Riesgo aceptable
Once
en una premisa falsa, a saber: que de alguna manera misteriosa, la mente se encuentra separada del cuerpo. Esa vieja hipótesis se ha desacreditado debido a las experiencias recientes, que muestran que el ánimo y las emociones se determinan biológicamente y pueden afectarse por medio de drogas, como el Prozac, el cual altera los niveles de los neurotransmisores.
Esto ha revolucionado las ideas acerca del funcionamiento del cerebro.
–Esa clase de razonamiento deshumaniza -se quejó Kim.
–Permíteme plantearlo entonces de otra manera -propuso Edward-. ¿Crees que deben tomarse medicamentos para el dolor?
–El dolor es diferente -replicó Kim, aunque comprendía la trampa psicológica que Edward le tendía.
–Yo no estoy de acuerdo. El dolor también es biológico. Puesto que el dolor físico y el psíquico son biológicos, deben tratarse de la misma manera: con medicamentos que ataquen esas partes del cerebro que son responsables de ellos.
Kim quiso preguntarle a Edward cómo sería el mundo si Mozart y Beethoven hubieran tomado alguna sustancia contra la ansiedad o la depresión. Pero sabía que todo era en vano. La mente científica de Edward lo cegaba.
Edward le dio unas palmadas en la cabeza.
–Luego hablaremos más acerca de esto -dijo-. Por ahora, será mejor que entierre al pobre Buffer.
ONCE
Jueves 29 de septiembre de 1994
A pesar de los recelos que albergaba contra Ultra, durante los siguientes días, en varias ocasiones, Kim se sintió tentada a probarla, a medida que su angustia, la cual aumentaba de manera gradual, empezó a afectar su sueño.
Pero cada vez que estaba a punto de tomarla, se arrepentía.
Edward, mientras tanto, continuaba feliz. La única alteración en su comportamiento había ocurrido el jueves por la mañana, cuando Kim estaba a punto de salir de la cabaña para dirigirse al castillo, él entró muy malhumorado por la puerta principal y arrojó su libreta de direcciones sobre la mesa.
–¿Hay algún problema? – preguntó Kim.
–Claro que sí -respondió él-. Tengo que venir hasta aquí para poder hablar por teléfono. Todos esos bobos del laboratorio escuchan mis conversaciones. Eso me vuelve loco.
–¿Por qué no usas el teléfono que está en el área de recepción? – preguntó Kim.
–También oyen cuando voy ahí -contestó.
–¿A través de las paredes? – preguntó ella.
–Tengo que llamar al jefe de la oficina de licencias de Harvard -se quejó Edward, sin tomar en cuenta a Kim-. Ese idiota ha iniciado ahora una campaña de venganza en mi contra -abrió la libreta de direcciones para buscar el número.
–Tal vez sólo está haciendo su trabajo -aventuró Kim.
–¿Su trabajo consiste en que me suspendan? – gritó Edward.
La joven sintió que el corazón le latía con violencia. El tono empleado por Edward le recordó aquel amargo episodio en el que el científico había arrojado la copa de vino contra la chimenea de su departamento.
–Ah, vaya -dijo Edward, completamente sereno-. Así es la vida -se sentó y marcó el número de la oficina de licencias. Kim escuchó mientras sostenía una conversación cordial con el sujeto contra el que acababa de proferir imprecaciones.
–Ya que estoy aquí -comentó Edward cuando colgó el teléfono-, voy arriba corriendo a juntar la ropa para la lavandería, como ayer me pediste que lo hiciera -se dirigió a las escaleras.
–Ya la reuniste -comentó Kim-. La encontré cuando subí. Edward se detuvo y parpadeó, como si estuviera confundido.
–¿De veras? – preguntó-. Bien por mí. Entonces debo regresar al laboratorio.
–Edward -llamó Kim antes de que saliera por la puerta principal-. ¿Te encuentras bien? Últimamente olvidas muchas cosas.
Edward rió.
–Es verdad -reconoció-. Soy un poco olvidadizo. Es sólo que estoy preocupado. Pero hay una luz al final del túnel, y todos nosotros estamos a punto de volvernos ricos.
Kim se acercó a la ventana y observó a Edward caminar de regreso al laboratorio. Enseguida, se dirigió al castillo y reflexionó sobre el comportamiento de su amigo. Era más amable y atento con ella, pero a la vez impredecible.
Antes de bajar a la cava, revisó las entradas de las alas del castillo. Se sintió consternada al ver una de la habitaciones para los sirvientes. Había tierra,
varas, hojas en las escaleras y un recipiente de comida china cerca de la puerta.
Mientras maldecía en voz baja, Kim se dirigió al clóset de limpieza para sacar un trapo y un cubo. Las huellas de tierra llegaban hasta el primer rellano. Después de limpiar todo, se dirigió a la puerta principal, tomó de ahí el tapete del exterior y lo llevó hasta la entrada del ala de los sirvientes.
Pensó en colocar una nota, pero decidió que el tapete transmitiría bien su mensaje.
Por fin, Kim bajó a la cava y puso manos a la obra. Aunque no encontró ningún documento cercano al siglo diecisiete, la concentración ahuyentó de su mente las preocupaciones.
A la una de la tarde tomó un descanso. Regresó a la cabaña y dejó salir a Sheba mientras comía. Antes de regresar al castillo, se cercioró de que la gata estuviera de vuelta en la casa. En el castillo, conversó con los plomeros unos minutos y observó a Albert que, con destreza y ayuda del soplete colocó unos sellos en las tuberías de agua. Por último, regresó a trabajar.
Esta vez, en el ático.
Empezaba a sentirse otra vez desilusionada por no encontrar más, cuando por fin halló una carpeta completa de material que databa de la época de Elizabeth. Entusiasmada, la llevó a una de las ventanas. Casi todos los testimonios resultaron ser comerciales, pero entre los documentos aduanales y conocimientos de embarque había una pieza de correspondencia personal: una carta dirigida a Ronald, de Thomas Goodman.
17 de agosto de 1692
Ciudad de Salem
Señor:
Muchas son las infamias que han asolado a nuestro pueblo temeroso de