¡Paternidad a carcajadas! 1

Antón Cruces · Capítulo 5 de 14

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¡Paternidad a carcajadas! 1

4. Mantenlo en secreto

 

Estimado Capitán:

Me he estado informando de la diferencia entre mellizos y gemelos, ya que me estoy dando cuenta de que la gente de este planeta utiliza ambas palabras con arbitrariedad. Zanjemos el asunto de una vez por todas. Los mellizos son dos seres humanos que se desarrollan a la par, sí, pero cada uno en su local. En una placenta puede haber un ambiente chill-out y en la otra rancheras. Resumiendo: son dos hermanos que nacen a la vez y que durante nueve meses comparten el útero de la madre como si fuera un Bla Bla Car hacia la vida. Eso sí, a juzgar por sus movimientos, ellos deben pensar que aquello es un after.

Cuando uno recibe una noticia como esta —tan buena como impactante— el segundo impulso es saltar de alegría. El primero es arrancarse un brazo y golpearse con él hasta la muerte, pero dura poco. Una hora después, superada ya esta primera fase, lo que te pide el cuerpo es contárselo a todo el mundo y hacerles partícipes de la alegría, pero claro, eso no puede ser. Hay que ser prudentes. En esta situación —y sin que sirva de precedente— la cultura popular y la ciencia van de la mano. No es recomendable dar la buena nueva hasta pasados los tres meses de gestación. Ya sabéis, por si las moscas. Mezcla de ciencia y superstición agorera. Como Cuarto Milenio.

Así que Ovugirl y yo hemos puesto reglas estrictas en cuanto a este tema. Ni en El club de la lucha. Unas normas férreas que no podemos saltarnos bajo ningún concepto. Nos prometemos que hasta que pasasen los consabidos tres primeros meses solo podemos contarles lo de los dos churumbeles a tres personas cada uno.

—Solo a tres, ¿vale? —me dice Ovugirl.

—Vale, pero la familia no cuenta, ¿no? —por asegurarme.

—No, la familia claro que no cuenta, imbécil. Te quiero —cambios de humor.

—No me insultes, que te fecundo otra vez, ¿eh? —le contesto guiñándole un ojo. Silencio picarón y fundido a negro.

Cinco largos minutos y veintiún segundos después, sellamos nuestro pacto y prometemos de nuevo guardar silencio durante tres meses.

* * *

Veinticuatro horas más tarde hicimos balance de la gente a la que se lo habíamos dicho.

Gané yo. Veintiuno a diecinueve. Sin contar a la familia. Como habíamos quedado.

En aquellas veinticuatro horas se lo dije a mi mejor amigo. Se lo comenté a dos o tres conocidos que me encontré por casualidad esa noche. Se lo dije a un amigo que hacía tiempo que no veía. Tenía que ponerle al día. Se lo conté a usted. Después me tomé unas cervezas para celebrarlo y se lo fui soltando a más gente. A la camarera, a un policía, a un señor que pasaba por mi lado y a otros dos que no me caen muy bien, pero estaban en el lugar equivocado en el momento perfecto. Solo me faltó llamar a la Teletienda. Incluso desempolvé a mi viejo amigo imaginario, el payaso Tomatito, y se lo conté. Lo cierto es que todos me miraban con atención y curiosidad. Excepto Tomatito, que no existe. Les entiendo, no siempre uno tiene delante a un Sperman nato. Un hombre capaz de fertilizar las aceras si eso no fuese considerado escándalo público.

Ovugirl hizo lo mismo pero sin la parte de las cervezas, claro, y se lo contó a diecinueve personas. Eso sí, no sé cómo, Capitán, pero logró convencerme de que esa gente no contaba. Tiene un don para manipular la información. Es el Marhuenda de la pareja. Al hacer el balance de daños, los dos coincidimos en que por mucha ilusión que nos haga tenemos que parar de contárselo a la gente. Por lo que pueda pasar. Así que, mientras entramos en el bar que está debajo de casa de mi madre (futura abuela, un peligro), decidimos que tenemos que cortarnos un poco más. Mientras ultimamos los términos de nuestro silencio el camarero se nos acerca con una sonrisilla cómplice.

—¡Enhorabuena, chavales, nada menos que dos churumbeles! —nos miramos incrédulos y pienso en la madre que me parió. Literalmente. Ya se lo ha chotado al del bar. Así que, haciendo gala de una hipocresía colosal, subo a su casa y le llamo la atención por bocachancla.

—Es que no pude evitarlo, el del bar es mi amigo —me dice ilusionada.

—¡Es el camarero del bar de abajo! —si le pone una Pepsi y una tapa a mi madre, Capitán, le seguirá como un perro pachón hasta el fin del mundo—. Yo callado, mordiéndome la lengua, y tú, venga, soltándoselo al primero que pasa. ¡Te debería dar vergüenza!—. Qué cabrón soy.

La vida es así. Hay que comprenderla. Serán sus primeros nietos. ¿Cómo no va a gritarlo a los cuatro vientos? ¡Claro que sí! Cuando haces pública la noticia, las reacciones son de lo más variadas, y es que hasta ese momento solo eras una persona normal, pero ahora no, ahora te ven como un fecundador, y eso impone. Por ejemplo, la gente de mi entorno, Capitán, se queda un poco pillada cuando les enseño las primeras ecografías de Bebé 1 y de Bebé 2 (estamos trabajando en los nombres). Por ejemplo, una compañera de trabajo, maja y sincera donde las haya, se mostró muy sorprendida al conocer la buena nueva y no parecía capaz de asimilarla.

—¿Cómo dos? ¿Son dos seres humanos? —pregunta con los ojos abiertos como platos que no sabes si es curiosidad o es que lleva un mes bañándose en LSD.

Otro de mis compañeros de trabajo, un chico muy campechano y más espontáneo que un pedo en la ópera, también se maravilló al saber que iba a ser padre por partida doble.

Versión original en gallego:

—¿Dous? ¿Cómo que dous? ¡Ja, ja! ¡Un de cada collón!

Versión traducida:

—¿Dos? ¿Cómo que dos? ¡Ja, ja! ¡Bendito seas, hermano!

A mi amigo a tacto solo le gana un proctólogo. Y me dio un abrazo. No sé cómo te abrazaría un vikingo, pero seguro que sería algo parecido. Pero la reacción más común es la de la incredulidad. La gente piensa que es una broma. La frase que más he escuchado estos meses es:

—Estás de coña, ¿no?

Pues le diré una cosa, Capitán: estoy perfectamente capacitado para criar a dos hijos. No lo dudéis. Ahora tengo que dejarle, que mi novia me tiene que poner el pijama.

Saludos.