Pelham Uno, Dos, Tres
Capítulo XX
Ryder -Centro de Control a Pelham Uno Dos Tres. Ryder apretó el botón del transmisor.
–Aquí, Pelham Uno Dos Tres. Diga.
–La vía ha quedado despejada. Repito: la vía ha quedado despejada.
Longman estaba apretado contra él, y sus profundas inspiraciones hacían que la máscara se introdujese en su boca. Ryder le echó una mirada y pensó: «Algo va a pasarle. Por muy bien que salga la cosa, a la larga, Longman fallará.»
Habló por el micro: -¿Está la vía libre hasta South Ferry? Confirme.
–Sí. – ¿Sabe cuál es la pena, si me está mintiendo?
–Quiero decirle algo. No va usted a vivir para gastarse ese dinero. Estoy seguro de ello. ¿Me ha oído?
–Vamos a poner el tren en marcha -dijo Ryder-. Cierro.
–No olvide lo que le digo…
Ryder apagó la radio.
–Vamos -dijo a Longman-. Quiero que el tren esté en marcha dentro de treinta segundos.
Abrió la puerta y empujó a Longman. Éste salió de la cabina casi tambaleándose. Ryder echó un último vistazo al aparato y siguió a Longman. La puerta de la cabina se cerró con un chasquido.
Tom Berry El cable del freno de emergencia pendía de un agujero del techo del vagón, justamente detrás de la cabina del conductor. Terminaba en una anilla roja de madera, que oscilaba a unos quince centímetros del techo.
Tom Berry vio que el secuestrador más bajo se ponía de puntillas, introducía unas largas y finas tijeras en el agujero y cortaba el cable. La anilla de madera rodó por el suelo. Por el rabillo del ojo, Berry vio que el hombre corpulento del otro extremo del vagón cortaba el cable del segundo aparato de alarma. El hombre lo cogió en el aire y se lo metió en el bolsillo.
El hombre más bajo hizo una señal con la mano, y Berry vio que el hombre robusto contestaba con un movimiento de cabeza antes de abrir la puerta posterior, agacharse y saltar a la vía. El hombre bajito, moviéndose con torpe prisa, pasó junto al jefe, que apuntaba a los pasajeros con su metralleta, y abrió la puerta anterior. Se sentó y, después, saltó. El jefe movió la cabeza en dirección al hombre que estaba en el centro del vagón,
el cual empezó a volverse, se detuvo y le lanzó un beso a la chica del sombrero anzac. Después trotó hacia la parte trasera del coche. Abrió la puerta y, casi sin doblar las rodillas, saltó a la vía.
El jefe contemplaba a los pasajeros, y Berry pensó: «Ahora pronunciará unas palabras de despedida, nos dirá que hemos sido unos rehenes excelentes…»
–Deben permanecer en sus asientos -dijo el jefe-. No traten de levantarse.
Permanezcan sentados.
Buscó el tirador de la puerta, sin volverse, y la abrió. Pisó la plancha de acero, y Berry pensó: «Ahora es el momento; está vuelto de espaldas; saca la pistola y túmbalo…» El jefe se dejó caer y desapareció de su vista. Justo antes de que se cerrase la puerta, Berry pudo ver al hombre más bajo, que estaba en la vía. Agarraba algo que parecía un tubo, y Berry, con súbita inspiración, supo lo que iba a pasarle al tren y sospechó la forma en que pensaban escapar y realizar lo que sin duda llamaría la Prensa una brillante y audaz huida.
Ni él mismo creía lo que estaba haciendo. En realidad, pensaba que seguía en su asiento, en vez de correr agachado, con la pistola en la mano.
El vagón arrancó con tremenda sacudida, y el impulso lo lanzó a lo largo del coche, casi hasta la puerta posterior. Su mano tocó el metal amarillo del tirador de la puerta. Lo asió y abrió.
Miró fijamente los raíles que se alargaban debajo de él y pensó: «Fuiste paracaidista; sabes cómo aterrizar.» Luego pensó: «Todavía estás a tiempo de volver atrás y sentarte.»
Saltó, voló y sintió un dolor angustioso, prolongado, antes de perder el conocimiento.
La Torre de Grand Central Cuando las rojas luces del tablero de la Torre de Grand Central indicaron que el Pelham Uno Dos Tres se había puesto en marcha, Marino estaba relativamente sereno.
–Han arrancado -dijo.
A los pocos segundos, la Jefatura de Policía radiaba la información a todos los coches.
