Réquiem
Prólogo
Gabriella Campbell & José Antonio Cotrina
Réquiem
Crónicas del Fin - 5
ePub r1.0
Titivillus 02.10.2020
Gabriella Campbell & José Antonio Cotrina, 2018
Ilustración portada: Libertad Delgado
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
PRÓLOGO
El verdadero dios está en el fuego.
A Absalón le costó mucho aprender esa verdad.
Siempre ha creído en algo. Cualquier dios es mejor que la soledad del hombre. Incluso el dios que vive entre los demonios y la destrucción. Cualquier dios es mejor que ninguno. Pero el dios antiguo, el dios de los cruzados (el dios de los tiempos en que los leviatanes no eran más que sombras lejanas en las pesadillas de los dementes) no es el dios que Absalón pensaba, el dios que necesita. No. Ahora, su único señor está en las llamas.
El poblado arde y sus habitantes mueren bajo las armas de los cruzados. La matanza se podría haber evitado, pero lo que Absalón desea y lo que sucede rara vez coinciden. En cuanto comprendió que aquella gente — indignos y harapientos— no colaboraría, supo que este final era inevitable. Lo que ocurre ahora —la destrucción, el horror— es culpa de ellos, no suya, es culpa de un hatajo de infieles sin sentido común. ¿No veían que solo hacía falta un roce, una tensión mínima para que la llama, nunca mejor dicho, prendiera?
Alza la mirada y contempla los muros lejanos de Testamento. Este poblado debe de estar bajo la protección del duque Rocal.
Absalón sonríe. Duques y barones dominan los bastiones, la aristocracia degenerada de un mundo moribundo. Títulos que ya no significan nada. Ninguno de ellos ha osado investirse de la dignidad máxima, ninguno de ellos se ha proclamado rey, porque todos saben que los únicos reyes de esta tierra devastada son los que moran en las alturas.
Un hombre suplica clemencia y recibe una hoja de sierra en la garganta, una bendición de acero.
Absalón disculpa a los suyos. Su agrupación —su misterio— lleva muchos días de marcha y el cansancio y las circunstancias han nublado su entendimiento. Ayer mismo el hermano Louie se derrumbó sobre el polvo del camino. Luego, al quitarle la coraza, descubrieron que un cuco de sangre se le había alojado en el pecho —probablemente mientras dormía— y lo había devorado desde dentro, anestesiándolo mientras escarbaba en busca de su corazón. El cuco era bello: un ave con plumas venosas y pico dorado. Absalón pensó que era un buen modo de morir, sin saberlo, devorado desde dentro por un pájaro imposible.
«¿Cómo te gustaría que fuera tu final?», le preguntaron hacía ya tiempo, apenas ordenado novicio.
No lo pensó mucho.
«En la batalla. Sirviendo a Dios».
Eso también ha cambiado. El poblado arde y sus habitantes mueren. Apenas tienen armas: se defienden mal con azadas y rastrillos, con cuchillos y alguna que otra espada oxidada. No es una batalla, es una masacre.
Contempla un campo de flores naranjas que se consume con rapidez, pasto del fuego. Las flores se agitan, parecen gritar entre las llamas. Uno de los habitantes del asentamiento entra en su campo de visión, retrocede a trompicones; los brazos que tapan su vientre se llenan de sangre. El hermano Saúl avanza un paso y le hunde el filo de la espada a la altura del cráneo, en un tajo violento que resuena como un hachazo a un árbol. Intentan reservar las armas de fuego. Las balas y las granadas, así como los lanzaensalmos, son para defenderse de los engendros de los leviatanes. Contra estos desdichados, sus espadas bien afiladas y su pericia deberían de ser suficientes.
Absalón no participa en la lucha. Prefiere observar el caos como quien lee un libro. Hay poesía en la destrucción: sucia y grotesca, pero a la vez pura, desprovista de los artificios y las capas del raciocinio que los débiles inventan para proteger sus mentes. Esta poesía siempre lo ha seducido, como si en el código secreto del brazo que mata y el corazón que muere hubiera una pista importante de un enigma en apariencia irresoluble.
La hermana Caridad demuele el rostro de un adolescente. Los anillos que adornan sus nudillos están repletos de filos. El sonido de los golpes tiene una musicalidad curiosa, una percusión atractiva. La escena complace a Absalón de una manera casi lasciva. Caridad no es una mujer agraciada, pero en la gloria de la batalla y el resplandor de la destrucción es la mujer más hermosa de todas. Es el fuego. El fuego lo embellece todo.
Absalón se acaricia la mejilla. El relieve de la cruz le trae al recuerdo el momento en que el hermano Daniel se la grabó en la carne con un hierro al rojo.
«¡Servirás a Dios sobre todas las cosas! —gritó, mientras él se doblaba por el dolor—. ¡Tu vida le pertenece! ¡Su voluntad es la tuya! ¡Su lucha es la tuya! ¡No te desviarás de su camino!».
