Prisma
Capítulo 3
Mi madre también ayudó en la búsqueda y me llamó la atención que repitiera incansablemente: “Tranquila, va a aparecer. Te juro que va a aparecer”.
No dormí nada esa noche. Llegamos a casa alrededor de las nueve de la mañana y mi madre se fue a dormir. Yo sabía que no iba a poder pegar un ojo así que me senté a ver el noticiero con un café. Estaban hablando de una señora que había desaparecido y después había aparecido dos semanas atrás. El titular decía:
“Sobrevivió a la caída de un décimo piso”.
—¿De un décimo piso? —susurré para mis adentros con incredibilidad cuando escuché que me había llegado un mensaje. Me apresuré a agarrar el teléfono por si era la madre de Bria, pero había un mensaje de un número desconocido.
Si no vienes por mí, hazlo por Bria.
(Simbure 1800)
Ryan
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Capítulo 3
Miré de nuevo a la dirección en mi teléfono y levanté la vista hacia el gran galpón gris frente a mí. Sin duda esta era la dirección. ¿Es que Ryan se había equivocado? ¿Por qué me citaría en una fábrica abandonada?
Ya me estaba arrepintiendo de esto, pero solo venía por Bria. Si cabía la posibilidad de que mi padre supiera dónde estaba, no la iba a desperdiciar.
Solté un gran suspiro y me encaminé hacia lo que parecía ser un portón corredizo. Supuse que era la entrada. Agarré la manija oxidada y tiré hacia la derecha con fuerza. Un fuerte crujido me indicó que probablemente esa puerta no se abría desde el 1800. Y por lo que encontré dentro, no me equivocaba.
Estaba rodeada de máquinas oxidadas, algunas tapadas con sábanas que alguna vez fueron blancas, y mucho, pero mucho polvo. Mientras avanzaba, mis pisadas se marcaban en el mugroso suelo y el olor a gasolina penetraba cada vez más en mis fosas nasales.
La oscuridad y el secretismo del lugar hizo que me sintiera dentro de una película de suspenso: la bella protagonista entrando sola a una fábrica abandonada sin ninguna clase de protección y, para sumar al paralelismo o quizá solo para meterme en personaje, cometí el acto más cliché de ese tipo de películas cuando exclamé el nombre de mi padre.
Sí. Oficialmente era la protagonista sin cerebro de una película de suspenso.
Como nadie contestaba, seguí avanzando hasta el final de la fábrica, donde había una puerta que supuse que llevaba a lo que antes eran las oficinas.
Parecía más nueva y, al abrirla, no escuché un chirrido como el que había hecho el portón, lo que me dio el indicio de que quizá había sido instalada mucho después del cierre de la fábrica.
—¿Ryan? ¿Estás aquí?
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Caminé hacia uno de los escritorios y de repente sentí algo moverse detrás de mí y una mano se apoyó en mi hombro derecho.
Sin entrar en pánico, agarré la mano del desconocido con ambas manos y la retorcí hacia la derecha mientras giraba mi cuerpo. Antes de hacer contacto visual con el chico de cabello rubio, mi antebrazo ya presionaba con fuerza su nuez de Adán.
—¿Quién eres? ¿Dónde está Ryan? —escupí.
Vi cómo el chico se retorcía y señalaba su garganta, de la que solo salían sonidos guturales. Lo miré por un segundo. Sus manos intentaban librarse de mi agarre mientras continuaba haciendo gestos, pero pese a tener una gran contextura física, no había intentado hacerme daño para escapar.
No iba a hacerlo, solo estaba queriendo hablar. Por eso lo solté.
El chico estaba todavía recuperando el aire cuando lo increpé:
—Habla. ¿Quién eres y dónde está Ryan?
Él curvó sus labios en una media sonrisa mientras se masajeaba la garganta.
—¡Mierda! En serio eres su hija —exclamó antes de incorporarse—. Luke Rivers, trabajo para tu padre.
Extendió la mano, pero me negué a tomarla. No iba a fraternizar con un desconocido.
—Y tan desconfiada como tu padre. —Chasqueó la lengua con disgusto y me dio la espalda, indicándome que lo siguiera. Me aseguré de que no hubiera otra persona en el lugar y fui tras él.
Entramos en una de las oficinas de la fábrica. Todo estaba desprolijo y desordenado. Había papeles y carpetas tiradas. Las sillas estaban salidas de su eje y los estantes llenos de polvo habían cedido ante el peso que soportaban.
Luke me hizo una seña para que me sentara mientras esperábamos a que el señor robusto con barba detrás de uno de los escritorios terminara de hablar por teléfono.
Decidí quedarme parada. No pensaba estar ahí por mucho tiempo.
Cuando se volteó y notó nuestra presencia, sostuvo el dedo índice en el aire indicando que esperáramos un segundo a que terminara la llamada.
