Primer amor

Alejandro Gandara · Capítulo 2 de 7 · parte 1/3

Páginas del PDF

Primer amor

Fuera del tiempo se escribe la historia

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

OceanofPDF.com

Solo había una mujer con abrigo de pieles, una máscara truculenta de maquillaje, cargada de joyas que alumbraban más que los cirios de los muros. Detrás de la capilla, la nave central estaba umbría, y había una claridad nubosa en el presbiterio. A Andrés le dio la impresión de que la mujer lloraba o había llorado no hacía mucho.

Daba la casualidad de que quien decía misa era don Severino. Andrés sabía que le horrorizaban las misas solemnes y las populares de los domingos a mediodía. Además, celebraba de espaldas, en altar antiguo, y murmuraba en latín.

No había visto a Andrés. Y sería difícil que lo viera, pues el estilo litúrgico del sacerdote era más bien introvertido y ajeno a la bancada, en cuyo fondo estaban sentados el muchacho y la muchacha.

Ella enseñaba unas ojeras violáceas que la hacían más bella. También la volvían más cercana, más sensible a la fiebre de aquella cita, con las emociones convertidas en surcos.

La causa de todo lo que sentía Brígida en ese momento era él. Había en ello una mezcla de satisfacción y de compromiso íntimo, como si ya fueran un matrimonio. También había algo de desnudez interior y perturbadora que no había previsto.

Don Severino echó la bendición cuando aún no eran las siete menos cuarto. La mujer enjoyada y enmascarada se quedó de rodillas cuando el cura despareció, el rostro entre las manos, como si hubiera llegado el momento de la contrición privada, sin liturgia ni testigos.

El cura se había esfumado, pero Andrés tuvo tiempo de detectar el relámpago en los ojos de la cabeza rapada, que les alcanzó como la detonación de un flash.

No le importaba que don Severino lo hubiera visto. Todo lo contrario, le gustaba. Estar con Brígida decía algo de él, de Andrés Aja, que él no podía

decir por sí mismo. Era como ir acompañado de una música o de un color del aire. Ya no era una silueta vagabunda, ya no estaba solo, ya no tenía que confesar ni demostrar nada. Quien quisiera saber de él, debería verlo ahora.

Cuando salieron de la catedral el frío terminó de calarlos. El rato en el interior del templo no les había permitido sacudirse la helada que traían. La catedral no era un lugar cálido, olía a cueva de montaña y a piornal, y apenas defendía de la rasca.

Se quedaron en la puerta, mirándose. Era ya una mirada distinta a la del día anterior. Se interrogaban sin decir palabra y Andrés pensó que el amor no eran declaraciones, sino interrogaciones sordas, estar preguntando todos los días al otro sin abrir la boca: ¿sigues aquí? ¿Aún me amas? ¿Hacia dónde va el camino? ¿Tienes frío, sed, deseo?

Y ahora ¿qué se preguntaban? A lo mejor, si no harían bien en irse a casa, pues entre las siete menos cuarto y las nueve, en que comenzaba el instituto, había tiempo de sobra para morir congelados en el atrio de la catedral o en cualquier otro punto del pueblo que eligieran. De bares abiertos en la Ciudad, nada.

Podrían besarse, claro, pero eso solo les aliviaría un rato y además no estaba garantizado que fuera una protección seria contra la rasca.

Salvo que decidieran morir besando. Por cierto, Andrés aún no sabía cómo se besarían, un beso de verdad, un beso de los que dan la vuelta a la realidad como si fuera una esquina. Aquellos labios como el dibujo de un niño.

Por fin, dijo, en un alarde de inspiración:

—La cantina de la estación ya está abierta y hacen chocolate con churros.

Podemos desayunar y ver pasar los trenes. Te invito.

—¿Qué trenes? —preguntó Brígida, alzando las cejas.

—De los que pasan por las vías de las estaciones, ya sabes.

—No creo que por aquí pasen muchos. Vale, vamos.

Atravesaron la muralla por el portón de los Vencidos y a continuación pisaron la grama helada de la colina que bajaba a los arrabales. Los tejados estaban completamente blancos y a veces soltaban un relámpago irisado.

Los ladridos de los perros sonaban con el eco de la amanecida solitaria, y se intercalaban con el ruido de alguna furgoneta o de algún carro por la parte de las huertas, con las voces destempladas que se quedaban colgadas del aire, con los pájaros chillones.

Era una hora diferente. El cielo estaba rosa oscuro, cruzado por nubes panzudas, se veían mirlos y gorriones despegando y aterrizando en los alcornoques. Las cosas se agitaban, era la hora de los amantes.

—Estoy congelada —dijo Brígida, mientras rodeaban La Florida y enfilaban hacia el barrio de El Cruce.

Andrés se asustó. ¿Quería irse a casa? ¿Lo de la cantina de la estación no había sido buena idea?