Mientras hablaba Marino, Mrs. Jenkins, con su voz pausada, le decía al teniente Garber:
–El Pelham Uno Dos Tres se ha puesto en marcha, y en este momento está a unos treinta metros de su posición anterior.
Todos los hombres de a pie y todos los coches se enteraron inmediatamente de la noticia.
Y empezó la persecución hacia el Sur, bajo tierra y en la superficie, como si todos los perseguidores estuviesen atados con hilos invisibles al Pelham Uno Dos Tres.
Ryder Longman estaba excitadísimo y tropezó después de empujar el tubo. Pero no lo soltó al arrancar el tren y echarse él atrás; el tubo quedó en su mano. Ryder tiró de él, lo arrastró hasta el refugio de la pared del túnel y lo sujetó pasando un brazo sobre su pecho tembloroso, mientras la terrible mole del vagón pasaba zumbando.
Ryder arrancó el tubo de la insegura mano de Longman y lo arrojó al otro lado de la vía. Chocó con una columna y fue a caer sobre la vía del Norte. Steever y Welcome les esperaban, pegados a la pared del túnel, a una distancia equivalente a la longitud del vagón.
–Vamos -dijo Ryder.
Sin volverse a mirar si lo seguían los otros, se echó a correr hacia el Sur y se detuvo frente a la blanca luz de la salida de emergencia. Los otros se reunieron con él.
–No perdamos tiempo -dijo Ryder, vivamente-. Ya sabéis las instrucciones.
–Me pareció ver algo que caía de la parte de atrás del vagón -dijo Steever.
Ryder miró hacia atrás, sobre la vía. La luz del vagón en marcha se desvanecía a lo lejos. – ¿Qué aspecto tenía?
Steever se encogió de hombros.
–Grande. Como una sombra. Podía ser una persona. Pero no estoy muy seguro.
Welcome dijo:
–Si alguien se cayó de ese vagón, está listo para la funeraria. – Levantó su metralleta-. ¿Quieres que vaya a echar un vistazo? Si hay alguien allí y todavía vive, lo remataré.
Ryder volvió a mirar la vía. No se veía a nadie. Miró a Steever.
¿Psicosis de guerra? No sería la primera vez que la tensión conjurase fantasmas; había visto esto en hombres tan fríos y poco imaginativos como
Steever. Soldados que patrullaban en la noche y daban la voz de alarma sin motivo alguno. Centinelas que disparaban contra sombras. Sí, también podía ocurrirle a Steever, y más teniendo en cuenta el dolor de la herida y los efectos causados por la pérdida de sangre…
–Olvídalo.
–Sólo he liquidado a uno en toda la tarde -dijo Welcome-. No me importaría grabar otra muesca en la culata de la metralleta.
–No -dijo Ryder.
–No -dijo Welcome, imitándolo-. ¿Y si decidiese actuar por mi cuenta?
–Estamos perdiendo tiempo -dijo Ryder-. Empecemos.
–Por orden, ¿no? – dijo Welcome. – ¿Estás seguro de que no habrá nadie ahí arriba? – preguntó Longman, moviendo la barbilla hacia lo alto-.
¿Se habrán marchado los policías?
–Sí -respondió Ryder-. Seguirán al tren. – Observó un matiz de impaciencia en su propia voz, e hizo una pausa-. ¿Listos? Voy a dar las órdenes.
–Las órdenes -dijo Welcome-. ¡Una mierda!
Ryder no le hizo caso. Las órdenes precisas eran una necesidad, no un capricho. En los ensayos, cuando cada cual actuaba por sí solo, siempre había alguien que se olvidaba un detalle; por esto había apelado a la sencilla rutina de las órdenes sucesivas. También había resuelto no entrar de momento en la cámara de la salida de emergencia, dada la posibilidad de que algún transeúnte mirase a través de la reja y pudiese verlos u oírlos.
–Metralletas -dijo Ryder, vivamente, y dejó la suya sobre el suelo.
Steever y Longman lo imitaron, pero Welcome se hizo el remolón, acariciando el arma en ademán posesivo.
–Vamos, Joe -dijo Steever-, necesitas dos manos para trabajar.
Welcome dijo: -¿Quién te crees que eres? ¿El capitán ayudante? Pero, a regañadientes, soltó su metralleta.
–Sombreros y máscaras -dijo Ryder.
El verse de nuevo sus caras les pareció algo chocante, y Ryder pensó:
«Parecen menos reales que las máscaras.» Quedó sorprendido al oír que Welcome se hacía eco de sus propios sentimientos.
–Les diré algo -dijo Welcome-: todos tenían mejor aspecto con la máscara.
