Riesgo aceptable
Dos
tener un bebé y necesitan el espacio. De modo que tengo que mudarme antes del primero de septiembre.
Llegaron a la entrada de la estación. La joven se volvió y miró los ojos azul claro de Edward. Le agradó lo que vio. Había en ellos una profunda sensibilidad. Se estrecharon la mano por un momento. Luego, Kim dio vuelta y se dirigió apresuradamente al andén.
DOS
Sábado 16 de julio de 1994
Edward se estacionó en doble fila en la calle Beacon y corrió al vestíbulo del edificio donde vivía Kim. Después de tocar el timbre, vigiló el automóvil por si veía acercarse a alguna oficial encargada del estacionamiento. Conocía la reputación de la que éstas gozaban por una amarga experiencia.
–Siento mucho haberte hecho esperar -dijo Kim cuando apareció. Iba vestida con pantalones cortos caqui y una camiseta blanca. Se había recogido el cabello oscuro y voluminoso en una cola de caballo.
–Lamento llegar tarde -se disculpó Edward-. Tuve que pasar al laboratorio.
Se miraron fijamente durante un instante y luego dejaron escapar una carcajada.
–Somos el colmo -admitió Kim.
–No puedo evitarlo -rió Edward-. Todo el tiempo estoy disculpándome.
Subieron al Saab de Edward y enfilaron rumbo al norte, a las afueras de la ciudad. Era una mañana despejada y brillante. Kim bajó la ventana del lado del pasajero y con desenfado sacó el brazo.
–Parece que fueran unas vacaciones en miniatura.
–En especial para mí -repuso Edward-. Me averguenza reconocerlo, pero por lo general me la paso en el laboratorio.
–¿También los fines de semana? – inquirió Kim.
–Los siete días de la semana. Creo que soy un tipo aburrido.
–Yo diría más bien dedicado. También diría que eres muy amable. Las flores que me enviaste son muy hermosas.
–Oh, no es nada -dijo Edward.
Kim se dio cuenta de que él se sentía inquieto. Había retirado el cabello de la frente varias veces consecutivas.
–Pues para mí significan mucho -comentó aún ella.
Condujeron al norte por la 93 y luego dieron vuelta al este por la 128. Había poco tránsito.
–Disfruté de la cena anoche -dijo Edward.
–Yo también. Pero creo que tengo que disculparme por haber hablado tanto de mí.
–Ya te estás disculpando de nuevo -observó Edward. Kim se dio un golpecito en el muslo, como castigo fingido.
–No tengo remedio.
Edward rió con suavidad.
–Perdón; yo debería ser el primero en disculparme -mencionó Edward-. Fue mi culpa por bombardearte sin piedad con preguntas que creo que tal vez hayan rayado en lo personal.
–No lo tomé a mal -repuso Kim-. Sólo espero no haberte asustado al mencionar esos ataques de angustia que solían darme cuando estudiaba en la universidad.
Edward rió.
–A mí también me daban ataques de angustia en la universidad antes de cada examen, a pesar de que jamás tuve problemas con mis calificaciones.
–Las mías eran peores que lo que se consideraba el promedio -apuntó Kim.
–¿Alguna vez tomaste medicamentos para esos ataques?
–Xanax, durante un breve lapso -repuso Kim.
–¿No has hecho la prueba con Prozac? – preguntó Edward.
–Nunca -contestó Kim-. ¿Por qué iba a tomar Prozac?
–Ayuda a aliviar la timidez y la ansiedad -explicó Edward.
–A mí nunca me han prescrito Prozac -mencionó seria Kim-. Además, aun cuando así hubiera sido, no lo habría tornado. Las compañías farmacéuticas nos han hecho creer que existe una pastilla para cada problema.
–En lo fundamental concuerdo contigo -observó Edward-. Aunque, como neurocientífico, en la actualidad reconozco la conducta y el humor como aspectos bioquímicos y he tenido que volver a valorar mi actitud hacia las sustancias psicotrópicas puras.
–¿Cuando hablas de sustancias puras, a qué te refieres?
–A drogas que no producen efectos secundarios, o si los tienen, éstos son insignificantes.
–Todas las drogas originan efectos colaterales.
–Sí, supongo que tienes razón, pero algunos efectos secundarios tienen poca importancia y sin duda son un riesgo que puede correrse si se toman en cuenta los beneficios potenciales.
