Rescate

David Malouf · Capítulo 3 de 6

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Rescate

Tres

 

Al caer la tarde, cuando la luz empezaba a ser más tenue pero el aire aún era cálido y pegajoso, el carro descendía rechinando hasta el lugar donde el Escamandro, en su pausado serpenteo por la llanura, ha excavado dos brazos de la blanquecina gravilla de su lecho. El primero burbujea, con un color verde lechoso. El segundo, más profundo, tiene un tono suavemente azulado. Ambos son lo bastante poco profundos en esa época del año para vadearlos. Entre las florecientes matas de los islotes centrales crecían arbustos de adelfa de brillantes hojas y, en el cielo, los vencejos, graznando con entusiasmo, se arremolinaban formando amplios círculos, alimentándose de mosquitos o escrutando la superficie de la corriente.

—Bien, mi señor —anunció el carretero—, hasta aquí hemos llegado sanos y salvos.

Con las articulaciones bastante rígidas, se bajó con ligereza del carro y, susurrando una o dos palabras a oídos de la pequeña mula que ocupaba el lado del conductor, ató las riendas al tronco de un tamarisco. Allí permaneció en pie con la mano extendida para que Príamo pudiera bajar del carro.

Pero el rey, con el mentón tan levantado que la piel floja de la garganta le temblaba por el esfuerzo, permaneció sentado.

«¡Válgame el cielo! —pensó el carretero—. Le dolerá terriblemente la espalda como siga sentado así.» Se rascó la cabeza, vacilando sobre cómo debería dirigirse al rey o qué podría decir para tentarlo a bajar. Se aclaró la garganta y el rey, recordando su presencia, habló.

—Gracias —dijo con voz queda—. Me quedaré sentado en el carro con el cuerpo de mi hijo.

El carretero parpadeó.

«Vaya —pensó—. Así que es eso.» El pensamiento del anciano monarca, imaginando un salto hacia delante más allá de las muchas penurias que aún les aguardaban, ya había llegado al final del camino. Era el cuerpo del príncipe Héctor, recién lavado y envuelto en un lienzo blanco, lo que había visto relucir en el suelo del carro. Naturalmente, era una locura, si bien completamente comprensible.

Con enorme tacto y el corazón ablandado por un sentimiento de camaradería, pues también él era padre, se permitió caer en el engaño de fingir que no había oído bien.

—Vaya —dijo—. Si es por el tesoro, mi señor, no se preocupe, estará a salvo. Preciosa lo vigilará, ¿verdad, bonita?

La pequeña mula levantó las orejas al oír su nombre y giró la cabeza.

El conductor soltó una risita.

—¿Ve, mi señor, cómo entiende todo lo que le digo? Le prometo que es tan buena como un perro guardián. No dejará que nadie se marche ni siquiera con una moneda de cobre, ¿a que no, Preciosa mía?

Fue entonces cuando el anciano rey se apercibió de su error. Un súbito rubor le subió a las mejillas. Con aspecto frágil y menudo, hizo un movimiento para bajar del carro y el carretero, aliviado de una dificultad que había creído ser incapaz de resolver, se acercó para tomar la mano de Príamo. Había actuado guiado por un impulso. Solo cuando vio lo sorprendido que se mostró Príamo ante ese contacto inesperado se le ocurrió pensar que quizá había cometido alguna afrenta contra la sagrada persona del rey.

Pero Príamo ya se había recuperado. Lejos de sentirse ofendido, parecía agradecido, o eso pensaba el carretero, por la presta consideración demostrada ante su necesidad. Muy cortésmente, le dio las gracias al conductor y, sintiendo alguna que otra punzada de dolor, pero sin menoscabo para su dignidad real, permitió que le ayudara a descender del carro.

—Así es, mi señor —dijo el carretero—. Ya verá. Descansaremos aquí un buen rato, hasta podríamos comer algo. —Pensó que debía sembrar esa semilla pronto, puesto que no había probado bocado desde cerca del amanecer—. Tenemos sombra para cobijarnos del calor y abrigo de sobra para resguardarnos. Nadie nos espiará.

Condujo al rey a través de la arena blanca hasta llegar al borde del agua.

—Es fácil vadear el río en esta época del año, aunque en otras estaciones puede ser terrible.

Se enroscó la tela de su túnica alrededor del puño y la levantó diestramente a la altura de las rodillas, dio un paso y se adentró, con sandalias y todo, en la corriente.

El fondo era arenoso. Las aguas, poco profundas, eran tan tranquilas y cristalinas que podían verse los pececillos que, alertados por esta repentina y gigantesca intrusión en su mundo, formaron una flecha de luz plateada bajo la superficie y se acercaron a él precipitadamente, listos para investigar. Temblorosos y nerviosos, curioseaban y lo empujaban, mordisqueándolo.

El carretero, con las manos en las rodillas, se inclinó para examinarlos de cerca.

—Hola, pequeñines —dijo.

Pero ellos ya habían decidido que el carretero no tenía ningún interés. Con un único movimiento tembloroso, dieron la vuelta y se alejaron.

Riéndose, el carretero siguió la estela que habían dejado bajo la superficie. A continuación se enderezó y volvió donde Príamo, quien, con aspecto inseguro y fuera de lugar, permanecía en pie observándolo. «Es como un niño —pensó—, un poquito retrasado. O como un hombre que se ha extraviado en sueños y no sabe ni dónde está ni cómo ha llegado hasta allí.»

Estaba claro que no cabía esperar ninguna orden de él. Si tenían que seguir adelante, le correspondía a él tomar la decisión, pero ¿cómo empezar? «¿Cómo —se preguntaba— habría actuado ese otro Ideo, el de verdad?» Nunca a lo largo de toda su vida, había tenido que relacionarse con gentes que no fueran humildes como él, gente que comía queso de oveja y ajo crudo, mujeres que tendían la ropa a secar sobre un arbusto a la vera del camino, niños medio desnudos con la cabeza afeitada para protegerse de los piojos y que se acercaban a las vallas de mimbre para saludarlo a su paso, mientras gritaban: «¡Eh, abuelo, ¿adónde vas? Llévanos en carro hasta la gran muralla, anda...». Tenía que confiar en su ingenio natural, en esas experiencias dispersas que nos son comunes a todos independientemente de la posición, elevada o no, que los dioses nos hayan reservado.

—Se sentiría mejor, señor —se aventuró—, si hiciera como yo. Baje y mójese un poco los pies. El agua fresca lo reanimará. Aún queda una hora o más hasta que se vaya el sol. Caminaremos más seguros por la otra orilla si esperamos a que se haga de noche.

El rey parecía sorprendido, como si la voz hubiera salido de ninguna parte, pero el carretero, preso de un mayor atrevimiento, pensó que una vez había empezado, más le valía proseguir. Volvió a la orilla ligeramente inclinada, se arrodilló y, puesto que el monarca no ofreció resistencia sino que simplemente se quedó mirando lo que hacía el carretero como si todo sucediera involuntariamente, desató primero una de las sandalias del rey, luego la otra, lanzando una mirada de perdón hacia arriba por cualquier paso indecoroso que pudiera desprenderse de su acción o de su tacto.

Como un bebé obediente, Príamo levantó un pie, después el otro, hasta quedar descalzo, las sandalias juntas sobre la orilla arenosa. Entonces, lanzando una mirada hacia el carretero, quien asintiendo con la cabeza lo animaba a seguir, dio tres pasos titubeantes hacia la corriente. Al sentir el efecto refrescante que le había prometido el carretero, sonrió, lanzó una mirada por encima del hombro hacia el lugar donde aquel seguía acurrucado en la orilla y asintió con la cabeza. A continuación, permaneció en pie observando fijamente sus pies descalzos, huesudos y blancos, mientras los mismos pececillos se acercaron a toda velocidad formando una flecha, mordisqueándolo y haciéndole cosquillas. Observó, divertido, cómo sus regios pies le parecieron tan decepcionantes y tan carentes de interés como los del carretero.

Era un tipo duro ese compañero que había elegido, sin noción alguna, hasta donde podía llegar a discernir, de lo que resultaba apropiado y lo que no, pero sabía cómo apañárselas y había en él una modestia y una buena voluntad de tal sencillez y tacto en aquella manera de sugerir las cosas que Príamo no encontró nada reprensible en él. No era reverencia lo que le faltaba, solo un adecuado conocimiento de los formalismos. Y quizá aquí fuera, en el mundo en el que aquel hombre se movía, todos esos formalismos no fueran del todo útiles.

Hizo un gesto al hombre para que tomara asiento. A continuación, él mismo se sentó satisfecho, dejando que las bondades del agua fresca y cristalina extendieran su revitalizante provecho desde sus pies a todo su ser.

Se le aligeró el ánimo, ensombrecido hasta ese momento por la incertidumbre y por el miedo hacia tantas cosas aún desconocidas.

