Pactar con el diablo
Capítulo I
Kevin Taylor, de veintiocho años, levantó la vista de los periódicos extendidos sobre la larga mesa que se hallaba frente a él e hizo una pausa, para fingir que pensaba a fondo en algo antes de interrogar al testigo. Estos pequeños gestos espectaculares le salían de una manera natural y eran una combinación de su histrionismo y sus conocimientos de psicología. Por lo general, esos silencios inesperados entre la formulación de preguntas y el examen de documentos desconcertaba a los testigos. En esa ocasión estaba tratando de intimidar al director de una escuela primaria, Philip Cornbleau, un hombre de cincuenta y cuatro años, casi calvo, delgado, de cabello oscuro y piel pálida. Este se hallaba sentado en el estrado y mostraba su impaciencia: tenía agarradas las manos frente a sí y movía los dedos con nerviosismo.
Kevin echó una ojeada rápida al público. La expectación era tal que habría sido adecuado utilizar la vieja expresión de que «el aire se podía cortar con un cuchillo». Parecía que todo el mundo estuviera aguantando la respiración. De repente, cuando la luz del sol atravesó los grandes ventanales del Palacio de Justicia de Blithedale, la sala se iluminó. Fue como si un técnico de luces hubiera apretado un interruptor. Sólo faltaba que el director gritara, «¡Acción!».
La sala de vistas estaba de bote en bote, pero la mirada de Kevin se concentró en un hombre apuesto, de aspecto distinguido, situado en las últimas filas y que lo observaba fijamente con una sonrisa cariñosa y llena de orgullo; Kevin habría esperado esa mirada de su padre, aunque ese hombre no era lo bastante viejo para ser su progenitor. Tendría poco más de cuarenta años, y su aspecto revelaba cierto poder adquisitivo; Kevin reconoció el traje de rayas gris carbón de Giorgio Armani. Había echado el ojo codiciosamente a ese traje antes de comprarse el que llevaba en ese momento: uno cruzado de lana azul oscuro. Lo había adquirido en las rebajas por la mitad de lo que costaba el de Armani.
El hombre saludó a Kevin con una ligera inclinación de cabeza.
Unas cuantas toses secas procedentes de uno y otro lado interrumpieron el silencio de la sala. Lois Wilson, de veinticinco años, profesora de quinto curso, iba a ser juzgada por abuso de menores en la pequeña comunidad dormitorio de Nassau County, de Blithedale: casi todos sus residentes, de clase media alta, se trasladaban a diario a la ciudad de Nueva York. Con un aspecto bastante rural, Blithedale era una especie de oasis. Tenía terrenos ajardinados, calles anchas y limpias bordeadas de robles y arces rojos, y un barrio financiero relativamente tranquilo. No había grandes galerías comerciales, ni zonas excesivamente pobladas por grandes almacenes, gasolineras, restaurantes o moteles. Los anuncios tenían que ajustarse a códigos muy estrictos; los carteles llamativos o de colores vivos estaban prohibidos.
A sus habitantes les gustaba la sensación de estar en una especie de burbuja. Podían ir y volver de Nueva York cuando les apeteciera, pero a su regreso llevaban una existencia tranquila y bien protegida y se sentían como Alicia en el país de las maravillas. No sucedía nada notorio, y eso era precisamente lo que querían.
Un día Lois Wilson, nueva profesora de la escuela primaria, fue acusada de abusar sexualmente de una niña de diez años. Una investigación realizada por la escuela desveló tres sucesos similares. Además, los antecedentes descubiertos y los rumores que corrían por el pueblo establecieron inequívocamente que la mujer era lesbiana. Vivía en una casa alquilada de las afueras de Blithedale con su novia, una profesora de idiomas de un instituto de segunda enseñanza cercano, y nunca salía con hombres ni se le conocían relaciones masculinas.
En el bufete de Boyle, Carlton & Sessler, nadie estaba demasiado entusiasmado con la idea de que Kevin llevara el caso. La verdad es que a éste, tan pronto se enteró del problema de Lois Wilson, le faltó tiempo para ofrecerle sus servicios; y una vez ella le hubo encomendado el asunto, amenazó con abandonar el gabinete si los socios más antiguos le prohibían hacerse cargo del mismo. Sus conflictos en la oficina iban cada día a más pues se mostraba disconforme con el enfoque conservador que tenían sus miembros sobre la ley y se sentía inquieto ante el rumbo que inevitablemente tomaría su vida si seguía allí demasiado tiempo. Ese era el primer caso espectacular y realmente sustancioso que caía en sus manos, el primero en el que podría exhibir sus habilidades y su perspicacia. Se sentía como un deportista que participa por fin en una competición importante. Quizá no eran los Juegos Olímpicos, pero sí algo más que los campeonatos escolares locales. Los periódicos metropolitanos ya estaban haciendo un seguimiento del caso.