Han pasado quince años desde entonces. Si sus hermanos conocieran sus dudas de fe, lo castrarían y lo enterrarían en arena viva, donde cada grano se alimentaría de su carne durante días. Nada de lo que hacen tiene sentido. «El objetivo es inalcanzable», piensa. Alza la vista hacia el leviatán que flota sobre él. Sus dimensiones doblan el cielo, lo comban, hasta el horizonte parece una muesca. No hay lanza capaz de atravesar aquel engendro, no hay modo de derribarlo. No hay victoria posible. ¿Por qué lo hacen entonces? ¿Por qué insisten? Porque rendirse no es una opción. Están inmersos en una huida desesperada hacia delante. «Morir matando», como diría su padre, aquel hombre granítico, con su propia cruz grabada en la cara.
El hermano Crimea sisea a su lado y Absalón lo mira. Crimea es un mártir, un estúpido que ha entregado su vida a la causa del modo más aberrante, como tantos otros antes de él. Lo rodean sogas vivas, escamosas, terminadas en cabezas triangulares, sin ojos, que clavan sus colmillos en la carne del cruzado. Se alimentan de su sangre mientras le inyectan veneno. Crimea está ahora en comunión con el demonio que lo devora. Es él quien los ha guiado hasta aquel poblado. Es a él a quien siguen. ¿En qué los convierte eso?
El dios de los hombres ya no existe. Y si existe, no puede ayudar. El verdadero dios está en las llamas. Su palabra es humo y su legado, cenizas.
El hermano Crimea vuelve a sisear. Sus facultades mentales han cambiado en contacto con el demonio. Hay un enlace entre ambos y este crecerá cuanto más se acerque Crimea a la muerte. Solo hay que ver su rostro agrietado y sus ojos hinchados, a punto de escapar de sus cuencas, para saber que su fin llegará pronto.
—Ella —indica Crimea con una voz que no es voz, sino cieno que resbala por su garganta.
Absalón mira en la misma dirección que su compañero justo en el momento en que se oyen los disparos. Alguien ha desobedecido la orden de no usar armas de fuego. Quizá no ha tenido elección. A veces sucede.
No. No es eso. Una mujer del poblado ha degollado a uno de los cruzados, lo ha desarmado y ha descargado el arma contra otro hermano. Esta mujer también caerá, aunque su filo sea mejor que el de los demás. Todos caen, todos mueren. Varios hombres intentan reducirla. Ella rueda por el suelo y clava su espada en el estómago del hermano Carolingio y, después, con un movimiento rápido, corta los tobillos de la hermana Beatriz, que cae al suelo entre gritos incrédulos.
La mujer del poblado se mueve con una agilidad admirable.
—El prodigio —murmura Crimea, sin apartar la vista de la rebelde, que corre a cubrirse tras una de las pocas estructuras que no está en llamas—. Ella ha estado en contacto con el prodigio.
En Hamistagán, el sanctasanctórum de los cruzados, tienen un pozo repleto de culebras. De cuando en cuando hacen bajar allí a un hombre o a una mujer. A veces es por su propia voluntad, otras por la voluntad de ese mismo dios en que Absalón ha dejado de creer. Casi siempre extraen cadáveres del pozo, pero hay ocasiones en las que algún elegido trasciende de su humanidad, contaminado por la oscuridad de los demonios. Entonces se convierte en oráculo, en profeta, en sibila… El futuro, el presente y el pasado se entremezclan en su mente y le confieren una sabiduría que colinda con la demencia: le otorgan el don de encontrar maravillas. Hace medio año el hermano Josué los guio hasta un monstruo que agonizaba y cuya carne ahora se pudre en las profundidades de Hamistagán. De ella extraen la esencia con la que depuran sus ensalmos. Hace tres meses la hermana Matilde los guio hasta un esqueleto de cristal. Si miras a través del calidoscopio que forma el vidrio, se ven otros mundos, mundos arrasados, mundos en ruinas.
Hace dos semanas Crimea emergió del pozo con una sonrisa en los labios y fuego en la mirada. Les prometió un nuevo monstruo, un nuevo prodigio, algo nunca visto. Algo que les daría las llaves del cielo. Esa búsqueda los ha conducido hasta aquí, hasta este poblado en las cercanías de Testamento.
—Esto no tiene sentido, aquí no encontraremos nada —recuerda que dijo el hermano Louie, que ya llevaba el cuco de sangre en el pecho, aunque nadie lo sabía—. No hay monstruos tan cerca de Testamento. No pueden acercarse.
—Este monstruo no tiene forma de monstruo —dijo Crimea. Sonrió con una sonrisa que oscilaba entre lo enigmático y lo idiota—. Este monstruo viste forma de hombre.
