Prisma

Belen Sancho · Capítulo 2 de 52

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Prisma

Capítulo 1

desde el día uno a mi lado, ayudándome y escuchando mis audios eternos.

Gracias por siempre creer en mí.

A mis mejores amigos, por bancarse mi falta de vida social en los meses de escritura y apoyarme en toda esta aventura.

A mi editora, por apostar a esta historia y hacer todo lo que estaba a su alcance para que viviera el proceso con tranquilidad y disfrute. Y a Luly, mi ilustradora, por entender mis precarios dibujos y descripciones, y hacer una portada maravillosa.

Por último, pero no menos importante, a todas aquellas personas que me siguen en las redes. Gracias por acompañarme todos los días y apoyar mi contenido. Saben 3

cuánto anhelaba este sueño, que ahora se hizo realidad, y en parte es gracias a ustedes.

Espero que se lleven algo de esta historia y que los anime a perseguir todo sueño que tengan, por más imposible que parezca.

Simplemente, gracias.

Los quiero.

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Capítulo 1

Había una silla vacía en la cafetería.

Podía ser tan simple como que la persona que la ocupaba todavía no había llegado o había decidido no ir ese día. Pero para mí, cualquier silla vacía significaba dolor, desesperación y culpa. Me hacía recordar quién era y lo que había hecho.

—¿Y a ti que te pasó? Te ves terrible —me preguntó Bria, sentándose en la silla vacía.

Mi amiga siempre era la primera en llegar a la cafetería antes de que empezaran las clases, porque su madre entraba temprano al trabajo y ella odiaba el autobús.

Cuando yo llegaba, Bria ya iba por su segundo café del día.

—Nada. Solo me dormí tarde anoche.

Apoyé mi mochila sobre la mesa y cuando vi a Lucas pasar con la bandeja le dije que me trajera lo de siempre.

—No me digas que otra vez te quedaste escuchando el informe presidencial.

El hartazgo en la voz de mi amiga ya no me irritaba como al principio.

Logré entender que teníamos intereses distintos y no me importaba.

Mientras ella me hablaba de quién había sido infiel en la fiesta del viernes, yo le contaba sobre lo extraño que me parecía que el presidente no tuviera ninguna pista de quién estaba detrás de las desapariciones. Contando a la mujer que desapareció ayer, era la tercera de la semana.

—No puedo entender cómo hay una persona tan inepta liderando el país.

No puede no saber nada sobre un tema tan importante.

—Y postúlate tú —dijo bromeando—. Además, no es por defenderlo ni mucho menos, pero todos los que desaparecen vuelven sin una sola lesión.

—¿Y no te parece extraño?

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—Claro que no. Mi vecina Tina pensó que su padre había desaparecido para siempre y a los dos días descubrieron que se había ido a un bar y de lo borracho que estaba se quedó dormido. —Hizo una pausa para añadir dramatismo y luego susurró—: La gente tiene muchos problemas.

—En eso tienes razón.

No podía negarlo porque yo formaba parte de esa gente. El abandono de mi padre me había afectado más de lo que quería admitir. Todo comenzó con llantos desenfrenados e interminables, sentimientos de vacío e insuficiencia hasta llegar a ataques de agresividad extremos, que sigo padeciendo hasta el día de hoy. Mis notas habían bajado y no tenía amigos ni quería tenerlos.

Aunque no era que muchos quisieran tener de amiga a una bomba a punto de explotar. Todavía no podía entender cómo, después de todo lo que vio, Bria seguía siendo mi amiga.

Si bien los ataques habían mermado, seguían ahí. Mi madre había intentado todo lo que estaba a su alcance para que sacara toda esa ira que tenía contenida en un cuerpo tan pequeño. Probó con terapia familiar e individual, extensas sesiones con psiquiatras que dieron diferentes diagnósticos y hasta llegó a llevarme a esas charlas en grupo sobre el manejo de la ira. Sin embargo, aunque estuve medicada un tiempo, nada, absolutamente nada, funcionó.

Hacía diferentes deportes que me ayudaban a descargarme, pero no a superar del todo que, a los 12 años, mi padre hubiera decidido que yo no valía la pena, que no era importante en su vida.

Creo que un abandono así nunca se supera.

—Aquí tienes, Alison —dijo Lucas, dejando un café con crema frente a mí

—.

