Rescate

David Malouf · Capítulo 4 de 6

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Rescate

Cuatro

 

En su tienda, Aquiles está fuera de sí. Estos días apenas si come nada, pero en consideración a sus hombres se siente obligado a hacer acto de presencia.

Los hombres, arremolinados hombro con hombro, comparten una mesa de caballete en el centro de la tienda. Aquiles se sienta aparte a una mesita plegable de marfil incrustado que sus ayudantes, Automedonte y su escudero Álcimo, han dispuesto en un rincón apartado al que no llega la luz de la antorcha.

Debajo del techo bajo de paja el aire es espeso y huele a brea procedente de las antorchas de pino que chisporrotean y desprenden humo y vapores acres, también huele a grasa animal y al sudor de cuerpos sin lavar. Los hombres hacen ruido. El ruido va formando un tumulto, después recae para volver a subir, oleada tras oleada, como el mar. Puños de hombres borrachos golpean con violencia las copas contra la mesa.

Estalla una pelea. El reflejo de una cabeza peluda sobre un hombro cubierto de pieles aún más peludo se dibuja amenazante sobre el rojo de la pared de tablones de pino. Algunos se suman a la pelea y durante unos instantes se agitan en el caótico juego de sombras en el que brillan, mitad oscuridad, mitad llama, rostros sudorosos, bocas húmedas, las cuencas oscuras de sus ojos. Entonces la pelea amaina y las grandes sombras vuelven a convertirse en los sólidos cuerpos de hombres que se dan golpes en las espaldas y, gritando, forman una piña, hombro con hombro. En un instante de silencio, alguien empieza a divagar sobre algún recuerdo, alguna vieja tristeza o anécdota del hogar y ásperamente le mandan callar. Traen más vino.

Aquiles apenas advierte nada. No es más que el ruido que los hombres adultos hacen cuando están en compañía y tienen miedo de adónde pueda conducirlos el silencio. Es el mismo estruendo que provocan los árboles zarandeados y las piedras al estrellarlas las unas contra las otras.

Se sienta con una copa de vino llena ante él y come únicamente para que sus sirvientes sientan que pueden hacer lo propio.

Ahora que Patroclo no está, Automedonte es su principal ayudante, su auriga y su más próximo ayuda de cámara. Uno de los más nobles de entre los mirmidones, Automedonte es un tipo de mandíbula fina y una flacura impresionante, de ojos firmemente hundidos en las cuencas, centelleantes bajo las espesas cejas. Como parece no llegar a comprender nunca por entero todo lo que sucede a su alrededor, es el hombre más prudente y digno de confianza de todos y todo lo que hace lo lleva a cabo con perfecta consideración y una rectitud extrema. Pero Aquiles no se siente del todo tranquilo con él. Lo admira, pero no le atrae, como le ocurría con Patroclo.

Lo cierto es que le molesta la presencia de Automedonte. Su presencia supone tanto un recordatorio como una reprimenda.

Cuando el casco cayó de la cabeza de Patroclo y este se tambaleó, con la sangre manándole a borbotones de la boca, fue ese hombre, Automedonte, quien corrió a levantarlo y, sosteniéndolo firmemente entre sus brazos, distinguió la luz que como una nube atravesó su mirada mientras el mundo se iba haciendo más oscuro y quien, gritando y apoyándose cada vez más cerca, escuchó el último aliento que salió de sus labios. Fue Automedonte quien se sentó a horcajadas sobre el cuerpo y, cegado por las lágrimas, alejó a los chacales troyanos.

«Él —se dice amargamente Aquiles—. No yo. En sus brazos, no en los míos.»

El resentimiento que Aquiles siente por Automedonte es la razón por la que lo ha convertido en su escudero. Sabe que es lo que Patroclo habría esperado de él. Pero la idea está ahí, siempre. Él, no yo. Y todavía duele.

Automedonte, alerta ante cualquier cambio de humor de Aquiles, lo sabe. Reconoce el dolor de Aquiles, también él llora. Ama a ese hombre, no solo por Patroclo, y no permite que el dolor que siente afecte a la atención que presta a las necesidades más minúsculas e indecibles de Aquiles. Siempre atento, cuando Aquiles finalmente da la señal, Automedonte hace un gesto con la cabeza a Álcimo, arriman los taburetes a la mesa y se unen a él.

Son jóvenes estos hombres, tienen buen apetito. Aquiles se obliga a comer un poco de cada uno de los platos dispuestos ante él: cebolletas, un puñado de aceitunas, pan, un poco de queso agrio. Apenas toca el vino que han mezclado y servido.

Automedonte intenta que no se note que han estado aguantándose las ganas de comer. No es el caso de Álcimo, apenas un muchacho. Después de que Aquiles se ha servido, sus manazas se dirigen con presteza hacia la bandeja de carne asada y el pan en su cestillo de mimbre, mientras las mandíbulas mastican con fruición pequeñas porciones de tocino.

Aquiles se da cuenta de que Automedonte guarda silencio. No está obligado a hacerlo. Repentinamente consciente del ruido que produce al masticar, Álcimo se traga los últimos pedazos y, al chupar la grasa de sus dedos, lo hace como una señorita, con tal moderación que casi resulta cómico.

