Primer amor

Alejandro Gandara · Capítulo 4 de 7 · parte 1/4

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Primer amor

Si te dijo adiós, volverá

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

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No le queda mucho tiempo, le dije a Eithne. Hay pocos que escapen con ese cuadro, comentó ella levantando la vista del ordenador y echándose hacia atrás. Se quitó las gafas y me observó. Desde la distancia supe que me preguntaba algo. Creo que iré el fin de semana, aunque tengo dudas.

¿Quieres que te acompañe? Pregunta difícil.

Acabé diciendo que Brígida estaba en el pueblo.

¿Brígida, tu Brígida? Ah. Nunca volvisteis a veros… No, nunca. Se fue cuando acabó el bachillerato, hizo su vida en otra parte, como la mayoría.

¿Y ahora qué está haciendo allí? No lo sé, Solórzano me ha dicho que a veces la ven. Bueno, creo que quieres volver, quizá incluso debas hacerlo.

Hace cuarenta y tres años que dije adiós a ese pueblo. Mi abuelo irlandés, que estuvo trabajando en América, tenía un adagio: si dices adiós, volverás.

También lo comenté con Robbie, mientras él distribuía algunas figuritas de cerámica por las estanterías de libros, en su nuevo piso de la plaza de Gabriel Miró. ¿Es muy amigo tuyo?, preguntó cuando le dije que Solórzano se moría. Nos hemos escrito y le he visto en ocasiones, en Londres casi siempre, y en Madrid cuando llegamos. ¿Y eso qué significa?, insistió. Que no lo sé, respondí, que le tengo afecto, pero no sé si somos muy amigos.

Tratar ciertas cuestiones contigo es como meterse de noche en el mar, papá.

Un rato después mencioné a Brígida. Pero él no sabía quién era Brígida.

En realidad, una vez, cuando era pequeño, me preguntó si había estado casado antes. Le contesté que no y luego él me preguntó si había estado enamorado antes de estar con su madre. Entonces le hablé de Brígida. Le conté la historia. No me importaba contarla una vez más, antes de hacer el viaje. Apostaría a que por amor nunca se sufre más que a los dieciocho, comentó al final. ¿Has pensado que puede no acordarse? Seguro que se acuerda, respondí.

Estuve en el hospital hasta las cuatro de la madrugada, acompañando a un muchacho de treinta y dos años en su final. Hacía seis semanas que sabíamos que iba a morir. Él no. Se había acogido legalmente al derecho de no ser informado. De poco ha servido. La última semana resultó desoladora.

En el fondo de su ser sabía que la muerte estaba allí. No importa que uno quiera saberlo o no, lo saben el cuerpo y la mente. Y no podía haber consuelo, porque nadie estaba preparado para el consuelo. Consolar es un adiestramiento, una comunicación de tanteos y tiempo, una virtud veterana.

A todos les pilló desprevenidos ver al muchacho en manos del espanto, sin que nadie le hubiera contado nada. Él tampoco confesó nada. Todos estaban al corriente y nadie podía hablar de ello. Quería que yo estuviera a su lado.

La jornada de la agonía la pasé en su cabecera, él y la familia me pidieron que me quedara. Al psicólogo y a los médicos les pareció bien.

Muchos de los que atiendo quieren que les despida yo, como si vieran en mí una disposición o un talento para ello. Creo que no es por la compasión ni la ternura, ni porque dé más paz que otros. Puede que los que van a morir se den cuenta de que yo veo vacío cuando ellos ven vacío y esperanza cuando lo que ven es esperanza. Además, no tengo prejuicios con la muerte, no trato de entenderla, no quiero averiguar nada de ella, y no acepto sus visiones. Ni la espero ni le tengo miedo. Está ahí, ha estado siempre, de modo que no me importa. Me pasaba en el Brompton y me pasa aquí, en la Jiménez Díaz. A lo mejor, eso es lo que conforta. Debería ocuparme de las necesidades legales, hospitalarias y logísticas, como cualquier trabajador social, pero siempre acabo en la cabecera del moribundo, cambiando palabras con los deudos. Todo esto no suele herirme ni dejar huella pasada la puerta del hospital.

Este caso fue diferente. Me alteró, lo hablé con Eithne. Soñé varias noches seguidas que el muchacho aún no había muerto y que yo permanecía a su lado cantando una canción que nadie podía oír. Aquel derroche de angustia, el pánico incansable, manotazos que trataban de agarrarse a algo.

¿Adónde iría esa fuerza? ¿Se quedaría en alguno de los que observábamos?

¿Advertía de que no hay poder capaz de resistir la desaparición, porque la desaparición es la fuerza más poderosa? Un hombre joven desesperado por sobrevivir es un error de la naturaleza o de Dios. El muchacho tendría que saber algo más o Dios haber mostrado más entendimiento. Más compasión.

Sin compasión, la naturaleza o Dios no son más que equivocaciones.

Qué clase de consuelo soy yo, no dejo de preguntármelo. Quizá también debería preguntarme qué clase de error.

El muchacho se quedó en mi cabeza convertido en una retahíla de preguntas. ¿Cuánto le pesaba el pasado? ¿La cantidad de pasado aumenta con los años o es siempre una cantidad estable que desde muy pronto no admite más? ¿En la agonía hubo un pensamiento que dominara sobre los otros, algo en lo que no pudo dejar de pensar?

Cuando uno piensa solo, no avanza. A cada rato se regresa al principio, hace un camino circular, como los que se pierden en el desierto. Me respondía: hay una medida de pasado que no podemos rebasar. Con los años no hay más pasado, sino que se selecciona y la selección se acentúa al final, hasta no dejar vivos más que recuerdos esenciales. Así que el pasado no pesa proporcionalmente a la edad, sino que siempre pesa lo mismo. Al muchacho le pesó el pasado igual que lo que me pesa a mí el mío. Hay que admitir que existen recuerdos que dominan sobre los otros, incluso que alguno es tirano. Una corona de memoria y un montón de recuerdos súbditos.

