Pasos
Yo viajaba hacia el sur. Las aldeas…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Yo viajaba hacia el sur. Las aldeas eran pequeñas y pobres; cuando me detenía en ellas, alrededor de mi automóvil se congregaba una multitud y los niños seguían todos mis movimientos.
Decidí pasar un par de días en una aldea desnuda, enjalbegada, para descansar y hacerme lavar y remendar la ropa. La mujer que se encargó de esa tarea explicó que podía hacerlo con rapidez y eficacia porque tenía una ayudante: una joven huérfana que necesitaba ganarse la vida. Señaló a una muchacha que nos miraba desde una ventana.
Cuando volví al día siguiente para retirar mi ropa, encontré a la muchacha en la habitación de enfrente. Sólo ocasionalmente levantó la vista hacia mí. Cuando nuestros ojos se encontraban, trataba de disimular su interés por mí inclinando cada vez más la cabeza sobre su costura.
Mientras yo transfería algunos de mis documentos al bolsillo de mi chaqueta recién planchada, noté la curiosidad con que miraba la muchacha las tarjetas de crédito que yo había dejado momentáneamente sobre la mesa. Le pregunté si sabía qué eran: me respondió que nunca había visto algo parecido. Le dije que con cualquiera de esas tarjetas se podía comprar muebles, ropa de cama, una batería de cocina, alimentos, ropa, medias, zapatos, bolsos, perfumes y casi todo lo demás que uno podía necesitar, sin pagarlo con dinero.
Con aire negligente, le seguí explicando que yo podía usar también mis tarjetas en las tiendas más caras de la ciudad vecina, que bastaría con mostrarlas para que me sirvieran comida en cualquier restaurante, que podía alojarme en los mejores hoteles y lograr esto tanto para mí como para cualquier otra persona que se me antojara. Agregué que, como yo simpatizaba con ella y me parecía buena y adivinaba que su patrona la maltrataba, estaba dispuesto a llevármela. Si ella lo deseaba, podía quedarse conmigo durante todo el tiempo que quisiera.
Sin mirarme aún, la muchacha me preguntó, como si quisiera que la tranquilizaran, si tendría que llevar algún dinero. Volví a decirle que ni ella ni yo necesitábamos dinero; nos bastaba con tener las tarjetas y querer usarlas. Le prometí que viajaríamos por distintas ciudades y aun por distintos países; ella no tendría que trabajar ni hacer otra cosa que cuidar de sí misma, yo le compraría todo lo que me pidiera, podría usar hermosos vestidos y embellecerse para mí y cambiar de peinado y aun variar el color de su cabello con toda la frecuencia que deseara. Para conseguir todo esto, dije, lo único que debía hacer era marcharse ese mismo día, muy entrada la noche, sin decirle una sola palabra a nadie y encontrarse conmigo junto al letrero de la carretera enclavado en los accesos de la aldea. Al llegar a la gran ciudad, le aseguré, se le mandaría una carta a su patrona explicándole que, como tantas otras, ella se había ido a buscar trabajo allí. Finalmente, le dije que la esperaría esa noche y que confiaba en que vendría.
Las tarjetas de crédito estaban sobre la mesa. La muchacha se levantó y las miró absorta, con un respeto aliado a la incredulidad; luego, tendió la mano derecha como para tocarlas, pero la retiró rápidamente. Tomé una de ellas y se la tendí. La asió cautelosamente entre los dedos como si fuera una hostia, alzándola a la luz para examinar los números y las letras impresos en ella.
Esa noche, estacioné mi automóvil entre unos arbustos, a pocos metros del letrero de la carretera. Antes de que oscureciese por completo, pasaron muchos carros que iban del mercado a la aldea, pero nadie notó mi presencia.
De pronto, la muchacha apareció detrás de mí, sin aliento y asustada, aferrando un hatillo de cosas suyas. Abrí la portezuela del automóvil y, sin una sola palabra, le señalé el asiento de atrás. Puse en marcha rápidamente el motor y sólo cuando habíamos abandonado la aldea, disminuí la velocidad y le dije que ahora ella era libre y sus días de pobreza habían pasado. Guardó silencio durante algún tiempo y luego, con tono vacilante, me preguntó si yo tenía aún las tarjetas de crédito. Las saqué del bolsillo y se las tendí. A los pocos minutos, ya no pude ver su cabeza en el espejo retrovisor: se había quedado dormida.
Llegamos a la ciudad a la mañana siguiente, casi al mediodía. La muchacha se despertó y apoyó su rostro contra la ventanilla, observando el tránsito. De pronto, me tocó el brazo, señalando el edificio de grandes tiendas ante el cual pasábamos. Quería comprobar, dijo, si era cierto que mis tarjetas tenían más poder que el dinero. Estacioné el automóvil.
Cuando entramos en aquel establecimiento, me asió del brazo: la palma de su mano estaba húmeda de excitación. Confesó que nunca había estado en la ciudad y le costaba creer que se pudiese reunir tanta gente en un mismo sitio y que quedaran sin embargo tantas cosas que podían comprarse. Señaló los vestidos que le gustaban y aceptó las pocas insinuaciones que le hice sobre las cosas que le sentarían mejor. Con la ayuda de dos vendedoras que la miraban con evidente envidia, elegimos varios pares de zapatos, guantes, medias, algo de ropa interior, varios vestidos y bolsos y un abrigo.
Ahora, la muchacha estaba más asustada aún. Cuando le pregunté si temía que, con mis tarjetas, yo no pudiera pagar todo lo que habíamos elegido, procuró negar su temor, pero, finalmente, lo admitió. Me preguntó por qué tanta gente de la aldea trabajaba durante toda su vida a fin de ganar dinero suficiente para pagar todo lo que habíamos comprado, si yo, que no era un jugador de fútbol famoso ni un astro de cine y ni siquiera un prelado, no necesitaba al parecer dinero para comprar todo lo que quería.
Cuando empaquetaron nuestras compras, le tendí a la cajera una de las tarjetas de crédito; me dio las gracias cortésmente, desapareció por unos instantes y luego regresó y me devolvió la tarjeta con la factura. Mi amiga estaba de pie detrás de mí, ansiosa de aferrar la caja, pero temiendo aún hacerlo.
Salimos de allí. Cuando subimos al automóvil, la muchacha abrió el paquete y examinó sus cosas, tocándolas, husmeándolas, volviéndolas a tocar, cerrando y abriendo la caja. Mientras el coche emprendía la marcha, empezó a probarse los zapatos y los guantes. Nos detuvimos ante un pequeño hotel y entramos. Haciendo caso omiso de la mirada cómplice del empleado de la administración, pedí un apartamento de dos habitaciones contiguas. Me llevaron al primer piso el equipaje, pero ella insistió en subir la caja personalmente, como si temiera que se la arrebataran.