—¿De qué hablas? —preguntó Absalón—. ¿Forma de hombre? ¿Se camufla, acaso?
La sonrisa de Crimea se convirtió en una carcajada babosa.
En el presente, la mujer sigue luchando.
Absalón se adelanta y desenfunda su lanzaensalmos. Si tiene información sobre la identidad y el paradero del prodigio, la necesitan con vida, al menos durante un rato. Carga un ensalmo inmovilizador y abre fuego. El hechizo falla y se convierte en un torrente de luz inocua que tiñe de zafiro el incendio. Parásitos de magia bailan alrededor del cabello de la mujer, forman círculos concéntricos sobre su cabeza, como un halo. Absalón carga un segundo ensalmo y dispara otra vez: el sortilegio vuelve a quedar en nada, solo es un chispeo, un rebullir de estrellas azuladas. El tercer y el cuarto disparo también se pierden, ineficaces nada más salir del arma, que cada vez está más caliente. Absalón no entiende lo que ocurre. Nunca le han fallado tantos ensalmos seguidos. Carga otro, casi sin prestar atención, aprieta el gatillo y en esta ocasión el sortilegio alcanza a su objetivo. El lanzaensalmos quema tanto que lo arroja lejos.
La mujer grita, da unos pasos, dispara al vacío y cae al suelo. Sus piernas se derriten, sus brazos también, como si fueran de cera. La sangre y la tierra se entremezclan. Cuando llega a su altura es un torso y una cabeza que jadea. Absalón sigue sin entender: el hechizo ha vuelto a fallar, ese no tendría que haber sido su efecto. No tiene tiempo de interrogarse al respecto. La mujer pronto morirá.
—Buscamos a un ser que no es de este mundo —le dice. ¿Para qué más explicaciones?—. Tú sabes dónde está. Dínoslo y tu muerte será más rápida.
—Hiede a prodigio, Absalón —susurra Crimea. Baba azulada resbala por su mentón. Le sangran las encías, teñidas de índigo—. Sus pieles se han tocado. Sus sombras se entrelazan.
—Pudríos, malnacidos —dice ella a duras penas. Casi no puede respirar. Los parásitos se vuelven dorados, se burlan de Absalón cubriendo de luz beatífica a la mujer moribunda. Parece una santa en la cúspide del martirio. ¿Y en qué lo convierte eso a él?
La mujer no tarda en fallecer.
Absalón se incorpora y mira alrededor. Se pregunta si podrá sacar alguna información de los pocos que quedan con vida o si aquel viaje habrá sido una pérdida total de tiempo.
Crimea olfatea, muy erguido. Sus venteos suenan de manera grotesca, como si el aire tuviera que atravesar capas y capas de moco para adentrarse en sus fosas nasales. Alguien grita. Quizá una flor, quizá un hombre.
Crimea echa a andar y se tambalea. Tras dar unos pasos y dejar atrás el poblado en llamas, el brazo derecho del cruzado se desprende de su torso y cae al suelo. Queda ahí, como una criatura viva, agitando los dedos y remueve la tierra sucia. Crimea sigue caminando, con Absalón tras él. No van muy lejos. Hay un río estrecho de aguas turbias cerca del poblado y Crimea se detiene en una de sus curvas. Se inclina y olisquea el terreno, acaricia la orilla con la mano que le queda. Largos peces hechos de filamentos y nudos aguamarina huyen de él. Su nariz raspa el suelo, se llena de tierra mojada. Dos hermanos más los acompañan, intrigados.
—Aquí. Aquí —dice—. Cavad aquí.
Los hermanos cavan usando el filo de sus bayonetas. Alguien aparece con una pala ensangrentada. La tierra cede, parece ansiosa por revelar sus secretos. Hay algo enterrado allí. Algo no demasiado grande, no mayor que un recién nacido. Con esfuerzo, consiguen despegar las sábanas medio deshechas que lo envuelven. Es repugnante: más que un bebé es una imitación burda, dibujada por alguien a quien le han contado cómo sería el feto de un demonio. ¿Es un cadáver reciente? Debería de estar podrido: las sábanas lo están. Tiene dos puñaladas en el pecho y la cabeza hendida, medio abierta; grumos de materia encefálica se asoman a la brecha.
No está muerta. La criatura no está muerta. Se remueve de pronto en su tumba. Abre los ojos y un residuo viscoso le fluye de los párpados. Toma aire como si fuera a llorar y muestra los dientes, grandes, casi negros, afilados.
Solo un susurro escapa de la grieta que es su boca.
—¿Esto es lo que hemos venido a buscar? —pregunta Absalón, asqueado.
Crimea responde y su voz es menos suya que nunca:
—No —dice la bestia del pozo, a través de su boca. Las serpientes se remueven, silabean, parecen hablar entre ellas—. Hemos llegado tarde. Él no está. Se ha ido.
Pero ha dejado atrás a su hijo.