Okinawa
1. Construyendo un «iceberg»
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Construyendo un «iceberg»
Como sucedía con la mayoría de las islas dominadas por Japón que atacaron en su largo y brutal recorrido a través del Pacífico, casi ninguno de los soldados estadounidenses destinados a la invasión de Okinawa habían oído hablar de aquel lugar hasta unas semanas antes de desembarcar allí.
El soldado de primera clase Gene Sledge, un operario de mortero de la compañía K, perteneciente al 3.er batallón del 5.º regimiento de marines (K/3/5), vio por primera vez el nombre cuando un amigo suyo le mostró un mapa del Pacífico publicado en National Geographic y señaló una isla identificada como Okinawa Shima. La sola visión del lugar llenó a Sledge de aprensión. «Su proximidad con Japón nos aseguraba algo incuestionable», dijo. «Ocurriera lo que ocurriera, la batalla de Okinawa sería enconada y sangrienta. Los japoneses nunca vendían barata una isla, y la tónica de la guerra hasta entonces había demostrado que las batallas se volvían más encarnizadas cuanto más nos acercábamos a Japón».
«Esperábamos lo peor en Okinawa», agregó el soldado de primera clase Bill Leyden, líder de un equipo de ataque de la 1.a sección de fusileros de la K/3/5, quien, como Sledge, había sobrevivido al holocausto de vehículos anfibios en llamas y marines muertos y moribundos en las playas de Peleliu el mes de septiembre anterior. «Y todo lo que nos decían nuestro superiores reforzaba esa expectativa: aquello iba a ser un maldito infierno. Sería el desembarco más duro de la guerra. Cabía esperar un 70 o un 80 por 100 de bajas en la playa».
Como un nuevo reemplazo ansioso por catar el combate, Leyden había formado parte de la primera oleada que arribó a Peleliu. Ahora, recién recuperado de una herida de metralla que a punto estuvo de costarle el ojo izquierdo —y siendo uno de los cinco veteranos con experiencia en combate de su sección— estaba bastante satisfecho de formar parte de la decimoquinta oleada en Okinawa.
«En aquel momento era mayor —tenía casi diecinueve años— y algo más inteligente, pero no necesariamente más audaz», recordaba el neoyorquino. «Después de todo, había comprendido que no era indestructible».
Los líderes militares estadounidenses que iniciaron la planificación detallada de la invasión de Okinawa a principios de octubre de 1944 eligieron un nombre en clave aparentemente extraño para el que se convertiría en el mayor ataque por tierra, mar y aire de la historia de Estados Unidos. Por motivos que conocen mejor los propios almirantes y generales, el combate por Okinawa, una isla templada y subtropical, fue bautizado como «Operación Iceberg».
Qué motivó esta elección del nombre sigue siendo un misterio a día de hoy, incluso entre los supervivientes de la batalla. Cabe la posibilidad de que se optara por Iceberg con la esperanza de engañar a cualquier espía enemigo que lo descubriera. En ambos bandos, casi todo el mundo creía que se avecinaba una invasión estadounidense de las tierras japonesas, y algunos estrategas nipones especulaban desde hacía tiempo que la incursión podría llegar por las islas Aleutianas y Kurile, un territorio de icebergs. De hecho, frustrar una acción estadounidense de esa índole había sido una de las principales motivaciones de la conquista japonesa de Attu y Kiska, las islas más occidentales de la cadena Aleutiana, en 1942. Por otro lado, es posible que el nombre en clave de Iceberg fuese una selección meramente aleatoria.
Sea cual fuere el criterio, el nombre resultaba particularmente incongruente al sargento Porter McLaughlin, líder de pelotón de una sección anticarro de la 7.a división de infantería del ejército. McLaughlin y sus compañeros habían afrontado kilómetros de tundra enfangada, un frío permanente que calaba los huesos, unos vientos árticos despiadados y un enemigo fanático para recuperar Attu de sus captores japoneses en mayo de 1943.
«Un nombre como Iceberg habría venido como un guante a Attu», afirmaba McLaughlin, un militar oriundo de Oregón que más tarde resultó herido en Kwajalein y también combatió en Leyte. «Era el lugar más húmedo, frío y desolado que había visto, y centenares de nuestros hombres perdieron dedos y pies por congelación. Pero un nombre en clave más apropiado para Okinawa habría sido Operación Infierno».
Okinawa es la isla más grande del archipiélago de Ryukyu, que se comban hacia el oeste en un arco gradual que se extiende unos 1200 kilómetros desde el sur de Kyushu, la isla más meridional de Japón y cercana a Formosa o Taiwan. Mide 96 kilómetros de largo por 29 de ancho, pero una estrecha «cintura» de tres kilómetros —el istmo de Ishikawa— separa los dos tercios septentrionales de la isla, una zona escarpada y poco poblada, del tercio sur, donde se concentraba la gran mayoría de sus 460 000 habitantes en la primavera de 1945.
La reposada y sencilla población de Okinawa conservaba la ciudadanía japonesa y su aspecto era muy similar al de los nipones, pero con un linaje que incorporaba influencias mongolas y chinas y, por lo general, una menor estatura. Los administradores japoneses que gobernaban Okinawa solían despreciar a los nativos por considerarlos pueblerinos inferiores del campesinado. En su mayoría vivían en pequeños pueblos o en el campo, y se ganaban la vida con la agricultura y la cría de ganado. Por debajo del istmo, el paisaje suavemente ondulado de la Okinawa central estaba salpicado de prolijas explotaciones agrícolas orladas de bosques de bayán, bambú y pino y flanqueadas por crestas empinadas y profundas quebradas. En cada hectárea de terreno fértil se plantaban con profusión cultivos para uso alimentario, tales como boniatos, caña de azúcar, judías, bananas y arroz. Abundaban también los cerdos, las cabras y los pollos, como no tardaron en descubrir los marines y soldados aficionados a las barbacoas.
La capital de la isla y su única ciudad auténtica era el puerto de Naha, con una población de unos 65 000 habitantes hacia finales de 1944, antes de que las razias aéreas y los bombardeos navales de Estados Unidos destruyeran gran parte de ella y desperdigaran a sus moradores. Algunas carreteras modernas abastecían la zona de Naha, pero otras poblaciones importantes de Okinawa, entre ellas Shur, Itoman y Yonabaru, sólo estaban conectadas por caminos primitivos sin asfaltar, más apropiados para los carros de bueyes que para los vehículos de motor, y eran prácticamente intransitables durante la temporada de lluvias.
Menos de un siglo antes de su invasión por las fuerzas estadounidenses, Okinawa había sido un territorio casi independiente que mantenía dicho estatus pagando cuantiosos tributos tanto a China como a Japón, y prácticamente no mantenía contacto alguno con el mundo exterior. Pero en 1853, el general de brigada Matthew Perry y su escuadrón de lanchas cañoneras estadounidenses hicieron escala en el puerto de Naha de camino a Yokohama para cerrar un acuerdo comercial con el emperador de Japón.