Como si hubiera leído su pensamiento, la muchacha se volvió hacia él y le dedicó una sonrisa aterida, pero consoladora. Andrés contestó metiendo la mano en el abrigo de ella, como había hecho en la tarde anterior, donde le esperaba la misma mano, aunque el abrigo ya no era carmín, sino el beige tostado de casi siempre.

En El Cruce, el autobús de línea que iba a Salamanca, un Setra Seida amarillo con el morro niquelado, aguardaba en el apeadero, tenía las portezuelas abiertas y por las ventanillas podía calcularse que aún faltaba la mitad del pasaje. En realidad, el aforo lo completaban los viajeros de los pueblos que encontraba en el trayecto a la capital.

—Muy pronto cogeremos nosotros ese autobús para no volver —declaró Andrés.

—¿Para no volver? Salamanca está a noventa y dos kilómetros —dijo la muchacha—. Podemos volver cuando queramos.

—Pero será otra vida. A la vida de aquí ya no volveremos nunca. Así que cuando lo cojamos es para no volver.

—¿Tú crees que la vida de Salamanca es tan diferente de la de aquí?

—La vida de Salamanca y las vidas que vendrán después serán increíblemente distintas.

Brígida aminoró el paso.

—¿Tienes muchas ganas de irte, verdad? —le preguntó.

—Claro, como todos.

—¿Y te irías ahora mismo, si pudieras?

—¿Ahora mismo? Ahora mismo me quedaría clavado en este sitio, sin dar un paso, para siempre.

—¿No te contradices un poco? —preguntó ella con lo que parecía un interés puramente lógico.

—En absoluto: si el tiempo se mueve, yo me moveré y acabaré lejos de aquí. Si no se mueve, me quedo. Me quedo contigo, aquí y ahora, junto al

autobús, a las siete en punto. Para el resto de los días que viva.

Y él fue hacia ella, sin estar seguro de la intención, aunque muy decidido.

¿Iba a abrazarla, a cogerla de la mano, a besarla? Lo cierto es que no le pareció oportuno progresar y se quedó a medio camino de lo que fuese.

Después de todo, las cosas estaban bien así y aún no eran muy seguras.

Dejaron atrás El Cruce y marcharon por la carretera de la Estación, que también era la de Valverde del Llano, evitando las planchas de carámbano por las que ya habían pegado algún resbalón.

Pronto dejaron a mano derecha la desviación al cementerio, en el que asomaban los tirsos blanqueados de los cipreses por encima del muro de arenisca. Todo por allí empezaba a estar un poco desolado. Había una hilera de casitas de una planta, con el poyo en la puerta y ventanucos, y más allá comenzaban las casas de campesinos entre hazas de cereal o en barbecho, rodeadas de apriscos y henares, y por cuyos senderos no se veía un alma.

A Andrés le pareció que se alejaban de la Ciudad y del pueblo, que lo abandonaban para ir a otro lugar y que era más fácil de lo que jamás habría soñado. Era una fantasía excitante. Continuarían caminando, ¿qué sentido tenía volver atrás y repetir lo de todos los días, el instituto, la familia, las tareas? Eran felices yendo hacia adelante, ¿por qué tenían que volver?

—La verdad es que cuando uno… —empezó a decir y se detuvo. No había querido que saliera en voz alta

—¿Cuando uno qué…? —dijo Brígida.

—No sé lo que iba a decir. Se me ha ido la especie.

—Creo que estás mintiendo —reprochó ella.

—No miento, lo juro.

—Bueno es saber que juras en vano.

Brígida volvió a ralentizar el paso. Como fondo a su figura sobresalían los chapiteles de Santa María y del Sagrado Corazón, que flotaban en el helor de los tejados blancos de extramuros.

—Vale, es porque tengo vergüenza de decirlo —dijo Andrés, rendido.

—¿Tienes vergüenza ante mí? —ella suspiró.

Andrés se preguntó si la vergüenza tenía sentido en el amor. Aunque no comprendía bien la relación entre esas cosas. Él no podía separar la vergüenza de la vida, igual que no podía separar lo que sentía por Brígida de su vida, ni tampoco separar aquel paseo del resto de su vida.

—No te enfades —dijo, confuso—. Iba a decir que cuando uno se enamora, es porque todo tiene que cambiar. Quiero decir que las cosas ya han cambiado y lo de antes ya no está, ya no está donde estaba, no tiene sentido.

—Vale, déjalo. Ahora no quiero que hablemos del amor, ni de las cosas que cambia el amor. Vamos a tomar ese chocolate con churros, es menos complicado.

—¿No quieres hablar del amor? —dijo él, como si estuvieran degollando al cordero que pastaba en su corazón.

—Quiero untar churros —contestó Brígida con determinación.

Se llegaba a la estación por un camino embarrado, lleno de baches, que se abría a la derecha poco antes del puente de la vía, donde terminaba el pueblo. A partir de ahí, comenzaba la planicie de labrantíos hasta Valverde del Llano, el fin del mundo.