El fiscal del distrito, Martin Balm, le propuso a Kevin llegar a un acuerdo inmediato para sacar la historia de los medios de comunicación y evitar todo sensacionalismo. Esperando suscitar la comprensión de Kevin, el fiscal remarcaba que la medida más importante que debía tomarse era la de mantener a las niñas alejadas de la sala de vistas y no hacerles pasar de nuevo por algo tan horroroso. Si Lois se declaraba culpable, le caerían cinco años de libertad vigilada y asesoramiento psicológico. Desde luego, su carrera como profesora habría llegado a su fin.
Sin embargo, Kevin le aconsejó a su cliente que no aceptara la propuesta, y ella estuvo de acuerdo con él. En ese momento se hallaba sentada de manera recatada, con la vista baja concentrada en las manos cruzadas sobre el regazo. Kevin le había dicho que tratara de no parecer arrogante, sino de mostrarse como una persona que sufría y que estaba herida. De vez en cuando sacaba el pañuelo del bolso y se lo llevaba a los ojos.
La verdad es que había ensayado esos gestos en el despacho de Kevin, quien le había enseñado cómo mirar con atención a los testigos o con optimismo al jurado. La grabó en vídeo y rebobinó una y otra vez mientras le daba indicaciones sobre el modo de mirar, la forma de peinarse, la postura de los hombros y la manera de mover las manos. Le decía que estábamos en la era visual: los iconos, los símbolos y las posturas eran muy importantes.
Kevin se volvió para mirar rápidamente a su esposa Miriam, que estaba cuatro filas más atrás. Parecía nerviosa, tensa y preocupada por él. Al igual que Sanford Boyle, ella también le había sugerido que no se hiciera cargo del caso, pero Kevin estaba entregado a él más de lo que lo había estado a ningún otro durante sus tres años de experiencia como abogado. No hablaba de otra cosa; se pasaba horas y horas investigando, preparando las pruebas, dedicando a ello incluso los fines de semana; en definitiva, haciendo mucho más de lo que justificaban el anticipo y la minuta final.
Le dirigió a Miriam una sonrisa llena de confianza y se volvió de golpe, como si un resorte lo hubiera vuelto a su posición anterior.
—Señor Cornbleau, ¿fue usted mismo quien habló con las tres niñas el martes 3 de noviembre? —Sí.
—¿Fue la supuesta primera víctima, Barbara Stanley, quien le informó sobre esas otras tres? —Kevin asintió, como confirmando la respuesta antes de escucharla.
—Así es. Por eso las llamé a mi despacho.
—¿Puede contarnos qué dijo usted de entrada tan pronto llegaron?
—¿Cómo? —Cornbleau frunció el ceño, como si la pregunta fuera ridícula.
—¿Cuál fue la primera pregunta que formuló a las niñas? —Kevin dio unos pasos hacia el estrado del jurado—. ¿Les preguntó si la señorita Wilson les había tocado el culo? ¿Les preguntó si les había metido la mano por debajo de la falda?
—No, por supuesto.
—Entonces, ¿qué les preguntó?
—Les pregunté si habían tenido con la señorita Wilson el mismo tipo de problema que Barbara Stanley.
—¿El mismo tipo de problema? —Al oír la palabra «problema» hizo una mueca.
—Sí.
—De modo que Barbara Stanley contó a sus amigas lo que supuestamente le había sucedido a ella, y las tres le relataron a ella experiencias similares, pero ninguna se lo había explicado antes a nadie. ¿Está diciendo esto?
—Sí. Es lo que yo entendí.
—Vaya niña de diez años más carismática —soltó en un tono sarcástico Kevin, como si estuviera simplemente pensando en voz alta. Algunos miembros del jurado enarcaron las cejas. Un hombre calvo que se hallaba en el extremo derecho de la fila delantera ladeó la cabeza con aire pensativo y miró fijamente y con atención al director de la escuela.
Cuando Kevin se dio la vuelta y miró al público, advirtió que en el fondo de la sala el hombre de aspecto solemne había esbozado una amplia sonrisa y estaba asintiendo con una actitud alentadora. Kevin se preguntó si no sería un pariente de Lois Wilson, tal vez un hermano mayor.
