Pactar con el diablo
Capítulo 3
En Blithedale, Boyle, Carlton & Sessler tenían una oficina cómoda y decorada con buen gusto. Hacía casi veinte años que Thomas Boyle había convertido una pequeña casa de dos pisos estilo Cape Cod en el bufete que compartió con su hijo Sanford. Parte del encanto del local residía en su atmósfera hogareña. Allí uno se sentía relajado; «quizá demasiado», pensaba Kevin. Antes nunca lo había contemplado de ese modo. Siempre había valorado el toque doméstico de cortinas y tapices, de alfombras y accesorios. Por la mañana dejaba una casa para meterse en otra. Al menos, esto es lo que pensaba al principio.
Sin embargo, todo cambió desde el momento en que entró en John Milton & Associates. Bajó del ascensor en la planta veintiocho, que ofrecía una vista espectacular del centro de Manhattan y de East River. Al final del pasillo había unas puertas dobles de roble que exhibían la inscripción «John Milton & Associates, abogados». Entró y se encontró en una lujosa recepción.
El amplio espacio abierto, el largo sofá de piel marrón, la butaca y las sillas también de piel, todo era un reflejo del éxito. En la pared a que estaba arrimado el sofá había un enorme cuadro abstracto de vivos colores que parecía un Kandinsky original. Kevin pensó que ése debía ser el aspecto de un bufete de prestigio.
Cerró la puerta tras él y caminó sobre la exuberante alfombra oscura aterciopelada, con la sensación de desplazarse sobre una capa de malvavisco. Aquella impresión dibujó una sonrisa en su rostro mientras se acercaba a la recepcionista, que se hallaba sentada a una mesa de teca en forma de media luna. Esta apartó la vista del procesador de textos para saludarle e intensificó su sonrisa al instante.
En vez de recibir la bienvenida de parte de la familiar Myra Brockport, con su cara tan poco atractiva, o de Mary Echert, con su pelo gris, su piel pálida y sus ojos taciturnos, que eran las encargadas de atender a los clientes en Boyle, Carlton & Sessler, aquí quien se ocupaba de ello era una deslumbrante morena que muy bien hubiera podido participar en el concurso de Miss América.
El cabello, negro como el carbón, le bajaba recto y le caía suavemente sobre los hombros, de modo que los extremos casi le tocaban las paletillas. Parecía italiana, como Sofía Loren, con su nariz romana y sus pómulos salidos. Los ojos oscuros casi resplandecían.
—Buenas tardes —le dijo—. ¿Es usted el señor Taylor?
—Sí. Tienen ustedes una oficina muy bonita.
—Gracias. El señor Scholefield está deseoso de verle; lo acompañaré inmediatamente a su despacho. —Se levantó—. ¿Le apetece algo de beber… té, café, una Perrier?
—Una Perrier, gracias. —Y la siguió a través del vestíbulo en dirección al pasillo del fondo.
—¿Con un trozo de piel de lima? —preguntó ella, volviéndose.
—Sí, gracias.
Mientras la chica le conducía por el corredor hasta llegar a una pequeña cocina, él estaba como hipnotizado por el movimiento de su cuerpo. Medía al menos metro setenta y cinco, y lucía una falda negra de punto y una blusa blanca con mangas largas. La falda se ceñía tanto a sus caderas y su trasero que cuando los músculos se extendían él advertía la arruga. Rió para sus adentros, pensando en las censuras que todo ello recibiría de Boyle, Garitón y Sessler.
Ella le dio el vaso que contenía el burbujeante líquido y unos cubitos de hielo.
—Gracias.
La mirada de los ojos y la calidez de la sonrisa de la mujer provocaron un hilillo de excitación que le corrió por las ijadas, lo que le hizo sonrojarse.
—Por aquí.
Pasaron frente a un despacho, una sala de reuniones y otro despacho más hasta llegar a una puerta que exhibía una placa con el nombre de Paul Scholefield. La secretaria llamó y abrió.
—Señor Scholefield, está aquí el señor Taylor.
—Gracias, Diane —dijo Paul Scholefield, dando la vuelta a su mesa para dar la bienvenida a Kevin. Ella hizo una inclinación de cabeza y se fue; por un momento el recién llegado fue incapaz de quitarle los ojos de encima. Comprensivo, Scholefield esperó—. Me alegro de verlo, Kevin.