La visita de Perry y las influencias occidentales que llegaron después suscitaron cambios trascendentales entre los japoneses, incluido un agresivo apetito territorial que condujo a la anexión de Okinawa en 1879. Sin embargo, antes de la segunda guerra mundial, el estilo de vida del ciudadano medio de Okinawa se mantuvo básicamente inalterado. En el momento del ataque de Pearl Harbor, la isla más grande de las Ryukyu, conocida en la región como «la Gran Loo Choo», era prácticamente desconocida en Occidente, a excepción de algunos «geógrafos, historiadores y tal vez algún aficionado a los crucigramas», como observaba un escritor.
No obstante, mientras en 1943 se intensificaba la ofensiva estadounidense contra Japón, Okinawa empezó a despertar el interés de los líderes militares de mayor rango, entre ellos el mismísimo presidente Franklin Roosevelt. Cuando ese año Roosevelt se reunió en El Cairo con el primer ministro británico Winston Churchill y el mariscal chino Chiang Kai-shek, se tomaron decisiones que convirtieron a Okinawa en un objetivo cada vez más probable en la gran estrategia aliada en el Pacífico.
Sin embargo, hasta comienzos de otoño de 1944, el plan estratégico oficial, conocido como Operación Causeway, pasaba por un ataque anfibio contra Formosa, un objetivo firmemente secundado por el almirante Ernest J. King, jefe de operaciones navales, y no contra Okinawa. La campaña de Formosa ya se había esbozado a principios de 1945 y nadie esperaba que el tenaz e inflexible King —un hombre que tenía fama de afeitarse con un soplete y de masticar clavos para desayunar— abandonara su plan.
Pero el almirante Chester W. Nimitz, Comandante en Jefe de las Fuerzas Estadounidenses en la Zona del Océano Pacífico (CEJZOP) se había convencido de que la Operación Causeway debía desecharse o modificarse de manera drástica. Si bien en un principio secundó una invasión de Formosa, Nimitz empezó a temer un número desastrosamente elevado de bajas: hasta 150 000 estadounidenses muertos o heridos. También creía que Okinawa constituiría un trampolín más propicio para una embestida directa contra Japón, puesto que se hallaba mucho más próximo a las islas del país que Formosa. Por último, concluyó, el control de Okinawa e Iwo Jima aislaría a los japoneses de sus principales fuentes de suministro petrolífero en Birmania, Borneo y Sumatra, lo cual ocasionaría una grave escasez de combustible a los barcos y aviones enemigos en el momento en que la guerra entrara en su fase culminante.
El enfrentamiento entre King y Nimitz se produjo durante una reunión de tres días celebrada en San Francisco a principios de octubre de 1944. En aquel momento, los jefes del estado mayor conjunto de Estados Unidos estaban muy preocupados porque la prosecución de la guerra en el Pacífico sufría una demora, y la meta de Nimitz en el encuentro era convencer a King para emprender una estrategia modificada a fin de acelerar las cosas. La estrategia contemplaba el abandono de la invasión de Formosa, que a juicio de Nimitz contaba con una defensa demasiado férrea como para ser atacada con éxito a corto plazo. Por el contrario, Nimitz propondría que las fuerzas del general Douglas MacArthur invadieran Luzón, en Filipinas, y que otras unidades del Ejército y los marines tomaran Iwo Jima y Okinawa.
Nimitz sabía que sería difícil persuadirle, así que preparó una exposición sólida y bien documentada para sustentar su argumento y llevó consigo a varios miembros clave del estado mayor para que le apoyaran. Le acompañó el almirante Raymond A. Spruance, que compartía el mando de la Flota de Batalla del Pacífico de Estados Unidos con su homólogo William F. «Bull» Halsey y que estaba de permiso en la cercana Monterrey. También asistieron el teniente general Simón Bolivar Buckner, a cuyo 10.º ejército se asignaría el ambicioso ataque anfibio de Okinawa, y el teniente general Millard F. Harmon, comandante de las unidades de las fuerzas aéreas en la zona del Pacífico.
Tanto Nimitz como Buckner pronosticaron unos índices de bajas elevados en una posible invasión de Formosa, citando como prueba los 17 000 estadounidenses muertos y heridos en el combate por Saipan, donde las fuerzas de Estados Unidos se enfrentaban a sólo 32 000 japoneses atrincherados, un pequeño porcentaje del contingente enemigo de Formosa. Basándose en estas cifras, Buckner estimó que las pérdidas estadounidenses rebasarían las 150 000 y debilitarían gravemente sus recursos en el Pacífico.
Resultó que King ya había evaluado un informe de logística preparado para los jefes del estado mayor conjunto que planteaba serios interrogantes sobre el proyecto de invasión de Formosa y, tres meses antes, Spruance había manifestado a King que apoyaba una ofensiva contra Okinawa. Aunque King formuló algunas preguntas punzantes y cuestionó ciertos elementos del plan de Nimitz, al final aceptó cancelar la operación de Formosa a favor de Luzón, Iwo Jima y Okinawa. Antes de que concluyera la reunión se había establecido el esquema global para el estadio final de la guerra del Pacífico y se fijaron fechas provisionales para los tres desembarcos: 20 de diciembre de 1944 en Luzón; 20 de enero de 1945 en Iwo Jima; y 1 de marzo de 1945 en Okinawa, a sabiendas de que podría ser necesaria una dilación en el calendario.
Al término de la reunión, Nimitz y King seguían abrigando esperanzas de que pudiera eludirse un combate en tierra por el territorio japonés y de que pudiera someterse al enemigo mediante grandes ataques aéreos sistemáticos contra sus ciudades. De lo contrario, el único objetivo que restaba después de Okinawa sería el propio Japón.
En los primeros días de la guerra, Okinawa ostentaba una posición mínima —a decir verdad, casi inexistente— en la estrategia defensiva general de Tokio. A finales de 1941, pese a que la flota japonesa utilizaba en ocasiones la bahía de Nakagusuku, situada en la zona oriental de Okinawa, como fondeadero, las únicas instalaciones defensivas de la isla consistían en una pequeña estación naval y un aeródromo cerca de Naha, en la costa oeste, y tres baterías de artillería controladas por unos seiscientos soldados.
Irónicamente, si Estados Unidos hubiese invadido a finales de 1943, Okinawa probablemente habría caído en cuestión de horas, aunque sin duda las fuerzas aéreas y navales japonesas habrían dificultado a las fuerzas enemigas el control de la isla. Esta situación no cambió hasta la primavera de 1944, cuando el estado mayor general del imperio decidió tardíamente armar las islas Ryukyu y destacar al 32.º ejército japonés en Okinawa. En aquel momento, Tokio todavía consideraba ésta una zona «de retaguardia», valiosa principalmente para ofrecer apoyo aéreo y una base de suministros para sus fuerzas en Filipinas y las Marianas.
