Prisma

Belen Sancho · Capítulo 3 de 52

Páginas del PDF

Prisma

Capítulo 2

10

Capítulo 2

Mi madre se sobresaltó cuando entré a casa hecha una furia.

—¿Qué pasó? ¿Te olvidaste…

—¿Qué es lo que pretende? —le grité arrojando la caja arriba de la isla de la cocina.

—¿Qué pretende quién? ¿Qué pasó?

—Ryan pasó. ¿Qué es lo que quiere? ¿Piensa que puede aparecer ahora después de tanto tiempo y que voy a hacer como si nada?

Las lágrimas seguían ganándole a mi razón mientras una sonrisa pequeña aparecía en los labios de mi madre. No entendía cómo, después de tantos años, seguía sonriendo ante la mención de su nombre. Sabía que lo seguía amando y no podía tolerarlo. ¿Cómo se puede amar a alguien que no le interesa saber de ti, que no sabe si estás viva o muerta, que no entiende o no le importa todo el dolor que te ha causado?

—¿Tu padre te ha escrito? ¿Qué es lo que quiere?

—Verme. Después de todo este tiempo, me manda una carta de tres oraciones diciendo que quiere contarme por lo que ha pasado…

—Siéntate —dijo mi madre con tono tranquilizante, pero yo continúe hablando:

—Cinco años desapareció de mi vida y ahora piensa que puede volver y que voy a perdonarlo…

—Alison, siéntate —repitió mi madre un poco más alto mientras yo seguía con mi discurso—. ¡Siéntate ya!

Nunca en estos dieciocho años había escuchado a mi madre gritar. Nunca me había levantado la voz. Ni siquiera cuando sabía que tenía la razón.

La miré confundida e intentando calmar mi respiración me senté despacio frente a ella. Sus ojos verdes, idénticos a los míos, se fijaron en mí, poniéndome nerviosa.

11

—Tu padre… —comenzó con más dudas que certezas—. Tu padre no es un mal hombre. Es solo que hay demasiadas cosas que tiene que explicarte.

Todo este tiempo él estuvo…

Levanté la mirada hacia ella y la vi contraer los labios cuando entendió su error.

—¿Tú sabías dónde estuvo todo este tiempo y no me dijiste?

Mi tono era de reproche y sabía que ella esperaba que viniera un ataque. Sin embargo, no estaba furiosa. Estaba decepcionada.

Muy decepcionada.

Cuando la persona en la que más confías y por la que darías tu vida te traiciona, no sientes enojo sino decepción.

—Hija, las cosas no son tan simples como parecen —se defendió sin variar su entonación. Estaba demasiado calmada, como si esta conversación la hubiera planeado durante años—. ¿Recuerdas cuando eras más chica y te gustaban los acertijos en los que nada es lo que parece? Este es uno de esos casos. —Creo que notó la confusión que comenzaba a gestarse en mi rostro porque intentó tomar una de mis manos con suavidad. No la dejé. —No puedo decirte mucho. Solo que hay una razón por la que no hemos sabido de él durante todo este tiempo.

—Ninguna razón es suficiente para dejar a una hija tirada por cinco años, mamá.

Ninguna —sentencié.

—No, en eso tienes razón, aunque sí hay algunas buenas razones que vale la pena escuchar. Todos hacemos las cosas por un motivo. Podemos equivocarnos y tener toda la culpa. Pero hay otras… hay otras que son situaciones en las que nos pone la vida y que están más allá de nosotros. La razón de tu padre es una de esas.

La miré un momento evaluando sus palabras hasta que me detuve en sus ojos.

Ahí fue cuando lo vi. Amor. Eso reflejaban cuando hablaba de mi padre.

Solté una risita con sorna y negué levemente con la cabeza.

Ya no podía creerle.

No era un tema en el que fuera experta, estaba muy lejos de eso. No obstante, sabía reconocer a una persona enamorada y cuando se está en ese estado sobrenatural se defiende todo lo que el otro hace, muchas veces hasta lo imperdonable.

—Tus palabras no tienen ningún valor, mamá —dije al fin y ella frunció el ceño

—. Lo sigues queriendo, se te nota. No entiendo cómo a pesar de todo puedes seguir enamorada de un hombre que nos dejó y…

12

—No importa lo que yo sienta. Creo que todos nos merecemos que nos escuchen. No te pido que lo perdones, ni que lo quieras. Tampoco te pido que lo dejes entrar en tu vida. Solo que no lo odies y escuches lo que tiene para decirte.

—No lo odio, mamá. El odio es un sentimiento demasiado fuerte para sentirlo por alguien que no conoces y yo a Ryan no lo conozco.

—Con más razón, entonces. Si lo ves como a un desconocido, escúchalo y luego toma una decisión.

Tardé un tiempo en considerarlo. No es que tuviera miedo de verlo, sino que tenía miedo de creerle. De querer perdonarlo. Era mi padre después de todo. Me aterraba que su razón para dejarme fuera buena o tuviera sentido.