–Disfraz -dijo Ryder.
Él se había quitado los postizos de la boca antes de ponerse la máscara, y lo propio había hecho Longman con las gafas. Sólo Steever tenía que quitarse la peluca blanca, y Welcome, el bigote y las acicaladas patillas.
Los abrigos -dijo Ryder-. Quitenselos, vuelvalos al revés y ponganselos de nuevo.
Todos los abrigos estaban forrados de un material reversible. El de Welcome era de tela de gabardina color castaño claro. El de Steever, gris y con cuello negro, de piel; el de Longman, de tweed formando espiga, y el suyo propio, de tweed «Donegal». Observó atentamente cómo volvían los impermeables al revés y se los abrochaban sobre los abultados chalecos del dinero.
–Sombreros.
Sacaron sendos sombreros del bolsillo. El de Welcome era de copa baja y color azul plomizo, con una estrecha cinta de color rojo y azul marino; el de Steever, gris y con el ala pequeña y vuelta hacia arriba; el de Longman, un gorro ruso de astracán, y el suyo, una gorra deportiva color castaño y corta visera.
–Guantes.
Se despojaron de los guantes y los dejaron caer. – ¿La pistola en el bolsillo del abrigo? Compruébenlo. – Esperó-. Muy bien.
Carteras. Mostrad la tarjeta de identidad y la placa.
Esperaba que no tuviese necesidad de usarlas; pero cabía en lo posible que un policía o dos se hubiesen quedado en el lugar y los interrogasen. En tal caso, dirían que formaban parte de la fuerza apostada en el túnel y mostrarían sus credenciales de policías, que les habían resultado más caras que las propias metralletas. – ¿No puedes ir un poco más de prisa? –
preguntó Longman.
Ese tipo se asusta del ruido de sus propios pedos -dijo Welcome.
–Casi hemos terminado -dijo Ryder-. Cogan las metralletas, retiren los cargadores y guardenselos en el bolsillo. Suelten de nuevo las metralletas.
Era una simple precaución; no quería dejar armas cargadas a su espalda.
Los cuatro se agacharon para recoger las armas, pero sólo tres empezaron a quitar los cargadores.
–Yo, no -dijo Welcome, sonriendo-. Yo voy a llevarme mi arma de tiro rápido.
La Torre de Grand Central Marino, vibrando su voz en el silencio de la sala de la Torre, dijo:
–El Pelham Uno Dos Tres acaba de pasar por la estación de la Calle Catorce y se dirige a la de Astor Place. – ¿Tiene idea de su velocidad?
–Bueno -dijo Marino-, corre bastante. Supongo que está en serie. –
¿Qué significa esto?
–Calcule unos cincuenta kilómetros por hora. ¿Pueden los coches de la Policía mantenerse a su altura a pesar del tráfico?
–No hace falta. Tenemos coches apostados a lo largo del trayecto. Se ponen en movimiento cuando el tren llega a su zona.
–Ahora están a mitad de camino entre la Calle Catorce y Astor Place.
–Bien. Siga informándome.
El Centro Neurálgico En el Centro Neurálgico, un operador de radio entregó un mensaje al teniente Garber. Éste lo leyó mientras escuchaba a Mrs. Jenkins. Un agente de la estación de la Calle Catorce había comunicado que el Pelham Uno Dos Tres había pasado por allí sin detenerse… -…el Pelham Uno Dos Tres está ahora a unos cuatrocientos cincuenta metros al sur de la estación de la Calle Catorce.
Fundándose en el tono suave y modulado de su voz, el teniente Garber se imaginó a Mrs. Jenkins como una esbelta rubia de poco más de treinta años.
–Siga informando, encanto -dijo.
Clive Prescott En la mesa del jefe de servicios del Centro de Control, Prescott desistió de establecer contacto por radio con el Pelham Uno Dos Tres. Escuchó la voz de Mrs.
Jenkins en el aparato y trató de imaginarse a la mujer que hablaba. Unos treinta y cinco años, «café con leche», divorciada, tranquila, amante y experta. Pensó en si podría enseñarle algo con su experiencia, e inmediatamente se reprochó esta infidelidad a su esposa. – …continúa hacia la parte baja de la ciudad, a una velocidad que se calcula corresponde a la serie.
«No tenía sentido», pensó Prescott. Su situación era seguida palmo a palmo. ¿Cómo podían esperar librarse de la persecución? Era una estupidez.
Pero, ¿quién había dicho que los criminales eran listos? Sin embargo, hasta ahora no habían cometido ni un solo error.
Se volvió a la mesa.