Incluso a estas alturas prevalecía una notable falta de apremio. Era 29 de junio de 1944, antes de que los 6000 efectivos de la 44.a brigada independiente, la más numerosa de las unidades del ejército japonés, alcanzaran aguas okinawenses a bordo del buque Toyama Maru, que sería torpedeado por el submarino estadounidense Sturgeon. El buque se hundió como una roca y arrastró a más del 90 por 100 de la brigada —5600 soldados— al fondo del océano. Entonces, mientras el cuartel general imperial se afanaba en reemplazar a la brigada perdida, el cariz de la guerra del Pacífico cambió por completo. En cuestión de días, las tropas estadounidenses conquistaron Saipan tras una costosa refriega y atravesaron el perímetro defensivo exterior de Japón en las Marianas. Lejos de ser una zona relativamente segura de la retaguardia, como advertía ahora Tokio, Okinawa se hallaba justamente en la senda de la marcha incesante de Estados Unidos hacia el propio Japón.
Los japoneses enviaron apresuradamente cuatro divisiones de infantería y tres brigadas independientes a Okinawa y otras islas del archipiélago de Ryukyu. También nombraron a un nuevo y duro comandante, el teniente general Mitsuru Ushijima, para que encabezara el 32.º ejército en lugar de su homólogo Masao Watanabe, que acusaba problemas de salud y era incapaz de dirigir una campaña ahora desesperada por fortificar y defender Okinawa a toda costa. Ushijima había servido como comandante de infantería en Birmania en los primeros estadios de la guerra y más tarde fue nombrado comandante de la Academia Militar japonesa.
Tomando en consideración que Ushijima, junto con su jefe del estado mayor, el teniente general Isamu Cho, y su oficial de planificación, el coronel Hiromichi Yahara, apenas disponían de nueve meses de preparación para el que sería el mayor ataque anfibio de la historia estadounidense, los militares japoneses desempeñaron una labor extraordinaria. Aprovecharon ese lapso para organizar una fuerza de combate bien entrenada y armada, constituida por 110 000 hombres, entre ellos 20 000 reclutas de Okinawa, y para erigir uno de los sistemas más elaborados e impenetrables de defensas naturales y artificiales que jamás se hayan visto.
Mientras la Operación Iceberg tomaba forma en el bando estadounidense, los japoneses construían un auténtico «iceberg» propio a base de coral y cemento en las cordilleras que se entrecruzaban al sur de Okinawa. Como sus homólogos oceánicos, la fracción más mortífera de este iceberg se hallaba oculta muy por debajo de la superficie, como descubrirían muy pronto decenas de miles de soldados y marines estadounidenses.
En ciertos aspectos, Ushijima, Cho y Yahara constituían uno de los equipos más efectivos y tácticamente brillantes de comandantes de combate que había reunido el ejército japonés. Pero también eran un trío peculiar de antítesis que a menudo discrepaban sobre la estrategia y cuyas personalidades solían chocar violentamente.
Ushijima, con un porte, unos gestos y un bigote recortado que recordaban vagamente al general John J. «Black Jack» Pershing, comandante de las fuerzas expedicionarias estadounidenses de la primera guerra mundial, ejemplificaba a su vez lo mejor de la tradición samurái y una cautela reposada y digna. Siempre sereno y nunca proclive a excesos, estaba por encima del toma y daca a veces acalorado que se producía a la hora de abordar cuestiones cruciales, y dejaba que los miembros de su estado mayor las despellejaran para ratificar después las decisiones que estimaba más inteligentes. Sin embargo, también contraía plena responsabilidad sobre cada orden dictada, dirigía una organización excepcionalmente disciplinada y contaba con una gran estima de sus oficiales y hombres.
Por el contrario, Cho era un extremista político impetuoso con un historial de violencia y tejemanejes. A principios de los años treinta, como miembro de un grupo de militares exaltados que se denominaban la Sociedad del Cerezo, participó en un complot para asesinar al primer ministro japonés y reemplazarle con un general de alto rango como dictador. En torno a esa misma época, también era partidario de amenazar al emperador con un puñal si era necesario para establecer un gobierno militar en Japón. De haber sido oficial del ejército de casi cualquier otro país, Cho probablemente habría sido ejecutado por traición. Pero contaba con numerosos admiradores en el ejército japonés, los suficientes para ser elegido entre varios generales más experimentados y convertirse en el segundo al mando de Ushijima. Era conocido por su afición al alcohol, un ritmo de vida derrochador y su conducción agresiva, y aunque sus motivaciones y sus métodos despertaran desconfianza en ciertos sectores, nadie cuestionaba jamás su valentía personal o su capacidad para dirigir e inspirar a sus soldados.
Yahara, sin embargo, era la pura antítesis de Cho, un intelectual curtido y reflexivo cuya naturaleza distante y su negativa a seguir las tácticas fallidas de la guerra banzai le hicieron impopular entre algunos compañeros. Con todo, incluso quienes sentían aversión por él reconocían su genialidad planificadora. Pese a la fricción que con frecuencia estallaba entre ellos, Yahara y Cho también aportaban un raro equilibrio al estado mayor de Ushijima. Como recogía una historia de la batalla de Okinawa: «Donde Cho era impulsivo, Yahara se mostraba reflexivo; donde Cho rozaba la agresividad mística a la manera de los samuráis, Yahara era racional casi hasta la exasperación».
Recaería en Yahara el cometido de diseñar y poner a punto la estrategia adoptada por el 32.º ejército japonés en su defensa de Okinawa. Era una táctica que iba en contra del arraigado instinto samurái que Cho tenía en gran estima. Pero también era una estrategia que funcionó sorprendentemente bien.
Ushijima y su estado mayor dedujeron con precisión dónde se llevaría a término el desembarco estadounidense: en unas playas próximas al pueblo de Hagushi, en el sector occidental de la isla, justo por debajo del istmo de Ishikawa. Pero conforme al plan de Yahara no habría defensa japonesa en las playas invadidas, puntos de demora férreamente fortificados cerca del mar ni temerarios contraataques nocturnos contra la cabeza de playa estadounidense. Como exponía Yahara, que se tomó a pecho el fracaso de esas tácticas en Peleliu y otros lugares, en una de sus primeras directrices para el 32.º ejército: «El combate cuerpo a cuerpo con un enemigo que posee un poder armamentístico superior sería infructuoso, especialmente de noche».
