Pelham Uno, Dos, Tres
Capítulo XXI
–Pelham Uno Dos Tres. Centro de Control llamando a Pelham Uno Dos Tres…
Anita Lemoyne Al cabo de un minuto exacto, Anita Lemoyne pensó:
«Va a darme un ataque de nervios. ¿Acaso no ven nada esos estúpidos bastardos?» Todos hacían comentarios sobre el hippy que acababa de saltar del vagón; incluso el viejo petimetre, a quien ella consideraba como el más listo de los pasajeros.
–Ímpetu -decía el viejo-. Es imposible que haya salido con vida de esto.
Otra persona dijo: -¿Por qué lo haría? – Y se respondió-: Salió disparado. Esos tipos se excitan fácilmente, hacen tonterías como ésta y se matan. – ¿Adónde nos llevan? – preguntó la madre de los chicos-. ¿Creen que nos soltarán pronto, como dijeron?
–Hasta ahora -dijo el viejo- han cumplido su palabra.
Anita se puso en pie, chillando: -¿Es que están ustedes ciegos?
¡Imbéciles! Se largaron los cuatro. ¡No hay nadie que conduzca este maldito tren!
El viejo pareció sorprendido de momento; después, meneó la cabeza y sonrió.
–Mi querida señorita; si se hubiesen marchado todos, el vagón estaría parado.
Tiene que haberse quedado uno para hacerlo funcionar.
La mirada de Anita recorrió furiosamente los rostros pasmados y se detuvo en el de la madre. «Sin duda había hecho alguna cuenta -pensó Anita-, porque parecía que empezaba a comprender su mensaje.»
La madre lanzó un chillido, en un tono sostenido y lastimero, y Anita pensó:
«Si esto no hace que crean todos los demás, nada los hará creer.»
XXI
Tom Berry El padre del joven Tom Berry le estaba riñendo por una falta que no había cometido, flagelándolo con aquella voz helada que le daba escalofrío. Su madre intercedía por él; pero tenía una voz extraña. Parecía de hombre. Abrió los ojos, y el dolor hizo que su sueño se desvaneciese, aunque las voces seguían sonando.
Estaba tumbado junto a una pilastra, fuera de la vía, y comprendió que se había lesionado. La cabeza, los hombros, el pecho… Se llevó una mano a
la boca; estaba tumefacta y húmeda. Los dedos subieron hasta la nariz, que sangraba lentamente sobre el labio superior. Se palpó la cabeza y descubrió un enorme chichón. Aquellas voces lo inquietaban. Levantó la cabeza unos centímetros y vio de dónde procedían.
No podía calcular exactamente la distancia en la oscuridad del túnel, pero distinguía claramente a los cuatro hombres. Se hallaban alineados junto a la pared y se estaban desnudando. Ya no llevaban sus máscaras de nilón, y sus caras aparecían fantásticamente iluminadas por la bombilla que marcaba la salida de emergencia: brillantes las protuberancias de la nariz y las orejas; hundidos en la sombra el resto de las facciones. El jefe era el que más hablaba. Poco a poco, Berry empezó a darse cuenta de lo que se proponían. Sus sombreros y sus abrigos eran diferentes; se estaban disfrazando. Con su nueva indumentaria, y con la Policía persiguiendo locamente el tren, subirían a la superficie por la salida de emergencia y se mezclarían con la multitud.
Llevaba la pistola en la mano cuando saltó. Se le había caído, no sabía cuándo.
Se incorporó sobre un codo y la buscó con la mirada. Después, con súbito espanto, se acurrucó detrás de la columna. Podían verlo; la blancura de su cara podía delatarlo.
Pero no podía buscar su pistola, si mantenía la cabeza pegada al suelo del túnel. ¡Al diablo la pistola! Podría encontrar otra; pero no otra cara.
Gruñó, e inmediatamente ahogó el gruñido. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué había saltado de aquella cacerola? ¿Dónde tenía la cabeza?
Los cuatro secuestradores estaban discutiendo. No; sólo dos de ellos.
Pensó que la voz irritada era la del chulo. La otra voz, fría y sin inflexiones, era la del jefe. Los otros dos guardaban silencio y observaban. ¿Una reyerta entre ladrones? ¿Se matarían los unos a los otros con sus metralletas? Si lo hacían, no vacilaría en arrastrarse hasta ellos y ponerles las esposas.