Aquiles le tiene cariño a Álcimo y siente lástima por él. Sabe que preferiría estar con los demás, dando golpetazos con su copa sobre la mesa de caballete y engullendo frenéticamente su comida mientras grita para que su voz destaque entre la multitud. Es esa sobreabundancia de naturaleza animal que aún no ha aprendido a dominar lo que a Aquiles le resulta entrañable en el muchacho y lo que hace que sea tan fácil perdonarle esos deslices provocados por su pesada torpeza. Le gusta tener a Álcimo a su vera. Por su propio bien, pero también como recordatorio de lo que él mismo era apenas hace un año.

Una vez más se inclina hacia uno de los platos para que sus compañeros puedan aprovechar la ocasión. Toma una brocheta de carne. La gira entre sus dedos. La vuelve a colocar en el plato.

Entonces, en la humeante oscuridad del extremo más recóndito del cobertizo, una mano se desliza por entre la cortina de cuentas tintineantes. Aquiles levanta la cabeza.

Invisible, un dios se mueve entre ellos y, a su paso, los gritos a pleno pulmón de los mirmidones se detienen. Las notas plateadas de la lira tocan el aire y lo alteran. Cuando las voces arrancan de nuevo, como de hecho ocurre muy pronto, no son tan fuertes como para impedir que se escuche la música que persiste, como también persiste, para Aquiles, esa reacción que la música ha despertado en él.

Sabe lo que denota esta repentina suspensión de sus rudas cualidades viriles. Ese derretirse en su interior de la voluntad, de su yo. Las cosas siguen siendo lo que son, pero ahora percibe en ellas una fluidez que en otras ocasiones resultaba opaca. Las partículas de las que están conformadas en su forma sólida se desploman y enjambran. Como si su naturaleza fuera fluida, no fija. El mundo nada y, en tanto dura esa sensación, también él flota.

Se ha sumergido en su elemento materno y una vez más se abre a su trémula influencia. En tal estado ve cosas: cómo se espesa la media luz que brilla tras el hombro de Automedonte y lo golpea primero como un movimiento involuntario de su sangre.

Una figura, algo borroso que se cierne, ha empezado a formarse ante él.

Patroclo, suspira. ¡Eres tú! ¡Al fin, al fin! Hechizado, observa cómo la figura avanza hacia él a través de la humeante oscuridad.

Pero no es precisamente un hombre joven. Su decepción se disuelve tornándose de nuevo en un profundo pesar.

La figura, alta y enjuta, ataviada con una túnica blanca sin adornos, es la de un anciano. La carne flácida bajo el mentón cuelga formando pliegues llenos de arrugas, la mirada profunda bajo unas cejas nudosas.

¿Padre?

Esta vez es una pregunta a medias. Lentamente, se pone de pie.

Álcimo lanza una mirada a Automedonte y, a continuación, vuelve a mirar por encima del hombro para ver qué ocurre. Lo ve y tanto él como Automedonte se ponen en pie de un salto y echan mano a sus espadas. Aquiles, erguido, sigue mirando fijamente la figura.

Han pasado nueve años desde que Aquiles vio a su padre por última vez. Cuando partió de Ftía era poco más que un muchacho, ya formado y con buena constitución, pero con escasas señales del hombre en el que se ha convertido: un guerrero de pecho fornido, hombros grandes y cuello robusto, los rasgos endurecidos tras largos meses vivaqueando a ras de cielo. Así lo ha tratado el paso del tiempo. Por eso ahora, con una gran oleada de tristeza, le sorprende ver también lo mucho que su padre ha cambiado.

El Peleo que dejó atrás, que con tanta firmeza lo mantuvo apretado contra su pecho, resistiéndose a dejarlo marchar hasta el punto de que se le saltaran las lágrimas, estaba aún en la flor de la vida, con la fuerte musculatura propia de un guerrero, un hombre temible. La figura que ahora se aproxima sigue siendo alta y de aspecto noble, pero de músculos inertes. El pelo, antaño espeso y plateado, es ahora ralo y de una blancura lanuda.

—Padre —dice de nuevo, esta vez en voz alta, vencido por la ternura que siente por el anciano y su temblorosa fragilidad—. ¡Peleo! ¡Padre!

El gran Aquiles, con la mirada perdida, solloza. Deja escapar un grito, cae sobre una de sus rodillas y extiende el brazo para aferrarse a la túnica de su padre. Automedonte y Álcimo, con las espadas desenvainadas y resplandecientes, se ponen a su lado de un salto.

—¡Señor!

Aquiles, boquiabierto, mira de nuevo.

Ese hombre es un desconocido. Noble, ciertamente, incluso ataviado con esa sencilla túnica, pero en absoluto parecido a Peleo. ¡Cuántos son los engaños que puede tramar el corazón! Es evidente que aquel hombre no es su padre, pero durante cien latidos de su corazón su padre se le había hecho realmente presente y ahora sigue sintiéndose tiernamente vulnerable a todas esas emociones que lo inundan y que forman parte de un vínculo sagrado.

Razón por la cual, para sorpresa de sus dos ayudantes, no agarra al intruso por la garganta sino que pregunta, casi con suavidad:

—Pero ¿quién eres tú? ¿Cómo has entrado en este cobertizo?

Como si, quienquiera que fuera, hubiera algo misterioso y extraño en la repentina aparición de este desconocido, sin ser detectado, en un lugar abarrotado de sus seguidores.

El anciano se tambalea, parece estar a punto de caer. Lanza una mirada aprensiva al más joven de los dos hombres que lo observan con las espadas desenvainadas. Álcimo, cual león, apenas puede contenerse para no saltar.

Aquiles, al ver lo que ha alarmado al hombre, hace una señal, y Álcimo, tras lanzar una rápida mirada de confirmación a Automedonte, enfunda la espada.

Príamo se tranquiliza. Todo ha ocurrido con excesiva rapidez, de un modo para el que no está preparado. Ha venido hasta aquí para arrodillarse ante Aquiles. Aun con todo, el momento de la verdad ha llegado. Debe continuar.

—Yo soy Príamo, rey de Troya —se limita a decir—. Me presento ante ti, Aquiles, tal y como me ves, tal y como soy, para pedirte, como padre y de hombre a hombre, el cuerpo de mi hijo. Para ofrecerte un rescate y llevármelo a casa.

Príamo cierra los ojos. «Ahora —piensa—. Ahora atacarán.»

Los dos sirvientes siguen alerta, en pie. Automedonte aún tiene la mano posada sobre la espada. Aquiles se pone en pie. Pero no ocurre nada.

—Pero ¿cómo has llegado hasta aquí? —pregunta—. ¿Cómo has entrado en el campamento, en este cobertizo?

—Me han guiado —responde Príamo. Y, al recordar al dios que lo ha conducido hasta allí, Hermes el matagigantes, se anima.

Príamo puede ver que Aquiles está impresionado. No repite sus mismas palabras, pero han quedado registradas en la línea que se le forma entre las cejas, en la breve separación de sus labios. Príamo ve que Aquiles comprende inmediatamente que lo que lo ha traído hasta aquí es algo más que una fuerza ordinaria. A pesar de ser una gigantesca mole, de la anchura de sus hombros, de esos músculos fibrosos del cuello, el guerrero que habita en él se ha tranquilizado, al menos por el momento.

—He venido en carromato —explica—. Con mi heraldo, Ideo. Está ahí fuera en el patio, con el tesoro que he traído para ti.

Príamo no se arrodilla. La ocasión ha pasado. Así pues, la escena tal y como se la había imaginado y desarrollado en su mente no tiene lugar.

En lugar de eso, permanece de pie en silencio, en la calma que los rodea, a pesar del ruido que hacen los mirmidones de Aquiles, y espera.

Aquiles entorna la mirada y estudia atentamente al hombre que tiene delante. Hace una señal, casi invisible, a Automedonte, que retira la mano de su espada y sale de la estancia.

Todo ha ocurrido tan rápidamente y tan en silencio en ese rincón oscuro del cobertizo que los hombres que ocupan la mesa donde reina la confusión siguen sin darse cuenta del extraordinario hecho que está acaeciendo. Siguen gritándose entre sí con gran bullicio y levantando sus copas, brindando borrachos. Todo ello resulta en un instante que, desde el punto de vista de Aquiles, parece un sueño.

La ternura que ha sentido con anterioridad sigue influyendo en su ánimo. Detrás de ese anciano que afirma ser, ¿podría ser eso cierto?, Príamo, rey de Troya, se cierne la figura de su padre, demasiado próxima en la mente de Aquiles, demasiado inquietante como para apartarla a un lado. Impaciente por saber a qué debe enfrentarse exactamente, hace una señal a Álcimo para que vaya tras Automedonte y le traiga noticias de lo que ha descubierto.

Pero Álcimo duda, renuente a dejar solo a su señor, y antes de que pueda moverse, Automedonte ha regresado. Con él trae a un segundo anciano como si fuera un fardo, más robusto que el primero. Greñudo y ataviado con una prenda basta tejida a mano, no se parece en nada al heraldo troyano, a quien Aquiles ha visto al menos en tres ocasiones anteriores en el campamento.

—Es cierto —responde Automedonte en un susurro—, hay un carromato cargado con un tesoro. De hecho, señor —dice bajando la voz aún más—, no es otra cosa que un carro para transportar heno, normal y corriente. Este tipo es el conductor. Bastante raro, diría yo, y porfiador. No quería abandonar a sus mulas.

—¿Eres tú Ideo, el heraldo del rey? —pregunta Aquiles al hombre.

Está perplejo. No solo por la afirmación de que este tipo de aspecto rudo sea el heraldo de Príamo sino por una situación que ya ha llegado mucho más allá que cualquier otra que pueda recordar. Lo sorprendente es la tranquilidad que lo embarga a pesar del aviso de Automedonte.

El carretero, que de hecho ya está bastante alarmado por haber sido llamado a participar en todo aquel asunto, por la humeante oscuridad del lugar y por el ruido, que se asemeja más a lo que cabría esperar de una taberna y no del campamento de un héroe, se frota la nariz en un gesto que le sirve para tranquilizarse y se rasca la cabeza. Intenta ganar tiempo. Ahora que le han hecho la pregunta, tan directa y con Príamo observándolo, no sabe cómo responder.

—Bueno, viejo amigo —vuelve a preguntar Aquiles—. ¿Eres tú el famoso Ideo?

¿Ideo?

No, claro que no lo es. Él es Somax. Un simple obrero que esa misma mañana, como cualquier otra mañana de su vida, esperaba en el mercado a que alguien lo contratara cuando aparecieron dos desconocidos, que resultaron ser hijos del rey, príncipes troyanos. Uno de ellos se detuvo e, inclinando levemente la cabeza en dirección al carretero, tiró levemente de la manga del otro, inmediatamente atraído, como solía ocurrir, por la pequeña mula, la célebre Preciosa. Todo lo cual, aun cuando fuera cierto y relevante al menos para él, no empieza siquiera a explicar lo inverosímil de la historia. Las palabras que le permitirían explicarlo están ahí, en su cabeza, pero al intentar sacarlas, empiezan a dar vueltas y a formar un revoltijo. ¿Y cómo explicar, con Príamo allí presente para oírlo, que este rey que tiene a su cargo, aun con la solemnidad que le confiere su autoridad, es tan inocente respecto del mundo como un recién nacido desnudo e igual de desvalido?