—Los despachos son magníficos. —El de Paul Scholefield tenía el doble de tamaño que el de Sanford Boyle. El diseño era moderno, los muebles de cuero negro brillante, y las estanterías y la mesa de un blanco lustroso. A la izquierda había dos grandes ventanas que daban a East River—. Una vista espléndida.
—Impresionante, ¿verdad? Todos los despachos tienen vistas parecidas. El suyo también.
—¿Cómo?
—Por favor, siéntese. Ya le he dicho al señor Milton que está usted aquí. Iremos a verlo después de que luyamos terminado.
Kevin se reclinó en la silla de cuero negro que había frente a la mesa de Scholefield.
—Me alegra que decidiera considerar en serio nuestra oferta. Se puede decir que estamos literalmente colapsados por el exceso de trabajo —dijo Paul Scholefield, con ojos emocionados—. Así, ¿su actual bufete le ha ofrecido formar parte de la sociedad?
—No exactamente. Lo que me han ofrecido es la oportunidad de encontrar algo más adecuado a mi carácter —respondió Kevin.
—¿Qué? —Paul sostuvo la sonrisa.
—Al parecer, el caso de Lois Wilson y la forma en que lo planteé les ha causado ciertas molestias. La técnica jurídica, los trucos legales, todo está bien mientras se haga con discreción. No hay nada en contra de manipular a una abuela para conseguir una parte de su fortuna o de encontrar formas de eludir el pago de impuestos para enriquecer todavía más a sus clientes acaudalados —precisó Kevin con amargura.
Paul movió la cabeza y se echó a reír.
—Esto es ser miope, provinciano y estrecho de miras. Por eso su sitio está aquí, Kevin. El señor Milton acertó con usted —añadió, con una expresión que se había vuelto seria—. Su sitio está aquí… con nosotros.
—¿Eso dijo el señor Milton?
—Así es. Él fue el primero en localizarlo, y cuando se trata de evaluar a personas normalmente acierta. Es un hombre que tiene una perspicacia extraordinaria.
—Pero… no sabe nada de mí —objetó Kevin, con la duda de cómo alguien podía estar tan seguro de él sin conocerlo.
—No, pero siempre está buscando nuevas perspectivas… le gusta ir a vistas y juicios a observar abogados, igual que los ojeadores de béisbol van a presenciar partidos a los institutos. Él fue el primero en verlo en acción y luego me envió a mí, siguiendo el método por el que nos ha contratado a todos.
Hoy los conocerá: Dave Kotein, Ted McCarthy y nuestras secretarias.
Pero en primer lugar permítame mostrarle su despacho; después iremos a ver al señor Milton.
Kevin tomó el último sorbo de su Perrier, se puso de pie para seguir a Paul, y ambos cruzaron la puerta y salieron al pasillo. Se detuvieron ante la puerta de un despacho de la que visiblemente se había sacado la placa haría poco.
—Tuvo que ser algo importante lo que le indujera a abandonar este bufete — comentó Kevin. Los ojos de Paul se entrecerraron mientras asentía.
Así es. Fue una tragedia personal: se suicidó poco después de que su esposa muriera de parto. Se llamaba Richard Jaffee, y era un abogado brillante. Mientras estuvo aquí no perdió un solo caso.
—Oh, no lo sabía.
El señor Milton todavía está bastante trastornado, todos lo estamos, como puede imaginarse. Pero el hecho de que venga a trabajar con nosotros, Kevin —añadió, poniéndole la mano en la espalda—, nos va a animar a todos.
—Gracias —dijo Kevin—, aunque parece un traje demasiado grande para mí — añadió—. No sé si responderé a sus expectativas.
—No exagero. Si el señor Milton dice que puede, es que no hay duda —replicó Paul, avalando su afirmación con un gesto de cabeza. A Kevin casi se le escapa la risa ante aquella entusiasta muestra de fe. Sin embargo, Paul Scholefield lo había dicho muy serio.
Este abrió la puerta, y Kevin entró en su futuro despacho.