Entretanto, el carretero se había quitado un saquito del hombro y estaba colocando sus contenidos sobre una tela cuadrada limpia, aunque andrajosa.

—No estaría mal —sugirió— que tomara algún bocado, mi señor. No tendremos otra oportunidad y aún nos queda una buena jornada por delante. Solo un bocado. Para mantener las fuerzas.

Príamo sacudió la cabeza.

El carretero asintió. Miró las cosas tan ricas que había sacado de la bolsa.

Había aceitunas, gordas y negras. Pipas de calabaza. Un puñado de tortitas de una clase que Príamo nunca había visto, de color amarillo dorado y aproximadamente del tamaño de un medallón. El hombre, su Ideo, las miró con lo que le pareció un ligero arrepentimiento. Sin lugar a dudas, el tipo tenía hambre.

Con gran cortesía, el rey dijo:

—Por favor, come algo. Las tortitas tienen buen aspecto y yo no tengo inconveniente...

—Vaya, es cierto, señor. No he comido nada desde esta mañana muy temprano y ya son más de las cinco.

Tomó una de las tortitas.

—Estas tortitas que le han llamado la atención, señor, las ha hecho mi nuera. La mejor harina de trigo sarraceno, un buen suero de manteca y una gota de aceite. El suero de manteca tiene que tener un color cremoso y ser espeso, para que al verterlo desde la vasija de barro caiga con lentitud. Después, se reparte generosamente la mezcla batida sobre una sartén que se coloca sobre piedras calientes. Mi hijo, los dioses lo tengan en paz, colocó las piedras de otra manera, por cariño hacia mi nuera, ¿sabe?, para facilitarle las cosas, para que las tortitas se cocinaran más rápidamente y le quedaran más dulces. Era un tipo listo para esas cosas, siempre pensando en todo. Y se nota, ya lo creo que sí. Es un verdadero placer ver cómo la mezcla batida burbujea y va haciéndose y dorándose por los bordes, como puede ver. Que salgan tan ligeras depende de cómo el cocinero les dé la vuelta. Hay que ser muy cuidadoso y muy rápido. Mi nuera, muy buena chica, utiliza los dedos, ese es un truco que uno tiene que aprender, y, si se quema, se los mete rápidamente en la boca, así. —Y, para ilustrarlo, se metió una de las tortitas en la boca, pasando casi desapercibido por efecto de la charla—. Ay, ¡se puede saborear lo ligeras que son! Me he llegado a comer veinte de estas de una sentada. No por gula, señor, sino por la alegría que dan. El sabor se lo da el suero, pero me atrevería a decir que también se lo debe al buen humor de la cocinera y a ese arte que tiene para darles la vuelta con los dedos. También se nota ese sabor. Pero a lo mejor para notar eso uno tiene que haber estado delante, viéndola hacerlas. ¡Tan rápida y ligera! —Y, sin que el pulgar y el dedo llegaran a tocarse, giró su muñeca peluda en el aire para dar a Príamo una idea de cómo podía ser aquello, pero también para revivir su propio recuerdo feliz—. ¿Está seguro, mi señor, de que no le apetecería darle un mordisquillo a una?

Cuando Príamo sacudió la cabeza, el carretero dijo:

—Bueno, al menos, señor, tome sorbos de vino. Para mojarse un poco los labios y bendecir la ocasión.

Príamo, que se había dado cuenta ahora que el hombre acababa de mencionarlo de que tenía el gaznate un poco seco, pero también porque ese tipo era muy agradable y persuasivo, estuvo de acuerdo. Ideo, sonriendo de felicidad, le pasó el frasco.

—Ahí tiene —dijo mientras Príamo tomaba un modesto trago—, no le hará más que bien.

Y, en efecto, así fue. Príamo tomó otro trago, ahora más copioso.

—Ve, señor, cómo un tipo como yo, que necesita estar fuerte para trabajar duro, tiene que saber lo que es bueno para el cuerpo, tanto como para el espíritu. Ahora, si me permite la sugerencia, mi señor, y no es porque el vino se me haya subido a la cabeza, realmente tiene que comer algo. En nada nos ayudará desmayarnos a mitad de camino. Un hombre tiene que tener un sentido práctico de las cosas, para ayudar al espíritu, señor, mientras se entretiene el pensamiento con una agradable sensación en el estómago y las piernas. Nada hay de malo en ello. Somos hijos de la naturaleza, mi señor. De la tierra, tanto como de los dioses.

Y así fue como Príamo, que se sentía ligeramente desfallecido, pero temeroso de hacer peligrar la pureza de su misión, se dejó persuadir y tomó una de las tortitas con los dedos, partió un pedazo y la probó.

Estaba riquísima. Lo que el carretero había dicho de su ligereza era cierto, así como de su efecto sobre el espíritu. Terminó la tortita, pero rechazó una segunda. La moderación era algo natural en él. Basaba cierta sensación de su relación formal con la naturaleza en no depender excesivamente de ella, todo ello a pesar de lo que el conductor había dicho, muy pertinentemente, sobre cómo su ser estaba doblemente unido a los dioses y la tierra.

Al emprender su misión, había comprendido con claridad que se expondría a cosas que con anterioridad le habían resultado desconocidas. Tal era el precio de lo inédito. Pero ahora, sentado y con el sabor dorado de la tortita en su boca y otra gota de vino en sus labios, comprobó que lo novedoso podía resultar asimismo placentero.

Sentarse hundiendo los pies en el agua fresca que los cubría para después escaparse, por ejemplo.

Los pececillos que se acercaban a investigar y decían: «No, nada podemos sacar de este».

El revoloteo y el trinar de los vencejos, cada vez más sonoro y animado a medida que oscurecía.

Naturalmente, todas esas cosas no eran en sí mismas una novedad. El agua, los peces, las bandadas de vencejos de cola respingona siempre habían estado allí, inmersos en sus propias vidas y pequeños quehaceres, ocupados en sus cosas, pero hasta ese momento no había tenido ocasión de darse cuenta de su existencia. No habitaban su esfera regia. Por ser innecesarios para la observancia o el sentimiento real, ocupaban un segundo plano, y su atención se fijaba siempre en lo que era importante. En sí mismo. La actividad oficial que recaía sobre su persona en cualquier acontecimiento o escenario, la pose formal que le correspondía mantener y que debía hacer resplandecer.

Cuando, por ejemplo, salía a cazar jabalíes, lo rodeaban sirvientes jóvenes y viejos. Algunos a pie, otros a caballo, cada uno de ellos con un papel concreto que interpretar en esa representación ceremonial: como batidores y guías de perros, como oficiales de la corte encargados de las provisiones, como conductores de los carros, como escuderos y coperos que ponían la mesa en el bosque donde, a mediodía, comería toda la compañía, o como aquel al que, especialmente escogido para la ocasión, una vez hostigado el jabalí y conducido a un lugar seguro, con la cabeza agachada, piafando y soltando espuma entre el follaje, le correspondía la tarea de pasarle la lanza que debía lanzar, muchas veces debido a la debilidad de sus brazos y en los últimos tiempos como mero formalismo, antes de que algún otro más joven se acercara y matara la presa.

Simbólicamente era el centro de todo, tal y como las formas y su propia dignidad real exigían, pero no podía tomar parte en la tarea meramente física, todo pánico y sudor, que suponía abalanzarse a través de los arbustos hasta donde media tonelada de huesos y carne embravecida esperaba a ser acuchillada, lanceada y derribada.

Naturalmente el jabalí era suyo. Al acabar el día, se lo presentaban, aunque más bien él era presentado ante el animal, y le embadurnaban ligeramente la ceja con la sangre espesa del animal. Los hombres lo jaleaban y aplaudían su destreza. Todo ello muy formal, no debía interpretarse al pie de la letra. Entonces él derramaba una libación y, con el permiso de los dioses, parte de la fiera energía del jabalí, de sus músculos calientes y de su aliento aún más cálido fortalecería su espíritu. Era un misterio. Parte de un mundo ceremonial, teatral, que era eterno y no tenía nada que ver con lo actual e inmediato, con esa ocasión concreta ni con ese jabalí ni con ese rey. Incluso el escenario en el que todo ello se desarrollaba quedaba libre de sus elementos particulares como la clase y color de sus hojas, el día brillante o ligeramente brumoso, la tierra seca o embarrada bajo los pies... El mundo regio era un espacio dramático, ideal. Todo lo meramente accidental, como una correa rota, el grito de dolor procedente de algún batidor allí donde el colmillo del jabalí daba con algún hueso y la sangre de verdad empapaba las hojas, todo eso debía ignorarse, dejar que se fuera disolviendo en el confuso y confundido ámbito de lo accidental y lo ordinario.

Toda su vida era así o así lo había sido, pero allí fuera descubría que las cosas no eran más que ellas mismas. Esa era la novedad.

