Pactar con el diablo
Capítulo 2
El Bramble Inn era uno de los mejores restaurantes que había justo al salir de Blithedale. Era un asador inglés, famoso por el cuello de cordero y los bizcochos caseros. A Kevin y Miriam Taylor les encantaba el ambiente que había desde el camino de adoquín hasta el amplio vestíbulo, en el que se observaban bancos de nogal americano y una chimenea de ladrillo. Para los Taylor no había nada más romántico que ir al Bramble Inn una noche que nevara, acodarse en la barra y tomar un cóctel mientras oían el crepitar del fuego y el crujir de los troncos. Como de costumbre, el local estaba atestado de clientes de clase media alta, muchos de los cuales conocían a Kevin. Algunos se detuvieron para felicitarle. Tan pronto él y Miriam dispusieron de un momento tranquilo, Kevin rozó con su hombro el de su esposa y la besó en la mejilla.
Hacía casi un mes que Miriam se había comprado la falda y la chaqueta de cuero negro que llevaba esa noche, pero las había tenido guardadas en el fondo del armario a la espera de que se le presentara pronto la ocasión de sacarlas y sorprender a Kevin. La falda, perfectamente ajustada, dibujaba la curva completa y suave de sus caderas y la firmeza de su trasero, y revelaba lo suficiente de sus piernas largas y bien formadas para parecer seductora aunque no llamativa. Debajo de la chaqueta llevaba una blusa de punto verde y blanco que daba la impresión de haber sido confeccionada a la medida de sus pechos firmes y sus hombros pequeños.
Con su casi metro ochenta y su cabello ondulado y oscuro que se le rizaba justo por encima de los hombros, cuando Miriam Taylor entraba en algún sitio lleno de gente siempre marcaba su propio territorio. Se había preparado durante un año en la Escuela de Modelos de Marie Simón, de Manhattan, y aunque nunca había tenido una auténtica experiencia profesional, conservaba la elegancia y el estilo de las modelos.
Al principio, Kevin se enamoró de su voz: grave, sexy, como la de Lauren Bacall. Incluso hizo que le recitara una de sus frases favoritas: «Sabes cómo se silba, ¿verdad, Sam?… Simplemente junta los labios y sopla».
Cuando ella le miró con sus ojos claros de color avellana, se volvió y le llamó «Kevin» en vez de «Sam», fue como si una mano se hubiera introducido por su estómago y le hubiera agarrado el corazón. Pensó que, ya puestos, podría llevar un collar alrededor del cuello y darle a ella la correa. Si se lo hubiera pedido, le habría puesto la luna a sus pies.
—Soy culpable de amarte con locura —le dijo—. El pecado poco conocido de querer en exceso a la esposa propia. Desde el día que te conocí, he pecado contra el Primer Mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Se habían conocido en una fiesta organizada por su bufete —Boyle, Carlton & Sessler— cuando éste inauguró sus nuevas oficinas en un edificio de reciente construcción de Blithedale. Miriam había asistido con sus padres. Su padre, Arthur Morris, era el dentista más famoso de la ciudad. Sanford Boyle presentó a Kevin a ella y a sus padres, y desde ese momento se invadieron uno a otro las respectivas órbitas lanzándose sonrisas y miradas a través de la sala, hasta que lograron estar solos y empezaron a hablar sin descanso, hasta que el fin de la fiesta los interrumpió. Ella aceptó ir a cenar con él aquella noche, y a partir de ese momento vivieron un romance intenso y apasionado. Antes de un mes Kevin le propuso matrimonio.
En ese momento, mientras estaban en la barra del Bramble Inn brindando por el éxito de Kevin, ella empezó a pensar en los cambios que se habían producido en él desde que se habían conocido.
«Qué viejo está», pensaba. Kevin parecía superar de largo sus veintiocho años. En sus ojos verde jade y sus gestos se apreciaba una madurez, un control y una confianza en sí mismo que hacían pensar en un hombre de mucha más edad y experiencia. No era corpulento, pero con su más de metro ochenta y sus casi ochenta kilos estaba en buena forma y tenía un aspecto atlético y una vitalidad bien controlada. Cuando le convenía, se dejaba llevar por estallidos de exuberancia, pero la mayoría de las veces iba a su paso sin demasiados cambios de ritmo.