No sólo se cederían al invasor las playas y varios kilómetros de campo circundante sin resistencia, sino que los dos mejores aeródromos militares de Okinawa, Yontan (también conocido como Yomitan) y Kadena, también serían sacrificados, ya que se encontraban demasiado cerca de las playas por defender. La única concesión de Yahara fue desplegar a una gran unidad de combate entre las colinas escarpadas que se alzaban lo bastante cerca de los aeródromos como para que éstos estuviesen dentro del alcance de los morteros y la artillería japonesa.
Tres sistemas montañosos abruptos que discurrían de este a oeste por el tercio sur de Okinawa constituirían el epicentro de la defensa de Yahara, y fue en estas montañas donde se puso a trabajar al grueso del 32.º ejército para excavar intrincadas fortificaciones desde las que la artillería pesada podría atacar cualquier punto del sur de Okinawa y ampliar gran cantidad de cuevas naturales a fin de convertirlas en habitáculos subterráneos para miles de hombres. Dado que las colinas de Okinawa habían servido de centro de entrenamiento para la artillería, el terreno resultaba familiar a la mayoría de los artilleros japoneses, y los rangos y coordenadas de muchas zonas objetivo potenciales ya se habían establecido. Una red de cuevas situadas bajo el antiguo castillo de Sauri, que se hallaba en uno de los puntos más elevados de la isla, formaría el núcleo de las defensas japonesas y ofrecería a Ushijima y su estado mayor un refugio seguro que ninguna bomba o proyectil estadounidense podrían penetrar.
Cho y otros se sintieron airados por la meticulosa estrategia de Yahara, que consistía en una defensa estática en profundidad. La tildaron de derrotista y, en cierto sentido, lo era. Yahara no albergaba ilusiones sobre la capacidad de aquel ejército para defender los tres sistemas montañosos a perpetuidad, y era plenamente consciente de que los estadounidenses, mejor armados y equipados y con un mayor número de efectivos, acabarían menoscabando el leve despliegue de los defensores japoneses. Un elemento integral de su estrategia era proteger todas las líneas defensivas relevantes mientras fuera posible y efectuar después una retirada ordenada hacia la siguiente línea para repetir el proceso. Yahara sabía de sobra que el 32.º ejército acabaría por ser destruido, tal vez hasta que quedara un solo hombre, y que Okinawa caería. Pero antes de hacerlo, sus defensores harían pagar con sangre estadounidense un precio más aterrador del que podían cobrarse mil ofensivas banzai, un precio que seguramente era lo bastante elevado para impedir una invasión del territorio japonés.
Ése era, en el análisis final, el único objetivo de Yahara.
Mientras tanto, en el bando estadounidense, el almirante Nimitz había elegido a algunos de sus comandantes más capaces y avezados para que dirigieran la Operación Iceberg. Supervisaba la planificación logística a largo plazo el jefe del estado mayor de Nimitz, el almirante en la retaguardia Forrest Sherman. Su homólogo Raymond A. Spruance, cuyo 58.º destacamento había cosechado la asombrosa victoria de Midway en junio de 1942, dando la vuelta a la guerra del Pacífico a favor de Estados Unidos, fue nombrado oficial al cargo de la operación, con la responsabilidad de proteger la invasión antes y durante la batalla. Destinado al mando directo de las fuerzas anfibias se encontraba el aventurero vicealmirante Richmond Kelly Turner, cuyos gestos agresivos fueron comparados con los de un cacique celta por el historiador Samuel Eliot Morison. Aunque su naturaleza irascible irritaba a algunos de sus compañeros, Turner había servido con destreza y distinción en puestos similares en buena parte de las principales campañas de las islas del Pacífico desde Guadalcanal.
Para encabezar a todas las fuerzas de tierra del 10.º ejército de Estados Unidos — integrado por cuatro divisiones de infantería del ejército (7.a a a a , 27. , 77. y 96.) y tres divisiones de los marines (1.a a a , 2. y 6.)— se eligió al teniente general Simón Bolívar Buckner Jr., el atractivo y enérgico hijo y tocayo de un general confederado de la guerra civil.
Aunque ésta sería su primera experiencia conduciendo a todo un ejército al combate, «Buck» Buckner era conocido como un «general de soldados» que prefería pasar el tiempo en la línea del frente que en su cuartel general y era muy respetado por sus hombres. Alto y de constitución recia, con una mata de pelo nívea, también tenía el semblante de un «general de generales» y su experiencia secundaba su aspecto. Tras servir en Filipinas durante la primera guerra mundial, fue nombrado comandante en West Point, y más tarde supervisó la organización defensiva de Estados Unidos en Alaska y las islas Aleutianas. En 1942 recibió una condecoración al «servicio distinguido y meritorio» a raíz de su liderazgo en la reconquista de las islas de Attu y Kiska, que se encontraban en manos japonesas.
Al frente del contingente de los marines del 10.º ejército y sirviendo como segundo al mando de Buckner estaba el general de división Roy S. V. Geiger, comandante del 3.er cuerpo anfibio de marines. Geiger tenía experiencia en combates feroces destruyendo cuevas, pues había dirigido la sangrienta campaña de Peleliu durante los meses de septiembre y octubre anteriores. En dicha labor había aportado una voz de prudencia y razón muy necesaria mientras otros oficiales de los marines desperdiciaban vidas en ataques frontales fútiles contra un enemigo fuertemente atrincherado. Geiger, uno de los pioneros de la aviación en los marines, también capitaneó la legendaria «Fuerza Aérea Cactus» del cuerpo en Guadalcanal.
Varios historiadores y observadores militares han cifrado el personal del 10.º ejército del que disponía el general Buckner en vísperas de la invasión de Okinawa en más de 541 000 efectivos. Pero muchos de ellos eran tropas de retaguardia que no llegarían a oír una sola bala disparada con ira durante la batalla, y mucho menos disparar una ellos mismos. El peso que conllevaba la resolución del gigantesco rompecabezas de las defensas del coronel Yahara y arrebatar los altos de Okinawa al contingente del general Ushijima recaería en una fuerza anfibia de asalto integrada por algo menos de 183 000 hombres.
Salvo la 27.a división de infantería, que carecía de hombres suficientes tras sufrir graves pérdidas en Saipan, las demás divisiones del ejército habían pasado de unos efectivos que rondaban los 15 000 soldados a casi 22 000 cada una. Las tres divisiones reforzadas de marines contaban con unos 24 000 hombres cada una. Todos eran equipos de batalla experimentados, pero estaban poblados de nuevos reemplazos sin veteranía en combate.
La 27. a, una antigua unidad de la Guardia Nacional de Nueva York compuesta sólo por 16 143 hombres, era desdeñada por algunos comandantes estadounidenses, que aducían, amén de su escasez de efectivos, su formación inadecuada y unos oficiales inexpertos, un rendimiento deficiente en Saipan, pese a su elevado número de bajas. El hecho de que las unidades de la Guardia Nacional rara vez fueran enviadas a combatir en el extranjero también contribuyó a la decisión de designar a la 27.a división como «reserva flotante», cuya principal tarea prevista para la campaña sería servir como guarnición ocupante una vez finalizara el combate.