Lo que dice es:

—Si me lo permite, señor, Ideo es el nombre que me ha sido impuesto, porque el ayudante del rey siempre recibe ese nombre: Ideo. Y resulta que... el... ayudante del rey —casi se le olvida y dice «acompañante»—… soy yo. El carro y las mulas, señor, son míos. El tesoro que estaba vigilando...

Pero no sabe qué decir del tesoro ni a quién pertenece legítimamente en ese momento.

Afortunadamente Príamo se da cuenta del aprieto en el que está e interviene.

—Aquiles, he dado a este hombre el nombre de heraldo porque una antigua costumbre dicta que yo tenga un heraldo que conduzca mi carro y que, en caso de necesidad, también hable por mí. Esta vez tengo la intención de hablar por mí mismo, pero este buen hombre me ha acompañado conduciendo el carro con el tesoro que traigo. Es carretero: no hay ninguna necesidad de engañarnos dándole ningún otro nombre. Sería muy cortés de tu parte si no hicieras demasiadas preguntas sobre su persona. —Entonces Príamo, desviando la mirada de Aquiles, se dirigió al carretero —: Me has servido bien —le dice al hombre—. No podría haber tenido un acompañante mejor. Pase lo que pase aquí te doy las gracias por ello y, si todo va bien, haré que seas recompensado. Lamentaría mucho que por mi culpa te sobreviniera algún daño, pero en ese aspecto, estamos en manos de otros. Los dos.

Príamo está profundamente conmovido. También lo está su acompañante, que se frota la nariz, mantiene la vista clavada en el suelo y hace pequeños gestos de desaprobación que dan a entender que en realidad es muy poco lo que ha hecho.

Aquiles se siente intrigado ante esta escena representada por los dos ancianos, pertenecientes a mundos tan dispares —la humildad de uno, la violenta timidez del otro—, tanto más en cuanto toda la escena se ha desarrollado como si fuera un asunto estrictamente entre ambos y él no tuviera parte en todo ello. Aquello podría haberlo ofendido, pero por alguna razón no es así. El desconocimiento, la inverosimilitud, lo desconcierta. Le resulta divertido.

—Álcimo —dice—. Acompaña a este buen hombre fuera y haz que le den algo de comer. Y que le den también forraje para sus mulas.

Álcimo da un paso adelante para acompañar al carretero y Príamo, aun bajo los efectos de las palabras que acaba de pronunciar y la tranquilidad con la que Aquiles las ha recibido, se siente lo suficientemente envalentonado como para continuar.

—Aquiles —empieza diciendo—, me dirijo a ti como padre que soy...

Hace una pausa y Aquiles, que está preparado para lo que viene, permanece de pie, listo para escuchar lo que el anciano tiene que decir, pero las palabras que Príamo pronuncia a continuación lo pillan completamente desprevenido.

—Sé que eres padre de un hijo al que no has visto durante más de la mitad de sus días en la tierra. Un niño que crece en casa de su abuelo, en la lejana Esciros. Piensa en lo que supondría para ti, Aquiles, si fuera su cuerpo el que yaciera ahí fuera, sin consagrar después de once días y once noches, bajo el polvo. El cuerpo de un hijo por quien sientes el cariño de un padre, hacia quien tienes obligaciones sagradas que nada, absolutamente nada en el mundo, puede suspender. ¿Acaso crees que a mí alguna vez se me ocurrió, cuando yo era el joven que tú eres ahora, en plena flor y vigor de mi juventud, que llegaría a este punto en mi vejez? Que me presentaría, como hago ahora, indefenso ante ti y sin señal alguna que dé cuenta de mi dignidad, suplicándote, Aquiles, como padre de un pobre mortal a otro, que aceptes el rescate que traigo y me devuelvas el cuerpo de mi hijo. No porque estas copas y otras chucherías sean un equivalente adecuado, pues cómo podrían serlo, ni por cualquiera que sea el valor que tú puedas darles sino porque nos honraría enormemente a ambos actuar como nuestros padres y antepasados han actuado a través de los tiempos y demostrar que somos hombres, hijos de los dioses, no bestias salvajes. Te lo suplico, no pidas más de mí. Acepta este rescate y permíteme al fin recuperar lo que queda de mi hijo.

Y entonces el anciano aparta la vista, incapaz de seguir.

Aquiles frunce el ceño, sumido en sus pensamientos. La evocación del niño Neoptólemo en boca de Príamo ha tocado una llaga cuyo dolor lleva tiempo intentando suprimir.

Hace nueve años, cuando lo vio por última vez, Neoptólemo no era más que un niño, un muchachito robusto de siete años, revoltoso y orgulloso, el pelo de un rojo ardiente y un collado de pecas en la nariz. Un hombrecito travieso que andaba pavoneándose, con esa voz arisca y esa severidad en la frente propia de un veterano cuarentón que adoptan los niños a esa edad, imitando a sus mayores, y que en ocasiones resultan casi cómicas.

¿Y ahora?

