Rosas muertas

Arnaldur Indridason · Capítulo 21 de 42

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Rosas muertas

Capítulo 21

21

 

La tarde llegaba a su fin cuando Sigurður Óli regresó al hotel después de haber hablado con el médico. Quería salir inmediatamente hacia Ísafjörður para consultar los historiales de Janus y Birta en el hospital, pero no encontraba por ninguna parte ni a Erlendur ni a la mujer que se había quedado con él. Subió a su habitación y llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. Sin embargo, le pareció escuchar movimiento en el interior, aunque no estaba seguro. La mayoría de los clientes del bar se habían ido a casa. Decidió tomarse una cerveza. Se sentó y le preguntó al dueño del local, situado al otro lado del mostrador, si sabía dónde estaba su compañero, el hombre que había estado sentado antes con él.

—Creo que ha subido con Gunna —respondió el propietario, un tipo delgado ataviado con un delantal blanco que lucía un prominente mostacho al estilo de Francisco José I de Austria.

—¿Gunna?

—La mujer que estaba sentada con vosotros. Gunna.

—¿Ha subido con ella a la habitación? He llamado a la puerta, pero no ha contestado nadie.

—¿Y te parece extraño? —comentó Francisco José con una sonrisa burlona.

—¿Por qué? ¿Conoces a Gunna?

—Bastante —respondió mientras le servía una pinta a Sigurður Óli—. He oído que habéis venido desde Reikiavik por lo de la chica del cementerio. ¿Era de por aquí?

—Eso creemos.

—¿A qué se dedicaba allí, en Reikiavik? —preguntó el dueño mientras secaba unos vasos y los colocaba en los estantes.

—Pensamos que era drogadicta y que se prostituía. Seguramente cometía delitos menores para pagarse las drogas, pero nunca lo bastante graves como para que la tuviéramos en nuestros registros.

—Cada vez que voy en avión a Reikiavik, tengo la impresión de que esa ciudad no para nunca de crecer. Lo cual no es raro teniendo en cuenta la cantidad de gente que se muda allí, y no solo de los fiordos del noroeste, sino de todo el país. Está claro que alguien tiene que comprar todas esas casas.

—¿Qué quieres decir?

—De alguna parte tienen que salir todos los que se mudan a esas casas. Es de cajón.

—¿Pensáis mucho en ello los de los fiordos? —preguntó Sigurður Óli.

—Bueno, de vez en cuando, sí. ¿Por?

—Tenemos entendido que la chica asesinada también le daba vueltas a esa cuestión —respondió Sigurður Óli—. ¿Puede que escuchara a la gente de aquí hablar de ese tema? —preguntó.

—Podría ser.

—En todo caso, las ciudades están creciendo. Ocurre en todo el mundo.

—Cierto.

—¿Qué más me puedes contar de esa tal Gunna? —preguntó Sigurður Óli —. ¿Es de por aquí?

 

Al día siguiente, Sigurður Óli se despertó con resaca. Erlendur había bajado a pasear por la aldea bajo el luminoso sol de la mañana y ya estaba desayunando cuando Sigurður Óli se sentó a la mesa con él. Ante la expresión radiante de su compañero, sonrió para sus adentros.

—Ayer desapareciste —dijo antes de pedirse lo mismo que él al ver un suculento plato de beicon acompañado de tres huevos, un vaso de zumo de naranja y un café.

—Me acosté pronto —explicó Erlendur con un tono de voz casi jovial—. ¿Te contó el médico algo interesante?

—Sí, recordaba un accidente tras el cual habían ingresado al chico llamado Janus en el hospital de Ísafjörður. Me hubiera gustado ir para allí inmediatamente, pero no estabas por ninguna parte. ¿No me oíste cuando llamé a la puerta?

—No. Estaría dormido. Estaba hecho polvo.

—Según el médico, encontraremos información sobre Janus y Birta en Ísafjörður. Tenemos que salir para allá cuanto antes.

En ese momento sonó el móvil de Erlendur. Elínborg le dio los buenos días antes de explicarle lo de la operación de la brigada de las fuerzas especiales de la tarde anterior y de contarle lo que habían descubierto en el apartamento de Janus.

—Pásamela —le pidió Sigurður Óli. Erlendur le dio el teléfono.

—Elínborg, ¿qué dijo Dóra sobre Birta y las casas? ¿No era que el hombre era dueño de todas y que alguien tenía que mudarse a ellas?

—Ah, sí, ¿qué era? —respondió Elínborg—. Se preguntaba quiénes se mudarían a todas esas casas de Reikiavik o algo así. No sé, un galimatías. ¿Por qué?

—Anoche escuché algo parecido —explicó Sigurður Óli antes de contarle su conversación con el dueño del hotel. Erlendur escuchaba con atención.

—¿Y también lo expresó en esos términos? —preguntó Elínborg—. Se parece mucho a lo que Dóra le oyó decir a Birta. ¿Que a los de los fiordos les preocupa mucho saber a quiénes se venden las casas de Reikiavik? ¿Entendiste algo?