No quedaron más de las cajas de chocolates que llevas siempre. Si llega el proveedor más tarde te aviso.

Antes de que pudiera responder, Bria dio un pequeño salto en la silla.

—Oh, hablando de cajas… —Comenzó a buscar algo dentro de su mochila

—.

Un chico me dio esto para ti hoy a la mañana.

Depositó una pequeña caja negra en la mesa y me miró con una sonrisa pícara, como esperando que le contara de algún novio secreto. Spoiler: no lo había.

—¿Un chico? —dije y extendí la mano para ver la tarjeta que colgaba de la caja.

El corazón se me detuvo por un instante y sentí cómo se me cerraba la garganta.

Abrí los ojos en señal de pánico y Bria supo al instante lo que estaba por ocurrir.

Me había visto así muchas veces.

—¿Qué pasa, Alison? Por favor, dime qué hacer.

6

Su tono fue suave, como alguien que se encuentra con un oso en el bosque e intenta evitar un posible ataque. Mi pecho comenzó a subir y a bajar con rapidez mientras intentaba respirar profundo sin éxito.

—Y-yo… Llévatela. Tírala. —Mi voz sonaba temblorosa y cuando intenté llevarme la mano a la frente noté que ya se sacudía incesantemente.

Mi amiga todavía no había tocado la caja. Su mirada desconcertada se posaba en mi mandíbula, que había comenzado a temblar, y en el ritmo cada vez más rápido con el que inhalaba y exhalaba intentando contener lo inevitable.

—¡Que te la lleves! —le grité, pero ella no se movió. Cerré los ojos para intentar calmarme, aunque fue en vano. En cuanto mi vista se volvió a detener en la tarjeta que decía “Para Peach”, solté el gruñido frustrado y gutural que estaba conteniendo. Con un movimiento brusco, tomé la caja y la arrojé con todas mis fuerzas al otro lado de la sala.

No había nadie tan cerca como para salir lastimado, pero sí pude ver cómo algunos estudiantes se cubrieron con las manos para evitar cualquier herida.

Los ojos de mi amiga se abrieron con asombro cuando escuchamos el sonido de cristales rotos seguido de varias ráfagas de aire y exclamaciones de sorpresa a nuestro alrededor. Lo que sea que había dentro de la caja, ya estaba hecho pedazos.

Me encontré con miradas extrañadas y ceños fruncidos y, sin prestarles atención, incliné mi cabeza para ver dónde había caído la caja. Uno de los estudiantes se paró y señaló un punto en el suelo mientras su amigo intentaba contener la risa. Muchos en la cafetería estaban expectantes a lo que iba a pasar. Seguro pensaban que verían un espectáculo digno de hacer viral en alguna red social.

No me importaba lo que hicieran o cuánta gente estuviera pendiente. Solo podía pensar en el significado de ese extraño regalo.

¿Por qué ahora, papá? ¿Por qué así?

Todavía temblando, y con los puños apretados a ambos lados de mi cuerpo, caminé unos pasos hasta que la vi. Reposaba intacta en el suelo, como si alguien la hubiera dejado allí a propósito. Solo se había roto lo que fuera que había dentro.

Sentí como si el corazón se me saliera del pecho. Quería gritar, voltear todas las sillas del lugar y salir corriendo, pero a la vez necesitaba saber qué tenía para decirme ese hombre después de tantos años.

—Alison, calma. Aquí estoy —dijo Bria apoyando una de sus manos en mi hombro, pero me alejé. No sabía cómo iba a reaccionar cuando abriera la caja y no quería que ella estuviera cerca cuando sucediera.

7

Tomé dos profundas bocanadas de aire intentando calmarme.

No pude.

La habitación comenzó a dar vueltas y sentí que el desayuno amenazaba con volver a mi garganta. Puse una de mis manos en el pecho y solté un

grito de frustración con mis dientes apretados que hizo eco en toda la cafetería.

Se podían escuchar susurros de todos los presentes. Algunos reían, otros parecían estar preocupados, mientras otro grupo solo se dedicaba a apuntarme con el teléfono. La gente ya comenzaba a prestar más atención a mi exabrupto en espera de que haga algo más que valiera la pena comentar el resto de la mañana.

Bria volvió a acercarse y tomó mi mano.

—¿Qué contiene la caja? —me preguntó susurrando.

