Premio Planeta 1975 - La gangrena
Remedios
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
–Son cosas que pasan -dijo escuetamente.
Y se metió en la cocina. Lo peor hubiera sido que se hubiese escandalizado. Mi madre no tenía derecho a escandalizarse por ese tipo de cosas. La imaginaba entre cacharros recorriendo de nuevo nuestra conversación; sorteando dentro de ella misma vericuetos difíciles y terrenos pantanosos. Pero su capacidad de disimulo era muy grande. La oía yo canturrear desde el comedor como si tal cosa, cacharreando, abriendo grifos…
Creo que nuestra congelación empezó aquella noche: tras el despido de miss Dory. Fue como si el hilo de su aguja se hubiera roto y entre nosotros ya no hubiera ataduras. Durante la cena me preguntó si me sentía con fuerzas suficientes para reanudar las clases; le contesté que sí. Entonces ella me habló del nuevo proyecto del tío Rodolfo: tenía la intención de incorporarme a un club.
–Debes practicar algún deporte. A tu edad es necesario hacer ejercicio. ¿Qué prefieres? ¿Tenis? ¿Jockey?
–Golf.
–Vaya una idea peregrina, Carlitos El golf es cosa de viejos.
–Algún día espero llegar a serlo. Eso tendré adelantado.
Los deportes me tenían sin cuidado. Si había mencionado el golf era porque Paco lo practicaba y porque intuía que para llegar a la
«meta», el camino del golf era imprescindible.
–Dile al tío Rodolfo que me haga socio del golf.
Intentó disuadirme (debo reconocerlo). Me habló de «dificultades».
Dijo que se trataba de un club «muy cerrado» y que no admitían a todo el mundo.
Pero me mostré inflexible: o golf o nada.
–De acuerdo: se lo diré al tío Rodolfo.
Pronto los domingos Moraldo empezaron por la mañana. Ya no era sólo la tarde dominguera la que pasaba yo con Paco. Después de oír misa juntos, nos íbamos al golf metidos en el Renault, como dos señoritos repelentes. En aquella época, el club del Prat era sólo un vivero de moscas y mosquitos. Fue mucho más tarde cuando empezó a sonar. Entonces los golfistas tenían su sede en lo alto de Pedralbes, y los campos se extendían desde la carretera de Esplugas hasta lindes todavía separados de la ciudad por cotos privados.
Una antigua masía servía de refugio a los golfistas. Era un lugar elegantemente
tosco,
intencionadamente
sencillo
y
despreocupadamente confortable. Tenía un pavimento desigual y una chimenea de piedra donde en los días fríos se quemaban leños enormes y chismes pequeños. Cuando se tramitó mi ingreso, mi madre no veía claro que me aceptasen: «Van a poner dificultades, Carlitos: esa gente es muy pedante.» Olvidaba que el señor Moraldo era un socio arraigado en la pedantería del lugar. Bastó su aval para que me abrieran las puertas. En cuanto al señor Moraldo, debo decir que, desde el primer momento, acogió la idea con entusiasmo: «Amigos como tú es lo que necesita Paco.»
No en vano sabia él que, sin mí, su hijo (el empecinado y abúlico hijo que Dios le había dado) hubiera ido para burro con la velocidad de un alud. Para justificarse ante sus consocios, se liaba a hablar de mí como si mi pedigree fuera insuperable: «Se trata de
Carlos Hondero, hijo de un médico famoso que murió cuando la peste. ¿Le recordáis?» Nadie recordaba nada, pero decían que sí para no pasar por desmemoriados, «…y de Remedios Ruiz de la Argamasa y Borgoñán. Habréis oído hablar de los Borgoñán de Madrid…» Aquellos apellidos resultaban más familiares:
«Naturalmente, Merceditas Borgoñán era su abuela… No: no tiene título. Pasó al hermano de Merceditas… Eso: el marqués de la Triponna: origen italiano: muy antiguo.»
Los más enterados me abordaban:
–De modo que tu abuelo fue el célebre marqués de la Triponna…
Enseguida les aclaraba que no: que se trataba de un hermano de la abuela. Daba lo mismo. Una vez en el ajo, yo era para todos ellos el futuro marqués de la Triponna.
El título aquel me avergonzaba. Escurría el bulto cada vez que lo mencionaba alguien. Me producía un sofoco grande saber que un antepasado mío hubiera podido firmar algún papel estampando un nombre tan ridículo como aquél. Nunca supe cómo el señor Moraldo había conseguido acumular tal cantidad de datos sobre mi árbol genealógico. De hecho conocía la historia de mis antepasados mucho mejor que yo. Durante varios días fui el tema de conversación entre aquellas gentes:
–¿De modo que tú eres un Ruiz de la Argamasa? Yo traté a tu abuela -me decía la vieja Repecho-. Era una auténtica belleza. Una gran señora.
También la anciana Sobrado (algo desdentada, pero todavía coqueta) recordaba al abuelo:
–Lo llamábamos «Pepito Patillas»: le llegaban hasta la mandíbula inferior. Siempre tan correcto, tan educado…
Porque para todas aquellas gentes lo más importante era la corrección, las maneras; eso que «no se hace sino que nace».
Recordaban luego el siniestro que los había obligado a naufragar en el lago Lemán:
–Para que luego digan que los lagos son inofensivos. Una desgracia, una verdadera desgracia. ¡Quién podía prever semejante calamidad! Y todo por una chispa inesperada… Cuando quisieron darse cuenta, el barco era un horno a la deriva. Al parecer, tus pobres abuelos se tiraron al agua para no quemarse… Nunca dieron con ellos.
Algunos se compadecían de mi madre:
–Tan niña y huérfana. Debió de ser horrible.
Los más informados eran los Sobrado hijos: aquellos que jamás se separaban de los padres de Paco, ni de los Repecho:
–Cayó en manos de unos tíos poco escrupulosos. Luego perdimos la pista de tu madre…
«Los de la pelea», pensaba yo. Los que se habían opuesto a que yo naciera. Porque, naturalmente, al oponerse a la boda de mi madre forzosamente se habían opuesto a que yo existiera.
El señor Moraldo se derretía de gusto cada vez que mencionaban mi genealogía. Era una rúbrica a su aportación, a su aval, al buen
gusto de haber incorporado al club un muchacho de tanta alcurnia.
En cambio, a mí todo aquel palabreo me infundía un extraño malestar que me advertía del peligro que suponía llegar al meollo del asunto. Hurgar demasiado podía poner en evidencia la página oscura de mi vida; la que se refería al tío Rodolfo.
Pronto descubrí que tampoco el señor Moraldo era amigo de rozar aquel tema. Probablemente él conocía la historia de mi madre: por eso la limitaba a su infancia.
El club de golf, en aquella época, no se parecía al de ahora. En él jamás se hubieran aceptado socios tan poco apetecibles como los dueños de las cocinas Morera, o los príncipes de las trituradoras Sabanas, o los polifacéticos y archimillonarios Rampardal, representantes de bebidas con patentes americanas, fabricantes de caramelos, importadores de salchichas, poseedores de una cadena de zapaterías y muchas otras cosas más, que después de la guerra consiguieron para ellos tanto brillo y ascendencia. Y hubieran puesto el veto a los quinielistas afortunados o a los provincianos recientemente trasplantados a Cataluña, gracias a la repentina alza de unos terrenos, o al enriquecimiento brusco provocado por la ola turística del país.
Allí, en aquella masía restaurada y acondicionada, todo era exclusivo, reducido y tremendamente snob. Los socios tenían el esnobismo de los que se consideran intocables, privilegiados y refinados por herencia. Era divertido observarlos: siempre alerta, siempre preparados para estar a la altura de las circunstancias, a la altura de su «buena educación», a la altura de su intachable origen.
Es decir, todo lo que exigía depuración, gustos internacionales y convicciones monárquicas. Lo demás no podía ser distinguido. Por
eso no se hablaba nunca el catalán en aquel lugar. Porque el catalán era el idioma del pueblo. Y ellos eran ciudad: ciudad cosmopolita estrechamente ligada al palacio de Oriente.
Su ética no tenía más principios que conservar airosamente las apariencias y los desarrollos de su pequeño círculo. La marcha del mundo, con sus aberraciones, sus cataclismos, sus guerras y sus injusticias sociales, eran sólo letra impresa, bulos, noticias que no interesaban… A no ser, naturalmente, que amenazasen el propio decoro o la propia estabilidad. Lo demás no existía. O mejor dicho: existía para los otros, los que no eran como ellos, los que se veían obligados a mirar de abajo arriba. Es decir: los nadie.
Sin embargo, no todos eran iguales. Dentro de la unidad clasicista, había categorías. En el fondo eran aquellas categorías lo que les permitía completarse, admirarse o incluso criticarse mutuamente.
Había bufones y reyezuelos, cobistas y halagados, generosos y gorristas, aristócratas y burgueses. Naturalmente, burgueses con derechos adquiridos de antiguo, no como los de ahora, recién enriquecidos por oportunismos más o menos legales. Pero, al margen de esas diferencias, todos se consideraban exclusivos, con la exclusividad indiscutible que nacía en el golf para acabar en Chez Maxims. Lo demás era puro adorno, simple ornato, como las gaviotas sobre el mar o el perejil en la fuente.
Poco a poco fui conociéndolos a todos. Tenían nombres que sonaban, que se leían en Blanco y Negro: títulos nobiliarios que despertaban la admiración de las modistillas, la sumisión de los acomodadores de la ópera y la envidia de los ricachones sin pedigree. Los Repecho, los Sobrado, los Hendidura, los Cabeza de Moro… Todos recalaban allí, en aquel coto cerrado; hablando,
discutiendo, riendo… Comentando los pormenores de la moda parisiense y la elegancia inglesa, presumiendo de palco liceístico en el principal, y fotografías de Sus Majestades dedicadas y firmadas.
Uno de los temas de conversación favoritos entre aquellos ejemplares, era «los puestos de la mesa» (al parecer surgían piques eternos por un invitado mal colocado), pero lo que siempre esgrimían como «salsa picante» eran los gazapos de algunos advenedizos cuando «recibían» en sus casas. Lo curioso era que las cosas más convencionales, dejaban de serlo en cuanto caían en sus manos. Tenían una rara habilidad para convertir lo más insignificante en algo fundamental, y lo fundamental en cosa de poca monta. Casi todos profesaban un extraño culto a todo lo que oliese a rancio. Nada importaba que a veces «los elegidos»
ostentaran lacras o miserias humanas si las deficiencias (estupidez, epilepsia, truhanería, alcoholismo o manía sexual) iban respaldadas por raigambres ilustres. La cuestión era que se tratara de deficiencias distinguidas, de alta prosapia, heredadas de algún antepasado glorioso (cuanto más antepasado mejor) o vinieran condicionadas a un título (más o menos reciente) o tuvieran apellidos esplendorosos.
Aquel año la habían emprendido con la gobernadora. Las críticas más feroces surgieron al día que la infeliz había decidido reunir en el Palacio de Gobernación a los miembros más depurados de la alta sociedad catalana. Al parecer se había atrevido a ofrecer champaña nacional en lugar del indispensable champagne francés.