En aquel momento Kevin pensó en la cantidad de veces que, durante los últimos tres años, había estado sentado a su mesa, en la oficina de Boyle, Carlton & Sessler, y había soñado con ser un abogado famoso de Nueva York, con un despacho lujoso desde el que se contemplara una gran vista.
En ese momento se hallaba frente a él una mesa en forma de ele con una mullida silla de cuero, un sofá de cuero blando y cómodo, y otra silla también de cuero situada delante de la mesa. La alfombra parecía tan lujosa como la del vestíbulo, y las cortinas eran de un beige brillante. Las paredes estaban cubiertas de revestimientos ligeros de nogal americano, lo que le daba a la habitación un aspecto fresco y limpio.
—Todo parece nuevo.
—El señor Milton ordenó que se decorara de nuevo. Espero que le guste.
—¿Gustarme? Es una maravilla —respondió Kevin. Paul asintió. A Kevin le deslumbraba todo lo que había en el despacho, desde el sofisticado aparato telefónico chapado en oro hasta el conjunto de lápiz y pluma de oro macizo. En las paredes había colgados incluso marcos plateados para sus fotos, y otros que albergarían sus títulos y distinciones. Había el mismo número que en su despacho de Blithedale. «Vaya coincidencia —pensó—. Buen presagio».
Kevin se acercó a las ventanas que había detrás de la mesa. Tal como había dicho Paul, el panorama de la ciudad era espléndido.
—¿Qué le parece?
—Magnífico. —Se dirigió al cuarto de baño y observó los accesorios nuevos y brillantes y las paredes alicatadas. Había incluso una ducha—. Me podría instalar ahora mismo —dijo mientras echaba otro vistazo general al despacho y detenía la mirada en la estantería que ocupaba la mayor parte de la pared izquierda—. No tengo que traer nada. —Se echó a reír—. Es… es increíble.
—El señor Milton estará contento de que esté usted satisfecho con su despacho, Kevin. —Paul miró su reloj—. Ya es hora de que vayamos a verlo.
Cuando se disponían a salir, se detuvo para mirar hacia atrás y movió la cabeza con un gesto significativo.
Es exactamente el despacho que yo había soñado.
Es como si… —Se volvió hacia el sonriente Paul Scholefield—. Como si hubiera estado presente en mis sueños.
Después de llamar, Paul abrió la puerta y dio un paso atrás para permitir que Kevin entrara primero. Este tuvo que admitir que estaba nervioso. Paul había ensalzado tanto la figura de John Milton que estaba confuso respecto a lo que se podía encontrar.
La misma alfombra que cubría el vestíbulo y recorría el pasillo era la que se desparramaba a partir de la puerta del despacho de John Milton y cubría todo el suelo del mismo. Al fondo había una mesa de caoba oscura y una silla de cuero marrón de respaldo alto. También se observaban otras dos sillas de cuero frente a la mesa. Detrás de ésta, tres grandes ventanas, casi de la altura y la anchura de la pared, brindaban una perspectiva amplia y despejada de la ciudad y del cielo, como si fuera Dios quien tuviera que asomarse a ellas.
Al principio, Kevin quedó tan impresionado por el resplandor y la luminosidad de la habitación que no vio a John Milton sentado en su silla. Cuando avanzó unos pasos y advirtió su presencia, fue como si aquel hombre se hubiera hecho realidad saliendo de las sombras.
—Bienvenido a John Milton Associates, Kevin —dijo. Este enseguida percibió la calidez de aquella voz suave; le recordó el tono amistoso, franco y tranquilizador del reverendo Pendleton, de la Iglesia episcopalista de Blithedale, que en pocos instantes creaba un ambiente cómodo y relajado. Con frecuencia, Kevin trataba de imitarlo en los juicios. Lo llamaba en secreto su «voz del domingo».
John Milton parecía tener poco más de sesenta años y presentaba una curiosa combinación de rasgos juveniles y de persona mayor. Tenía abundante cabello, pulcramente arreglado y peinado, aunque todo gris.
Cuando Paul cerró la puerta, el señor Milton se levantó desplegando un cuerpo de casi metro noventa y dibujando una sonrisa en lo que en primera instancia parecía un rostro esculpido en alabastro. Lucía un traje de seda gris oscuro en el que asomaba un pañuelo de bolsillo color rubí, y una corbata del mismo color.
