Rosas muertas

Arnaldur Indridason · Capítulo 28 de 42

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Rosas muertas

Capítulo 28

28

 

Erlendur sintió la necesidad de hablar con Eva Lind después de haber leído el informe médico sobre Birta, así que la llamó a casa de su nuevo novio tras haber dejado a Sigurður Óli en su domicilio. Su hija respondió al teléfono y acordaron verse en un pequeño restaurante del centro, cerca de la calle Austurstræti. Erlendur llegó antes que ella y pidió una cerveza mientras la esperaba. Un cuarto de hora después apareció Eva Lind y se sentó con él. No quería tomarse nada, tenía cosas que hacer y no podía quedarse mucho rato.

—Te he notado apagado por teléfono —observó ella—. ¿Pasa algo?

—Hemos averiguado que Birta tenía el sida.

—¡Ostras! Claro, y te has preocupado por mí.

—Siempre me preocupo por ti, aunque no veo que eso sirva de nada.

—No tengo el sida —aseguró Eva Lind sosteniéndole la mirada a su padre; a él no le había pasado desapercibido que iba drogada. Mostraba una excesiva confianza en sí misma, además de una alegría irreal, sintética, inducida por las sustancias tóxicas. No le largó ningún sermón. Lo había hecho ya innumerables veces, y siempre había sido en vano.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Erlendur mientras sentía cómo lo invadía la rabia—. ¿Te haces análisis regularmente o es que crees que a ti no te va a tocar porque eso solo le pasa a los demás drogadictos y a los vagabundos? Al resto de imbéciles sí, pero a ti no. ¿Es así como lo sabes?

—Menos humos —respondió Eva Lind antes de sorberse la nariz—. Me parece que te he ayudado en este caso que llevas ahora. No me lo agradezcas insultándome.

—Intenta entender cómo me siento.

—Pues, si te digo la verdad, no tengo ni idea de cómo te sientes y, de hecho, me la suda bastante. Te largaste, ¿te acuerdas? No eras mi padre y todavía no sé si lo eres, así que tú a mí no puedes decirme ni pío. No te he importado nunca. Para mí no eras más que un tipo al que mamá llamaba cabrón de mierda. Eso eras tú. ¿Entiendes? Un cabrón que andaba suelto por ahí. Si te conozco desde hace unos años es porque yo te busqué a ti y no al revés. Sindri Snær y yo teníamos curiosidad por conocer a ese cabrón de mierda. ¿Y ahora se te ocurre juzgarme como si fueras el puto amo de las relaciones personales?

Eva Lind hablaba con calma, sin alterarse lo más mínimo, con los ojos clavados en los de su padre, que miraba hacia otro lado. Erlendur no podía desmentir las palabras de su hija, y ambos lo sabían. Su intención no había sido despertar su ira, pero sin querer había abierto una vieja herida.

—No sabemos nada de ti —continuó Eva Lind—. Nada. ¿Cómo eras de niño? ¿Qué mote tenías de pequeño? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Cómo es Eskifjörður? ¿Quién es Erlendur? ¿Me lo puedes decir?

Erlendur guardó silencio.

—Precisamente he hablado hoy con mamá —prosiguió—. Me ha contado que has ido a buscar a Sindri Snær y que lo has llevado a la clínica de Vogur. Es la primera vez que habláis… ¿desde cuándo? ¿Cuántos años han pasado? ¿Diecisiete? ¿Dieciocho? ¿Veinte?

—No se puede llamar hablar —aclaró Erlendur—. Llamó antes de mi viaje al noroeste y probablemente se quedó descansada tras la llamada.

Eva Lind guardó un largo silencio sin apartar la mirada de su padre.

—Sé que te compadeces de ti mismo y que te sientes culpable de la vida que llevamos Sindri Snær y yo. Ya lo hemos hablado y, para empezar, te diré que me da igual lo que pienses y que paso de tus intentos de compensar ahora tu desapego y tu cobardía. Me importa una mierda todo. ¿Acaso crees que mi hermano y yo no nos hemos compadecido también de nosotros mismos? ¿Lo has pensado alguna vez? ¿Te crees el único con derecho a hacerlo? Sindri y yo hemos encontrado la manera de seguir adelante. Puede que no sea una solución ejemplar, pero es una posibilidad como otra cualquiera. Nos dejaste solos con mamá y con todos los hombres que conoció desde entonces. Unos eran majos, pero otros no. Ninguno se quedó en casa mucho tiempo. Supongo que no soportaban a los hijos de su nuevo ligue. Algunos nos lo decían a la cara. Me acuerdo de uno que le metió tales hostias a Sindri que hubo que llevarlo a Urgencias. ¿Y dónde estaba entonces el cabrón de mierda? No te puedes permitir el lujo de estar aquí sentado poniéndonos verdes gratuitamente. Es nuestra elección. No seremos un modelo de conducta, pero es lo que hay.