En el apartamento, fue a su cuarto a cambiarse y volvió luciendo uno de los vestidos nuevos. Se pavoneó ante mí, caminando torpemente con sus zapatos flamantes de tacón alto, mirándose en el espejo, regresando a su cuarto varias veces para probarse las demás prendas.
Los otros paquetes, que contenían diversos artículos de ropa interior, nos fueron enviados en las últimas horas de la tarde. En esos momentos, la muchacha estaba algo mareada por el vino que habíamos bebido durante el almuerzo y, como si tratara de impresionarme con su flamante aire mundano, que debía de haber aprendido en las revistas de cine y de hechizo femenino, se plantó ante mí, con las manos sobre las caderas, pasándose la lengua por los labios y la mirada vacilante buscando la mía.
Éramos varios los asistentes de arqueólogo que trabajábamos en una de las islas con un profesor que, durante años, había estado excavando y desenterrando los restos de una antigua civilización que había florecido quince siglos antes de la Era Cristiana.
Se trataba de una civilización avanzada, afirmaba el profesor, pero, en cierto momento, la había destruido una catástrofe masiva. Cuestionaba la teoría predominante de que un catastrófico terremoto, seguido por un maremoto, había sacudido la isla. Recogíamos fragmentos de alfarería, cerníamos cenizas buscando restos de artefactos y desenterrábamos materiales de construcción, todo lo cual era catalogado por el profesor como una prueba para respaldar su labor, inédita aún.
Al cabo de un mes, decidí abandonar las excavaciones y visitar una isla vecina. En mi prisa por alcanzar la balsa me fui sin mi sueldo, pero me prometieron que me lo enviarían con la primera lancha correo. Yo podía vivir un día con el dinero que llevaba encima.
Al llegar, me pasé la jornada viendo las cosas que valía la pena conocer allí. Un volcán dormido, de anchas laderas cubiertas por una porosa roca de lava, que los vientos y las lluvias trocaran en tierra pobre pero cultivable, señoreaba la isla.
Fui al puerto; una hora antes de la puesta del sol, cuando refrescaba, los botes pesqueros partían para la labor nocturna. Observé cómo se deslizaban por las aguas serenas y casi sin oleaje hasta que sus formas alargadas y bajas desaparecieron. De pronto, las islas perdieron la luz reflejada por sus espinas dorsales de rocas y se tornaron desnudas y negras. Luego, como si se ahogaran silenciosamente bajo la superficie, desaparecieron una por una.
En la mañana del segundo día, fui hasta el muelle al encuentro de mi lancha correo. Con consternación, comprobé que mi sueldo no había llegado. Me quedé parado en el muelle, preguntándome qué haría para vivir y si podría abandonar la isla algún día. Varios pescadores estaban sentados junto a sus redes, observándome; adivinaban que me pasaba algo. Tres de ellos se acercaron y me hablaron. Como no los comprendí, contesté en los dos idiomas que conocía: sus semblantes se tornaron hoscos y hostiles y me volvieron bruscamente la espalda. Esa noche, traje a la playa mi saco de dormir y me tendí sobre la arena.
Por la mañana, gasté el resto de mi dinero en una taza de café. Después de haberme paseado por las serpenteantes calles que se extendían detrás del puerto, eché a andar por los achaparrados campos, rumbo a la aldea más próxima. Los nativos estaban sentados en la sombra, observándome de soslayo. Con hambre y sed, volví a la playa, bajo un calcinante sol. No tenía nada que permutar por comida o dinero: ni un reloj, ni una estilográfica, ni gemelos de camisa, ni una cámara fotográfica, ni una billetera. A mediodía, cuando el sol estaba alto y la gente de la aldea se refugió en sus casas, fui a la comisaría. Encontré al único policía de la isla dormitando junto al teléfono. Lo desperté, pero, al parecer, le costaba comprender hasta el más simple de mis gestos. Le señalé el teléfono, volviendo del revés mis bolsillos vacíos; hice señales y tracé dibujos y hasta le representé con una pantomima la sed y el hambre. Todo esto no surtió efecto: el policía no mostró interés ni comprensión y el teléfono siguió cerrado. Era el único de la isla: la guía de turismo que yo leyera hasta se había molestado en anotar el hecho.
Por la tarde me paseé por la aldea, sonriéndoles a sus habitantes, confiando en que me ofrecerían un trago o me invitarían a comer. Nadie contestó a mi saludo: la gente me volvía la espalda y los comerciantes, simplemente, hacían caso omiso de mi existencia. La iglesia estaba en la isla más grande del grupo y yo no tenía ningún medio de llegar allí para pedir comida y alojamiento. Volví a la playa, como si esperase que surgiera ayuda del mar, hambriento y exhausto. El sol me había causado una jaqueca que me martilleaba la cabeza, sentía oleadas de mareos. De pronto, oí hablar en un idioma extranjero. Me volví y vi a dos mujeres sentadas cerca del agua. Sobre sus muslos y antebrazos, pendían gruesos pliegues de grasa surcados por venas: sus grandes senos colgantes estaban comprimidos en exagerados corpiños.
Tomaban el sol, tendidas sobre sus toallas de playa y rodeadas por un equipo de picnic: cestos con comida, termos, sombrillas y bolsos de red llenos de frutas. Una pila de libros, junto a ellas, exhibía en forma visible los números de la biblioteca. Evidentemente, eran turistas que paraban en casa de una familia local. Me acerqué a ellas, lenta pero directamente, cuidando de no alarmarlas. Dejaron de hablar y las saludé con una sonrisa, usando mi idioma esta vez. Me contestaron en otro. No teníamos un idioma común, pero adiviné que la comida se acercaba. Me senté a su lado, como si comprendiese que me habían invitado. Cuando empezaron a comer, miré los comestibles: ellas no lo notaron o hicieron caso omiso de mi ávida mirada. A los pocos minutos, la mujer que me parecía más madura me ofreció una manzana. La comí lentamente, tratando de disimular mi hambre y confiando en obtener algo más sólido. Ambas me observaban atentamente.
En la playa hacía calor y dormité. Pero desperté cuando ambas mujeres se levantaron, con los hombros y las espaldas enrojecidos por el sol. Arroyos de sudor veteaban la arena adherida a sus fláccidos muslos y la grasa se escurría bajo la piel de sus caderas cuando se inclinaron con esfuerzo para recoger sus cosas. Les ayudé. Con gesto de asentimiento que denotaba un estado de ánimo propicio al flirteo, echaron a andar por el lado interior de la playa; las seguí.