Lo contrario no es menos cierto: el pasado se sobrecarga y devora el presente. A más edad, más peso del pasado. Con el paso del tiempo, los recuerdos son tigres y asaltan, ninguno en especial. Por nada en especial.

Pero a mí Brígida siempre me pesó. Siempre me pesó igual. Y se fue quedando sola como recuerdo, con la nieve de sus crestas como espejos del cielo.

En una película, un personaje asegura que hay una mujer con la que se cruzó por la calle en la que no ha dejado de pensar ni un solo día de su vida.

¿Pasó un solo día sin que yo pensara en Brígida? ¿Y esa pregunta era algo más que una exageración romántica, consecuencia de un amor frustrado?

¿Era el síntoma melancólico de una vida pobre en emociones o en ambiciones?

En los momentos graves, el enamoramiento de Eithne, el nacimiento de Robbie, el día de la diplomatura en la Royal Holloway, el del premio de Robbie por su primer corto en los Horizons de Venecia… ¿También Brígida estuvo allí? No, claro que no.

Y, en cambio, una voz firme, de adentro, dice: sí, por supuesto que sí.

Más que nunca.

Quizá esa voz no sea la de la verdad ni la de la memoria. Quizá sea la de un actor que quiere interpretar un drama perfecto y ensaya sin parar, adornando y corrigiendo el guion. Y cada día lo mismo, pero sin representarlo jamás. Una obsesión, un arte falso.

Es solo teatro. Y gente que lo confunde con la vida. Con la vida entera.

Por costumbre. La costumbre también es un drama perfecto.

Le hablé a Eithne de la muerte del muchacho, pero no le hablé de lo que me había hecho pensar sobre el pasado y sobre Brígida.

A pesar de ello, insistió: tienes que volver a esa ciudad. Eres un hombre bueno, Andrés, pero siempre te reservas algo, nadie llega a conocerte a fondo. Y nunca estás del todo. Puede que tenga que ver con ese lugar y con lo que dejaste en él.

¿Tú no me conoces?, le pregunté yo. Si te refieres a lo que vas a hacer en general y qué causas producen en ti determinados efectos, entonces te conozco. Lo que no sé es qué sientes. No sé si todavía me amas, si te hace ilusión estar conmigo, si te gusta este país o preferirías volver a Inglaterra.

Cuando tu madre se estaba muriendo, fuiste a verla. Pero a la vuelta no hablaste. Tampoco sé nada de por qué no volviste nunca a ese pueblo, a pesar de que yo te pedí conocerlo y Robbie sentía curiosidad desde pequeño. Los dos queríamos tener una idea de tus orígenes, de la vida que habías vivido antes. La muerte de una madre y los orígenes de una persona son importantes. Si se los guarda para ella, a lo mejor es que uno no es importante para esa persona.

Las cosas se mueren y se quedan sin palabras. Lo había dejado atrás, eso es todo, le respondí. Qué duda cabe de que el experto en muertes eres tú, pero aquí seguimos los vivos, con nuestras palabras, dijo ella. No dejé nada allí. ¿Nada? Diste unos cuantos tumbos. ¿Fue esa Brígida? Demasiado simple, demasiado romántico, me parece a mí. Era un mundo muerto y escapé como pude. Hay que tener cuidado con los muertos, Andrés, porque son los únicos que resucitan. En fin. Yo te quiero como eres y quiero seguir queriéndote.

Algo de eso lo había escuchado antes.

Para mí eres perfecta, acerté a decir.

Lo sé, soy perfecta para ti. Pero el amor también ama los defectos y los vicios. No sé si la perfección se ama. Es como amar a Dios, un amor sin compromiso, sin pasión.

En ese caso seré sincero contigo, dije, estás llena de defectos, eres la imperfección misma. ¿Has visto cuánto te amo? Vale, hagamos la prueba, señala uno de esos defectos, me desafió. Tú lo has querido: te gustan las palabras, las dices, las escribes, y te pagan por ello. Pero no es una vocación, es algo escatológico, algo infantil. Como cuando un niño explora su cuerpo y se ensimisma. Pero no soy psicólogo y no puedo decirte mucho más. La profesión y la vocación vinieron mucho después. Has tenido suerte: sin clases en el Warburg o sin Fairlight para publicar tus libros, yo te habría conocido en el púlpito de Hyde Park Corner. ¿Cuál es el defecto?, dijo sonriendo, cuando acabé. Puede que me ames, añadió luego con voz más neutra.

La noche antes de coger el tren a Salamanca —no pensé en ninguna otra manera de hacer el viaje—, tomé una cerveza con Robbie en un bar de los bajos de su edificio. Estaba feliz. Mañana me voy a esquiar a León, a San Isidro, es lo único que tiene nieve y que no está demasiado lejos, dijo.

Vamos a dejar a tu madre sola, comenté. Se las apaña muy bien con su soledad, papá. Tuve la impresión de que también hablaba de mí.

El modo en que Robbie disfruta de los placeres que se le presentan es una especie de entrega. Ya de pequeño su intensidad en el juego era llamativa.

Caía en una concentración plena, alrededor el mundo se borraba. Cuando ha hablado de esquiar, ha vuelto a su cara aquella plenitud. Quizá no se distinguiera demasiado de los otros niños, después de todo. Aunque había otros aspectos en los que sí se distinguía, y además se lo hacían saber, unos con más tacto que otros. Lo soportaba bien, sin traumas ni conflictos graves. Se limitaba a protestar que él no era chico ni chica, que él era Robbie y que no quería dejar de serlo. Su contrapeso era el goce. Es difícil hacer daño a quien cuenta con eso. Al placer iba desarmado, porque ahí era intocable. Sigue siendo así.

Ya en la infancia de Robbie descubrí que yo nunca había gozado, al menos no como él, sin reservas. Mi hijo alumbró mi pasado y la vida que yo vivía, tal como la vivía. Eithne tiene razón. Yo soy mi reserva. De pequeño, en la felicidad sentía ya el miedo, el miedo de que durase poco, de que fuera un chantaje por el que luego me hicieran pagar. Lo llamo felicidad porque es lo más parecido a lo que creo que los demás llaman felicidad.

Nada cambió en adelante. Cuando comencé a jugar con Robbie, por ejemplo, lo pasábamos bien, pero no dejaba de pensar en irme. Me costó

admitir que contaba las horas. Me decía ya llevo una hora, o ya llevo hora y media, hemos jugado bastante rato, puedo irme, a nadie le habrá parecido poco. En las reuniones o en las fiestas, cuando lo estoy pasando bien, calculo el tiempo que falta para irme. A lo mejor no es miedo a nada de lo que pienso, sino miedo a que ese momento no me deje marchar, a que se congele. Eithne vuelve a tener razón: nunca estoy del todo. Siempre a las puertas de una despedida.

Robbie me lo hizo manifiesto. Podía amar y querer huir a un tiempo. A Eithne la quiero. Pero donde me miro es en Robbie. Es un milagro que un hijo llegue al mundo para enseñar al padre, para decirle algo que nadie más le dirá, para que se vea a sí mismo como no se vería de otro modo. Ese sueño de intimidad es la esperanza que da fuerzas y valor a los padres.

Suele quedarse en eso, en un sueño. Así que debo sentirme afortunado.

De acuerdo, tu madre se las apaña con su soledad. ¿Vas a esquiar con amigos? Es un grupo grande, amigos de amigos y eso. Tu madre y yo todavía nos preguntamos qué pasó con Mikel, no contaste mucho. El amor se acaba, papá, lo sabe todo el mundo. Y en estos tiempos es una bobada aguantar por aguantar. Bueno, pero el amor se acaba por algo, no se gasta de tanto usarlo, como dice esa canción de la que te ríes tanto. Y qué quieres que te diga. Primero te enamoras y luego vas conociendo a la persona. Si fuera al revés, todo sería menos dramático. ¿Y qué conociste de la persona de Mikel? Que era convencional, que solo quería ser convencional.

Suspiró tan fuerte que sonó a resoplido. En la calle se veía a un camarero echando botellas a un contenedor de reciclaje de vidrio, sonriendo en el estrépito.

Disfruta con el ruido, lo hace visible, dijo Robbie observándolo. El guion que estoy escribiendo tiene que ver con la guerra soterrada entre los visibles y los invisibles. Podría empezar con esta escena. A mí no me parecía tan convencional, dije, siguiendo con la otra conversación. Quizá todos los homosexuales, trans, queer o lo que sea aspiremos secretamente a eso.

Somos como los demás. La doctrina oficial nos llama diferentes, pero la verdad es que queremos un trabajo, que se cumpla el principio de retribución y salir por las noches. Vivimos en el margen cuando nos empujan a ello, pero nos gusta vivir en el centro urbano de la normalidad.

Sin embargo, a mí me gusta de verdad la frontera entre las cosas, atravesarlas, cambiar de piel. Lo que hago, lo que pienso tiene que ver con

eso. Estar en varios sitios a la vez, sentir cosas contradictorias. Mikel quería que fuéramos una pareja homosexual estable, predecible. Y lo cierto es que yo no me siento homosexual ni heterosexual. Y tampoco creo que las parejas garanticen un proyecto de vida. De vez en cuando lo lamento, no creas. Lamento no ser convencional. Aunque en el fondo creo que para ninguno de nosotros es posible. Es una añoranza. Y hace daño.

¿Esa Brígida es importante?, preguntó de improviso. Lo fue en su momento, supongo, contesté. Yo digo ahora. No la he visto en más de cuarenta años. Eso no importa, papá. Buscar el amor a través del tiempo es la fantasía romántica del patriarcado con respecto a la mujer, con tal de que no se cumpla, claro. Una mujer imaginaria, perdida…, o muerta. Muerta, mejor. Causa menos molestias, el dolor es más abstracto. Ya veo, dije, pero resulta que tengo poco que ver con el patriarcado. Siento decirte que por edad y por educación no puedes evitarlo. Esa fantasía de amor inmortal seguro que estaba en tu programa de estudios. Así que una fantasía…

Diviniza a la mujer para sacarla de este mundo y poder zurrar a la de verdad en casa. Las mujeres reales no son mujeres propiamente dichas. Carecen de divinidad. Esa Brígida de tu pueblo funciona en tu cabeza como una Taylor Swift. No sé quién es. Una princesa de las de ahora. No se trata de eso, contesté. ¿De qué, entonces? De nada, porque regreso por otra razón y para otra cosa. ¿Piensas mucho en ella, papá? Casi nunca. Yo sí pensaría. Todo tan violento, tan inacabado…

Eithne me llevó en coche a la estación. A Robbie le va bien todo,

¿verdad?, comenté. ¿Lo dices por su separación? Sí. Tiene 27 años, aunque pensándolo bien eso no tiene la menor importancia, dijo. Hay heridas… La cuestión es que también se trata de otra época del amor. El nuestro es tipo Doctor Zhivago. Se paga el precio que sea por que el sentimiento sobreviva al tiempo. El suyo es más bien tipo road movie… No sé, bajo todo este lío de géneros y de identidades, creo que la angustia de amor sigue donde estaba. Yo prefiero ser intelectualmente respetuosa con las diferencias, no vaya a ser que no me entere de nada, dijo Eithne. Y las veo y las siento en Robbie.

Cuando Eithne se detuvo en Chamartín, faltaba un cuarto de hora para la salida del tren. No metió el coche en el parking. Me dejó ante una de las puertas del vestíbulo. Hurgó en el bolso que iba entre los dos asientos.

Sacó el volumen de los trágicos griegos que me regaló don Severino y que me había acompañado toda la vida. Al verlo en sus manos, encajado en su funda, pareció un objeto extraño, más nuevo y sólido que la última vez que lo hojeé, no hacía mucho. Me he fijado en que no metías en el equipaje nada para leer, y como siempre hay una biblia en los hoteles, he pensado que podrías llevarte la tuya. Ah, está bien. Es raro, dije, porque voy a volver con algo que me llevé de allí cuando me fui para siempre. Sí, los dos os merecéis un regreso, comentó sonriendo.

Nos besamos para despedirnos. Ella prolongó el beso más de lo que yo esperaba y tuve la impresión de que eso alargaba la distancia y el plazo del viaje. No me iba lejos, poco más de trescientos kilómetros. Ni mucho tiempo: era viernes y el lunes debía estar en el hospital. Y, sin embargo, el beso de Eithne alejó el punto de destino. Tal vez estuviera dentro de mí.

Dentro de mí… Ahí las cosas se mantenían intactas, ni muertas ni vivas.

Eternas. No bastaría con tomar un tren, ni con mirar un calendario para que algo cambiara.

Subí a un vagón moderno convencional. Había imaginado un tren de aquella época, dividido en compartimentos de madera, con fotografías de ciudades en un marco alargado, asientos de escay verde, olor a tabaco de picadura. Me cruzaría con guardiaciviles en el pasillo, emigrantes descalzos, madres con pañuelo en la cabeza haciendo tragar a niños trozos de hornazo, universitarios con trenka bromeando y mirando con disimulo a una estudiante extranjera en tejanos… Pero lo que tenía delante no eran viajeros de aquellos trenes. Eran simples transeúntes con cara de prisa. Se apearían en cualquier momento. Había paradas de sobra: media docena hasta Ávila, otras tantas hasta Salamanca. El trayecto completo duraba tres horas y pico. Poco menos de lo que se tardaría en diligencia, por otra parte.

Eso no parecía haber cambiado mucho. Rumbo a un agujero del tiempo.

¿Estaba regresando? Un largo regreso, entonces… Había empezado en un tren de los años setenta y terminaba en otro de 2020. El primero me lleva a Zúrich y allí es un día de mayo soleado, hay un lago, en una puerta dice Cáritas de España. Abandono Zúrich para tomar un nuevo tren que se detiene en Lenzerheide, en los Grisones. Hay un motohotel en una carretera de montaña y un cocinero que se llama Bruno y que sabe decir en español:

«la vida es durra». Desde la ventana del motohotel veo los bosques de abetos. Más tarde, en los bosques trabajaré años, me endureceré, olvidaré

que estoy solo. Eso será difícil. Nadie en casa. El ruido de la televisión en tudesco. La noche sobre la misma cima quebrada y en lo alto una antena con una luz roja. Pero dejaré de sentir la soledad un buen día. Como el que sale de la fiebre. Los lugares empiezan a perder importancia. Ese es un efecto de haberme librado de la soledad. Hay cosas que pueden hacerse sin miedo, sin preguntas. Sin expectativas. No hay ninguna imagen del futuro.

En un tren nocturno llego a Rotterdam. En la sala de máquinas de un ferry P&O voy y vuelvo de Hull, en Inglaterra, y ese tiempo pasa con noches escapando a cubierta a fumar un cigarrillo —en ese barco he comenzado a fumar—, escapando del calor asfixiante de las máquinas, en camiseta, a pesar de que afuera aguarda aire polar casi todo el año. Los trágicos griegos están encajados entre dos tuberías de hierro, junto al camastro. Luego, veo iglesias de madera con forma de drakkar, fiordos de agua oscura y mares pálidos a través de más ventanillas de tren, hasta llegar a una ciudad llamada Tromsø. Es un paisaje en blanco y negro, no existen los otros colores, la tundra y los árboles, la nieve y el cielo, los charcos y la luz de los ojos de los sami. El barco se llama Rosendal II, y pesca skrei en las Lofoten. Las águilas llegan en las tardes de buen tiempo, cuando el barco atraca en Vestvågøy. El cocinero, que se llama Arne y sirve platos incomestibles, las atrae con peces en la mano. Años más tarde necesito otra amplitud. Caras, edificios, comercio humano, una metrópoli en la que perderme. La llegada en otro tren a Londres, estación Victoria, desde el aeropuerto de Heathrow. La habitación alquilada en Camden, la dueña me deja un macetero en la puerta para sembrar lo que quiera. Me esfuerzo, pero no consigo que brote nada. Nunca seré un jardinero, esa gente que ve su jardín como nadie más puede verlo. Los trenes de cada día para llegar desde Camden a Parliament y embarcar en el riverbus que iba a Greenwich, donde, vendiendo refreshments y snacks, esperé años a que subiera Eithne.

Me dijo que yo tenía facilidad para los idiomas. Le contesté que el único idioma que hablaba bien era el de los muertos. Ella acabaría pensando que me refería al griego. También, por supuesto.

Esos lugares están vivos ahora, y al que voy, ese pueblo de Salamanca, es un recuerdo que se difumina. Nunca he estado en ese pueblo que me aguarda, aunque conozco su historia, mi historia en él, de hace ya mucho.

Cuando era otro lugar. Conozco todos los nombres y el color de estos caminos, pero no sé adónde me llevan.

Sé dónde estoy en este momento, pero es más complicado saber dónde me siento. Este paisaje no me dice nada, campos en barbecho, pueblos encogidos por la inercia, montañas en un horizonte aguamarina, personas intercambiables. No creo que me lleve a ningún sitio que yo pueda imaginar.

