Riesgo aceptable

Robin Cook · Capítulo 15 de 21

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Riesgo aceptable

Thomas Goodman

Dios. Ha sido causa de grave aflicción para mí siempre que, contra mi voluntad, he tenido que participar en ellas de un modo u otro. Me entristece profundamente que usted piense mal de mí y se niegue a conversar conmigo respecto a asuntos de mutuo interés. Es verdad que, en efecto, en el nombre de Dios testifiqué contra su esposa durante el juicio. A petición suya, visité su hogar en una ocasión a fin de ofrecer ayuda en caso necesario. Ese día fatídico, encontré su puerta abierta de par en par, a pesar del frío glacial que se sentía en nuestras tierras, y la mesa estaba repleta de alimentos, como si una comida se hubiera interrumpido; sin embargo, otros objetos se encontraban en completo desorden o rotos con bordes puntiagudos y había manchas de sangre en el piso. Temí que los indios hubieran tomado la casa por asalto. Pero descubrí a los pequeños, tanto a sus hijos naturales como a las niñas refugiadas, encogidos de terror en el piso de arriba, y ellos me hicieron saber que la buena esposa de usted había sufrido un ataque mientras comía, que no actuaba normalmente y que había corrido al refugio de su ganado. Azorado, me dirigí al lugar y la llamé por su nombre en la oscuridad. Se acercó a mí como si fuera una salvaje y me atemorizó grandemente. Tenía sangre en las manos y en el vestido y vi su trabajo. Con espíritu atribulado, la tranquilicé a riesgo de mi propio bienestar. Respecto a todas estas cosas, hablé con la verdad en el nombre de Dios.

Quedo de usted, su amigo y vecino,

Thomas Goodman

–Pobre gente -murmuró Kim. De todo lo que había leído hasta entonces, esa carta era la que más se aproximaba a transmitir el horror personal de la terrible experiencia que había significado la cacería de brujas en Salem, y sintió empatía por todos los que se vieron involucrados. Comprendía que Thomas, el autor de la carta, se había sentido muy abatido al verse atrapado entre la amistad y lo que él consideraba la verdad. Además, Kimberly sintió

compasión por la pobre Elizabeth, a quien un hongo había enloquecido hasta el punto de aterrorizar a sus propios hijos.

En medio de la empatía que experimentaba, se dio cuenta de que la carta revelaba un dato nuevo e inquietante. Era la mención de la sangre, con todas sus implicaciones de violencia. Kim no quería imaginar lo que Elizabeth le había hecho al ganado. ¿O acaso se había infligido algún daño ella misma? La idea de una automutilación hizo que se estremeciera. Una cosa quedaba clara: el hongo se relacionaba con la violencia, y pensó que era algo que Edward debería saber. Al regresar a la cabaña, vio un autopatrulla de la policía de Salem que salía de entre los árboles. El vehículo avanzaba en dirección hacia ella. Cuando se detuvo, los mismos dos oficiales que habían acudido a la llamada por el asunto de Buffer, bajaron del automóvil. Al acercarse a ella, Billy tocó el borde de la visera de su quepis a modo de saludo.

–¿Ocurre algo malo? – preguntó Kim.

–¿Han tenido algún otro problema desde lo del perro? – preguntó Billy-. Ha habido una oleada de vandalismo en la zona.

–¿Qué clase de vandalismo? – inquirió Kim.

–Hay cubos de basura volcados; desperdicios diseminados alrededor -

comentó Billy-. También han desaparecido más mascotas. Se han encontrado algunos animales muertos en la carretera cercana al cementerio de Greenlawn. Creemos que los ánimos de algunos chicos están exaltados.

Han sucedido demasiadas cosas para que se trate de un animal. Quiero decir, ¿cuántos cubos de basura puede volcar un mapache en una noche? –

soltó una risita.

–Agradezco que haya venido a advertirme -dijo Kim.

–Si aquí tienen algún problema, por favor, no duden en llamarnos -dijo Billy-. Queremos llegar al fondo de esto.

Kim observó mientras el autopatrulla se alejaba de la propiedad.

Esa noche se propuso permanecer despierta hasta que Edward llegara.

Quería contarle lo que sabía sobre la carta de Thomas Goodman. Confiaba en persuadirlo de que dejara de tomar Ultra, ahora que tenía razones para creer que tal vez se relacionaba con la violencia. Después de la una de la madrugada, oyó que la puerta principal se cerraba y enseguida oyó las pisadas de Edward en la escalera vieja. Cerró el libro que estaba leyendo y lo llamó.

–¡Santo cielo! – expresó Edward, al tiempo que se asomaba al cuarto de Kim-. ¿Qué haces despierta a estas horas?

–No estoy cansada -respondió Kim-. Pasa.

–Estoy exhausto -se sentó en la orilla de la cama de Kim-. Si me quedo dormido, llama a una grúa para que me lleve a la cama -dijo entre risas.

Kim le contó acerca de la carta de Thomas y le habló de sus temores de que Ultra pudiera conducir a la violencia. Le suplico que dejara de tomar la droga.

–Soy completamente capaz de decidir lo que es mejor para mí -repuso Edward en tono amable-. Disfruto de la sensación de seguridad social que me da, en lugar de ser tímido y vergonzoso.

–Pero es peligroso tomar una droga que no ha sido probada en forma suficiente -manifestó Kim-. Además, ¿no cuestionas la falta de ética que implica adquirir rasgos de carácter a través de una droga en lugar de la experiencia? Es como hacer trampa.

Edward bostezó.

–Escucha, querida -dijo-. No es que Ultra no se haya probado, sino que todavía no está completamente probada. Pero no es tóxica, y eso es lo