«Quedáis detenidos, por muy muertos que estéis. Podéis llamar por teléfono una vez cada uno, y voy a informaros de vuestros derechos, según tiene declarado el Tribunal Supremo…» ¿Dónde estaría la pistola? Podía hallarse en cualquier lugar del túnel, entre las calles Catorce y Veintitrés.
«¿Dónde está mi pistola?» Empezó a buscar arrastrando la mano sobre el sucio suelo del túnel.
El subinspector jefe Daniels A través de la ventanilla del Woodlawn Uno Cuatro Uno pudo verse que oscilaba, como licuándose, el débil rectángulo de luz que marcaba el sitio en que se hallaba el Pelham Uno Dos Tres. El subinspector jefe Daniels se frotó los ojos.
–Empieza a moverse -dijo el conductor.
–Bueno, ¿a qué diablos está esperando? – gritó Daniels.
–Sólo su señal, como usted dijo. Me está lastimando el brazo, capitán.
De este modo no puedo conducir.
El subinspector jefe aflojó la presión.
–En marcha. No muy de prisa.
–Ellos sí que se dan prisa -dijo el conductor. Empujó la palanca, y el tren arrancó-. Parece que han salido disparados. ¿Ve usted lo de prisa que pasan las señales del verde al rojo? ¿De verdad quiere usted que vaya despacio?
–No quiero que nos vean.
–A esta velocidad, seguro que no nos verán. Ni nosotros a ellos.
–Entonces, acelere, ¡maldita sea!, si cree que debe hacerlo.
–Acelero -dijo el conductor-. Creo que debo hacerlo.
Movió la palanca de velocidad, y el tren salió lanzado. Pero esto duró sólo un momento. Las ruedas delanteras produjeron un débil ruido metálico, y todo el túnel pareció estallar. La parte posterior del vagón saltó de la vía, permaneció una fracción de segundo suspendida en el aire y cayó pesadamente. Las ruedas se salieron de los raíles y rodaron por el suelo. El vagón osciló y saltó como loco, y, al aplicar los frenos el conductor, rozó contra media docena de pilastras antes de quedar inmóvil, entre una nube de polvo y de metal recalentado. – ¡Malditos canallas! – exclamó el conductor.
A su lado, el subinspector jefe se sujetaba la cabeza con la mano. Tenía la mirada extraviada, y un hilillo de sangre brotaba de su frente y resbalaba por su cara.
El subinspector jefe empujó al conductor y salió de la cabina. Se apoyó en la puerta para recobrar el equilibrio y observó el vagón. Todo el mundo gritaba.
Media docena de policías estaban en el suelo. Las armas habían rodado por todas partes. Una fina y ácida nubecilla de humo flotaba perezosamente en el vagón.
El subinspector jefe observó cómo los hombres se levantaban del suelo y se sintió curiosamente ajeno a la escena. Un hombre rodaba de un lado a otro, lanzando gemidos ahogados y agarrándose la rodilla.
–Ayuden a ese hombre -dijo el subinspector jefe.
Iba a decir algo más, pero perdió el hilo. Se palpó la parte ensangrentada de la cabeza. No le dolía. En realidad, ni siquiera sentía el contacto de sus propios dedos. – ¿Está usted herido, señor? – Era un robusto sargento, que hablaba muy despacio-. ¿Qué ha ocurrido, señor?
–Hemos caído en una trampa -dijo el subinspector jefe-. Diga a sus hombres que se sienten, sargento. Los bastardos nipones nos han hecho saltar de la vía.
Le divirtió la curiosa mirada del sargento. Aquel sargento era un jovenzuelo demasiado joven para la guerra grande; no sabía nada de emboscadas, ni podía reconocer el olor de las granadas.
–Quiero decir, señor, que qué hemos de hacer. ¿Qué ordena, señor?
–Hemos saltado de la vía -dijo el subinspector jefe, sintiendo que se le iba la cabeza-. Echaré un vistazo. De momento, no hagan nada.
Entró en la cabina. El conductor había bajado el asiento de metal.
Estaba sentado en él, meneando la cabeza a un lado y otro.
–Informe del accidente, sargento -dijo el subinspector jefe-. Pregunte cuánto tardarán los ingenieros en volvernos a la vía, y, si no, que nos proporcionen otro medio de transporte.