Lo único que me faltaba. Me cita luego de cinco años y ni siquiera puede colgar el teléfono cuando llego. Volví a mirar a Luke molesta, pero él estaba atento a la pantalla de su celular. Tenía el cabello rubio con un corte típico adolescente, más largo arriba y más corto a los lados. Su rostro era cuadrado y sus facciones firmes.
Sin embargo, sus cándidos ojos contrastaban toda la rudeza de sus facciones 17
haciéndolo parecer inocente y joven, lo que me dificultaba determinar bien su edad.
Su figura era delgada pero tonificada y la camisa ceñida que llevaba puesta demostraba que se ejercitaba, aunque solo lo suficiente.
Aparté la mirada antes de que notara que lo inspeccionaba justo cuando se escuchó el ruido del celular de mi padre apoyándose contra el escritorio.
Cuando me dijo que me sentara, me crucé de brazos y lo miré fijo sin mover un músculo. Entonces, rindiéndose ante la situación, evaluó mi rostro con precisión, quizá intentando entender qué clase de sentimientos tenía hacia él en ese momento.
La respuesta: ninguno.
—¿Qué sabes de Bria? —Mi padre cruzó miradas con el chico a mis espaldas, pero no dijo nada—. ¿Y bien? ¿Cinco años y no vas a dignarte a dirigirme la palabra?
Para mi sorpresa, mi padre sonrió.
—¿Cómo estás, hija? ¿Cómo va la universidad?
No pude determinar si su tono era sincero o irónico.
—¿Es broma, no? Sabía que no debía venir. —Me di la vuelta para irme, pero el rubio bloqueó la salida con los brazos cruzados—. Te conviene moverte si no quieres que desfigure tu linda carita.
Él sonrió, pero no se movió.
—Hija… esto también es difícil para mí —escuché decir a mi padre a mis espaldas.
Me giré con una ceja levantada.
—¿Difícil para ti? Yo soy a quien dejaste tirada cinco años. Solo vine para saber qué información tienes sobre la desaparición de Bria.
—Te tengo que explicar muchas cosas para que entiendas lo de Bria. Por favor, siéntate y escucha lo que tengo que decir. Luego, si quieres te vas y no tienes por qué volver a cruzarte conmigo.
Mi corazón latía con rapidez mientras mis ojos se posaban en la mirada cansada y triste del hombre frente a mí. Era una versión demacrada y avejentada del hombre que solía conocer. Había engordado un poco. Las arrugas alrededor de sus ojos y su cabello salpicado de canas delataban el paso del tiempo. Parecía abatido y casi sentí lástima por él.
—Por favor… —suplicó señalando la silla. Me senté de mala gana. Él tomo aire antes de comenzar a hablar—: Todos estos años he estado trabajando en un proyecto muy importante.
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Hizo una pausa pero no dijo nada más, como si esa oración bastara para explicar su ausencia. Abrí los ojos impaciente pero él seguía sin continuar con la historia.
Parecía no saber cómo seguir.
—¡Ay, claro! Perdóname. No sabía que estabas con trabajo —dije sarcástica y antes de que pudiera comenzar a hablar seguí—: ¡No me malentiendas, eh! Es una muy buena excusa, créeme. Quizá le agregaría algo más, como que… no sé… te mandaron a Arabia Saudita para una misión y fuiste secuestrado por un jeque árabe.
Mi sarcasmo hizo que el empleado de mi padre soltara una pequeña carcajada.
Ryan le dedicó una mirada de advertencia.
—¿Qué? —se defendió el chico—. No me va a decir que no fue ocurrente.
Y con eso ya me caía un poco mejor. Mi padre suspiró cansado y se pasó la mano izquierda por el rostro con frustración.
—Alison, yo entiendo que me odies, pero solo…
—Ahí es donde te equivocas. El odio es una emoción muy fuerte como para sentirla por alguien que te es indiferente. No tengo ninguna clase de sentimiento hacia ti. Eres un desconocido para mí, Ryan.
Mi padre asintió con tristeza y miró hacia Luke con lo que parecía ser vergüenza.
—Este proyecto es muy importante a nivel mundial —continuó, ignorándome—, pero las cosas se han complicado mucho. La organización para la que trabajo no recluta agentes como…
—¿Ahora resulta que trabajas para la CIA o algo así? —dije soltando una risa irónica—. Creo que ya te pasaste con la mentira. Solo dime qué sabes de Bria.
Esta vez, el tono de mi padre fue de enojo cuando dijo:
—Si no vas a dejarme hablar, no podré…
—Jefe —interrumpió Luke—, creo que sería mejor que le muestre.
Sus ojos se movieron de Luke a mí, considerándolo. Luego de un momento asintió y se levantó de su silla. Sacó una especie de celular azul del bolsillo.
Era mucho más grande que su mano, pero no del tamaño de una tablet.