Pero allí y aquí, en la memoria y en el presente, está Brígida. Con la luz cobriza del pueblo, en la cocina de aquella casa y en Lenzerheide, en el ferry de P&O, en Vestvågøy, en Londres. Cierra el círculo, une países, cose edades, y señala el destino al que me dirijo. A veces es una trasparencia, a veces supura como una herida.

No siempre es la misma, no siempre se presenta igual. Es la cara crispada mientras le digo no volveré a verte, no vuelvas a hablar conmigo. Es el rostro saliendo del beso, rendido, flotante. Hay muchas Brígidas que se aparecen. Mirando la aceña desde el molino o tumbada en el recodo del río con la carne blanca descubierta. Es una efigie o una danza de gestos, una foto antigua o la pintura rabiosamente coloreada de un niño.

Otras veces son restos en una corriente. La camisa de flores naranjas y azules, la piel de cerámica blanca. Los zapatos marrones con el tacón ligero, el abrigo carmesí, la miel de los ojos mirando La Estrella desde la muralla.

No hay nada más. Emergen y vuelven a hundirse. Son ella, sin embargo. La traen entera. Cada pedazo de ella y cada detalle de ella es todo ella. Su dolorosa magia…

Además de los olores, su olor. A cantueso, sobre todo, aunque han ido surgiendo el limón, la rosa, una nota almizclada, que de tarde en tarde saltan en un vestíbulo o en una calle. Son un golpe inesperado y violento. Y

después me abandonan, dejándome hecho un guiñapo. Encajo mejor el golpe cuando soy yo el que lo busca. Yo también tengo mi magia. Traigo los olores y los observo como si estuvieran encerrados en un frasco. Ahí no hacen daño. Es un don, me dijo una vez alguien a quien le conté que era capaz de resucitar olores con el pensamiento. Debí haberle contestado que ese don era la consecuencia de un castigo.

Puede que tocar la piel de Brígida sea otro don. Se escabulle fácilmente, no se presenta de improviso. Hay que buscarla, y nada garantiza el éxito. Se extienden las palmas, se cierran suavemente y se llama. Cuando todo sale bien, la piel y la carne de Brígida se quedan un instante, no más. Es tibia,

una manzana tibia que rueda hasta la yema de los dedos. Luego se va, suavemente, implacable.

Los muertos son los únicos que resucitan…

Había un hombre de pie, junto al asiento. Me pidió el billete. Luego añadió que ya había pasado antes, pero que no había querido despertarme.

No me he dormido, le contesté. A mí me lo pareció, repuso. Miré a la mujer que tenía enfrente, mayor, con aire de casino de provincias, pero en su mirada no encontré solución al enigma. Quizá también ella se había dormido, igual que yo, con los ojos abiertos. Y quizá también estuviera regresando a su ciudad o a su aldea. El tren de los que vuelven con un retraso culpable, porque se les olvidó, porque no supieron. El tren para prófugos del regreso. Recuerdan en sueños de ojos abiertos. El revisor los vigila.

Fui al vagón de cafetería. Pedí un café solo, aunque lo cierto es que me pregunté si la ocasión no justificaba un trago corto. El placer ahora consistía en conseguir días de abstinencia. No sé qué clase de alcohólico he sido, pero no quedaban muchos más escalones hacia arriba. Necesitaba las llamas del infierno para echar de menos la luz de la superficie del día, la luz que no duele. Estaba cansado de pelear con fantasmas. No bebía para que dejara de doler, sino para que doliese como un tajo o una quemadura. Dolía estar perdido durante días y haber olvidado el camino a casa, dolían los laberintos de los que no sabía salir, dolían los sueños en el banco de un parque, los policías y las urgencias, la tristeza de mi mujer y de mi hijo que me veían así y sufrían el asco de mí mismo, el desapego.

No sucedió en los años peores, los duros de la supervivencia, de la migración solitaria. Sucedió cuando empezaba a ser feliz. Me costaba soportarlo. La felicidad convertía lo anterior en un trámite, en papel mojado. Como si el pasado, ahora que todo iba bien, fuera un gigantesco error. Necesitaba resucitarlo de vez en cuando, para que la felicidad fuera soportable.

Eithne construyó un hogar y poco a poco fue convenciéndome de que era el mío.

Hace años que no me vuelvo loco, que no le pido nada al infierno. Estuve en sitios e hice cosas que no quiero recordar. A lo mejor, en medio de la fatalidad, solo eran manotazos feroces por agarrarme a la vida, como los del muchacho que murió en el hospital.

Mientras tomaba el café en un ángulo de la barra, entró un hombre corpulento y curtido como un campesino, acompañado de un crío de nueve o diez años. El chaval llevaba una americana de hombre y una camisa de cuadros marrones abotonada hasta el cuello. No levantaba la vista. Llega de otra época, pensé. Y entonces ese mismo chaval entra en la cocina de casa, porque mi madre le ha abierto la puerta. El extraño se sienta enfrente y mi madre le sirve un plato de sopa con garbanzos y tropezones. Calculo que tendremos la misma edad. Es uno de los niños del campo a los que su familia no puede alimentar. Los echan a los caminos a mendigar el sustento.

Come deprisa sin levantar la vista. Pero no tiene ansia ni es ruidoso. Le pesa el hambre y la vergüenza de la casa ajena, la humillación de pedir y de que le esté mirando otro niño como él. Mi madre se ha sentado junto a los fogones y se ha echado a llorar en silencio. El crío no puede verla. Creo que mi madre no debería hacer eso. Con el tiempo pensaré que ese llanto claudica ante la miseria. Y que si no se lo mostró al invitado, tampoco debió mostrármelo a mí. Luego, se fue y nunca volvimos a verle. ¿Por qué no se quedó, aunque solo fuera ese día? Sentí alivio al verle marchar. Me gustó que se marchara. Vete. Toda aquella miseria que nadie iba a redimir,

¿quién la querría en su casa? Pero el llanto de mi madre me irritaba más. Lo odié. Odié el llanto de los débiles. El llanto de los débiles por otros débiles.

El niño del vagón cafetería era aquel otro por su vergüenza, por su falsa edad. Había visto a muchos como él y al parecer seguían errando sobre la faz de este mundo. También conocía las heridas que dejaba la compasión.

La compasión que también avergüenza como a veces avergüenza la ternura.

Mucha gente quiere dar, pero no siempre se puede recibir.

Sentí que acababa de cruzar la frontera. Hasta ese momento había permanecido aún en el país de partida. La imagen del niño mendigo me lanzó al centro de una tierra de la que creí haberme despedido para siempre.

Si dijiste adiós, volverás.

Adónde, era la cuestión. ¿A las piedras cobrizas, a las calles y a los huertos? ¿A los viejos sentimientos que continuaban pudriéndose? ¿A los que habían desaparecido de mi vida?

Automáticamente pensé en Cándida. La veía subiendo la cuesta del río, entre desmontes. Años atrás pregunté a Solórzano por ella. No sabía gran cosa. De hecho, ni siquiera sabía por qué me interesaba por ella. Preguntó y le contaron que se había ido del pueblo. Que primero se marchó su familia,

y que ella se quedó trabajando en una pastelería del arrabal, cerca de La Glorieta. Allí pasó diez años. Luego se fue. Alguien le dijo que a Bilbao.

Me pregunté si durante ese tiempo habría estado esperando a que yo volviera. Y si cuando tuvo claro que eso no sucedería, desapareció.

Coincidía con la fecha en que mi madre abandonó el pueblo para volver a la ciudad del norte. Quizá consiguió olvidarme y quizá le resultó más fácil de lo que imaginaba.

No tenía a quién preguntar por ella y la sensación era casi de angustia, una angustia de la memoria, es difícil explicarlo, como si alguien hubiera robado parte de una vida a la que uno se creía con derecho de contemplar en su totalidad. ¿Había estado tan presente Cándida como lo había estado Brígida? Probablemente no. O probablemente de otra manera. No solo nos hiere lo que amamos, también lo que nos ama, y hay que aceptar ambas heridas. También hay que aceptar que, a diferencia de las películas, en la vida hay cabos sueltos, personas que desaparecen, incógnitas que no se resuelven, vacíos intolerables.

Lo cierto es que al cabo de los años, me pareció que el amor de Cándida había sido verdadero, como yo pensaba que lo había sido el mío por Brígida. En cambio, el corazón de Brígida se había desdibujado. Puede que no la hubiera conocido demasiado. Su imagen era nítida, como la forma en que me atormentaba, pero sus sentimientos acabaron en un interrogante.

Mientras el tren atravesaba llanuras de cereal y dehesas con encinas, sentí con dolor que Cándida no estuviese en el pueblo y que quizá nunca volviera a verla. En los años más duros, el recuerdo de Cándida me había ayudado, el recuerdo de su amor sin capitulación.

Nunca más volví a ser testigo de una historia semejante, propia ni ajena, ese amor salvaje, en carne viva, sin miedo. Llegué a pensar que esos sentimientos eran los propios de una época adolescente, inmadura.

Exagerada y sin profundidad. Con el tiempo me di cuenta de lo equivocado que estaba. Nos habíamos jugado la vida y éramos conscientes de que podíamos perderla. En la partida del amor habíamos sido jugadores adultos, hechos y derechos, y, viendo la experiencia y los recursos con que contábamos, extremadamente audaces.

También había buscado a Brígida en Internet. Solo aparecía como coautora de un estudio sobre el uso de modelos probabilísticos en las redes sociales, publicado en 2004 por una institución europea. La entrada no

proporcionaba mucha más información. Era difícil evaluar la importancia del estudio y sacar conclusiones sobre Brígida.

¿Y don Severino? Al principio nos escribíamos varias veces al año. Me exhortaba a volver a los estudios. Consideraba mi decisión una calamidad.

Pensaba que al país le faltaba una juventud que iniciara una regeneración intelectual y moral. Que el sitio de gente como yo estaba en la universidad, en los oficios liberales, en la política. Poco a poco, fui sintiendo que yo nunca estaría a la altura y que sus esperanzas eran una fuente de frustración para ambos. Al final nos conformamos con intercambiar una tarjeta por Navidad. Murió en 1986, en el Hospital La Paz de Madrid, adonde había ido a tratarse una enfermedad del riñón. Lo mató una septicemia. Me enteré porque ese año no llegó ninguna postal y pregunté a Solórzano, que me contestó tarde, cuando a mí ya no me cabía duda del motivo.

Le recordaba con un afecto profundo, pero también con rencor. Me obligaba a pensar en lo que no había dado de mí y en, fuera cual fuese su opinión, mis limitaciones.

Me habría gustado que Cándida y don Severino fueran personas que todavía pudiera encontrar en las calles del pueblo. Les habría pedido perdón. No por el daño. Por la ausencia.

El perdón… La vida lo va alejando mientras uno cree que con los años está cada vez más cerca.

Las piedras no se habían movido, pero las personas sí. Quienes quedaban se irían pronto a otro lugar, estaban de paso. Solórzano se moría y Brígida cumplía probablemente alguna obligación. No había vuelto a pisar el pueblo y ahora llevaba en él una temporada. No era su sitio, así que terminaría marchándose.

