplemente quería
obtener de él la verdad. Y la obtuve.
–Le permitió pensar que yo…
–¿Le importa mucho, acaso? – Orr se apoyó en la mesa y lo estudió con curiosidad clínica-. Francamente, no veo por qué nada de eso tenga que importarle, guardián. Después de todo, usted y Soong-Hyacin, y el resto del billón y medio de ciudadanos de la Unión, fueron quienes enjuiciaron a Piper Alvarian Jary. Son ustedes quienes creen que sus crímenes son tan odiosos que merecen ser castigados sin piedad. Ustedes lo sentenciaron, y así lo convirtieron en mi instrumento…, mi propiedad, para hacer uso de él según mi voluntad. ¿Me está diciendo ahora que creen haberse equivocado?
Corouda se dio la vuelta y abandonó la tienda, dejando la pregunta sin respuesta.
Piper Alvarian Jary permanecía solo sentado en su roca, como siempre. La luz del atardecer arrojaba su sombra hacia Corouda como un dedo acusador; pero no alzó la vista, ni siquiera cuando se detuvo frente a él. Vio que sus ojos estaban cerrados.
–Jary…
Él abrió los ojos y levantó la vista, pero luego volvió a bajarla hacia sus manos. Corouda mantuvo su mirada fija en el afligido rostro.
–Le dije a Orr que no había visto nada de lo ocurrido. Eso es lo que le dije.
Te mintió -Jary se envaró ligeramente; luego suspiró-. ¿No me crees?
–¿Por qué se molestaría en m-mentir s-sobre ello? – finalmente levantó la cabeza-. ¿O por qué s-se molestaría en decirme la verdad…? – se encogió de hombros-. No me importa.
–Me importa a mí.
Algo parecido a la envidia cruzó el rostro de Jary. Se inclinó hacia adelante
con aire ausente para tomar una piedra de las que había apiladas entre sus pies. Corouda vio que era una piedra de obsidiana, un cristal volcánico negro como la noche, con la suavidad de la seda o del agua, salpicado con cenicientas impurezas parecidas a copos de nieve. Jary lo mantuvo un instante en el hueco de sus laceradas palmas, luego lo dejó caer como un tizón ardiente, con un respingo. La piedra volvió a su sitio, produciendo en la pila una reacción en cadena se formó una cascada multicolor de mil texturas. Dos rápidas gotas rojas cayeron de la mano de Jary entre los colores; él cerró de nuevo los ojos, con las manos apoyadas sobre sus rodillas, palmas arriba, en posición de meditar. Esta vez Corouda se forzó a mirar, y vio que la hemorragia se detenía. Se preguntó con una especie de mórbida fascinación cuántas otras extrañas habilidades poseería.
De nuevo Jary abrió los ojos, y pareció sorprendido al descubrir a Corouda aún frente a él. Se echó a reír de repente, incómodo.
–Es bienvenido a jugar con mis piedras, guardián, p-puesto que usted me dejó jugar al squamish. P-pero yo no jugaré con usted -empujó cuidadosamente con el pie una piedra hacia él.
Corouda se inclinó para tomarla; un guijarro lavanda estriado con cuarzo claro, pulido por eones de rodar en los ríos de otro mundo. Sonrió ante su constante frialdad y solidez; la sonrisa se desvaneció cuando se dio cuenta de lo mucho que eso podía significar para Jary.
–Orr me deja tener piedras -estaba diciendo Jary-. Empecé a recogerlas cuando me llevaron al Instituto. Si me quedaba quieto y hacía lo que me decían, a veces alguien me dejaba salir y dar una vuelta por los alrededores… Me gustan las piedras: no se m-mueren -su voz se quebró sorpresivamente-. ¿Qué es lo que realmente vio allá en la caverna, g-guardián?
–Lo suficiente -Corouda se sentó en el suelo y echó la piedra a la pila-. ¿Por qué lo hiciste, Jary?