–Creo que ése es, en efecto, el punto esencial del debate filosófico -observó Kim.
–Oh, eso me recuerda -dijo Edward-. Traje los libros que prometí prestarte -
buscó en el asiento posterior, tomó los dos libros y los colocó en el regazo de Kim.
–Traté de buscar a tu antepasado en el que habla sobre los juicios de Salem
-comentó Edward-. Pero no encontré ninguna Elizabeth Stewart en el índice. ¿Estás segura de que la ejecutaron?
–Que yo sepa sí -contestó Kim. Echó una mirada al índice del libro La posesión de Salem. Abarcaba desde "Testimonios sobre los espectros" hasta
"Stoughton, William". No había ningún Stewart.
Media hora después llegaron a Salem. En el camino que siguieron pasaron por la Casa de las brujas. La construcción despertó el interés de Edward y se estacionó a un lado de la carretera.
–¿Qué es ese lugar? – preguntó.
–Le dicen la Casa de las brujas -explicó Kim-. Es una de las atracciones turísticas más importantes de la zona.
–¿En realidad se trata de una casa del siglo diecisiete? – inquirió Edward-.
¿O es más bien una recreación como las que se estilan en Disneylandia?
–Es auténtica -observó Kim-. Además, resulta en verdad muy parecida a la vieja casona que estoy a punto de mostrarte en los lares de la familia Stewart. Aunque no es exactamente una casa de brujas, ya que ninguna vivió ahí. Era la residencia de Jonathan Corwin, uno de los magistrados que presidió algunas de las audiencias preliminares.
Se pusieron en marcha de nuevo y dieron vuelta a la derecha por Orne Road. Al pasar por el cementerio de Greenlawn, Kim mencionó que en alguna época ese lugar había formado parte de las tierras de los Stewart.
Pidió a Edward que diera vuelta a la derecha para tomar un camino de grava. Después de pasar unas curvas llegaron a una reja impresionante de hierro forjado sujeta a un par de columnas descomunales de granito. Una cerca de hierro alta, coronada por púas afiladas, se entremezclaba con el espeso bosque a ambos lados del camino.
–¿Aquí es? – preguntó Edward.
–Sí -contestó Kim. Bajó del automóvil y con dificultad abrió el macizo candado que protegía la reja. Cuando logró quitarlo, empujó la reja. Las bisagras rechinaron en forma estridente.
Kim subió otra vez al auto y cruzaron la reja. Después de otros cuantos giros y vueltas, el camino se abrió a un campo raso cubierto de hierba, dominado por una enorme casa de piedra de varios pisos. Estaba en perfectas condiciones, con sus torrecillas, fortificaciones y almenas. Las chimeneas brotaban como la maleza, de todas partes de la estructura.
Edward volvió a detenerse.
–Una combinación interesante de estilos -comentó-. En parte es un castillo medieval; pero también, es una casa solariega tipo Tudor y una residencia rural francesa. ¡Es asombroso!
–En la familia le decimos "el castillo" -explicó Kim.
–Ya veo por qué. ¿Dónde está la antigua casa?
La joven señaló a la derecha. A lo lejos, Edward sólo logró distinguir una construcción marrón oscuro, que se erguía en medio de un bosquecillo de abedules.
–¿Qué es esa edificación de piedra a la izquierda? – preguntó.
–En alguna época fue un molino -contestó Kim-. Pero lo convirtieron en establo hace doscientos años.
Edward puso el automóvil en marcha otra vez, pero se detuvo enseguida. El camino corría en forma paralela a una pared de piedra basta cubierta de maleza.
–¿Qué es esto? – preguntó mientras señalaba la pared
–Es el viejo cementerio familiar -informó Kim.
–No me digas -comentó Edward-. ¿Sería posible echarle un rápido vistazo?
–Por supuesto -respondió Kim.
Bajaron del automóvil y treparon por la pared.
–La familia usó este lote hasta mediados del siglo pasado -dijo Kim mientras recorrían el camposanto cubierto de hierba.
–¿Aquí está enterrado Ronald Stewart? – inquirió Edward.
–En efecto -Kim lo condujo ante una lápida redonda y sencilla, que tenía una calavera y unos huesos cruzados grabados en bajorrelieve. Sobre ella estaba escrito: