Pelham Uno, Dos, Tres

John Godey · Capítulo 25 de 25

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Pelham Uno, Dos, Tres

Fin

también aprendía a hacerse cargo de la configuración de un edificio al entrar en él, y a descubrir una puerta debajo de la caja de la escalera, que conducía a la parte trasera de la casa.

La puerta tenía un pestillo de muelle. Haskins hizo girar el tirador, abrió la puerta lo justo para deslizarse por la abertura y volvió a cerrarla sin ruido.

Se encontró en un pequeño patio, cuya oscuridad se veía irregularmente interrumpida por reflejos de luz que venían de los pisos de arriba. Vio unas cuantas pieles de fruta, una revista, varias páginas de periódico y un juguete roto. No estaba mal. Probablemente, lo barrían una vez a la semana. Se ocultó en una sombra y miró hacia arriba.

El hombre -Walter Longman- estaba casi exactamente encima de él, hurgando en el muelle que sujetaba la escalerilla a la barandilla de la escalera de incendios. «No te preocupes, Longman -dijo Haskins para sus adentros-; esas cosas suelen estar siempre oxidadas. Será mejor que te dejes caer desde el borde de la escalera. La altura es poca.»

Longman hizo un último esfuerzo para soltar la escalerilla. Por fin, renunció.

Haskins observó cómo sacaba torpemente la pierna sobre la barandilla y buscaba el peldaño con el pie. «Muy bien -pensó Haskins-; ahora, el otro pie… ¡Bravo!

Longman no era un acróbata; en realidad, se movía como un viejo. Pero,

¿acaso no había detenido él, una vez, a un atracador de ochenta años?»

Longman estaba suspendido en el aire, agarrado con las manos al último y oxidado peldaño de la escalera, y oscilando el cuerpo. Mas parecía reacio a soltarse.

«¡Qué vergüenza! – pensó Haskins-. El terrible secuestrador, asustado por tener que dar un pequeño salto.» Ahora, Longman balanceaba las piernas, y los nudillos de sus manos estaban blancos por el esfuerzo. Soltó una mano, pero aún siguió balanceándose.

Haskins observó la mano derecha. En cuanto se abrieron los dedos, dio un solo paso y salió de la sombra. Su colocación era perfecta. Longman cayó directamente en los brazos de Haskins. Volvió la cabeza, mostrando una cara pálida y contraída y unos ojos asombrados. – ¡Qué sorpresa! –

exclamó Haskins.

FIN

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