—Bien, señor Cornbleau, ¿puede decirle a este tribunal qué curso estaba haciendo Barbara Stanley?
—Estaba en quinto de primaria.
—Quinto de primaria. ¿Y había tenido antes algún otro conflicto con la señorita Wilson?
—Sí —murmuró el director.
—¿Cómo dice?
—Sí. La envió a mi despacho en dos ocasiones por negarse a hacer sus deberes y por decir malas palabras en clase, pero…
—¿Podría usted afirmar por tanto y sin miedo a equivocarse que Barbara no sentía demasiado cariño por la señorita Wilson?
—Protesto, señoría. —El fiscal del distrito se levantó—. El abogado defensor está pidiéndole al testigo que llegue a una conclusión.
—Se acepta la protesta.
—Lo siento, señoría. —Kevin se dirigió de nuevo a Cornbleau—. Volvamos a las tres niñas, señor Cornbleau. Aquel día que estaban en su despacho, ¿le pidió a cada una de ellas que le contara su experiencia?
—Sí, creí que lo más oportuno era desentrañar el asunto.
—¿Está diciendo que mientras una contaba su historia, las otras dos escuchaban? —preguntó, torciendo el gesto para poner de relieve su sorpresa e incredulidad.
—Sí.
—¿No le parece algo impropio? Quiero decir, exponer a las niñas a esas historias… supuestas experiencias…
—Bueno, era una investigación.
—Sí, ya. ¿Había tenido usted con anterioridad alguna vivencia como ésta?
—No, nunca. Por eso me pareció tan escandaloso.
—¿Les advirtió a las niñas que si estaban inventándolo todo se meterían en un buen lío?
—Desde luego.
—Sin embargo, usted se inclinó más bien a creerlas, ¿no es cierto? —Sí.
—¿Por qué?
—Porque decían las mismas cosas y las describían de la misma manera. — Cornbleau parecía satisfecho consigo mismo y con su respuesta, pero Kevin se le acercó unos pasos y sus preguntas le bombardearon sin interrupción.
—Entonces, ¿podían haberlo ensayado?
—¿Qué?
—¿Podían haberse reunido para memorizar sus respectivas historias?
—No entiendo…
—¿Es posible?
—Bueno…
—¿No ha conocido usted a niños de esa edad que mientan?
—Por supuesto.
—¿Y a varios mintiendo a la vez?
—Sí, pero…
—Entonces, ¿cabe dentro de lo posible?
—Supongo que sí.
—¿Lo supone?
—Bueno…
—¿Llamó a la señorita Wilson a su despacho para corroborar las historias, inmediatamente después de hablar con las niñas?
—Sí, desde luego.
—¿Y cuál fue la reacción de ella?
—No lo negó.
—Quiere usted decir que se negó a ser interrogada si no era en presencia de un abogado, ¿no es así? —Cornbleau reveló cierta agitación—. ¿Sí o no? —inquirió Kevin.
—Sí, esto es lo que dijo.
—Y acto seguido usted siguió adelante e informó al inspector escolar, y a continuación ambos llamaron al fiscal del distrito. ¿Es eso cierto?
—Sí. Seguimos las normas del consejo escolar para esta clase de cuestiones.
—¿Citó a su despacho a otros alumnos para proseguir con la investigación?
—No.
—Y usted y el inspector suspendieron temporalmente de sus funciones a la señorita Wilson antes de ser acusada formalmente, ¿es así?
—Como he dicho antes…
—Por favor, limítese a responder la pregunta. —Sí.
—Sí —repitió Kevin, como si esto fuera un reconocimiento de culpa. Hizo una pausa, su rostro dibujó una ligera sonrisa al volverse desde Cornbleau al jurado, y enseguida se dirigió de nuevo al director.
—Señor Cornbleau, ¿discutió en alguna ocasión con la señorita Wilson sobre sus tablones de anuncios? —Sí.
—¿Por qué?
—Eran demasiado pequeños y no se ajustaban a la norma.
—O sea, ¿mantenía usted una actitud crítica hacia ella como profesora?
—La decoración del aula contribuye a la eficacia de la enseñanza —respondió Cornbleau en tono pedante.
—Ya, ya, pero la señorita Wilson no… digamos, ¿no compartía el mismo criterio que usted respecto a los tablones de anuncios?
—No.
—De hecho, en el informe que usted redactó sobre ella la calificaba de «desdeñosa».
—Por desgracia, en la universidad no todos los aspirantes a profesores reciben la misma preparación —respondió Cornbleau con una sonrisa afectada.
Kevin asintió.
—Sí, ¿por qué no serán todos como nosotros? —preguntó en tono retórico, ante lo cual algunas personas del público ahogaron unas risitas.
El juez dio unos golpes con el mazo.
—También le reprochó usted a la señorita Wilson su forma de vestir, ¿verdad? — prosiguió Kevin sin dilación.
—Sí, creo que debería vestirse de una forma más discreta.
—Sin embargo, el jefe del departamento de la señorita Wilson le ha dado una y otra vez puntuaciones altas por su capacidad como enseñante —interrumpió Kevin, levantando la voz—. En el último informe decía lo siguiente —Kevin cogió el documento y leyó—: «Lois Wilson posee una comprensión intrínseca de los niños. Sea cual sea el obstáculo, parece capaz de ponerse a su nivel y animarlos». —Dejó el documento sobre la mesa—. Es un informe bastante favorable, ¿no cree?
—Sí, pero ya he dicho…
—No hay más preguntas, señoría.
Kevin volvió a su mesa con la cara roja de furia, algo que tenía la capacidad de lograr en cuestión de un segundo. Todos los ojos estaban puestos en él. Cuando miró hacia atrás al hombre elegante del público, observó que la sonrisa de éste había desaparecido de su rostro para dar paso a una sincera mirada de admiración. Kevin se sintió alentado.
Por otro lado, Miriam parecía triste, lo bastante para romper a llorar. Cuando él la buscó con la mirada, ella bajó rápidamente la suya. «Siente vergüenza ante mí — pensó Kevin—. Dios mío, todavía siente vergüenza. Pero no por mucho tiempo», concluyó con seguridad.
—Señor Balm, ¿hay más preguntas para el señor Cornbleau?
—No, señoría. Quiero llamar al estrado a Barbara Stanley —respondió el fiscal, con un tono de desesperación en la voz.
Kevin dio una palmadita en la mano de Lois Wilson, tratando de tranquilizarla. Había logrado llevar a la acusación al meollo del asunto.
Una niña gordinflona, con el cabello castaño claro rizado y cortado justo por debajo de las orejas, se acercó por el pasillo. Lucía un vestido azul pálido que incluía un cuello blanco con volantes y unas mangas blancas con muchos adornos. La holgada prenda parecía realzar su gordura.
Se sentó muy nerviosa y levantó la mano para prestar juramento. Kevin asintió para sí mismo y dirigió una mirada cómplice a Martin Balm. La niña había sido convenientemente instruida al respecto. Balm también había hecho los deberes; no obstante, Kevin tenía la sensación de que él había trabajado todavía más, y que eso sería lo que decantaría la balanza a su favor.
—Barbara —empezó diciendo Martin Balm, acercándose a ella.
—Un momento, señor Balm —interrumpió el juez. Acto seguido se inclinó hacia la niña y le preguntó—: Barbara, ¿sabes que acabas de jurar que… dirás la verdad? —Barbara echó un vistazo rápido al público, y después se volvió hacia el juez y respondió que sí con un gesto de cabeza—. Y lo que vas a decir aquí es muy importante, ya lo sabes, ¿no? —Ella repitió el movimiento afirmativo, aunque en esa ocasión de manera más leve. El juez volvió a apoyarse en el respaldo—. Proceda, señor Balm.
—Gracias, señoría. —Balm se aproximó al estrado de los testigos. Era un hombre alto, delgado, que había iniciado una prometedora carrera política. No se sentía nada cómodo con el caso, y por ello había tratado de que Kevin y Lois Wilson aceptaran su propuesta de acuerdo. Pero no lo había logrado y ahí estaba, dependiendo del testimonio de una niña de diez años—. Me gustaría que le explicaras al tribunal exactamente lo que le contaste al señor Cornbleau aquel día en su despacho. Ve despacio, por favor.
La niña gordinflona lanzó una rápida ojeada a Lois. Kevin le había dicho a ésta que mirara fijamente a todos los niños con atención, sobre todo a las tres niñas que avalaban las acusaciones de Barbara Stanley.
—Bueno… A veces, cuando hacíamos artes especiales…
—Artes especiales… ¿Qué son, Barbara?
—Artes especiales es arte, o lectura, o música. La clase va donde el profesor de arte o el profesor de música. —La pequeña recitaba, con los ojos medios cerrados. Kevin se dio cuenta de que Barbara estaba haciendo un gran esfuerzo por hacerlo todo correctamente. Cuando miró alrededor, advirtió que ciertos miembros del público disimulaban la sonrisa, animando en secreto a la niña. Sin embargo, el caballero del fondo de la sala parecía agitado, casi enfadado.