–Los remolcadores tardarán dos o más horas en volvernos a la vía -dijo el conductor-. ¿Por qué me ha llamado «sargento»? ¿Se siente usted bien?
–No discuta, sargento. Informe por radio. Volvió al vagón y abrió la puerta delantera. Al agacharse para saltar al suelo, el «sargento» que le había hablado anteriormente le dijo: -¿Quiere que lo ayudemos, señor?
El subinspector jefe sonrió y meneó la cabeza. Era curiosa esta nueva raza de policías, mimados por los coches, los compañeros y las computadoras. No se daban cuenta de que el veterano cumplía su misión solo y sin miedo, ¡ay de aquel que se interpusiera en su camino! Se dejó caer sobre la vía y notó el golpe, pero se rehizo en seguida. Después, con las manos cogidas por detrás, avanzando despacio y observando a un lado y otro, inició su exploración.
Ryder Plantado frente a Welcome, en el primer momento de silencio desde que habían saltado del vagón, Ryder escuchaba los inexplicables
ruidos del túnel: susurros, chasquidos, ecos, el débil suspiro de un viento contaminado. Steever y Longman lo miraban con ojos interrogadores.
–Lo dicho -declaró-. Fuera el cargador.
Casi al mismo tiempo que Steever y Longman, sacó el cargador de su metralleta y se lo metió en el bolsillo. Welcome sonrió y meneó la cabeza de un lado a otro.
Ryder dijo, suavemente:
–Descarga tu arma, Joe, antes de salir de aquí. – Estoy listo -dijo Welcome-.
Yo y el arma saldremos juntos.
–No puedes llevártela -dijo Ryder, todavía con suavidad.
–Mi «amiga» vendrá conmigo. Para el caso de que haya follón, ¿sabes?
–Todo el plan de evasión consiste en que pasemos inadvertidos. Y esto es imposible llevando una metralleta.
El argumento, incluso las palabras textuales, no eran nuevos. Lo había recalcado varias veces en las últimas semanas, y Welcome había acabado por ceder… o lo había parecido.
–No la llevaré. – Welcome miró a Steever y a Longman, como buscando su confirmación a lo que iba a decir-. La ocultaré debajo de mi abrigo.
«La canción de siempre», pensó Ryder.
–Una metralleta no puede ocultarse debajo de un gabán.
Longman dijo, con voz chillona:
–Eso es una locura; tenemos que salir de aquí.
El rostro de Steever permanecía impasible, sin mostrar enojo ni preferencias.
Longman había empezado a sudar de nuevo. Welcome, sin dejar de sonreír, miraba fijamente a Ryder, entre los párpados entornados.
Ryder dijo: -¿Quieres soltar el arma? – ¡Ni hablar! ¡No, mi general!
Aún sonreía cuando Ryder, disparando a través del bolsillo, le metió una bala en el cuello. El disparo no se oyó, ahogado por una tremenda explosión en el lado norte del túnel. Welcome cayó al suelo. Longman se apoyó en la pared del túnel.
Welcome yacía de costado. Agitaba las piernas y se agarraba el cuello con la mano izquierda, manchados los dedos de rojo. Había rodado su sombrero, y los largos cabellos le caían sobre la frente. Todavía aferraba la
metralleta con la derecha. Se inclinó, sacó el cargador y se lo metió en el bolsillo. Longman seguía apoyado en la pared, vomitando desaforadamente.
Ryder se agachó para ver más de cerca a Welcome. Tenía los ojos cerrados, estaba blanco como la cera y su respiración era jadeante. Sacó su automática y apuntó a la cabeza de Welcome. Miró a Steever.
–Podría durar lo bastante para hablar -dijo, y apretó el gatillo. La cabeza de Welcome se ladeó al recibir el balazo.
–Procura que Longman se recupere.
Desabrochó el abrigo de Welcome y desató el chaleco del dinero. Los bordes de uno de los fajos de billetes estaban manchados de sangre. Para sacar el chaleco, Ryder lo agarró por una punta y volvió boca abajo el cuerpo de Welcome. Se irguió, con el chaleco en la mano. En el túnel, hacia el Norte, una nube de polvo y de humo flotaba entre el suelo y el techo.