Mientras lo sostenía en el aire pude ver el símbolo que tenía grabado. Era una especie de triángulo que encerraba dos letras: DM.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a abrir una puerta secreta que lleve a un laboratorio en el subsuelo? —me burlé mientras mi padre ponía su huella digital en el aparato.
—Bueno, no un laboratorio exactamente, pero estuviste cerca —dijo Luke que ahora se encontraba a mi lado con los brazos todavía cruzados. Lo miré frunciendo 19
el ceño.
—¿Este niño trabaja para ti? —le dije a mi padre, señalando a Luke con el pulgar.
—Oye —dijo el rubio mientras Ryan seguía absorto en el aparato.
—Es uno de nuestros mejores agentes.
—¿En serio? ¡Qué bajo nivel! Lo reduje en menos de cinco segundos.
—Eso es porque tenía la orden de no atacarte —se defendió Luke.
Le dediqué una sonrisa de suficiencia.
—Sí... claro. Si te hace sentir mejor.
Escuché un estruendo que interrumpió nuestra conversación y vi a mi padre mirar hacia el suelo. Ladeé la cabeza porque el escritorio me obstruía la visión.
Donde antes había estado su silla ahora había un agujero cuadrado con una pequeña escalera que desaparecía en la oscuridad. Ryan descendió sin decir una palabra y yo miré a Luke desconcertada.
—Después de ti, princesa.
Ensayó una fingida reverencia que me hizo soltar un bufido antes de descender.
Cuando llegué abajo, crucé la puerta de acero que mi padre ya había abierto, supuse que con un código o con su huella digital, y descubrí que Luke tenía razón.
Había estado cerca.
No era un laboratorio, pero sí unas oficinas subterráneas. Las paredes eran de un gris oscuro y la mayoría estaba repleta de pantallas, láminas y paneles de control.
Había escritorios llenos de botones y computadoras, si es que podían llamarse así.
Los monitores parecían ser finas láminas transparentes y se podía ver a través de ellos. Las pantallas mostraban mapas de todos los rincones del mundo con puntos rojos titilantes y varias fotografías de personas. A algunas las reconocí por las noticias. Eran los desaparecidos.
Continué caminando mientras oía el ruido de alarmas, pitidos, llamadas y murmullos de conversaciones. Las personas que estaban trabajando eran casi todas mujeres perfectamente arregladas que ni notaron nuestra presencia. Mi atención se fijó en una de ellas. Su pelo negro azabache estaba recogido en una cola de caballo tirante, su tez era muy blanca y tenía los labios pintados de rojo. Llevaba puestos unos diminutos auriculares con un micrófono que reposaba sobre su mejilla derecha por donde daba órdenes en un tono cortante y, sin duda, aterrador.
—Ella es Brenda, la jefa de las reguladoras —susurró Luke en mi oído mientras seguíamos caminando detrás de mi padre.
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—¿Las reguladoras? —pregunté con confusión. Antes de que él pudiera contestar, mi padre se detuvo y le hizo señas a Luke para que se acercara.
Estaba frente a una mesa octagonal en el centro del lugar y deslizaba los dedos sobre la superficie. Cuando me acerqué, noté que, en realidad, era una gran pantalla. Observé cómo Ryan tocaba puntos, abría y cerraba
ventanas hasta que encontró una carpeta. Sostuvo sus dedos índice y pulgar juntos, y luego los separó rápido para abrirla.
La carpeta tenía mi nombre.
Tragué saliva y mi respiración se entrecortó. ¿Por qué tenían una carpeta con mi nombre en este lugar? ¿Qué clase de información contenía? ¿Qué sabían de mí?
¿Estarían al tanto del incidente? ¿Sabían lo que había hecho?
—Comencemos por el principio… —dijo mi padre mientras señalaba algo detrás de mí.
Giré y vi una silla de escritorio, que seguro había traído alguna de las mujeres que seguían trabajando como si no existiéramos. Apreté mis puños y traté de calmar mi corazón. Me aterraba lo que sea que mi padre fuera a decir.
—Comencé a trabajar en este proyecto antes de que nacieras. Todo parecía ir muy bien y estábamos casi llegando a nuestro objetivo cuando algo ocurrió y lo cambió todo. En ese momento tuve que desaparecer de tu vida y de la de tu madre.
Lo miré confundida ante su vaga explicación. Entonces miró a Luke, que solo se encogió de hombros. Parecía como si ninguno de los dos encontrara las palabras adecuadas.
—Hija, tú sabes que no somos los únicos en este mundo, ¿verdad? —dijo y no pude evitar soltar una carcajada.
—¿Me estás diciendo que trabajas en un proyecto de extraterrestres?
Mi padre parecía querer hablar, pero sus palabras no salían y realmente no entendía qué tenía que ver todo esto con Bria.
—Se llaman doppelgangers —escuché decir a Luke con seguridad.
—¡Luke! —lo regañó mi padre.