Al ser simplemente lo que era, ni más ni menos, cada cosa se le aparecía de una forma que apenas le resultaba reconocible. Absorta en sí misma, aislada, demasiado ocupada con su propia vida consistente en ir corriendo de acá para allá como el agua, de buscar comida como hacían los pececillos y el ruidoso círculo de vencejos, como para darse cuenta de un anciano que había vagado por entre ellas para asentarse allí durante una temporada y finalmente desaparecer.

Todo ello resultaba desconcertante, pero no desagradable. En general se sentía en paz consigo mismo, tanto en cuerpo como en espíritu, cómodamente recuperado (alejó con la mano una nube de mosquitos que parecían sentirse especialmente atraídos por su regio sudor), pero se preguntó si habría sido todo eso posible si, como era costumbre, se hubiera hecho acompañar por su otro Ideo. Naturalmente, habría recibido un trato exquisito, pero no se habrían producido ninguna de las sorpresas que ese nuevo Ideo le ofrecía.

Jugueteó con los dedos de los pies en el agua fresca y dejó escapar una risita. Lo más sorprendente de todo era la manera en la que ese tipo soltaba la lengua, sin miedo, según parecía, de que lo tomara por un simple charlatán o una matraca.

Si uno las consideraba con rigor, sus palabras resultaban innecesarias. No tenían sentido, no servían para nada. Lo asombroso, teniendo esto en cuenta, era que causaran un daño tan leve, en realidad ninguno, a la dignidad del tipo en cuestión. «He ahí algo —pensó Príamo— sobre lo que conviene reflexionar.»

En su propio mundo, un hombre hablaba únicamente para dar forma a la decisión que había tomado o para presentar un argumento a favor o en contra de algo. Para dar las gracias a alguien que se hubiera comportado bien o para reprender, ya fuera airadamente o con un ligero pesar, a quien no lo hubiera hecho. Para ofrecer un cumplido caracterizado por frases decorativas e invocaciones a la vanidad o al orgullo familiar prefijadas y establecidas desde antiguo. Era el silencio, no las palabras, el que expresaba algo. El poder residía en la contención: en mantener ocultas las intenciones propias y, en consecuencia, en preservar su misterio. A un niño se le permitía parlotear, hasta haber aprendido la lección; o a las mujeres, en el retiro de sus aposentos.

Pero allí fuera, cuando uno se paraba a escuchar, todo parloteaba. Era un mundo que hablaba por los codos. De hojas cayendo mecidas por la brisa. De agua saltando por entre las piedras, revolviéndose contra sí misma y volviendo a saltar otra vez. De cigarras que emitían chillidos prolongados y estruendosos que de repente se interrumpían y uno volvía a ser consciente del silencio. Salvo que, en realidad, no era silencio, sino un susurro y un zumbido y un canturreo tenue y continuo, como si la presencia de todas las cosas se debiera tanto al sonido como a su forma o a la manera que tuviera, tan única, de moverse o permanecer inmóvil.

Ese tipo, por ejemplo, su mulero, su Ideo. Todo lo que tenía que decir, esa forma tan agradable de llenar el tiempo, era irrelevante. Estaba lleno de otra cosa. De interés.

Era como si uno se encontrara espiando a través de una grieta en una puerta (qué emocionante le parecía a Príamo imaginarse a sí mismo en una situación que jamás habría soñado representar) y pudiera observar durante un instante la vida de aquel tipo, su mundo, el mundo de su nuera también.

Ese asunto de las tortitas, por ejemplo. Los ingredientes, el ingenioso sistema inventado por el hijo de aquel hombre, fruto del cariño para facilitarle las cosas a la muchacha encargada de cocinarlas. Nunca se le había ocurrido que la comida que aparecía en su mesa con tanta rapidez y en tal abundancia pudiera contener ingredientes. Que una tortita o un pastelillo pudiera haber sido antes una masa batida. Que esa masa batida pudiera consistir de buena harina de trigo sarraceno y suero de manteca y que lo que uno experimentaba como calidad dependiera del grosor de la masa batida o de la agilidad de una muñeca. O que fuera necesario disponer ingeniosas medidas para que algo tan simple como una tortita pudiera existir en este mundo. O que una de las actividades a las que un hombre pudiera prestarle atención y que pudieran llevarle a devanarse los sesos fuera la gestión de todas esas medidas, la organización, de forma experimental, de este o aquel detalle de un mundo ya existente para crear algo nuevo.

Todo aquello no le había preocupado lo más mínimo. Había carecido de cualquier interés para él. Ahora, lo tenía. Y, entonces, miró al tipo que le había revelado esas cosas con un respeto creciente.

Sabía cosas. La vida de la que procedía y que hasta cierto punto había traído consigo estaba plagada de actividades y hechos que, aun siendo muy comunes y de baja estofa, tenían su atractivo.

El buen color del suero de leche, por ejemplo, mientras caía a chorros de la vasija: le gustaba la sensación que lo invadía al imaginar aquella escena. Y más aún la silueta de la joven acuclillada, con la túnica recogida entre las rodillas, pero con gracia y modestia, mientras vigila las tortitas y les da la vuelta muy hábilmente para no quemarse los dedos y, si eso ocurre, se lleva rápidamente las puntas de los mismos a la boca. Todo aquello se le presentaba como algo animado, real. Podía verlo a pesar de que a ella no la había visto nunca. ¿Acaso no había saboreado, en esa pequeña tortita que él mismo se había llevado a la boca, la ligereza de la muñeca de la chica?

Le había venido bien todo aquello, para la mente y para el espíritu. Quería más.

Saber, por ejemplo, si esa chica, la nuera, era bien parecida o no, si era menuda o rellenita. ¿Cuántos años tenía? ¿Cómo se adornaba el pelo?

Y el deseo de completar la imagen, de verla con más claridad, lo llevó a algo a lo que en verdad no estaba acostumbrado, a lo que no sabía cómo enfrentarse: el deseo de plantearle a ese hombre una o dos preguntas que de ningún modo eran necesarias, que de hecho no servían para nada, salvo para satisfacer la curiosidad recién descubierta de saber más sobre esas cosas innecesarias y para sentir la satisfacción de esa nueva forma de vacío. La curiosidad.

Sin embargo, al formular la pregunta lo hizo de forma inoportuna y no llegó a plantear lo que realmente quería saber. Simplemente era una manera de que el carretero volviera a hablar de nuevo.

—Así que —dijo Príamo—, tú también has sido bendecido con hijos.

El hombre levantó la mirada.

—¿Bendecido, mi señor? —Sacudió la cabeza—. Bueno, podría decirse... Bendecido para que después me quiten la bendición. De hecho, señor, todo lo que me queda ahora es esa nuera y mi nieta, una pequeña de cuatro años. No, cumplirá los cuatro el mes próximo, si los dioses se lo permiten. Si quiere que le diga la verdad, señor, ahora mismo no es más que una preocupación. Si por momentos he dado la impresión de estar ausente, absorto en mis propios pensamientos, es porque he estado pensando en ella, ¡pobrecita!, como ocurre, señor, cuando son lo único que a uno le queda de su propia sangre. Cuando salí esta mañana, la pequeña tenía fiebre. Como es natural, en ese momento no esperaba tener que permanecer fuera de casa durante demasiado tiempo. A estas horas ya estoy en casa la mayor parte de los días. No es que me queje. Pero una fiebre es motivo de preocupación. Es algo terrible ver sus cuerpecitos tan calientes, revolviéndose de un lado para otro, oírlos respirar con dificultad intentando coger un poco de aire. Parece algo tan sencillo para un tipo tan grandullón y fuerte como yo: una bocanada de aire. Uno piensa que bastaría con dársela a cambio de nada, incluso si eso supusiera sentir alguna apretura en el propio pecho. Merecería la pena verse libre del miedo, de la preocupación, ¿sabe, señor?, de que algo se los lleve. Pero es una criaturita fuerte, eso es verdad. Es muy alborotadora y traviesa. Le encanta que la lleven a hombros y que le den vueltas y más vueltas hasta marearse. Debería oírla gritar. ¡Desde luego, aliento no le falta! Me atrevo a decir que, en apenas un par de días, estará correteando por el patio, persiguiendo las palomas. Pero uno se preocupa igual, así son las cosas. A todos nosotros nos une ese vínculo… Aquí. —Y, cerrando el puño, se lo acerca al pecho, señalándose el corazón —. Una vez se cayó en el patio sobre una estaca. No se creería la de sangre que salió de una criatura tan diminuta. ¡Muchísima, y muy roja! Brotaba a borbotones, tan rápidamente que yo pensé que nunca podríamos pararla. Entonces paró, así sin más, como si algo en la pequeña hubiera dicho: «Ya basta, si esto sigue así, será mi final». ¡Menudas criaturas somos!, ¿eh, señor? Llenos de tanta vida y voluntad y luego, zas, todo se acaba. Bueno, pues abrió los ojos, nos miró parpadeando, se rió y, al menos por el momento, todo terminó: no le quedó más que una buena cicatriz que sigue teniendo en la frente, imposible no verla. Pero nos dimos un buen susto, ya lo creo que sí. Yo no dejaba de temblar. Y pensé: «No puedo soportar que algo le pase a esta chiquitina, la última de los de mi sangre». No sé qué habría hecho si los dioses no hubieran reconsiderado las cosas y no nos hubieran tratado con amabilidad, pero lo cierto es que no nos tumbamos y morimos, ¿verdad, señor? Seguimos adelante. Independientemente de lo que hayamos perdido. Eso sí, yo habría ido por ahí, aun siendo tan fuerte como soy, con el corazón hecho trizas. Se me habría roto el corazón, ya está casi roto. Mi mujer, que su espíritu descanse, me dio tres hijos y cuatro hijas. Y sabe, señor..., ninguno de ellos sigue con vida. —Se sentó con los hombros hundidos, sacudiendo la cabeza—. Dos de los chicos llegaron a edad adulta. Los otros, pobrecitos míos, murieron pronto, de una cosa o de otra. Dolores de estómago, ataques, fiebre. Una de las niñas estaba tan enferma que ni siquiera pudo amamantarse. Suerte que había otro más mayor, un niño, que pudo aprovechar la leche. Mi querida mujer tenía los pechos hinchados como melones, le dolían una barbaridad y no dejaba de llorar y llorar de dolor, aunque parte de todo aquello le venía también de la pena que le daba ver a esa pequeñita, tumbada ahí como un gorrioncillo con la boca abierta, buscando una bocanada de aire. Qué hambre tenía, estaba tan débil que ni siquiera podía chupar un dedo con una gota de leche. Así que el niño se la tomaba.