Los ojos de Jary se movieron sin rumbo fijo, en busca de la entrada de la
caverna, detrás de la espesura.
–N-no lo sé.
–No, quiero decir… lo que le hiciste a la gente en Angsith. Y en Ikeba. ¿Por qué? ¿Cómo puede alguien…?
Los ojos de Jary volvieron a su rostro, enturbiados por el desesperante dolor de un hombre obligado a mirar directamente al sol.
–No lo recuerdo. No lo recuerdo… -probablemente estaba riendo.
Corouda tuvo una repentina y desagradable doble visión: la de un orgulloso y uniformado Jary que había ayudado a convertir mundos enteros en cementerios… Y Jary el Instrumento, que coleccionaba piedras.
Las manos de Jary se cerraron en apretados puños.
–Pero lo hice. ¡Yo soy P-piper Alvarian Jary! Soy culpable -apretó de nuevo los puños con un ligero jadeo; sus palmas rezumaron brillante sangre como una revelación-. Mil qui-quinientos millones de personas no pueden estar equivocadas… Y yo he tenido suerte.
–¿Suerte?
La pregunta de Corouda sonó inoportuna. Jary asintió y miró sus pies.
–Suerte de haber sido entregado a Orr. Algunos de los otros… He oído historias: no importaba lo que se hacía con ellos -luego, como si hubiera captado la pregunta no formulada de Corouda-: Orr me castiga solamente cuando hago algo malo. No es cruel conmigo… No tiene por qué preocuparse de que yo no s-sienta da-daño. No le importa lo que hice; no soy más que una cosa que él usa. Al menos soy útil -su voz se elevó un poco-. Estoy realmente agradecido de que las cosas me vayan tan bien. De pasar sólo la mitad de mi tiempo cortado como un gu-gusano, o tendido de espaldas con fiebre y diarrea, o vomitando, o alimentado con una sonda o
limpiando las entrañas de a-animales muertos… -las manos de Jary se detuvieron cerca de su rostro. Se lo secó con la manga de su mono y se puso en pie, esparciendo las piedras.
–Jary… Espera un minuto -Corouda se puso de rodillas-. Siéntate.
El rostro de Jary estaba de nuevo bajo control; Corouda no supo si había vuelto atrás agradecido o sólo obediente. Se sentó con brusquedad, sin acompañarse con las manos.
–Bueno, si deseas ser útil… -Corouda forcejeó con una idea a medio formar-. Lo que hiciste por mí, probando esas plantas… la forma en que puedes sintetizar antídotos y vacunas. Podrías ser muy útil, trabajando en un nuevo mundo… como éste.
Jary lo miró con la boca abierta.
–¿Qué quiere de-de… -se mordió el labio- decir?
–¿Hay alguna forma de conseguir que Orr te deje trabajar para otro grupo?
Jary permaneció sentado en silencio mientras su escepticismo se esfumaba en la nada a través de la suspicacia. Su boca formó el remedo de una sonrisa, algo que Corouda había visto antes.
–Cuesta de-demasiado hacer de mí un milagro bioquímico, guardián. No podría usted conseguirme…, a menos que Orr me diera la libertad.
Entonces no sería de nadie… O de todo el mundo.
–¿Quieres decir que él simplemente puede dejarte ir…, y entonces serías libre?
–Libre -la boca de Jary se frunció-. Si yo lo irritara lo suficiente, supongo que lo haría.
–Dios mío… Entonces, ¿por qué no lo has vuelto loco?
Jary se llevó las manos al pecho, impasible.
–A algunas personas les gusta mi-mirar mis cicatrices, guardián. Sí yo no perteneciera a un instituto de investigación, podrían hacer algo más que simplemente mirar. Lo que quisieran…
Corouda buscó las palabras mientras se quitaba una púa de espino de la manga de su camisa marrón oscuro. Jary se estremeció en su roca una y otra vez.