Ha intentado conjurar la imagen del joven de dieciséis años, su cuerpo endurecido y lleno de viril resolución, listo para dar prueba de su valor, instando ya a su abuelo Licomedes a que le permita dejar a sus tutores y ejercitarse en la palestra y embarcar rumbo a Troya para al fin estar al lado de su padre como uno de sus temidos mirmidones, pero, perseguido por su antigua inclinación, es aquel niño engreído quien le viene a la mente. Todo lo que Aquiles puede ver cuando contempla esos nueve años que han transcurrido es el pequeño héroe que lo imita, dando grandes zancadas arriba y abajo en el vestíbulo del abuelo, adoptando una postura afectada con su espada en miniatura, frunciendo el ceño y lanzando sus bravatas de hombrecillo.

Pero Príamo se ha recuperado.

—Aquiles —dice, ahora con voz firme—. Sabes, igual que yo, lo que los hombres somos. Somos mortales, no dioses. Morimos. La muerte es algo natural en nosotros. Sin ese peaje que pagamos por adelantado, no nos abrimos al mundo. Tal es el difícil trato que la vida nos plantea a todos, a todos y cada uno de nosotros y la condición que todos compartimos. Y es por esa razón y no por ninguna otra por la que deberíamos compadecernos de las pérdidas ajenas, porque las desgracias nos alcanzarán a todos, antes o después, en un mundo al que llegamos solamente en términos mortales. Piensa, Aquiles. Piensa en tu hijo Neoptólemo. ¿Acaso no harías por él lo que yo he venido a hacer aquí por Héctor? ¿Acaso tu padre, Peleo, no haría lo mismo por ti? Se despojaría de todos los ornamentos del poder y, sin preocuparse por el orgullo o la distinción, haría lo más humano: presentarse, como yo he hecho, un hombre sencillo, viejo y canoso, para suplicar al hombre que ha matado a su hijo, con la poca dignidad que le queda, que recuerde su propia muerte y la muerte de su padre y actúe como honorablemente se actúa entre nosotros aceptando el rescate que traigo y me devuelva a mi hijo.

En los instantes de calma que se suceden, puesto que el ruido que sus hombres hacen ya no le llega, Aquiles se siente inmovilizado, fuera del tiempo.

Esa misma mañana, en la playa situada tras las líneas de las naves aqueas, había estado contemplando el golfo, sintiendo que no era el espacio hacia lo que su mente se veía atraída sino hacia la gran expansión del tiempo, a la vez tan inmediato en ese instante e inconmensurable, sin fin.

Ahora que Príamo ha terminado de hablar, distingue detrás de Príamo la figura de otro anciano, a la vez cerca y lejos: su padre, Peleo. Más allá, la figura de un tercero, él mismo, el anciano que nunca llegará a ser. Y, en un suspiro y en todos sus miembros, se apodera de él una sensación de frío que hasta entonces le había resultado desconocida, incluso en las noches más frías de invierno en la llanura troyana. Una gelidez que lo atrapa con puño de hierro. Es la frialdad de esa estrella lejana lo que aísla al cuerpo en la muerte.

Pasa el instante, el hielo se rompe. Al volver al calor y el ruido del cobertizo, los ojos le arden tanto que tiene que cubrírselos con una mano. Al levantar la vista, de nuevo vislumbra un resplandor rojizo alrededor de todo lo que ve —el anciano Príamo, que permanece erguido ante él, la muchedumbre sentada a la mesa de caballete—, como si tuviera las cuencas de los ojos inundadas en sangre. Una bola de fuego cruza el aire con un silbido, un agente abrasador más destructivo que lo que ha contemplado durante estos últimos nueve años de carnicerías. Al evocar su propia muerte, Príamo ha permitido que entre ambos se interponga el temido instrumento de aquella. Aquiles siente en el aire el aliento de una espada ardiente. Vislumbra, como si pudiera ver a través de un agujero momentáneo abierto a la eternidad, al anciano Príamo desparramado. Oye a la Furia armada lanzando una mirada ardiente por encima del hombro, gritar a la oscuridad: «¡Ahí lo tienes, padre! ¡Ahí lo tienes, Aquiles! Te he vengado».

Aquiles toma asiento, con el corazón destrozado. Es su hijo, Neoptólemo.

En la iluminación del instante conjurado por Príamo, ha sido testigo de un tiempo futuro, el final de las cosas en los días que seguirán a su muerte.

Príamo, impelido por la mirada que dejaba ver la revelación del aniquilamiento que ha golpeado a Aquiles, se arrodilla al fin y aprieta las manos de Aquiles entre las suyas. No como una súplica, como había sido su intención, sino por un inmediato sentimiento de camaradería.

Y así concluye la representación.

Pero Aquiles confunde el gesto y lo malinterpreta como algo más parecido a una súplica. Con una mirada de horror, da un paso atrás y con rudeza aleja al anciano de un empujón.

—¡No! —grita—. ¡Basta ya! —exclama con una voz áspera llena de angustia—. No hables más. Tendrás aquello que has venido a buscar. —Ignora el sollozo que nace del anciano y rechaza el intento de aferrarse a sus rodillas—. ¡Basta ya! ¡Por favor! Cuando el cuerpo de Héctor haya sido lavado y preparado, comeremos algo juntos y podrás descansar. Hasta entonces, mis ayudantes se harán cargo de ti. —Y ofrece su mano al hombre, quien repentinamente parece demasiado débil como para levantarse sin ayuda.

Y así es como Aquiles, tal y como ha venido haciendo todas las mañanas durante once días, se dirige hacia donde el cuerpo de Héctor yace en el polvo.