Reían mucho cada vez que mencionaban a la gobernadora (tan satisfecha ella, tan pechugona y rolliza) y la llamaban «Juana la coma, coma» porque aseguraban que se había pasado la noche
repitiendo a los invitados: «Vamos, coma usted, coma sin reparo: que luego sobra comida y hay que tirarla.» Decían de ella que era
«divina», que no tenía desperdicio, que su cursilería era digna de trofeos… Y como la gobernadora había tres o cuatro personas clave, a las que siempre sacaban a relucir para descuartizarlas sin más motivo que el de considerarlas «distintas».
Pero ello no excluía que en cuanto «Juana la coma, coma» hacía su entrada en el recinto del golf, todos, hasta los Moraldo, los Repecho y los Sobrado, se ponían en pie y le ofrecían asiento, y le dirigían la palabra con extrema solicitud, para alabar su vestido, su sombrero, su fiesta (tan depurada, tan escogida, tan bien servida), porque, a pesar de todo, siempre coleaba algún favor sin realizar, o una petición pendiente de respuesta, o un indulto por firmar…
También hablaban mucho de un tal Freudman. Pero a él se referían con respeto. Nadie se preocupaba de hurgar en su pasado. Desde entonces he comprendido que existe una especie de aristocracia que no precisa de títulos ni de antepasados: una aristocracia «original»
propia de los señores feudales (los de la Edad Media y los de la edad espacial) que, por hallarse en olor de dólares (en otros tiempos fue olor de torneos y victorias guerreras) se hacen acreedores al mayor respeto. Ese debía de ser el caso de Freudman.
Para todos, aquel hombre era eso: una especie de señor feudal de nuestros días: un creador de estirpes como Abraham, padre de nobles como el Rey David, y antepasados del futuro como Cristóbal Colón. Los más internacionales (aquellos que pasaban temporadas en París o en Londres o en Nueva York) aseguraban haber conocido a Freudman (a saber las bajezas que habrían realizado para ser presentados a aquel hombre) y se recreaban describiendo sus palacios en Venecia, en Francia, en Viena… sus obras de arte, su exquisita educación, su savoir faire y su atractivo
físico.
–Un gentleman indiscutible -afirmaban los más exigentes.
Lo cierto es que, en aquellos momentos, Freudman era considerado el hombre más rico del mundo. Cuando hablé de él a mi madre, contestó: «No se equivocan: es un genio financiero. También tú llegarás a ser un Freudman algún día.» La frase me fue siguiendo años y años: al principio con ilusión, luego con esperanza, más tarde con terror. Ahora es sólo un recuerdo que confirma la teoría del presentimiento.
Aquel ambiente me iba absorbiendo sin darme cuenta (es decir, me idiotizaba). Pronto me vi adoptando los giros y las actitudes de aquellas gentes, como si las hubiera tratado toda la vida. Un día le propuse a mi madre:
–Deberías hacer las paces con tu familia.
Cosía, como de costumbre, junto al ventanal del comedor. Al oírme dejó la ropa en el halda y alzó la vista:
–Siempre dije que el ambiente del golf te embrutecería, Carlitos.
Ahí lo tienes: ya empiezas a trastornarte.
Todavía insistí:
–Pero, mamá, el tiempo lo borra todo.
–No seas incauto, hijo: el tiempo lo único que hace es envejecer a los que quisieran «borrar». Yo nunca podré borrar los malos tratos ni los insultos. ¿Has olvidado ya lo mucho que rebajaron a tu
propio padre?
Era difícil olvidar lo que nunca se había vivido.
–Además -remachó enseguida-, los aristócratas me repatean.
–Sin embargo, tu abuela era hermana del marqués de la Triponna.
También a mi madre le avergonzaba aquel título. No podía escucharlo sin taparse los oídos y echarse a reír.
–Con su pan se lo coman y se lo entripen.
Probablemente las tendencias republicanas de mi madre se debían en gran parte a aquella pelea, pero sobre todo a las teorías políticas del tío Rodolfo. Desde que yo tenía uso de razón no había escuchado de aquel hombre más que peroratas contra la monarquía, la dictadura, y las sandeces (decía él) que caracterizaban al partido monárquico. Añadía luego que España no llegaría a su mayoría de edad hasta que despertara de su modorra y se decidiera a implantar la república.
Al principio, cuando lo escuchaba, tenía la impresión de que sus argumentos eran sensatos, pero en cuanto me introduje en el ambiente de los «exclusivos e intocables», surgieron las dudas sobre la validez de sus argumentos. Allá, entre prados, tés, gorras de cuadros y sombrillas gigantes, todo se reducía a pregonar las excelencias de la monarquía, y cuando alguien se atrevía a lanzar diatribas contra algún miembro monárquico, lo hacía con timidez, con una especie de cariño disgustado, anteponiendo siempre un amoroso «que conste que lo digo porque me duele». En realidad, nadie pensaba seriamente que la monarquía podía ser algún día
derrocada. Para todos ellos la palabra «república» era tan remota y dañina como la palabra infierno. No obstante, jamás alegaban razones de peso para justificar sus principios: sus bases se ceñían a vocablos ambiguos como «tradición», «honor», «buen gusto»,
«poca clase» y otras variantes sobre el mismo tema.
Lo cierto es que el dogmatismo político de aquellas gentes era tan rotundo, que llegué a pensar seriamente que el tío Rodolfo vivía equivocado y que la razón estaba de parte de los Moraldo, de los Repecho, de los Sobrado, de los Cabeza de Moro… de todos los que pululaban por el golf. Pero la verdad es que no conseguía formarme una idea muy clara de ningún partido político.
Luego venían los almuerzos en la casa de Paco. (Desde que nos dedicábamos al golf, yo no regresaba a mi casa hasta la noche.) No es fácil que olvide aquellos almuerzos, silenciosos y majaderos, en los que la señora Moraldo apenas me dirigía la palabra y en los que Lolita me lanzaba miradas enigmáticas, entre altivas y amorosas.