–El Instituto Simeu me protege -continuó-. Y Orr me necesita. Tendría que irritarlo más de lo que nunca he hecho para que me echara -sus ojos se encontraron de nuevo con los de Corouda, extrañamente resentidos.
–¡Piper!
Jary se puso en pie en un súbito reflejo al sonido de la voz de Orr. Corouda vio que parecía aliviado, y se dio cuenta de que el alivio era la principal emoción que experimentaba. Infiernos, aunque Orr pudiera vender a Jary, o alquilarlo, o despedirlo…, ¿cómo podía saber si los otros guardianes lo aceptarían? Xena quizá, si estaba dispuesta a actuar de acuerdo con su propia retórica. Pero Albe ni siquiera se había disculpado de haber sido el causante de la caída de Jary…
Jary se estaba alejando sin una palabra, en dirección al laboratorio de Orr.
–¡Jary! – llamó bruscamente Corouda, tras él-. Sigo pensando que Piper Alvarian Jary merecía ser castigado. Pero ahora creo que están castigando al hombre equivocado.
Jary se detuvo y se volvió para mirarlo. Y Corouda se dio cuenta de que la expresión de su rostro no era de gratitud, sino algo parecido al odio.
–De acuerdo, cruzarás con toda seguridad. Yo te esperaré aquí.
Jary permanecía de pie solo en la oscuridad, en el extremo más lejano de la Bifurcación, atrapado por el haz de la lámpara de Orr. Asintió, respirando pesadamente, inseguro de su voz.
–Conoces el camino desde aquí, y lo que tienes que hacer. Ve y hazlo -la voz de Orr era cortante; Orr estaba de nuevo irritado pues Etchamendy había apoyado la queja de Soong-Hyacin.
Jary se inclinó para tomar la caja a sus pies. Cerró los ojos y utilizó su mano, enrolló apresuradamente la correa en tomo a su hombro. Dio la espalda a Orr sin responder, y echó a andar hacia el interior de la caverna.
–¡Y no vuelvas sin ellos!
Jary refrenó una desacostumbrada furia y siguió andando. Orr lo enviaba al interior de la caverna totalmente solo a traer más trogs, para completar su penitencia. Como si sus rígidas y vendadas manos no fueran suficiente para convencerlo de lo estúpido que había sido. Había perdido en el suelo la mitad de su cena debido a que sus manos apenas podían sostener una cuchara…, e iba a recibir una buena reprimenda por lo torpe de su trabajo en el laboratorio mañana…, y ni siquiera tenía el consuelo de tocar sus piedras. A Orr no le importaba en absoluto que se rompiera ambas piernas y tuviera que arrastrarse durante todo el camino de ida y vuelta hasta el corazón de la caverna. A Orr no le importaba que se rompiera el cuello, o se cayera y se ahogara en el lodo radiactivo…
Jary se detuvo bruscamente en la oscuridad. ¿Qué le estaba ocurriendo?
¿Por qué se sentía así? Miró hacia atrás y cayó contra la pared cuando el alocado danzar de su lámpara frontal lo hizo sentir mareado. Orr ya había quedado fuera de su campo de visión, y no había huella de ningún otro haz luminoso. Contrajo deliberadamente sus manos y así se obligó a volver a la razón con una maldición entre dientes. Orr no le obligaría a hacer eso si pensara que podía resultar muerto; el jefe odiaba perder el tiempo.
Se apartó de la pared y bajó la vista hacia las manchas de lodo seco que aún
salpicaban su traje. La mayoría de ellas se fueron desprendiendo con el andar; su dosímetro apenas registraba las que quedaban. Echó a andar de nuevo, más lentamente esta vez, tanteando el camino entre los guijarros y piedras desprendidas del estrechamiento del reborde. Después de todo, no tenía ninguna prisa en capturar nuevos trogs y dejar que Orr demostrara una vez más la futilidad de haberlos dejado libres… La futilidad de sus propios sufrimientos, la futilidad de todo.
Y de pronto comprendió. Era Corouda.
–¡Corouda!