Una vez más se retrajo en sus propios pensamientos y se sentó a meditar con tristeza.

—Puedo verlo ahora mismo. Un chiquitín tan animado, riéndose mientras se limpiaba la leche de la boca. Era demasiado pequeño, señor, para comprender el coste que aquello tenía para su hermana. Le hizo más fuerte, claro, pero es terrible pensar en ese pequeño fantasma deambulando por ahí, todavía gimoteando y pasando hambre. ¡Pero ahí lo tiene! Una se perdió, el otro salió adelante y creció hasta convertirse en un toro. No había nadie en todo el barrio que pudiera competir con él en la lucha ni a la hora de lanzar troncos o de transportar un par de gavillas a la espalda. ¡Menuda fuerza tenía en los hombros! ¡Menuda mole! Como su cuello. Era como el tronco de uno de esos tamariscos.

Hizo una nueva pausa, tan prolongada esta vez que Príamo tuvo que empujarle tras un instante a que siguiera hablando.

—¿Y dices que ya no vive?

—Así es, señor. Ya no, ya no. Al final, su fuerza fue la causa de su muerte. Uno de nuestros vecinos, un tipo descuidado y borracho, había cargado el carro con una barbaridad de madera y el muchacho estaba ayudándolo a levantarlo. Se metió debajo del carro reptando, escarbando para abrirse paso bajo los ejes, cubierto de barro de pies a cabeza. Estaba intentando levantarlo sobre su espalda arqueada, con gran esfuerzo y sudor, cuando algo estalló, algo se le rompió por dentro. Dejó escapar un alarido tremendo. Ahora mismo creo estar oyéndolo. Un grito como nunca he oído, señor, ni antes ni después. El mero recuerdo, incluso ahora, me hace sudar. La carreta se volcó con la carga y comenzó a hundirse, con él debajo. Tuvimos que excavar para sacarlo de allí. Medio ahogado, lleno de barro, en la boca, asfixiándolo, también en los ojos. Estuvo tumbado toda la noche, tan blanco como esa túnica que lleva puesta. Después se tornó azul y ahí se acabó todo.

Permaneció sentado, sacudiendo la cabeza.

—Terrible. Terrible. Haberlo criado hasta ese punto, tan fuerte y con apariencia de haber podido durar muchos años. Le deja a uno un vacío que no se puede ignorar. Está ahí. Siempre. Ese trozo de la canción que solía entonar cuando estaba lavándose en el patio preparándose para salir con alguna de sus novias. También las palabrotas, incluso eso. Y, naturalmente, el trabajo. ¿Quién puede soportar algo así? Fue duro para todos. A veces creo que su madre murió de aquello, pobrecilla. Pero a veces podía resultar difícil tratar con él. Ya se sabe lo alocados que pueden ser los jóvenes. Necios. Aunque en realidad no fue más que una imprudencia propia de un jovenzuelo. Con el tiempo lo habría superado, si le hubieran dado la oportunidad. A lo mejor se arrepienten. —Levantó la mirada, bizqueando ligeramente—. Con todo lo grande que era, llegué a derribarlo una vez. Le pedí que hiciera algo y me respondió que por qué tenía que hacerlo. Antes de darme cuenta, le rompí el labio de un puñetazo. Desde entonces, me arrepiento. Mil y una veces he deseado haber permanecido allí diciéndome a mí mismo: «Es joven, ya aprenderá. Déjalo estar». ¿Acaso no va a ser posible que los dioses también estén arrepentidos y crean que se precipitaron y, por tanto, lo lamenten, ahora que han visto que toda esa fuerza se ha desperdiciado? Ay, ¡son tantas las cosas que ignoramos, señor! Lo peor ocurre y ya está, se acabó. Las pulgas siguen picando. El sol vuelve a salir otra vez.

El hombre guardó silencio con la vista perdida en la distancia, los rasgos oscurecidos por una mirada que lo obligaba a torcer la boca y endurecía su mandíbula bajo la barba canosa. Se frotó la nariz con la palma de la mano.

Príamo permaneció sentado, también en silencio. Demasiadas cosas que procesar.

Él también sabía lo que era perder un hijo. Había perdido a tantos en estos últimos meses y años, todos tan queridos para él... o eso es lo que se había dicho.

Había velado el cadáver de todos y cada uno de ellos y derramado el vino de la copa, invocando su nombre ante los dioses. Los había enviado al inframundo, a todos ellos, iluminados con antorchas humeantes y acompañados por plegarias y los plañidos formales de las mujeres. Todo tal y como lo exigían la ley y la costumbre. Había encendido el hierro candente, colocándolo en la pira junto al rebaño de bueyes sacrificados. Él, entre todos los hombres, sabía lo que era perder un hijo.

Pero cuando reflexionó con atención sobre los términos en los que había hablado su acompañante, esa manera tan animada de hablar llena de emoción, en la que había llamado al muchacho en el instante preciso en el que levantaba el carromato sobre su espalda... Ese grito, de una clase que nunca antes había oído ni volvería a oír, cuando algo se le rompió por dentro, su forma de cantar, cuando salía raudamente del patio para ver a las muchachas: todo aquello era tan personal, el recuerdo de aquel hombre tan presente y puro incluso al volver a contarlo, que Príamo se preguntó si esa frase que había hecho suya con tanta ligereza, el saber lo que era perder un hijo, tenía realmente para él el mismo significado que para el carretero. Fuera lo que fuere que hubiera sentido por la pérdida de Gorgitión, cuya madre, la adorable Castianira, había llegado desde Esima para casarse con él, de Doriclo e Isos y Troilo y los demás, no era en ningún aspecto comparable con lo que ese hombre había sentido por un muchacho que, después de todo, no era ni príncipe ni guerrero, sino tan solo un campesino como tantos otros.

Lo cierto era que ninguno de sus hijos era, en ese sentido, especial. Su relación con ellos era formal y simbólica, parte de esa representación de ensueño que se desarrolla ante los ojos de los dioses y del mundo y que supone tanto el esplendor como la penuria propios de la monarquía. Ni siquiera podía estar seguro de cuántos hijos tenía. Cincuenta, se decía.

Pero aquello no era más que una forma de hablar, una cifra redonda. Una apuesta al alza para ganarse la consideración de los demás, una forma agresiva de garantizarse el futuro. Una muestra clara de la actividad cuasi divina a la hora de engendrar hijos, un aspecto más del necesario espectáculo. Igual que la lista de aliados o de las medidas de oro y las armaduras estampadas y finamente trabajadas, los calderos y trípodes y las preciosas copas que conformaban su fabuloso tesoro. No podía asegurar cuál era la cifra real. ¿Dos o tres más por encima de cincuenta? ¿Dos o tres menos?

Naturalmente, en todos los casos, él era su fuente de vida, el poderoso agente gracias al cual, en una arremetida de deseo viril o debido a la costumbre o a sus obligaciones regias mientras yacía con Hécuba o con una de sus otras muchas esposas o concubinas, este o aquel príncipe veían la luz.

