Pasos
Yo viajaba hacia el sur. Las aldeas…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Un hombre vino a reclamar el sobre, hablándome en un idioma desconocido para mí. Hice gestos de que no comprendía. Volvió a hablar. No sé qué dijo. Se fue y volvió a los pocos minutos con tres hombres; todos ellos me rodearon, hablando con excitación. Traté de explicarles que no los comprendía, pero no me quisieron creer. Advertí que me creían uno de ellos, pero harto avergonzados de serlo para admitirlo.
Me empujaron de aquí para allá. Aunque el sobretodo me protegía de sus golpes, temí que me arrojaran al mar y que mi pesado abrigo me ahogase. Ya me veía en el fondo de las aguas, cubierto por mi sobretodo a modo de mortaja. Mientras ellos me seguían golpeando, los botones saltaron y mi abrigo se abrió en las costuras. En ese momento, apareció el reclutador y mis atacantes retrocedieron. Me levanté, oprimiendo contra mi cuerpo los colgantes jirones de mi sobretodo. El reclutador dijo que yo era un perturbador que estaba causando dificultades: tuve que bajar del barco y no volver más allí.
Trabajé en un parking de estacionamiento largo y angosto y viví de las propinas que recibía. Cierto día, un hombre volvió para retirar su lujoso automóvil extranjero. Cuando se lo traje, me preguntó cuál era mi país de origen. Luego, me indicó que subiera al automóvil con él y preguntó sin ambages si me gustaría ganar un poco de dinero. Me mostró un rollo de billetes y dijo que, si yo era despierto, podía ganar ese dinero, para comprarme un automóvil como el suyo y me sobraría lo suficiente para tener durante una semana a una muchacha en el mejor hotel de la ciudad.
Después de haberme interrogado sobre mi vida, dijo que también él había sido en otros tiempos un recién llegado a aquel país. La mayoría de las personas sabían ahí dónde estaba el dinero, pero ignoraban la manera de conseguir su parte. A unos pocos, como él, les sobraba el dinero. Agregó que, en el mundo de hoy, resultaba difícil gastar mucho dinero, a menos que uno pudiera justificarles su origen a las autoridades impositivas. Tenía que tratarse de un negocio legítimo, subrayó, a través del cual se pudiera hacer pasar el dinero para que pareciese limpio.
Sacó del bolsillo un billete de banco: era lo suficiente para que yo viviera tres meses. Lo rasgó en dos mitades y me dio una, diciéndome que recibiría la otra si entregaba un mensaje. Me explicó que cerca del parking había un restaurante, cuyo dueño era un viejo con dos hijas. Al viejo lo habían abordado varias veces personas interesadas en comprarle el restaurante o en ser sus socios. Pero él no quería aceptar sus ofertas.
Como el viejo provenía del mismo país que yo, mi patrón en ciernes confiaba en que su oferta sería más convincente si yo la transmitía. Le parecía que mi aspecto era muy persuasivo. El mensaje consistía simplemente en pedirle al viejo que se asociara a un primo de mi patrón. Si el viejo consentía, obtendría una parte cómoda de las utilidades. Le bastaría con llamar por teléfono al número que yo le daría y todo quedaría arreglado. Si se negaba, yo le diría que no tenía otra alternativa… si amaba a sus hijas. Comprendí inmediatamente que la finalidad de aquella sociedad era lograr que el restaurante pareciese más lucrativo de lo que era en realidad, permitiendo así que pasara a través de los libros un dinero ganado ilegalmente.
Fui a ver al viejo. En el restaurante, sólo vi a una mujer que lavaba el suelo y le dije que quería hablar con el propietario. Lo llamó. Cuando lo saludé, reconoció inmediatamente mi acento y observó que, sin duda, proveníamos de la misma región.
En primer lugar, le dije que traía un mensaje de alguien que trataba de ayudarle. Me respondió que no necesitaba ayuda de desconocidos. Durante la última guerra, a su esposa, paralítica, la habían ayudado a subir a un tren que partía con destino a un campo de concentración. Los que la ayudaban eran hombres jóvenes y bien dispuestos y de pulcros uniformes, dijo. No quería ayuda de desconocidos, repitió. Entonces, de acuerdo con mis instrucciones, le pregunté por sus hijas. Sus labios perdieron el color.
—¿Por qué habla de mis hijas? —preguntó. Nada tienen que ver con mi negocio. ¿Cómo está enterado de su existencia?
—El hombre que me ha mandado no distingue entre su familia y su negocio — dije. Me habló de sus hijas: la más joven va a la escuela todas las mañanas y la mayor cruza la avenida para tomar sus lecciones de piano. Él hasta sabe qué dentista las atiende.
El viejo se levantó, temblando.
—¡Llamaré a la policía! —gritó, pero no se apartó de la mesa.
—No hará semejante cosa —dije. La policía está formada por gente joven y bien dispuesta y de pulcros uniformes. ¿Cree usted que esa gente acompañará todos los días a sus hijas a la escuela, al consultorio del dentista, a casa del profesor de música? Dígamelo.
Él seguía sentado, inmóvil, con el rostro oculto entre las manos.
—El hombre que me ha enviado ama también la música —continué. Me dijo que sería una lástima si su hija se estropeara las manos y no llegara a ser una concertista. También dijo que un viejo que ha perdido a todos sus parientes no debe anteponer un restaurante a sus hijas.
El viejo callaba. Mientras esperaba, oí la música de un piano en el piso alto. Él notó mi atención.
—Mi hija será algún día una gran pianista —dijo. Para ella, la música significa más que las palabras.
Meditó y continuó:
—Deme el número telefónico de ese hombre. Lo llamaré. Tendré que aceptar a ese socio.
Por la mañana, como de costumbre, yo estaba en el parking. A mediodía, llegó mi flamante patrón.
—Ha hecho usted un buen trabajo —dijo. Algún día será abogado o dueño de un restaurante, también.
Entre sus dedos tenía la mitad restante del billete de banco.
Un año después, poco más o menos, fui a ver a mi peluquero favorito. Acababa de llegar al país y de instalar su negocio. Era un establecimiento alegre y limpio y se podía ver su interior por la gran ventana que daba a la calle. Mi peluquero parecía en tensión y perplejo: no quería afeitarme, dijo, porque estaba demasiado nervioso. Sospeché que sucedía algo y le sugerí que fuéramos a un café y conversáramos.
