Réquiem
Tres
Adra agitó la cabeza, como si intentara vaciarla. La desilusión parecía llenarla de bichos: insectos tristes, insectos ridículos, insectos hambrientos. Ahora que por fin había encontrado a Absalón, lo único que obtenía eran los disparates de un lunático. Parecía evidente que todo el raciocinio del primado se había quedado en la mitad de cerebro que le faltaba.
—Dices que el leviatán es mi padre. —Señaló hacia la lejanía, hacia la mole oscura del horizonte—. Eso de ahí, esa… cosa, ¿es mi padre? —Volvió a aferrar el lanzaensalmos—. El leviatán bajó de los cielos, adoptó forma humana, sedujo a mi madre y vivió con ella durante más de quince años. ¿Eso intentas decir?
—Un resumen acertado en su mayor parte —dijo el cruzado—. Pero no. El leviatán no se ha movido de donde está. Habría sido complicado no darse cuenta, ¿verdad? Pero partes de él sí lo hicieron. Se desgajaron de su masa y adoptaron forma humana. —Absalón alzó su media mirada hacia las alturas; su aspecto era casi soñador—. Y esos apéndices caminaron entre nosotros con la intención de procrear, de extender su linaje. Me pregunto cuántos de sus hijos estarán pisando la tierra en este instante —murmuró—. Cientos, tal vez. Y de todos ellos, ¿cuántos serán conscientes ya de su verdadera naturaleza? ¿Cuántos habrán comprendido la verdad y estarán actuando en consecuencia?
—Esto es una locura —dijo Adra. Recordó a su padre. Recordó su sonrisa, su ingenuidad, su curiosidad más allá de todo límite. «Es un mundo increíble, Adra. Un mundo maravilloso. Mira a tu alrededor, nunca dejes de mirar a tu alrededor». Su padre, tan dulce, con su mirada de niño y su corazón rebosante de amor—. Es una locura —repitió.
—Estoy de acuerdo. Lo es. Pero que algo sea una locura no implica que no sea real. —Le sonrió de nuevo. Su sonrisa era plácida, benévola; era capaz de partir en dos un mundo, de convertir lo absurdo en verdad, la mentira en dogma—. Fíjate en ti: puedes dar vida a los muertos, una vida retorcida y monstruosa. Como las de las criaturas que nacen a la sombra de los leviatanes. Heredaste ese don de él. Y no fue el único regalo que recibiste de tu progenitor. Al igual que tu padre, eres capaz de transformarte. Adrastea, mi pobre Adrastea, llevas toda tu existencia engañada: pensabas que eres un ser humano que se convierte en monstruo cuando es al contrario.
«Eres un monstruo que se transforma en humana».
Adra retrocedió un paso, turbada. ¿Y si era cierto? ¿Y si todo aquello era verdad? Absalón soltó una nueva risotada mugrienta, húmeda. Siguió hablando.
—Una locura, sí —se inclinó hacia delante. Parecía hechizado por el sonido de su propia voz—. Pero es que vivimos en el delirio desde que llegaron los nuevos dioses. Vivimos en un réquiem lento, en una elegía. ¿Cuánto tiempo nos queda? No mucho. ¿Cuatro años? ¿Cinco? Quién sabe… La presencia de los leviatanes genera tensiones que este planeta es incapaz de soportar. Y ahora sus hijos despiertan y eso acelerará el sucumbir del mundo.
»¿Y qué puede hacer el hombre mientras tanto? ¿Esconderse en sus bastiones, en lo profundo de la tierra, en las islas flotantes y aguardar el final? Eso hará la mayoría, sin duda. Y quizá unos cuantos se rebelen e intenten luchar contra lo que se avecina. Pero es una batalla imposible, una guerra perdida. No hay opción de victoria, no contra ellos. ¿Y sabes qué digo yo a eso? —Su expresión era de maravilla, la de un místico a las puertas del éxtasis —: Aleluya. Sí, me has oído bien. ¡Digo aleluya! Demos la bienvenida al apocalipsis, demos la bienvenida al fin del mundo. Nos costó entenderlo, pero una vez supimos la verdad nos dimos cuenta de que todavía hay una salida. La humanidad puede salvarse, una parte de ella, al menos. Pero para ello tendrá que adaptarse, tendrá que cambiar y transcender de sí misma.
Los nuevos dioses traen el futuro para nuestra especie. Si queremos sobrevivir, tendremos que dejar de ser hombres. Tendremos que irnos con ellos».
—¿Irnos con los leviatanes?