La ocasión era ya de por sí bastante personal: no había nada más personal que aquello. ¿De qué otro modo, si no, cabría hablarse de ese caer tan placenteramente en la gran oscuridad, esa exhalación del espíritu hacia la misma boca de la muerte y, en mitad de todo ello, ese ataque de tierno afecto, hacia Hécuba, por ejemplo, la primera y más querida de sus esposas, y las dulces palabras que se cruzaban entre ellos después, mientras yacían tumbados, los cientos de episodios en los que, entre susurros, jugueteaban y se tentaban el uno al otro? Como niños. Bendecidos, bendecidos hasta la saciedad, desnudos ante los dioses.

Pero en lo relativo a los particulares de su diminuta descendencia tras tanta actividad, sus Isos, Dío o Troilo... no guardaba recuerdo alguno de ellos, ni como un niño de tres años limpiándose la leche de la boca ni sudando febrilmente. Nunca había golpeado a ninguno de ellos arrojándolos al suelo para después agarrarse el puño y lamentarlo. Un acto tan íntimamente violento apenas le resultaba comprensible. Nada en el mundo en el que se movía le habría permitido actuar así. Como tampoco habría abandonado la posición austera a la que se veía constreñido levantando a alguno de ellos sobre los hombros dando vueltas y más vueltas hasta que el cuerpecillo quedara completamente flácido, dejando escapar un chillido de excitación.

¿Se arrepentía de aquellas ocasiones llenas de humanidad, del recuerdo de algo que podría haberle unido más íntimamente a sus hijos y haber convertido su relación con ellos en algo más cálido y personal?

Quizá.

Pero ¿acaso no se había ahorrado ciertas cosas?

Cuando llegaron esos años en los que, uno tras otro, le traían a sus hijos del campo de batalla y en más de veinte ocasiones se había visto obligado a permanecer en pie junto a un cadáver derramando el vino, dar un nombre al cuerpo lanceado o profanado, ¿acaso no habría sufrido veinte veces más si, al colocar el hierro candente junto a la pira, hubiera tenido que recordar cómo, tras haberlo coronado después de un combate, despedía al sudar un hedor de cuadra similar al de cualquier mozo; cómo aquel otro había tenido una vez una peonza y en cierta ocasión se había caído mientras la perseguía por los suelos de palacio, al reconocer, con la inesperada embestida del recuerdo, la cicatriz en forma de estrella que aún podía distinguirse en la mejilla del joven, apenas a unos centímetros del lugar en el que una jabalina griega había hecho añicos la mandíbula, destrozado los dientes y arrancado de la parte trasera del cráneo un fragmento tan grande como su puño? Incluso el fantasmagórico recuerdo de lo que en realidad nunca se había permitido contemplar hizo que su viejo corazón agitado le diera un vuelco.

La costumbre real, ese hábito de desviar la mirada, siempre, lejos de lo innecesario y particular, lo había puesto a salvo de todo aquello. Y aun así eran todas esas cosas innecesarias que poblaban la conversación del viejo, las ocasiones en las que el dolor y el placer se presentaban inextricablemente entrelazadas, las que tanto lo interesaban y conmovían.

—¿Y el otro? —preguntó casi sin darse cuenta—. Me has hablado de dos hijos.

—Ay —suspiró el hombre—. Eso ocurrió la primavera pasada, mi señor. Fíjese qué casualidad, a menos de cien pasos de aquí.

Había cogido un palo que lanzó lejos, hacia la corriente. Los pececillos, destinados a sufrir una nueva decepción, se abalanzaron hacia los círculos de luz que salieron del punto donde había caído, causando al mismo tiempo una ligera perturbación en la superficie del río, que pronto volvió a su curso habitual.

—Existe otro punto vadeable allí. No tan fácil como este, pero no muy difícil si uno sabe lo que se hace. Más cerca del camino. Fue culpa de ella, de esa pequeña mula que tanto me gusta, Preciosa , si bien a veces me pregunto cómo es que puede llegar a ser una criatura con un temperamento tan pésimo cuando las cosas no le convienen. Debió de perder el paso a mitad de río. Era primavera. El río llevaba mucha agua y fluía rápido sobre las piedras. Él debió de intentar que la mula se irguiera. El animal debió de sufrir un ataque de pánico y lo empujó a un lado. A los dos se los llevó la corriente. —Se frotó la nariz, como anteriormente (según vio Príamo, una costumbre que tenía), y emitió un ruido, como si estuviera acatarrado. De entre los umbríos tamariscos surgió un sonido parecido al ulular de un búho—. Lo encontramos tarde, a la mañana siguiente, todo enredado entre el carrizo de la otra orilla. Yo había estado fuera buscándolo toda la noche. Y la mula, esa criatura tonta... La mula se había ido tranquilamente andando, sin mirar atrás ni una sola vez, y allí estaba pastando con el cabestro suelto en una pradera. Moviendo la cola de un lado a otro e irguiendo las orejas en cuanto me vio.

»Naturalmente la mula no tenía noción de lo que había hecho, pero yo estaba fuera de mis casillas. Me dieron ganas de pegarle un puñetazo allí mismo, mas ¿de qué habría servido? Eso no me lo habría devuelto.

»Terminé por sujetar su cabeza entre mis brazos, sollozando como si se me fuera a partir el corazón. Era tan reconfortante aferrarme a ella, sentir su calor y la aspereza de su pelaje sobre mis mejillas, pero que fuera a causa de la pena que yo sentía por mi pérdida o por la alegría de encontrármela a salvo, eso, señor, yo no se lo puedo decir. Somos unas criaturas tan contradictorias... Quizá fuera por las dos cosas. En cualquier caso, desde entonces, le tengo un cariño inmenso, no se lo podría creer. Es todo lo que me queda de él. La mula, mi nuera y la pequeña. Lo siento, señor... — Agachó la cabeza y se pasó la mano, áspera, por los ojos.

Príamo, a quien se le había humedecido la vista, miró hacia otro lado.

Casi imperceptiblemente la tarde había caído mientras permanecían sentados.

—Mi señor —dijo el carretero—, está oscureciendo. Creo que deberíamos ponernos en camino.

Lentamente se puso en pie y, encorvándose para mojarse la mano en la corriente, primero se roció los ojos, después la boca y la barba. Se recogió la túnica apretándola en el puño y, con bastante delicadeza, la utilizó para mojarse ligeramente las mejillas.

Príamo miró a su alrededor. Era cierto. Una tonalidad grisácea plateada inundaba ya el río y los bancos de arena con sus gruesos arbustos. El cambio se había producido con rapidez. Ahora que estaba sobre aviso, vio cómo los colores del río pasaban, incluso mientras él miraba, de un gris azulado a un púrpura negruzco.

Lamentó tener que proseguir la marcha. Se había acostumbrado a ese lugar y a los pequeños placeres que le proporcionaba, así como a la oportunidad de sentarse y escuchar la conversación del otro. Recordaría todo aquello. Los arbustos de adelfa con sus hojas puntiagudas y alargadas, floreciendo con tanta fuerza entre la arena y los guijarros que separaban las dos corrientes. Esa agua refrescante que le lamía los pies. Los peces. El quejido agudo de los mosquitos. Un aroma que parecía más penetrante ahora que los demás olores se desvanecían con el sol, alguna hierba. También recordaría aquello.

El carretero estaba de rodillas, doblando sus pertenencias, que formaban un hato cuidado. Cuando Príamo se levantó y salió del agua, el carretero sacó un paño y se ofreció a secarle los pies al rey.

—Así, muy bien, señor —dijo con mimo, mientras Príamo, como un niño plácido y obediente, levantaba primero su pie izquierdo y después el derecho para que se los secara. Y cuando el carretero le indicó que ya podía calzarse de nuevo las sandalias, repitió el acto para que el hombre pudiera calzárselas y anudar las cintas. Partieron entonces, abriéndose camino entre los plumosos tamariscos rosados hasta el lugar donde esperaban el carro y las mulas atadas.

Pero apenas habían avanzado una docena de pasos cuando el carretero, repentinamente alerta, posó su mano sobre el brazo de Príamo y lo detuvo.

—Chsss —susurró levantando un dedo amenazador.

Tranquilamente apoyado sobre el borde del carro, con el pie derecho elegantemente cruzado sobre el izquierdo, se encontraba un joven esbelto con sombrero alado bajo el cual le colgaba el pelo, de un bruñido tono entre dorado y cobrizo, formando lustrosos tirabuzones. El joven estaba silenciosamente absorto, o esa era la impresión que daba, contemplándose las puntas de los dedos, muy femeninas. Príamo sintió la presión de la mano del carretero en el antebrazo. El corazón le dio un vuelco.

Las mulas ya los habían oído acercarse o habían percibido su olor. Se giraron, levantaron la cabeza y en ese mismo instante, con aire lánguido, el intruso también se giró.

Entonces vieron lo joven que era.