Mientras almorzábamos, me reveló lo ocurrido. Pocos días antes, un visitante le había traído un mensaje: el escaparate de su negocio necesitaba protección. Si se negaba a pagar, lo destrozarían los bribones del barrio. El peluquero dijo que trabajaba desde hacía más de un año y que nunca había tenido la menor dificultad… ¿Por qué querrían ellos destrozarle el escaparate, ahora? De todos modos, tenía un seguro que le pagaría todo lo roto. Pero el visitante insistió en que conocía a algunos jóvenes que recorrían el barrio de noche en motocicletas tirando ladrillos contra los escaparates de ciertos establecimientos; naturalmente, hasta la más generosa de las compañías de seguros no pagaría una y otra vez las vitrinas destrozadas; además, la reparación de los daños causados haría más lenta la marcha de los negocios. Por lo tanto, el visitante le propuso al peluquero que se suscribiera al servicio de protección extraoficial del barrio, como ya lo habían hecho muchas pequeñas empresas. La cuota mensual que debía pagar se basaba en la estimación de los beneficios de su negocio. Su protección le costaría más de la mitad de sus ingresos netos. Tenía una semana para decidirse.
—¿Qué se propone hacer? —le pregunté.
—No puedo pagar. Mi esposa está embarazada. Sé que la policía no podrá protegerme durante mucho tiempo. Perderé la batalla. Tendré que vender mi negocio.
Comprendí, inmediatamente, que el peluquero no sabía cómo luchar y le dije que yo le podría solucionar el asunto si me asociaba a su negocio. Al principio, no quiso creerme, pero le seguí explicando. Luego, lo llevé al banco y al estudio de un abogado para que redactara el contrato de sociedad. A fines de semana, yo era su socio legalmente. Entonces, el peluquero le dijo al hombre que se ocupaba de la protección de negocios que hablara conmigo.
Éste me habló por teléfono y se presentó. Cuando le pregunté desde dónde me llamaba, dijo que estaba en su automóvil, frente a mi casa de apartamentos. Miré por la ventana: un hombre con un receptor telefónico en la mano me hacía gestos desde un coche deportivo. Volví al teléfono y lo invité a subir. Subió.
—¿Le gusta mi automóvil? —preguntó. Es hermoso… ¿verdad?
Le respondí que admiraba el auto.
—Da una gran sensación de poder —dijo. Uno sube a él con una hermosa mujer a su lado y hace funcionar el motor; cuando suelta el embrague, el automóvil se pone en marcha con tanta rapidez que, si uno tiene la mano sobre la rodilla de la muchacha, ella siente de pronto esa mano mucho más adentro.
Mi visitante paseó la mirada a su alrededor, se sentó y apartó los libros que estaban sobre la mesa.
¿A qué vienen todos estos libros? —preguntó. Yo tenía entendido que usted mejoraba la cabeza de la gente por fuera.
Le contesté que la peluquería sólo era un «hobby» mío reciente, así como los autos deportivos, probablemente, eran un nuevo «hobby» suyo. Le comuniqué que yo no tenía intenciones de pagar por la protección y que confiaba en que el escaparate de mi peluquería se conservaría intacto.
Luego, en su presencia, le hablé por teléfono al hombre que había usado mis servicios en el asunto del restaurante. Reconocí inmediatamente su voz cuando atendió el teléfono, pero debí recordarle cuándo y cómo nos habíamos conocido. Le dije que me había dedicado a los negocios, que no me había hecho abogado o siquiera dueño de restaurante, tal como él me lo sugiriera, sino, simplemente, socio de una pequeña peluquería que se veía amenazada. Le pedí que me ayudara como le había ayudado yo antaño. No sabía si él estaba en contacto con los que les imponían su protección a las peluquerías. Si no quería ayudarme, agregué, y me destrozaban la vitrina, yo les haría a él o a su primo o a las familias de ambos lo que proyectara hacerles él antaño a las hijas del viejo dueño del restaurante. Yo no tenía hijos ni familia, continué, pero había sido francotirador en el ejército. Conocía muy bien la ciudad y aunque perdiera la partida eventualmente, sería una víctima muy costosa.
No esperé su comentario y le indiqué a mi visitante que se acercara al teléfono. Un poco desconcertado, aquél tomó el receptor. Los dos hombres hablaron un rato en un idioma extranjero. No sé qué dijeron, pero mi visitante se marchó al cabo de un minuto, sin decirme una sola palabra.
Vi al día siguiente a mi socio y le conté lo ocurrido. El peluquero estaba, aún, perplejo y asustado. Transcurrieron las semanas. En el barrio destrozaron varios escaparates, pero el nuestro quedó intacto. Al cabo de algún tiempo, disolvimos silenciosamente nuestra sociedad.
Aquel hombre tocaba la batería en la pequeña orquesta que era la atracción principal del restaurante vecino. Yo iba allí a menudo y él debió de notar que yo estaba solo, porque una noche, en un intervalo entre dos piezas musicales, se me acercó y me preguntó si podía hablar conmigo. Dijo que sabía que yo buscaba trabajo y él tenía algo que ofrecerme. Explicó que tocar la batería sólo era un «hobby» suyo y que, durante el día, guiaba un camión. Después de tocar la batería durante toda la noche, prosiguió, estaba demasiado fatigado para guiar el camión bien despierto. No quería perder su empleo estable y adecuadamente remunerado de conductor, pero tampoco el de la orquesta. Me preguntó si yo estaba dispuesto a guiar de vez en cuando el camión por él y dijo que me pagaría bien.
Vino a buscarme a la mañana siguiente, temprano, para enseñarme a guiar el camión. Era un vehículo enorme, con una cabina de seis ruedas y un remolque con cuatro juegos de ruedas. Cuando yo hacía virar el camión, el remolque se resistía como si tuviese vida propia, aferrándose implacablemente a su camino como el cuerpo rígido de una enorme serpiente. El aprendizaje para guiar el camión me llevó todo el fin de semana.
El lunes, ya trabajé solo. La estación de servicio del camión estaba en los alrededores de la ciudad. Tenía mi propia población fluctuante de mecánicos, cargadores, despachantes y chóferes. Fui directamente hacia el camión, verifiqué los neumáticos y los frenos, calenté el motor y, después de haber estudiado mis planos, salí con él a la calle.
Yo debía transportar sombreros de una fábrica a tiendas dispersas por toda la ciudad. Me aterrorizaban no sólo las dimensiones del vehículo, sino también las avenidas que se salían repentinamente de los límites del tráfico comercial, las calles que se volvían demasiado angostas o congestionadas para cruzarlas, las plazas temporalmente clausuradas, los niños, los solares con construcciones, todo.
Cada vez que me detenía a verificar mi plano o a pedir instrucciones, el tráfico se detenía también detrás de mí; cualquier tentativa de retroceder podía paralizarlo a lo largo de kilómetros y atraer a una patrulla policial.