Kevin advirtió cómo los hombros de John Milton se elevaban cuando le tendió la mano. Daba la impresión de estar en estupenda forma física, lo que se sumaba a la extraña aunque interesante mezcla de juventud y madurez. Al acercársele, Kevin observó un rubor carmesí en sus mejillas. Milton le estrechó la mano con fuerza, como si hubiera esperado largo tiempo ese momento.
—Encantado de conocerlo, señor Milton.
Mientras uno y otro se miraban, los ojos de John Milton parecieron metamorfosearse, pasando de un oscuro apagado a un color orín tornasolado. Tenía una nariz grande y recta, surcada de suaves líneas que por momentos le daban al rostro una apariencia eternamente juvenil. Incluso daba la impresión de que las arrugas de las comisuras de los ojos las había pintado alguien hacía unos instantes. Sus labios finos presentaban una tonalidad anaranjada, la mandíbula era cerrada y la piel tersa, aunque exhibía una mirada paternal, un rostro lleno de sabiduría.
—Paul te ha mostrado el que podría ser tu despacho, o al menos eso espero.
—Oh, sí. Es fantástico. Me encanta.
—Me alegro, Kevin. Siéntate, por favor. —Hizo un gesto dirigido a la silla de cuero marrón, respaldo alto y brazos de caoba oscura, en los que había, talladas a mano, figuras de la mitología griega: sátiros, minotauros—. Gracias, Paul —añadió. Kevin miró hacia atrás y vio que Paul abandonaba el despacho.
John Milton volvió a su silla. Según advirtió Kevin, había en él una cierta solidez, algo regio en la forma de mover la cabeza y los hombros. Se sentó como el rey que ocupa su trono.
—Como ya sabes, hemos estado pensando en ti durante algún tiempo, Kevin. Nos gustaría que empezaras la semana próxima. Admito que es un plazo corto, pero va tenemos un caso destinado para ti —explicó, golpeando ligeramente una gruesa carpeta que se hallaba a su derecha.
—¿En serio? —Quería preguntar a Milton cómo sabía que él iba a aceptar el puesto ofrecido, pero creyó que podría parecer de poca educación—. ¿De qué se trata?
—Te lo entregaré a su debido tiempo —respondió John Milton con firmeza. Kevin se dio cuenta de la facilidad con que el señor Milton pasaba de un tono amistoso y cálido a otro categórico y resuelto—. En primer lugar, deja que te explique mi forma de pensar. Mis compañeros, como pronto comprobarás, no son meros asociados. En muchos aspectos lo son, pero representan algo más que esto, son mi familia. Somos un auténtico equipo, leales unos a otros no sólo en lo referente a nuestras relaciones profesionales. Cada uno se preocupa de los demás y de sus familias. Nadie trabaja en un espacio vacío; el hogar, la vida, todos los problemas tienen un efecto en nuestro trabajo. ¿Lo entiendes?
—Sí —contestó Kevin; en aquel momento le vino a la cabeza el hombre al que iba a sustituir. ¿Estaba el señor Milton preparando el terreno para hablar de ello?
—Ya lo suponía —dijo John Milton, reclinándose hasta que su rostro quedó cubierto por una sombra, como si una nube se hubiera echado encima del sol que lucía fuera—. Por eso no encontrarás extraño que yo te haga sugerencias, incluso que trate de ayudarte en aspectos que, digamos, no están relacionados directamente con tu trabajo.
»Por ejemplo, estoy seguro de que te convendría vivir en la ciudad. Precisamente soy propietario de un edificio de apartamentos bastante lujosos en una zona ideal de Manhattan, y hay uno que está libre; podríais ocuparlo sin pagar alquiler.
—¿Sin pagar alquiler?
—Exactamente. Ya te he dicho que me preocupo por mis asociados y sus familias. En todo caso, tengo la forma de amortizarlo —precisó—, aunque ahora lo importante no es esto, sino hacer todo lo posible para que tú y tu esposa disfrutéis de una vida agradable y cómoda mientras estéis con nosotros. Soy consciente de que ambos mantendréis lazos familiares en el lugar en que vivís ahora —continuó rápidamente—, pero Blithedale no queda tan lejos, y aquí tendréis una nueva familia —añadió, inclinándose hacia delante y saliendo de la sombra para sonreír.