Llegamos a la casa donde se alojaban. Al entrar, volví a sentirme mareado; tropecé con un peldaño de la escalinata y me desplomé. Riendo y parloteando, ambas me desnudaron y me llevaron a una cama grande y baja. Aturdido aún, señalé mi estómago. Sin demora, las dos mujeres corrieron a traerme carne, frutas y leche. Antes de que pudiese terminar de comer, corrieron las cortinas y se quitaron los trajes de baño. Desnudas, se dejaron caer sobre mí. Quedé sepultado bajo sus gruesos vientres y sus anchas espaldas; me sujetaron los brazos y me manosearon, oprimieron, estrujaron y golpearon el cuerpo.
Por la mañana, fui al muelle. La lancha correo llegó, pero no traía el cheque ni ninguna carta para mí. Me quedé observando a la embarcación que se alejaba bajo el ardiente sol que disipaba la niebla matinal, revelando una por una las lejanas islas.
Me contraté para enseñar a esquiar y viví en un lugar de veraneo de las montañas adonde enviaban a los tuberculosos. Desde mi apartamento se podía ver el sanatorio y distinguir los pálidos rostros de los recién llegados de los bronceados semblantes de los pacientes a largo plazo que se soleaban en las terrazas.
Al fin de cada tarde, mis cansados esquiadores volvían a sus hosterías y yo a mi solitaria cena. Me pasaba la mayor parte del tiempo solo. Después de cenar, el gong del sanatorio anunciaba la rutina nocturna y pocos minutos después, apagaban las luces, como si las arrancaran de una ventana tras otra.
Un perro aulló en una cabaña enclavada a lo lejos, sobre una pendiente. En alguna parte, se oyó un portazo. Luego, advertí a figuras humanas que avanzaban trabajosamente por la densa capa de nieve que cubría un campo cercano: los instructores de esquí de las hosterías vecinas acudían cautelosamente a sus citas nocturnas. Desde la compacta negrura que rodeaba el sanatorio, otras figuras se adelantaron presurosamente hacia los hombres que esperaban abajo: las pacientes salían furtivamente al encuentro de sus amantes. Las siluetas se rozaron y confundieron, como si fuesen los fragmentos de una sombra que estaban remendando. Cada una de las parejas partió por separado. A la luz de la luna, parecían pinos de la montaña que habían bajado de las laderas para aventurarse por los campos sin viento. Pronto, todos desaparecieron.
En las semanas siguientes, noté que a algunos de los pacientes más vigorosos les permitían pasar parte del día al aire libre. Se encontraban en el café, al pie de las pendientes y muchos de ellos formaban alianzas con los turistas y la gente del personal. Muy a menudo, desde el refugio que me brindaba un bosquecillo de abetos, yo los miraba salir en parejas, notando a veces cambios en los compañeros y confiándole a la memoria los especialmente buscados y los abandonados. Luego, cuando los últimos vestigios de luz se esfumaban y reinaba de pronto un frío glacial hasta en mi protegido refugio, yo volvía a mi apartamento.
En particular, observaba a una mujer. No era un caso grave y decían que se estaba reponiendo muy bien: la darían de alta a fin de mes. Dos hombres se disputaban su amor: el joven instructor de esquí de un hotel vecino y un turista que decía a menudo que se quedaría en ese lugar de veraneo hasta que dieran de alta a la mujer.
Ésta dividía su atención por igual entre ambos. Todas las tardes, el turista salía presurosamente del hotel, mientras el instructor esquiaba, después de haber despachado a sus alumnos. La mujer se sentaba en el café, al pie de las pendientes. Desde allí, podía observar a ambos pretendientes mientras trataban de ganarse su preferencia.
El instructor aprovechaba su destreza esquiando con la mayor velocidad posible y, cuando ya parecía casi demasiado tarde, se apartaba violentamente de la balaustrada de la terraza y patinaba sobre la sábana de nieve, junto a la mesa de la mujer. Su rival, un esquiador mediocre, merodeaba al pie de las pendientes, obligando al instructor a aminorar su velocidad o a detenerse y estropeando usualmente la rapidez y maestría de su descenso.
Una tarde, llegué al café antes de que hubiesen terminado las clases de esquí. El turista ya estaba allí, sin querer continuar aparentemente sus torpes maniobras en las laderas. El instructor había llevado a sus discípulos a las pendientes donde les brindaba sus enseñanzas y que bajaban hasta el café. Cuando el sol comenzó a ponerse los despidió, pero no descendió de lo alto de la pendiente, como de costumbre, hasta el café, sino que comenzó a desplazarse por un cerro cubierto de nieve. El cerro, señalado siempre con banderas de peligro, les estaba vedado a todos los que no tuvieran medallas nacionales de esquí. La gente abandonó sus mesas y se agolpó junto a la balaustrada de la terraza para observar su lento descenso. La mujer se levantó de un salto y salió corriendo del restaurante a fin de esperarlo al pie de la pendiente. El turista la siguió.
El instructor se lanzó, precipitándose al principio hacia abajo en largas y graciosas curvas, eludiendo las salientes de roca desnuda que afloraban en la nieve y le daban al sendero su reputación de peligro. Cobraba velocidad sin cesar, esquiando con la elasticidad y precisión de un maestro. Me pregunté si se detendría junio ni pilar que señalaba el fin del sendero o terminaría con una vuelta espectacular ante la muchacha. Todos guardaban silencio. Los rayos largos y horizontales del sol iluminaban de lleno a la mujer y al turista, parados al pie de la pendiente.
El instructor acometió el último centenar de metros con rapidez y en línea recta. La muchacha se liberó de la mano del turista, que se posara sobre la suya, y se adelantó levantando los brazos y gritando el nombre del instructor. El turista se abalanzó hacia ella y la asió del hombro. En un segundo, el instructor llegó a lo alto de la pendiente y se concentró como para comenzar un salto, pero, en vez de lanzarse hacia arriba, pareció desplazarse a la izquierda, en un giro forzado y repentino. No pudiendo ya girar o disminuir la rapidez del descenso, sus esquíes se levantaron y cobró altura, y toda la fuerza e ímpetu que la larga pendiente había acumulado en él, hundieron repentinamente su hombro en el pecho sin protección del turista. Ambos cuerpos resbalaron por la pendiente y se detuvieron finalmente junto a la terraza. La multitud se lanzó hacia ellos: la sangre goteaba de la boca del turista y lo llevaron inconsciente al café. El instructor se quedó sentado unos minutos sobre los peldaños de la escalinata, con la cabeza entre las manos, mientras la mujer le aflojaba la parka. Luego, se acercó la ambulancia y tendieron al turista, inconsciente aún, sobre la camilla. Cuando los camilleros lo levantaron, miré la escalinata. Ya no se veía al instructor ni a la mujer.
Sólo volví a ver al instructor mucho después. Una noche, con una mujer.
