Primer amor

Alejandro Gandara · Capítulo 1 de 7 · parte 1/3

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Primer amor

Si el dolor es amor

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

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Si el dolor es amor

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En la cocina hay una luz cobriza que mancha los fogones de hierro, los azulejos, el hule de la mesa. Hasta la luz blanca que entra por la ventana está manchada de pincel cobrizo. Piensa en tiempo oxidado, en cosas que se abandonan y que acaban recubiertas por la herrumbre o por la indiferencia.

En la cocina solo está él, es domingo por la mañana, ha tomado una decisión, pero aún no está en marcha. Le costará levantarse de la silla. Su madre está en misa, cree. No hay padre. Tampoco hay hermanos. Hay un perro que ahora está en el corral junto a cuatro gallinas y tres conejos enjaulados. Se llama Zote. Fuera de la cocina y del corral hay un pueblo castellano, rodeado de una muralla de la que sobresalen gallos de veleta, torres vigía, agujas de ciprés. Al interior de las murallas lo llaman la Ciudad. Los barrios de extramuros son los arrabales. El suyo es el arrabal de La Estrella. Hace apenas unos meses, cuando murió Franco, se celebraron oficios en las iglesias. Todo eso también es cobrizo, piedra cobriza. Como los muertos y los vivos.

Entonces ella, la muchacha en la que está pensando, y que era una imagen quieta en su cabeza, le hace una seña para que vaya. Y la luz cambia.

Ella se aparece ahora en su corazón. Blanca como el albayalde, la coleta de pelo castaño, los ojos mieleros, el olor a cantueso, que lo mata. No sabía que los olores mataban.

Se levanta. No quiere levantarse, pero si no se levanta, lo lamentará toda la vida.

Por fin está en la calle. Es una calle que han asfaltado no hace mucho.

Los carámbanos cuelgan de los aleros como espadas, están en mitad del invierno. Son casas de una sola planta, a veces con un patio o un corral, hechas de ladrillo y revocadas, algún zócalo de yeso o de loseta, de las que salen voces y risas que rebotan con un eco destemplado en la calle. En la

calle siempre hay niños jugando, alguna mula parada o de paso, corrillos de jornaleros, alguna mujer mirando por la ventana como si se le hubiera olvidado algo que estaba a punto de hacer, como si hubiera perdido el oremus.

Tiene que ponerse en marcha.

No es un camino largo, pero lo harán aún más corto la impaciencia y el miedo.

Ha mirado de reojo a la muchacha que siempre lo espía. Es más pequeña que él, dieciséis, como mucho. Siempre está sucia y cuidando de la piara de hermanos. Tiene los ojos color prado y los labios son una mariposa roja.

Ríe mucho. Quizá ría al saber que no puede hacer nada para esconder la suciedad, que todos aquellos mocosos que la asaltan quieren darle amor y con el amor va su mierda. Ríe porque le gustaría estar guapa y limpia, pero el que la quiera va a tener que descubrirla bajo la costra de niños que tiene que cuidar. ¿Él no podría quererla? ¿De verdad que no? Y entonces, en los ojos prado y en la mariposa roja se dibuja una pena, aunque no es fácil saber por quién es la pena, si por él o por ella.

La muchacha se llama Cándida. Cándida Luján Linares. Llegó hace siete años con su familia desde Andalucía, parecían gitanos. De hecho, chillan, cantan y se lamentan como gitanos, sin vergüenza de que les oigan, orgullosos del escándalo.

Están atados por un amor desbocado, lleno de alegría y de rabia. Se les oye por toda La Estrella a cualquier hora. En total, una decena de seres.

Al final de la calle, antes de la primera esquina del murete del parque de La Florida, hay un muchacho sentado en el poyo de la puerta. De pequeño le quemaron la cara con agua hirviendo. Se lo hizo su madre y fue un accidente doméstico. Lo llaman Azarías y casi siempre está vigilando el almacén de su padre o haciendo que vigila, porque le gusta, no porque le manden, además de que no hace falta. El almacén tiene una puerta de carruajes que guardan perfectamente las prendas y tejidos que el padre vende al por mayor y que trae de Portugal, veintinueve kilómetros desde la frontera.

—Eh, capitán, ¿vas a la Ciudad? —pregunta Azarías cuando se cruza con él.

Lo llama capitán, porque de pequeños era el capitán del ejército de pedrea de La Estrella, además de que también quería ser capitán de barco.

Lo del barco se le olvidó hace bastante. Desde entonces, Azarías siempre lo llama capitán, sin asomo de coña, más bien en recuerdo de aquellos tiempos en que el capitán no iba al instituto y no salía del arrabal de La Estrella, excepto para ir al cine de la calle Madrid o al del Obispado.

— Allá voy, sí —dice él.

—¿Y vas a ver a una chica? ¿Tienes una chica, capitán? —de la mirada de Azarías salta una chispa.

Azarías no sabe nada de Brígida, pero al capitán le agrada que le relacione con una chica de la Ciudad. Brígida vive en la Ciudad. Su padre es médico y tiene una clínica que da a la muralla de la puerta de Poniente. A él le enyesaron allí una pierna rota cuando tenía doce años. Pero al mismo tiempo que siente el placer y la punzada de orgullo, siente el pánico de que solo sea un sueño. Los sueños no se hacen realidad. Están precisamente para explicarnos lo distinta que es la realidad. A eso se dedican los sueños.

Lo que pasa es que ya no puede dar marcha atrás.

Él no puede retroceder a la mirada de Cándida ni a la mujer que ha perdido el oremus ni a la cocina de luz cobriza.