Kevin asintió.
—Suena… fantástico. Desde luego, tendré que hablar de ello con mi mujer — puntualizó al instante.
—Por supuesto —dijo John Milton, levantándose—. Hablemos ahora un rato de derecho; te expondré mi filosofía.
»La ley ha de ser interpretada y ejecutada de manera estricta. La justicia es un beneficio resultante pero no la causa del sistema jurídico. Este está concebido para mantener el orden, para tener a todo el mundo bajo control. —Desde la esquina de la mesa miró a Kevin y sonrió de nuevo—. A todo el mundo, desde los considerados virtuosos hasta los criminales.
»La compasión —prosiguió John Milton, como un profesor universitario dando una clase— no tiene sitio en el sistema porque es subjetiva, imperfecta y susceptible de sufrir cambios, mientras que la ley puede ser perfeccionada y permanecer universal y eterna. —Hizo una pausa y observó a Kevin, que asintió con rapidez.
»Me parece que entiendes perfectamente lo que digo y que estás de acuerdo conmigo.
—Sí —respondió Kevin—. Quizá no lo habría expresado en los mismos términos, pero sí, coincido con usted.
—Triunfaremos siempre y cuando no olvidemos que ante todo somos abogados —dijo John Milton, con ojos que ardían de determinación. Kevin estaba como hipnotizado. Cuando John Milton hablaba, lo hacía siguiendo un ritmo ondulante, a ratos tan suave que Kevin sentía como si leyera los labios del hombre y repitiera las frases con su propia voz. No obstante, de repente adoptaba una actitud dinámica y el tono pasaba a ser enérgico y vibrante.
El corazón de Kevin empezó a latir con fuerza mientras el rubor le cubría el rostro. La última vez que recordaba haberse sentido tan acalorado fue cuando jugaba en el equipo de baloncesto del instituto y se disponía a jugar el partido decisivo del campeonato. En el vestuario, Marty McDermott, el entrenador, soltó un discurso que hizo salir a los jugadores a la pista con suficiente ardor en sus corazones como para aplastar a todos los equipos de la liga juntos; Kevin estaba ansioso por tener el balón en las manos. Igual que en ese momento ardía en deseos de volver a actuar ante un tribunal.
—Nos entendemos uno a otro más de lo que crees, Kevin —dijo John Milton asintiendo con calma—; y tan pronto me di cuenta de ello, le di instrucciones a Paul para hacerte una propuesta. —Por un instante miró fijamente a Kevin y después le dirigió una sonrisa casi maliciosa—. Tomemos este último caso que has llevado… — John Milton se volvió a sentar, adoptando una postura más relajada.
—¿Lois Wilson? ¿La maestra de escuela acusada de abuso de menores?
—Sí. Hiciste una defensa formidable. Te diste cuenta de las lagunas que presentaba el planteamiento de la acusación y atacaste por ahí una y otra vez, centrando su atención en ellas…
—Sabía que el director la tenía tomada con ella y también que las otras niñas mentían…
—Sí —replicó John Milton, inclinándose hacia delante y extendiendo los brazos sobre la mesa como si quisiera envolver a Kevin con ellos—. Sin embargo, también sabías que Barbara Stanley no mentía y que Lois Wilson era culpable.
Kevin tenía los ojos abiertos de par en par.
—Bueno, digamos que no estabas del todo seguro, pero en tu interior creías que la señorita Wilson había abusado de Barbara Stanley y que ésta, temerosa de hacer la denuncia ella sola, metió a sus amigas en un lío descomunal y logró que la apoyaran. Por su parte, el idiota del director le tenía ganas a la maestra…
—Yo no tengo la seguridad de todo esto —afirmó Kevin lentamente.
—Muy bien —dijo John Milton, sonriendo de nuevo—. Como abogado de ella, hiciste lo que tenías que hacer. —De repente dejó de sonreír; en realidad, parecía enfadado—. La acusación debería haber hecho los deberes igual que hizo la defensa. Eras el único abogado auténtico de la sala —añadió—. Por ello te admiro y quiero que trabajes conmigo. Kevin, perteneces a esa clase de abogados cuyo sitio está en este bufete.