El edificio de la estación era el típico caserón blanco con la puerta principal verde dando al vestíbulo y otra puerta más pequeña y esmerilada, por la que se entraba a la cantina. Desde el cerro en que estaba plantado el edificio, vieron el disco rojo del sol emergiendo de un océano de sombras que se agitaban y morían en orillas remotas.

En una esquina del andén, había un gran magnolio, a través del que se filtraban los rayos del alba.

—Creo que no me gustan los magnolios —dijo Brígida—. Son bastos y a mí no me huelen a nada.

—El efecto de la luz es bonito —comentó Andrés.

Se quedaron allí un momento, mirando por el caleidoscopio del enramado los cristalitos de la aurora.

En la cafetería —media docena de mesas de chapa, a la que concurrían los agricultores de la zona y en fin de semana los noctámbulos; raramente, algún viajero— había un par de peones camineros, según rezaba en sus monos de trabajo, instalados en un rincón y tomando sopas de café en tazones. Andrés no los conocía, quizá hubiesen llegado en algún tren.

Los peones los observaron, sobre todo a Brígida, de una manera que a Andrés no le gustó. Les devolvió la mirada y la mantuvo unos segundos. Se preguntó si debería decirles algo. Se sentía realmente ofendido.

No hubo cuestión, porque le llamaron desde la barra y porque los peones camineros decidieron dedicarse a sus sopas de café.

Había sentido violencia. Una violencia insensata alcanzándolo como una ventolera. ¿No bastaba con la emoción de estar allí con Brígida, algo con lo que hasta entonces solo había podido soñar?

—Buenos días, capitán, a usted y a la compañía. Hemos madrugado. —

El del otro lado de la barra era Eladio Branco, uno de los del club de boxeo, hombre grande con cara de caballo.

Brígida abrió mucho los ojos al oír lo de capitán, pero no dijo nada.

—Brígida, este es Eladio, un amigo —dijo tratando de volver el trato lo más formal posible, y que Branco no cogiera el hilván, a lo que era aficionado.

—Encantado, señorita. Me parece que no la conocía, sea bienvenida.

—Veníamos a por unos churros con chocolate —atajó Andrés.

—Pues es triste, porque los lunes no hay churros. Es el día libre del churrero, lo siento —dijo Eladio, que parecía divertido con la noticia y les miraba alternativamente como midiendo la frustración provocada.

Andrés decidió que Branco era gilipollas por partida doble: por no tener churros y por hacerle gracia el asunto. Bien, ya no había suelo bajo los pies.

Era su primer plan a solas con Brígida, lo había inventado sobre la marcha en un alarde de intuición y había resultado un fiasco.

No quería mirar a Brígida. Habría sido mejor pelearse con los camineros.

Todavía estaba a tiempo, seguro que eso a Eladio también le haría gracia.

Así Brígida se acordaría de la pelea y no del plan de churros fracasado. Era su primera cita y los recuerdos serían decisivos. A ella se le vendría a la memoria Andrés defendiendo su honor contra peones camineros depravados. Andrés, maestro en planes y escultor de recuerdos.

La otra opción era morirse de vergüenza, tanto si Brígida opinaba que la vergüenza no ocupaba sitio en el amor como si opinaba lo contrario. Y tanto si lo suyo, lo de él, era amor como si no lo era. Siendo, por ejemplo, vergüenza.

Estaba mirando al suelo. Era incapaz de levantar la testuz y quedarse con Brígida frente a frente, algo que tendría que hacer más temprano que tarde, aunque solo fuera para ahuecar el ala.

—Pero chocolate tengo —soltó Branco inesperadamente—. Y además tengo torrijas hechas por mi mujer, que se empeña en que me las traiga, aunque ni a mí ni a la parroquia nos entusiasman. Hay una pila.

—Pues a mí no hay nada que me guste más y desde luego me gustan más que los churros —dijo Brígida.

—Le aseguro, señorita, que según los expertos no las encontrará mejores.

—Gracias, Eladio —acertó a decir Andrés, amedrentado aún por el patinazo, pero eufórico con el elogio que había hecho Brígida de las torrijas.

Quién sabe si incluso detestaría los churros, cuya falta no había lamentado, lo que volvía más valioso que ella hubiera aceptado aquella excursión. Simplemente, había querido estar con él. Por supuesto, detestaba los churros. En mitad de sus nublados sentimientos, el sol se abría paso igual que en los helados campos de afuera.

¿Y todo eso no era confesarle un poco que lo amaba, Eladio de por medio? Gracias por las torrijas, Andrés, pero habría ido al fin del mundo contigo, aunque allí solo tuvieran churros.

Gracias, Eladio, por no tener churros. Gracias por la declaración de amor interpuesta.

—Si os sentáis ahí, donde la estufa, os sirvo enseguida.

Luego, mientras les servía el chocolate y las torrijas, Andrés preguntó al cantinero por los trenes.

