Réquiem

Gabriella Campbell · Capítulo 3 de 11

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Réquiem

Dos

 

El altar ya no era un altar. Era una composición flotante, un cuadro aéreo de esquirlas de mármol y granito. Como si hubiera reventado desde dentro, volaba en pedazos, se movía en espiral alrededor de la tormenta. «No», pensó Gale; no volaba alrededor: ahora formaba parte de la tempestad. La cruz del fondo tampoco era ya una cruz: un sinfín de astillas encarnadas atravesaban el cuerpo doble de sombra y relámpago.

Las alas tenebrosas de la tormenta se extendían a ambos flancos del escenario, como si quisieran abrazar a todos los presentes. Bajo ellas, la canción sin palabras continuaba, atronadora.

—¡Gale! —gritó Décima a su lado. Tiró de su brazo con violencia, pero él apenas lo notó. No podía moverse. Quedó inmóvil, hipnotizado por la criatura que se desplegaba a la cabecera del pabellón. Los relámpagos se unían en los ojos negros y brillantes de aquel ser, le daban una hechura móvil y rutilante. Vetas blancas destelleaban en el iris pardo del ojo izquierdo. El cuerpo que había vestido el monstruo, ese cuerpo de aspecto inocente, era ahora un ovillo en el suelo, un pellejo apagado mezclado con sus ropas, como si la piel no fuera más que otra prenda.

Una sola palabra retumbaba en la mente trastornada de Gale: hermano, hermano, hermano. La palabra bailaba, rebotaba en las paredes y se perdía entre los pedazos del altar, giraba con ellos y regresaba de vuelta a su cabeza. Sintió una tensión agarrotadora, como si alguien tirase de la piel de su rostro y la atase en su nuca. No sabía si mostraba una sonrisa enorme, demente, o la circunferencia gigante de un grito silencioso. No escuchaba nada más que el canto abisal de la congregación y aquella palabra insistente: hermano.

Poco a poco otra palabra fue colándose en su conciencia. Era lejana, pero cada vez estaba más cerca, cada vez más alta:

—¡Gale! ¡Gale! ¡Gale! ¡Gale! ¡Vámonos, Gale!

Un nuevo tirón de Décima lo desestabilizó y casi cayó al suelo. Le pareció escuchar otro ruido alejado, como escondido tras una pared o metido en una caja: el ladrido de un perro. Winston estaba a su lado, lo protegía con su lomo alargado de galgo, el pelaje erizado y los colmillos desnudos. Otro tirón lo movió de nuevo y Winston se movió con él. Se giró y vio a Décima, lanzaensalmos en mano, y a Angie, que temblaba con expresión desencajada. A apenas unos metros, Bianca se abría paso con un filo largo en una mano y una pistola corta en la otra. La concurrencia cedía, sin oponer resistencia. Todos se mecían, cantaban, y su atención se dividía entre la tormenta y Gale. La mujer del arpa, en su esquina, continuaba tocando su instrumento, medio oculta entre las sombras. Una esquirla del altar se le había clavado en el ojo izquierdo: lloraba sangre.

Décima gritó de nuevo y volvió a tirar de él sin contemplaciones. Gale se dejó arrastrar, sin dejar de mirar hacia el escenario. No podía apartar la vista de la tormenta, que continuaba creciendo, abriéndose. Los ladridos de Winston sonaban cada vez más alto.

«Hermano. Hermano».

¿Lo habían oído los demás o aquella aberración hablaba directamente en su cabeza?

«Hola, hermano».

Como una ráfaga, le llegó una imagen de su infancia. Margo y él, cavando con las manos en la huerta diminuta de sus padres. Buscaban tesoros, reliquias del pasado, en ocasiones encontraban monedas, tuercas, anillos… Una vez encontraron una mano esquelética e inventaron historias fantásticas sobre su dueño; el Gale de su pasado examinó su entorno, vio a sus padres a través de la ventana de la casa diminuta que compartían. Un padre. Una madre. Ambos lo miraban, con preocupación en el rostro.