—Ni lo más mínimo —respondió Sigurður Óli.

Una vez terminado el desayuno, pagaron el alojamiento y la comida. Sigurður Óli abonó las cervezas de la noche anterior, que le parecieron unas cuantas. De camino al coche, no pudo resistir la tentación:

—¿Qué fue de esa mujer que se sentó con nosotros anoche, la del jersey enorme? —preguntó mientras abría la puerta del coche.

—Ni idea —respondió Erlendur al tiempo que se acomodaba en el asiento del pasajero—. Una mujer muy interesante. Tenía mucho que contar. La dejé abajo. Estaba agotado —explicó mientras tamborileaba con sus dedos sobre las rodillas y tarareaba una canción.

—¿No coqueteaba contigo?

—No, no, ¿qué dices? Para nada. Era una mujer intachable. ¿Qué insinúas?

—Ah, bueno, es que anoche estuvieron hablando de ella cuando volví. Por lo visto, la conocen en toda la región. Recorre los pueblos en busca de forasteros con los que acostarse, tanto si están de paso por trabajo como si forman parte de la tripulación de algún barco. Y parece ser que va con hombres de cualquier edad. Es famosa por eso. Dicen que «Gunna no deja pasar ni una».

—No, no —replicó Erlendur mientras se desvanecía su buen humor—. Yo me fui a dormir —insistió con la mirada clavada en la carretera.

La sonrisa de Sigurður Óli se petrificó ante el devastador efecto que había tenido su comentario en su compañero. Solo pretendía tomarle un poco el pelo, no dejarlo con el ánimo por los suelos. En todo caso, no le había mentido. Lo que había dicho sobre Gunna era cierto, el dueño del hotel se lo había contado, pero estaba claro que, en ocasiones, no hacía falta explicarlo todo. Se preguntaba cómo podría compensar su metedura de pata, pero no se le ocurrió nada. Se prometió que no mencionaría ni una palabra de lo ocurrido al regresar a Reikiavik. Lo del antifaz ya había sido motivo de suficientes mofas. Continuaron en silencio hasta que Sigurður Óli trató por fin de animar a su compañero. En aquel momento estaban atravesando un nuevo altiplano, sumidos en una niebla helada.

—El hombre del bar me contó ayer la historia de un groenlandés que era prácticamente invencible. Salió a pescar en kayak por la costa oeste de Groenlandia, pero las aguas del Atlántico lo arrastraron hacia el sur, más allá del cabo Farewell, y llegó con vida hasta Aberdeen. La deriva lo había llevado hasta Escocia. Lo trasladaron al hospital, pero no lograron salvarlo. ¿No te parece un magnífico ejemplo de resistencia?

Erlendur se limitó a emitir un leve gruñido y continuaron su camino en silencio.

—¿No deberíamos comunicar los nombres de Janus y Birta a los medios para saber si alguien puede darnos más información? —preguntó finalmente Sigurður Óli.

—Si localizamos a sus familiares en Ísafjörður, digo yo que lo más educado sería comunicarles personalmente la noticia del fallecimiento — respondió Erlendur con sequedad.

No intercambiaron más palabras durante el resto del trayecto. Mientras Sigurður Óli se concentraba al volante, en la cabeza de Erlendur resonaba de nuevo la pregunta que se hacía el poeta: «¿Dónde se perdió el color de tus días?».

Oh, ¿dónde?

 

Después de un viaje sin incidentes, llegaron a Ísafjörður antes del mediodía y se dirigieron directamente a la comisaría, donde les facilitaron un informe sobre el accidente que había tenido lugar en el barco. En él aparecía el nombre de la chica: Birta Óskarsdóttir.

—Ella le salvó la vida —señaló Erlendur.

—En ese caso, ¿no te parecería extraño que la hubiera matado él? — preguntó Sigurður Óli.

—Bastante.

—¿Venís por lo de la chica de Reikiavik? —les preguntó el jefe de la comisaría después de entregarles el documento. Rondaba los cincuenta años y sin duda su obesidad debía de causarle problemas de hipertensión. Calvo, con la cara sonrosada y una espesa barba blanca de Papá Noel, estaba empapado en sudor.

—Sí —respondió Sigurður Óli—. Os enviaron su fotografía. Se llama Birta.

—Me temo que no me suena ni su cara ni su nombre —admitió el policía —. Supongo que iría al instituto de Ísafjörður. Allí los chicos se desmadran mucho. Ya lo creo. Bueno, se desmadran en todos lados. No parecen saber hacer otra cosa que no sea consumir alcohol y drogas.