Guié el camión a través de las densas calles; mi atención se concentraba alternativamente en lo que tenía delante y en lo que sucedía en la retaguardia. Tenía que calcular las distancias por adelantado y apreciar los espacios disponibles para hacer virar la cabina y el ancho arco del remolque. No podía confiar en nadie: y menos que nada, ciertamente, en los escorzos de los paseantes que veía en los espejos laterales o en los transeúntes que cruzaban las calles o bajaban de las aceras delante mismo de mi camión.
Por fuerza, el camión y yo nos convertimos en un solo ser. Comencé a sentir con mi cuerpo el espacio existente entre los neumáticos traseros y el borde de la acera y el que mediaba entre el camión y las bicicletas precariamente estacionadas. Sabía qué rueda aplastaría una lata de cerveza vacía y podía calcular la pulgada que mediaba entre el guardabarros delantero y el uniforme de un policía que dirigía el tráfico. Descubrí que guiar el camión tenía algo en común con lo que experimentara yo con los esquíes. Tuve que proyectarme a mí mismo más allá de mi cuerpo en un movimiento que no había empezado aún, pero ya era inminente e irreversible.
Una mañana, antes de cruzar el distrito comercial, noté un automóvil que me seguía sin cesar. Temí que me vigilara la policía o un empleado del sindicato. Cuando disminuía la velocidad, pasó el automóvil, y el que lo guiaba, un negro, me indicó que me detuviera. Cuando lo hice, se me acercó y me dijo que le gustaba mi manera de guiar: lo impresionaban mi confianza en mí mismo, mi velocidad y mi dominio del volante. Quería que yo fuese su conductor y estaba dispuesto a pagarme el doble de lo que yo ganaba en ese momento. Miré su rostro franco y el mullido interior de su automóvil.
Lo único que quería de mí, continuó, era que yo guiara el automóvil con tanta rapidez y habilidad como el camión. Pero tenía otro motivo para contratarme. Explicó que eso no se debía al hecho de que yo fuese blanco y él negro, sino, más bien, a la circunstancia de que él y sus socios se reunían con regularidad en el auto para discutir sobre negocios importantes. Era necesario mantener en movimiento el coche durante esas reuniones para impedir que espiaran otros a quienes él llamaba «los demás individuos». Explicó que su negocio era de tal carácter que ningún extraño debía tratar de comprenderlo. No sólo quería que yo mantuviera el automóvil en marcha durante esas reuniones, sino también que lo guiara a gran velocidad y muy cerca de los demás vehículos, dándoles a sus socios la impresión de un choque inminente. Esto, confiaba él, los asustaría, obligándolos a prestarle menos atención que de costumbre. Sin duda, argüyó, su orgullo no les permitiría dejarle vislumbrar su temor a un hombre blanco.
Acepté la oferta. El automóvil respondía a mis movimientos de una manera espléndida y pronto me habitué a su poder y a su comodidad. Mientras viajaba por la ciudad con mi nuevo patrón, éste hacía comentarios sobre mi modo de conducir, alentándome a aumentar la velocidad y a correr más riesgos aún, dejando atrás a los demás automóviles.
Después de horas de práctica, mi velocidad y la proximidad de mis maniobras al pasar a los demás vehículos ya no suscitaban críticas de mi patrón. Varias veces hasta perdió la serenidad, levantando las manos como para protegerse de un choque seguro. No podía creer que el automóvil saliese intacto.
Una mañana, pasamos a buscar a sus socios. Cuando se hubieron sentado atrás, mi patrón me dio sus instrucciones y la orden de emprender la marcha.
Guié a gran velocidad. Los pasajeros se aferraban al asiento delantero y miraban con incrédulo horror, fijamente, por las ventanillas. Mi patrón estaba sentado a mi lado, relajado y mirando de soslayo a los demás, mientras dejaba descansar con toda despreocupación el brazo sobre el tablero de los instrumentos. Luego, empezó la discusión. A juzgar por las repentinas interrupciones y las largas pausas, sus invitados estaban harto asombrados por su difícil situación para concentrarse en los negocios. Yo esperaba que me pidiesen que disminuyera la velocidad o me dieran instrucciones de guiar con más cuidado, pero cada vez que miraba el espejo retrovisor advertía muecas de fingida serenidad.
Cuando concluyó la conferencia, mi patrón me ordenó que detuviera el automóvil. Bajé y abrí la portezuela. Los pasajeros salieron, sudorosos e impresionados. Ninguno de ellos me miraba.
Dijo que estaba seguro de que yo podría ganar dinero y me siguió explicando la diversión que eso implicaba. Era algo que se llamaba «hacer caer los libros». Las exigencias del certamen eran simples: los conductores debían ponerse de acuerdo sobre la ruta. Por lo general, se elegía una calle de un solo sentido, con automóviles estacionados a un lado o a ambos lados. Los jueces ataban libros escogidos por su peso a los flancos de los coches estacionados en la calle prefijada. Eran de dos o tres pulgadas de ancho y los sujetaban a la altura del parachoques; ninguno de los competidores sabía por adelantado a qué automóviles ataban los libros. Luego, los conductores esperaban en sus coches a dos esquinas de la ruta, se ponían en marcha uno tras otro, obedeciendo a la señal del juez. Cuando les hacían esa señal, debían guiar por la ruta a una velocidad mínima de ochenta kilómetros por hora y mantenerse lo bastante cerca de los automóviles que tenían libros sujetos para que el parachoques de su coche desalojara a todos los competidores posibles.
El cronometrador le tomaba el tiempo a cada volante y el juez contaba los libros caídos. Al conductor que hacía caer más libros lo declaraban ganador.
Los propietarios de los coches que intervenían en la competencia aportaban un premio en efectivo. Esto, junto con las sumas reunidas con las apuestas, se repartía entre el ganador y el propietario del automóvil.
Mi patrón me dijo que confiaba suficientemente en mi destreza para patrocinarme como conductor de su nuevo y costoso coche. Estaba seguro de que éste provocaría apuestas más altas en su contra, ya que los demás confiarían en que el conductor obraría con más cautela para evitarle daños a un vehículo tan caro. Me garantizó el tercio usual de la apuesta, pero me previno que, si yo perdía tres veces, dejaría de patrocinarme.
Dada la velocidad de los automóviles y los daños que causaban, esas carreras eran ilegales. Se realizaban furtivamente de noche, en calles mal iluminadas de poco tráfico y que rara vez patrullaba la policía.
Al llegar con mi patrón para nuestra primera carrera, vi la calle llena de espectadores. El juez y sus ayudantes habían sujetado ya libros a los automóviles estacionados, parachoques contra parachoques, a lo largo de la misma.