Kevin se preguntaba cómo John Milton sabía tanto del caso Lois Wilson, pero esta curiosidad se desvaneció muy pronto. Había demasiadas distracciones, demasiadas cosas maravillosas en las que pensar. A continuación hablaron del salario, y quedó claro que Paul Scholefield había exagerado. Era el doble de lo que ganaba no en el bufete actual. El señor Milton dijo que dispondría todo lo necesario para que pudieran trasladarse al nuevo apartamento de inmediato si Miriam daba su consentimiento. Tan pronto como terminó, el señor Milton llamó a su secretaria y le pidió que buscara a Paul Scholefield. Este llegó al instante, como si hubiera estado todo el rato esperando al otro lado de la puerta.
—Lo dejo otra vez en tus manos, Paul. Kevin, bienvenido a nuestra familia —dijo John Milton, extendiendo la mano. Kevin hizo lo propio y ambos se las estrecharon con fuerza.
—Gracias.
—Y como te he dicho, antes del fin de semana se hará todo lo necesario para hacer posible el traslado al apartamento. Puedes llevar a tu esposa cuando gustes para que ella lo vea.
—Gracias otra vez. No sé si podré esperar. —John Milton asintió, comprensivo.
—Todo un personaje, ¿verdad? —dijo Paul en voz baja cuando hubieron salido del despacho.
—Es fantástico el modo en que aborda lo esencial de las cosas. En torno a él hay como un aura de pragmatismo, aunque no he tenido la sensación de que fuera un típico hombre de negocios. También ha sido muy afectuoso.
—Oh, desde luego. Si he de serte sincero —dijo Paul, deteniéndose en el pasillo —, todos le queremos. Es como… un padre. —Kevin manifestó su acuerdo con un gesto de cabeza.
—Sí, así es como yo me he sentido. —Miró hacia atrás—. Como si estuviera ahí sentado y hablando con mi padre.
Paul se echó a reír y puso el brazo alrededor de Kevin, mientras seguían andando por el corredor hasta llegar al despacho de Dave Kotein. Este, un hombre de treinta y un años, tenía una edad más cercana a la de Kevin. También se había licenciado en derecho en la Universidad de Nueva York, por lo que enseguida se pusieron a recordar los profesores que habían tenido en común. Dave era delgado, de algo menos de metro ochenta, tenía el pelo castaño claro y lo llevaba corto, casi al estilo militar. Kevin pensó que Miriam lo encontraría atractivo porque tenía unos ojos azules de niño y una sonrisa suave y agradable que en cierto modo le recordaba la de Seth, su hermano pequeño.
A pesar de su cuerpo delgado, Dave poseía una voz profunda y resonante; cualquier director de coro habría vendido su alma para hacerse con ella. Kevin se lo imaginaba en un juicio, interrogando a un testigo, con aquella voz reverberando sobre las cabezas de un público atentó. Desde que fueron presentados, Kevin tuvo la impresión de que Dave Kotein era un hombre inteligente y perspicaz. Más tarde, Paul le contaría que Dave se había licenciado como uno de los cinco mejores de su promoción de la Universidad de Nueva York y que tuvo la oportunidad de trabajar en un gran número de prestigiosos bufetes de Nueva York y Washington.
—Sigamos con el recorrido —dijo Paul—. Tú y Dave tendréis mucho tiempo para conoceros, así como vuestras esposas.
—Muy bien. ¿Tenéis niños? —preguntó Kevin.
—Todavía no, pero no tardaremos —contestó Dave—. Norma y yo nos hallamos más o menos en el mismo punto que tú y Miriam —añadió. Kevin esbozó una sonrisa, pero entonces encontró extraño que también conocieran tanto sobre su vida personal. Paul se anticipó a la reflexión.
—Sobre los eventuales futuros asociados hacemos un estudio completo —precisó —, de modo que no te sorprendas de lo mucho que podamos saber de ti.
—¿Seguro que esto no es una sucursal de la CIA?
Dave y Paul se miraron uno a otro y rieron.
—Yo tuve la misma sensación cuando Paul y el señor Milton me propusieron venir a trabajar aquí.
—Hablaremos más tarde —dijo Paul, y él y Kevin salieron y se dirigieron a la biblioteca jurídica.