—A las seis y cuarto ha pasado el que llaman «tren de los portugueses», que acaba en Hendaya. A media mañana hay un mercancías que va a Lisboa, y a las nueve de la noche, pasa el que viene de Hendaya —contestó Branco.

—¿No hay ninguno que solo vaya a Salamanca? —preguntó Brígida.

—Antes lo había. Lo que sucedió es que tardaba dos horas y media, así que cuando pusieron los autobuses de línea lo quitaron. De todas formas, todavía hay quien coge el de las seis y cuarto para ir a la capital. Manías, me imagino, que todos tenemos.

Cuando Eladio se hubo ido, Andrés comentó:

—¿No tienes la impresión de que vivimos en el culo del planeta? ¿De que si este pueblo desapareciera por las buenas nadie se enteraría?

—A mí eso me gusta.

—¿Te gusta?

—Todo lo que pasa aquí es único, no está influido por nada, ni a nada influye. El aire es solo de aquí, los pájaros de aquí solo existen aquí, cuando lloras o te alegras por algo es por algo que no vas a encontrar nunca en otra

parte, y cuando alguien te gusta o cuando te enamoras no podrá repetirse en otro sitio…

—Eso no es el culo del planeta, eso es otra galaxia.

—Lo que me da miedo es pensar que nos iremos y que dejaremos en el pueblo algo de nosotros, pero no sabemos qué. La parte que se va y la parte que se queda a lo mejor no son las que creemos. ¿Me entiendes?

—Yo sé que el que soy ahora seguirá siempre aquí, queriéndote. Me iré a otra ciudad y te querré en otra ciudad, pero el de aquí que te quiere, nunca se moverá del sitio. Si vuelvo dentro de veinte años, lo encontraré yendo a misa de seis y media y comiendo torrijas en la estación.

—Atrapado… —dijo Brígida con un punto de asombro.

—… en un planeta sin tiempo —remató Andrés.

Y se hincharon a torrijas. A pesar de la hora y de la densidad del alimento, Andrés temió todo el tiempo la disfagia. Pero no hizo acto de presencia.

—Ayer, al final, fue un día raro —dijo Andrés, cuando se detuvieron ante una telaraña escarchada en una pared de hiedra, al salir de la misa de la catedral el segundo día.

—Creo que es mejor que nos acostumbremos —dijo Brígida.

—A mí no me importa acostumbrarme si me dicen a qué.

Seguían contemplando el tapiz, que empezaba a lagrimear.

—Es preferible que no nos vean, porque si nos ven estamos perdidos. Mi padre pregunta mucho por ti y pregunta con cara de pocos amigos, aunque trate de disimularlo.

—¿Cara de pocos amigos?

—No le gusta nuestra cuadrilla. Opina que queremos estar aparte de los demás, que nos hacemos los especiales, y cree que eso es peligroso. Si además supiera… ¿Entiendes?

Andrés pasó la palma por el tejido de escarcha y luego miró los hilos que se habían quedado en ella. Entendía, entendía demasiado bien.

—¿Y entonces cuál es el tiempo para nosotros?

Brígida no contestó enseguida, daba la impresión de que no acababa de estar de acuerdo con la pregunta o con el tono de la pregunta.

—Si es que nos queda… —añadió él.

—Ya que quieres saber cuál es nuestro tiempo te lo diré. Pero antes una advertencia: contigo no quiero andar con cuidado. Y quiero que nos miremos a la cara cuando hablamos.

Andrés dejó de observar los hilos cristalinos de la palma y se volvió hacia ella. Brígida descubrió un rostro que no esperaba, el de un muchacho triste cuyos ojos azules se apagaban deprisa.

—Escúchame bien —dijo, intentando mirarlo con severidad—. Tenemos todas estas mañanas hasta la entrada del instituto y las tardes en que podamos escaparnos. En mi casa han de saber todo el tiempo dónde estoy y, si no, tienen ojos por todas partes a los que interrogar.

—En mi casa no saben dónde estoy y no preguntan.

—Pues no sabes la suerte que tienes, quitando que no eres tía.

—¿Y los amigos? —preguntó Andrés con voz ronca.

—Lo de siempre, son nuestros amigos, no vamos a dejarlos tirados, tenemos el Hogar Juvenil y cosas que hacemos juntos. Lo que no podemos es decírselo, porque eso nos cambiaría a todos.

¿Para qué quería todo el tiempo con Brígida? ¿No tenía el suyo, no quería ya nada del suyo?

Dejándose llevar, habían cogido el camino del día anterior, su primer día y su primer plan. También hoy se habían citado en la misa de seis y media de la catedral, ya don Severino les había mirado abiertamente y Andrés juraría que le había hecho una seña, aunque no sabía interpretarla.

—¿Por qué vamos a misa? No hace ninguna falta —dijo él.

—A lo mejor no te hace falta a ti —dijo ella, sin perder cierto ceño.

—¿Vas allí porque te has puesto una penitencia por salir conmigo?