De acuerdo con el informe, los padres de Birta se llamaban Erla Steingrímsdóttir y Óskar Jakobsson. La joven seguía censada en Ísafjörður, aunque ya no vivía en el hogar familiar. Tras darle las gracias al jefe de la comisaría, Erlendur y Sigurður Óli se dirigieron al supuesto domicilio de Birta, situado en un bloque de pisos de las afueras. Allí les comunicaron que los antiguos inquilinos se había mudado unos años atrás. «Un grupo de chavales», les informó en la entrada una chica de unos veinte años. No, no sabía si con ellos vivía una chica joven. Sin embargo, sí conocía a Erla. «Supongo que ahora mismo estará trabajando. Vive en la calle Fáfnisvegur y es dependienta en la cooperativa. Está divorciada. Creo que su ex, Skari, se mudó a Reikiavik hace unos años y ella enseguida se buscó a otro. ¿Por qué preguntáis por ellos?».

Se marcharon sin que Erlendur respondiera a su pregunta. Habían llegado al final del trayecto. Habían encontrado a la chica. No solo conocían el nombre de sus padres, sino que en unos instantes iban a conocer a su madre en persona y le iban a explicar que habían encontrado el cuerpo sin vida de su hija en un cementerio de Reikiavik, desnudo y ultrajado. Dada su falta de experiencia en comunicar fallecimientos, y menos aún en aquellas circunstancias, les preocupaba la posible reacción de la madre.

Sigurður Óli llamó a Elínborg para ponerla al corriente y le dio los nombres de los padres de Birta. Puesto que Óskar vivía probablemente en Reikiavik, le pidió que lo localizara y le comunicara la muerte de su hija.

Se detuvieron un momento frente al edificio de la cooperativa e intercambiaron una mirada.

—Bueno —dijo Erlendur—, vamos allá.

Al entrar, preguntaron por Erla y le señalaron a la mujer que atendía en el mostrador de la carnicería. La saludaron, le anunciaron que querían hablar con ella y le preguntaron si podía encontrar a alguien que la sustituyera unos minutos. Sin entender la razón de su visita, llamó a una chica para avisarla de que entraba un momento en la trastienda. Los agentes la acompañaron y se sentaron con ella.

Erla no tendría más de cuarenta años. Iba vestida con una bata azul con ribetes rojos; se encendió un cigarrillo y Erlendur la imitó. Lucía una abundante cabellera rubia recogida en un moño, las uñas pintadas de rojo y un saludable bronceado veraniego. Alrededor de sus ojos se apreciaban algunas arrugas incipientes.

Le preguntaron si tenía una hija llamada Birta.

—Sí, Anna Birta. Se llama Anna Birta y vive en Reikiavik. ¿Ocurre algo?

—¡Anna Birta! —exclamó Erlendur—. Claro. Por eso no la encontrábamos en el registro civil.

—Todo el mundo la llama Birta a secas. ¿Qué sucede?

Le explicaron la situación sin andarse con rodeos. Se guardaron los detalles para más tarde.

Incrédula, la mujer negaba con la cabeza mientras miraba sucesivamente a aquellos dos policías de Reikiavik a los que no conocía de nada.

—Pero ¿qué estáis diciendo? ¿Que Birta está muerta?

Erlendur asintió. Tenía que acompañarlos al sur para confirmarlo, aunque ya tuvieran la certeza.

—¿Es ella la chica del cementerio? ¿La de la tumba de Jón? ¿Ella es mi hija?

—Me temo que sí —respondió Erlendur antes de explicarle cómo habían llegado a esa conclusión. El hecho de que nadie hubiera denunciado su desaparición había dificultado el trabajo—. ¿Os manteníais en contacto a menudo?

—¿En contacto? Dios mío… Es como si algunos niños… Madre de mi vida —dijo rompiendo a llorar.

Erlendur sacó la fotografía de su cartera y la miró un instante antes de tendérsela a Erla. La mujer la cogió y la observó detenidamente. Apenas reconocía el rostro de su hija. Estudió la imagen hasta que comenzó a identificar sus rasgos faciales: la boca, el mentón, la nariz, los párpados de la niña que había tenido una vez y que hacía mucho tiempo que había desaparecido de su vida.

Sentados frente a ella, los policías guardaban silencio.

—Nos gustaría que vinieras con nosotros a Reikiavik para identificar a Birta y llevarla de vuelta a casa —dijo Erlendur finalmente mientras extendía la mano para recuperar la fotografía.

Erlendur observó a aquella madre que se miraba el regazo, con su bata azul ribeteada en rojo, su pelo recogido en un moño, sus arrugas alrededor de los ojos y sus uñas pintadas. En cuestión de un instante, su vida había dejado de ser la de siempre. Había recibido a los dos hombres con una amplia sonrisa que se fue desdibujando al escuchar quiénes eran y de dónde venían. A medida que le explicaban el motivo de su visita, la seguridad de su rostro fue dando paso a la incredulidad, el dolor y la soledad. Erlendur pensó en la trágica noticia que le acababa de comunicar. Sentado en la trastienda de una carnicería, acababa de transmitirle a aquella mujer de aspecto cansado el mensaje que la muerte tenía para ella. Él también agachó la cabeza y pensó en lo cruelmente cotidiana que podía llegar a ser la pérdida de un ser querido.