Él debe seguir y mirar para adelante, porque lo que sea tendrá que ser. Ni él mismo podrá evitarlo. Ese pensamiento lo anima y al mismo tiempo lo hace temblar.

—No sé, Azarías. A lo mejor…

A la entrada de La Florida, pasando el murete de rosetones blancos y azules, hay dos abetos gigantes donde las cigüeñas hacen los nidos.

Producen una umbría de bosque cerrado, alpino, de sonidos húmedos y senderos ciegos, donde los campos de trigo en barbecho, las llanuras quemadas por el sol o por el hielo, en las que a veces suena la esquila o la dulzaina, son tan remotos como un mar levantino.

Desde pequeño, ha pasado muchas horas bajo esos abetos. Jugando, contando historias. Luego, leyendo en el banco de hierro con un zarcillo de forja. Aquel sitio lo hace feliz o mejor dicho lo hacía feliz hasta hace poco.

Una país en el que era rey. Echa de menos los días de paz en ese sitio.

Ahora no podría quedarse allí ni medio minuto. Ahora no puede quedarse ni medio minuto en ninguna parte. Pasa las horas yendo de un lado a otro, se sienta únicamente para levantarse, no sabe adónde ir, no le gusta ningún sitio, pero lo busca todo el rato, cree que se le ha olvidado un lugar en el que nunca ha estado, que se lo está perdiendo, aunque también sabe que

nunca ha existido, bueno, sí existe, lo que pasa es que no existe en el espacio. Existe en el peor de los lugares posibles: en el interior de sí mismo, donde jamás se atrevería a buscarlo.

Lo daría todo por volver a ser el que jugaba o contaba historias o leía en el paraíso de abetos, sin tener que salir de aquel mundo pequeño para estar feliz y tranquilo. Cómo le gustaría borrar de su mente el último año de vida, borrarla a ella de paso, borrarla del mundo, que no hubiera nacido ni respirado, que hubiera muerto, que fuese fea y estúpida, y pobre y sucia…

Nadie podía odiarla más que él, nadie. Y nadie era tan odioso, nadie.

Pero entonces ella aparecía incluso más radiante y en mitad del infinito odio se manifestaba el infinito amor.

Pasaba algo terrible. Por culpa del odio, el amor parecía ahora más esplendoroso, invencible. El amor le había robado su fuerza al odio. Lo había inventado para luego poder quitarle su furia y quedársela. La misma fiebre.

El corazón hacía trampas, era una trampa.

Cómo fiarse de un amor que fabrica odio y miedo solo para hacerse más grande.

Mientras sube la cuesta hacia la puerta de Oriente de la muralla, recién abandonado el parque de La Florida, va mirando hacia su izquierda, hacia la bruma que planea sobre las alamedas del río y que suspende en el aire las lejanas montañas de Gredos. En esos lugares ha pasado momentos dichosos, largas tardes de baño, acampadas en navas y en la orilla de las lagunas.

Momentos que no volverán. De eso está seguro. Aprende deprisa.

Aunque todo saliera bien, lo de antes no volverá.

Y está aprendiendo deprisa, porque necesita hacerlo, dentro de una hora aproximadamente ya no le quedará tiempo. Será una cosa u otra, pero el tiempo para aprender faltará para siempre, o al menos durante muchísimo.

Al cruzar la bóveda de la puerta de Oriente aparece la Ciudad. La calle de fachadas de piedra, la plaza con la fuente de Démeter, el palacio renacentista que sale en los libros de texto. Y la casa de ella, el tercer piso de un edificio moderno decorado con frontones y columnas. La calle es la calle Madrid, donde se encuentra uno de los dos cines de la Ciudad, y que desemboca en la plaza Mayor. Los edificios están siempre del color del ocaso, que es el color con que los pinta el paso del tiempo. Más cobrizo.

Por la calle circulan apenas un puñado de personas, aunque es domingo y mediodía. Hay bastantes comercios y escasa concurrencia. Solo en los días de mercado, en los que se presentan en el pueblo portugueses, serranos, aldeanos, hurdanos, gracias a los que sobrevive, parece una vía animada.

Se fija en la forma de vestir de los que se va cruzando. Tiene una conciencia algo suspicaz de las indumentarias. Ha visto algún abrigo Loden, alguna zamarra de piel vuelta, charol: él lleva el chaquetón de paño azul al que su madre cosió dos hombreras de cuero para la lluvia, el pantalón de pana marrón y las botas camperas a las que ha dado grasa de caballo. A veces, cuando sube a la Ciudad, nota que se encoge dentro de la ropa.

En el pueblo existe la costumbre de emperejilarse los domingos, sobre todo si se viene del arrabal a la Ciudad. La Ciudad es la ciudad vieja, a la que hicieron Patrimonio Nacional, donde están las cafeterías y los cines, las tiendas de moda, el casino, el instituto y las quince iglesias que se inclinan ante la catedral románica, ya algo transida de gótico.

Él no se emperejila o, como dice su madre, él no se «arregla». Le gusta ir limpio y sin rotos, pero no soporta la idea de disfrazarse de lechuguino.

Nunca se consigue la naturalidad. Nadie del arrabal lo consigue. La elegancia de los espantapájaros, un traje remendado y un sombrero de paja agujereado. Él no podría presentarse ante Brígida con un Loden y unos zapatos de charol o de ante. Se reiría de él, aunque no más de lo que se reiría de sí mismo si se viera en el espejo de sus ojos. Una risa idéntica a una lástima. Piensa que si Brígida llevara un chaquetón de paño con hombreras cosidas y botos camperos, no parecería del arrabal, sino una muchacha original que había traído el invento de algún viaje a la capital. ¿Y

qué parecía él? ¿Qué le parecía a ella?