Era tan organizado, saludable, ambicioso y decidido que ella solía tomarle el pelo y cantarle un fragmento de una vieja canción pop: «Y es muy sano, oh, de cuerpo y mente. Es el hombre bien adaptado de la ciudad…».
—Bueno, dime lo que pensabas realmente cuando estabas sentada en la sala. ¿No has estado orgullosa de mí, aunque sólo sea un poquito?
—Oh, Kevin, no estoy diciendo que no estuviera orgullosa de ti. Has estado… magistral —contestó ella, aunque era incapaz de borrar de su cabeza la cara aterrorizada de la niña. No podía dejar de revivir los momentos de terror que reflejaron los ojos de la pequeña cuando Kevin amenazó con revelar lo que ella y sus amigas habían hecho en su casa—. Pero ojalá hubiera habido otro modo de ganar el juicio que no pasara necesariamente por esa amenaza. ¿No estás de acuerdo?
—Desde luego, pero tenía que hacerlo —contestó él—. Además, no pases por alto que Barbara Stanley utilizaba la amenaza de revelar lo mismo como chantaje a sus compañeras para que testificaran.
—Cuando has arremetido contra ella, la niña daba lástima —dijo Miriam.
Kevin palideció.
—No fui yo quien formuló las acusaciones contra Lois Wilson —le recordó a Miriam—. Esto corrió a cargo de Marty Balm. Fue él, no yo, quien llevó a Barbara Stanley al tribunal para que fuera sometida a interrogatorio. Yo tenía una cliente que defender, y pensar en sus derechos y su futuro por encima de todo.
—Pero Kevin, ¿y si hubiera hablado con las otras para que testificaran porque tenía miedo de hacerlo ella sola?
—Entonces, la acusación debería haber planteado el caso de otra forma, protestando o como fuera; no es asunto mío. Ya te lo he dicho, Miriam, yo soy el abogado defensor. Por tanto tengo que defender, utilizar todas las armas posibles; de lo contrario no estaría cumpliendo con mi obligación. Lo entiendes, ¿verdad?
Ella asintió. Tenía que estar de acuerdo, aunque a regañadientes. Él siempre tenía razón.
—¿No estás ahora un poquito orgullosa del modo en que me he desenvuelto ante el tribunal? —preguntó él de nuevo, arrimándose y dándole un golpecito con el hombro. Ella sonrió.
—Eres un actor frustrado, Kevin Taylor. La forma en que te movías, te dirigías al jurado, decidías la oportunidad de una pregunta o cambiabas la dirección de la mirada… —Ella rió—. Podían haberte nominado para los premios de la Academia.
—Parece una representación, ¿verdad? Me resulta difícil explicar lo que ocurre cuando entro en una sala de vistas. Es como si se levantara el telón y todo estuviera escrito en un guión. Casi no importa quién es el cliente o de qué trata el caso. Estoy simplemente allí, destinado a hacer lo que hago.
—¿Qué es eso de que no importa quién es el cliente o cuál es el caso? ¿Es que defenderías a cualquiera? —Él no contestó—. ¿Lo harías?
Kevin se encogió de hombros.
—Supongo que dependería del dinero que fuera a cobrar. —Miriam entornó los ojos y se lo quedó mirando.
—Kevin, quiero que seas sincero conmigo. —Él levantó la mano derecha y se volvió hacia ella.
—Juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad…
—Hablo en serio —dijo ella, bajándole la mano.
—Muy bien, ¿de qué se trata? —Él se volvió de nuevo y se inclinó sobre la barra para acariciar su copa.
—Deja a un lado la jerga legal, el papel de la acusación, el papel del abogado defensor… todo eso. Has demostrado que las tres niñas mentían, que fueron obligadas a ello —o al menos han producido esa impresión—, y yo no niego que Barbara Stanley parece una manipuladora, pero ¿Lois Wilson abusó sexualmente de ella? ¿Se aprovechó de ella? Tú la interrogaste; pasaste mucho tiempo en tu despacho haciéndole preguntas.