Más tarde entendería que todos esos miedos se convertirían en realidad. En ese momento solo atiné a decir:

—No iré. Fin de la discusión.

Me encerré en mi cuarto por el resto del día y no pude evitar dormir. Mi madre no intentó sacarme de allí porque sabía que quería estar sola.

Necesitaba pensar, pero no podía hacerlo con los recuerdos de mi infancia abarrotándose en mi mente.

No recordaba mucho acerca de mi padre, tal vez inconscientemente me esforzaba por olvidarlo, y me irritaba el hecho de que lo que sí recordaba fuera tan positivo.

Podía vernos jugando en el parque, yendo al cine o de vacaciones.

Recordaba abrazos y risas, juegos y hasta frases. Pero el recuerdo del que no me podía desprender era la primera vez que me llamó Peach.

Era un día de invierno y habíamos ido a un restaurante a comer pastas. Mi madre, como siempre, me había abrigado más de la cuenta. Así que cuando ya llevábamos como una hora en el lugar bien calefaccionado, mi padre comenzó a reírse sin parar. Dijo que mis mejillas estaban teñidas de un tono entre rojizo y anaranjado y, por la forma de mi rostro y mis prominentes pómulos, parecía un durazno.

Como no le sonaba bien decirme “duraznito”, nombró la palabra en todos los idiomas que conocía: francés, pêche, descartado. Alemán, pfirsich, más descartado aún. Ruso, персик, realmente impronunciable. Así que se decidió por el inglés, peach.

De ahí en más, todos en la familia comenzaron a llamarme de ese modo.

Hasta que él se fue.

Cuando mi madre se dio cuenta de que ese apodo disparaba mi agresión, le prohibió a todos usarlo. Y hasta el día de hoy no había notado cuánto me afectaba.

13

Eso no fue lo único que hizo de este día uno de los peores de mi vida.

Cuando bajé a buscar un vaso de agua a la cocina, miré mi teléfono. Tres llamadas perdidas de un número desconocido. Pensé que sería mi padre, que de alguna manera había conseguido mi número y llamé con intención de comunicarle que no me interesaba saber nada de él, pero cuando escuché la voz angustiada de la madre de Bria del otro lado mi corazón se congeló.

Mi madre entró en la cocina y vio cómo mi rostro se volvía serio. Me hizo un gesto, preguntando qué había pasado, aunque las palabras no parecían poder dejar mis labios.

—N-no —le respondí a la madre de Bria mientras sostenía mi teléfono con fuerza, rezando que todo fuera una pesadilla—. No está conmigo. No la veo desde esta mañana, en la cafetería de la universidad.

La preocupación de la mujer se sintió como una puñalada directo al corazón. Me dijo que nadie había sabido de ella desde que salió de la universidad al mediodía y que su teléfono estaba apagado. Ya había llamado a todos sus amigos. Me preguntó si se me ocurría dónde podía estar, pero estaba tan confundida que no podía pensar con claridad.

Mi madre se acercó para sostenerme por los hombros, mi cuerpo ya estaba temblando.

—¿Lo reportaron a la policía? —alcancé a preguntar.

—No —me respondió—. Nos dijeron que deben pasar 24 horas para poder hacerlo.

Claro, la policía y sus reglas de mierda.

Intenté mantener la compostura. Le dije que llamaría a todos los que conocía y que me uniría a ellos si salían a buscarla. Una vez que corté el teléfono, rompí en llanto como si tuviera la confirmación de que algo terrible había pasado.

Bria había sido mi mejor amiga desde los siete años y éramos inseparables.

Ella era todo lo que yo no: sociable, amable y divertida. Le gustaba salir a fiestas, emborracharse, bailar y siempre, siempre tenía una sonrisa en el rostro.

Simplemente amaba la vida.

Ella me había salvado. Fue la única que había estado ahí cuando mi padre se fue; la única que me entendió y aceptó mis cambios, mis problemas. Y

aunque sé que no le gustaba mucho que tuviera esa clase de episodios en público, sabía que no podía controlarlos y nunca iba a dejar de ser mi amiga por eso. Estaba segura por la cantidad de veces que había intentado alejarla y ella se resistió.

14

Sin duda, no se podía haber ido por su cuenta y pensar que alguien pudiera haberle hecho algo me helaba la sangre. No era típico de ella salir sola y menos tener el celular apagado. Vivía para las redes sociales, así que siempre llevaba un cargador normal y otro portátil en su cartera, solo por si acaso.

Me sentí rara al anhelar que su desaparición fuera como todas las otras y Bria apareciera sana y salva. Aunque sentía que las apariciones eran tan raras como las desapariciones.

Estuvimos buscándola toda la noche. Fuimos a los lugares que frecuentaba, hicimos millones de llamadas y le preguntamos a todas las personas con las que nos cruzábamos en la calle. Nadie la había visto.

Se había esfumado de la faz de la Tierra.