Estaban refugiados en un hueco de la pared del hotel. A su alrededor, bramaba la tormenta y la nieve de los campos saltaba como el agua en una bahía presa de frenesí. Se formaban y rugían espumosas avalanchas blancas, sólo para desmoronarse como montículos de plumas de ganso en grietas insondables. Recostado contra la pared e iluminado ocasionalmente por la vacilante luz de la linterna que se balanceaba sobre un sendero, el hombre estaba de pie más abajo que la mujer y la atraía hacia él. Ella se inclinaba hacia el hombre, aferrándose a su pecho, rindiéndose tiernamente. Sus brazos asían de los hombros a aquél. El torbellino de nieve le tiraba del chaquetón al hombre, entreabriéndolo. Por un momento, pareció que ambos habían criado repentinamente unas alas que los alejarían de ese hueco, de ese campo espolvoreado de blanco y de mi vista. Tomé mi decisión.
A la tarde siguiente, encontré un pretexto para visitar el sanatorio. Por los corredores se paseaban pacientes con pullovers de llamativos dibujos y ajustados pantalones. Otros dormían acurrucados en frazadas. Tenues sombras se filtraban a través de las abandonadas sillas plegables de la soleada terraza y la lona crujía con la fuerte brisa que llegaba de las cumbres.
Vi a una mujer recostada sobre una silla. Su chal, negligentemente echado sobre los hombros, dejaba al descubierto el largo cuello bronceado por el sol. Mientras yo la miraba, me miró a su vez pensativamente y sonrió. Mi sombra se proyectó sobre ella cuando me presenté.
Las normas para los visitantes eran muy severas y sólo me dejaban pasar dos horas diarias en su habitación. Yo no podía acercarme demasiado a ella: no me lo permitía. Estaba muy enferma y tosía sin cesar. A menudo, escupía sangre. Tiritaba, solía tener fiebre; se le sonrojaban las mejillas. Le sudaban las manos y los pies.
Durante una de mis visitas, me pidió que le hiciera el amor. Cerré la puerta con llave. Cuando me hube desnudado, dijo que me mirase en el gran espejo del rincón. La vi en él y nuestros ojos se encontraron. Luego, se levantó de la cama, se quitó la bata y se acercó al espejo. Se detuvo muy cerca de él, tocando mi imagen con una mano y oprimiéndose el cuerpo con la otra. Pude ver sus senos y sus flancos. Me esperó, mientras yo me concentraba cada vez más en el pensamiento de que era yo quien estaba allí, dentro del espejo y de que eran mis carnes lo que tocaban sus manos y sus labios.
Pero con voz baja aunque apremiante, me detenía cada vez que daba un paso hacia ella. Nos haríamos el amor de nuevo: ella de pie como antes delante del espejo, y yo, a un paso de distancia, con los ojos fijos en ella.
Su vida era medida y fiscalizada sin cesar por diversos instrumentos, registrada en negativos, anotada y archivada por un desfile de médicos y enfermeras, reforzada por agujas que le perforaban el pecho y las venas, insuflada por tubos de oxígeno. Mis breves visitas se veían interrumpidas con creciente frecuencia por la intrusión de médicos, enfermeras o empleados del sanatorio que venían a cambiar los tubos de oxígeno o a darle nuevos medicamentos.
Un día, una vieja monja me detuvo en el corredor. Me preguntó si yo sabía qué estaba haciendo y cuando le dije que no la comprendía, respondió que el personal tenía un nombre para la gente como yo: hyaenidae. Como yo no comprendía aún, la monja dijo: hienas. Los hombres como yo, declaró, merodeaban alrededor de los cuerpos que se estaban muriendo: cada vez que yo me alimentaba de esa mujer, aceleraba su muerte.
Con el tiempo, el estado de ésta empeoró visiblemente. Me quedé sentado en su cuarto, contemplando absorto su pálido rostro, que sólo iluminaba a ratos un sonrojo. Sus manos, apoyadas sobre el cobertor, eran magras, con una delicada red de venas azulencas. Sus frágiles hombros se levantaban cada vez que respiraba y se secaba furtivamente el sudor que perlaba sin cesar su frente. Yo seguía sentado en silencio y miraba fijamente el espejo mientras ella dormía; el azogue reflejaba los fríos rectángulos blancos de los muros y el cielo raso.
Las monjas entraban y salían silenciosamente de la habitación, pero yo lograba rehuir sus ojos. Se inclinaban sobre la paciente, secándole la frente, mojándole los labios con trocitos de algodón, murmurándole en algún lenguaje secreto. Su incómoda indumentaria se agitaba como las alas de unos pájaros inquietos.
Salí a la terraza, cerrando rápidamente la puerta detrás de mí. El viento empujaba la nieve sin cesar sobre los campos endurecidos, llenando con ella las profundas huellas de las pisadas de la víspera. Aferré el suave almohadón de nieve fresca que cubría la balaustrada helada. Por un momento, la nieve brilló en mi tibia palma antes de trocarse en goteante cieno.
Con creciente frecuencia, no me dejaban entrar a su cuarto y yo pasaba horas a solas en mi apartamento. Antes de dormir, sacaba de la gaveta del escritorio varios álbumes llenos de fotografías de ella, cuidadosamente ampliadas y adheridas a conciencia al duro cartón. Ponía esas ampliaciones en un rincón de mi alcoba y me sentaba frente a ellas, recordando lo sucedido en la habitación del sanatorio y las imágenes vistas en el espejo. En algunas de las fotografías, estaba desnuda: ahora, yo las tenía ante mi, para mí solamente. Las miraba como si fueran espejos donde podía ver flotar en cualquier momento mi rostro, de una manera espectral, sobre sus carnes.
Luego, salía al balcón. En torno del sanatorio, las luces de las ventanas se proyectaban sobre la nieve, que ya no parecía fresca. Yo miraba esas tenues luces hasta que empezaban a desaparecer. Más allá de los valles y colinas, veteadas por laderas boscosas, la claridad lunar iluminaba las heladas cumbres y los haces de vaporosas nubes atraídas desde las sombras de angostos desfiladeros.
Se cerraba una puerta con estridente sonido: a lo lejos, se oía la bocina de un automóvil. De pronto, aparecían figuras entre los torbellinos de nieve y avanzaban trabajosamente por los campos hacia el sanatorio, desapareciendo por momentos, como si lucharan contra la asfixiante tormenta de polvo de una planicie castigada por la sequía.
Bajé del tren en una estación pequeña. Cuando el tren se alejó, yo era la única persona que comía en el restaurante de la estación. Detuve al camarero y le pregunté si en aquel pueblo había algo de interés. Me miró y dijo que esa tarde se realizaría una función privada en otro cercano.
Insinuó que la representación sería bastante insólita y que, si yo estaba dispuesto a pagar el precio, él podría pedir que me permitiesen verla. Acepté y salimos de la estación. Media hora después, llegamos a una dehesa, en uno de cuyos extremos se veía una gran casa. Unos cincuenta campesinos de edad madura se habían reunido bajo los árboles, cerca del edificio y se paseaban, fumando y bromeando.