—No lo sé —dije con la respiración entrecortada—. No sé qué contiene, pero sé de quién es.

—¿De quién es? —Ante mi silencio me soltó y se acercó a ella —. ¿Quieres que yo la abra?

—¡No! ¡No quiero que la abras, no quiero que hagas nada! —escupí mientras me pasaba la mano por la cabeza. Intenté respirar hondo.

—Solo quiero ayudarte, Ali. Soy tu amiga. Por favor, déjame ayudarte.

—¡No lo hagas! —interrumpí gritando—. ¡No voy a abrir la estúpida caja!

¡Ya se rompió lo que sea que contenía! Solo quiero irme a casa.

—Como digas, pero debes calmarte. Estás haciendo una escena y me estás asustando.

Lo dijo entre dientes, como una madre que reta a su hijo intentando no mover los labios. En contraste conmigo, a Bria sí le importaba lo que las otras personas pensaban de ella, y tener una amiga que grita y revolea cosas en el medio de una cafetería no ayudaba mucho a su reputación.

—Es que no lo entiendes —exclamé con el corazón latiéndome a mil por hora.

—¿Qué es lo que debo entender?

Su pregunta quedó flotando en el aire. Intenté respirar para calmar mi furia, pero sentía la necesidad de romper algo, de golpear lo que sea. Mi corazón casi estaba saliéndose de mi pecho y seguía un poco mareada.

Mi mente estaba confundida. No quería abrir la caja y a la vez quería saber qué contenía.

Los seres humanos somos contradictorios.

8

Cerré los ojos y respiré hondo unos treinta segundos. Era una de las técnicas que me habían enseñado en los numerosos cursos. Sentí cómo mis puños se aflojaban y mi cuerpo dejaba lentamente de temblar. La nube de ira finalmente se había disipado para dar lugar a una lluvia de intriga.

Me arrodillé frente a la caja y alcé la cabeza cuando sentí a alguien frente a mí.

Bria me miraba perpleja. Hacía un minuto estaba gritando y tirando cosas, y ahora estaba sentada tranquilamente en el suelo como si nada hubiera pasado.

Saqué la cinta que envolvía la caja y la abrí lentamente. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando vi los pedazos de porcelana de lo que había sido la taza favorita de mi niñez. Sostuve uno en mi mano, pero lo solté rápido cuando vi el sobre que reposaba debajo de la taza rota.

Era una carta. Una carta de mi padre, nada más y nada menos.

Ni siquiera había tenido la decencia de verme en persona. Quería matarlo.

Juro que si lo veía, iba a asesinarlo.

Con las miradas de media universidad sobre mí y la habitación sumida en un silencio expectante abrí el sobre. La carta no tenía más de tres líneas y estaba dirigida a Peach, que era el apodo que mi padre usaba cuando yo era niña. Las primeras lágrimas ya llegaban hasta mi barbilla, seguidas por muchas más que no parecían dejar de caer.

Querida Peach:

Sé que probablemente me odies y estás en todo tu derecho de hacerlo. No te he acompañado en todo este tiempo y no merezco ni siquiera que me llames papá. Pero como todo en la vida tiene una explicación, si quieres conocer la mía, ven a la calle Simbure 1800, hoy a las 16:00 pm.

Te quiere,

Papá

Pasé el dorso de mi mano por mis mejillas para evitar que las lágrimas siguieran cayendo y guardé todo dentro de la caja. Todavía en sollozos, me paré y, mirando a la multitud de rostros asombrados, grité:

—¿Qué es lo que tanto miran, eh?

Sentí algunas miradas rezagadas sobre mí y luego, con murmullos inteligibles, los alumnos continuaron sus conversaciones como si nada hubiera ocurrido. En 9

unos días todo volvería a la normalidad y este episodio quedaría en el olvido para ser reemplazado por el siguiente, del que esperaba no ser protagonista.

Los problemas para controlar mi ira habían disminuido bastante desde la terapia, pero que esto se tratara de mi padre, la razón por la que todo empezó, me hizo volver al punto de partida.

A no tener control alguno.

Me agaché para agarrar la mochila del suelo e irme de allí. Bria intentó detenerme, pero había una única persona con la que necesitaba hablar de esto y no estaba aquí.

Cerré los ojos con fuerza y, dejando escapar la que juraba que sería la última lágrima que derramaba por el ser repugnante que era mi padre, me subí al auto.