Lanzó el nombre como un desafío a la oscuridad. Aquel maldito Corouda era quien se lo estaba haciendo, Corouda quien había realizado el auténtico acto de tortura… Ese bastardo de Corouda, que había pretendido interesarse en sacarlo de todo aquello, para utilizar luego una falsa piedad como un escalpelo contra su cordura, diciéndole simplemente que, por no poder recordar sus crímenes, no era culpable de ellos, que estaba siendo castigado sin razón alguna. Intentaba hacerle creer que había sufrido durante años el odio y los abusos para nada. ¡No! ¡Él era culpable, culpable! Y Corouda había hecho eso contra él porque era como todos los demás. El universo entero lo odiaba, excepto Orr, quien era todo lo que tenía. Y Orr había dicho que le llevara los trogs, o de lo contrario… Resbaló inesperadamente y cayó, los codos delante para proteger sus manos. Orr era todo lo que tenía…
Isthp: Debemos hacer que el móvil resplandeciente nos comprenda. ¿Cómo lo haremos, Mng? Ellos no captan nuestras comunicaciones.
(Leve oscuridad)
Mng: Pero nos ven. Debemos mostrarles un artefacto… Un traje presurizado, quizá; revelarles nuestro nivel tecnológico, y a la vez nuestro problema.
(Charcos de lodo vibrando con gases de un escape)
(Esquemas de luz)
Isthp: ¡Exactamente! Despertaré a mi segundo ágil; es el más pequeño de los míos, quizá pueda ponerse un traje… Lo llamaré.
(Buscar el traje, llevarlo hacia arriba)
(Entrelazar juntos el círculo)
Ahm: No permitiremos que hagas eso. Somos mayoría; te prohibimos que contactes con el móvil alienígena. Te detendremos si lo intentas.
(Frío fluido lamiendo el basalto)
Isthp: Pero… Su sésil es una criatura de buena voluntad; incluso tú debes admitir eso, Ahm… Dejó libres a tus móviles.
(Mis esquemas son sutiles)
(Pulso suave y reluciente)
Ahm: Vi grandes dedos brillantes avanzando hacia mí… Miedo, esperanza… Dejó mis móviles libres… ¡Pero lo que debemos comunicar es que deseamos que nos dejen solos! Utilicemos al móvil resplandeciente como una advertencia, si los alienígenas regresan de nuevo. Eso puede hacer que los invisibles alienígenas se vuelvan visibles, y nos permitirá huir a tiempo.
(Entrar en el círculo)
(Entrar)
(Extraña radiación)
Mng: ¡No, debemos pedir más! Mostremos que somos una forma de vida
inteligente, aunque extraña. ¡Debemos pedir su ayuda para escapar de este maldito lugar!
(Cierra la red)
(Los móviles entran)
(Una luz en la oscuridad)
Ahm, Scwa, Tfod, Zhek: No. No.
(Radiación, una extraña luz)
Isthp: Sí, amado amigo Mng… Nosotros tendremos nuestra libertad, y las estrellas: mira, mira con todos tus móviles; ¡se muestra a sí mismo!
Brilla…
(Extraña radiación)
(Luz parpadeando como gamma a través de galena) (¡Rápido! Llevar el traje arriba)
Ahm: ¡El resplandeciente regresa! Ciudado, cuidado…
(Manchas de radiación fluyendo, acercándose)
Blir: Romped el esquema, preparaos para huir. Haced una advertencia de su luz.
(Brilla)
(Preparados para huir)
(Preparados)
Mng: ¡Haced de él nuestra esperanza!
(Manchas de radiación)
(Brilla)
Los ecos de su caída volvieron a Jary desde una repentina distancia; imaginó que ya debía estar cerca de la cámara principal. Se puso en pie, incapaz de arrastrarse, y cruzó el pulido sendero de la mena metálica, que brilló plateado ante su luz cuando bajó la vista, haciéndole parpadear. Los mojones rojos quedaban atrás. Jary se abrió torpemente camino pendiente abajo, medio resbalando, sintiendo el arco del techo y las paredes alejarse a su alrededor.