Más tarde, cuando me introduje en la casa de Alicia, me di cuenta de que también las mesas de casas bien tenían categorías, ritos y derechos peculiares y diversos. Los almuerzos de los Moraldo eran breves, matemáticos, sin comentarios, sin opiniones (las opiniones sobre la comida eran vicios poco ingleses, propios de personas ineducadas). Justo, el criado, estoico y envarado, actuaba casi displicente, con la sobriedad de los adornos inútiles, y sólo entre plato y plato los miembros de la familia Moraldo se dignaban hablar. Lo contrario hubiera supuesto atentar contra las establecidas reglas de «la buena mesa», una alteración de mal gusto, una pérdida de tiempo incalificable… Además, se hubiera caído en el imperdonable riesgo de hablar con la boca llena. Los temas se restringían casi siempre a nuestras clases de golf: «¿Habéis
aprovechado el tiempo, niños?» Lo preguntaban sin interés, y por descontado se referían a Paco. Él respondía a su aire, inventando jugadas maestras y ocultando lo que podía disminuir sus dotes golfísticas. La señora Moraldo miraba a su marido con evidente satisfacción: «Lo que ese hijo nuestro se proponga…» Y la ceja de Paco se encogía hasta convertirse en una raya horizontal.
Por la tarde solíamos ir al cine. La novedad de las películas habladas era irresistible. No nos importaba ver el mismo rollo tres o cuatro veces. La nueva institutriz decía que eran instructivas porque se hacía práctica de idiomas (las películas todavía se exhibían en versión original) y en vista de su cualidad didáctica, nadie nos prohibía la diversión. Por lo regular íbamos solos, pero si Lolita decidía acompañarnos, la institutriz iba con nosotros. Era francesa y hablaba el inglés casi sin acento. «Una alhaja», aseguraba la señora Moraldo.
Cuando la conocí, me quedé perplejo. Indudablemente la señora Moraldo había querido curarse en salud. Mademoiselle Marie era una mujer entrada en años, patizamba y fea (tenía una de esas fealdades ofensivas que no admiten solución), lo que sin duda constituía una garantía para la estabilidad del matrimonio Moraldo.
A pesar de su aspecto, mademoiselle Marie era simpática, de sonrisa fácil y jamás nos importunaba, como había hecho miss Dory, cuando se refería a nuestras diversiones. Además sabía jugar al bridge y, cuando nos quedábamos en casa, nos daba lecciones.
Lolita, cada vez más espigada y sinuosa, aprendía rápidamente: contaba sus bazas con desparpajo y aunque daba la impresión de que marcaba juego al tuntún, casi siempre ganaba.
–Inteligente -comentaba mademoiselle Marie.
Paco solía burlarse de la francesa. Le había sacado el mote de miss Francia y no perdía ocasión de imitarla para dejarla en ridículo.
Lolita se enfadaba:
–A ti lo que te molesta es que no te llamen inteligente.
Era verdad. Paco envidiaba a su hermana. La envidió siempre. No podía sufrir que fuera superior a él. Pero tampoco podía sufrir que le dieran lecciones:
–Mocosa ridícula y famélica, mejor harías, si fueras a lavarte.
¿Nadie te ha dicho que hueles mal?
Y cuando Lolita, llorando, salía de la habitación, Paco se me quedaba mirando como si no comprendiera la reacción de su hermana:
–No entiendo por qué se ha puesto así… Cualquiera diría que la he insultado. Al fin y al cabo, yo bromeaba.
Lo de siempre: jamás reconocía su culpa. Una vez que había descargado su furia, se sosegaba, olvidaba su violencia y recobraba su apatía.
En el fondo se consideraba ponderado (jamás tuvo en cuenta su violencia solapada y brusca); por eso presumía de inalterable, de hombre recto y sereno: «Desconozco la venganza», decía.
Sin embargo, toda su vida ha sido un continuo bandearse entre vindicaciones, entre amenazas, entre avasallamientos, para conseguir sus fines.
Aquel invierno fue revelador para mí. Comprendí que, andando el tiempo, Paco iba a volverse insoportable. Él mismo iba creándose una aureola falsa de prócer en embrión que, sin duda, más adelante (como no surgiera algún cataclismo) iba a acabar por embrutecerlo totalmente. No admitía la más leve insinuación sobre sus deficiencias. El hereu de los Moraldo jamás podía ser deficiente. Se lo habían imbuido desde la más tierna edad y no era fácil que lo olvidara. Había mamado su presunta importancia día tras día, entre inciensos de pacotilla y cepillos rastreros. Era imposible desprenderse de aquello cuando rozara la madurez.
Al llegar la primavera, la ciudad empezó a llenarse de extranjeros.
Recalaban en ella gentes de todo el mundo para asistir a la inauguración de la exposición catalana. De pronto, Paco dejó de invitarme. Pretextaba excusas sin fundamento cargadas de impertinencia: «Han llegado a Barcelona familias con muchachos de mi edad, ¿sabes, Honde? Debo atenderlos: son amigos de toda la vida… Así que no podré salir contigo».Ni siquiera dijo «Lo siento», «es un fastidio» o «más adelante volveremos a vernos».
Sencillamente me barría porque ya no le hacía falta. Se acabó el coche llevándome y trayéndome. Se acabó la clase de golf. Se acabó el almuerzo carambola, el té servido en el comedor, la sesión de cine, el bridge, los bailes en el cuarto de jugar… Todo había ingresado, repentinamente, en la zona de lo que se entierra, de lo que se desdeña porque sobra.
Barcelona bullía de alegría, pero mi tristeza no se avenía con el excitante alborozo de las calles. Era una algazara barroca y festiva.