Brígida suele llevar jerséis de lana y blusas de flores, zapatos marrones con tacón pequeño y un abrigo o una gabardina, color beis, que son un simple abrigo y una simple gabardina. No viste muchas faldas, le gustan los tejanos, que son caros y raros. En el pueblo solo venden los de tela de mahón. Sin embargo, da la impresión de que Brígida ha inventado su forma de vestir.

Intenta verse con los ojos de Brígida. No puede. Nunca puede.

Llega al ensanche del cine Madrid. Es una medio plazoleta, con la escalinata del local y enfrente la explanada con grandes puertas de un

palacio barroco, perforado por alguna humedad y salpicado por viruelas de herrumbre.

Ponen Bonjour tristesse, una película sacada de una novela que han leído en francés en el instituto. La cuadrilla ha quedado en venir a verla por la tarde. Pero esa tarde, la tarde de ese mismo día, está aún más lejos que el día en que tendrá que irse a estudiar Medicina a Salamanca, ya el curso que viene. El futuro del año que viene está cerca si se compara con el que sobrevendrá esa tarde, cuando ya haya pasado lo irremediable.

Quizá todas las cosas que van a pasar en la vida pasan en una hora, en un minuto. Las de su vida van a pasar en un instante dentro de un rato. ¿Con quién y con qué ánimo verá esa película a las seis y media de la tarde? ¿La verá siquiera? ¿O la verá sin verla, igual que lleva viviendo sin vivir las últimas semanas o meses, como si fuese un invitado a su propia vida?

Cree que aún recuerda el olor de la sangre de la pelea en la plazoleta el pasado verano. ¿La sangre tiene olor? Los hurdanos venían por la puerta de Oriente y los del arrabal del Puente subían desde la plaza. Eran dos bandos equilibrados, escuadras de combate. Él y algunos del equipo de fútbol se estaban despidiendo bajo la escalinata del cine. Los otros se trabaron sin mediar palabra. Se odiaban de lo mucho que se parecían. En sus arrabales no hay pobreza, solo han alcanzado la miseria. Viven en casas de adobe, no tienen electricidad ni agua, compran cebollas a las que llaman «golosas», no van al instituto, sus familias trabajan en lo que pueden, en la quincalla, en la trashumancia, en peonadas de Pascuas a Ramos.

Los del fútbol se pusieron en medio para separarlos. Mal hecho. En poco tiempo, los odiaron más a ellos. Chicos buenos y sanos, con camisetas de equipo, que competían en ligas de juego limpio, respetados como aprendices de héroe. Un odio superior al que se tenían entre ellos. Él tuvo a uno preso bajo el sobaco, medio estrangulado, y a la vez soltaba patadas a ciegas, espantando. Llevaba una camiseta blanca que salió roja. No sabía de quién era la sangre. Había piernas y cabezas que danzaban sin cuerpo, caras chorreando que parecían máscaras de cartón empapado…, los golpes no se sentían, se estaba en el suelo o de pie sin haber llegado hasta allí, se mordía el polvo lo mismo que el cielo, el reloj iba lento y las manos rápidas. En ese rato no duele. El dolor es después, cuando ya no tiene razón de ser. Vinieron tres municipales y sacaron las porras para nada. Hay un punto en que los enemigos quieren seguir hasta el final, ya no quieren irse, ya no quieren

paz. Solo quieren acabar lo empezado. Hasta que no llegó un furgón de la Guardia Civil y se sumaron a los municipales no se dictó el armisticio.

Lo siguiente que recordaba fue estar en una sala del cuartelillo y que la madre llegó y se puso a llorar por lo bajo. No le preguntó por las heridas.

Luego lo soltaron y se fueron andando a casa. La mujer ya no lloraba, solo parecía ofendida. No se dijeron palabra. No lo mencionaron tampoco más tarde.

Ha llegado a la plaza Mayor. Hay gente parada en la fachada del palacio de Manrique, apoyada en las columnas de la arquería y acompañada de la banda de chuchos con el hocico saludando al sol. El jefe es un viejo mastín que antes guardaba el campo de tiro de los Polvorines, en los tesos, y al que debieron de despedir o se despidió él. No tienen amo ni lo buscan. Andan en la plaza por si cae algo. Se pegan a los humanos que lagartean y miran el As o La Gaceta, algunos por encima del hombro, y que en domingo descansan de la lucha por la vida. Para eso son los domingos en esa región pobre y monumental, por la que atraviesan en invierno bandas de niños abandonados o huérfanos que peregrinan de pueblo en pueblo, mendigando por las casas sobras de comida o reales para comprar pan, vestidos con las chaquetas raídas de sus padres o abuelos, los zapatos destrozados, los pantalones atados con cuerda.

Es la una menos cinco. Con el corazón en la boca. A la una, Brígida saldrá de San Damián y entonces él hará lo que ha ido a hacer. No comprende este pavor. Es nuevo para él. El problema es que este miedo no desaparecería si abortara la decisión. Es un miedo que ya va a su aire, suelto como un perro. Pero no hay vuelta atrás. Es destino. Está escrito. En su cabeza.

En la plaza hay tres cafeterías y dos bares pequeños. En comparación con los días laborables, hay público. Dentro y fuera de los locales. Los refrescos son caros, la Mirinda, el Kas. Lo más barato es el vino, el pesetero. Y lo más caro, comer o picar algo. Aunque hay bares en los que dan un pincho de oreja o una patata revolcona.