Ideo, observó Príamo, la mandíbula rígida, estaba listo para atacar. También el joven debía de haberse dado cuenta. Dando un salto, todo ello en un instante, llegó hasta ellos, el rostro deformado, espada corta centelleante.

—¿Qué te pensabas, abuelo? —exclamó a gritos—. ¿Que iba a dejarte saltar y pillarme echando una cabezada? No soy ningún crío, ¿sabes? Tampoco un ladrón. Aunque... si hubiera querido echarle el guante a tu tesoro... Ah, pues claro que he mirado bien debajo de las colchas y he visto el botín con el que huyes. Me podría haber marchado con cualquier cosa que me hubiera apetecido en la media hora que llevas mojándote los pies en la corriente.

Príamo estaba perplejo. Algo sabía sobre la ira, sobre muchachos airados, y este estaba actuando. Esa bravata era propia de un joven al que le gustaba escucharse y dárselas de algo, lo cual no quería decir que no pudiera, además, ser peligroso.

—Vaya —dijo entonces, todavía contoneándose y gritando—. Supongo que desconfías de mí porque soy griego. Seguro que has oído toda clase de historias sobre lo rufianes que estamos hechos, lo bárbaros que somos. ¡Pues mírame! ¿Te parezco un bárbaro?

Cierto, no lo parecía. Con esa boca rosada y la cintura estrecha y los tirabuzones resultaba realmente encantador y él lo sabía. Un encanto innato. Pero también, en caso de que no le bastara con el encanto y esos dos viejos con los que estaba bromeando se ofendieran o decidieran llenarse de valor, le era innata cierta brusquedad que le permitiría cargárselos sin miramientos.

—Lo cierto es —anunció el joven— que me han enviado para que sea vuestro escolta. —Y muy caballerosamente se llevó la mano derecha al sombrero haciendo ademán de ir a despojarse de él, pero fue solo eso, un gesto, e inclinó su hermosa cabeza—. Pero permítanme presentarme. Me llamo Orquilo. Soy uno de los hombres del señor Aquiles, uno de sus mirmidones. Polictor, así se llama mi padre, un hombre acaudalado de su edad, señor... —dijo dirigiéndose a Príamo—. Éramos siete, siete hijos. Solo quedamos cuatro, de entre los cuales su servidor aquí presente —y con una elegante floritura se quitó el sombrero de la cabeza—, es el más joven. Así que, ¿ven? No tienen ninguna razón, ninguna, para temer por sus vidas, ni siquiera por su tesoro. O de sospechar de mis intenciones, como veo es el caso. Es usted un anciano, señor, y también, si a él no le importa que lo diga —y lanzó una mirada en dirección al carretero—, lo es su noble acompañante. Supongamos que se topan con una patrulla nocturna de piquetes o con dos o tres tipos con iniciativa que hayan salido con ganas de divertirse un rato deseosos de encontrar alguna chica o robar un par de pollos o de ovejas gordas, ¡menudo premio con todo ese botín bajo la colcha! Así que aquí estoy, a su servicio. Para servirles de guía y escolta. Enviado por el señor Aquiles, que sabe que se encuentran de camino, para protegerlos.

Resultaba extraño. Príamo dio por buena la explicación del joven, pero siguió sin estar convencido. Ese tipo era demasiado bueno para ser verdad.

Vio que el carretero albergaba aún más sospechas. Temeroso de que el joven se diera cuenta, Príamo se volvió hacia su acompañante y dijo con firmeza:

—Ea, ¿ves? Tenemos suerte. El señor Aquiles, con la gran cortesía que lo caracteriza, nos ha enviado a uno de sus escuderos para que nos sirva de guía.

—Mi señor —comenzó a decir el carretero. Mas Príamo lo interrumpió rápidamente.

—No, no —insistió—. Ya has oído lo que nuestro joven amigo, aquí presente, me acaba de decir. Lo han enviado. —Y reparó en la sonrisa del joven, su mirada divertida y medio burlona—. Así que preparémonos y pongámonos en marcha.

Se puso a pensar en el puñetazo que el tipo le había pegado a su hijo y del que luego se había arrepentido. Se preocupaba por el joven desconocido, pero también por sí mismo, puesto que cabía la posibilidad de que el carretero, creyendo que realmente lo habían engañado, se tomara la justicia por su mano.

Entretanto, su acompañante no deseado había vuelto a adoptar una postura comodona apoyándose sobre el carro. Bostezó con lo que a Príamo le pareció una indiferencia estudiada. Todas estas frivolidades, tal y como daba a entender la expresión de su frente, suponían una dura prueba para la paciencia de un hombre tan joven.

Pero el carretero no se desanimó tan fácilmente. Muy irritado por la insolencia del joven, por su burlona condescendencia hacia lo que obviamente él consideraba dos viejales inútiles que ya habían quedado en desventaja cayendo en aquella emboscada, aunque por el momento fuera una emboscada cordial, estaba dispuesto a resistir. Él era quien los había metido en ese lío. Él había permitido que el rey y el tesoro, y todo lo que de ello dependía, cayera en manos de un cachorro emperifollado que, a pesar de sus tirabuzones untados de aceite y esos aires de languidez propios de muchacho afeminado, era un hueso duro de roer.

—No necesitamos ningún escolta —le espetó con franqueza al joven. Y también con voz queda le dijo a Príamo—: Mi señor, deberíamos deshacernos de este tipo tan rápidamente como podamos. Dele las gracias por las molestias, entréguele una bonita copa de plata o algún broche elegante para su túnica y que se largue de aquí. ¡Un escolta, dice! A la primera oportunidad que se le presente nos llevará hasta algún barranco y antes de que nos queramos dar cuenta, nos rebanará el pescuezo.

Príamo miró rápidamente en dirección a su nuevo amigo, que una vez más enarcó una ceja y se encogió de hombros, como si ese tipo de ideas fuera exactamente lo que cabría esperar de un tipo de baja estofa como el carretero. Entonces hizo una mueca, como queriendo decir: «Es su problema, mi querido señor, ¡no espere que yo le resuelva la papeleta!». Realmente encantador.

Príamo desconfiaba del encanto, especialmente cuando adoptaba una forma física. A ese respecto, había aprendido una dura lección de su hijo Paris. Pero un sexto sentido le avisó de que en ese caso podría tratarse de algo más que de la simple belleza y la animada confianza propia de la juventud: también se trataba de la fragancia inusual que desprendía la presencia del intruso, si bien resultaba difícil saber si provenía de su aliento al hablar o de su cuerpo. Una fragancia hasta entonces desconocida para Príamo. Quizá algún ungüento o aceite aromático con el que los griegos se frotaban y relajaban los músculos tras ejercitarse, de un dulzor almizcleño que en el combate cuerpo a cuerpo pudiera resultar abrumador y difícil de resistir. De hecho, Príamo sintió su efecto embriagante incluso a distancia, una no especialmente desagradable concesión a sus sentidos en el preciso instante en el que el joven extendió su mano y, con voz dulce, dijo:

—Aquí, padre, déjeme que le ayude. Si queremos presentarnos ante Aquiles a la hora de comer, debemos ponernos en marcha.

Príamo, ligeramente sorprendido por la facilidad con la que aparentemente se había resuelto todo, permitió que el joven lo ayudara a subirse al carro.

—Vamos, buen hombre —le dijo el joven al carretero—, nos estás retrasando.

El carretero, al ver que el rey ya se había doblegado, dio la vuelta al carro para llegar a su sitio, dijo algo a las mulas y, rechazando con un gesto la mano que le ofrecía el desconocido, se impulsó hasta el pescante, pero lo hizo con un salto que le hiciera saber a Su Insolencia que al menos él, a pesar de su edad, no necesitaba ningún tipo de ayuda y podría defenderse mejor de lo que algunos creían. El joven se encogió de hombros y sonrió.

Lentamente avanzaron orilla abajo hasta un punto por el que poder vadear el río, con el joven escudero caminando a veces delante del carro junto a la mula del lado del conductor, a veces uno o dos pasos por detrás.

—Buenos días tenga usted, pequeña —le dijo muy afablemente a la mula. Esta, reaccionando como siempre con entusiasmo ante cualquier muestra de interés, levantó su hermosa cabecita y movió los ojos—. Enhorabuena, abuelo —gritó por encima del hombro—.Veo que aquí su pequeña es una verdadera servidora de los dioses. —Apoyó la mano sobre el cuello de la mula y le hizo cosquillas suavemente detrás de la oreja. Una vez más, ella levantó la cabeza y le correspondió—. Gracias a ella la opinión que tengo de usted ha mejorado.

«Conque esas nos traemos —pensó el carretero, y de una sacudida emprendió la marcha—. ¿Pequeña, has dicho? Pues gracias, hombre. ¡Esa te la guardo!»