—Quizá —contestó él, y el movimiento de su cabeza reveló algo que provocó un escalofrío en Miriam.
—¿Quizá?
—Yo la defendía. Como ya te he explicado, he advertido fallos en el planteamiento de la acusación y he abordado el asunto por donde ésta parecía más vulnerable —respondió él con displicencia.
—Pero si era culpable…
—¿Y cómo se sabe quién es culpable y quién no lo es? Si antes de aceptar un caso tuviéramos que estar totalmente convencidos de la inocencia de un cliente, sin tener la más leve sospecha sobre ella, nos moriríamos de hambre. —Hizo una señal a alguien y pidió otra ronda.
Para Miriam fue como si por un momento la luz del sol hubiera desaparecido tras una nube. Se incorporó, echó un vistazo al bar y centró su atención en un hombre apuesto y de aspecto distinguido, de cabello color de ébano y tez oscura, sentado solo a una mesa que había en un rincón. Miriam estaba segura de que los miraba. De pronto, sonrió. Ella hizo lo mismo y rápidamente apartó los ojos. Cuando volvió a mirar, él seguía observándolos.
—Kevin, ¿conoces a ese hombre del rincón que nos mira con tanta atención?
—¿Qué hombre? —Se volvió—. Sí… bueno, no, pero hoy lo he visto en la sala de vistas.
El hombre sonrió otra vez e inclinó la cabeza. Kevin hizo lo propio. Entonces, el hombre, tomando eso como una invitación, se levantó y se acercó a ellos. Mediría algo más de metro ochenta y parecía estar en buena forma.
—Buenas noches —dijo; a continuación extendió la mano, grande, con los dedos largos y las uñas arregladas. En uno de los meñiques lucía un anillo liso de oro con una «P» grabada—. Permítame tomar parte en las felicitaciones que habrá recibido y añadir mi nombre a la lista de sus admiradores. Me llamo Paul Scholefield.
—Gracias, señor Scholefield. Mi esposa, Miriam.
—Señora Taylor —dijo el hombre, con una inclinación de cabeza—, tiene usted buenos motivos esta noche para estar hermosa y sentirse orgullosa de su marido.
—Gracias —respondió Miriam, ruborizada.
—No es mi intención molestar —prosiguió Scholefield—, pero hoy he estado en la sala de vistas y le he visto en acción.
—Sí, ya lo sé. Recuerdo que yo también he advertido su presencia. —Kevin lo miró atentamente—. Creo que no nos habíamos visto antes.
—No, no vivo aquí. Trabajo como abogado en un gabinete de Nueva York. ¿Me permite sentarme con ustedes un momento? —preguntó, señalando el asiento que había al lado de Kevin.
—Desde luego.
—Gracias. Veo que acaban de pedir una ronda; si no hubiera sido así, les habría invitado yo a una copa. —Hizo una señal al camarero—. Un cóctel de champán, por favor.
—¿A qué especialidad jurídica se dedica, señor Scholefield? —preguntó Kevin.
—Llámeme Paul, por favor. Nuestro bufete sólo se ocupa de asuntos penales. Tal vez haya oído hablar de él: John Milton & Associates. —Kevin pensó un instante e hizo un gesto negativo elocuente.
—No, lo siento.
—No importa. —Scholefield sonrió—. Es uno de estos bufetes del que uno no oye hablar a menos que se encuentre en un apuro. Nos hemos convertido en especialistas. La mayor parte de los asuntos que llevamos serían rechazados por otros abogados.
—Qué… interesante —dijo Kevin con cautela. Estaba empezando a lamentar el haber permitido a Paul sentarse con ellos. No quería hablar de temas profesionales—. Será cuestión de ver cómo está nuestra mesa, ¿verdad, Miriam? Ya tengo hambre.
—Sí —contestó ella, pillando la indirecta. Acto seguido le hizo una señal al maitre.
—Ya les he dicho que no es mi intención molestar —prosiguió Scholefield, comprendiendo enseguida y sacando una tarjeta—. No es que me haya dejado caer por casualidad en el juicio de hoy. Hemos oído hablar de usted, Kevin.
—¿En serio? —Los ojos de Kevin se abrieron como platos.