Se ha dado cuenta de que el trayecto es un error. Debería haber dado un rodeo. En la plaza puede toparse con los amigos con que se han citado poco más tarde en los jardines del Castillo. Error, error. Mal augurio. Se acuerda del guerrero troyano que se espantó al ver a un águila llevando en el pico a un dragón. Ese espanto es el suyo ahora.

Le gusta leer sobre griegos; sin embargo, va a estudiar Medicina, y don Severino no está de acuerdo.

Se detiene en los soportales del Ayuntamiento y lanza una mirada exploratoria. Cualquiera de los amigos podría surgir por una bocacalle.

Enfilando la cuesta hacia la puerta del Viento ve precisamente a don Severino, marchando a alguna de sus caminatas por el río o por la carretera de la vega, respondiendo marcial y escuetamente a los que le rinden saludo de canónigo de la catedral.

Don Severino es importante para él. Su madre lo matriculó cuando tenía diez años en unas clases gratuitas del instituto, por la tarde, que llamaban

«permanencias». Había de diferentes materias: inglés, guitarra, matemáticas, lengua… y ella lo colocó en lengua, porque no había dinero para una guitarra, que era lo que quería él, y porque a ninguno de los dos se les ocurrió inglés, ¿para qué?, nunca habían visto a uno. Don Severino lo adoptó. Y él lo aceptó como si fuera natural, es decir, algún día alguien tendría que adoptarlo. Sacarlo de su casa, enseñarle un paisaje. Darle afecto gratis. Al canónigo le maravilló el pico de oro del crío. Hablaba como alguien mayor, tenía una varita mágica para el lenguaje. Hacía discursos sobre cualquier cosa y se perdía en ellos. Cuando todo anunciaba naufragio, entonces, por el horizonte, asomaba la vela blanca y limpia de un razonamiento inesperado. El canónigo se lo dijo a sus padres y se convirtió en una especie de preceptor in pectore. Le cogió cariño. Quizá también temiera por él. Últimamente se han distanciado algo por la decisión de estudiar Medicina. Don Severino se inclinaba por Derecho. «Tu memoria, el don de la palabra…, se lamenta el cura. Quieras o no quieras, tienes el don de la palabra, y tendrás que ganarte la vida con él».

Por supuesto, él no piensa que tenga ningún don. Siempre ha hablado así y, aparte del canónigo, nadie lo ha mencionado nunca. Es el temperamento de don Severino, intenso, exagerado. Y en sus ojos tártaros siempre brilla una fiebre que atemoriza. Se parece al actor Yul Brynner, pero don Severino en más bestia.

Por medio de la plaza cruzan el dentista joven —hay otro muy mayor, al que nadie se atreve a visitar— y el jefe de Falange, que también es concejal de la Juventud y en sus ratos libres, otorrino. Los dos tienen una edad indefinida, quizá porque es gente que no cambia por nada del mundo, y no necesitan la edad para orientarse. El otorrino falangista les da en el instituto

Formación del Espíritu Nacional leyendo en voz alta el libro de texto y ordenando dónde deben subrayarlo. Te reirías de sus clases, si antes no te hubieran hecho llorar. Es pariente de Brígida, por algún lado. Se lleva mal con Andrés, que es de la Organización Juvenil Española, la OJE, pero no por asuntos de ideas, aunque es cierto que los de Falange quieren que los de la OJE sean falangistas, y Andrés y los de su grupo no quieren. Tiene que ver con el local del Hogar Juvenil. Es un local que usa la OJE desde siempre, pero pertenece al Ayuntamiento. Aunque quizá lo que hay entre ellos sea solo una cuestión de piel. De piel que se repele.

En cuanto al dentista, es un hombre enclenque y sádico, al que le gusta mucho hablar de héroes. A él le dijo una vez, cuando era pequeño, que tenía madera de héroe, por la forma en que había superado el miedo. El día anterior, en cambio, le había ofrecido una bofetada por ponerse histérico. El otorrino y el dentista, el falangista y el maestro de héroes cruzan la plaza pisando huevos, incluso se detienen de pronto como si surgiese un tema concienzudo, capital. A casi todo el mundo le da vergüenza quedarse parado allí, en medio de la plaza Mayor. A ellos no.

En los carnavales, que ya llegan, la plaza se convierte en ruedo. Así que resultan toreros en el centro del ruedo. Unos toreros quietos y con pinta de cabrones, la verdad. En su fuero interno, para ellos Franco no ha muerto ni morirá. El alcalde, a los pocos días de fallecer el Generalísimo, se atrincheró con una escopeta de postas en el edificio de Sindicatos. Gritaba que llegaban los rojos por el camino de Sancti-Spíritus. Esos dos fueron elegidos para convencerle de que saliera, de que todo seguía igual. Atado y bien atado. Al fin y al cabo, al rey lo había nombrado Franco. No podía traicionar.

Andrés deja los soportales y se mete por la calle del Sepulcro. Enseguida viene el olor a bacalao rebozado de El Arriero. En la puerta hay un chaval de su curso al que llaman Calígula, aunque nadie sabe por qué. Anda un poco tocado, cierto, y va por ahí con un libro de Ortega y Gasset que abre de pronto y lee en voz alta. Andrés no cree que Calígula esté loco, sino que es su forma de defenderse, pero no de lo de afuera, sino de las ideas que le pasan por la cabeza y que no puede parar. Entonces se hace el loco o se vuelve loco para dejar de prestarles atención.

—¿Nos tomamos un bacalao, eh, forastero? —dice Calígula, que siempre le llama forastero, porque sabe que no ha nacido en el pueblo.

—Ahora no, llevo prisa —contesta, sin ganas de enhebrar.

—¿No tienes dinero?

—Ni dinero ni tiempo.

—Vaya. Yo no tengo dinero y tengo tiempo. Soy más rico que tú, entonces. Hala, majo, hasta otra.