Steever sostenía a Longman, rodeándole la cintura con un brazo, y limpiaba con un pañuelo la parte delantera de su abrigo. Longman parecía enfermo. Su cara había palidecido, y tenía los ojos irritados y llorosos.
–Desabróchale el abrigo ordenó Ryder.
Longman se había quedado sin fuerzas, y Steever le desabrochó los botones de su abrigo. Cuando Ryder se acercó a él con el chaleco, pareció como aterrorizado. – ¿Yo? – dijo Longman-. ¿Por qué yo?
Y Ryder se dio cuenta de que su miedo ya no era racional y de que el hombre se asustaba de cualquier cosa.
–Eres el más delgado. Dos chalecos debajo de tu abrigo no se notarán.
Separa los brazos.
Al pasar el cinturón y sujetarlo, Ryder casi no pudo soportar el hedor del vómito y el pánico del otro. Pero siguió trabajando metódicamente, percibiendo el temblor del sudoroso cuerpo de Longman. Cuando hubo asegurado el chaleco, abrochó el abrigo de su compañero.
Steever dijo, como sin darle importancia:
–El tren ha saltado.
–Sí -dijo Ryder. Miró a Longman-. Está bien. Creo que podemos subir.
El comisario del distrito Ese breve recorrido que hicieron en dirección a Union Square -dijo el comisario del distrito- no estaba en el programa. Me preocupa.
Corrían hacia la parte baja de la ciudad, con la sirena aullando, mientras el tráfico se desviaba hacia las aceras.
El jefe de Policía seguía su propio razonamiento:
–Saben que podemos seguir todos los movimientos del tren. Saben que cubrimos el terreno palmo a palmo en la superficie. Pero esto no parece preocuparles.
No pueden ser tan estúpidos; por consiguiente, deben de ser muy listos.
–Sí -dijo el comisario del distrito-. Lo mismo pienso yo. Ese movimiento hacia Union Square… Dijeron que lo hacían para alejarse de la Policía apostada en el túnel. ¿Qué puede significar?
–Que no les gustan los policías.
–Sabían que estábamos en el túnel y no parecía preocuparles. ¿Por qué había de inquietarles después? El comisario del distrito hizo una pausa tan larga, que el jefe de Policía dijo, con impaciencia: -Bueno, ¿por qué?
–Esta vez no querían que viésemos lo que hacían. – ¿Y qué hacían?
–No les importa que los sigamos, ¿verdad? En realidad, y reforzando este punto, podríamos decir que quieren que los sigamos, ¿no es cierto?
–No se ande por las ramas -dijo el jefe de Policía-. Si tiene una teoría, desembuche.
–Mi teoría -dijo el comisario del distrito- es que no están en el tren.
–Eso he creído que pensaba. Pero, ¿cómo puede funcionar el tren, si no van en él?
–Aquí está la pega. Si no fuese por eso, todo sería lógico. Los perseguimos hacia el Sur, y ellos se quedan cerca de Union Square y escapan por una salida de emergencia. ¿Y si tres de ellos se apearon del tren, y se quedó uno en él para conducirlo? – ¿Un criminal caritativo, que se sacrifica por los otros? ¿Ha visto alguna vez a un criminal así, Charlie?
–No -dijo el comisario del distrito-. Una hipótesis más lógica: supongamos que han ideado algún modo de hacer marchar el tren sin nadie en la cabina.
–Si lo han hecho -dijo el jefe de Policía-, están perdidos. Daniels los sigue por la vía de los trenes directos. Los descubrirá.
–Tal vez no. Quizá puedan ocultarse hasta que haya pasado. – Meneó la cabeza-. Ese breve movimiento… Ese inesperado movimiento…
–Bueno -dijo el jefe de Policía-. ¿Quiere poner a prueba su buen olfato?
–Sí, señor -dijo el comisario del distrito-. Si usted lo permite. – El jefe asintió con la cabeza. El comisario dijo al conductor-: En la próxima esquina, dé la vuelta y diríjase a Union Square.
Sonó la radio.
–Señor, el conductor del tren del subinspector jefe Daniels acaba de informar de que una bomba les ha hecho saltar de la vía.
El jefe de Policía preguntó si había habido bajas. Le respondieron que sólo un policía herido, pero no de gravedad.