Un hombre que vestía ropa de ciudad salió de la casa y comenzó a percibir dinero de todos nosotros. El precio equivalía a dos semanas de ingresos de un campesino, pero todos estaban dispuestos a pagarlo.
Luego, el organizador desapareció en el interior de la casa y formamos un círculo protegido por los árboles. Los campesinos esperaban, murmurando y riendo. Transcurrieron unos minutos; la puerta se abrió y salieron cuatro mujeres de pintorescos vestidos. El organizador las siguió, conduciendo a un animal de grandes dimensiones. Los campesinos, repentinamente, callaron. Ahora, las mujeres estaban de pie la una junto a la otra, volviéndose de modo que los hombres pudieran verlas, mientras que el organizador exhibía al animal.
Las mujeres representaban, aparentemente, determinados tipos: una de ellas era muy alta y de vigorosa complexión y otra una muchacha frágil y esbelta que parecía provenir de la ciudad. Todas estaban maquilladas y lucían una falda corta ajustada. Los campesinos empezaron a discutir sobre las mujeres en voz alta, argumentando con excitación. A los pocos minutos, el organizador pidió silencio y explicó que se votaría para elegir a una de ellas. Mientras las mujeres se paseaban por allí, desperezándose, inclinándose y acariciando sus cuerpos, la muchedumbre se animaba cada vez más. El organizador llamó sucesivamente a todos para votar.
El cómputo final reveló claramente que la mayoría había elegido a la muchacha. Las otras tres mujeres se unieron al público, riendo y murmurando con los hombres.
La elegida se sentó, sola, en el círculo. Escudriñé los rostros de los hombres; revelaban curiosidad, parecían temer que la muchacha fuese demasiado frágil y débil para sobrevivir a la prueba.
El organizador condujo al animal al centro de la pista, hostigando sus partes pudendas con un palo. Dos campesinos corrieron y lo aferraron para mantenerlo quieto. Entonces, la muchacha se adelantó y comenzó a jugar con el animal, abrazándolo, acariciando sus genitales. Lentamente, empezó a desnudarse. Ahora, el animal estaba excitado e inquieto. Parecía inconcebible que ella pudiese darle cabida.
Los hombres se volvieron frenéticos, incitándola a desnudarse por completo y a aparearse con el animal. El organizador ató varias cintas al órgano de éste, con cada moño de color a una pulgada de distancia del otro. La muchacha se acercó al animal, frotándose con aceite los muslos y el vientre y procurando con zalamerías que le lamiera el cuerpo. Luego, mientras la gente profería gritos de estímulo, se tendió debajo de aquél, ciñéndolo con las piernas. Alzando su vientre y adelantándolo, lo obligó a introducirle su órgano hasta el primer moño. El organizador volvió a entrar en acción, pidiéndole al público que pagara un extra por cada pulgada adicional que penetraba el animal. Los campesinos, que se negaban aún a creer que la muchacha pudiera sobrevivir a su violación, pagaron ansiosamente repetidas veces. Por fin, la muchacha comenzó a gritar. Pero no estoy seguro de si sufría realmente o sólo lo hacía para complacer al público.
Fui al zoológico para ver a un pulpo sobre el cual había leído. Estaba alojado en un acuario y se alimentaba de cangrejos y peces vivos, de almejas… y de sí mismo. Mordisqueaba sus propios tentáculos, consumiendo uno tras otro.
Evidentemente, el pulpo se suicidaba poco a poco. Un empleado del zoológico explicó que, en la región donde lo habían capturado, se le creía un dios de la guerra, que profetizaba la derrota cuando miraba hacia tierra y la victoria cuando miraba hacia el mar; ese ejemplar, afirmaban los nativos, sólo había mirado hacia tierra cuando lo capturaron. Un hombre observó festivamente que, al comerse a sí mismo, el pulpo reconocía presuntamente su derrota.
Cada vez que se mordía, algunos espectadores se estremecían, como si les devoraran sus propias carnes. Otros, permanecían impasibles. Cuando me disponía a alejarme, noté a una joven que miraba fijamente al pulpo sin ninguna reacción aparente, con los labios relajados. Emanaba de ella una serenidad que excedía la mera despreocupación.
Me acerqué y trabé conversación con esa joven. Resultó ser la esposa de un conocido funcionario público cuya familia vivía en la ciudad. Antes de que concluyera la tarde, me invitó a una cena que ofrecía en su casa.
Era una residencia imponente y la cena fue impecable. La dueña de casa se portaba con mucha naturalidad, atendiendo por igual a su familia y a sus invitados y, con todo, parecía en cierto modo retraída. Me pareció que me había mirado fugazmente con cierto interés íntimo y quise una prueba de ello. Me proponía marcharme de la ciudad al día siguiente. Ésa sería mi única oportunidad.
La joven acababa de volverle la espalda a una pareja que se iba y estaba de pie, con el vaso en la mano, cerca de una de las estanterías con libros. Con fingida indiferencia, le dije que quería verla a solas, porque no lograba liberarme de las imágenes que suscitaba en mí.
Le propuse una cita. Sugerí la capital del país vecino, a la cual yo iría al día siguiente. Ella se disponía a contestar cuando se nos acercaron varios invitados. Se volvió hacia ellos, pero antes me tendió su vaso como si fuera el mío, diciéndome en voz baja el nombre del hotel donde nos encontraríamos.
Durante los días siguientes, pensé en ella sin cesar, recordando todos los momentos que pasara a su lado. Cavilé sobre los demás hombres de la velada, preguntándome cuáles podían haber sido sus amantes y meditando sobre las diversas situaciones en que ella había hecho el amor. Cuanto más pensaba en ella, más me inquietaba nuestra primera cita.
… Ambos nos hallábamos desnudos. Yo no deseaba nada tan ansiosamente como estar a mis anchas con ella. Pero la sola idea de lo que podía esperar ella de mí atenuaba mi excitación. Parecía, casi, que mis pensamientos debían apaciguarse para que mi cuerpo pudiera obrar.
Sin embargo, yo no podía ocultar mi ineptitud, ya que, para ella, al parecer, mi deseo sólo se reflejaba en una parte de mi persona, una parte que, repentinamente, se había vuelto muy pequeña. Ella se culpó a sí misma de lo que, insistió, era su falta de sagacidad para complacerme. La noté cada vez más frustrada y contrariada. Me vestí y la abandoné, recorriendo las calles y procurando comprender lo sucedido. Traté de decidir cómo le explicaría en adelante mi difícil trance: temía que ella rechazara toda discusión como un simple pretexto para una segunda tentativa inútil de intimidad física.
En la calle, me acerqué a una mujer; su rostro estaba densamente maquillado y la forma de su cuerpo se perdía en un vestido harto holgado. Después de una breve conversación, consintió en acompañarme.