Quién sería Brígida ahora. Qué recordaría de mí. Por supuesto, se acordaría de que juntos dejamos de ser vírgenes. Aunque esa experiencia no generó nada, no se enriqueció, no crecimos con ella. Con la distancia, quizá pareciese un accidente. Uno de esos hitos que sirven para marcar una fecha, pero que por sí mismos no significan nada.

La megafonía del tren anunció la estación de Salamanca. A don Severino le gustaba decir: Nomina sunt consequentia rerum. Sí, el nombre de Salamanca me sonó como una consecuencia de las cosas que una vez pensé hacer en Salamanca. Y que no hice. Nombre abierto y cerrado, amplitud amputada, reptil quieto. Hubo un tiempo en que pensé que ahí viviría mi

vida, que ahí tendría hijos, que ahí me convertiría en un ser irreconocible.

Solo la separaban cien kilómetros del pueblo cobrizo, pero nunca la alcancé. Llegué a las Lofoten, pero no a Salamanca. Salamanca estaba mucho más lejos que el círculo polar ártico. El corazón sintió la punzada.

Había estado muchas veces en la Salamanca de los escaparates en hilera, de los chapiteles emboscados y los grandes supermercados. Iba a jugar al fútbol, a los hospitales, a las excursiones del instituto. Nunca estuve en la otra, la de la esperanza, la de los sueños. Salamanca, el cementerio de mis antiguos sueños. ¿Iba a esperar el tren hacia Portugal paseando entre tumbas?

La estación era completamente nueva, con comercios, luces, pantallas.

Hasta dudé de que ocupara la ubicación de la anterior. Y la calle que iba hasta la Alamedilla, repleta de edificios jóvenes, funcionales, algunos locales de comida rápida. Eran las dos y media. Colgué la bolsa en bandolera y eché a andar. El tren que venía de Hendaya pasaba a las 19.15.

Hacía un buen día de principios de febrero, de esos extrañamente primaverales. El cielo, azul y terso.

Quizá nada fuera tan difícil ni tan duro como había supuesto. Todo habría cambiado. El pueblo sería tan distinto de mi memoria como lo estaba siendo Salamanca. Lo mismo que la gente. No había nada que temer. Brígida sería distinta. Sentiría algo al verla, pero después de capas de años sobre su cuerpo, de experiencias que desconocía, de las huellas de logros y fracasos, al final solo encontraría la Brígida que ya llevaba en mi memoria o en mi imaginación, adonde tendría que ir a buscarla si de verdad quería tener un encuentro con ella. No, con Brígida no visitaría la tumba de ningún sueño.

Igual que en Salamanca.

Pasé junto a la Alamedilla. Me di cuenta de que apenas la recordaba, al menos no los detalles. Con el paso del tiempo, muchas cosas habrían quedado reducidas a una etiqueta colgando de un esqueleto.

Enfilé la Gran Vía. Tampoco reconocí nada familiar. Por la plaza Mayor, me paseé como un vecino aburrido.

En una calle estrecha cerca de la Casa de las Conchas, reconocí un hostal en el que me había alojado una noche, creo que por una reunión provincial de la OJE. El edificio seguía intacto, pero en la puerta había un letrero de metacrilato donde ponía «aparthotel». Un grupo de muchachas de aspecto

nórdico, maquilladas para una fiesta, apareció en el portal. Su presencia anuló cualquier posibilidad de eco en el recuerdo.

Enfrente había un restaurante con público joven, de aspecto universitario, salpicado por algunos ejemplares maduros, que imaginé serían profesores y gente del ramo. Entré y me sentaron en una sala adornada con objetos folclóricos. Los universitarios charlaban con animación. Yo podía haber estado entre ellos hace cuarenta años. Pero dudaba de que la atmósfera y los individuos hubieran sido los mismos. Pedí un plato llamado «alcachofas a la flor de azafrán». No fui a la universidad, pero eso ni me frustró ni lo lamenté. Cambié de planes o simplemente prescindí de ellos. Si de papeles académicos se trata, valen los de la diplomatura en el Royal Holloway. Un trabajador social registrado en el Health and Professions Care Council. Ni siquiera por iniciativa propia. Eithne me empujó.

Cuando nos conocimos, su padre enfermó. Pasé mucho tiempo con él. Él lo pedía, le caía bien, aliviaba su angustia. Yo le estaba agradecido por abrirme las puertas de su casa sin juzgar: un emigrante español, sin oportunidades, ignorante, agarrado a su hija, profesora novata en el Warburg, con vocación de escritora. Robbie nació al año siguiente de la muerte de Mathew. ¿Qué enamoró a Eithne de mí? Siempre me contestó que era su secreto. Tal vez sea un secreto también para ella. De todos modos, para mí no suponía un esfuerzo quedarme a la cabecera de Mathew, quizás porque sentía que yo ya conocía la muerte, no sé cómo. Era fácil y a los demás parecía costarles tanto… Eithne se dio cuenta y el riverbus me dejaba tiempo de sobra. Lo único que había seguido estudiando era griego en manuales alemanes y británicos, griego antiguo. Era mi lengua de defensa, el refugio interior frente al tudesco y al inglés, los idiomas de las órdenes y de la supervivencia. Y frente al español, el idioma por el que me perseguía el pasado.

Una vez Eithne me dijo que ella no habría sido capaz de renunciar a su carrera, a su país, a sus proyectos por ningún motivo, por grave que fuera.

Pero yo no había renunciado a nada. Lo había extraviado por el camino, no había mérito. No tienes resentimiento, no echas nada de menos, no hay ira en ti, dijo. Tal vez no me conozcas tan bien como piensas, contesté. Tal vez tú a ti tampoco, dijo ella.