Automedonte, antorcha en mano, lo acompaña. Un mozo les sigue con un taburete doblado bajo el brazo y una estaca con un puntal de hierro.

Falta una hora para la medianoche. La brisa ha limpiado el cielo de nubes y las estrellas, algunas de ellas enormes y solitarias, otras formando bancos o racimos, brillan tan bajas que a Aquiles le parece poder olerlas en aquel aire tan limpio y puro, comparado con el cobertizo lleno de humo.

Automedonte fija la antorcha en el puntal. El mozo despliega el taburete, hunde las patas en la tierra blanda, comprueba el equilibrio. Aquiles asiente con la cabeza. Automedonte y el mozo ya pueden marcharse. Quiere estar solo, pero Automedonte, siempre aprensivo, duda.

—No —le dice Aquiles—. Ahora vete. Te llamaré cuando te necesite.

A Automedonte no le queda más remedio que obedecer.

Aquiles, al fin solo con sus pensamientos, se cubre con el manto y espera.

A sus pies, el cuerpo de su enemigo muerto resplandece, como iluminado por la luz de otra estrella. Es un resplandor metálico. Salvo por la herida de la garganta por donde entró su espada, no tiene ninguna otra señal. La herida está tan limpia como si acabara de infligírsela. Aun habiendo pasado once días al sol, el cuerpo no tiene ni la decoloración ni el olor de la corrupción.

Aquiles se sienta y lo contempla: la frente resplandeciente, la mandíbula enjuta, los pómulos ligeramente hundidos. En el labio superior y el mentón, apenas la sombra de una barba.

Cada mañana, mientras cabalga a su encuentro, eso es lo que halla, esa figura de lo que bien pudiera ser un durmiente, compuesto y todavía con la perfecta desnudez de la virilidad temprana, extendido ante él como un reto de los dioses, para causar, al cuerpo del asesino de su amigo, los salvajes estragos que su orgullo, su dolor y su elevado sentido del honor propio exigen, de los que el espíritu de Patroclo debe ser testigo en prueba de amor. Y cada mañana, al descubrir una vez más cómo los dioses lo han desafiado, enloquece de nuevo. Un dolor atroz recorre sus venas.

¿Y ahora?

Inclinándose hacia delante sobre el taburete, examina una vez más a su enemigo. Frunce el ceño. Eleva la frente hacia el cielo nocturno, sin nubes. Aspira su frescor.

Algo en su interior se ha liberado y lo ha abandonado. Una necesidad, una obligación. Todo a su alrededor ha experimentado un cambio sutil. El cuerpo que yace a sus pies, en su imperturbable calma; su propio cuerpo, tenso al inclinarse hacia delante, también calmado. Alguna emoción purificadora que lo ha inundado (¿cuándo?, ¿cuando Príamo se le apareció por primera vez en la figura de su padre?) ha limpiado su corazón del humeante veneno que obstruía y espesaba sus movimientos hasta el punto de que todo aquello sobre lo que posaba su mirada se le representaba nublado y oscuro.

Observa con detenimiento el cuerpo de Héctor: la perfección de sus miembros y el esplendor del guerrero que se ha ganado una muerte honrosa ya no suponen ninguna afrenta.

El afecto de los dioses por un hombre cuyo fin ha formado parte de su propia vida llena de logros es también un honor que puede atribuirse. Y, en ese momento lo ve, así es como podría haber sido desde un principio. Esa podría haber sido la primera noche, no la duodécima.

Lo que en su interior siente como una sucesión perfecta de cuerpo, corazón y ocasión es la puesta en escena bajo la estrellas, bajo el aliento mismo de los dioses, del verdadero Aquiles. Ha tenido que llegar hasta ahí para encontrarlo.

Se sienta en silencio a contemplar todo.

La luz de la antorcha arroja un halo parpadeante que se eleva ligeramente en el aire, creando en la oscuridad un efecto parecido a una cueva cuyo techo fuera también la bóveda de su propio cráneo. A sus pies, el cuerpo cuyo silencio puede aceptar ahora como un espejo del suyo. En tanto permanezca allí sentado, no habrá conflicto entre los dos. Reina una concordia perfecta entre ambos. Su parte en esta larga guerra está tocando a su fin.

Así permanece sentado. Entonces, lanzando una última mirada hacia abajo, se levanta y lanza un grito hacia la oscuridad donde Automedonte, situado a apenas unos pasos, lleva todo ese tiempo esperando y manteniendo la guardia.

Dos mozos acarrean el cuerpo de Héctor, suspendido sobre un lienzo limpio, hacia el cobertizo de techo bajo que hace de lavadero. Aquiles, encorvado, los observa mientras posan la carga sobre una mesa recién fregada, hacen una leve reverencia con la cabeza y salen por la puerta baja.

El vapor que emana de un caldero y un humo amaderado y penetrante espesan el aire. Sobre un banco arrimado a la pared de madera, una vasija de barro llena de aceite y un platillo con hierbas. A su lado, primorosamente doblada, la tela en la que, una vez lavado con esponja y ungido, se envolverá el cuerpo de Héctor.

Las mujeres a las que han despertado y llamado para que se hagan cargo, de rostros graves llenos de poros abiertos y envueltas en chales negros, permanecen acurrucadas en las sombras. La presencia de Aquiles las incomoda. La labor que les ha tocado en suerte es una tarea femenina, nada fuera de lo común, puesto que lo hacen todos los días, pero ningún hombre debe contemplarlo y están esperando a que se marche para poder empezar.