En la habitación, me ayudó a desnudarme y luego, vestida aún, comenzó a acariciarme. En su contacto había familiaridad, como si sus manos fueran guiadas sobre mi piel por la corriente que esa mujer sentía vibrar debajo de ella; si yo hubiese deseado usar mis manos sobre mi cuerpo, las habría guiado por la misma trayectoria.
Volví a mirar su vestido y, de pronto, advertí que mi acompañante era un hombre. Mi estado de ánimo cambió bruscamente. Sentía en mí el anhelo de placer y abandono, pero adivinaba que me habían aceptado con demasiada facilidad, que todo se había vuelto de pronto muy pronosticable. Lo único que podíamos hacer, era existir el uno para el otro, exclusivamente, como un recuerdo del yo.
Cuando yo estaba en el ejército, muchos de los soldados solían practicar un juego en el cual unos veinte o veinticinco hombres se sentaban alrededor de una mesa, cada uno con una larga cuerda atada a su órgano. A los jugadores, los llamaban «Los Caballeros de la Mesa Redonda». Un hombre, a quien llamaremos el rey Arturo, sujetaba los extremos de todas las cuerdas sin saber quién estaba en el otro extremo.
Con intervalos, el rey Arturo elegía una cuerda y tiraba de ella, pulgada tras pulgada, por sobre las muescas marcadas sobre la tapa de la mesa. Los soldados se escudriñaban mutuamente los rostros, sabiendo que uno de ellos sufría. La víctima hacía todo lo posible por ocultar su dolor y mantener su actitud normal. Se decía que los pocos hombres que estaban circuncidados no podían jugar a aquello tan bien como los que no lo estaban y cuyo miembro protegía un prepucio. Se hacían apuestas sobre cuántas muescas pasaría la cuerda antes de que la víctima de la tortura gritara. Algunos soldados se arruinaban para toda la vida quedándose sentados hasta el final del juego nada más que para ganar el premio en efectivo.
Recuerdo una oportunidad en que los soldados descubrieron que el rey Arturo se había conchabado con uno de los hombres, atándole la cuerda alrededor de la pierna. Naturalmente, ese soldado podía soportar más el dolor que los demás y así el rey Arturo y él lograron embolsarse grandes sumas de dinero. Los caballeros engañados eligieron en secreto el castigo que consideraron adecuado. Los culpables fueron atados de manos, les vendaron los ojos y los llevaron al bosque. Allí, los desnudaron y amarraron a sendos árboles. Los caballeros, uno tras otro, aplastaron lentamente los genitales de las víctimas entre dos piedras hasta que sus carnes se convirtieron en una pulpa irreconocible.
Más tarde, en el ejército, doce de nosotros formábamos un grupo y de noche, en nuestra tienda de campaña, acostumbrábamos hablar de mujeres. Uno de los hombres del grupo se quejó de que nunca podía hacer realmente todo lo que quería —o, por lo menos, durante suficiente tiempo— mientras le hacía el amor a su mujer. Otros parecían tener problemas análogos. Yo no estaba seguro de haber comprendido, pero se me ocurrió que quizás todos ellos padecieran de algo curable y les aconsejé que visitasen a un médico. Me aseguraron que ningún médico podría ayudarles: aquello era, a su entender, el veredicto de la naturaleza. Lo único que uno podía hacer, afirmaban, era dominarse mientras hacía el amor, tratar de no pensar en la mujer, de no concentrarse en lo que hacía, sentía o quería sentir.
Se quejaron de que una mujer rara vez le dice a un hombre cómo es él, comparado con los demás con quienes ha tenido relaciones íntimas, si es que alguna vez se lo dice: teme denunciarse a sí misma. Esto, argüyeron, es una barrera. Un hombre está condenado a no conocerse jamás como amante.
Recordé a la muchacha que había sido mi amiga cuando yo estaba en el colegio secundario. Acostumbrábamos hacer el amor cuando mis padres salían. Cierto día, el teléfono sonó mientras nos hacíamos el amor; como estaba sobre la mesa de noche, lo atendí sin dejar de hacerlo y hablé unos instantes con el amigo que había llamado. Cuando colgué el receptor, la muchacha me dijo que nunca volvería a hacer el amor conmigo.
La contrariaba, dijo, el que yo pudiese tener una erección con un simple acto de voluntad… como si sólo tuviera que estirar la pierna o doblar un dedo. Subrayó la idea de la espontaneidad, afirmando que yo debía sentir necesidad, un repentino deseo. Le dije que eso no tenía importancia, pero insistió en que la tenía, afirmando que si yo me decidía conscientemente a una erección, ello reducía el acto de hacer el amor a algo muy mecánico y usual.
En los primeros días del mes, el regimiento inició sus preparativos para el desfile del Día Nacional y varios centenares de hombres, elegidos por nuestra estatura uniforme y nuestra familiaridad con los ejercicios necesarios, comenzamos nuestros ensayos cotidianos.
Acostumbrábamos reunirnos al amanecer sobre la tierra aterronada y calcinada por el sol del campo de desfiles, rodeada por el bosque. A pesar del calor estival, los ejercicios duraban todo el día y marchábamos en una sola columna, de a cuatro en fondo, cruzando con paso de ganso toda la extensión del campo, las seis unidades girando y volviendo, cruzando y volviendo a cruzar cada cual las huellas de la otra, como vagones ferroviarios que van al apartadero.
Al mes de ese difícil adiestramiento, nos habíamos convertido en un solo organismo, marchábamos como un solo hombre. Respirábamos al unísono y hacíamos el saludo militar con un solo ademán: nos echábamos al hombro nuestros fusiles, que se habían convertido en una prolongación de nuestros huesos y músculos. Durante esos días agotadores, sólo podíamos pensar en el dolor de nuestros pies hinchados y que ardían y en los uniformes abrigados y ordinarios que se frotaban contra nuestra piel sudorosa. Parecíamos marchar sin cesar hacia el bosque inmóvil, pero, invariablemente, la columna volvía sobre sus pasos antes de llegar a la sombra de los árboles.
El Día Nacional, la diana sonó antes que de costumbre. El desfile debía efectuarse a cierta distancia del campamento. Entonces, comprendí que echaría de menos toda esa aburrida jornada. Si cuatro de nosotros, los tres hombres que marchaban a la par de mí y yo, desaparecíamos silenciosamente y pasábamos el resto del día en el bosque, era muy improbable que nuestros harto ansiosos oficiales descubrieran esa ausencia. Al anochecer, podíamos volver fácilmente al campamento y confundirnos con los soldados que dormían.