Los conductores allí reunidos se estrechaban la mano y saludaban al juez. Los espectadores examinaban los coches que nos disponíamos a conducir y hacían sus apuestas finales. El juez arrojó una moneda al aire para decidir en qué lado de la calle correría cada conductor. A mí, me tocó guiar en el lado derecho, el más alejado de mi línea visual.
El primer conductor partió: oí el chirriar de los neumáticos y el ruido sordo de los libros cuando su auto los hizo caer. El juez los contó y los ayudantes los volvieron a sujetar a distintos coches. Entonces, me tocó el turno.
Mis focos proyectaban su luz sobre los relucientes parachoques de los automóviles estacionados. Yo no podía ver los libros desde detrás del volante, pero sabía que estaban ahí, esperando inmóviles como lapas, que los desprendieran, las arrugadas páginas muy apretadas entre el duro cuero de la encuadernación dorada. Me lancé por el tramo final, bien a la derecha, mirando fijamente el haz de luz de mi foco para distinguir lo mejor posible mis objetivos, tratando de oír caer a los libros y cobrando fuerzas contra el chirrido casi esperado del acero contra el acero. Me guiaba más el instinto que la vista. Como había terminado mi carrera, ansiaba saber el resultado y me acerqué al juez. Mi velocidad había sido igual a la de los demás competidores, pero había hecho caer doble número de libros. Mi patrón se me acercó, corriendo y me abrazó con excitación. Cobramos dos veces el dinero del premio; me pagó mi parte en el acto.
El segundo grupo de conductores estaba preparado ahora para competir. Como ganador de la primera ronda, yo podía volver a correr. El juez tiró al aire una moneda. Volvió a tocarme como ruta el lado derecho. El primer conductor inició su carrera. Momentos después, oímos el golpe neto del contacto: aquel hombre había seguido una trayectoria harto rígida y su guardabarros golpeó a un automóvil estacionado: al disminuir la velocidad, había perdido la carrera. Me volvió a tocar el turno.
Recordé a un hombre que había perdido ambos brazos durante la guerra. Afirmaba que, a pesar de esa pérdida, no había dejado de sentir sus manos y las yemas de sus dedos; decía que sus miembros ausentes se habían convertido en órganos que sentían a través de ecos, cuyo efecto era prolongar las otras partes de su cuerpo hasta objetos y lugares que no podían alcanzar de otro modo. También yo sentía esos ecos.
Deslicé una cinta estereofónica en la radiocasete del automóvil y cuando la música acrecentó mi tensión, aceleré; mis nervios evaluaron el volante, la velocidad y la distancia. Adiviné que estaba haciendo caer un libro tras otro. Gané.
Transcurrieron semanas. El juego continuó en distintas zonas de la ciudad. Llegué a ser muy conocido y corrí contra muchos volantes, sin perder jamás. Una noche, esos juegos concluyeron.
En uno de los automóviles estacionados había una pareja. Seguramente, el bramido de los coches que pasaban y el airado zumbido de sus motores los trastornaron. De pronto, uno de ellos abrió la puerta, bajó y se quedó parado allí, aturdido, protegido momentáneamente por ella. En ese momento, un coche competidor la golpeó y la cerró con violencia. El cuerpo desapareció. Sólo la cabeza quedó fuera, como en equilibrio sobre el filo de la puerta; luego, cayó y golpeó el asfalto, como un libro caído más.
La multitud y los conductores, poseídos por el pánico, se dispersaron. En los días siguientes, hubo una intensa investigación policial.
¿Cómo la conociste?
Vivía en el mismo edificio que yo.
¿Conque fue algo accidental?
No fue precisamente accidental. En el edificio, vivían varios centenares de inquilinos —abarca toda una manzana de la ciudad, como sabes— y yo escuchaba las voces de muchísimos de ellos. Su voz figuraba entre las voces.
¿Qué quieres decir con eso de «entre las voces»?
Me refiero a sus voces: verás, firmé mi contrato de alquiler cuando el edificio estaba en construcción aún y podía vagabundear por los apartamentos inconclusos. En esa época, me interesaba la electrónica. En todos los apartamentos de mi piso y en los dos pisos que estaban más abajo, oculté micrófonos en miniatura, que servían también de transmisores. Esos mecanismos apenas tenían el tamaño de un botón, pero captaban cualquier sonido y podían transmitir una señal a lo largo de medio kilómetro. Instalé un aparato radiotelefónico especialmente diseñado en mi apartamento, con lo cual podía recibir transmisiones cuando se me antojara… y así, escuchaba sus voces.
¡Pero eso es increíble! ¿Cómo conseguiste esos micrófonos?
Como los consiguen todos: los anuncian en las revistas y los venden por correo.
¿Durante cuánto tiempo escuchaste esas voces, a esa gente?
Durante meses. Naturalmente, al principio me costaba identificar las voces. En mi aparato de radio, podía captar una sola por vez, pero no lograba identificar el apartamento del cual provenía. Yo debía obrar con mucho cuidado. Por ejemplo, no podía caminar por los corredores durante demasiado tiempo, para ver quién salía de los apartamentos donde tenía micrófonos ocultos. Al tratar de identificar a los sospechosos, debía hacerlo con mucha displicencia, iniciando conversaciones en los ascensores y saludando a la gente en los pasillos. Me pasé casi tres meses tratando de armonizar las voces con la gente a la cual, supuestamente, había estado escuchando.
Pero… ¿podías hacer eso?
Sí. Los he identificado a todos. Pero, desde luego, muy pocos de ellos me interesaban de verdad.
Supongo que esa mujer te interesaba.
Sí. Tenía un apartamento en mi piso. Reconocí su voz cuando saludaba a alguien en la sala de recepción. Figuraba entre las voces que yo escuchaba desde hacía largo tiempo.
¿Qué hiciste?
Me quedé en casa varios días y capté su apartamento. Vivía sola y no trabajaba. Yo podía escucharla durante toda la mañana, cuando las «otras voces» estaban ausentes.
¿Cómo te las compusiste para conocerla?
Empecé a reunir firmas para una queja por los pasillos sucios y lo mal que funcionaba el aire acondicionado. La visité entre otros inquilinos. Luego, comencé a darle citas.
¿No era eso desleal? Quiero decir… le llevabas tanta ventaja…
Hasta cierto punto, sí, le llevaba ventaja. Pero antes de conocerla, ignoraba aún muchas cosas sobre su vida. Por ejemplo, a menudo notaba largos silencios en su apartamento; oía ruidos que no podía identificar; hasta lo que reconocía como su voz solía cambiar repentinamente, como si la contuviera con toda intención. En otras ocasiones, había murmullos y conversaciones que solían ahogar la radiotelefonía, el tocadiscos o el televisor.