Tal vez por eso mi tristeza fuese tan honda y tan inaguantable. Me dolía aquel continuo vaivén despreocupado, saturado de españolismo, de orgullo de raza y de país en franco progreso. Por
todos lados se respiraba un ambiente hinchado, grandilocuente y optimista. Parecía como si aquella euforia fuese a durar siempre, como si nuestras garantías de solidez fueran eternas. Ni por el forro se podía barruntar la insolvencia de nuestro porvenir.
A veces recordaba frases agoreras que el señor Moraldo dejaba caer entre sus amigos: «Veremos lo que ocurre cuando la dictadura se acabe. España, sin mano dura, sería peor que un lupanar. Aquí, sin puños, nos apuñalan.» Y las comparaba con las que emitía mi madre cuando el tío Rodolfo le decía que España nunca llegaría a desarrollar sus posibilidades hasta que fuera libre. No era posible sacar nada en limpio. La nebulosa continuaba. Todo era confuso.
¿Cuál de las dos tendencias tenía razón?
De cualquier forma, la inauguración de la Exposición tuvo un sello luminoso y estridente (a veces, cuando he pensado en aquella primavera, la he comparado al indudable fenómeno de la mejoría de la muerte). «España mejora, doctor: dice encontrarse más saludable que nunca», y yo veía al doctor Tramacho moviendo la cabeza dubitativamente: «Falsas ilusiones, amigo: no tardará en empeorar para siempre. He visto demasiadas muertes parecidas.»
La multitud era agobiante. Apenas se podía dar un paso. El hacinamiento humano crecía con la torridez del sol. Únicamente allá en lo alto, donde los monarcas se movían, cabía la holgura y el bienestar. Imaginaba a los Moraldo, a los Sobrado y a los Repecho… Todos estarían allí, bailándoles el agua a los reyes, gozando de los puestos privilegiados, estrechando aquella mano que un día (ya lejano) estrechara la mía…
–¿En qué estás pensando, Carlitos? Cualquiera diría que esta maravilla te deja frío.
Al contrario, me quemaba, me lesionaba el alma. De nuevo me sentía marginado, desairado. Recordaba a Paco: lo suponía allá, en el núcleo de los que saboreaban la Exposición con dignidad, no como la veíamos mi madre y yo, envueltos en plebe, zarandeados por multitudes y sofocados por el hedor a sudor y a cuerpos humanos poco higiénicos. Al llegar a casa todo me parecía desangelado y absurdo. Me encerré en mi cuarto y di la excusa que debía estudiar:
–Vas a enfermar otra vez -decía mi madre-. Hoy es un día excepcional. No deberías estudiar tanto.
–Los exámenes se acercan.
–Todo debe hacerse a su debido tiempo, hijo. No hay que apresurarse.
Pero yo tenía prisa. Necesitaba avanzar: llegar cuanto antes a la meta.
El domingo siguiente, mi madre se empeñó en que la acompañara de nuevo a la Exposición. Probablemente quería rellenar un poco el vacío que los domingos truncados me estaban dejando: «Hoy podremos verla con mayor holgura.» Acepté a regañadientes. Algo me decía que no debía acompañarla. Hay cosas que se intuyen: flotan en el aire y se captan sin saber por qué razón. Yo estaba captando lo que iba a ocurrir: sólo que sin concretar exactamente los motivos. Y la acompañé. La tarde era larga y soleada: una de esas tardes que obligan a respirar verano, aunque el verano esté por llegar.
Como la vez anterior, entramos en el recinto a empellones, convertidos en muchedumbre. De nuevo vimos el palacio, las fuentes, las cascadas… Avanzábamos, como todos, a trompicones, alelados, camino arriba, con ese paso incierto que caracteriza a los que deambulan (alucinados y sin prisa) hacia lo indeterminado.
Corría una brisa sofocante, impropia del mes de mayo. Fue tal vez aquella brisa lo que empezó a despejarme. Casi me sentía contento.
La intuición peyorativa (aquella que me había asaltado antes de salir de casa) se había esfumado. Ya no me arrepentía de haberle dicho «sí» a mi madre. A veces uno se siente alegre sin saber por qué, como si una fuerza invisible nos obligara a ello. Llegamos hasta el tenderete de un hombre que voceaba su mercancía con voz atiplada. Era una voz chillona que a ratos se confundía con el sonido de una banda de música que lanzaba sus marchas triunfales desde la glorieta cercana. El hombre decía «Acérquense, señoras y señores, y observen la maravilla…» No recuerdo lo que ofrecía: quizás un crecepelo, o un elixir de juventud, o una estilográfica…
Cualquier cosa de esas que luego no sirven para nada, pero que si no se adquieren, nos persiguen durante meses y meses como un remordimiento. En torno a la glorieta, allá donde la banda trompetera rasgaba el aire con agudos molestos, se extendían hileras de banderitas variopintas y luminosas, que se movían inquietas como flanes agitados. Y más acá, muy cerca de donde nos encontrábamos, había un barquillero haciendo girar su rueda de la fortuna y llamando a los niños a pleno pulmón. También un puesto de churros (desde aquel día odio los churros) atractivo: olía a patatas fritas y a aceite quemado. Y el ventero de gaseosas
«fresquitas y dulces para matar el calor y la sed». Era un pugilato de ruidos, de aromas y coloridos. Pensé que, a pesar de todo, la vida era bonita, y que no debía preocuparme por la deserción de los Moraldo; al fin y al cabo, todos éramos iguales. Contemplé el
rostro de mi madre: todavía joven y hermoso y, por primera vez, advertí que sus labios no estaban húmedos. Le pregunté:
–¿Por qué no te pintas los labios, mamá?
Arqueó las cejas, extrañada:
–¡Qué cosas se te ocurren, Carlitos!
–Todas las señoras de tu edad se pintan los labios.
Y señalaba a las mujeres que me rodeaban.
–Fíjate en ésa, y en ésa…
Ella echaba vistazos sonriendo:
–No son de mi clase, tonto.
Y yo, por bromear, volví a mencionarle al marqués de la Triponna.
Reíamos los dos despreocupados, como si fuéramos un par de amigos. Y la gente nos miraba: casi me sentía orgulloso de la atención que estábamos despertando en los demás. Hasta que de pronto todo se vino abajo. Vi a una mujer elegante, enjoyada y altiva. Vestía un traje gris de gasa plisada. Una zorra negra le cruzaba el pecho a la moda de entonces y llevaba la cabeza tocada con un sombrero de paja, cuya ala derecha caía graciosamente sobre la mejilla, al peso de un racimo de cerezas artificiales, probablemente rellenas de algodón. Era bonita: tenía la belleza relamida y peripuesta de las mujeres cuidadas. No sé cuándo empecé a sospechar el peligro. Fue algo simultáneo a la advertencia:
–Fíjate en ésa…
A veces la reacción se adelanta a las prenociones, como si el propósito fuera más débil que el descubrimiento y más fuerte que la comprensión. El charlatán continuaba voceando: «Vengan, señoras y señores…» Mi madre la miró. Fue un otear inadvertido, indefenso, excesivamente espontáneo. Uno de esos vistazos que podían pasar por no dados. Y rápidamente se volvió hacia el charlatán, como si lo más importante del mundo, en aquellos momentos, fuera él y las engañifas que anunciaba. Se agarraba a él, como los desesperados se agarran a una cuerda que pueda salvarlos. Entonces volví a fijarme en la señora de las cerezas. La vi crispada, con cierto ramalazo de ira en las pupilas. Se le había puesto en la cara una de esas expresiones que fulminan y despedazan. Habló. Mejor dicho: gritó. Y yo escuché lo que dijo entre acorde y acorde. Fue lo mismo que escuchar una sentencia de muerte. Lo dijo sin mirarme, pero se dirigía a mí aunque aparentemente llamara a sus hijos: «Luz, Rodolfo, Rosario.»
Era una voz forzada, erizada de cólera, una voz que no admitía tregua, apremiante, despótica. Los niños corrieron hacia ella, la bolsita de churros en la mano, los labios impregnados de aceite y de azúcar. Una de las niñas (no recuerdo cuál) se detuvo junto a mí: entonces la señora de las cerezas, como si temiera un contagio, se acercó a su hija y le tiró de la manga para que no me rozara.
–Cuidado, no te acerques a ese niño… Vámonos de aquí enseguida.
Este lugar apesta.
Me volví hacia mi madre. Continuaba pendiente del charlatán: ensimismada, abstraída, completamente ajena a lo que estaba
ocurriendo. Se había vuelto de espaldas, como si se desentendiera de mi hundimiento, como si no hubiera oído lo que aquella mujer acababa de gritar. Pero al mirar su espalda, comprendí que también ella sufría: había una curva nueva en aquel modo de encogerse, un raro abatimiento que la volvía débil e indefensa. Jamás una espalda me había parecido tan elocuente ni tan angustiada como la de mi madre en aquellos momentos.
Después lo vi a él. Se hallaba a dos pasos de la glorieta departiendo en voz alta con un desconocido. Era imposible que no nos hubiera visto. Era imposible que ambos estuvieran allí, a pocos metros de distancia, sin que ninguno de los dos diera muestras de conocerse.
Y lo comprendí todo: fingían. Era un fingimiento incómodo, pero decidido: un fingimiento impuesto por la señora de las cerezas.
Enseguida vi a Luz, a Rodolfo y a Rosario corriendo hacia él. Le llamaban papá y le explicaban que su madre quería marcharse
«inmediatamente». Y fue como si me hundiera en un pozo, o como si el suelo se hubiera resquebrajado y mi madre y yo hubiéramos caído en una fosa sin posibilidad de salir de ella.
Lo demás se confunde en una masa de acontecimientos rápidos, sin relieve. El tío Rodolfo pasó junto a nosotros sin volver el rostro, sin mirarnos: la tez pálida, la vista fija en aquella mujer vestida de gris; sometido a ella, cabizbajo, achicado, el susto brotándole por los poros.
Luego se alejaron los cinco, camino abajo, como una familia modelo, mientras mi madre y yo nos quedábamos allí, clavados, pendientes del charlatán, escuchando palabras sin sentido: envilecidos los dos sin decírnoslo, pretendiendo ambos que no había pasado nada, paliando con disimulos la vergüenza del
ridículo que acabábamos de experimentar.
A los pocos días de aquel percance, el tío Rodolfo se presentó en casa como si nada hubiera ocurrido. Me negué a verlo. De nuevo el pretexto de los estudios: el encierro en mi cuarto. Desde allí podía escuchar el susurro de la conversación que mi madre y él mantenían. De vez en cuando alzaban la voz para que yo los oyera y no sospechara lo que se cocía entre ellos. Hablaban de la situación política, del inminente final de la Dictadura, de los disturbios que ocasionaban los estudiantes… «Se están cansando de la censura. Te digo, Remedios, que esto va a durar poco…» Los imaginaba a los dos mirando la puerta entreabierta, haciéndose señas para ser cautos, preguntándose acaso hasta qué punto yo sabía o no sabía, hasta qué grado aquel incidente me había afectado. Después (quizás para comprarme, para halagar mi vanidad) rompieron a hablar de mí: de mi loable empeño en estudiar, de mis indiscutibles dotes para discernir lo que era o no era oportuno (¿se referían acaso a mi discreción al verlo pasar ante mí sin dar muestras de conocerlo?) y yo los dejé hablar sin intervenir, sin inmiscuirme en aquella mezcla de argumentos-biombo, que pretendía inmunizarlos contra cualquier reproche.