Pero Aquiles, que nunca ha entrado en ese cobertizo y hasta ese momento no ha considerado siquiera su existencia, se siente intrigado. Tras haber seguido el cuerpo de Héctor hasta aquí, siente curiosidad por ver la siguiente fase del pasaje hacia la extinción: cómo, humilde pero necesariamente, se desarrollará esta última transacción con el mundo a manos de las mujeres.

La propia estancia, ahora que la ha descubierto, lo atrae de un modo que en un principio no es capaz de explicar. Hay algo allí, algo en la atmósfera de ese lugar, ese olor dulce y húmedo a lavandería, que medio reconoce y recuerda. Una habitación en el palacio de su padre donde a veces lo llevaban en brazos de su aya, cuya piel, vista de cerca, también estaba poblada de esos poros grandes, como la piel de esas lavanderas, y cuyo pelo húmedo cree estar sintiendo sobre sus mejillas. De repente vuelve a estar allí de nuevo, ese aroma a hierbas secas mezcladas con lejía. Han venido a coger una sábana para su siesta vespertina.

«Así es el mundo primero al que venimos —piensa—, este mundo de cántaros de agua caliente y vasijas de aceite y ropa de cama o lana recién lavada. Y el último lugar por el que pasamos antes de que nuestro cuerpo haya acabado con todo.» Pensamientos impropios de un héroe.

Ligeramente encorvado y aún firmemente envuelto en su túnica, permanece en pie, incómodo y fuera de lugar, junto al umbral de la puerta.

El cuerpo de Héctor, desnudo pero con una esquina del lienzo cubriéndole levemente los muslos, un gesto de decoro de uno de los mozos, yace estirado y espera, la carne rosácea por la luz de la antorcha, los pies ligeramente caídos hacia fuera. Atraído una vez más por la profunda abstracción de esa calma de la que aún se alimenta la suya propia, Aquiles no parece dispuesto a separarse de él.

Pero la presencia de las mujeres puede más que la suya. Ese es su mundo. Mientras permanezca allí, mirando, no empezarán. Se da la vuelta, agacha la cabeza para cruzar la puerta baja y sale de nuevo al patio.

La luz de las estrellas, sombras, las siluetas de hombres jóvenes, sus mirmidones haciendo guardia. El metal de sus espadas refulge mientras se mueven por entre las hogueras. Cuerpos vigorosos, tensos, listos para ser puestos a prueba. Ahí fuera, todavía por algún tiempo, él es uno de ellos; el aire, de un frescor cortante, un recordatorio de lo presente y cálido que se siente en su envoltorio carnal.

Durante algún tiempo.

Hasta que también él, como Héctor, acabe allí. Desnudo como al principio. Girado hacia este lado, después hacia este otro, en manos de aquellas mujeres.

Primer albor. Una leve capa de escarcha en el suelo. En el pórtico del cobertizo de Aquiles, donde le han preparado un lecho de alfombras extendidas con una fina sábana de hilo, Príamo aún duerme, rígido y enhiesto bajo dos mantas de lana que aprieta con el mentón. Aquiles lo observa. Le emociona la dignidad del anciano incluso dormido y sus pensamientos vuelan una vez más hacia Ftía y su padre Peleo. El mentón apenas le asoma por encima del borde de la manta, morada y con ribetes dorados. Se escapa un resoplido al salir el aliento entre los labios, que luego se estrechan al aspirar de nuevo.

—Príamo, Príamo. —Aquiles se inclina hacia el rostro dormido—. Es la hora.

Los ojos se abren como un resorte y durante un instante lanzan una mirada de pánico. Boca abierta, pómulos hundidos. Entonces, el anciano recuerda dónde está, cómo ha llegado hasta allí y cómo es que el gran Aquiles, ya vestido y armado, está ahí, junto a su lecho.

—Hay agua caliente —le dice Aquiles.

Dos sirvientes, uno cántaro en mano, el otro con una jofaina y una tela, permanecen en pie a unos pasos de distancia, a media luz bajo la marquesina del pórtico. El más joven de los dos bosteza y lanza una mirada rápida para comprobar si Aquiles lo ha visto. El otro emite un chasquido medio indulgente de desaprobación.

Por alguna razón, ese intercambio entre ambos, que ha atraído la atención recién descubierta de Príamo por tales acontecimientos irrelevantes, tiene un efecto reanimador y lo devuelve al mundo con la renovada sensación de lo repleto que está de hechos extraños e interesantes, de cosas que requieren su atención y que debe hacer. Empuja las mantas y, con una ligera mueca de dolor al balancear las piernas a un lado del catre, se pone lentamente en pie y permanece en esa postura con los ojos cerrados, esperando a que remita el dolor de la cadera.

A Aquiles le impresionan una vez más la largura de los huesos de aquel hombre, así como los restos de una fuerza imponente cuando, con gran elegancia pero sin aspavientos, sostiene las manos acopadas sobre la jofaina mientras Álcimo derrama primero y después le salpica la cabeza con agua y él resuella por el placentero esfuerzo. Al poco acepta la toalla que le ofrecen y permanece en pie, rumiando en silencio, toalla en mano y con el agua goteándole por la frente.

Lo que sorprende a Príamo es la extrañeza del momento.

Es la hora del lobo en el corazón del campamento aqueo.

En la distancia, un tableteo: los mástiles de las naves griegas, allá lejos entre la niebla, golpeándose entre sí y rechinando en el lugar en el que están amarrados en escuadrones, a lo largo de la costa.