No obstante, el comandante de la 27.a división, el general George W. Griner, sometió a sus veteranos y a 2700 nuevos reemplazos a un duro régimen de maniobras nocturnas para que estuviesen tan listos para el combate como fuese posible antes de embarcar rumbo a Okinawa.
Casi seis meses antes de que las primeras tropas de infantería estadounidenses desembarcaran en Okinawa, la guerra se había cernido sobre la isla desde los cielos, y sus civiles habían probado un amargo anticipo de la carnicería y la destrucción que estaban destinados a soportar en los meses venideros.
A primera hora de la mañana del 10 de octubre de 1944, tan sólo una semana después del histórico encuentro entre los almirantes Nimitz y King en San Francisco, más de mil cazas Hellcat, bombarderos Helldiver y torpederos Avenger de los portaaviones del almirante Halsey asestaron el primer golpe importante a las defensas de Okinawa. Durante jornadas enteras de ataques, devastaron las instalaciones portuarias de Naha, dos aeródromos militares cruciales y otros objetivos con quinientas toneladas de bombas y miles de misiles.
Según los informes japoneses, diez barcos de transporte, treinta buques mercantes, un portahidroaviones, un destructor escolta, dos dragaminas, cuatro minisubmarinos, seis lanchas patrulleras y ocho naves antiaéreas se hundieron en el puerto, junto con incontables embarcaciones de pequeña envergadura. Unos almacenes que contenían 300 000 sacos de arroz —el suministro alimentario de un mes para el 32.º ejército—, además de cinco millones de proyectiles para rifles y ametralladoras y 10 500 de artillería de pequeño calibre, morteros y munición anticarro, fueron pasto de las llamas.
Una consecuencia igualmente importante de las razias aéreas fueron las miles de fotografías de reconocimiento que trajeron los aviones a su regreso. Éstas permitieron a los cartógrafos de la Armada trazar los primeros mapas a escala razonablemente fiables de Okinawa, que resultarían útiles para las unidades de infantería y artillería una vez que se desatara la batalla sobre el terreno.
Por desgracia, la peor destrucción y el mayor número de pérdidas se infligió a los civiles de Okinawa, quienes, sin aviso previo de los ataques, ignoraban por completo cualquier peligro. Las bombas incendiarias lanzadas por las aeronaves atacantes originaron fuegos incontrolables que se propagaron por los endebles barrios residenciales de Naha, destruyeron gran parte de los edificios de la ciudad y se cobraron la vida de más de mil hombres, mujeres y niños.
Sin embargo, por aterrador que resultara este cómputo, era sólo una menudencia en la avalancha de muertes civiles que estaban por llegar.
Para el marinero de primera clase Lester Caffey, la batalla de Okinawa comenzó el 23 de marzo de 1945, ocho días antes de que las primeras tropas estadounidenses pusieran un pie en la isla. Fue entonces cuando el barco de Caffey, el crucero pesado Wichita, se convirtió en la primera gran embarcación estadounidense que llegó y recaló a escasos kilómetros de las playas de invasión situadas al oeste de Hagushi. «La Vieja Bruja», como era conocido con orgullo entre su tripulación el crucero, sólo estuvo precedida por el dragaminas Starling, que había abierto un camino seguro hacia el fondeadero.
El trabajo de Caffey transportando agua en una sala que albergaba una de las ocho calderas que alimentaban los motores del crucero estaba lejos de ser elegante. Pero al fornido joven de dieciocho años procedente de Hill Country, al suroeste de Texas, no le importaba desempeñar aquella labor y se le daba bien. Caffey había obtenido una puntuación de 398 sobre 400 en la prueba de aptitud para convertirse en oficial de máquinas de la Armada, y se había ofrecido voluntario para servir en la sala de calderas.
Cuando la gran nave surcaba las aguas a velocidad de crucero, Caffey no tenía gran cosa que hacer. Pero cuando aminoraba la marcha, debía estar listo para reducir el caudal de agua que entraba en las calderas, y cuando sus motores alcanzaban su velocidad punta de 32 nudos, era responsabilidad suya verificar que la caldera generara una presión de vapor continua de 295 kilos.
Durante la primera hora de aquel primer día, Caffey estuvo más ocupado que nunca desde que entrara en la Armada hacía más de nueve meses. Uno de los vigías del Wichita había localizado el periscopio de un submarino japonés e hizo sonar la alarma. Momentos después, los altavoces tronaron por todo el barco:
«¡Emergencia! ¡Emergencia! ¡Alerta torpedo!».
Caffey corrió hacia su puesto de combate y estuvo a punto de caerse mientras el capitán del Wichita, el comandante D. A. Spencer, ordenaba que los motores fuesen a toda máquina y que el barco siguiera un curso en zigzag.
Las dotaciones de artillería del crucero, excesivamente ansiosas, abrieron fuego casi de inmediato, y alcanzaron por error a una boya, que acabó hundiéndose. Sin embargo, el submarino se escabulló tras disparar un único torpedo contra el Wichita.
«Ese torpedo pasó justo al lado de donde yo estaba», recordaba Caffey muchos años después. «No pudo errar el blanco por más de dos metros. Vi las burbujas en el agua».
Ahora que el sol se ocultaba lentamente por el oeste y se acercaba el crepúsculo el 31 de marzo —Día D menos 1— Caffey contemplaba desde la baranda del crucero la enorme congregación de barcos, unos 1500 en total, que se habían unido al Wichita frente a Okinawa desde esa primera jornada. La tripulación seguía alerta, con vigías apostados a proa y a popa y dotaciones de artillería preparadas. Desde el sobresalto del submarino se habían producido dos ataques kamikazes y una amenaza de incursiones nocturnas perpetradas por buzos enemigos aprestados con explosivos plásticos y cuchillos.
Los pensamientos de Caffey recorrieron medio mundo hasta la granja de su familia, en las colinas de algarrobos y cedros que se extendían al norte de Brady, una población de 5002 habitantes. En su imaginación se veía sentado en el Chevrolet de 1940 de su padre después de asistir a la iglesia un domingo de diciembre y escuchando un programa de radio titulado The Old Fashioned Revival Hour cuando una voz estridente se superpuso a los compases de un himno: «Interrumpimos este programa para ofrecerles un boletín de noticias especial de United Press. Aviones identificados como japoneses han atacado Pearl Harbor, en las islas Hawai, provocando daños generalizados y pérdidas humanas. Permanezcan en nuestra sintonía. Les ofreceremos más detalles en cuanto dispongamos de ellos…».
Dos años y medio después, el 6 de junio de 1944 —el Día D en Normandía—, les se había alistado en la Armada. Apenas hacía tres semanas que había terminado el instituto, y su padre, que ya tenía dos hijos en el ejército, no se alegró al descubrirlo.
—Pero si tienes una prórroga —dijo el padre de Les a su hijo menor—, y la junta de reclutamiento me dijo que probablemente no te llamarían a filas porque tu trabajo en la granja es vital para la defensa de la nación. Además, te necesito aquí.
—Lo siento papá, pero creo que ha llegado la hora de que vaya.
Después de aquello, Caffey había recibido seis estrellas de combate y nunca lamentó su decisión. Se preguntaba si se sentiría igual al día siguiente a la misma hora.
El 26 de marzo, tres días después de la llegada del Wichita, una docena de dragaminas estadounidenses emprendieron la desquiciante misión de despejar las aguas que rodeaban Okinawa de minas japonesas y sufrieron las primeras bajas de la campaña en el proceso.
«El 24 de marzo, tres oficiales de espionaje naval ofrecieron una sesión informativa en el mar», recordaba el capitán de corbeta Lewis Lacy, segundo comandante del U. S. S. Starling, que pertenecía a un grupo de cuatro experimentados dragaminas que incluían al Skylark, el Sheldrakey el Swallow. «Nos dijeron: “Esto puede resultar muy sencillo o muy duro. Depende de si los japoneses utilizan todos los aviones suicidas de los que disponen en Okinawa o los reservan para más tarde. Tienen 7000 aparatos”».
Aunque el Starling disparó contra dos suicidas durante los días siguientes y abatió a uno que estuvo a punto de alcanzarlo, la mayor amenaza para el barco la constituían las minas que había ido a recoger. Lacy, un texano de Fort Worth que había pasado dos años y medio en el Pacífico después de graduarse por la escuela de guardiamarinas de la Northwestern University, donde compartió aula con John F. Kennedy, pronto supo lo duro que sería Okinawa.
Durante la primera mañana de actividad de los dragaminas, mientras se abrían paso hacia la costa desde una profundidad de 45 metros, con el Skylark a la cabeza y el Starling siguiéndole de cerca, el primero colisionó con dos minas en rápida sucesión.
«Después de que la segunda mina impactara en él, se hundió en ocho minutos», rememoraba Lacy. «Fue el primer barco estadounidense en irse a pique en Okinawa, pero pudimos rescatar a 88 de sus 91 tripulantes. Los otros tres se perdieron, y varios de los que rescatamos estaban heridos de gravedad».
El 30 de marzo el Starling había retirado 603 minas —cada una de las cuales podía hacer pedazos una lancha de desembarco— en el bajío que deberían cruzar decenas de miles de soldados invasores de Estados Unidos dos días después.
Cuando la oscuridad se instaló sobre el mar que rodea Okinawa la noche del 31 de marzo, el soldado de primera clase Harry Bender Jr. se sentía más agitado y aprensivo que nunca en sus dieciocho años de vida. Lo más parecido, según podía recordar, fue su primer día de escuela en otoño de 1933.
«Aquella primera mañana, mi hermana me llevó hasta la entrada del colegio y salí directamente por la puerta trasera sin aminorar el paso», recordaba. «Hice lo mismo a diario durante seis semanas, y luego, al no recibir el boletín de notas porque nunca había asistido a clase, mis padres empezaron a sospechar un poco. Cuando quise darme cuenta me habían matriculado en otro colegio y me vigilaban como halcones».
Ahora, como parte de la hornada extra de reemplazos sin experiencia que cubrían vacantes en las filas de la K/3/5 que había ocasionado el baño de sangre de Peleliu, Bender afrontaría su primer combate a la mañana siguiente. Y durante días sólo escuchó de los veteranos de la compañía lo infernal que sería el próximo asalto.
—Dicen que será aún peor que Peleliu, y allí nos dieron una buena somanta — advertía uno de los mayores.
—Sí, he oído que los nipones nos están esperando detrás de un muro de cemento de tres metros con ametralladoras apostadas cada dos metros —intervino otro.
Según cuentan algunos, fue un pequeño milagro que Bender viviera lo suficiente para unirse al Cuerpo de marines en su decimoséptimo cumpleaños, y aún más para convertirse en el fusilero más bajo de la 1.a sección, con sólo 1,60 metros de altura con las botas puestas.
Como podía atestiguar cualquiera que hubiese conocido a Bender de niño, cuando vivía al sur de Chicago, había sido, conforme a su propia descripción, «un auténtico quebradero de cabeza», y las únicas reglas que seguía eran las suyas. Su inclinación natural por los problemas se había prolongado hasta la adolescencia, cuando andaba con un grupo de jóvenes gallitos callejeros. De hecho, su alistamiento en los marines fue el resultado de un pacto entre las autoridades de menores de Chicago y el padre de Bender, Harry Sr., que resultaba ser el presidente de la oficina de reclutamiento local. Todo ocurrió poco después de que Harry hijo y algunos amigos suyos «tomaran prestado» un coche último modelo para dar una vuelta por el barrio de Loop.
«Me dieron a elegir», reconoció Bender muchos años después. «Podía unirme al ejército o ser conducido ante el tribunal de menores. Los marines me parecieron una opción mucho mejor que el reformatorio».
En parte debido a su baja estatura, Bender siempre había sido un luchador, y la tradición del combate se remontaba también a varias generaciones de su familia germano-irlandesa, cuyos miembros habían luchado en todas las guerras estadounidenses desde la Revolución. Su padre, Harry Sr., un marine que había participado en la primera guerra mundial, resultó herido en Francia mientras luchaba en cinco de las seis batallas más importantes de ese conflicto en las que intervinieron las tropas de Estados Unidos.
Dado que era el único hombre de la primera sección que asistió al campo de entrenamiento de San Diego —el resto había recibido la instrucción básica en Parris Island, Carolina del Sur—, Bender recibió el apodo de «Hollywood». Y aunque realmente guardaba cierto parecido con un joven Mickey Rooney, cualquiera que mencionara su aspecto juvenil estaba clamando a gritos unos cuantos puñetazos en la cara.
Pocas cosas habían atemorizado a Harry Bender Jr. durante su corta vida, pero en aquella funesta noche hubo de reconocer que estaba tremendamente asustado, incluso más aún que aquel primer día de escuela cuando tenía seis años.
Al fin y al cabo, no habría puerta trasera por la que escapar cuando la 1. a sección pisara la playa a la mañana siguiente.
Los últimos pensamientos del teniente Quentin «Monk» Meyer cuando estaba a punto de dormirse la noche del 31 de marzo fueron para su novia, Francie Walton, y para la carta que le había escrito unos días antes. Lamentaba no haber enviado otra antes del desembarco del día siguiente. Una de las razones por las que no lo había hecho fue la preocupación acuciante de haber desvelado en exceso sus aprensiones a Francie.
Varios fragmentos de esa última misiva seguían clavados en su mente e inquietándole un poco: «La otra noche tuve un bonito sueño, el primer sueño hermoso en mucho tiempo. Yo llegaba a casa en un barco enorme sin nadie más a bordo. Me encontraba en un gran puerto y allí abajo estabas tú, sola…».
Ahora Meyer se preguntaba si el «bonito sueño» había sido tan bonito después de todo. Mirando atrás, le invadió un lúgubre presagio, y le turbaba no poder recordar cómo terminaba el sueño.
Como bien sabían sus familiares y amigos íntimos, la flemática e intensa personalidad de Monk Meyer contrastaba profundamente con el estatus de celebridad de primera línea del que gozó —o, mejor dicho, toleró— gran parte de su vida.
Merced a que llegó al mundo unos minutos antes que su hermano gemelo, Cord, el 10 de noviembre de 1920, Monk era el mayor de cuatro hijos de unos padres acaudalados que dividían su tiempo entre New Hampshire y Nueva York. Más tarde, su madre dio a luz a una segunda pareja de gemelos, Thomas y William, y cuando los cuatro hermanos acabaron en el Cuerpo de marines en 1944, la distinción les valió una cobertura de primera plana en diversos periódicos estadounidenses.
Sin embargo, por aquella época Monk ya era famoso en toda Nueva Inglaterra como halfback estelar del equipo de rugby de Yale en 1942 y como capitán de su equipo de hockey. Dos años más tarde, en Peleliu, como miembro de la 4.a compañía conjunta de asalto y comunicaciones (JASCO en la jerga militar estadounidense), había protagonizado lo que la prensa describió como «la galopada más larga de su carrera».
Allí no hubo hierba verde o franjas blancas para puntuarla. La trayectoria discurrió por una zona infestada de centenares de japoneses para llegar hasta los maltrechos supervivientes de una compañía de marines que habían quedado aislados del resto de la 1.a división, y culminó con una travesía a nado de medio kilómetro bajo un intenso fuego enemigo. Al poco, Meyer siguió la misma ruta soportando el acoso japonés para alcanzar a su unidad, y más tarde dirigió el bombardeo naval que ayudó a romper el sitio de los marines atrapados. Tras la batalla, la heroica carrera de Meyer fue merecedora de la Estrella de Plata y de una recomendación para que le impusieran la Cruz de la Armada, y su fotografía apareció de nuevo en los periódicos de todo el país.
Sin embargo, Meyer preferiría no haber recibido nada de eso, como había confiado a Francie en su carta más reciente: «No hablaré de la guerra. Pensamos en ella y la vivimos, y eso me aburre. Me interesa sólo cuánto durará y el coste de vidas jóvenes que supondrá, pero sé algo con certeza: en la próxima incursión haré todo lo que esté en mi mano para impedir la matanza de mis hombres…».
Pero entonces marró y escribió más sobre ello. Probablemente mucho más de lo que debería, pensó: «Hemos estado ocupados lustrando nuestras espadas y poniéndonos lanza en ristre, tanto física como mentalmente. ¡El Apocalipsis está en el aire!».
Mientras le vencía el sueño, Meyer aún deseaba haber sido menos franco y dramático sobre sus sentimientos. Le gustaría sobre todo haber podido retractarse de aquélla socarronería del Apocalipsis.
Lo último que pretendía era preocupar a Francie.
Al margen de unas cuantas unidades del Ejército a las que se asignó la conquista de diversos grupos de islas frente a la costa occidental de Okinawa, el resto de los 541 000 soldados de asalto y el personal de apoyo estadounidense tenían poco que hacer el 31 de marzo, salvo esperar a bordo de sus barcos de transporte y lanchas de asalto y escuchar el ruido estremecedor de la artillería. El bombardeo había comenzado casi una semana antes y continuó, con breves intervalos, desde entonces.
Con el transcurso del día la tensión se agudizó entre los soldados y marines que debían atacar las playas a la mañana siguiente. Los hombres se duchaban, consumían raciones e intercambiaban su dinero regular por «yenes de la invasión», examinaban sus armas y guardaban sus pertrechos. Recibieron las últimas órdenes de sus comandantes de unidad, que les recordaban que abandonaran las playas y avanzaran tierra adentro lo antes posible. Les advirtieron sobre el malecón de tres metros que supuestamente circundaba toda la isla. Sin embargo, la realidad era bien distinta, pues había sido pulverizado por el bombardeo previo a la invasión, aunque era un motivo de gran preocupación entre las tropas.
Como dijo el soldado de primera clase Ellis Moore, miembro del 383.º regimiento de infantería de la 96.a división, que iba a bordo de la lancha de asalto 789: «La Armada prometió llenar el muro de agujeros durante su bombardeo preliminar, pero si no lo hacían, era fácil imaginarnos siendo liquidados uno a uno por los japoneses mientras nos encaramábamos a él».
Todo el mundo sabía que la mañana siguiente sería ardua. Según el rumor que se había filtrado entre las tropas, las unidades de asalto podían esperar el desembarco más ferozmente contendido de toda la guerra. El toque de diana llegaría a las 3.45, y todavía más temprano para quienes desearan asistir a algún oficio religioso. Al fin y al cabo, era Domingo de Pascua. También se celebraban los Santos Inocentes. En el espíritu de una u otra celebración —o tal vez ambas—, los mandamases no se referían al día siguiente como Día D. En su lugar, fue bautizado como «Día del Amor».
Se aconsejó a los hombres que se acostaran pronto después de cenar. «Necesitarán todo el descanso que puedan», les indicaron. En su mayoría lo hicieron, pero muchos acusaron problemas de insomnio.
El preludio a Okinawa había terminado. El acontecimiento decisivo acechaba llegado el próximo amanecer.
La noche del 30 de marzo —Viernes Santo y el Día del Amor menos 2—, el ayudante de artillería de tercera clase Hank Kalinofsky, capitán de una batería antiaérea doble de 40 mm a bordo de la lancha cañonera LSM(R) 198, había hecho algo que sabía que ningún buen católico debía hacer jamás: había disfrutado de una copiosa cena a base de pavo y degustado hasta el último bocado. Después tuvo la opresiva sensación de haber ofendido al Todopoderoso.
«Iré al infierno de cabeza», pensó. «¡Pero madre mía, ese pavo estaba delicioso!».
Sus intentos por racionalizar su fechoría no hicieron más que agravar sus preocupaciones. A los católicos se les prohibía comer carne incluso los viernes normales, y violar esa norma en Viernes Santo, uno de los días más sagrados del año, sin duda debía encontrarse entre los pecados más imperdonables.
Los acontecimientos que siguieron no ayudaron a tranquilizar a Kalinofsky. El LSM(R) 198 era una de las doce lanchas cañoneras construidas especialmente para la campaña de Okinawa. Con capacidad para disparar 1100 misiles de 13 mm en un espacio de unos cinco minutos, cada uno de los barcos poseía una potencia de fuego increíble. Habían navegado juntos desde Charleston, Carolina del Sur, para unirse a la batalla, pero el Día del Amor menos 1, uno de ellos, el LSM(R) 197, ya había sido destruido por un kamikaze, y los ataques suicidas estaban volviéndose más frecuentes.
Con buena parte de la cubierta ocupada por 110 lanzamisiles, su limitada capacidad antiaérea convertía a las lanchas cañoneras en objetivos más vulnerables para los suicidas. Como el hombre al cargo de una de las principales armas antiaéreas del 198, Kalinofsky estaba tan expuesto al peligro de los kamikazes como cualquier otro tripulante de la nave. Intentaba no pensar demasiado en ello, pero una pregunta inquietante persistía en su mente: «¿Así es como Dios decidiría tomarse Su represalia contra un pecador glotón de Viernes Santo?».
El Domingo de Pascua —el Día del Amor en Okinawa—, al marinero de veinticuatro años y oriundo de Edwardsville, Pensilvania, una ciudad dedicada a la extracción de carbón, todavía le afligían su transgresión y sus posibles consecuencias. Alguien dio a Kalinofsky un bocadillo, y recuerda que se dijo a sí mismo: «Probablemente no tenga otra oportunidad de comer en mucho tiempo. Seguramente será el desayuno, la comida y quizá también la cena».
Entonces, de súbito, los kamikazes estaban por todas partes, volando raudos a baja altura contra el cielo de la madrugada, y Kalinofsky y los demás artilleros disparaban contra ellos cientos de andanadas por minuto. Mientras trataba de sostener el bocadillo con una mano, la sacudida de su cañón de 40 mm le hizo soltarlo. En un instante, el bocadillo desapareció para siempre, probablemente hundiéndose en el mar. Kalinofsky sintió un atisbo de disgusto, seguido de un peculiar alivio.
«¿Éste es mi único castigo por comer carne en Viernes Santo?», se preguntó. «¿Ya estamos en paz, Dios?».
Al no hallar respuesta a sus dudas desde lo alto, desterró cualquier pensamiento que no fueran los cañones dobles de 40 mm y el siguiente kamikaze que se aproximaba.
Pese a lo aterradores que resultaban para observadores de primera línea como Kalinofsky, los ataques suicidas de esa mañana en realidad fueron aislados y esporádicos en comparación con la arremetida kamikaze que lanzarían los japoneses unos días después.
Sería la mayor ofensiva suicida que el mundo haya presenciado. Durante varias semanas, Kalinofsky se preguntaría a diario si su «pecado» realmente había sido perdonado o si su Creador le deparaba algo mucho más terrible.
Debido a las estrictas órdenes de la Armada de mantener a todas las tropas de infantería confinadas bajo el puente con las escotillas cerradas cuando las razias aéreas fueran inminentes, el sargento mecánico de los marines Walt McNeel no avistó un solo avión kamikaze aquella mañana. Pero escuchó varios, y parecía que todos ellos se abalanzaban directamente sobre la bodega de su buque de transporte. Aunque tras la norma de la Armada quizá hubiese un razonamiento sólido, hacía que muchos de los cautivos se sintieran más indefensos que si hubieran podido ver venir el peligro.
«Estábamos atrapados como ratas ciegas allí abajo», contaba McNeel, que dirigía una dotación de mecánicos de los Grumman F6F Hellcat, pertenecientes al escuadrón de cazas nocturnos VMF(N)-542 de los marines. «Parecía diez veces peor que estar sobre el puente y ver cómo llegaban esos aviones».
Las únicas noticias sobre lo que ocurría afuera debían ser transmitidas por radio al personal del escuadrón por un capellán de los marines, a quien se permitía permanecer en el puente pero, normalmente, cuando el capellán ofrecía la información el peligro había pasado.
McNeel era un veterano avezado cuyo hermano mayor, Dave, un fusilero de la 1.a división de marines, había perecido en Peleliu y recibió una Estrella de Plata a título póstumo. El propio Walt había sido blanco del fuego enemigo en más de una ocasión —y contaba con que volvería a serlo cuando el escuadrón desembarcara—, pero no recordaba nada tan pavoroso como aquello.
Lo peor, pensaba, era que los mandamases calculaban que les llevaría una semana o más dominar el aeródromo de Yontan, donde sería destinado el escuadrón. Hasta entonces, McNeel y el resto del personal de tierra permanecerían confinados en las tripas del barco, escuchando el crujir de la voz del capellán a través de la radio y esperando. Y también preguntándose: «¿Viviré para poner de nuevo un pie en tierra o moriré aquí mismo, en este ataúd de acero?».
La mañana del Día del Amor, un grupo de soldados de infantería de los marines, airados y nerviosos porque los ventiladores que hacían circular aire en la bodega de la nave se apagaron cuando se desvió la electricidad a las baterías antiaéreas, empezaron a maldecir y gritar a los marineros que controlaban las escotillas cerradas:
—¡Nos asfixiaremos en este maldito lugar! ¡Por Dios, dejadnos salir de aquí!
—Lo siento —contestaban los marineros—, tenemos órdenes de dejar esta escotilla cerrada.
El soldado de primera clase Gene Sledge, uno de los marines situados más cerca de la trampilla, se unió a la protesta, y él y algunos compañeros trataron de soltar las mordazas que la mantenían cerrada. Los marineros reforzaron inmediatamente las mordazas desde el otro lado, pero cuando más marines desesperados cooperaron en el enfrentamiento, su esfuerzo resultó ser demasiado para el personal de cubierta.
«Uno de los marineros cayó rodando por la cubierta», rememoraba Sledge. «En un momento estábamos todos fuera, respirando el aire fresco».
El único oficial a la vista, un joven alférez de la Armada con una automática del 45 amarrada al cinturón, intentó acorralar en vano a los escapados. Cuando los marines ignoraron sus gritos exhortándoles a que regresaran a sus dependencias, el alférez empezó a amenazarles con un consejo de guerra masivo. Finalmente, un amigo de Sledge habló: «Señor, llegaremos a esa playa en breve y muchos de nosotros quizá no estemos vivos dentro de una hora. Preferimos arriesgarnos a ser alcanzados por un avión japonés que volver ahí dentro y morir de asfixia».
El alférez contempló a los hombres por un momento, dio media vuelta y se dirigió rápidamente hacia el puente. Fue la última vez que le vieron. Unos minutos después aparecieron algunos de sus oficiales.
«Recojan sus equipos y aguarden para descender por las redes», anunciaron. «Las lanchas les esperan». Aquello fue casi un alivio.