—En unas cosas te entiendo y en otras no —respondió Erlendur tras un largo silencio—. Pero no te he llamado solo por lo del sida. Quería compararte con Birta. Ella también procede de, ¿cómo lo llaman?, un hogar roto. Sus padres también estaban divorciados. Cuando hablé con su madre, la mujer no supo explicarme por qué su hija había caído en las drogas. Había comenzado en el entorno del instituto y después ya no hubo forma de sacarla. Entonces pensé en ti y en otras chicas como tú. Me preguntaba qué lleva a los jóvenes a meterse en las drogas, a hundirse cada vez más hasta perder el control y destruir sus vidas.

—¿Me estás comparando con la Birta esa? Hay una enorme diferencia entre ella y yo. Yo no me pincho. No lo he hecho nunca y no lo pienso hacer. Estoy limpia.

—Claro. Deberías escucharte un poco. Siempre dices que no piensas hacer nada y luego acabas metida hasta el cuello.

—Algunos no tienen razones que expliquen el porqué de su mala vida — argumentó Eva Lind, ignorando la rabia de su padre—. Pero otros sí. Una vez conocí a una chica, Helga, que murió de sida. Su padre había abusado de ella desde pequeña. Y era un hombre de bien, no era ningún impresentable. Helga se marchó de casa en cuanto pudo. Los chicos también sufren abusos de ese tipo, pero es menos frecuente. Algunos tienen que cuidar de sí mismos casi desde que nacen porque no tienen a nadie, vagan por las calles, roban, se pelean, los meten en el trullo y, cuando salen, vuelven a robar y a pelearse. Los asistentes sociales dicen que algunos huyen de hogares disfuncionales donde no ven más que alcoholismo y violencia doméstica, y que después se convierten en unos rebeldes. También están los que tuvieron una infancia severa con padres pirados que les pegaban y les prohibían fumar o beber. Por eso, los chicos se acaban rebelando contra su familia y la desafían. Y luego quedan los casos que nadie entiende. Da igual que su niñez fuera buena o mala. Comienzan tomando alcohol, quizá también hachís y alguna droga blanda, y acaban perdiendo el control. Se les va de las manos.

—¿Crees que es cosa del cerebro?

—Eso dice Sindri Snær. No lo sé. No soy ninguna experta. Puede que haya personas más sensibles que otras, pero estoy segura de que no tiene nada que ver con las chorradas esas del entorno familiar. Algo se pone en marcha y la gente no lo puede controlar. Quizá intenten combatirlo durante un tiempo, pero acaban sucumbiendo y nunca más vuelven a ver la luz. Nacen drogadictos. La droga es lo único que tienen. Solamente se sienten bien cuando están colocados, inmersos en otro mundo.

—¿Y dónde os situáis vosotros en todo este panorama?

—Somos de los que solo tuvieron un cabrón de mierda como padre — respondió Eva Lind, consciente de que metía el dedo en la llaga.

—Puede que sea un cabrón de mierda, pero no os juzgo, por mucho que me oponga a lo que os hacéis a vosotros mismos. Nunca os he juzgado. Pero no puedo evitar que se me lleven los demonios porque no os entiendo. Siempre he pensado en vosotros. En todo momento. Me alegré de que me hubierais encontrado y he tratado de ayudaros. Pasé un año entero intentando sacarte de la mala vida y estuve a punto de conseguirlo. Pero puede que hayáis ido demasiado lejos.

Eva Lind cambió radicalmente de tema.

—¿Ya habéis averiguado quién es la tal Birta? —preguntó antes de sorberse disimuladamente la nariz. A su padre no le pasó desapercibido.

—Se apellidaba Óskarsdóttir. Era de los fiordos del noroeste, de Ísafjörður. Se trasladó a Reikiavik hace unos años. En el noroeste ya había hecho sus pinitos con las drogas, pero evidentemente su consumo se disparó aquí, en la capital. Tenía un amigo llamado Janus. Lo más probable es que se volvieran a encontrar en Reikiavik. Lo estamos buscando. También buscamos a Herbert, que ha desaparecido de la faz de la tierra. ¿Se te ocurre algo?