Cuando empezaste a darle citas… ¿le dijiste que la habías estado escuchando?
No.
¿Seguiste escuchando su apartamento?
Durante algún tiempo. Pero pronto dejé de hacerlo. Me sentí como un hombre de ciencia que ha terminado su estudio: el ejemplar que ha observado y registrado y analizado durante tanto tiempo ha dejado de ser un misterio. Ahora, yo podía manejarla: me amaba.
Se me ocurrió que, si yo le hacía conocer ciertas drogas y ella se acostumbraba a ellas, podría liberarse de lo que había sido. Podía aparecer como una mujer muy distinta y aunque yo siguiera poseyéndola, mi conocimiento sobre lo que había sido ya no tendría valor. Empezaría una nueva relación.
Su afición a las drogas podría regenerar todo lo que se había vuelto fláccido y moribundo en ella y al propio tiempo destruir lo envarado y rígido; adquiriría nuevos deseos y nuevos hábitos y se liberaría de lo que pensaba de mí, de lo que sentía por mí. Como un pólipo, se extendería y desarrollaría en direcciones imprevisibles.
Cuando estás dentro de mí… ¿por qué me incitas a acariciarme al propio tiempo? Te siento, de modo que… ¿por qué debo tocarme a mí misma?
Has reconocido que, al hacerte el amor, te obligo a tener más conciencia de tu cuerpo.
Así es, pero hacerme eso a mí misma parece perverso.
¿Sin duda, te estimula y excita más aún?
Sí, por cierto.
Entonces, simplemente, entrégate a lo que sientes: disfruta de ese conocimiento. Los amantes no son caracoles: no necesitan salir de su caparazón y encontrarse a mitad de camino. Encuéntrate conmigo dentro de tu propio yo.
Nunca pensé en eso como lo ves tú: eso, no se me ocurriría naturalmente. Pero, tú… ¿Qué sientes?
Te necesito a ti, a ti solamente. Pero más allá de ti y de mí juntos, me veo cuando nos hacemos el amor. Es esa visión de mí mismo como amante tuyo lo que quiero retener y hacer más real.
Pero tú me quieres tal como soy, aparte de ti… ¿no es eso?
No te conozco aparte de mí. Cuando estoy solo, cuando tú no estás aquí, ya no eres algo real: después, me limito a volver a imaginar.
Por lo tanto, sólo me necesitas para proporcionarte un escenario en el cual puedas proyectarte y verte y ver cómo tus experiencias desechadas vuelven a cobrar vida cuando me afectan. ¿Tengo razón? Tú no necesitas que yo te ame; sólo me necesitas para que me abandone a los sueños y fantasías que me inspiras. Lo único que te hace falta es prolongar ese impulso, ese momento.
Dormías, no oíste el timbre. ¿Quién era?
El proveedor, que traía las drogas.
¡Ah, sí! El rico. ¿Está ganando mucho dinero?
Está ganando dinero, ahora.
¿Qué quieres decir?
Empezó como mandadero, trabajando para un farmacéutico del barrio. Solía recoger las recetas de los clientes estables y llevarles luego los medicamentos. Un día, se le acercó un viejo bien vestido y próspero que le preguntó si quería ganar más dinero… cuatro o cinco veces más de lo que ganaba. El muchacho dijo que sí.
Lo único que le pidió el viejo, fue que copiara los nombres de todos los clientes que encargaban repetidas veces ciertos medicamentos y que se mostraban irritables cuando demoraba la entrega de las mercaderías.
Caminé por los distritos donde vivían rodeados por el hedor y la enfermedad. No tenían nada que poseer ni de qué enorgullecerse. Los unía solamente la tonalidad de su piel… y yo, les envidiaba.
Caminé por las calles con el calor del bochornoso día y atisbé en las habitaciones llenas de niños que chillaban y de colchones podridos apilados en el suelo. Los viejos y los enfermos yacían estirados sobre sus camas o muy inclinados en sus sillas. En los callejones ciegos, vi a las muchachas en grupos, riendo. Observé a los niños que vociferaban jugando a la pelota en los baldíos, vi a los paralíticos y a los drogados despatarrados sobre las aceras… obstáculos vivientes para los ciegos y los idiotas. Contemplé a los niños mugrientos que arrojaban botellas contra las latas de basuras jamás vaciadas, que perseguían a los gatos y a los perros y se perseguían entre sí alrededor de los automóviles abandonados que insistentes rateros habían despojado de todo lo que tenía algún valor y de todo trozo de goma y tela.
Les envidiaba a los que vivían allí y parecían tan libres, no teniendo nada que lamentar ni esperar. En el mundo de las partidas de nacimiento, los exámenes médicos, las tarjetas perforadas y las computadoras, en el mundo de las guías telefónicas, los pasaportes, las cuentas bancarias, los planes de seguros, los testamentos, las cartas de crédito, las pensiones, las hipotecas y los préstamos, ellos vivían desligados, cada cual consciente solamente de sí mismo.
Si yo pudiera, por arte mágica, hablar su idioma y cambiar el color de mi piel, la forma de mi cráneo, la textura de mi cabello, me transformaría en uno de ellos. Así, expulsaría de mí la imagen de lo que había sido antaño y de lo que podía llegar a ser; ahuyentaría el temor a la ley que había aprendido, la idea de lo que significaba el fracaso, la vara que medía el éxito; desterraría el sueño de la posesión y los símbolos de la propiedad, las credenciales, los diplomas, los contratos. Este cambio no me dejaría otra alternativa que seguir vivo.
Así, el mundo empezaría y moriría conmigo. La ciudad me parecía una mutante entre las maravillas del mundo: sus chimeneas contaminarían el aire, sus raíces envenenarían la tierra, sus tentáculos opondrían un hombre a otro y estrangularían a ambos en su pugna sin esperanzas. Trazaría el mapa de los caminos y túneles y puentes de la ciudad, sus subterráneos y canales, su barrios adornados por hermosos hogares llenos de objetos inestimables, bibliotecas raras y hermosas habitaciones, sus inteligentes redes de cañerías y cables y alambres bajo las calles, sus departamentos de policía y estaciones de comunicaciones, sus hospitales, iglesias y templos, sus edificios administrativos atestados de computadoras sobrecargadas, sus teléfonos y empleados serviles. Luego, libraría la guerra contra esa ciudad como si se tratara de un cuerpo viviente.