Al salir del restaurante, me puse a vagar por el casco viejo. Cerca del Botánico había un letrero que señalaba la dirección del Huerto de Calisto y

Melibea. Me pareció que en mi época ese jardín no existía. En la puerta había una escultura de la Celestina con una cita: «Soy una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Si bien o mal vivo, Dios es el testigo de mi corazón». Dios es el testigo del corazón. Tiene que ser él, porque no hay otro. La vida de cada uno es un jardín que solo conoce el jardinero. Los demás pueden disfrutarlo o despreciarlo, pero no lo conocen.

Me senté en una plazoleta con un pozo. Desde allí se veía la ribera del Tormes. Había cipreses y árboles frutales. No era un jardín romántico y mucho menos al estilo inglés. Era un huerto de secano. Me acordé del padre de Chapi y de sus trabajos en la ladera del Alcázar.

Había una pareja joven haciéndose selfies junto a la muralla y una veintena de chinos arrastraba los pies al otro extremo del jardín siguiendo a otro chino con paraguas.

A algo sí había renunciado. Había renunciado a Brígida. No quedó más remedio. Fue un trabajo duro. Los recuerdos, las fantasías se apiñaban…, algún día…, algún día. Y hubo que irlos matando uno a uno, casa por casa.

¿Llegaría a hablar con Brígida en el pueblo? Esa conversación estaría llena de voces. Esta Brígida y la otra Brígida, este Andrés y el otro Andrés, todos los que habíamos sido, todos los que no pudimos ser, los futuros y los pasados cantando a voz en grito como un coro borracho.

Yo le diría: me he acordado de ti. Ella sonreiría y no contestaría. Le haría gracia. Pero si yo continuara: me he acordado de ti todos los días, a ella no le haría gracia, porque pensaría que estaba hablando con un loco. Se marcharía corriendo. O quizá lo pasase por alto. Cosas que se dicen. Quién sabe.

Creo que me había quedado solo en el jardín de los amantes. El sol descendía por la línea de Portugal, en la dirección que mi tren tomaría en menos de dos horas.

Las renuncias… ¿Y la Medicina? ¿No era gracioso que hubiera acabado trabajando en hospitales? Llegué lejos en la huida, pero puede que no tan lejos como pensaba.

¿Sospechó Brígida que yo no estaría a la altura de mis ideales? No puede amarse a quien no tiene el valor de ir hacia lo que quiere. Quizá supo que esos sueños no eran míos. ¿Cómo puede amarse a una persona que ni siquiera es dueña de sus sueños? Se ama a quienes los consiguen, a quienes los pierden en la batalla, a los que mueren por ellos.

Fui hasta la muralla. Los rayos del sol caían sobre los alcores del pueblo de Tejares y sobre los campos ondulados. Por occidente, hacia Portugal, se pintaba una línea de sangre.

Desanduve el camino, crucé la plaza Mayor y subí por la Gran Vía hasta la Alamedilla. Me senté en un banco frente a un estanque rodeado de una verja plagada de exvotos de amor en forma de candados. Recordaba patos, pero no había patos.

Más tarde, en el tren de Hendaya, no encontré tampoco el viejo tren de Hendaya. Era un convoy moderno y la mayoría de los pasajeros eran portugueses que volvían a su país. No eran emigrantes como los de aquellos años, caravanas de familias que iban y venían de las promesas del norte.

Estos regresaban de cumplir una misión: ropa a la moda, buena presencia, estilo internacional. Bajo los párpados somnolientos el porvenir sonreía, predecible.

Había dos estaciones antes de la frontera. La mía era la segunda.

En los asientos de mi derecha había un hombre grueso, de mi edad. Tenía el pelo lacio y pajizo, los ojos achinados. El prognatismo de la mandíbula superior hacía que los labios se juntaran en forma de pico. Se atusaba la cabellera fina con dedos en tijera.

Yo había conocido a alguien así. Habría que quitarle quintales de grasa, plancharle la piel, injertarle pelo, y es probable que Celedonio Martín Correa se manifestara en ese mismo asiento. Sus padres le daban veinte céntimos para comprar pipas en el puesto de la señora Ramona. Las compartía conmigo en el camino a la escuela cuando no tendríamos ni siete años.

Era un recuerdo sorprendente. Estaba en aquel cuerpo. No era mío. No lo había sacado de ninguna parte. Yo no hice nada. Me lo había encontrado, no sé cómo, quizá esperándome en aquel vagón desde Hendaya.

Yo comía pipas desde que empecé la escuela, en el camino que bordeaba el parque de la Glorieta, dejando a la izquierda el cuartel de la Guardia Civil, entrando en el bosquecillo de castaños que escondía la cancela y el viejo portón. Era algo que había desaparecido de mis recuerdos y que me era devuelto ahora. ¿Hay una memoria de las cosas, una memoria que está en ellas y que espera?

Me había tocado ventanilla. El asiento de enfrente iba vacío, a pesar de que el vagón venía a tope. Veía los campos en el final del atardecer. Pronto

empezaron a llenarse de encinas, de toros bravos quietos como estafermos y piaras bajo los alcornoques y en los carrascales.

La última luz espolvoreaba en las encinas partículas radiantes, el suelo se cubría de un manto verde oscuro, el aire se fundía en un velo incandescente.

Aquella tierra no tenía nada que ver con la apagada fotografía de la memoria. Lo que contemplaba por la ventanilla estaba vivo y fuerte, una estampa de colores mezclados por una paleta apasionada. En otro tiempo yo respiré esos lugares, creí pertenecer a ellos. Luego, hui. Quizá debí quedarme, esperar a Brígida en Salamanca, dejar que creciera o se pudriera dentro de mí.

Reaccioné enseguida. Aquella tierra tenía poder, poder sobre mi imaginación. Pero a mí no me había dado nada. Ni siquiera lo habría aceptado. Ahora era un turista extranjero, no venía a restablecer lazos ni a inventarlos. Venía a sorprenderme un poco, a vivir alguna aventura para después contarla y a sacar unas cuantas fotos.

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