—Y me parece poca.

—¿En serio, he acertado?

—Tú vas a ser medio bobo, chaval.

Habían atravesado El Cruce y ya estaban a la altura del cementerio. La hora amante se posaba sobre los cipreses y sobre los regatos con carámbanos. A medio kilómetro, divisó a Trinidad, el leñero, que se adentraba en el monte con el carro tirado por mulas, y los perdigueros atados al torno. A Andrés, que lo conocía, y al que ayudaba a descargar la leña de encina para la estufa del colmado, le pareció que se iba lejos, muy lejos. Para siempre. Solo fue una impresión, aunque últimamente la tenía

con todo, todo se iría para no volver. Con Brígida, desde hacía día y medio, la tenía todo el tiempo.

—Las tardes en que nos escapemos, podemos vernos en el molino de la segunda alameda.

Brígida no comentó nada. Iba a su lado, pero metida en sus pensamientos.

—Voy a ese sitio desde pequeño, está medio en ruinas, pero se ven las curvas del río hasta las minas de uranio. Hay una terraza que está entera.

—¿Sabes por qué hemos ido hoy también a misa y por qué iremos casi todos los días? —preguntó la muchacha como si no lo hubiera oído.

—Porque es el primer sitio en que nos hemos encontrado a solas, y ya no se trata de la misa ni de nada, sino de que ese sitio es sagrado, más sagrado que el templo. Y cuando nos sintamos solos o ya no estemos juntos iremos a esa capilla a vernos, aunque el otro ya no esté —dijo Andrés, por el que pasaron pensamientos negros y luminosos a la vez.

Brígida lo miró con sorpresa.

—Sí, nos apegamos a los sitios porque los sitios se apegan a las personas que queremos… —declaró Brígida, posiblemente desconcertada por la parrafada.

Se quedó meditando algo más y al final dijo:

—Siempre me ha gustado salir de amanecida, y esos pocos minutos en la catedral me encantan. Es el único rato en que mi padre no vigila, porque antes de irse a la clínica se pasa por la dehesa. En mi casa empiezan a levantarse a las ocho y cuarto, yo les llevo el pan.

—Vamos a estar escondidos o huyendo todo el tiempo. Puede que sea emocionante, pero no sabemos adónde nos lleva. ¿Vamos a alguna parte?

—¿Tú no sabes dónde vas?

—Yo, sí. ¿Y tú?

—Yo no. Esto es un viaje, un viaje a un lugar que no conozco. Pero al que de todas maneras estoy yendo.

Era un hecho. Cuando estaba con Brígida el mundo sufría cambios físicos. Todo estaba en el mismo sitio con los mismos elementos, sin mover ni una hoja ni un brillo ni un pájaro en el alero, pero distinto, como si las cosas tuvieran otras formas de ser lo que eran.

Claro que le daba miedo. No podía controlarlo, no dependía de él.

Dependía de Brígida. De cuando ella aparecía en escena. Así que ahora el mundo dependía de Brígida. Más miedo.

Lo había sentido mientras caminaban por la segunda alameda en dirección al molino, adonde Andrés se había empeñado en llevar a Brígida.

Los álamos pelados tenían la corteza de plata y al tocarla parecía seda, el aire traía el olor de la ribera, de los juncales, adelfas y saúcos como una primavera anticipada. El sonido de los pasos sobre la alfombra de hojas caídas reverberaba y los hacía sentir como una pareja de exploradores en tierra virgen, buscando el misterio del amor y de la supervivencia.

Pues no. Nada eso. Eso eran solo palabras. Falso que hubiera un paisaje con su armonía y su orden y su panorámica. Solo había pedazos, trozos de trozos: el zapato de tacón bajo de Brígida tocando el suelo, su calcetín rojo flotando en contraluces, una ráfaga del color de su carne, un olor que antes de aparecer había desaparecido, más ella, claro, hecha añicos de labio, de nariz, de cráneo, también su levísimo sudor, una muselina de gotas que parecían palpitar…

—Espera, espera… —dijo Andrés, cuando salieron de golpe a la explanada del molino.

Brígida se detuvo sin decir nada. A pesar de la turbación, ese silencio llegó hasta él.

—Quiero que me abraces —dijo Andrés—. Quiero que me abraces y que me aprietes, y yo también quiero abrazarte y apretar. Yo lo voy a hacer seguro. ¿Y tú?

Y a eso Brígida tampoco dijo nada. Abrió los brazos y Andrés penetró en la cueva, se apretó contra ella con una fuerza grande, pero temblando como un cachorro. El olor a cantueso, los pechos acogedores y la suavidad de aquella piel lo empujaban a otro sitio, a un sitio en el que estaba naciendo.

Al salir de aquella cueva, un nuevo Andrés habría sido dado a luz. El otro habría muerto. A partir de ahora el tiempo y el espacio empezarían a contar desde Brígida. Los anteriores habían dejado de existir.