Allí, en la cámara principal, una firme superficie de basalto veteada de mena iba al encuentro de la superficie acuosa de las profundidades radiactivas; allí era donde había hallado a los trogs. Pasó junto a una esbelta columna erizada de espinas de cuarzo rosado, y tocó una con el dorso de su mano al cruzar junto a ella. En la distancia vio el reflejo del borde del agua, de la que brotaban zarcillos de vapor. Su estómago se anudó, pero apenas se dio cuenta de ello: más cerca, las filigranas de la mena metálica reflejaban la luz… Y un conjunto de trogs yacía apiñado junto a la orilla. Barrió la superficie con su lámpara frontal, vio otro grupo, y otro, y otro, sus ciegas e indefensas formas se movían calmadamente en una extraña mímica de danza ritual.
Nunca había tenido la posibilidad de detenerse y observarlos, de modo que ahora lo hizo. Y la estremecedora convicción de que estaba viendo algo que iba más allá del instinto, algo que traspasaba su comprensión, empezó a infiltrarse en su mente. Pero… ¡no eran más que animales! Aunque se preocuparan de lo que les había ocurrido a sus compañeros; aunque hubieran arriesgado sus vidas intentando un rescate, sólo se trataba de instinto…
Empezó a avanzar hacia ellos al tiempo que intentaba flexiones con sus
vendados dedos. Trató de alejar de su mente el dolor cuando intentó afirmar su presa sobre el cuerpo contorsionante de un trog… Se detuvo de nuevo, frunciendo el ceño, mientras la rítmica danza de los trogs se interrumpía bruscamente. Los pequeños grupos de cuerpos se alinearon en un giro casi simultáneo para mirarlo de frente, como si pudieran verlo. Pero aquello era imposible. Sabía que no podían ver a un ser humano…
Una docena de trogs retrocedió y desapareció en el estanque; los demás se arremolinaron, indecisos. Se detuvo, a unos cinco metros aún de la orilla.
Lo estaban mirando, podía asegurarlo, excepto que parecía que miraban sus rodillas, como si él fuera tan sólo medio cuerpo. Se arriesgó a dar un paso, y luego otro… Y todos los grupos de trogs excepto dos huyeron al estanque. Se detuvo de nuevo, al borde de la desesperación, y aguardó.
Su entumecido cuerpo empezó a crisparse de impaciencia antes de que otro trog se moviera. Pero esta vez se movió hacia adelante. Los demás empezaron a reptar entonces hacia él, lentamente, con un propósito bien definido. Lo rodearon en torno a sus pies. Miraban hacia arriba, hacia sus rodillas, con los ojos muy abiertos, con la reverencia de los adoradores. El se arrodilló cuidadosamente, primero sobre una rodilla, luego sobre la otra; los trogs retrocedieron ligeramente. Volvieron a avanzar cuando vieron que él se había quedado inmóvil, sus patitas traseras como timones chorreando lodo. Avanzaron hasta que alcanzaron sus rodillas, y empezaron a tirar de las embarradas perneras de su traje. Él permanecía inmóvil como una estatua, tratando de imaginar sus propósitos con una mente que estaba inútilmente en blanco. Largos y palmeados dedos se aferraron a su traje, y dos de los trogs empezaron a trepar por él, manchando el traje con lodo fresco. No utilizó las manos para sacárselos de encima, pese a que su cuerpo se estremecía con la realización de la presencia de sus aferradas formas. Los diales en el interior de su casco empezaron a oscilar y a subir.
Cerró los ojos.
–¡De-dejadme solo!
Volvió a abrirlos al cabo de un largo rato.
Casi como si le hubieran oído, los trogs se habían soltado, dejándose caer.