Ningún hermano, en ningún lugar de su memoria.

Pensó en la expresión desasosegada de sus padres. ¿Había vuelto a hacer algo raro, algo que no debía? Era tan difícil recordar su vida antes del búnker… ¿Hacía cosas extrañas? Giró la imagen del recuerdo para ver a Margo, para contemplar su cara satisfecha, su cara sonrosada y regordeta. La imagen se desvaneció y vio a Décima a su lado, tirándole del brazo.

La mujer alzó el lanzaensalmos que empuñaba en la otra mano y disparó hacia la oscuridad. Una lanzada de plata ardiente salió del cañón, pero antes de atravesar la bruma negra se disipó, inofensiva.

Winston se detuvo, erizado, sin apartar la vista de las sombras crecientes. Parecía a un segundo de cargar contra ellas.

—¡Angie, coge al perro! —gritó Décima.

El chico araña, más cercano al galgo, agarró a Winston por el arnés. Este, agitado, sin distinguir adversarios, se abalanzó sobre él con los dientes al descubierto. Angie retiró el brazo con un grito, un rugido correoso y agudo. Justo antes de morder, Winston se detuvo, consciente de su error, pero eso no evitó que Angie, en un gesto instintivo, le mostrara a su vez los dientes. Gale pudo ver que sobre la dentadura humana de Angie asomaba otra hilera de colmillos, pequeños y afilados, que emergían como tumbas torcidas de una masa de encías negras. Angie volvió en sí de inmediato, abrazó a Winston con cuidado y este se dejó llevar.

Con Bianca a la cabeza, atravesaron el pasillo sin encontrar resistencia. Desde las bancadas, los habitantes de Arca empuñaban sus armas, pero seguían sonriendo, como si lo que estaba ocurriendo fuera normal, cotidiano. Tras ellos, la tormenta crepitaba y crecía sobre el escenario.

Durante unos instantes, Gale pensó que les permitirían escapar.

Ante la puerta los esperaba un grupo de hombres vestidos de gris. Gale echó un vistazo atrás y vio que parte de la congregación se aproximaba hacia ellos: los rodeaban.

—No podemos permitir que os vayáis —anunció Lucía. Apareció entre sus compañeros con su voz de miel y su sonrisa de azúcar—. No durará mucho y luego todo será mejor. Creednos: es la voluntad de Dios.

Décima la golpeó en pleno rostro con la empuñadura de su lanzaensalmos. Fue un golpe duro, contundente, que hizo que cayera como si acabara de fulminarla un rayo. Décima encañonó al grupo que se interponía entre la puerta y ellos.

—¡Apartaos! —les ordenó. Gale contuvo la respiración.

El gentío, indiferente, se cerró a su alrededor. Sus armas parecían a un segundo de cernirse sobre ellos. No había escapatoria. Gale se volvió, una vez más, hacia el horror a su espalda. Ya rebosaba: sus alas de tiniebla eclipsaban el techo y la tarima tras él. Se fijó en las marcas de su ojo izquierdo. No las recordaba de su primer encuentro en la Mordisco. Allí no tenía esa herida, esa cicatriz. Pensó en el segundo encuentro, entre la ceniza, donde se había estrellado la nave. Recordó su carrera hacia el cañón, el disparo que nunca debió ocurrir… Lo había herido, había conseguido herirlo. ¿Por eso no había aparecido hasta entonces? ¿Aquella cosa había estado recuperándose?

Décima lo soltó, desenfundó uno de sus pistolones y disparó sobre los hombres que les cerraban el paso. Bianca saltó hacia delante espada en mano. Alguien tiró de Gale: brazos que lo sujetaban, manos que lo aferraban y le obligaban a girarse. Entrevió el destello de las armas blancas. Winston mordía a alguien. Angie se retorcía, aterrado. Sonó un nuevo disparo de Décima. Un cuchillo se hundió en blando.

Los hombres de gris lo empujaron hacia delante, hacia la oscuridad, como quien ofrece un sacrificio. Él se revolvió con violencia, pero poco pudo hacer para resistirse. Quedó frente a la tormenta. Solo entonces lo soltaron.