Se lo dije a mis camaradas; aceptaron el plan y decidimos abandonar el campamento antes de que pasaran lista por primera vez. En vez de ir a desayunar a la cantina, fuimos al vertedero de basuras, como si fuéramos los hombres asignados al destacamento sanitario. Luego, nos bastó simplemente con situarnos en el andén de carga y con hacerles señales a los camiones que entraban y salían, hasta que se presentó un momento adecuado para internarnos en el bosque. Nadie nos gritó nada y apenas penetramos entre los primeros arbustos, echamos a correr, arrastrando nuestros fusiles. Los grajos chillaban y, de vez en cuando, de rama en rama, delante de nosotros, saltaban las golondrinas. Nos internamos bastante en el bosque antes de detenernos. Luego nos desnudamos y nos tendimos en el suelo.
Cuando el sol estuvo más alto, del suelo del bosque se desprendieron vaharadas de vapor. Un solo toque de clarín lejano irrumpió entre la miríada de gorjeos y zumbidos que flotaban hacia el claro. Nos quedamos dormidos.
Cuando desperté, me sentí pesado, me ardía la garganta; ya más en guardia, me levanté. El sol rozaba las copas de los árboles, la luz del claro era vaga. Mis compañeros de evasión dormían aún, y sus uniformes pendían de los arbustos próximos. Desde las profundidades del bosque se acercaba un sonido, cada vez más fuerte y próximo. De pronto, comprendí que era la banda. Miré en la dirección del sonido. Lo que vi, me pareció chocante: a menos de doscientos metros de allí, la banda de nuestro regimiento avanzaba entre los árboles hacia nosotros, la dorada batuta del director centelleaba al posarse la luz sobre ella y los mandiles blancos de los tamborileros se destacaban nítidamente entre el verdor del follaje.
Salté hacia mi uniforme, pensando solamente, por el momento, en huir para ocultarme. Luego, me precipité hacia mis compañeros, perezosamente tendidos y los desperté zamarreándolos, mientras me murmuraban insultos. Cuando comprendieron por fin qué iba a suceder, les invadió el mismo pánico. Asieron sus uniformes, botas y fusiles y se lanzaron hacia la espesura.
Impulsivamente, los precedí y, de inmediato, me avasalló un temblor paralizante. A los pocos segundos, aquel impulso pasó, pero yo no podía huir aún. Simplemente, estaba de pie en el claro, desnudo, con mi fusil y mi uniforme a mis pies, como si hubiese resuelto conscientemente mantenerme firme allí y esperar la llegada de la columna.
Las filas que iban a la cabeza sólo estaban a unos metros de distancia. Ya me habían visto, porque la banda dejó de tocar y varios oficiales a caballo se separaron de los soldados y galoparon hacia el claro.
En la columna, reinaba un pandemonio; varios soldados se habían salido de las filas y otros gritaban y me hacían gestos. Vi a un abanderado del regimiento y un reflejo me indujo a hacerle el saludo militar. Un grito burlón surgió de los labios de los soldados más próximos; un trompeta alzó su instrumento y ejecutó un llamado de caza, rompiendo la sucesión de mis movimientos. Me miré a mí mismo con horror: no podía hacer nada… me habían tomado de sorpresa.
Resonaron órdenes: la columna se detuvo y aunque los sargentos les ordenaron a los soldados que no rompieran filas, no pudieron impedir que rieran. Dos de ellos avanzaron hacia mí, seguidos por un oficial a caballo. Un segundo oficial desmontó y me gritó con voz tonante que estaba arrestado. Dieron otras órdenes: la columna se reorganizó y siguió la marcha por su atajo a través del claro para regresar al campamento. Me vestí y los guardias me llevaron allí.
Me acusaron de haberme ausentado sin licencia y de haber desertado del lugar donde cumplía con mi deber. Me ordenaron que revelara los nombres de mis compañeros, pero afirmé que había obrado totalmente solo, sosteniendo que, seguramente, los demás habían llegado al claro por su cuenta mientras yo dormía. Insistí en que yo sólo era culpable del delito de menor cuantía de no haber obtenido un permiso por escrito para ausentarme, afirmando que uno de los oficiales me había autorizado a alejarme del desfile durante un ejercicio; y, aunque ése oficial ya no quisiera recordarlo, mi ausencia no debía ser considerada un cargo contra mí. Ante la acusación de que mi saludo militar, cuando estaba desnudo, era un estudiado insulto a la bandera, hice notar que, en muchas ocasiones, cuando a los soldados los había hallado desnudos un ataque por sorpresa, se habían visto obligados a combatir en esas condiciones.
¿Está usted circunciso? Siempre me lo he preguntado. De todos modos, no estoy seguro de si notaría la diferencia entre estarlo y no estarlo.
¿Por qué no me lo preguntó antes?
En realidad, no se trata de algo importante y yo temía formular la pregunta. Usted podía haberla interpretado como una especie de expectativa de mi parte, hasta de desaprobación. ¿No son muy sensibles los hombres sobre cosas así?
No lo sé: los hombres varían.
¿Es realmente necesaria la circuncisión? ¿Como hacerse extirpar el apéndice, por ejemplo?
No, no lo es.
Hoy, parece algo tan cruel y superfluo; ¡se le saca al niño una parte de su cuerpo sin su consentimiento! ¿No es posible que, a consecuencia de haber sido mutilado, el hombre se vuelva menos sensible y reaccione menos? Después de todo, un órgano delicado que la naturaleza se ha propuesto esté cubierto y se conserve delicado queda al descubierto y, casi como las rodillas y los codos, es rozado sin cesar por el lino, la lana y el algodón que uno usa…
Me ordenaron que me camuflara en un bosque situado a varios kilómetros de toda población. Elegí un árbol de frondoso ramaje y me preparé una cómoda alcándara, quedándome allí varias horas durante las maniobras. Al inspeccionar los alrededores con mis prismáticos de campaña, descubrí a otro soldado camuflado de mi regimentó, que se había apostado a un kilómetro de distancia. Como no me habían ordenado revelar mi posición, me conservé oculto, observándolo ocasionalmente, con mis prismáticos. De pronto, uno de sus movimientos me puso en guardia y noté el arco del caño de su fusil: en el linde de un campo lejano, al franquear apenas el perímetro del territorio del regimiento, dos hombres caminaban lentamente. El fusil del soldado tuvo dos retrocesos y retumbaron en el silencio dos detonaciones ahogadas. Cuando volví a mirar a la pareja, la vi tendida entre la ondulante hierba, como dos seres que viajan en sendos acuaplanos y se ven arrancados de pronto de sus tablas por una ola imprevisible.
Observé de más cerca al tirador apostado. Aunque no podía ver su cara, se me ocurrió pensar que él sí podría ver y reconocer la mía, y sentí que el corazón se me encogía; pero su fusil descansaba sobre sus rodillas y él estaba apaciblemente recostado contra las ramas que se movían con el soñoliento balanceo del bosque. Le espié cautelosamente hasta que el aire azulado se dejó caer sobre los árboles escuálidos y la oscuridad brotó como si emanase del rocío que cubría el suelo.