Le daría la bienvenida a la noche, hermana de mi piel, prima de mi sombra y haría que me protegiera y me ayudara en la batalla. Levantaría las tapas de acero de las alcantarillas y dejaría caer explosivos en los negros fosos. Y entonces, echaría a correr y me ocultaría, esperando el trueno que atraparía en los mudos cables telefónicos millones de palabras no oídas, que ensombrecería habitaciones llenas de luz blanca y gente temerosa.
Esperaría la tempestad de la medianoche que azota las calles y hace borrosos todos los contornos y usaría mi cuchillo contra la espalda de un conserje que bosteza en su uniforme con alamares de oro y lo obligaría a guiarme escaleras arriba, donde le hundiría el cuchillo en el cuerpo. Visitaría al rico y al cómodo y al negligente y sofocaría sus últimos gemidos con sus ornamentadas cortinas, sus viejos tapices y sus inestimables alfombras. Sus cadáveres, sujetos al suelo por estatuas rotas, serán contemplados por retratos de familia rasgados a cuchilladas.
Luego, correría a las carreteras y autopistas que avanzan hacia la ciudad. Llevaría conmigo bolsas llenas de clavos doblados para vaciarlas sobre el asfalto. Esperaría el alba para ver automóviles, camiones y autobuses que se acercaran a gran velocidad y para oír reventar sus neumáticos, rechinar sus ruedas, atronar sus cuerpos de acero… debilitados repentinamente al golpearse los unos contra los otros como vasos de vino arrojados de la mesa.
Y, por la mañana, me dormiría, sonriendo ante el día, el hermano de mi enemigo.
Si yo pudiera convertirme en uno de ellos, si lograra desprenderme de mi idioma, mis costumbres, las cosas que me pertenecen…
Yo estaba en un bar, en un sector en decadencia de la ciudad, más allá del mercado cubierto. Sin vacilar, me acerqué al mozo de la barra. Mientras éste se inclinaba hacia adelante, empecé mi acertijo de sordomudo, haciéndole señas de que me diera un vaso de agua. Me indicó que lo dejara en paz con un gesto de impaciencia, pero insistí y repetí mi pantomima. Sentía las miradas de la gente del bar. Cuando erguí los hombros y me golpeé la oreja como lo hace un espástico, me observaron detenidamente y adiviné que, para algunos de ellos, yo me había convertido de pronto en un objeto de interés. Sabía que debía tener mucho cuidado con sus sospechas, con cualquier tentativa de descubrir quién era yo o de dónde provenía.
Dos hombres y una mujer se me acercaron y me tocaron. Al principio, hice caso omiso de sus insinuaciones, dándole una oportunidad a la mujer, la más audaz y silenciosa, de apartar con el codo a los otros.
Seguí pidiendo agua con gestos. Un hombre se adelantó a fin de encargar una bebida para mí, pero la rechacé, dando a entender con una mueca que me desagradaban las bebidas con alcohol y disculpándome con gestos por mi negativa. Una pareja se acercó más. Ambos me hicieron señas de que me marchara con ellos. No comprendí qué decían y aparentando que me atraían sus relucientes joyas, me volví y miré lentamente sus rostros. Los ojos de ambos me observaron fijamente.
Había un establecimiento en el cual entré varias veces. Nada lo distinguía de los demás del barrio. La mayoría de las tiendas y bares de la vecindad tenían alguna vinculación con las actividades ilegales: el mercado negro, las mercaderías robadas o la venta de jóvenes campesinas. A menudo, yo rondaba esa tienda hasta la hora de cerrar y veía salir a los clientes al patio por la puerta trasera, que daba al cobertizo. Por ser un espástico silencioso y gesticulante, yo no era una amenaza para los clientes: me podían dar una tarea y algunas monedas y luego despacharme. Eventualmente, los seguí, pero volvieron a empujarme dentro y después a la calle. La última vez, me quedé hasta tarde y traté de unirme a los hombres. Nadie me detuvo, pero en la puerta del cobertizo una mujer me indicó que montara guardia.
Desde mi sitio, atisbé el interior del cobertizo. Vi a un gran círculo de hombres desnudos tendidos boca arriba, con los pies unidos en el centro como los radios de una rueda. Junto a sus pies estaba una mujer, quitándose el andrajoso vestido. Era gorda y pesada, de piel húmeda y velluda. Se echaba agua, con un balde de madera, sobre el vientre y las piernas. Y mientras se lavaba y el agua caía al suelo, los hombres se movían nerviosamente: sus manos jugaban con sus muslos o sus brazos se movían detrás de sus cabezas. Parecía que la mujer se había convertido en el curador de aquellos hombres desgarrados, y al oír el agua, un momentáneo impulso recorría a esos rateros y cansados alcahuetes. Ella se acercó trabajosamente a uno de los hombres y se puso en cuclillas sobre él. Por un momento, el hombre gruñó, lanzó un ronco grito, se levantó a medias y luego cayó pesadamente hacia atrás. La mujer se apartó de él y pasó a su vecino, sorteando su camino como un sapo hinchado sobre las gastadas piedras de un hoyo lleno de fango. Los fue sirviendo uno por uno: aquéllos hasta los cuales no había llegado aún, se estremecían en sus esfuerzos por contener la energía que convulsionaba sus ijares. Uno tras otro, caían hacia atrás, como cadáveres tendidos en ataúdes poco profundos. Ahora, el cobertizo parecía haber sido puesto en servicio para los muertos y los moribundos causados por un descarrilamiento. Cuando se levantó y caminó entre los hombres silenciosos, la mujer parecía una enfermera que contaba a las víctimas. Se lavó y el agua volvió a fluir al suelo. Ahora, no le respondió ningún sonido, ningún movimiento.
En ocasiones, mi disfraz se convertía en un peligro. Un día, al vagabundear más tiempo que de costumbre, decidí comer antes de buscar un sitio donde dormir. Entré en un bar usualmente atestado de gente. Esa noche, estaba casi desierto. Pero reconocí a varios rostros familiares: un grupo de obreros cerca de la entrada y dos o tres de los caciques locales, con las cabezas muy próximas, junto a las mesas privadas del fondo.
Un hosco campesino se hallaba de pie ante el mostrador, murmurando algo mientras bebía. Junto a la pared, casi perdido en la sombra, un hombre estaba caído sobre su vaso.
De pronto, la puerta de la calle se abrió con violencia e irrumpió una docena de policías. Varios de ellos se apostaron entre la puerta y la concurrencia; otros, siguieron a un ayudante de cocina y se acercaron al hombre caído sobre su vaso.
La policía lo incorporó y luego lo levantó del taburete. Cuando su cuerpo giró, noté el cuchillo que sobresalía de sus costillas. Sobre la pared, había una mancha de sangre. La gente rompió a hablar frenéticamente. Sólo entonces noté que yo era el más probable de todos los sospechosos. No había explicación posible para mi ropa, mis actos o mi presencia.
Si seguía siendo sordomudo, me acusarían de aquel crimen, el acto insensato de un retardado. Mi máscara me comprometería más aún. Pero si me veía obligado a correr a través del cordón policial, me arriesgaba a recibir un balazo. Comprendí que, al cabo de unos segundos, me llevarían con los demás. Volviéndome hacia el mostrador, me hice con un trapo de camarero y, apoderándome de una bandeja con tazas de café sucias, corrí a la cocina.
A veces, yo trataba de conseguir tareas para parte del día. Una noche, cuando me habían contratado como hombre para todo trabajo en un restaurante del barrio, noté que el propietario estaba sentado, conversando, con los últimos clientes, tres hombres y una mujer.
En el piso bajo, había tenido lugar un cortocircuito: me acerqué a la mesa y le hice señas al propietario. Mi mirada se encontró con los ojos sobresaltados, indecisos, de la mujer y en el acto exageré mi papel: me golpeé varias veces la oreja derecha, mientras los hombres reían. Ella se sonrojó, como avergonzada de sus acompañantes, pero siguió observándome.
La mujer volvió, varios días después, acompañada por un hombre al cual yo no había visto aún. Era tarde y la mayoría de las mesas se hallaba desocupada. Como el propietario del restaurante no estaba, me acerqué a ambos apenas se sentaron. La palma de la mano izquierda de la mujer estaba apoyada sobre el mantel y se frotaba cuidadosamente las cutículas con el índice derecho. Vacié el cenicero y acomodé bien las servilletas y los cubiertos. El hombre pidió algo y cuando me encogí de hombros dócilmente, la mujer habló, acaso explicando que ya me había visto antes y que yo no podía oír ni hablar. Él me escudriñó con frialdad y luego se relajó, mientras yo quitaba una visible mota de polvo del mantel. La mujer estrujó nerviosamente su pañuelo, consciente a todas luces de mi proximidad. Me retiré sin volverme y me golpeé de nuevo las orejas.
Al día siguiente, me llamó el propietario, quien me explicó con ademanes que yo debía hacer un trabajo distinto. Al cabo de una hora, uno de los camareros me llevó a una elevada casa de apartamentos, donde subimos en un ascensor al piso más alto. Me abrió la puerta la mujer a quien había visto en el restaurante.
Me contrató para que le limpiara el apartamento después de las grandes fiestas que daba periódicamente. A esas fiestas, cuyo servicio estaba a cargo del restaurante donde yo trabajaba, asistía a menudo gente del hampa. Yo cuidaba de no vagabundear demasiado cerca de las habitaciones cuyas puertas estaban cerradas con llave. Conocía a mucha gente que había desaparecido en aquel distrito a causa de su curiosidad. Después de unos días, mi presencia y el zumbido de mi aspiradora pasaban ya tan inadvertidos como el crujido familiar de los listones del suelo o el repiqueteo intermitente de las cañerías de la calefacción.
Mientras les quitaba el polvo a los muebles, yo observaba a hurtadillas el reflejo del semblante de esa mujer en los espejos: su imagen se dividía en fragmentos cuando se componía el cabello. Yo sonreía tímidamente al sorprender su mirada vacilante.
Yo trabajaba sin ser molestado porque mis deberes eran simples y no necesitaban enseñanza. Noté que, cuando mi nueva patrona quería decirme algo, se mostraba afectada y la contrariaban mis violentos golpes en la oreja.
Me puso a prueba varias veces. En cierta ocasión, cuando yo estaba quitando el polvo, se acercó silenciosamente al piano y tocó un acorde. Otra vez, mientras yo guardaba los vasos de vino, se me acercó por detrás y gritó repentinamente. Logré dominar hasta el más leve estremecimiento. Una noche, sin mirarme, me hizo seña de que la siguiera.
Se olvidó por completo de sí misma al tenderse debajo de mí, los ojos fijos en la cabecera de la cama. Todo su cuerpo parecía consagrado a la tarea de tomar aliento, arrastrado por olas y corrientes que fluían y refluían en rápidas embestidas. Balanceándose como un gran manojo de algas en el mar, temblaba, mientras de sus labios brotaba un impetuoso torrente de palabras como una espuma. Se diría que yo era el dueño de toda aquella fluida pasión y sus palabras, que surgían a remezones, su oleada final.
En su última avalancha, se expresó en un idioma que yo comprendía y habló de sí misma como lo haría una fanática que entra en una iglesia construida en tiempos remotos con ruinas de templos paganos, una novicia en el santuario de la iglesia, sin saber ante qué altar se arrodilla, a qué dios le reza.
Su voz se volvía más áspera y ronca mientras se retorcía sobre la cama. La sujeté por los brazos y la zamarreé, penetrando en ella con todo mi peso. Como una yegua gozosa en su solitario pesebre, gritó una y otra vez, como si tratara de desahogar en las palabras lo que estaba fundido con sus carnes. Murmuró que se volvía hacia el sol, que la derretiría con su calor. Sus frases brotaban en avalancha y desfallecían y murmuró que el sol dejaba solamente el brillo de las estrellas que se rozaban entre sí. Lentamente, sus labios se volvieron resecos… Se durmió.
Circulaban rumores de que iba a estallar una revolución en otro país. Su gobierno central se desintegraba. El país estaba dividido en dos bandos: por un lado, los estudiantes y los agricultores opositores al presidente; por otro, los obreros que consideraban llegada la hora de que su partido provocara un golpe de Estado. El presidente, según esos rumores, hacía causa común con el partido, convencido de que éste recibiría ayuda de un país vecino, donde había detentado el poder durante cerca de dos décadas.
Para mí, aquélla era una oportunidad. Nunca había visto una revolución ni había estado complicado en uno de esos movimientos: lo único que había hecho, era leer cosas al respecto o verlas en los noticiarios de televisión.
Dejé mi empleo y al día siguiente viajaba en un avión. Después de nuestro aterrizaje en un aeropuerto orlado de palmas, dejé mi maleta en un pequeño hotel y me confundí con los grandes grupos de hombres que vagabundeaban por la ciudad. Ahora, un número creciente de ellos llevaba armas y banderas. Como yo no comprendía su idioma, me fingí sordomudo y representé muy bien mi papel.
Cada uno de los grupos a los cuales me unía me reclamaba como suyo, entregándome armas e insignias como si estuviese convencido de que para un espástico, era lo más natural del mundo luchar por el futuro que ellos concebían para su país.