—Pues no sé quiénes son ni Birta ni Janus, pero estaría de puta madre que ese malnacido de Herbert no volviera a aparecer. Qué asco de tío. Es el que organizó todo el negocio de las drogas, tanto dentro como fuera de Reikiavik. Sin embargo, los de estupefacientes nunca le han tocado un pelo. Será todo lo imbécil que quieras, pero sabe andarse con cuidado. No me extrañaría que tuviera algún contacto en la policía. El caso es que no se anda con chiquitas. Una vez desapareció un tío que pretendía vender a sus espaldas. Dicen que se lo cargó. Nadie se atreve a llevarle la contraria, aunque también es verdad que la mayoría de los camellos son unos capullos.

—Elínborg me ha contado algo sobre ese caso. El hombre que desapareció se llamaba Stefán y pertenecía al submundo criminal de Reikiavik, que no es precisamente el más vibrante del planeta. El caso se investigó como un homicidio e interrogaron a Herbert porque alguien lo relacionó con él, pero nunca se halló ningún cadáver y a nadie pareció importarle mucho que aquel tipo no apareciera. Los islandeses muestran una actitud peculiar ante las desapariciones. De alguna manera se han acostumbrado a ellas a lo largo de los siglos. Antiguamente, la gente desaparecía durante las tempestades y, cuando encontraban sus huesos un centenar de años después, la historia se convertía en un entretenido cuento de fantasmas que se añadía a los que ya existían. Ni siquiera el sonado caso de Geirfinnur de 1974 sirvió para cambiar esta visión. No nos afectan especialmente las desapariciones, salvo en casos excepcionales. Forman parte de las historias populares islandesas.

—Supongo que sabrás quién es Kalmann, el big shot in the business. Siempre he oído que colabora con Herbert. Es más, dicen que Kalmann lo dirige en la sombra. Por lo visto, se criaron juntos en el norte y han seguido en contacto desde entonces. Herbert es demasiado inútil como para poder controlar nada sin emplear la violencia. Ni de coña ha podido hacerse él solito con el mando del mercado de la droga. Se rumorea que Kalmann es el cerebro que opera detrás.

—Estamos investigándolo. Sospechamos que Herbert le proporcionaba chicas y que Birta era una de ellas. Aunque también podría haberle enviado de vez en cuando alguna bailarina de su antro porno.

—Sé que Herbert hace de chulo. Unas amigas mías han trabajado para él.

—¿De qué manera?

—Pues, por ejemplo, les ofrecía ir a casas de tíos, o a habitaciones de hotel o a alguna casa de veraneo.

—¿Y era Herbert quien se lo proponía?

—Eso es lo que me han contado.

—¿Y a ti? ¿Te ha hecho Herbert alguna propuesta?

—¡Por Dios, deja de torturarte!

Permanecieron en silencio hasta que Eva Lind retomó la conversación.

—Me hice las pruebas del VIH hace medio año. No me pincho como Birta y, si me acuesto con alguien, tomo precauciones. Me ando con cuidado con el sida. No soy tan tonta. No he llegado tan lejos.

—¿Te haces los análisis en Islandia?

—Claro.

—Si no quisieras hacértelos aquí, ¿adónde irías?

—Es un simple análisis de sangre. En el extranjero hay centros a los que puedes ir para saber si estás infectado. Si Birta viajaba, se lo habría mirado allí sin problemas.

—¿Y los hombres no se exponen a ese riesgo cuando quedan con esas chicas?

—Hay quienes lo tienen en cuenta y a otros no les importa. A algunos les gusta jugar con fuego. Igual es que se aburren. No lo sé.

En aquel momento sonó el móvil de Erlendur. Los clientes del restaurante se volvieron hacia él y algunos lo fulminaron con la mirada: qué cruz con los que no apagan el móvil, como si no pudieran vivir sin él. Era Elínborg. Se encontraba cerca de allí. Dóra la había llamado para comunicarle que alguien había entrado en el piso que Herbert alquilaba en el centro. No habían robado nada, pero habían levantado el suelo de una de las habitaciones y todo parecía indicar que se habían llevado algo que estaba escondido debajo.

—Mi mote era Lillibob —dijo Erlendur mientras apagaba el móvil y se levantaba de la silla.

—¿Cómo?

—Lillibob. En Eskifjörður me llamaban Lillibob.

—¿Lillibob? Por Dios, qué mono.