Esta era el doble de la de Boyle, Carlton & Sessler y estaba totalmente actualizada. Había un ordenador que, según explicó Paul, estaba conectado a los archivos policiales, incluso a nivel federal, y un ordenador principal que les suministraba información de casos precedentes u obtenidos a través de investigaciones para poder entender y examinar los informes criminales y las pruebas forenses. Una de las secretarias estaba frente a un teclado introduciendo nueva información procedente de uno de los investigadores privados del bufete.
—Wendy, te presento a Kevin Taylor, nuestro nuevo asociado. Kevin, ella es Wendy Allan.
La secretaria se volvió y de nuevo Kevin se vio sorprendido por una cara y una silueta hermosas. Wendy Allan parecía tener veintidós o veintitrés años. Su pelo color melocotón estaba suavemente cortado en capas y formaba un flequillo que se arrollaba como emplumado sobre su frente. Cuando sonreía, le brillaban los ojos castaños.
—¿Qué tal?
—Hola.
—Wendy actuará al mismo tiempo de secretaria tuya y de Dave hasta que contratemos otra —explicó Scholefield. Kevin sonrió para sus adentros ante la perspectiva de tener su propia secretaria.
—Espero trabajar pronto con usted, señor Taylor.
—Lo mismo digo.
—Sería mejor que fuéramos a ver a Ted —dijo Paul en voz baja—. Acabo de acordarme de que esta tarde tiene que asistir a una declaración judicial.
—Por supuesto.
Siguió a Paul hasta la salida, no sin antes mirar atrás para captar la sonrisa que Wendy Allan todavía le dirigía.
—¿Cómo podéis concentraros en el trabajo habiendo esas hermosas mujeres a vuestro alrededor? —preguntó Kevin medio en broma. Paul se detuvo y se volvió hacia él.
—Wendy y Diane son hermosas, como ya habrás comprobado, igual que Elaine y Carla, pero también son secretarias sumamente eficientes. —Paul sonrió y echó una mirada hacia la biblioteca—. El señor Milton dice que la mayoría de los hombres tienden a pensar que las mujeres hermosas no son inteligentes. En una ocasión ganó un caso precisamente porque el demandante partía de esa base. Un día le pediré que te hable de eso; recuérdamelo. Por cierto —añadió, bajando la voz—, el señor Milton las ha contratado a todas personalmente.
Kevin asintió, y prosiguieron hacia el despacho de Ted McCarthy.
A Kevin, McCarthy le recordaba en ciertos aspectos a sí mismo. Era dos años mayor y tenía más o menos el mismo aspecto físico, salvo que el cabello de Ted era negro, su tez más morena, y los ojos castaño oscuro. Pero el caso es que ambos habían nacido y se habían criado en Long Island. McCarthy había vivido en Northport y había estudiado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Syracusa.
Al igual que Miriam, la esposa de Ted McCarthy también había crecido en Long Island y había trabajado como recepcionista de una consulta médica de Commack. Tampoco tenían niños, aunque pensaban tenerlos pronto.
Kevin tuvo la impresión de que Ted McCarthy era un hombre meticuloso. Estaba sentado tras una mesa negra de madera de roble, y todos sus papeles aparecían bien ordenados al lado de una gran fotografía de su mujer y otra de él y ella el día de su boda, ambas en sendos marcos de plata. En comparación con los de Dave Kotein y Paul Scholefield, su despacho era bastante espartano, y producía una sensación de más orden y pulcritud.
—Encantado de conocerte, Kevin —dijo McCarthy, levantándose de la silla cuando Paul procedía a presentarlos. Igual que Dave y Paul, Ted poseía una voz impresionante, y su dicción era clara y nítida—. Después de oír al señor Milton y a Paul hablar de ti, sabía que pronto estarías entre nosotros.
—Parece que todo el mundo lo ha sabido antes que yo —dijo Kevin con humor.
—Lo mismo me sucedió a mí —puntualizó Ted—. Estaba trabajando en el bufete de mi padre sin la menor intención de cambiar de aires, cuando un día Paul entró en contacto conmigo. El mismo día que vine aquí a hablar con el señor Milton me puse a pensar en la manera de comunicarle la noticia a mi padre.
—Es extraordinario.
—Es raro el día en que no ocurre algo especialmente emocionante. Y ahora que estarás con nosotros…
—Ardo en deseos de empezar —exclamó Kevin.
—Buena suerte y bienvenido a bordo —dijo Ted—. Tengo que marcharme enseguida; he de asistir a una declaración judicial de un cliente al que se le acusa de violar a la hija adolescente de su vecina.
—¿En serio?
—Te hablaré del caso en nuestra reunión habitual del equipo —precisó Ted.
Kevin asintió e inició el movimiento de seguir a Paul, pero se detuvo en el umbral de la puerta.
—Me gustaría saber una cosa, Ted —dijo Kevin, preguntándose cómo Miriam y los padres de ambos reaccionarían ante su decisión.
—Adelante.
—¿Cómo le comunicaste la noticia a tu padre?
—Le expliqué lo mucho que deseaba especializarme en derecho penal y la grata impresión que me causó el señor Milton.
—Pero ibas a heredar el bufete familiar, ¿verdad?
—Oh… —Ted sonrió y movió la cabeza—. Al cabo de un tiempo te darás cuenta de que éste también es un bufete familiar.
Impresionado por la sinceridad de Ted, Kevin hizo un gesto de aprobación. Acto seguido volvió a lo que iba a ser su despacho y se sentó a la enorme mesa. Se reclinó en la silla, poniendo las manos detrás de la cabeza, y entonces la hizo girar para mirar la ciudad a través de la ventana. Se sentía a las mil maravillas. No daba crédito a la suerte que tenía: un bufete de prestigio, un apartamento lujoso y gratuito en Manhattan…
Se dio la vuelta y miró en los cajones de la mesa: blocs en blanco, plumas nuevas, una agenda por estrenar… no faltaba nada. Estaba a punto de cerrar el cajón lateral inferior cuando algo llamó su atención. Era una cajita de joyería. La abrió y vio que contenía un pequeño anillo de oro con la inicial «K» grabada en él.
—¿Qué, probando las medidas de la silla? —preguntó Paul mientras entraba.
—¿Cómo? Ah, sí. ¿Qué es esto? —inquirió Kevin al tiempo que mostraba el anillo.
—Ya lo has encontrado, ¿eh? Cosas del señor Milton, un regalo de bienvenida. A los demás también nos lo hizo.
Kevin sacó el anillo de la cajita con cautela y se lo probó. Se ajustaba a la perfección. Levantó los ojos maravillado, aunque el rostro de Paul no revelaba ninguna sorpresa.
—Con pequeños detalles como éste nos muestra la atención que nos dedica como personas; aquí está la diferencia entre este bufete y los demás, Kevin.
—Es evidente. —Kevin reflexionó por un momento y después levantó la vista del anillo—. ¿Pero cómo sabía que iba a aceptar el puesto?
Paul se encogió de hombros.
—Ya te he dicho que conoce bien a las personas.
—Es asombroso. —Entonces echó un vistazo al despacho—. Ese hombre… ¿Jaffee?
—¿Qué quieres saber de él?
—¿Nadie se percató de lo que pasaba?
—Sabíamos que estaba deprimido. Todo el mundo echó una mano en algo. El señor Milton contrató una niñera para el bebé; los demás hacíamos lo que podíamos, lo llamábamos, lo visitábamos… Todos nos sentimos culpables; todos fuimos responsables.
—No he querido insinuar…
—Oh, no, por supuesto —dijo Paul—. Lo que pasa es que todos vivimos en el mismo edificio de apartamentos. Deberíamos haber sido capaces de ayudarlo.
—¿Todos vivís en el mismo bloque?
—El mismo en que vivirás tú. De hecho, vas a trasladarte al apartamento de Jaffee.
Kevin se quedó inmóvil y mirando fijamente. No sabía cómo Miriam tomaría eso.
—¿Cómo… cómo lo hizo?
—Saltó desde la terraza. Pero no te preocupes —dijo Paul, sonriendo con rapidez —, no creo que el apartamento esté maldito.
—Sin embargo, quizá sería prudente ocultarle esa información a mi esposa.
—Oh, por supuesto. Al menos hasta que os hayáis instalado y ella haya podido comprobar por sí misma lo seguros y cómodos que estáis. Con el tiempo, no la sacará de allí a rastras ni una manada de elefantes salvajes.