—Eso es. Nos convertiremos en parte de su corte. En parte del tropel de prodigios que los sigue donde van. Él lo ha prometido. Nuestro dios. A cambio de nuestros servicios, de nuestra lealtad, nos transformará en portentos. Y junto a él atravesaremos la grieta cuando llegue la hora.
—Os iréis con vuestro dios. —Una mosca púrpura con patas doradas, largas como las de una araña, aleteó junto a su cara. Adra la espantó y levantó de nuevo el arma. Ya había escuchado bastante—. Estoy harta, harta de todo esto, harta de ti, harta de tanta palabrería. Voy a matarte. Necesito que sepas esto: que con tu muerte vengo la muerte de mi madre. Volveré con mis amigos y juntos encontraremos el modo de salir de aquí. Hablar contigo ha sido una tontería.
Absalón sonrió.
—No me matarás. No todavía, al menos. Primero, porque todavía no has oído todo lo que tengo que decirte. Y, por si eso no fuera motivo suficiente, tengo otro. Hay un explosivo en la silla que has empujado hasta aquí con tanta gentileza. Una bomba diseñada para explotar si mi corazón deja de latir o si aprieto este pulsador. —Levantó su única mano y Adra vio un resorte azul unido a un cable que terminaba bajo la silla—. Cualquiera de esas dos premisas detonará la bomba y nos volará en pedazos. Y deja que añada algo más, algo que quizá termine de decantar la balanza: esta explosión será la señal convenida para que mis hermanos acaben con tus amigos. Y con tu perro. Bonito galgo, por cierto. Ya casi no se encuentran. ¿Sabías que hace años, hace mucho tiempo, eran bastante más pequeños? Y mucho menos espabilados.
Adra respiró hondo y miró hacia la empalizada.
—Quizá te preguntes si te daría tiempo a detenerme de algún modo y, a la vez, mantener mi corazón activo —dijo Absalón—. ¿Tal vez desenvainar tu espada y cortarme el brazo? Yo mismo te contesto: no, no te dará tiempo.
—¿Tan importante soy como para que sacrifiques tu vida por matarme?
—Lo eres, por supuesto que lo eres —dijo Absalón—. Y tengo la esperanza de que nuestras muertes no sean necesarias hoy. Por eso estamos aquí. Escúchame, Adrastea, escúchame bien: puedes ser una pieza fundamental en los acontecimientos por venir, una pieza esencial. Para ello solo tienes que aceptar la propuesta que tengo para ti.
«Mi señor te necesita. Mi señor necesita una aliada, alguien que combata a su lado en las batallas que se aproximan. Contigo a su lado será mucho más fácil lograr su objetivo. Podréis ascender juntos. Quiere unir su destino al tuyo. Y es normal que quiera hacerlo, dadas las circunstancias. Compartís mucho. No solo sois hijos del mismo padre. También de la misma madre».
—¿Qué? —La palabra surgió de sus labios con la fuerza de un disparo.
—Nuestro dios es tu hermano. El hijo de Rhea y Elyon. Ambos crecisteis en el mismo vientre, ambos nacisteis al mismo tiempo.
—Mi hermano murió al poco de nacer —espetó ella—. Era… deforme. Sus mutaciones eran terribles y no duró mucho.
—Te mintieron. Mataron a tu hermano el día que vino al mundo. Al menos creyeron matarlo. Pero los hijos de los leviatanes son duros. Sobrevivió. Permaneció sepultado durante años, hambriento y olvidado, hasta que nosotros lo desenterramos.
—Mi hermano… —murmuró. Sacudió la cabeza, incrédula.
—Lo salvamos. Lo curamos. Lo criamos. Bajo nuestra tutela, creció. Y él nos dio las respuestas, tanto las que buscábamos como las que no. Él nos desveló los secretos de los leviatanes. Su naturaleza es diferente a la tuya, Adrastea, los dones que le otorgó tu padre no tienen nada que ver con los que te concedió a ti. Tiene atisbos del futuro, por ejemplo, de los distintos futuros que nos aguardan, vislumbra los tiempos por llegar, así como también puede ver sucesos acontecidos mucho tiempo antes de su nacimiento. Ve más allá. Sabe. Y el conocimiento es poder.
Adra pensó en el Chacal, el engendro que el Baluarte tuvo prisionero en el búnker. Su naturaleza era similar a la que relataba Absalón. Una vez más se preguntó si cabía la posibilidad de que el primado le estuviera contando la verdad.