«He muerto y he resucitado», pensó, hipnotizado por la presencia que rebosaba en el pabellón.

Dio un paso por su propia voluntad hacia las tinieblas. Apretó el puño izquierdo y la garra.

«¿Quién soy? ¿Qué soy?».

Dos pasos más. Tres. La garra palpitaba, como si reconociera a su enemigo.

—¡¿Qué quieres de mí?! —gritó. Y justo en ese momento sus pies dejaron de estar en contacto con el suelo y se alzaron en el aire. La tempestad centelleante lo envolvió. La oscuridad lo acarició, lo lamió. La oscuridad lo abrazaba.

—Hermano —murmuró la tormenta—. Hermano…

Gale perdió el control de su cuerpo, zarandeado por el huracán. Apretó los dientes. ¿Qué buscaba aquel horror? Gale no era nada. No era especial. No…

Sintió como el viento se colaba entre sus labios e inflaba sus mejillas, como si se riera de él. Era especial. ¡Sí, lo era! Su garra palpitó con más fuerza, como si quisiera dejárselo claro. Todo esto era por él.

—¡¿Quién soy?! —aulló, ya no con desespero, sino con furia.

La oscuridad se cerró a su alrededor. Y en aquella negrura absoluta captó destellos de pensamientos, algunos inaprensibles, galimatías sin sentido, y retazos de visiones que se desvanecían en cuanto intentaba fijar su atención en ellos. Había una historia allí, una respuesta. La tormenta estaba viva… ¡No! La tormenta estaba hecha de otras vidas.

Varios rostros lo contemplaban desde las sombras, inmersos en ellas. Estaba rodeado de fantasmas. Entrevió la silueta de una mujer, un jirón de niebla blanquecina. Vio a un bebé monstruoso: su rostro, a excepción de dos ojos diminutos, era todo boca, y la parte inferior de su cuerpo, acabada en una cola en espiral, parecía más de gusano que humana. Vio a un joven pálido aovillado: de cada una de las vértebras de su espalda emergía una larga espina curva. Vio huesos que flotaban en las tinieblas, distinguió costillas, húmeros y fémures, todos extraños, todos deformes.

Aquellos fantasmas, aquellos huesos, pertenecían a las víctimas de la tempestad. Las había devorado, como pretendía devorar a Gale. Se revolvió, rabioso, pero apenas podía moverse dentro de su abrazo grotesco. Sintió una aspiración poderosa, una tirantez extraña adherida a su piel. ¿La tormenta lo estaba absorbiendo? ¿Era eso? ¿Se lo estaba comiendo? Cada poro parecía gritar por la presión, cada vena parecía a punto de estallar. ¿Para eso los habían conducido hasta allí? ¿Para devorarlo? Escuchaba gritos y ladridos, lejos, lejos, muy lejos. Gale no podía ayudar a sus amigos. Ni siquiera podía ayudarse a sí mismo.

Sí, claro que podía. Ya lo había hecho antes.

La tormenta era vulnerable. La había herido en el erial de ceniza. Podía volver a hacerlo, pero ¿cómo? No sabía qué había hecho la primera vez, no con exactitud. Solo se puso a los mandos del cañón lanzaensalmos y disparó porque no sabía que aquello era imposible.

«Puedo dañarlo —se repitió—. Lo hice una vez. Puedo hacerlo de nuevo».

Trató de moverse, trató de afianzarse con su mano humana a aquella oscuridad, pero no era más que niebla, una exhalación negra e intangible. La desesperación lo empujó a actuar. Atacó con su garra la membrana oscura y sintió como esta, ahora sí, la hendía y desgarraba. La oscuridad se replegó.

Gale se retiró y tomó impulso como pudo. Le llegó otra imagen diferente de Margo, tal y como la había visto la última vez. Estaba hinchada, gorda, tenía los brazos entrelazados sobre el vientre y lo miraba con lástima infinita.

Se lanzó contra la tormenta, desesperado.