Estaban todos apiñados de nuevo frente a él, y miraban su pecho manchado de lodo. De pronto se dio cuenta de que debía ser el lodo radiactivo lo que ellos veían…, que hacía que su traje resplandeciera con una luz que ellos podían captar. Quizá, de alguna manera en cierto modo torpe, estaban tratando de descubrir qué era él… Se rió suavemente, entrecortadamente.
–¡Yo soy P-piper Alvarian Jary!
Pero qué tonto… El nombre no significaba nada para ellos. Los trogs siguieron observándolo, inmóviles. Jary apartó finalmente la vista cuando vio a otro trog emerger del estanque. Observó cómo el lodo resbalaba por su piel; su piel que no se parecía a nada que hubiera visto nunca en un trog: plata luminosa, reflejando su luz. Su piel se puso en tensión y se arrugó de una forma torpe y poco ffuncional mientras avanzaba con dificultad. Todos lo miraban ahora, y mientras él intentaba ponerse en pie y acercársele, se movieron para adelantarse al ser plateado y rodearlo. Luego, bruscamente, más trogs aparecieron en el borde del estanque; observó confundido cómo la masa que formaban atacaba al trog plateado y le obligaba a retroceder y entrar de nuevo en el estanque, barriendo con él a los pocos que se resistían.
Jary permaneció de pie aguardando en la oscuridad mientras los segundos se convertían en minutos, pero los trogs no regresaron. Una burbujas emergentes formaron anillos concéntricos que fueron a romperse en la vacía orilla, pero ninguna otra cosa se movió en la superficie del agua. Se acuclilló, observando las huellas de húmedo cieno allí donde habían estado los trogs, mirando hacia el lodo de su traje.
No iban a volver; ahora estaba seguro de ello. Pero… ¿por qué no? ¿Qué era el trog plateado, y por qué nunca había visto ninguno? ¿Por qué los otros lo habían atacado? ¿O simplemente lo habían querido proteger de él?
Quizá de pronto habían comprendido lo que él era; no Piper Alvarian Jary, sino uno de los invisibles monstruos que los atacaban sin previo aviso.
Y los había dejado marchar. ¿Por qué, cuando habían trepado por su traje y le habían suplicado casi que los cogiera y los echara a su caja? Pero habían
acudido confiadamente a él…, se habían puesto voluntariamente en sus manos, sin reconocerlo por lo que era.
Sin reconocerlo…
Y a partir de ese momento supo que nunca le hablaría a Orr del rescate, ni de la danza, ni del trog plateado…, ni de la forma en que los trogs se habían agrupado frente a él, a mirarlo. La vida secreta de los trogs estaría a salvo con él; todas sus vidas estarían a salvo con él. Tocó su lodoso traje.
Inadvertidamente le habían mostrado la forma en que podría avisarles cuando volviera de nuevo con Orr. Quizá, si tenía suerte, Orr nunca volvería a ver otro trog…
Jary cerró sus manos y aferró su resolución. ¡Maldito Orr! Le estaría bien empleado. Pero… ¿qué ocurriría si Orr descubría lo que había hecho? Podía incluso echarlo por eso, abandonarlo aquí…
Sin embargo, de algún modo aquel pensamiento ya no lo aterraba. Nada de lo que Orr pudiera hacerle importaba realmente ahora… Porque su decisión no tenía nada que ver con su vida entre los hombres, donde vivía solamente para pagar una deuda que nunca terminaría de saldar. No importaba cuánto sufriera: en el universo de los hombres arrastraba consigo la marca de Caín, y nunca podría dejar de ser Piper Alvarian Jary.
Pero aquí, en este universo alienígena, su crimen no existía. Podía demostrar lo que nunca en su propio mundo podría demostrar: que era tan libre de efectuar la elección correcta como la equivocada. Ocurriera lo que le ocurriese a partir de ahora, nada podría quitarle ya el conocimiento de que de algún modo había sido un salvador, y no un diablo…
Una luz en la oscuridad.
Jary se puso en pie y empezó a remontar la pendiente, arrastrando consigo una caja vacía.