—Sí. Siempre procuramos estar al tanto de si aparecen buenos abogados jóvenes y prometedores que se dediquen a cuestiones penales, y precisamente ahora tenemos un puesto vacante.
—¿Ah, sí?
—Y después de haberlo visto en su actuación de hoy, me gustaría dejarle nuestra tarjeta y pedirle que considere la oferta.
—Bueno, yo…
—Sé que en el bufete en el que trabaja probablemente le ofrecerán una participación como socio, pero aun a riesgo de sonar un poco pretencioso, permítame indicarle que seguir ahí no le proporcionará ni la mitad de satisfacción profesional ni de ingresos que obtendría con nosotros.
—¿La mitad de ingresos?
—Su mesa está lista, señor —anunció el maître.
—Gracias. —Kevin se volvió hacia Scholefield—. ¿Ha dicho la mitad de ingresos?
—Sí. Sé lo que ganará en su bufete cuando sea un asociado más. Pero el señor Milton le doblará el sueldo de inmediato, y en un período relativamente corto usted recibirá también una cantidad importante en forma de dividendos, no me cabe duda. —Scholefield se puso de pie—. No quiero robarles más tiempo. Tienen derecho a estar solos —añadió, guiñándole el ojo a Miriam.
Ella sintió que se sonrojaba de nuevo. Paul alargó la tarjeta a Kevin.
—Simplemente, llámenos. No se arrepentirá. Enhorabuena de nuevo por su formidable victoria —añadió, levantando el vaso—. Señora Taylor… —Brindó otra vez y se fue.
Por un instante, Kevin permaneció quieto. Entonces bajó la vista y miró la tarjeta. Las letras de imprenta en relieve parecían salirse de la tarjeta, como si aumentaran de tamaño. Todo era distante: la música suave del restaurante, el débil murmullo que se oía alrededor, incluso la voz de Miriam. Se sintió como si fuera a la deriva.
—Kevin… —¿Eh?
—¿Qué era todo esto?
—No lo sé, pero parece interesante, ¿no?
Scholefield regresó a su mesa y le dirigió una sonrisa a Miriam, quien notó algo repentino que tiraba de su corazón y lo hacía latir más deprisa.
—Kevin, la mesa ya está preparada.
—Muy bien —dijo él. Echó otro vistazo a la tarjeta, la introdujo rápidamente en su bolsillo y se levantó para seguir a Miriam.
Se sentaron a una de las mesas íntimas de un rincón de la parte trasera. La pequeña lámpara de aceite que había encima proyectaba un brillo amarillo, suave y mágico en ambos rostros. Pidieron un zinfandel blanco y lo bebieron despacio, mientras hablaban en voz baja, recordando otros tiempos, otras cenas románticas y otros momentos hermosos. La música suave los envolvía por todos lados como si fuera el tema de fondo de una película. Él le cogió la mano, se la llevó a los labios y le besó los dedos. Se miraban uno a otro tan absortos que, cuando el camarero fue a tomarles nota, pidió disculpas por interrumpirles.
Después de que les hubieran servido el primer plato y hubieran empezado a comer, Miriam sacó el tema de Paul Scholefield.
—¿Nunca habías oído hablar de ese bufete?
—No. —Pensó sobre ello y negó con la cabeza. Acto seguido, sacó la tarjeta y la miró con atención—. Sin embargo, eso no significa nada. ¿Sabes cuántos gabinetes hay solamente en la ciudad de Nueva York? Está bien situado —advirtió—, entre Madison y la Cuarenta y cuatro.
—Sin embargo, no es muy habitual que un abogado vaya a observar el trabajo de otro, ¿verdad, Kevin? —Él se encogió de hombros.
—No sé… no, no es tan extraño. Para verificar el trabajo de alguien lo mejor es ver cómo lo lleva a cabo. Además, no hay que olvidar —añadió con una satisfacción muy visible— que los periódicos de Nueva York han hecho un seguimiento del caso. El domingo pasado había una buena reseña en el Times.
Miriam confirmó las palabras de Kevin, pero él advirtió que ella estaba preocupada por algo.
—¿Por qué lo preguntas?
—No sé… esa forma en que ha dado su parecer y te ha entregado la tarjeta… Parecía tan seguro de sí…
—Supongo que esto es consecuencia del éxito. Me gustaría saber si hablaba en serio cuando ha mencionado lo del dinero… el doble de lo que ganaría como socio de Boyle, Carlton & Sessler… —Miró otra vez la tarjeta y movió la cabeza con incredulidad.
—Kevin, aquí ya ganas bastante.
—Nunca ganas lo bastante, y tampoco habrá muchos casos como éste de Lois Wilson. Es muy sencillo: aquí será difícil que abunden los casos penales, y lo que más temo es acabar metido en alguna de sus especialidades y tener la mesa llena de asuntos mercantiles o inmobiliarios.
—Eso antes no te preocupaba.
—Ya lo sé. —Se inclinó hacia delante y sus ojos quedaron fijos en la luz de la pequeña lámpara. De repente, su rostro, que hasta ese momento había tenido una expresión suave y serena, se volvió tenso y acalorado—. Sin embargo, esta vez en el juicio me ha pasado algo, Miriam. He sentido algo especial. Por momentos estaba… enardecido. Era como moverte continuamente en el filo de la navaja, ser consciente de que cada palabra es clave… algo más que los conflictos generados en torno a la propiedad: la vida de alguien que está en juego. El futuro de Lois Wilson estaba en mis manos. Sería igual que comparar a un cirujano del corazón o del cerebro con un médico de cabecera que enyesa una pierna rota.
—Tampoco sería tan terrible tener de vez en cuando algún caso relacionado con temas inmobiliarios —replicó ella con voz débil. El estado de agitación de Kevin le quitaba el aliento.
—No, pero cuanto más difícil y más crítico es el caso, más perspicaz puedo ser. Estoy seguro. En definitiva, que no soy un leguleyo, Miriam. Soy… soy abogado.
Ella asintió al tiempo que su sonrisa se debilitaba. En la voz de Kevin, en sus ojos, había algo que la asustaba. Miriam percibía cada vez con mayor claridad que la vida que ella había planeado para ambos no iba a satisfacerle.
—Pero Kevin —dijo al cabo de unos instantes—, antes nunca habías hablado de eso, y seguramente tampoco lo harías ahora si no fuera porque ha aparecido ese hombre.
—Tal vez no —contestó él, encogiéndose de hombros—. Quizá no sé lo que quiero. —Miró de nuevo la tarjeta y la guardó en el bolsillo—. De todos modos, tenemos tiempo para pensarlo bien. No creo que en el bufete me propongan asociarme con ellos el lunes por la mañana. Esos tres tendrán que reunirse un montón de veces, creen que las cosas deben asentarse y madurar. —Entonces rió, pero con una risa seca y fría, distinta de la habitual—. Es probable que nunca hagan el amor con sus esposas sin antes examinar cuidadosamente los pros y los contras. Pero en todo caso, si lo piensas un poco y tienes en cuenta cómo son ellas, no sé cómo podrían ser impulsivos en eso.
Rió de nuevo, en esa ocasión de modo despectivo, pero Miriam se mantuvo al margen. Kevin nunca se había mostrado desdeñoso con los Boyle, los Carlton ni los Sessler. Para ella siempre había estado claro que él quería ser como ellos.
—Esta noche el cordero está estupendo, ¿no? —preguntó él; ella sonrió y asintió, ansiosa por dejar la discusión a un lado y así reducir la frecuencia de pulsaciones de su corazón y eliminar el aleteo de mariposas que sentía en su pecho.
Funcionó. No volvieron a hablar de leyes ni de casos judiciales. Después de tomar el postre y el café se sintieron más animados, regresaron a casa e hicieron el amor con un apasionamiento que ella no recordaba.
No obstante, a la mañana siguiente Miriam observó que Kevin iba al armario en busca del pantalón que llevaba puesto en el Bramble Inn. Sacó la tarjeta de Paul Scholefield, la miró y la introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta que iba a llevar el lunes cuando fuera a trabajar.
Durante todo el fin de semana Kevin tuvo una sensación de frialdad a su alrededor. Los amigos de quienes esperaba una llamada de felicitación no dieron señales de vida. Miriam tuvo una conversación telefónica con su madre, que no resultó muy agradable, como él comprobó más tarde. A instancias de Kevin, Miriam le contó los detalles y ella acabó confesándole que su madre, por defenderlo a él, había tenido una dura discusión con una de sus supuestas buenas amigas.
El mismo casi tuvo un altercado cuando el domingo por la mañana se detuvo en la gasolinera, y Bob Salter, el dueño, le soltó con tono sarcástico que ya estaba bien de que en este país los maricones y las tortilleras siempre se salieran con la suya.
Y también le sorprendió la fría acogida que recibió en la oficina el lunes por la mañana. Mary Echert, que tenía las funciones de secretaria suya y de recepcionista, apenas si le dio los buenos días, y mientras él se dirigía a «su agujero en la pared», Teresa London, secretaria de Garth Sessler, le lanzó una tímida sonrisa y desvió rápidamente la mirada.
No hacía mucho que había llegado cuando sonó el interfono y Myra Brockport, secretaria de Sanford Boyle, con una voz que le recordaba a una maestra muy severa que él había tenido en la escuela primaria, dijo:
—Señor Taylor, el señor Boyle desea verlo inmediatamente.
—Gracias —contestó. Se levantó y se ajustó la corbata. Se sentía confiado, alegre. ¿Y por qué no? En tres cortos años había dejado ya una señal imborrable en el arraigado y reputado viejo bufete. Brian Carlton y Garth Sessler habían tardado algo más de cinco años en formar parte de la sociedad. En aquella época el nombre era simplemente Boyle & Boyle, y en ella Sanford trabajaba con su padre, Thomas, un hombre ya de ochenta y tantos años, pero todavía perspicaz y capaz de imponer sus opiniones a su hijo de cincuenta y cuatro.
Kevin temía que Boyle, Carlton y Sessler se resistieran a ofrecerle un puesto de socio. Había un cierto esnobismo en ellos con respecto al bufete. Los tres eran hijos y nietos de abogados. Parecía como si se consideraran miembros de una familia real, descendientes de monarcas que heredaran cetros y tronos, conservando cada uno su propio reino: bienes inmobiliarios, herencias…
Poseían las mejores casas de Blithedale. Sus hijos conducían Mercedes y BMW e iban a la Ivy League; dos de ellos ya estaban a punto de licenciarse en derecho. Gozaban del respeto y la admiración de todos los miembros de profesiones liberales de la comunidad, de modo que ser invitado a sus fiestas constituía una señal de distinción, como la constituía también que ellos se dignaran asistir a las que organizaran los demás. Convertirse en socio suyo era como recibir una unción sagrada.
Dado que durante toda su vida había formado parte de la alta sociedad de esa comunidad, Miriam era profundamente consciente de todo eso. Ella y Kevin habían llegado a un punto en que habían decidido construir la casa de sus sueños. Miriam hablaba de tener niños. Su existencia como miembros de la clase media alta parecía garantizada, y no había habido nunca ninguna duda sobre el deseo de Kevin de establecerse en la pequeña comunidad de Long Island. Él había nacido y se había criado en Westbury, donde todavía vivían sus padres, que estaban a cargo de una oficina de contabilidad. Había estudiado derecho en la Universidad de Nueva York y había vuelto a Long Island para encontrar la chica de sus sueños y ponerse a trabajar. Él era de ahí; ahí estaba su destino.
O quizá no.
Abrió la puerta del despacho de Sanford Boyle, saludó a los tres socios y tomó asiento frente a la mesa de Sanford, consciente de que así se colocaba en el centro, con Brian Carlton a su derecha, y Garth Sessler a su izquierda. «Parece que me quieran tener rodeado», pensó, divertido.
—Kevin —empezó Sanford. Era el más viejo de los tres, Brian Carlton tenía cuarenta y ocho años, y Garth Sessler, cincuenta, y al que más se le notaba la edad. Miraba de un modo suave, como si nunca hubiera tenido que hacer mucho más que cortar el césped y sacar la basura. Era casi calvo, le colgaban las mejillas, y siempre que hablaba le temblaba la papada—. Ya te acuerdas de cómo nos sentimos cuando nos anunciaste que querías ocuparte de este caso.
—Sí. —Miró de uno a otro. Los tres permanecían sentados como si fueran los jueces austeros de un tribunal puritano; todas las líneas y los rasgos de sus rostros estaban esculpidos a fondo: más que hombres parecían estatuas.
—Todos creemos que en el juicio estuviste magistral… preciso y mordaz. Quizá demasiado mordaz.
—¿Cómo dice?
—Para doblegar la resistencia de la niña, prácticamente la aporreaste.
—Hice lo que tenía que hacer —replicó Kevin, apoyándose en el respaldo. Le dirigió una sonrisa a Brian Carltón; éste, alto, delgado, con un bigote oscuro, también se reclinó mientras mantenía apretadas las puntas de sus largos dedos como si tan sólo fuera a supervisar la discusión sin participar en ella. Por su parte, Garth Sessler, tan impaciente como de costumbre, daba ligeros golpecitos con los dedos en el brazo de la silla.
Sin saber por qué, Kevin se dio cuenta en ese momento de lo mucho que le habían desagradado siempre los tres. De acuerdo, eran brillantes, pero tenían tanta personalidad como un programa de procesamiento de datos. Sus reacciones eran automáticas e impasibles.
—Seguro que estás al corriente de los rumores que corren. Todos hemos estado la mayor parte del fin de semana al teléfono hablando con clientes, amigos… —Agitó dos veces la mano frente a su cara, como si estuviera espantando moscas—. El caso es que las reacciones son más o menos las que nos temíamos. Nuestros clientes, de quienes dependemos en gran medida para nuestra subsistencia, no están por lo general demasiado satisfechos con la posición que hemos mantenido en ese asunto de Lois Wilson.
—¿Que posición? ¿No sabe esa gente que uno es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad? Yo la defendí y ella fue exculpada.
—Ella no fue exculpada —dijo Brian Carlton, alzando las comisuras de los labios en un gesto sarcástico—. La acusación tan sólo levantó las manos en señal de rendición y retiró los cargos después de que tendieras una trampa a aquella niña de diez años y le hicieras confesar que había dicho algunas mentiras.
—Esto no cambia nada —objetó Kevin.
—Desde luego que sí —replicó Brian—, aunque no me sorprende que no veas la diferencia.
—¿Qué insinúa?
—Volvamos al principio —interrumpió Garth Sessler—. Como ya tratamos de explicarte cuando te implicaste tan a fondo en el asunto, aquí siempre hemos procurado alejarnos de los casos controvertidos. Somos un bufete prudente y moderado; no buscamos publicidad ni notoriedad. Esta clase de cosas ahuyenta a los clientes acaudalados que viven en nuestra comunidad. Bien —prosiguió, tomando con firmeza las riendas de la discusión—. Sandford, Brian y yo hemos estado examinando tu historial en el gabinete, y consideramos que eres una persona trabajadora y responsable, además de tener un futuro prometedor.
—¿Prometedor? —Kevin se volvió instintivamente hacia Brian. Había empezado a trabajar con ellos con la idea de que el futuro ya había llegado. Ya no era tan sólo un abogado prometedor.
—En derecho penal —precisó Brian, tajante.
—Área que no nos interesa —concluyó Sandford.
—Ya veo. Entonces, ¿esto no es una reunión para ofrecerme la condición de socio de Boyle, Carlton & Sessler?
—La condición de socio de pleno derecho no es algo que nosotros concedamos de la noche a la mañana —dijo Garth—. Su valor no reside sólo en las retribuciones económicas sino en lo que significa, y ello depende de la inversión que se hace tanto en el bufete como en la comunidad. ¿Por qué…?
—Sin embargo, no hay ninguna razón por la que no puedas ser socio de pleno derecho con bastante rapidez en algún bufete especializado en cuestiones penales — interrumpió Sanford Boyle. Despidió una fina sonrisa y se movió hacia delante, con las manos cruzadas sobre el escritorio—. No es que no estemos satisfechos con el trabajo que has hecho aquí. Esto quiero dejarlo claro.
—O sea que no me están despidiendo sino comunicando que me encontraría mejor en algún otro gabinete —espetó Kevin con aspereza. Se reclinó en la silla, encogiéndose de hombros y sonrió—. La verdad es que, de todas formas, estaba considerando la posibilidad de presentar la dimisión.
—¿Cómo dices? —preguntó Brian, inclinándose hacia delante.
—Ya tengo otra oferta, caballeros.
—¿Ah, sí? —Sanford miró rápidamente a sus socios. Brian mantuvo su expresión pétrea. Garth enarcó las cejas. Kevin sabía que no le creían, como si no fuera en absoluto posible que él contemplara la eventualidad de irse a otro bufete. La arrogancia de los tres empezaba a irritarle—. ¿En otro bufete de la zona?
—No… hasta el momento no puedo decir nada más —contestó, sin evitar que sus labios casi mintieran por sí solos—. Pero les aseguro que serán los primeros en conocer todos los pormenores. Después de Miriam, naturalmente.
—Desde luego —dijo Sanford, aunque Kevin sabía que los tres socios tomaban a menudo decisiones sin consultar con sus respectivas esposas, lo que le brindaba otro motivo de menosprecio hacia ellos: sus relaciones con sus esposas e hijos eran demasiado impersonales. Se estremeció sólo de pensar que algún día los cuatro podrían haber estado reunidos en ese mismo despacho discutiendo la conveniencia o no de conceder la condición de socio a un abogado joven y brillante como él; un abogado que quizás habría podido iniciar una carrera más estimulante y satisfactoria en cualquier otro lugar pero que tal vez se sintió tentado de aceptar la seguridad y respetabilidad de («Dios me libre», pensó de repente) Boyle, Carlton, Sessler & Taylor.
—Bien, más vale que vaya a mi mesa y acabe con todo el papeleo del caso Wilson. Gracias por sus pobres muestras de confianza en mí —añadió, y se fue dejándoles con los ojos fijos en la estela que dejaba tras de sí.
Cuando cerró la puerta experimentó una sensación deliciosa de libertad, como en una caída libre desde un avión: en sólo unos minutos había lanzado un desafío al hipotético destino. Permaneció un momento allí de pie, como quien controla con seguridad su futuro.
Myra no entendía a qué obedecía la amplia sonrisa que cubría la cara de Kevin.
—¿Se encuentra bien, señor Taylor?
—Sí, estoy bien, Myra. No me había sentido mejor… en tres años, exactamente.
—Oh, yo…
—Hasta luego —dijo rápidamente, y volvió a su despacho.
Durante un buen rato se quedó sentado a su mesa, pensando. Después metió la mano en el bolsillo y sacó lentamente la tarjeta que le había dado Paul Scholefield. La dejó allí encima y la observó un instante; pero llegó un momento que ya no la miraba, sino que sus ojos fueron más allá y penetraron en su propia imaginación, donde se veía a sí mismo ante un tribunal defendiendo a un hombre acusado de asesinato. El ministerio público presentaba un caso difícil, con indicios vehementes de culpabilidad, pero se enfrentaba a Kevin Taylor, de John Milton & Associates. El jurado prestaba atención a todas y cada una de sus palabras. Los periodistas le perseguían por los pasillos del Palacio de Justicia suplicándole alguna información, pronósticos, declaraciones…
Mary Echert llamó a la puerta y le trajo el correo, interrumpiendo su ensueño. Dirigió una sonrisa a su jefe, pero éste, al advertir la expresión en los ojos de su secretaria, cayó en la cuenta de que ya había empezado la cháchara.
—Hoy no me he olvidado de ninguna cita, ¿verdad, Mary?
—No. Mañana por la mañana ha de reunirse con el señor Setton por el asunto de su hijo; le he traído el informe policial que me pidió.
—Ah, sí. El asunto de ese chico de dieciséis años que se dio un paseo con el coche de su vecino, ¿no?
—Efectivamente.
—Un caso interesantísimo… —Ella ladeó la cabeza, desconcertada por el sarcasmo. Tan pronto como la secretaria se hubo marchado, Kevin llamó a John Milton & Associates y preguntó por Paul Scholefield.
Quince minutos más tarde se dirigía a Manhattan, y ni siquiera había llamado a Miriam para contarle lo que había pasado.