—Ya —dijo Balm, confirmando con un gesto—. Los alumnos cambian de aula, ¿verdad? —Ajá.
—Por favor, di sí o no, Barbara, ¿de acuerdo?
—Ajá… Quiero decir, sí.
—De acuerdo; así que, a veces, cuando teníais artes especiales… —apuntó Balm.
—La señorita Wilson nos decía a una de nosotras que se quedara un rato más al final —continuó Barbara, siguiendo la entrada que acababa de brindarle el fiscal.
—¿Quedarse un rato más al final significa estar sola con ella en el aula? —Sí.
—Sigue, por favor.
—Una vez me lo dijo a mí.
—Y sobre lo que pasó esta vez, ¿qué le contaste al señor Cornbleau?
Barbara se volvió un poco en el asiento para así poder evitar la mirada de Lois. Entonces respiró hondo y empezó.
—La señorita Wilson me pidió que me sentara a su lado y me dijo que yo estaba creciendo y convirtiéndome en una chica muy bonita, pero que había cosas que yo debía conocer sobre mi cuerpo, cosas de las que los adultos prefieren no hablar. — Hizo una pausa y bajó los ojos.
—Sigue.
—Decía que hay lugares especiales.
—¿Especiales?
—Sí.
—¿Y qué quería ella que tú supieras sobre estos lugares, Barbara? —La niña echó un vistazo rápido en la dirección de Lois Wilson y se volvió de nuevo hacia el fiscal —. Barbara, ¿qué quería que supieras? —repitió Balm.
—Que pasan cosas especiales cuando… cuando alguien los toca.
—Ya. Y entonces, ¿qué hizo? —Balm le hizo una señal con la cabeza para animarla a continuar.
—Me enseñó los lugares.
—¿Te los enseñó? ¿Cómo?
—Los señaló, y después me pidió que se los dejara tocar porque así yo lo entendería mejor.
—¿Se lo permitiste, Barbara?
La niña apretó con fuerza los labios y asintió.
—¿Sí o no? —Sí.
—¿Dónde te tocó exactamente, Barbara?
—Aquí y aquí —respondió Barbara, señalándose el pecho y entre las piernas.
—¿Sólo te tocó aquí o hizo algo más?
Barbara se mordió el labio inferior.
—Sabemos que es duro, Barbara. Pero para hacer las cosas bien, hemos de preguntarte todo eso. Lo enciendes, ¿verdad? —Ella contestó que sí con la cabeza—. Muy bien, cuéntaselo al tribunal. ¿Qué más hizo la señorita Wilson?
—Me puso la mano aquí —respondió, colocándose la mano derecha entre las piernas— y frotó.
—¿Puso la mano aquí? O sea, ¿por debajo de la ropa?
—Sí.
—¿Qué sucedió después, Barbara?
—Me preguntó si sentía algo especial. Yo le contesté que sólo un cosquilleo, y entonces pareció enfadada y retiró la mano. Me dijo que yo todavía no estaba preparada para entenderlo, pero que ella lo intentaría de nuevo en otra ocasión.
—¿Y lo hizo?
—Conmigo no —respondió Barbara con rapidez.
—¿Con amigas tuyas, con otras niñas de la clase? —Sí.
—Y cuando tú les contaste lo que la señorita Wilson te había hecho, ellas te explicaron a ti lo que les había hecho a ellas, ¿es así? —Sí.
Un débil murmullo recorrió la sala. El juez dirigió al público una mirada de reprobación, y se hizo el silencio al instante.
—¿Y entonces se lo contasteis todo al señor Cornbleau? —Sí.
—Muy bien, Barbara. Ahora el señor Taylor también te va a hacer algunas preguntas. Cuéntale toda la verdad igual que me la has contado a mí —dijo Balm; luego se volvió hacia Kevin y le dirigió una inclinación de cabeza.
También se le daban bien los gestos teatrales.
«Muy agudo —pensó Kevin—. Me voy a acordar de ésta: cuéntale toda la verdad igual que me la has contado a mí».
—Barbara —dijo Kevin antes de levantarse—, tu nombre completo es Barbara Elizabeth Stanley, ¿verdad? —Su tono de voz era suave y amistoso.
—Sí.
—En tu clase hay otra niña llamada Barbara, ¿no?
Ella asintió y Kevin se le acercó, todavía sonriente.
—Pero su nombre es Barbara Louise Martin, y para diferenciar, para distinguir entre una y otra, la señorita Wilson la llamaba a ella Barbara Louise, y a ti, simplemente Barbara, ¿verdad? —Sí.