Un día, en las primeras horas de la noche, una sucesión de explosiones conmovió la capital. Cuando me ordenaron que subiera a un gran camión cargado de diversas armas, comprendí que había comenzado el golpe de Estado. Mientras viajábamos por la ciudad en sombras, nuestros focos nos mostraron a otras unidades armadas que nos cerraban el paso y se habían atrincherado detrás de autobuses volcados y barricadas improvisadas. Pronto, vimos a muertos que yacían en charcos de sangre sobre las aceras, como bolsas de trigo abandonadas. Otras bandas de hombres armados se nos unieron y corrimos hacia los alrededores de la ciudad. Los camiones se detuvieron y nos apeamos de un salto, con nuestros fusiles y largos cuchillos. A los pocos instantes, habíamos rodeado un grupo de edificios. Algunos de los hombres entraron en las casas; los demás, nos quedamos parados, expectantes, más atrás.
Trajeron a la calle a los cautivos, uno por uno, muchos de ellos semidesnudos. Sin saber qué había sucedido, algunos de ellos trataron de formular preguntas o de decir algo, pero los hicieron callar rápidamente. Dentro del edificio, las mujeres gritaban y los niños lloraban. El número de prisioneros que teníamos delante aumentaba: pronto fueron varias docenas.
El comandante de nuestro grupo les ordenó que se volvieran de cara a la pared. Tuve la convicción de que se disponían a fusilarlos. No queriendo participar en la ejecución, le hice un gesto al hombre que estaba a mi lado, ofreciéndole canjear mi fusil por su largo cuchillo. Consintió. Me disponía a ocultarme detrás de uno de los camiones cuando me empujaron brutalmente hacia adelante hombres también provistos de cuchillos. A cada uno de nosotros, le ordenaron que se parara detrás de uno de los prisioneros.
Miré a mi alrededor: los hombres armados, en tensión y prontos, estaban de pie a mis costados y detrás de mí. Sólo entonces comprendí que iban a decapitar a los prisioneros. Mi negativa a obedecer las órdenes significaría que me ejecutarían con los que estaban delante de mí. Yo no podía ver ya sus rostros, pero sus camisas estaban a pocas pulgadas del filo de mi cuchillo.
Era inconcebible, pensé, que yo tuviera que cortarle el cuello a otro hombre simplemente porque los acontecimientos me habían colocado a su espalda. Lo que me disponía a hacer era inevitable, pero tan irreal que perdía todo sentido: debía creer que yo ya no era el mismo y que todo lo que sucedía era imaginario. Me pareció que yo era otro hombre que no sentía nada, que estaba tranquilo y sosegado, lo bastante resuelto para endurecer sus brazos, para asir y alzar el arma, para cortar el obstáculo que se le cruzaba en el camino. Sabía que era lo bastante fuerte para hacerlo. Podía recordar la precisión con que había abatido árboles jóvenes: me parecía oír sus gemidos y crujidos y verlos temblar y sabía que podría apartarme de un salto cuando crujieran y cayesen, rozándome los pies con sus hojas.
Cuando yo haya muerto, sólo seré para ti un recuerdo más que bajará sobre ti sin ser invitado, removiendo tus pensamientos, llevando la perplejidad a tus sentimientos. Y, entonces, te reconocerás en esa mujer.
Ella miró la habitación. La cama de él estaba hecha y las cortinas descorridas. Se volvió y bajó lentamente por la escalera.
El conserje estaba sentado detrás de su escritorio. Sintió malestar cuando ella se acercó y la saludó apenas con un movimiento de cabeza. Ella fingió mirar las postales del bastidor giratorio y observó de soslayo el escritorio. Sobre una esquina del estante, vio varios sobres cuyas direcciones había escrito él. El conserje advirtió su mirada y tomó las cartas.
—Todas son certificadas —dijo. Por eso, no las han echado aún al correo. El chico tiene que llevarlas.
La miró, esperando algún comentario. Al ver que ella no decía nada, hizo correr las cartas entre sus manos y ella advirtió que algunas estaban dirigidas a los bancos y otras a estudios de abogados. El conserje dejó a un lado los sobres.
—El caballero se marchó esta mañana —dijo. Sólo dejó estas cartas, el dinero e instrucciones. Dijo que no volvería.
Vaciló y agregó:
—¿Se quedará usted sola?
Ella miró su frente cubierta de sudor.
—No lo sé —dijo. No lo sé, todavía.
Ella se desnudó, entró al océano y empezó a nadar. Sentía el movimiento de su cuerpo y el frío del agua. Una hojita pardusca rozó sus labios. Tomando aliento profundamente, se sumergió bajo la superficie. En el fondo, una sombra se deslizó sobre las algas, dándole vida y movimiento al suelo oceánico. Ella miró a través del agua para buscar su origen y advirtió la diminuta hoja que la rozara antes.
JERZY KOSINSKI (Lodz, Polonia, 1933 - Nueva York, USA, 1991). Jerzy Kosinski fue un novelista, guionista y escritor estadounidense de origen judío-polaco, nacido con el nombre de Josek Lewinkopf. Fue hijo de un profesor de lenguas clásicas y de una pianista.
Kosinski era un niño cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial. Sobrevivió a las matanzas al cambiarse el nombre y hacerse pasar por católico, siendo acogido por una familia campesina de la Polonia Oriental gracias a las gestiones de su padre, que incluso logró para él una partida de bautismo falsa.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Kosinski se reunió de nuevo con sus padres y estudió historia y ciencias políticas en la Universidad de Lodz, trabajando como asistente en la Academia Polaca de Ciencias. En 1957 emigró a los Estados Unidos. Se graduó en la Universidad de Columbia y fue profesor en Yale, Princeton y otras universidades. En 1965 obtuvo la ciudadanía estadounidense. La vida y obra de Kosinski está tan llena de zonas oscuras como sus obras, hasta el punto de que el propio Kosinski parece en ocasiones un personaje de ficción.
Sus obras más conocidas son El Pájaro Pintado (1965), Pasos (1968) y Desde el jardín (1971) apareciendo sus novelas habitualmente en la lista de libros más vendidos del New York Times. Ha sido traducido a más de 30 lenguas y el total de sus ventas se estimaba en unos 70 millones de ejemplares en 1991.
Kosinski se suicidó en 3 de mayo de 1991, tomando una dosis mortal de barbitúricos, asegurándose del resultado introduciendo su cabeza en una bolsa de plástico. Dejó una nota: «Me he ido a dormir por un rato mayor de lo habitual. Llamando Eternidad a ese rato».
Terminaste Pasos
Jerzy Kosinski