Estaba furioso. Buena parte de lo que sentía eran celos. Celos de que su favorita hubiera sucumbido inmediatamente a los encantos hueros de aquel tipo.

Habían llegado hasta el borde del agua. El conductor se detuvo para dejar que las mulas contemplaran la tarea que tenían por delante. La luz de la luna se movía con rapidez sobre los guijarros del río. Diez pasos más allá, allí donde el canal se hacía más profundo, la corriente, con sus muchos remolinos, avanzaba a la altura del muslo formando una curva ondulada.

Avanzaban con dificultad, las mulas se resistían. Príamo sentía las ruedas rechinar sobre los guijarros, desplazándose un trecho sobre el fondo gredoso para después dar un salto. El agua corría veloz sobre la superficie iluminada, pero una segunda corriente aún más fuerte se movía pesadamente por debajo. De repente, el carro dio un bandazo y se inclinó peligrosamente con la carga. El dosel de mimbre, al sacar Príamo la mano para agarrarlo y mantenerse firme, colgaba ladeado y parecía estar a punto de desprenderse del carro.

Las patas de la mula del lado del conductor habían quedado atrapadas por la fuerza de la corriente del fondo y el animal perdió el equilibrio. El agua, colándose a borbotones por entre los orificios en forma de creciente de las ruedas, había hecho girar el vehículo hasta adoptar un ángulo muy inclinado corriente abajo. El conjunto (las mulas, el carro, sus dos ocupantes impotentes, la carga con el tesoro) estaba a punto de caer a la corriente. Príamo vio cómo el carretero se ponía en pie con dificultad y se preparaba para saltar e intentar enderezarlos, por muy desesperado que pareciera el intento. Pero la pequeña mula era más fuerte y sabía dominarse mejor de lo que aparentaba. Se sostuvo, el carro se enderezó y, un instante después, volvían a estar sobre gravilla firme, con el agua fluyendo tranquilamente a su alrededor, corriente abajo. Poco después, gracias a los gritos de ánimo del conductor y a un enérgico empujón, se encontraban sobre la suave arena en el islote situado a mitad de corriente, entre los arbustos sombríos.

El escolta, a pesar de estar calado hasta las ijadas, no había perdido ni un ápice de su jovial buen humor. Tras haber deambulado por unos instantes corriente abajo, llamó a gritos al carretero: «¡Aquí estaremos más seguros!», encorvado y en cuclillas, a unos cincuenta pasos de distancia.

El carretero, que se tomó aquello como un desafío a su propio criterio en tales cuestiones, lo ignoró, pero cuando, tras bajarse del carro y explorar por sí mismo el terreno, volvió a subirse al vehículo y arreó a las mulas para que siguieran adelante, las hizo parar allí donde el joven, ya nuevamente de pie, esperaba, su silueta esbelta y oscura recortada sobre la luz trémula del segundo cauce. Lentamente, fueron rodando a través de la arena blanda.

Una vez más, las mulas se resistieron.

Este segundo cauce era más profundo que el anterior. El agua, que de repente fluía veloz y a gran altura, formaba tumultuosos remolinos alrededor de las ruedas cuando las golpeaba la corriente. El nivel del agua subió de nuevo e inundaba ya los tablones, colándose como si de una pequeña represa se tratara.

—¡Menuda aventura, ¿eh, padre?! —gritó el joven al oído de Príamo, por encima del estruendo del agua. Cubiertos de agua hasta la cintura, se abría paso con fuerza a contracorriente—. Cuando se decidió a salir, no esperaba esto, ¿a que no?

Cierto, no lo esperaba, pero allí estaba en mitad de todo aquello y, habiendo dejado atrás su miedo inicial, se sintió casi infantilmente complacido consigo mismo. Estaba disfrutando. Se aferró firmemente al pescante y miró feliz por encima de la expansión del agua resonante, con sus remolinos y las fortuitas contracorrientes de luz, contándose ya a sí mismo la historia de cómo habían vadeado el río y de cómo se había sentido resuelto, valiente incluso.

Allí el fondo era sólido. A pesar de los remolinos que la corriente helada formaba a su alrededor y a la fuerza que la masa de agua ejercía sobre el carro, consiguieron avanzar un buen trecho.

—Buen trabajo —gritó el carretero al acercarse a pocos centímetros de la orilla. Entonces, con el agua colándose por entre las ruedas, el carro rompió la superficie y afrontó la elevación del terreno—. Un último empujón —dijo con urgencia—. Solo uno. Ahora, Preciosa , ¡ahora! —exclamó haciendo un último esfuerzo hacia delante como si fuera el tercero en el yugo.

Las mulas agacharon la testa, se aferraron al suelo con toda la fuerza acumulada en sus cuartos traseros y, en apenas unos instantes, el carro, Príamo, el cargamento y todos ellos volvían a pisar tierra firme. Estaban empapados hasta los huesos y, a medida que el carro iba rodando entre las matas bajas de arce, sicomoros y encinas, el agua iba dejando un reguero tras ellos, formando una estela embarrada. Entretanto su escolta había alcanzado la orilla, con tal facilidad como si el agua no le ofreciera más resistencia que el aire. Tenía la túnica empapada, pero ni siquiera se había despeinado y no mostraba la más mínima consecuencia por el esfuerzo realizado.

Se detuvieron junto a la hilera que formaban los árboles. Tras los turbulentos esfuerzos y el tumulto del vadeo, solo se escuchaba el sonido de su respiración en mitad de la silenciosa calma y, una vez más, el ulular de un búho en la distancia. El territorio que tenían ante sí aparecía parcheado de sombras en algunos lugares, iluminado en otros por una luna temprana.

El carretero, con su diligencia habitual, se bajó del carro y lo inspeccionó por delante y por detrás para comprobar que todo estuviera en orden. A continuación, volvió a montar y condujo a las mulas a un lado y a otro hasta sentir el inicio del camino bajo las ruedas. Solo entonces habló.

—Bueno, pues no ha estado tan mal —opinó—. A partir de aquí el camino es recto. ¡Bien hecho, Preciosa! ¡Muy bien, Choque!

Las mulas, aún relucientes por la humedad del chapuzón, respondieron y comenzaron a trotar.

La luna asomaba ya rápidamente por el horizonte. Muy pronto, como una oblea iluminada por dentro, reinaba sobre lo que habían sido campos de trigo y olivares antiguos antes de que la guerra los arrasara.

Príamo, sentado, guardaba silencio. Hasta entonces no había visto nada de todo aquello.

Se estaban adentrando en un paisaje absolutamente devastado. Del polvo del camino brotaban pequeños arbustos macilentos y, a lo largo y ancho de la llanura, pequeñas criaturas con forma de ardilla que habían estado mordisqueando los delgados tallos permanecían acuclilladas observándolos fijamente, los hocicos temblorosos, para después desaparecer de la vista en sus madrigueras, escabulléndose con rapidez. En el cielo sin viento, grandes nubes ribeteadas de plata permanecían inmóviles ante las estrellas: Orión, Géminis, las Pléyades, de un blanco nebuloso la red que formaban.

Al poco, su escolta, incapaz de guardar silencio durante mucho tiempo, volvió a hablar, preguntando de vez en cuando a Príamo si su regia persona estaba cómoda y, por último, tras otro silencio en el que parecía haberse quedado finalmente sin palabras, preguntó en un tono muy agradable al carretero:

—¿Y esa nuera tan guapa? ¿Cómo está? ¿Todavía le molesta a la pobre esa cojera?

El carretero ocultó su sorpresa mayúscula lanzándole una mirada fulminante. ¡Menudo descaro!

¿Cómo es que aquel tipo sabía de ella? Sintió una ligera inquietud, pero también un trémulo indicio de algo más que desapareció antes de que quisiera darse cuenta. Se acurrucó sobre sí mismo y fingió no haber oído.

También Príamo se sorprendió. El carretero no había mencionado ninguna cojera. No formaba parte de la imagen que se había formado de la joven acuclillada junto a las piedras calientes, dando vuelta a las tortitas con las puntas de los dedos y, cuando quemaban demasiado, llevándoselos a la boca. Tendría que volver a empezar de nuevo, si bien le complacía oír que la muchacha era guapa.

—Ah —dijo el joven—. Ya veo, viejo amigo, que no te gusta que sepa tantas cosas sobre ti, pero sé más que eso. ¡Mucho más! —Y soltó una carcajada burlona—. Sé, por ejemplo, que tienes mucho genio y que tiendes a ser más bien taimado, que de hecho estás hecho un pillo. No voy a decir que seas un completo sinvergüenza sino más bien un tipo a quien no le preocupa demasiado cumplir la ley. Y también eres aficionado a las tabernas. ¿Acaso no es eso lo que cuentan de ti? Tienes algo de bebedor, de narrador y de cuentacuentos. Te conozco bastante bien, ¿eh? —Y entonces ladeó la cabeza de una forma falsa y francamente encantadora y volvió a reírse.