–Éste fue el objeto del movimiento del tren -dijo al comisario del distrito-.
No querían que nadie los viese cuando minaron la vía.
–Olvide lo que hemos hablado -dijo el comisario del distrito al chófer-.
Adelante, según lo convenido.
El viejo El viejo, evocando un antiguo recuerdo, activando unos impulsos desusados, alzó una mano (la famosa mano que antaño era cetro, que imponía obediencia en casa y respeto en la tienda) y dijo:
–Silencio, por favor. Permanezcan callados un minuto.
Hizo una pausa, saboreando la emoción de las caras vueltas hacia él, hacia la Autoridad. Pero antes de que pudiese seguir hablando, habían dejado de mirarlo. El hombre gordo, el crítico teatral, se había levantado y trataba de hacer girar la manecilla de la puerta de la cabina. Luego empezó a golpear la puerta con los puños.
La puerta crujió, pero permaneció firmemente cerrada. El hombre se detuvo, giró en redondo y volvió a su asiento. Estaban llegando a una estación. ¿Bleecker Street? ¿O tal vez Spring Street? No pudo leer los rótulos. Varios pasajeros habían bajado los cristales de las ventanillas y gritaban pidiendo auxilio a la muchedumbre del andén.
Ésta les respondió airadamente. Alguien arrojó un periódico doblado, que rebotó en una ventanilla, se abrió y volvió a caer en el andén en una lluvia de hojas.
–Amigos míos… -El viejo se levantó y se agarró a una de las anillas de metal-. Amigos míos, la situación no es tan mala como parece.
El negro lanzó una risa burlona por debajo del ensangrentado pañuelo («mi pañuelo», pensó el viejo), pero los otros pasajeros prestaron atención.
–En primer lugar, ya no tenemos que preocuparnos por esos bastardos. –
Tres o cuatro caras se volvieron, con aprensión, hacia la puerta de la cabina.
El viejo sonrió-. Como dijo la señorita, los bastardos saltaron del tren. Que les vaya bien.
–Entonces, ¿quién lo conduce?
–Nadie. De algún modo, consiguieron ponerlo en marcha. – ¡Vamos a matarnos! – chilló, angustiada, la madre de los chicos.
–No lo crea -dijo el viejo-. Confieso que, en este momento, vamos en un tren desbocado. Pero esto es temporal. Sólo temporal.
El vagón entró en una curva y se inclinó peligrosamente, mientras las ruedas chirriaban, resistiendo el impulso del coche, que pugnaba por descarrilar. Los pasajeros oscilaron y cayeron unos encima de otros. El viejo, desesperadamente agarrado a la anilla, pudo incorporarse a medias.
El negro alargó una mano ensangrentada y lo sostuvo. El tren recobró su posición normal.
–Gracias -dijo el viejo.
El negro no le respondió. Inclinándose sobre el pasillo, señaló con el dedo a los dos mandaderos negros. Sus caras tenían el color de la ceniza.
–Hermanos -les dijo-, ésta es su última oportunidad de portarse como hombres.
Los muchachos se miraron asombrados y uno de ellos dijo: -¿De qué está hablando?
Sean hombres, hermanos. Demuestren a esos gallinas que ustedes son hombres. Lo peor que puede pasarles es morir.
Suavemente, con una voz que apenas dominaba el ruido del tren, uno de los chicos dijo: -¿Le parece poco?
La muchacha del sombrero anzac se incorporó en su asiento.
–Déjense de gansadas, por el amor de Dios, y que alguien derribe esa puerta.
–Señoras y caballeros -dijo el viejo, levantando la mano-. Les ruego que me escuchen. Yo sé algo acerca del ferrocarril metropolitano y les aseguro que no debemos preocuparnos demasiado.
Sonrió confiadamente cuando los pasajeros se volvieron de nuevo hacia él, ansiosos, pero esperanzados, de la misma manera que le miraban sus hijos cuando le pedían un guante nuevo de béisbol, o sus empleados le rogaban que les diera seguridades de que, con depresión o sin ella, ninguno sería despedido.
–El freno automático -dijo-. Éste, según dicen, es el ferrocarril más seguro del mundo. Pusieron frenos automáticos en las vías. Si un tren pasa una luz roja, los frenos actúan automáticamente y lo detienen. – Dirigió una