Esos sirvientes desconocidos con su jarra, jofaina y toalla.

Y el asesino de su hijo, el odiado Aquiles, envuelto en su manto, en pie y observando mientras, apenas desaparecido el sueño de sus ojos, se seca los dedos y el agua que rápidamente lo refresca y que ha derramado sobre su cabeza gotea y oscurece los tableros del pórtico.

Todo parece un sueño en el que acontecimientos y objetos se muestran al mismo tiempo incomprensible e intensamente familiares.

Pero no es ningún sueño. Así se lo indican los calambres de sus viejos huesos y la imponente presencia que lo observa unos pasos más allá: los ojos animales en aquel cráneo de frente ancha y los grandes nudillos de la mano, que incluso en posición de descanso, ahora ligeramente aferrada al puño de su espada, sigue teniendo un potencial terrible.

Lo que lo deja perplejo es el deseo que siente —nuevamente la curiosidad, ese nuevo impulso en él— de conocer mejor lo oculto y contrario en el más atrevido, el más feroz, el más impredecible de los griegos. ¿Podría serle de utilidad más adelante, como medio de salvación, para Hécuba, para sí mismo, para su pueblo, de lo que de otro modo está seguramente por llegar?

A la luz de esa otra posibilidad permanece en pie con el agua goteándole por la frente, mientras Aquiles, también perplejo, lo observa.

En el transcurso de la tardía cena lo habían tratado con una cortesía extrema. El propio Aquiles había salido con intención de elegir un cerdo de gran tamaño y, cuando lo trajeron y lo posaron sobre el tablero, había cortado el espinazo y dispuesto los trozos, sazonados, sobre los morillos para asarlos, en honor a su regio invitado.

Sobre la pequeña mesa del cobertizo vacío —los mirmidones habían sido despedidos en silencio—, con Automedonte y Álcimo para traer los platos y mezclar el vino, habían acordado muy pronto los términos de la tregua.

Nueve días tenían los troyanos para marchar hasta los bosques del monte Ida y cortar los troncos de pino para preparar la pira funeraria de Héctor. En la ciudad, nueve días de luto ceremonial. En el décimo día, la incineración del cuerpo de Héctor. El undécimo, para erigir su túmulo fúnebre. Al duodécimo, se reanudaría la guerra.

Pero eran esos once días de paz los que Príamo había sentido brillar alrededor de ambos mientras se remojaban las manos en la jofaina y hablaban con calma.

Días de pesar, pero días que también permitían descansar del estruendo y el horror de la batalla. Tiempo para vivir.

En silencio, mientras comían juntos, Aquiles y él habían descubierto una nueva sensación de intimidad, cautelosa al principio, si bien asimismo respetuosa y por último bastante natural, aun cuando Príamo se viera obligado a recordar constantemente con quién estaba compartiendo el pan y lo que yacía ahí fuera, envuelto en una sábana y esperando a ser reclamado.

Había comido poco, pero, para guardar las formas, había tomado un poco de cada plato.

Aquiles, animado por Automedonte, comía con ganas. La grasa que chorreaba de la carne le cubría las enormes manos y, por un instante, con el movimiento de sus mandíbulas, Príamo había vislumbrado con claridad la terrible maquinaria de aquel hombre aun cuando no hablaran más que de paz.

Así pues, refrescado por el sueño y por el agua con la que se ha salpicado la cara, Príamo se vuelve y caminan juntos hasta el patio.

El carro ya está cargado y espera con el carretero a su lado; las dos mulas, sin hacer ruido, aguardan uncidas al yugo. A Príamo le complace ver que la más pequeña lo reconoce. Cuando le rasca la cabeza, el animal refrota la oreja contra su manga. Sobre la base del carro, bajo un rico manto, el cuerpo de su hijo.

Pasa a su lado y deja que la práctica de tantos años, esa vida de rigurosa disciplina, no permita a esos desconocidos reparar en lo que siente. Extiende la mano para que su buen Ideo lo ayude a subir.

Sorprendido una vez más por lo rápidamente que todo aquello se ha convertido en algo agradable y familiar para él: la mano encallecida del carretero apretando la suya; las dos mulas, dispuestas a partir, empezaban a impacientarse y a bailotear sobre el suelo escarchado, e incluso la incomodidad del pescante de madera, tan duro para los huesos de un anciano, le hacen sentirse como en casa.

Aquiles y sus dos ayudantes, formando un cortejo junto al carro, los acompañan hasta la puerta abierta. Grupos de guardias recién levantados se mueven por entre las hogueras y observan sorprendidos cómo el carro, con su escolta, va retumbando al pasar a su lado para detenerse frente a la puerta. Aquiles, al lado de Príamo, reposa por un instante su mano sobre el dosel.

—Llámame, Príamo —dice con suavidad—, cuando las murallas de Troya caigan a tu alrededor y yo acudiré en tu ayuda.

Ha llegado el momento de la despedida.

Príamo hace una pausa y la crueldad de la respuesta que sale de sus labios lo sorprende.

—¿Y si cuando yo te llame tú ya estás entre las sombras?

Aquiles siente cómo un escalofrío le recorre el cuerpo. Hace frio ahí fuera.

—Entonces, para tu desgracia, Príamo, no acudiré.

Aquiles sabe que aquella es una broma de esas que hacen disfrutar a los dioses por su tétrico sentido del humor. Sonriendo con la presciencia de lo que ya ambos han visto, levanta la mano y, con una palabra del carretero, el carro sale traqueteando del campamento.