El carretero lanzaba miradas fugaces hacia Príamo. Lamentaba que el rey tuviera que oír todos esos chismorreos chabacanos sobre él. Podía haber derribado a aquel tipo de un puñetazo por su charla chocarrera y esa suficiencia suya, por ser tan listo. Pero algo le hizo contenerse. Cierta sospecha de que no todo era lo que parecía. De que era mejor mantener los ojos abiertos y esperar.

—Bueno —dijo el joven con indiferencia—. Que los dioses te bendigan. Si quieres que te diga la verdad, yo no soy especialmente cumplidor en lo que a la ley respecta, así que no te lo tengo en cuenta. Y, además, es bueno ser alegre y disfrutar de las bromas. Porque te gustan las bromas, ¿o no? —Pero el carretero echaba fuego por los ojos—. Bueno, a lo mejor me he pasado. Si todo esto te pone de mal humor, dejaré de parlotear, abuelo. Pero ya sabes, soy joven. Tengo la cabeza llena de estas cosas y el mundo es un lugar tan animado e interesante que no puedo evitar entusiasmarme. Además, creo que es tentador, cuando se es joven como yo, hablar y escuchar lo que ocurre en el mundo. Ya habrá tiempo más adelante de poner caras largas y mostrarse taciturno, de quedarse quieto y decir hmmm… esto y hmmm… aquello. Ya pasaremos bastante tiempo en la tierra, padre. Ahí sí que hay silencio.

—Señor —susurró el conductor a Príamo, que estaba sentado muy erguido en el pescante, su figura tan de madera como el propio pescante—. Señor, este tipo que nos acompaña... Ya sé que lleva un sombrero griego y que viste como uno de ellos, pero me pregunto si realmente es griego. O incluso, señor... —dijo bajando aún más la voz —, si es un hombre como nosotros.

—¿Qué dices, abuelo? —preguntó el joven desde el lado del conductor. La pequeña mula giró la cabeza al oír el cambio en el tono de la voz, que había dejado de sonar ligera y joven como la del simpático desconocido—. ¿Qué vas murmurando por ahí? Que tengo buen oído, ¿eh? De nada te servirá susurrar. Así que crees que no soy un hombre como vosotros, ¿eh? ¿Y entonces qué soy? ¿Quién soy?

Los ojos de Príamo se abrieron como platos. Se preguntó cómo no lo había visto antes.

—Mi señor —exclamó con la respiración entrecortada—. ¡Mi señor Hermes!

También el carretero tenía los ojos como platos. Con su usual y fingida falta de disposición para sorprenderse por nada de lo que la vida le pusiera en el camino, disfrazó la alarma que sentía, pero no pudo evitar formularse una o dos preguntas incómodas.

Si ciertamente se trataba del bromista celestial (mensajero, ladrón, embustero, escolta de las almas hacia el inframundo), ¿hacia dónde se dirigían entonces?, ¿se habrían ahogado allí detrás, cuando de tan buen humor los había guiado hasta el lugar elegido por él?, ¿eran ya almas incorpóreas camino del más allá?

Se pellizcó. ¡No lo parecía! Se llevó la nariz al canesú de su túnica y la olfateó. Tampoco olían a muerto.

—Veo que os sorprende —dijo el dios—, a los dos. Bueno, es comprensible, y además es lo propio. Lo que os he contado era cierto: fui enviado. Pero no por Aquiles, que nada sabe de vuestra llegada.

Observó la mirada de alarma que se cruzaron entre ellos. También aquello era comprensible y se apresuró a tranquilizarlos.

—Sí, me han enviado, pero no por las razones habituales. No tienen nada de eso en mente. No en esta ocasión. La próxima vez que me veáis, será otra historia. Pero entonces me reconoceréis, ¿o no, abuelo? Por cierto —dijo, e hizo una pausa para sacar los guantes del cinturón y colocárselos con gran delicadeza en los finos dedos —, yo soy invisible, aunque vosotros podéis verme con bastante claridad. Ah, y esa pequeña por la que tanto te preocupabas —eso lo dijo en dirección al carretero, como si acabara de recordarlo—, está ahora mismo sentada comiendo un cuenco de papilla de cebada, preguntando dónde te has ido y cuándo volverás. —Se giró y se dirigió al monarca—. Ahora, padre —dijo con gravedad—, ha llegado la hora de reunir fuerzas. Las trincheras griegas se encuentran justo detrás del segundo túmulo. Casi hemos llegado.

Príamo sintió cómo de repente le flaqueaban las fuerzas. Estaba al límite. Había llegado el momento en el que debía llevar a la práctica aquello que hasta ese punto solo había sido un plan ejecutado en su imaginación. ¿Estaría él a la altura? Desmayado de debilidad ante la idea de enfrentarse por fin cara a cara con Aquiles, sintió las pestañas caer pesadamente, como si estuviera a punto de refugiarse en el sueño.

Lo que lo fortaleció fue la presencia a su lado de su buen Ideo, que de ningún modo parecía intimidado por la transformación de su escolta, como si la aparición en escena de aquel dios fuera algo completamente habitual en su vida, una eventualidad más que tuviera que ser admitida y tenida en cuenta en un mundo de infinitas sorpresas y contratiempos.

Quizá fuera una baladronada. La determinación de no dejarse impresionar o, al menos, de no demostrarlo. Si así era, estaba funcionando y dando sus frutos, también él sentía sus beneficios.

Lo reconfortaba asimismo el título que el dios acababa de darle. El joven ya se había dirigido a él con la palabra «padre» en anteriores ocasiones, pero Príamo lo había interpretado como un aspecto más de sus burlas festivas, dichas en ese tono mitad cariñoso, mitad condescendiente que adoptan los jóvenes al hablar con sus mayores, especialmente los hombres jóvenes enamorados de su propia importancia. Respetuoso, sí, incluso zalamero, pero también con ciertos aires de divertida superioridad. Ahora que la obra en la que debía interpretar el papel de «padre» estaba a punto de empezar, un papel cuya interpretación nunca hasta entonces había intentado, lo conmovía esa invocación del vínculo sagrado que leyó, viniendo de labios de un dios, como una muestra de aprobación y una bendición.

El joven, Hermes, lo agarró por la muñeca y Príamo sintió una sacudida cuando la sangre respondió a su tacto, firme y más bien helado. Entonces, sus extremidades se llenaron lentamente de energía.

Habían llegado frente a la trinchera ubicada antes de la empalizada. Se trataba de una trinchera de dos cuerpos de ancho y tres espadas de profundidad, cubierta de cardos y protegida por un seto de estacas afiladas, dispuestas formando un ángulo convexo.

Detrás de la trinchera, con doce pies de alto y construida con troncos de pino calafateados con estopa, se hallaba la gran portalada que daba paso al campamento. Hacían falta tres hombres para levantar el tronco de pino que bloqueaba la entrada. Solamente Aquiles, de entre los mortales, podía hacerlo solo.

Una compañía de argivos montaba guardia en el patio interior. Dispersos por el campamento, permanecían acuclillados alrededor de las ascuas de las hogueras donde se estaba asando la cena o tumbados sobre sus túnicas jugando a los dados. Era la primera guardia, una hora fácil. Cuando un repentino golpe sonó en la puerta, el capitán de la guardia levantó la vista, sorprendido. Los piquetes que había dispuesto no le habían dado señal alguna de que ningún desconocido estuviera aproximándose al campamento.

Lentamente se puso en pie y, flanqueado por dos o tres hombres, se dispuso a cruzar el patio. Los demás, o al menos cuantos no estaban demasiado absortos en su charla o en sus juegos de dados, miraban despreocupados para saber qué ocurría.

Pero el capitán y sus acompañantes apenas habían avanzado una docena de pasos cuando, con un ¡crac! que puso a todo el patio en pie, el gigantesco poste que atrancaba la puerta se salió del cierre, como si algún agente invisible lo estuviera moviendo, y lentamente comenzó a levantarse.

El capitán y sus acompañantes permanecieron en pie, hechizados, con las manos sobre las espadas a medio desenvainar, sintiéndolas demasiado pesadas para levantarlas, la lengua fuera sin poder articular palabra, tan quieta como sus pies y sus respiraciones.

Lentamente, mientras ellos miraban, los goznes rechinaron y las puertas se abrieron de par en par.

Allí, a cinco pasos de la puerta, había un carromato cubierto tirado por dos mulas, con dos ancianos sentados juntos en el pescante.

Solo cuando el carro entró tambaleándose y haciendo un ruido sordo en el campamento y las hojas de la gran puerta se hubieron cerrado detrás de él y la barra, movida una vez más por manos aparentemente invisibles, quedó colocada con un ruido sordo en su cerradura los vigilantes, ya todos observando la escena, expresaron su consternación, dudando de lo que acababan de ver.