Al día siguiente, el ayudante anunció que dos civiles habían resultado muertos por unas balas perdidas. La investigación no produjo ningún fruto, ya que todos pudimos responder de las municiones que nos habían asignado.
Más tarde, dos camiones llenos de jugadores de fútbol del regimiento atajaron a través de un terreno reservado para las prácticas de artillería. El terreno tenía que haber estado señalizado como zona peligrosa, pero o bien los conductores no vieron las señales de aviso o bien algún soldado del regimiento las había quitado; sea como fuere, los jugadores jamás llegaron a su destino. Los camiones habrían recorrido la mitad de camino sobre aquel terreno cuando la artillería abrió fuego: no quedó más que un par de zapatos blancos de tenis sorprendentemente limpios.
Supongamos que él llegara a ser mi amante. Para extirpar esa idea tendrías que destruirle, ¿no?
No lo sé. No estoy seguro.
En una ocasión en que fuimos juntos a comprar un abrigo para mí, el vendedor se me acercó para ayudarme a probarlo. Cuando puso su mano en mi nuca para ajustarme el cuello, tú te aproximaste a él y, sin decir palabra, tomaste su mano y se la retiraste; como si no fuera más que un simple objeto. Debiste apretarla con una fuerza tremenda, porque quedó petrificado. Su rostro se tornó casi purpúreo y su boca se abrió como pronta a gritar.
Retiré su mano de tu nuca porque no quería que te tocara.
Ciertamente, él no se proponía nada personal.
No sé qué se proponía y tú tampoco lo sabes. Estaba pensando en lo que podías sentir cuando él te tocara.
Para matar ese pensamiento… ¿tuviste que retirar su mano de mi nuca?
Sí.
¿Podrías matar a un hombre? Quiero decir… ¿podrías hacerlo por alguna razón importante?
No lo sé.
El trabajo escaseaba durante la guerra: yo estaba demasiado flaco para trabajar en los campos y los campesinos preferían emplear a sus propios hijos o parientes en las labores. Por ser un vagabundo, yo era la víctima de todo el mundo. Para divertirse, el campesino en cuya casa me alojé finalmente me asía del cuello de la chaqueta, me acercaba a sí y me golpeaba. A veces, llamaba a su hermano o a sus amigos para que compartieran con él un juego en el cual yo tenía que permanecer inmóvil —mirando adelante con los ojos muy abiertos— mientras ellos se paraban a pocos paso de mí y me escupían en la cara, haciendo apuestas sobre las veces que lograrían acertarme en el ojo.
Este juego llegó a ser muy popular en la aldea. Yo era el blanco de todos: los niños y las niñas, los campesinos y sus esposas, los borrachos y los abstemios.
Cierto día, asistí a los funerales de un niño que había muerto por haber comido hongos venenosos: era hijo de uno de los propietarios más ricos de la aldea. Todos los que vinieron al entierro vestían sus mejores galas dominicales y su aire era manso y humilde.
Observé al dolorido padre, parado junto a la tumba abierta. Su rostro estaba amarillo ante la tierra recién removida, sus ojos enrojecidos e hinchados. Se apoyaba sobre su mujer, con las piernas vacilantes, logrando apenas soportar su propio peso. Cuando trajeron el ataúd, se abalanzó sobre la lustrosa tapa, balbuciendo y besándola como si fuera su hijo. Sus gritos y los de su mujer rompieron el silencio, como un coro en un escenario vacío.
Comprendí claramente que el afecto de los campesinos por sus hijos era tan difícil de dominar como un brote de fiebre entre las vacas. A menudo, yo veía a una madre que tocaba el suave cabello de su hijo, las manos de un padre que lanzaban al aire al niño y volvían a atraparlo. Más de una vez, observaba cómo caminaban los niñitos, tambaleándose sobre sus regordetas piernas, tropezando, cayendo, volviendo a levantarse, como sostenidos por la misma fuerza que mantiene a los girasoles golpeados por el viento.
Luego, cierto día, vi a una oveja que se retorcía convulsivamente en lenta agonía, mientras sus desesperados balidos propagaban el terror entre la majada. Los campesinos dijeron que el animal debía de haberse tragado un anzuelo o un fragmento de vidrio con la comida.
Transcurrieron meses. Una mañana, una vaca del rebaño a mi cargo se extravió y fue a parar a la finca de un vecino, dañando sus siembras. Se lo comunicaron a mi amo. Cuando volví de los campos, me esperaba. Me empujó al establo y me azotó hasta que de mis piernas brotó sangre. Bramando de ira, me tiró finalmente a la cara la correa.
Comencé a reunir los anzuelos desechados y a ocultarlos detrás del establo. Cuando el campesino y su mujer se marcharon a la iglesia, fui furtivamente a mi escondite y metí un par de anzuelos y vidrio molido en bolas de pan fresco que sacara de las hogazas horneadas ese día.
Me gustaba jugar con la menor de las tres hijas del campesino. Nos encontrábamos a menudo, y ella reía ruidosamente cuando yo imitaba a una rana o una cigüeña.
Una noche, la niñita me abrazó. Humedecí una bola de pan con mi saliva y le pedí que la tragara entera. Como vacilaba, tomé un trozo de manzana, me lo puse en el fondo de la boca y, empujándolo con el dedo índice, lo tragué instantáneamente. La niña me imitó, engullendo las bolas de pan, una tras otra. Aparté los ojos de su rostro, forzándome a pensar solamente en la sensación de quemadura que me causara el látigo de su padre.
Desde entonces, miré audazmente en los ojos a mi perseguidor, provocando su agresión y sus malos tratos. No sentía dolor. Por cada latigazo que recibía, mis torturadores estaban condenados a sufrir cien veces más que yo. Ahora, yo no era ya su víctima: me había convertido en su juez y su verdugo.
En la zona no había médicos ni hospitales: por las vías férreas más próximas, sólo pasaba ocasionalmente un tren de carga. Al amanecer, los llorosos padres llevaban a sus niños jadeantes a la iglesia para que el sacerdote los purificase con agua bendita. Pero al anochecer, en un estado de ánimo más desesperado, llevaban a los moribundos a las cabañas lejanas de las brujas locales, que practicaban la hechicería y oficiaban de curanderas.
Con todo, la muerte seguía cobrando su tributo y los niños seguían muriendo. Algunos de los campesinos blasfemaban, murmurando que era Dios quien había enviado a Su único hijo, Jesús, a una crucifixión inevitable, a fin de redimir Su propio pecado de crear un mundo tan cruel. Otros, insistían en que la Muerte había venido a vivir a las aldeas para eludir las ciudades bombardeadas y la guerra y los campos donde humeaban día y noche los hornos.