—¿Te cae bien Barbara Louise?
La niña se encogió de hombros.
—¿Crees que a la señorita Wilson le gustaba más Barbara Louise que tú?
Barbara Stanley miró a Lois, cuyos ojos reflejaban la tensión.
—Sí —contestó.
—¿Porque Barbara Louise va mejor en clase?
—No lo sé.
—¿Intentaste que los otros niños tuvieran antipatía a Barbara Louise?
—No.
—Barbara, el juez te ha advertido antes que cuando se testifica ante un tribunal hay que decir la verdad. ¿Estás diciendo la verdad? —Sí.
—¿Pasaste a tus amigas de clase papelitos en los que te reías de Barbara Louise?
Los labios de Barbara temblaron un poco.
—¿Verdad que la señorita Wilson te sorprendió en la clase pasando esos papelitos a tus amigas? —insistió en la pregunta, confirmando con un gesto de la cabeza. Barbara miró a Lois Wilson y a continuación al público de la sala en busca de sus padres—. La señorita Wilson registra convenientemente todo lo que ocurre en el aula —precisó Kevin, volviéndose hacia Cornbleau—. También guardó los papelitos de Barbara. —Kevin desenvolvió un trozo de papel—. «Vamos a llamarla Barbara Lela», le escribiste a alguien, y a partir de entonces unos cuantos alumnos empezaron a llamarla así, ¿es verdad o no? —Barbara no respondió—. De hecho, las otras niñas que afirman que la señorita Wilson les hizo cosas siguieron tu ejemplo y llamaban a Barbara Louise «Barbara Lela», ¿es así?
—Sí. —Barbara estaba a punto de romper a llorar.
—Así que me acabas de mentir cuando te he preguntado si intentaste que los otros niños no fueran amigos de Barbara, ¿verdad? —preguntó con una aspereza inesperada. Barbara Stanley se mordió el labio inferior—. ¿Es así o no? —insistió. Ella asintió—. Y quizá también has mentido en todo lo que le has contado al señor Balm, ¿eh? —Ella negó rápidamente con la cabeza.
—No —replicó la pequeña con un hilo de voz. Kevin percibía las miradas de furia y odio en algunos presentes en la sala. El ojo derecho de Barbara soltó una lágrima que se deslizó sin obstáculos por la mejilla.
—Siempre quisiste ser tan estimada por la señorita Wilson como lo era Barbara Louise, ¿verdad?
Barbara se encogió de hombros.
—De hecho, siempre quisiste ser la más estimada de la clase, la que tuviera más éxito tanto con los niños como con las niñas, ¿sí o no?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? No estarás mintiendo otra vez, ¿verdad? —Kevin lanzó una mirada al jurado—. Le confesaste esto a Mary Lester, ¿sí o no? —Ella empezó a negar con la cabeza—. Barbara, puedo pedir que Mary venga aquí; recuerda por tanto, que has de decir la verdad. ¿Le hablaste a Mary de que deseabas que todo el mundo detestara a Barbara Louise y que todos te apreciaran más a ti? —preguntó, subiendo su tono de voz.
—Sí.
—De modo que a Barbara Louise todo el mundo la aprecia mucho, ¿verdad? — Sí.
—A ti también te gustaría, ¿verdad? ¿Ya quién no? —soltó él, casi riendo. Barbara no sabía si tenía que responder la pregunta, aunque Kevin no necesitaba la respuesta—. Mira, Barbara, ya sabes que tú y las otras niñas estáis acusando a la señorita Wilson de hacer cosas sexuales, de haceros a vosotras cosas sexuales malas. ¿Hasta aquí, de acuerdo?
Con los ojos más abiertos, Barbara asintió. Kevin la miró fijamente.
—Sí —respondió ella por fin.
—¿Era la primera vez que te hacían cosas sexuales o que tú hacías algo sexual, Barbara? —preguntó rápidamente. En aquel momento se produjo en la sala un momentáneo grito de sorpresa, seguido de un murmullo de desaprobación. El juez hizo sonar el mazo.
Barbara asintió despacio.
—¿Sí?
—Sí —contestó.
—¿Y qué hay de aquella tarde, después de salir de la escuela, en que tú, Paula, Sara y Mary invitasteis a Gerald y Tony a tu casa, cuando no estaban tus padres, cuando no había nadie de tu familia? —preguntó Kevin con calma. Barbara se puso colorada y por un momento miró en vano a su alrededor. Kevin se le acercó y casi en un susurro preguntó—: Barbara, ¿sabías que Mary le contó a la señorita Wilson lo que pasó aquella tarde?
Barbara estaba aterrorizada. Negó rápidamente con la cabeza.
Kevin sonrió. Cuando miró a Martin Balm, advirtió la confusión de éste en su rostro. Hizo un gesto de confirmación y dirigió al jurado una mueca burlona.
—No te ha ido muy bien en la clase de la señorita Wilson, ¿verdad, Barbara? — preguntó con un tono nuevamente suave y amistoso.
—No. —Barbara enjugó una lágrima—. Pero no es culpa mía —añadió acto seguido, contenta de que el interrogatorio tomara un rumbo distinto.
Kevin hizo una pausa, como si ya hubiera terminado, pero enseguida se dirigió otra vez a la niña.
—¿Crees que la señorita Wilson te tiene manía y esto te pone las cosas difíciles? —Sí.
—O sea, preferirías que ella dejara de ser tu profesora, ¿verdad?
Barbara era incapaz de evitar la mirada profunda de Lois. Se encogió de hombros.
—¿Sí o no? —apremió Kevin.
—Sólo quiero que deje de meterse conmigo.
—Ya. Muy bien, Barbara. ¿Cuándo ocurrió el incidente entre tú y la señorita Wilson? ¿En qué fecha?
—Protesto, señoría —dijo Balm, levantándose con rapidez—. No podemos pretender que la pequeña recuerde la fecha exacta.
—Señoría, la acusación presenta a esta niña como la principal testigo contra mi cliente. No podemos ponernos a seleccionar lo que debería recordar o no respecto a un alegato tan importante. En todo caso, si su testimonio adolece de imprecisión…
—Muy bien, señor Taylor; se admite su observación. Protesta denegada. Haga su pregunta, señor Taylor.
—Gracias, señoría. Bien, Barbara, dejemos la fecha. ¿Sucedió un lunes, un jueves? —preguntó Kevin con rapidez, casi echándose encima de la pequeña.
—Eeeh… era martes.
—¿Martes? —Dio otro paso en dirección a ella.
—Sí.
—Pero, Barbara, los martes no tenéis artes especiales —respondió él al instante, aprovechándose de un golpe inesperado de buena suerte: la confusión de la niña. Barbara miró alrededor, impotente.
—Bueno… quería decir jueves.
—Un jueves… ¿Seguro que no era un lunes? —Ella negó con la cabeza—. Además, cuando tenía un descanso, la señorita Wilson iba con frecuencia a la sala de profesores, es decir, no se quedaba en el aula después de que la clase hubiera terminado. —Barbara tan sólo miraba con los ojos inmóviles—. ¿Así que era un jueves?
—Sí —respondió con un hilillo de voz.
—Entonces cabe suponer que a las otras niñas también les pasó eso un jueves, ¿no? —preguntó, como si él mismo estuviera confundido.
—Protesto, señoría. A la niña no se le ha dado información sobre el testimonio de las demás testigos.
—En cambio —replicó Kevin—, yo opino que sí ha recibido dicha información.
—¿Por parte de quién? —inquirió Balm con indignación.
—Caballeros. —El juez golpeó con el mazo—. Se acepta la protesta. Limite sus preguntas a la declaración de la testigo que está en el estrado, señor Taylor.
—Muy bien, señoría. Barbara, ¿cuándo les contaste a las otras niñas lo que te ocurrió? ¿Fue enseguida? —preguntó Kevin antes de que ella pudiera recuperarse.
—No.
—¿Se lo dijiste en tu casa?
—Yo…
—¿Fue el día que hicisteis la fiesta con Gerald y Tony?
La niña se mordió ligeramente el labio inferior.
—Fue entonces, ¿no? ¿Escogiste aquella tarde por algún motivo? ¿Sucedió algo que te impulsara a contar la historia?
El rostro de Barbara comenzó a inundarse de lágrimas. Negó con la cabeza.
—Si quieres que la gente crea tu historia sobre la señorita Wilson, tendrás que contarlo todo, Barbara. Todas las niñas tendrán que contarlo todo —añadió—. ¿Por qué aquella tarde hablasteis de la señorita Wilson? ¿Qué hicisteis con los chicos?
El terror se reflejaba en la mirada de Barbara.
—A no ser, naturalmente, que lo hubieras inventado todo y hubieras convencido a las demás de hacer lo mismo —precisó, ofreciendo una salida fácil—. ¿Lo inventaste todo, Barbara?
La niña permanecía rígida como una piedra, aunque sus labios temblaban ligeramente. No respondió.
—Si dices la verdad ahora, todo terminará aquí —prometió Kevin—. Nadie tiene que saber nada más —añadió, casi en voz baja. La pequeña parecía aturdida—. ¿Barbara?
—Señoría —intervino Balm—, el señor Taylor está acosando a la testigo.
—No soy de la misma opinión, señor Balm —contestó el juez. A continuación se inclinó hacia ella—. Barbara, debes responder la pregunta.
—¿Le mentiste al señor Cornbleau porque no te gusta la señorita Wilson? — preguntó Kevin con rapidez. Fue una maniobra espléndida, ya que daba por sentado que ella ya había contestado de modo afirmativo. Por la comisura del ojo observó que algunos miembros del jurado enarcaban las cejas.
Barbara negó con la cabeza, aunque sus ojos empezaron a derramar una lágrima tras otra que se fueron deslizando por las mejillas.
—Ya sabes que podrías echar a perder la carrera de la señorita Wilson, ¿no, Barbara? —preguntó Kevin haciéndose a un lado para que Lois Wilson pudiera mirar directamente a la pequeña—. Esto no es un juego, como éste al que jugáis en tu casa, el de los «lugares especiales» —añadió Kevin con un susurro sonoro, cuando de repente pareció que al rostro de la niña se le había prendido fuego. Sus ojos estaban abiertos de par en par y miraba al público con una expresión desesperada—. Si antes no has dicho la verdad, es mejor que lo hagas ahora en vez de seguir contando mentiras. Piensa un poco y dinos la verdad, Barbara —insistió Kevin, que en ese momento se hallaba de pie frente a ella y la miraba ferozmente con los ojos todo lo abiertos que podía.
Kevin dio un paso atrás, como un boxeador en busca del golpe definitivo que deje al rival fuera de combate.
—La señorita Wilson nunca tocó a las otras niñas. Consintieron en denunciarla debido a lo que hicieron aquella tarde en tu casa, ¿verdad? Las amenazaste con contárselo a todo el mundo si no colaboraban.
La boca de Barbara se abrió de par en par. Su cara estaba tan ruborizada como si se hubiera concentrado allí toda la sangre del cuerpo. Miraba constantemente a sus padres. Entonces Kevin cambió los pies de posición para taparle la visión del fiscal.
—No tenemos por qué hablar de lo que pasó en tu casa —le advirtió él con un tono compasivo—, pero ¿les dijiste a tus amigas lo que tenían que explicar y cómo tenían que hacerlo, Barbara? —prosiguió él, tratando de obtener a martillazos la respuesta que quería de ella—. Cuando las otras niñas suban a este estrado tendrán que hablar de aquella tarde y aquel juego, y tendrán que decir la verdad. Sin embargo, si la cuentas tú ahora, no hará falta que la escuchemos de boca de ellas. ¿Les dijiste lo que tenían que contar?
—Sí —murmuró, agradecida por la conmutación propuesta.
—¿Qué?
—Sí. —Se deshizo en lágrimas.
—De modo que ellas le contaron al señor Cornbleau lo que tú les dijiste que contaran —concluyó, remachando a fondo. A continuación, dibujando en su rostro una mezcla de furia y de tristeza, le dio la espalda a la pequeña y miró al jurado. Todos sus integrantes observaron a la niña y después dirigieron su atención a Kevin.
—¡Pero no mentí sobre lo que le conté yo! ¡No! —gritó Barbara ahogada por el llanto.
—Barbara, me parece que ya has dicho suficientes mentiras mientras has estado aquí sentada.
Kevin se volvió, y al mirar al fiscal movió la cabeza de un modo significativo. Barbara estaba llorando desconsoladamente, por lo que la tuvieron que ayudar a bajar del estrado y la acompañaron hasta una puerta lateral de salida.
Kevin volvió a su asiento mostrando un cierto pavoneo al tiempo que miraba al público de la sala. La mayoría de los presentes parecían conmocionados, confundidos. El señor Cornbleau estaba enfurecido, al igual que un buen número de ciudadanos indignados. El caballero del fondo le sonreía, pero Miriam sacudió la cabeza y se enjugó una lágrima que discurría por la mejilla.
Lois Wilson le buscó con la mirada a la espera de recibir alguna indicación. Él asintió, y acto seguido, de acuerdo con las instrucciones que le había dado, Lois miró a Barbara con una expresión indulgente y enjugó sus bien ensayadas y oportunas lágrimas.
El fiscal del distrito se levantó. De pie, frente al juez y el público, con una expresión alelada, sabía que era inútil proseguir.