La calle Sepulcro dobla hacia la Vía Ferreteros, frente a las Clarisas, y entra en la plaza de la iglesia de San Damián.

Da una vuelta por el atrio, lo deja y se sienta en el murete que rodea a una fuente con pileta. Sale un chorrito de un caño por dentro de una boca de pez.

Siente latidos fuertes en el pecho. El corazón pega saltos y teme que le salga por la boca, como el agua por la boca del pez. Si lo vomitase delante de Brígida, ella tendría que preguntar: ¿y ese corazón? Él mentiría. No es mío. El mío lo llevo dentro. No soy de los que escupen corazones. Puede ser de cualquiera, por aquí pasa mucha gente.

Le ha parecido escuchar un cuclillo. Luego le parece que es un garrapatero. Y al final, un torcecuellos. Hay un par de cipreses en una esquina del murete de la fuente, apuntando al cielo como dardos, uno más romo que otro, porque son macho y hembra. A lo mejor, el torcecuellos anida por ahí.

Se queda mirando el cielo. Quiere encontrar amplitud, descanso de la congoja. Pero al aterrizar de las alturas se siente empeorado.

Los feligreses han comenzado mientras tanto a abandonar la iglesia.

Muchos abrigos oscuros, como ropaje talar y, de improviso, saboteando la pía procesión, un abrigo rojo, rojo carmín, que tremola como una llama en un túnel.

En el abrigo va Brígida. Él nunca se lo ha visto. No parece de su estilo.

Quizá él no sepa tanto de sus gustos como cree. En todo caso, él no está preparado para decir lo que tiene que decirle si ella no se quita ese abrigo.

Ese abrigo llamarada y sangre no estaba en el guion, otro mal augurio.

Estaba preparado para un abrigo beis. Marrón. Azul celeste, a lo sumo.

Estaba preparado para la Brígida que se conocía al dedillo, sin sorpresas.

¿Le había leído el pensamiento? ¿Iba a utilizar sus armas de mujer, aquel abuso de color, para hacerle callar? ¿Era una mordaza del tamaño de un abrigo?

Brígida se acerca con una sonrisa perezosa, que no se sabe si viene cansada de sonreír o es la primera del día, flanqueada por el padre, muy alto. La madre y la hermana se han rezagado hablando con otra familia. A San Damián va la parroquia prócer. Los del arrabal nunca suben a misa a la Ciudad. Tienen sus iglesias y su devoción modesta. Es su día de fiesta, libre de comparaciones y de resentimiento.

Cuando llegan adonde él espera, el padre pregunta a Brígida:

—¿No me dijiste que habías quedado con la pandilla?

—Ahora vamos a buscarlos al Castillo —dice Brígida, mirándolo a él.

El padre se dirige al muchacho y pregunta:

—¿Vais a encontraros con la pandilla?

—Sí, señor.

Pero el hombre no se marcha. Lo mira desde las alturas con dos ojos grises y fríos, las ondas del pelo rubio zurcidas ya de alguna cana, el empaque de un senescal con Loden consciente de los efectos de su presencia.

Andrés se siente cohibido, pero aguanta la mirada. Y mientras se la aguanta, su interior hierve. ¿De qué? ¿De impotencia? ¿Por qué no puede decirle que deje de mirarlo así? No, no puede. Brígida es la razón. Bueno, una de ellas. Hay una furia en él.

Desvía la cara hacia Brígida. El padre aún tarda en irse.

Brígida no parece haberse dado cuenta de nada, y en ningún momento presta atención ni a la insistencia del padre ni a los sentimientos que atraviesan al amigo.

Es una muchacha tranquila, puede que indiferente. Una indiferencia endurecida y disimulada por el rostro jovial, incluso tierno. Pero esa indiferencia, que a lo mejor es solo una distancia que ni ella misma conoce, que se sorprendería al descubrirla, la rodea como un foso de agua fría a un castillo encantado.

No se dicen palabra hasta llegar al cruce de Ferreteros.

—Si te parece, vamos por la muralla —propone él.

—Vale, da un poco lo mismo —dice Brígida.

Pasan Correos, la comisaría de policía y la imprenta de don Álvaro sin hablar. Sin mirarse. Sin embargo, él marcha muy consciente del par de codos que les separa. Del ritmo. Por momentos, se rozan. Pero no chocan ni rebotan. Eso está bien. ¿Otro augurio?

Muchas veces han caminado junto al otro, pero yendo a alguna parte, haciendo un recorrido que conocen, y con el ritmo aprendido. Por ejemplo, cuando van y vienen del instituto.

Entre la esquina de la casa de Brígida con la calle Madrid, donde se encuentran a la ida y donde se separan a la vuelta, y el instituto, hay cuatro minutos. Clavados. O por lo menos ellos los clavan. Suelen ser muy puntuales.

¿En qué momento empezó a llegar antes y a esperarla? ¿En qué momento empezó a maldecir las intromisiones de amigos y conocidos que le robaban metros y segundos en su trayecto hasta la esquina de despedida? A ver, ¿en qué momento?

Esas cosas fueron la alerta y luego la alarma. Mucho antes de que pudiera confesárselo a sí mismo, la realidad había abierto su corazón de par en par.

Aunque él tardó en mirar ahí.

Llegan a la puerta de Poniente. Suben por la escalinata entre las dos torres, de hecho, dos edificios nuevos revestidos de la piedra cobriza del pueblo. Uno de los amigos que les está esperando, Solórzano, vive allí.

Andrés va delante y el abrigo rojo lo sigue a dos escalones. Ya lleva un rato con aquel aroma a cantueso, que le mortifica. Piensa en el color rojo del abrigo y en aquel olor de Brígida, y entra en desesperación. Está seguro de que cualquier otro aroma, a tomillo, a genista, a limón, no le producirían ese efecto. Pero en ella el cantueso es un elixir. Un filtro. Al final, un veneno.

Le dan ganas de llorar. Le dan ganas de salir corriendo y llorar, llorar, llorar para desahogarse. Porque se está ahogando. Se ahoga en un río de colores y olores desconocidos que lo arrastra. Manotea, se resiste y, claro, se hunde más.

No debe hablar. Debe correr hacia ella, apretarla y besarla. Besarle esos labios que parecen el dibujo de un niño. Ninguna palabra antes de su beso o abrazo. Todo estaba mal pensado. No dejará que se resista. No dejará que se libere.

Se muere de miedo.

Brígida llega arriba.

—Bueno, vamos —dice ella.

Andrés se fija en que se ha puesto seria. No gravemente seria. Seria como cuando se cruza un pensamiento y el pensamiento no acaba de pasar, se traba.

Él no se ha movido. Entonces ella toma la dirección de los jardines del Alcázar. Pero él dice:

—Prefiero que vayamos en el otro sentido.

—Eso es dar la vuelta entera a la muralla —contesta ella.

—¿No quieres?

No es una pregunta, es la angustia que se arroja por la muralla, como se lanzaría un demente a unos brazos que esperan abajo para amortiguar el golpe de la caída.

Brígida le mira callada y quieta. No hay sonrisa ni desapego. Tampoco parece resuelta. Es un viajero en viaje, mirando por una ventanilla. Lo que ve aún no sabe si le importa.

—¿Por qué no iba a querer? Es temprano —dice.

—Hace tan buen día… —dice él, y nota en los huesos que lo que acaba de decir es una claudicación, una cobardía.

Se da cuenta de que le falta valor. Se da cuenta de que ha tenido que justificarse. ¿Cómo le dirá ahora, después de hablar del tiempo, por Dios, del tiempo, que en realidad tenía algo que decirle y por eso buscaba el rodeo?

—¿Vamos por las cañoneras o por la ronda? —pregunta ella.

No se le había ocurrido. Por las cañoneras se va más alto, da más fuerte el aire, el paisaje es grandioso. La ronda es más íntima, se camina con el muro almenado a la derecha y los caserones a la izquierda.

Pero él ha dicho que hacía buen día. Lo coherente sería optar por el paisaje, por el aire azotando. Si en cambio, propone la ronda, ¿quién le asegura que allí encontrará la audacia que necesita?

—Vamos por las cañoneras —dice, y es su segunda claudicación.

En el fondo, ya ha admitido que el plan de alargar el camino hasta donde esperan los amigos no ha producido más coraje. Lo gastó todo en sugerir el rodeo.

Hay más daños todavía: por el camino de arriba hay que ir de uno en uno, saltando las cañoneras, rodeando los baluartes, con precaución, porque no hay valla ni defensa ante la caída de quince metros.

Brígida se adelanta y sube por unas muescas del muro. Le gusta ir delante. Incluso alejarse un poco. Lo hace por sistema, en las excursiones, cuando van en grupo. No le queda más remedio que seguirla y dedicarse a contemplar su espalda de bermellón ondeante con el penacho castaño. Y

está su forma de andar, como si tuviera un pequeño resorte en el talón que la impulsa un poco más cuando el talón ya está arriba. No conoce a nadie que camine así. Tampoco conoce a nadie que sea mezcla de garza y yegua, como Brígida, porque es una mezcla imposible. Pero él lo tiene claro. Es garza y yegua. Una garziyegua que anda con muelle. De modo que es eso lo que él puede hacer, contemplarla a distancia. Mortalmente vencido por sí mismo. El peor desenlace de una batalla, capitán.

Pero aún no está muerto del todo. Eso cree. Está perdiendo sangre, pero le quedan las últimas fuerzas. Eso cree.

Abajo se extiende la vega del Húmera, atravesada por las alamedas alfombradas desde el otoño, los cuadriláteros verdes de las huertas, los chamizos encalados de los hortelanos en un aire de cristal fulgente.

Llegan a los contrafosos, donde los chavales de San Cristóbal y La Estrella han construido porterías con palos de chopo. Durante el invierno, el campo de fútbol se convierte en una laja de hielo que, en una de esas costumbres contagiosas, la gente apedrea desde la muralla. En primavera, hay que limpiar ese canchal si se quiere dar dos patadas al balón. Él ha jugado mucho en los contrafosos, allí empezó a ser apreciado como medio defensivo, en la zona de combate.

Se ha detenido un momento y Brígida se ha alejado. No mira atrás. No sabe mirar atrás. Quiere llegar pronto al Alcázar y encontrarse con los amigos. Él no existe. Ella pasea sola. Si él se parase, Brígida se plantaría en el Alcázar tan tranquila. Mientras, él seguiría pensando en la época en la que jugaba al fútbol en las eras de los contrafosos. Bueno, no estaría pensando en eso ni mucho menos. Estaría pensando en que Brígida le ha abandonado sin enterarse siquiera.

Se le ocurre algo. Ella está lejos. Él ha venido a decirle lo que no puede guardarse más, porque se le está pudriendo. No regresará a casa con el buche enfermo y atascado.

Brígida está ya en los frontones, dos paredes de cemento en la puerta baluarte del Meridión.

Tiene que acercarse un poco, porque a la distancia de ahora sería como no hablar con nadie. No le aliviaría nada. Así que trota un poco y se queda a treinta pasos, quizá. Ella sigue sin darse la vuelta.

Entonces se decide a hablar:

—Hemos venido por este camino, porque tenía que contarte una cosa.

Una cosa, ¿me entiendes? Es importante. Escucha.

Inmediatamente se da cuenta de que en ese volumen de voz no le ha oído ni el cuello de la camisa. Brígida ni puede ni debe escucharle, de acuerdo, pero la confesión, aunque no la alcance, tiene al menos que simular que tiene delante a la mujer. A diez leguas no vale.

Él tiene que soltarlo, aunque le falte el valor para que ella lo escuche.

Brígida ha decidido pararse en los frontones, quizá haya alguien jugando.

Quizá ha sentido que él se ha quedado atrás. Por tanto, él se detiene también.

Se arma de coraje:

—No sé si te habrás dado cuenta, en estos meses yo… —y vuelve a interrumpirse por la sencilla razón de que la voz sigue sin fuerza, mohína, cagona.

Entonces, ya enfadado, grita a plena impotencia o le parece que grita:

—No… no sé si te habrás enterado, si lo sabes o no lo sabes, porque deberías saberlo, coño, dejar de hacerte la loca…

Sí, algo de grito ha salido, porque desde la distancia de los frontones Brígida se ha vuelto y también a gritos le pregunta:

—¿Estás diciendo algo? ¿Me estás hablando a mí?

Y él ya con el último suspiro, la vida escapándose, pronuncia la tercera claudicación, si bien siente que todas estaban ya en la primera:

—No. Solo cantaba.

—¿Y qué cantabas? —pregunta ella.

—Una canción…, una de José Feliciano —su tono es el de un hombre al que no escuchan, y que daría cualquier cosa por no escucharse a sí mismo, por quedarse sordo a sus pensamientos.

—¿Qué canción es? —pregunta Brígida cuando vuelven a reunirse.

— Pueblo mío —inventa.

—Me gusta. ¿Me la cantas? Así será más entretenido este paseo tuyo.

Y de esa manera, entre la puerta del Meridión y la de Oriente, él se lo pasa cantando Pueblo mío, y le da tiempo a cantarla dos veces y media antes de escuchar la gloriosa humillación que ella le propina y que contrasta dolorosamente con las ilusiones que se había hecho sobre aquel paseo y con su patético sueño de victoria:

—Mira que desafinas…

—¿Te he dicho yo alguna vez que fuese cantante o resulta que he cantado porque me lo has pedido? —responde vivamente, extrañándose de la energía que ha sacado de pronto.

—No te sulfures, era un comentario —dice ella mirando a otra parte, en concreto, a su arrabal de La Estrella, en el que destacan el bosquecillo de abedules blancos y el campanario de San Andrés, en una mancha de tejados parduscos.

Observa el perfil de la mirada atenta de Brígida. Hay un reflejo ámbar en la pupila de miel, una llama incierta. Brígida es la Ciudad, piensa. La Ciudad mirando el arrabal. ¿Mirar el arrabal de La Estrella es mirarlo a él?

Ese pensamiento lo desconcierta. Por un lado, le halaga, le hace concebir esperanzas. Por otro, reniega. Él quiere que Brígida mire hacia donde él quiere. Y hay sitios a los que no hace falta que mire. Ni le importan ni le tienen que importar. Porque él tampoco mira hacia ellos. Y mucho menos están allí para que se pongan a mirarlos juntos.

—¿Sabes lo que te digo? Que te voy a estar cantando a José Feliciano hasta que lleguemos al Alcázar —se le ocurre, en un acceso de determinación—. Quiero que juzgues mi arte con conocimiento de causa.

Y Brígida empieza a reírse, se ríe, y acaba explotando de risa.

Él es mejor cuando hace reír, cuando escapa de sus infiernos y pozos, pero no lo sabe, mejor dicho, lo sabe, pero no es la manera en que quiere verse a sí mismo. Cree que no hay diferencia entre él y sus infiernos y pozos. Que los lleva puestos, como Brígida la chispa ámbar.

Luego ella echa a correr como si huyera del mismo diablo. Andrés la persigue y, por un momento, escuchando su risa y corriendo tras ella se olvida del fiasco. Del rotundo naufragio de aquella expedición.

De pronto, piensa: si la atrapo, tengo derecho a sujetarla, a dominarla, a abrazarla. Es el juego, perseguir, dar caza, quedarse con la piel de la pieza.

Así que corre, corre sabiendo que es más rápido que la muchacha, que va a ser suya en segundos, cuando hace apenas un instante ha estado más lejos que nunca.

Ya está encima. Solo tiene que alargar los brazos y someterla, apretarla contra él. Nada más fácil, nada más lógico, la ocasión y la regla del juego lo exigen.

Pero se para en seco. Es como si lo alcanzase la oleada de cobardía que se había ido rezagando desde la puerta del Meridión.

Brígida ha seguido corriendo y se aleja. Luego se detiene y vuelve la cabeza. En su cara hay una interrogación, como si le preguntara qué haces, qué haces ahí parado, ¿no estábamos jugando a que me cantabas a la fuerza canciones de José Feliciano?

El siguiente gesto quizá sea de decepción. La cara de Brígida solo esboza emociones y las borra enseguida. Es difícil interpretarla, es difícil saber si hay algo que interpretar.

Ella prosigue su camino y él debate seriamente sobre volverse a casa. Ya sabe que la idea es estúpida e infantil, pero lo arrastra. Volver a casa para llorar a gusto o para darse de hostias a gusto. Sería hacer algo, porque poco más sacará ya de esa mañana. Sin embargo, conoce las consecuencias. El juicio de Brígida ante la espantada, la vergüenza, lo inexplicable de la reacción: tendrá que balbucear excusas mentirosas, más losas sobre la gran losa de silencio de su secreto, de su cobardía.

Ante la duda entre irse o quedarse, decide dejarlo a la suerte. Que la suerte emita veredicto. Si Brígida se detiene a esperarle, entonces seguirá andando. Si Brígida continúa como si tal cosa, entonces regresa a casa.

Y ahí se queda, como un cipo romano en una almena, con el Alcázar al fondo y, abajo, el puente nuevo y el molino, hacia las colonias blancas de los arribes.

En el tramo final ya no hay cañoneras y solo hay ronda. Arriba de una cuesta, aparecen los jardines apoyados en bancales, declinando hacia la vega y el puente romano: algunos cipreses, ailantos, prunos, arcos de piedra y pérgolas con rosales desnudos. Es un jardín cerrado al público, pero ellos entran porque el jardinero es el padre de Chapi.

Brígida baja de las cañoneras y, apoyada contra el muro y sin mirarle, le espera. Mira al cielo, limpio como un iceberg azul, con las manos en los bolsillos de aquel abrigo con malos presagios. Mira al cielo como todos los que miran al cielo, por algo que no quieren ver en la tierra. A él, por ejemplo. Y de esa forma el cielo se convierte para él en lo contrario del Cielo.

Al menos, le da un respiro. No tendrá que huir a casa para lamerse la herida ni se prolongará la tortura. Y podrá escapar al rollo malo de lo que vendría después, excusas, balbuceos, más cobardía.

En fin, lo cierto es que ha tenido su oportunidad. En ese domingo no habrá ninguna más. Ahora estarán con los amigos. Por la tarde han quedado

en la puerta del cine. Luego darán una vuelta por cualquiera de los tontódromos del pueblo, y a casa. No estarán a solas. Total, para lo que le ha servido…

—¿Te has cansado de repente? —pregunta Brígida—. ¿O es que te gusta más jugar solo?

—No sé qué querías que hiciera. ¿Agarrarte para que no escaparas?

Tenías más ganas de correr que yo, ya está.

La muchacha se acerca. Le mira a los ojos sin pestañear. El óvalo de la cara parece temblar como tiemblan los lagos quietos, los lagos de albayalde con ojos fantasmas de miel. A él le gustaría besarla en ese instante, fundirse en sus labios, y eso le hace daño, aunque menos daño que saber que ni siquiera va a intentarlo, que ni siquiera es capaz de imaginar que va a intentarlo.

—Te está pasando algo, ¿verdad? —dice ella—. Puedes contármelo, si quieres. Yo te conozco, sé cuándo cambias.

—Pues estoy igual que siempre, más igual no puedo estar —responde a la defensiva, como si ahora temiese que Brígida hubiera descubierto su secreto, en vez de aprovechar la ocasión que le acaban de servir en bandeja.

Una ocasión de oro y que ni siquiera ha tenido que procurarse. Ningún esfuerzo, Brígida expectante, solo tiene que poner el corazón en una mano y apuntarle con el índice de la otra.

Y, si quiere, dos palabras. Dos palabras, ni una más, que lo explican todo.

Hasta lo que no dicen. Hasta lo que imaginan que ocultan.

Y ya está, aquí paz y después gloria.

Lo que pasa es que esas dos palabras también cambian el mundo y ya no hay otras palabras que lo devuelvan adonde estaba.

Son palabras que hacen nacer, pero que también matan.

Son palabras que borran el pasado y borran el futuro.

Se dicen de verdad una o dos veces en la vida. Muchas almas se van con ellas sin haberlas pronunciado. No importa que seas niño, joven o viejo. No importa que te arrepientas de haberlas dicho. Ya no importa nada.

—Lo que tú digas. A mí me sigue pareciendo que tienes algo. Mírate el ceño, cuando seas mayor ahí tendrás una arruga como un surco de arado.

Pero allá tú… —dice ella echándose a andar cuesta arriba, hacia la cancela de los jardines.

Deja detrás una vaharada de cantueso que lo noquea definitivamente, pero que lo obliga a seguir sus pasos como un boxeador grogui en busca del último crochet.

Desde arriba, Chapi está haciendo señas. Entran y se dirigen a la glorieta de la cisterna donde también están Chantal y Solórzano, cada uno en un banco. Brígida va a sentarse con Chantal.

—Aquí te hago un sitio —le dice Chapi a él.

—Voy a quedarme de pie —contesta.

—¿De dónde veníais? —pregunta Chapi—. ¿Os habéis encontrado?

—Andrés me dijo que me recogía de pasada por San Damián. Luego se le ocurrió dar una vuelta a la muralla —responde Brígida, como si ahora ese plan le pareciese disparatado.

Andrés percibió la forma en que ella se desentendía de cualquier participación en la idea del paseo.

—Teníamos tiempo —acaba diciendo él.

Solórzano le mira con sus ojos verdes saltones y una mueca indescifrable en el rostro exangüe. Dice:

—Uno se cansa de ver siempre las mismas cosas, la misma muralla, las mismas calles, las mismas caras y hasta los mismos perros. No sé cuánto hace que yo no doy un paseo… —parece desanimado, en contra del talante habitual.

—En cualquier parte es lo mismo, no te hagas ilusiones, las mismas caras y los mismo perros —ha comentado Chantal—. Si no te mueves aquí, tampoco lo harás en ningún otro sitio.

—Tiene que haber diferencias —dice Solórzano.

—En qué —interviene Brígida, con una mirada interesada a Solórzano, que Andrés siente como un puñal.

—En la curiosidad.

Seguir: parte 2 de 3