Mientras duró el abrazo, ¿más de un minuto, menos, un visto y no visto?, sucedió algo irreparable. El episodio del abrazo se coló en su mente, se hizo sitio, instaló un nuevo orden: se convirtió en un recuerdo fortificado, con murallas selladas, y baluartes y fosos.

Sí, en el mismo instante en que se producía, aquel abrazo se hizo recuerdo. Andrés se limitó a constatar que eso estaba pasando. Y le pareció tan milagro como el milagro de encontrarse metido en el cuerpo de Brígida con todos sus sentidos.

Cuando se separaron, Brígida le miró como si preguntara. Pero era una pregunta indescifrable. Él estaba tan turbado por el descubrimiento del cuerpo de ella y por el descubrimiento de cómo nacen los recuerdos, que se distanció poco a poco y siguió caminando hacia el molino.

Sintió una soledad nueva. Plena y satisfecha, pero soledad. Debería reflexionar sobre lo que había ocurrido, sobre el nacimiento, sobre el recuerdo, y para eso tenía que estar solo. Cuando más se había fundido con Brígida, más había necesitado tomar distancia. Un rato para sí mismo. Él, que quería irse a otra vida y a otra ciudad, acababa de entrar en un nuevo país, el país del abrazo de Brígida.

Luego, se preguntó por qué la felicidad lo había expulsado a la soledad del pensamiento, y si ese era el castigo por haber dejado de sentirse solo.

La tarde en que Andrés le enseñó a Brígida el molino, descubrió que lo estaba mirando con los ojos de ella. La suciedad, la ruina, las antiguas máquinas, las salas amplias y destrozadas, los ventanales asomados al río, las vigas de hierro con manchas de robín, el yeso descascarillado: ¿llegaría ella a ver la grandeza de aquel espacio en mitad de los campos vacíos?

¿Llegaría a sospechar que la había llevado allí, porque ese lugar era sagrado para él del mismo modo que la catedral lo era para Brígida? Una catedral y un molino, la unión de dos templos.

Andrés notó que ya no pensaba en la otra ribera con sus seres fantásticos, ni se acordaba de las aburridas tardes de verano, ni de nada que le hubiera pasado antes. Tanto el dolor como la excitación de aquellas imágenes le parecían ridículos. Además, él ya no tenía derecho a los recuerdos de antes.

Iban a cambiar y lo sabía. Iban a morir. Como él mismo, el que había sido hasta este instante, iba a morir también. Las crónicas no contarían nada anterior a su amor por Brígida, como tampoco del molino de las ensoñaciones de su infancia. Asistía a una gran devastación, con nuevos tiempos y nuevos señores.

Tal vez no se tratara de destrucción ni de muerte, sino de un comienzo.

De un verdadero comienzo. ¿Los comienzos se parecían a la muerte? No, solo se parecían a la muerte los verdaderos comienzos.

Una tarde al separarse, volviendo del molino, Andrés le dijo a Brígida:

—Se me ha ocurrido una cosa… Quiero que por la noche quedemos a una hora fija para pensar el uno en el otro. Será igual que estar juntos.

—No tan igual, me parece a mí.

—Bueno, por lo menos estaremos en el mismo pensamiento y ya verás cómo se nota si a alguno se le olvida.

—¿Es que lo has experimentado antes?

—No puede ser de otra manera. Es un buen plan, así que tiene que salir bien.

—Me dejas convencidísima.

—Solo es un poco de sentido común.

—Sobre todo, común. Cuando dos se ponen a pensar el uno en el otro al mismo tiempo, sus mentes se comunican y el espacio se encoge.

—¿Te ríes de mí?

—Fíjate en lo seria que estoy.

—Atiende, ese tiempo será nuestro, tuyo y mío y de nadie más, cuando estemos separados. A lo mejor, podemos vivir una vida paralela y estar siempre juntos.

—Creo que eso es una novela.

—No la he leído, pero tiene que pasar algo grande cuando dos se comunican con el pensamiento.

—¿Y a qué hora sería eso?

—¿Qué te parece a las once?

—Gran elección. ¿Tengo que estar sola?

—Qué va. Es genial, puedes estar con quien tú quieras o haciendo lo que sea, hablando con tu padre, por ejemplo, o viendo la tele con la familia.

Pero lo bueno es que estarás conmigo.

—O sea, que también es un sistema para no estar con los que estás ni en el sitio en el que estás. Se queda el cuerpo y la mente se va de paseo. Tiene buena pinta.

—Prueba antes de seguir con la coña.

—¿Y tú crees que cuando se vuelve de allí sigues siendo el mismo?

—Ya no voy a contestarte.

—Casi dan ganas de no volver a verse en la tierra con semejante invento a mano. ¿Y durante cuánto tiempo de reloj tendremos que estar pensando en el otro?

—Ya veremos. Según los imperativos —dijo Andrés, con resignación.

—¿A qué llamas imperativos?