—Pero el tiempo sepultado hizo mella en él —continuó Absalón—. Lo debilitó, lo privó de las fuerzas que le correspondían por su naturaleza. No tenía ninguna oportunidad en la guerra que está a punto de empezar. Sí, Adrastea, se avecina una guerra. Una lucha a muerte, hermano contra hermano. Los hijos de los leviatanes tendrán que competir entre sí para conseguir el honor de ocupar un puesto junto a sus padres en el cielo. No todos podrán trascender, solo unos cuantos. Deberán ganar a sangre y fuego el privilegio de ser uno de los elegidos. Dado el estado en el que se encontraba, tu hermano tenía pocas oportunidades de conseguirlo. Pero contaba con nosotros. Nos prometió la salvación si lo ayudábamos. Y nos postramos a sus pies, ¿qué alternativa teníamos?
Se sirvió de sus visiones para encontrar a uno de sus hermanos, uno que todavía no era consciente de su verdadera naturaleza. Fuimos por él y se lo entregamos en sacrificio. Tan sencillo como eso. Luego nos indicó dónde encontrar otro, apenas un bebé, y salimos en su búsqueda. En una de esas cacerías acabé en el estado en que me ves ahora. Con cada ofrenda, tu hermano ganaba poder.
«Con cada muerte se fortalecía. Hubo quien mencionó tu nombre como sacrificio, pero él se negó. Había tenido atisbos del futuro, un tiempo por venir en el que luchabais unidos, un tiempo no asentado, un tiempo mutable, una posibilidad. Pero había algo anclado, algo que ocurriría siempre: sabía que tarde o temprano vendrías a mí. Y que traerías un presente contigo».
Adra comprendió a qué se refería:
—Gale.
—Gale, sí. Otro de los hijos del dios en las alturas. Otro descendiente de leviatán. Pero uno muy especial. Los dones que heredó de su padre lo hacen… peculiar.
—Es capaz de hacer magia por sí mismo. Como los leviatanes. Gale genera su propia esencia, su propio poder.
—Entre otras cosas —apuntó Absalón y sonrió.
Adra sacudió la cabeza: los malditos insectos que volaban entre sus pensamientos seguían zumbando. Había olvidado la amenaza de la bomba, el lanzaensalmos en su mano, el peligro que corrían sus amigos en Arca. Lo había olvidado todo. Estaba atrapada en el delirio de aquel hombre. Porque no era un delirio.
—Tus hombres tuvieron a Gale a su alcance y lo mataron —dijo—. Acabasteis con él en el búnker del Baluarte. Si era tan importante, ¿por qué lo matasteis?
—¿Eso hicimos? —Absalón se encogió de hombro—. Las visiones de tu hermano son meros atisbos, simples vistazos en el tejido del porvenir. Sabía que Gale estaría contigo cuando me encontraras, pero desconocía cómo se produciría vuestro encuentro. La cuestión es que sucedió. La visión de tu hermano se cumplió. Cuando os vio aproximaros fue a por vosotros. Intenté refrenarlo, sin éxito.
—La tormenta —apuntó Adra.
—Ese es uno de sus aspectos, sí.
—¿Por qué intentó matar a Gale entonces? ¿Si lo necesita, por qué quiso destruirlo?
—No lo guía el odio, sino la necesidad. Pretendía devorarlo. Quería absorberlo, porque así los dones de Gale pasarían a ser suyos. Pero Gale se revolvió y lo hirió. Algo del todo inesperado.
Adra volvió a acercarse a la silla de ruedas. Apretó el mecanismo que hacía girar el tambor y que colocaba el cartucho blanco en el siguiente disparo de su arma. Apuntó de nuevo con el lanzaensalmos. Pegada a Absalón, fue consciente de que, pese a su aspecto repugnante, no apestaba. Junto a la empalizada seguían protegidos por el ambiente paradisíaco de Arca. Nada en ese lugar de ensueño olía mal. Todo tenía un aroma aséptico, un leve toque floral. Todo provenía de la misma magia extraordinaria de una criatura insólita: una criatura que Absalón aseguraba que era su hermano.
Una premonición terrible se coló en su mente:
—¿Dónde está vuestro dios ahora? —preguntó—. ¿Dónde está mi hermano?
—En la iglesia, donde lo dejamos —contestó Absalón—. Era el chico que empujaba mi silla. Ahora mismo estará devorando a Gale, si es que no lo ha devorado ya.
Adra se estremeció, paralizada por la indecisión. Su primer impulso fue echar a correr, pero supo que Absalón apretaría el detonador y todo acabaría. Todo por lo que habían luchado, todo su camino hasta aquí, todo terminaría. Su elección era imposible, pero a la vez muy sencilla. Tanto daba: al menos se lo llevaría con ella.
—Malnacido —dijo.
Apretó el gatillo.
La explosión borró el mundo.