Preferí mantenerlos en la duda. Jamás hice la menor alusión al incidente. Lo dejé pudrir dentro hasta que la fetidez cesó de molestarme. Ni siquiera ahora, al recordarlo, siento rencor. (Años más tarda volví a ver a la señora de las cerezas, y al niño que se llamaba Rodolfo convertido en un hombre, pero todo había cambiado.) Ahora, cuando pienso en aquella escena comprendo que sólo fue un hecho más entre los mil que me llevaron al siniestro.
Faltaban pocos días para los exámenes cuando Paco, libre ya de sus
«amistades forasteras», se incorporó al colegio. Como era de
esperar, su falta de asistencia a clase había desnivelado notablemente sus estudios.
–Cuento contigo, Honde. Si no me pongo al día, esos cabrones son capaces de catearme.
De nuevo me reclamaba. De nuevo quería ser amigo mío. En su ética simplista, el despegue anterior no contaba. Lo había olvidado como todo lo que le producía conatos de arrepentimiento. Y, lo que es peor: si yo se lo hubiese echado en cara, me hubiera llamado resentido y susceptible. Para él las cosas «una vez pasadas» ya no existían. Los hijos de los amigos de sus padres se habían marchado y yo, lógicamente, debía ocupar el puesto de amigo-recurso. Estuve a pique de mandarlo a la mierda, pero no lo hice. Lo ayudé. De no ayudarlo, hubiera perdido yo más que él. En realidad, los dos nos necesitábamos. Y él lo sabía: por eso me ponía la pistola en el pecho. Por eso me presionaba: «Sin mí, estás perdido, Carlos Hondero: no tienes más remedio que aceptar lo que te ofrezco.» Ha sido el estribillo de nuestra vida, el leitmotiv que nos ha ligado durante años y años. El mismo que ahora me apuñala para que no hable, para que silencie la verdad de los hechos. «O aceptas, o hablaré con Carlota…»
Fue inútil: a pesar de mis esfuerzos y de las influencias desplegadas por el señor Moraldo, los exámenes de Paco tuvieron un resultado catastrófico. Cuando le dieron la noticia a la señora Moraldo, parecía Manon Lescaut entrando en San Sulpicio, dispuesta a acabar con todos los curas: «Atreverse a suspender a mi hijo…
¡después de todo lo que se ha desgañitado el pobre…!» Paco había adoptado una actitud digna dentro de su derrota. Todo se le iba en chasquidos de lengua y en protestas gesteras, sin comentarios verbales. Pero su madre pensaba por él, hablaba por él y protestaba
por él. Tanto ahínco ponía aquella mujer en defender el talento de su hijo, que el muy imbécil acabó por creer que su madre tenía razón. De repente dio en decir que en aquel colegio se cometían injusticias y que así, entre paniaguados y enchufados, no se podía vivir. «Y que conste que no lo digo por ti, Honde: tú, al menos, estudias.» A veces para reforzar su teoría, me llevaba hasta su padre: «Vamos, Honde, dile la verdad: dile que en ese maldito colegio todo son injusticias y enchufes.» Bastaba mirarle la ceja (convertida en una raya) para comprender que ni siquiera él creía en su argumento. Pero los señores Moraldo desconocían el fenómeno de la ceja de Paco. Como es lógico, no hice el menor esfuerzo por llevarle la contraria. Hacía tiempo que me había dado cuenta de la inutilidad de desengañar a los que se nutren de inciensos. Además, temía las represalias: podían ser funestas (lo fueron más tarde). De Paco Moraldo era posible esperarlo todo. Por eso le seguí la corriente y mentí con él, sin comprender cuánto me ataban aquellas mentiras.
Lo comprendí después, cuando también yo ingresé en la casta de los halagados, de los que reciben lamidos en sálvese la parte, y escuchan continuos «tiene usted razón» sin tenerla. Era una fracción del sistema establecido. Entonces me acordaba de Paco y del servilismo que yo había desplegado con él, de lo mucho que mi actitud había contribuido a idiotizarlo y a endurecerlo, y me preguntaba si también yo estaría endureciéndome e idiotizándome.
Pero ni siquiera el recuerdo de lo que yo hacía con él bastaba para apartarme del sistema y desdeñar adulaciones. Costaba mucho apearse del burro en las horas triunfales. Tampoco España en aquella época parecía dispuesta a renunciar a su apogeo.
El verano aquel llegó hasta nosotros bañado en dólares y
entusiasmos. Nunca había yo visto las calles de la ciudad tan concurridas ni tan exóticas. Hasta mi madre, tan austera en el vestir, dio muestras de contagio. Se había confeccionado ella misma un traje de seda blanca, y estaba verdaderamente elegante con su boina de angorina ladeada, sus medias de seda natural, con espiga, y sus zapatos de tiras, con tacones aluisados. Creo que fue aquel día cuando descubrí que mi madre era elegante y que en nada tenía que envidiar a la señora Moraldo. Cuando salió de su cuarto, me quedé pasmado ante ella: «¿Te gusto, Carlitos?» Su rostro, sin maquillar, me recordaba al de la aviadora Amelia Erhart, sólo que el de mi madre era menos joven. «Únicamente te falta fumar con boquilla», le respondí.
La tirantez provocada por el incidente de Montjuich se había disipado entre nosotros. El tiempo y la reincorporación a los Moraldo habían ido debilitando la humillación de aquel día. Fue una especie de muerte silenciosa, por desgaste. Una muerte en la que el tío Rodolfo resucitaba indemne, con su risa contagiosa y sus muestras de cariño y adueñándose de todo: mi porvenir, mi presente, mis ambiciones… Y, por descontado, nuestros veraneos.