—Tener que ir al baño, por ejemplo. A mí en el retrete no se me ocurriría pensar en ti —y sonrió malignamente.

—Lo tienes todo planeado. Por aportar algo a la idea, yo creo que un poco antes de que dé la hora deberíamos haber ido al baño.

—Magnífico. Se acepta.

—¿Y cómo sabremos cuándo el otro ha dejado de pensar contigo y se ha ido?

—Eso se sabe. Y, si no, cuando te canses.

Brígida acababa de contarle que la conversación en casa la monopolizaba su padre, pero que las historias que contaba eran tan entretenidas que a nadie le molestaba. Trataban de enfermos heroicos, de descubrimientos médicos, de nuevas terapias y también de la última saca de los alcornoques, de la montanera, del carrascal que estaban ajardinando en la finca…, porque a su padre le gustaba el campo tanto como la medicina y sostenía que la naturaleza humana es una parte de la naturaleza, así que quien estudia lo uno estudia lo otro. En fin, y cómo es tu padre, Andrés, creo que no lo conozco, preguntó a continuación, y Andrés tuvo la retorcida impresión de que lo anterior solo había sido un pretexto para sonsacarle.

¿Y por qué quería saber de su familia? No iban a casarse enseguida, si sus noticias eran correctas. ¿No le bastaba con saber de él? Él no era su padre ni su madre, ni sus lejanos parientes ni nada. Él era lo que se veía, comienzo y final de sí mismo. Allí estaba, sin conjeturas ni estirpes.

Él nació como la diosa que tanto gustaba a don Severino, armado y listo para el combate. La diferencia es que él no nacía de la cabeza de ningún padre, sino de su propia cabeza.

—Mi padre se fue de casa hace unos años —dijo, notando que era más vergonzoso eso que no tener padre.

—¿Adónde se fue? —preguntó Brígida, con cara de no estar entendiendo.

—Yo qué sé.

—¿Pero volverá?

Andrés se quedó pensando qué significaban esas palabras en su cabeza.

Pero volverá. Adónde. Para qué. Quién estará para verlo.

—¿Pasó algo para que se marchara? —preguntó la muchacha.

—Que se marchó —contestó Andrés, secamente.

Brígida guardó silencio y él notó que era un silencio que los alejaba.

—No sé qué pasó, de verdad —prosiguió más suavemente—. Se marchó con un coche americano que no supimos de dónde lo había sacado, un Dodge Dart, se llevó la escopeta de balines que me regaló cuando cumplí doce, y lo que le cupo en el petate de boxeo.

—¿Tu madre y él se llevaban mal?

Andrés se la quedó mirando.

—¿Se querían? ¿Crees que se querían?

La miraba como si en el alféizar del molino en el que estaba recostada, mientras el sol colaba un fogonazo naranja que también había encendido el recodo del río y la pesquera, se hubiera presentado una loba en canesú.

Que sus padres se quisieran era un asunto en el que no creía haber pensado nunca, ni ligera ni profundamente. La opinión general era que los matrimonios se quieren, ¿puede ser esa la razón misteriosa por la que dos personas se unen de por vida? Pero lo que de verdad creía Andrés es que las razones por las que dos personas permanecen juntas son secretas. Son suyas. La mayoría de matrimonios que conocía eran una batalla campal en un campo de miseria. Los hombres pegaban, las mujeres obedecían y se conformaban. Eso era lo que veía en el arrabal. ¿Amor?

Podía entender que hubiera matrimonios que se amaran. Lo había leído y él creía en lo que leía. También lo había visto en las películas, sobre todo en las películas. En la literatura reinaba más el amor que el matrimonio. Pero a ese entendimiento suyo no lo acompañaba ningún sentimiento.

—No lo sé. No… —y ahora en cambio, al contestar, notó que la emoción lo invadía.

—¿Le echas de menos?

—No lo he pensado… —Andrés estaba desconcertado, mientras la emoción iba subiendo—. ¿Se puede saber eso? Alguien se va y tú tienes

que seguir viviendo, qué más da.

El rostro de Brígida se volvió hacia él y se recortó en la tarde azafranada.

¿Dónde has estado, qué te han hecho? Podía oírlo perfectamente, aunque los labios de Brígida no se despegaron.

Cuanto más se conocían, algo de él, tanto para él mismo como para ella, se volvía extraño. ¿Desandaban? ¿Hacia qué principio?

A Andrés se le escapó un sollozo breve, desangelado. No lo pareció, pareció más bien un estornudo o una tos. De hecho, se quedaron esperando a ver qué pasaba después, hasta cierto punto intrigados, además de sobresaltados. Andrés miró a Brígida como preguntándole qué estaba pasando, porque desde luego él no se sentía tan triste como para llorar y de hecho no sentía ninguna tristeza.

Salvo que la tristeza fuera aquello…

Quizá Brígida tuviera más experiencia que él. Tal vez no. El caso es que de pronto se encontró metido en un hueco aún más estrecho que el de los abrazos. Y esta vez sintió todo el deseo de Brígida por tenerlo dentro.

Así fue como se besaron por primera vez. Un beso en el que las lenguas, cautas aunque decididas, fueron al encuentro. Pero el beso mismo fue un desconocido, un extraño en la intimidad a corazón abierto que acababa de surgir entre ellos. Andrés pensó que aquellos labios como el dibujo de un niño que tantas veces había visto no eran los que había besado. Los que había besado no podían dibujarse.

Cuando se separaron, Brígida le preguntó:

—¿Por qué nunca lo habías contado, ni a mí ni a los demás?

Estaban tumbados en un sotillo de la primera alameda, mirando hacia las copas de fresnos y alisos, donde el río se desmembraba en un canal hacia la fábrica de harina.

—Dime algo que te guste mucho hacer —murmuró Brígida.

Andrés se quedó pensando un rato.

—¿Me has escuchado? —preguntó la muchacha.

—Estoy en ello.

—¿Tan complicado resulta saber lo que te gusta?

—Me gusta estar contigo y ahora mismo es difícil que me pueda apetecer otra cosa.

—¿Quieres decir que por mi culpa ya no hay nada en el mundo que te interese?

—El amor es un ladrón, se queda con todo lo que quieres y con todo lo que tienes —filosofó un poco—. A mí me parece bien.

—Entonces, ¿no hay nada que te apasione? —insistió Brígida.

—¿Y tú, tienes pasiones?

—Las matemáticas me fascinan, son bellas.

—Nunca hubiera dicho que son bellas…

—Hablan de proporciones, como la música. Proporciones que están en todos los materiales de la naturaleza. En la madera, en el nailon, en el hierro. De las proporciones salen las notas. Y el mundo está hecho de notas.

A propósito, ¿escuchas música?

—Por las noches hay un programa en la radio…, suelo dormirme con él.

—¿Y qué música ponen?

—No sé, normal… El otro día escuché una canción de un tal Camacho.

—¿Hilario Camacho? No hace mucho sacó un disco, yo lo tengo, la cara A es Princesa de cera y la B , Volar es para los pájaros.

—¿Tienes tocadiscos?

—Me regalaron uno a los trece. Tenemos que escuchar música juntos.

Pero no me dices lo que te gusta. A lo mejor no quieres hablar de eso conmigo.

—Ya te he dicho que me gustas tú. Lo demás, ya que te empeñas, voy a tener que inventármelo. Sí, de pequeño, las palabras que leía el cura en misa, las palabras que decía: caridad, pureza, oración, Jesús, Dios, fidelidad, evangelio…, podía olerlas, tocarlas. Me iba a casa borracho. No las entendía, claro, pero me daba igual. Y estaba seguro de que los curas se hacían curas para poder decirlas delante de la gente, como en un banquete.

Tú dices que el mundo está hecho de notas y yo digo que de palabras.

¿Seremos incompatibles?

—Quieres estudiar Medicina, ¿no sería más apropiado Filología o Filosofía? —dijo Brígida.

—Bueno, las palabras también curan. Matan y curan. La medicina mata y cura. No están tan lejos.

—Una va por ciencias y la otra por letras, eso debería darte una pista de lo lejos que están.

—Si a la medicina le quitan las palabras, la gente se morirá sin explicarse, nadie la entenderá, o le dolerá y nadie entenderá su dolor.

—Serás un médico poeta y yo seré una matemática de orquesta.

—A lo mejor podrías contarle a tu padre que quiero ser médico…

—Y que nos besamos con lengua también podría contarle.

Pronto empezaría a helar. El sol acababa de ocultarse. Por lo menos no había viento, aunque la humedad de la corriente se hacía notar.

Brígida se incorporó y se quedó mirando unas chiribitas en el agua oscura.

—También me gusta imaginar historias para dormir —dijo Andrés—.

Hay una especial, que la repito desde pequeño. Soy un vaquero del oeste al que una partida de indios ha acorralado en un bosque, en una montaña, en un desfiladero, en una cueva, y me quedan pocas balas en el winchester y en el colt. Cuento a los indios y me pregunto si me alcanzarán las balas.

Ellos atacan…

—Es una variante de contar ovejitas, me parece a mí.

—Te equivocas. Siento que me acorralan, que estoy en peligro, pero que no pueden hacerme nada. Donde estoy, metido en mi cama y con mi cuento, no pueden hacerme nada.

—Los nombres de los colores —dijo Brígida—: fucsia, hematita, índigo, aguamarina…, pueden tocarse, hasta olerse.

—El colmado a oscuras, cuando apago por la noche para cerrar, parece más grande, parece que se mueve, como una nave interestelar —dijo Andrés.

—Cuando llevo el pan por las mañanas, después de dejarte, me entran unas ganas horribles de contarles a todos que te estoy viendo, y al mismo tiempo me alegra no hacerlo.

Seguir: parte 2 de 3