También aquel año fuimos a la costa. Mi madre volvió a contar sus baños y yo me dediqué a la pesca con aquellos amigos ocasionales que jamás veía durante el invierno. Algo parecido a lo que hacía Paco conmigo cuando yo le sobraba.
De vez en cuando, Paco me escribía: eran cartas breves y mal redactadas, abocadas sólo a despertar mi envidia: «Hemos presenciado un concurso de tenis…» «El otro día me llevaron a Biarritz.» «Lolita se clavó la púa de un erizo en una playa francesa.» Yo guardaba aquellas cartas como si fueran reliquias.
Era mi único nexo con los Moraldo. Mientras aquellas cartas
durasen, mis garantías estaban aseguradas. Eran prolongaciones extremas que más adelante nos obligarían a comentar: «Cuando me dijiste lo del tenis…» o «explícame lo que hiciste en Biarritz…» La vida comunicativa estaba hecha de pequeñeces de ese tipo: naderías ociosas que servían de eslabón para unir otras, acaso menos aparatosas, pero más íntimas y satisfactorias. No obstante, hacia el final del verano, Paco dejó de escribir y yo volví a mis temores de perderlo, de saberme de nuevo marginado, por Dios sabía qué nuevas amistades… Era igual que una enfermedad aquel terror mío. Supe después que su silencio se debía al rigor de un profesor especializado en vagos, contratado por su padre para superar el escollo de los suspensos y sacar adelante los exámenes de septiembre:
–Un tío atravesado -explicaba él con el rencor de los suspensos clavados en el alma-. No me dejaba tiempo ni para ir al retrete.
Todo el día pendiente de mí: «Señor Moraldo, la raíz cuadrada; señor Moraldo, la regla de tres…» Me perseguía, me fastidiaba, pero hay que reconocer que enseña bien.
Lo decía con recochineo, para echarme en cara mi incapacidad para ayudarle en los exámenes de junio.
Lolita era ya una mujer. No podía disimularlo. Incluso andaba de otro modo, como si ostentase su nueva condición de menstruante.
Evidentemente se había colocado en poco tiempo en un plano muy superior al que nos correspondía a Paco y a mí. Estaba un poco ridícula en su reciente condición de adulta. Sin embargo, me atraía más que nunca.
Aquel otoño se había agenciado un grupo de amigas que apenas
nos dirigían la palabra: «Ése es Carlos Hondero: amigo de mi hermano», solía decir ella cuando las presentaba. Y se iba, nos dejaba a Paco y a mí con el mismo desdén que había mostrado hacía un par de años.
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Miss Francia la acompañaba. No estaba bien visto que las muchachas de su edad circularan por el mundo sin una compañía respetable.
Las mañanas domingueras volvían a centrarse en el golf. Si llovía, nos metíamos en el pabellón y jugábamos al bridge. Siempre había algún despistado dispuesto a probar fortuna con nosotros: nuestra fama de jugadores empezaba a extenderse: «La pareja Hondero-Moraldo es peligrosa», decían. Cuando los padres de Paco cayeron en la cuenta de aquella afición nuestra, se alarmaron: «No iréis a exponer dinero…» Todavía no. Todavía jugábamos por amor al arte. Nos complacía que nos considerasen niños prodigio.
Cierta mañana todos parecían preocupados. Algo muy grave debía de haber ocurrido para que nadie diera muestras de interesarse ni por el golf ni por el bridge. Muchos de ellos se habían reunido junto a la chimenea y hablaban con la elocuencia agitada de las moscas pegadas al mosquero. Supe entonces que el célebre Freudman (el prócer norteamericano) había muerto. Decían que lo habían encontrado bañado en sangre en un parque público y que después de su muerte se había descubierto lo que aquel hombre era en realidad: «La noticia ha conmocionado al mundo entero», decían. Todos los trusts, las grandes empresas y los grupos de presión se habían visto afectados por aquella extraña muerte. Al parecer, Freudman era un bluff, un ladrón de guante blanco, un estafador de la peor especie. Las noticias aumentaban a medida que iba llegando la gente. Alguien insistía: «Nada de eso: era simplemente un gángster a las órdenes de Al Capone…» Los otros preguntaban, querían saber: «Eso va a suponer la ruina para muchos.» Se miraban unos a otros sugestionados por el ambiente
de terror que invadía el recinto. Quien más quien menos lo había conocido, había presumido de su amistad y acaso se hallara involucrado en algún negocio con aquel hombre. La repentina insolvencia de Freudman los dejaba perplejos: «Tú dijiste que lo conocías…» El aludido se replegaba, negaba, no quería ya ser
«internacional». Se defendía diciendo que llevaba mucho tiempo sin salir de España. Se contradecía. Titubeaba. Yo no entendía…
Me negaba a admitir que aquel hombre al que todos repudiaban, hubiera sido el mismo que en otros tiempos despertaba la envidia y la admiración de los intocables. «¿Entonces lo han matado?» Nadie sabía nada en concreto: «Tal vez se haya suicidado.» Al llegar expuse el caso a mi madre. Me tendió el periódico. Freudman estaba allí, retratado. Había dos fotografías suyas: una sonriendo, mostrando una hilera de dientes blanquísimos bajo un bigote fino y bien recortado. La otra, sin cara, el cuerpo apelotonado en la tierra, junto a un matorral de adelfas. Se veía el charco de sangre estancado entre el brazo y el vientre.
–Tienen razón -repuso mi madre-. Freudman era un gángster. Ya no se acordaba de lo que me había vaticinado hacía poco tiempo: