Sacrificio a Mólek
Martes
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25 DE OCTUBRE
Krister Eriksson se despertó antes de que sonara el despertador. Alargó la mano para coger el ordenador que estaba al lado de la cama. Tanto en la edición digital de Aftonbladet como en la de Dagens Nyheter se decía que la Policía de Kiruna dejaba que un niño traumatizado durmiera en la caseta de un perro.
No mencionaban en absoluto que él había dormido enfrente en una tienda de campaña.
Se levantó y fue directamente a la cocina, abrió el armario que había debajo del fregadero y hurgó buscando la caja de tabaco en el cubo de la basura. La abrió y observó el contenido con desánimo.
Mierda de periodistas malnacidos. ¿Y por qué había puesto agua dentro de la cajita? Vació con cuidado el contenido sobre un papel de cocina y lo puso en el microondas. Al cabo de treinta segundos al máximo, el tabaco prensado se podía utilizar de nuevo, aunque ya no era de la mejor calidad.
—No te chives —le dijo a Vera, que opinaba que era hora de desayunar
—. Si no, no la podré besar nunca.
A la hora de comer la técnica forense del Laboratorio Estatal de Criminalística llamó a la Policía de Kiruna y les informó de que había sangre en la horca y era de Sol-Britt Uusitalo.
—Estupendo —exclamó Von Post excitado—. ¿Qué hay de Jocke Häggroth?
La técnica forense explicó que no habían encontrado huellas ni pelo.
Quedaba el ADN, pero tardarían un tiempo. La sangre era una prueba más
fácil y se había mantenido bien con el frío. Le aseguró que daban prioridad al caso y acabó la conversación.
«Mataré a todos los que se pongan en mi camino», pensó Von Post mientras se tomaba su café frío y salía directo hacia el hospital.
El primero que se puso en el camino del fiscal del distrito fue la doctora residente. El estado del paciente era todavía crítico. Carl von Post fue hacia ella con pasos estudiados y decidió hablar en voz baja. Las ayudantes de enfermería pasaban de largo, unas con zapatillas de la marca Birkenstock y otras con Crocs. Se dio cuenta de que todas eran muy jóvenes.
Un agente uniformado estaba de guardia en la puerta de la habitación de Häggroth siguiendo su conversación con interés.
Von Post aclaró la situación a la doctora. Tenía pruebas técnicas que podían hacer confesar a Häggroth. Después lo intentó por la vía sentimental.
—Hay un niño de siete años que ha perdido a la única persona que le quedaba —dijo.
Explicó que el pequeño Marcus había presenciado el brutal asesinato pero lo había reprimido.
—No quiero que lo presionen para que recuerde lo que no quiere recordar —continuó Von Post con voz temblorosa—. Con todos los respetos, prefiero arriesgar la salud del asesino.
La doctora residente seguía escuchando.
—Y personalmente creo que es una presión mayor para Häggroth no decirle la verdad. Ya sabes que tenía una relación con la víctima. Se sentirá mejor si puede confesar. No soy psicólogo, pero hablo por experiencia.
Después amenazó, esta vez con guantes de seda.
—Es la sensación mediática del momento, lo he visto en los titulares.
Ella asintió.
—Han intentado entrar aquí —dijo la doctora—. Uno me ofreció dinero.
—Dentro de poco sabrán que tenemos al asesino… Y si se enteran de que no lo hemos interrogado…
«Se comerán tu hígado, querida —pensó Von Post—. Y yo seré camarero en el festín».
Von Post juntó las manos en un gesto que señalaba que en ese caso él no podría protegerla.
—Dame un cuarto de hora —pidió—. Puedes estar presente y puedes interrumpir en cualquier momento. Te agradecería que estuvieras presente, me sentiría más seguro.
—De acuerdo —dijo—. Estaré presente. Un cuarto de hora.
Jocke Häggroth estaba solo en una habitación del segundo piso, de manera que podían hablar sin ser molestados.
Von Post puso una silla al lado de la cama y se sentó. Al otro lado de la ventana lucía el sol sobre una Kiruna deslumbrante. Miró a la doctora, que se había situado un poco apartada mirando todo el tiempo los monitores en los que se veían el pulso, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial.
Häggroth parecía destrozado, blanco como la muerte, con el pelo ralo pegado al cuero cabelludo por el sudor, y el maravilloso camisón de talla única del hospital. Sobre las piernas tenía una manta de algodón y alrededor de la muñeca una pulsera de hospital que le quedaba grande. En un brazo tenía puesto el gota a gota, cuya bolsa colgaba de un soporte.
Von Post puso en marcha la grabadora y la colocó sobre su rodilla.
—Yo no lo hice —dijo Häggroth desanimado—. Y tengo…
—Sí, sí —lo interrumpió Von Post—. Lo que pasa es que la horca que encontramos en tu granero está llena de sangre de Sol-Britt Uusitalo.
«La verdad es que quisiera preguntarle otras cosas —pensó Von Post—:
¿qué cojones pensaste? ¿Por qué no la tiraste al río? ¿Cómo puedes ser tan tonto?».
No se atrevía a mirar los monitores y esperaba que las curvas se controlaran. Aguardó un momento, pero luego se inclinó hacia la oreja de Häggroth y le dijo en voz baja:
—Encontraremos tus huellas. Tardaremos un poco, pero tendremos huellas, pelo, una gota de sudor, una fibra de tu pantalón. Sólo
necesitamos…
Restregó el pulgar contra el índice.
—… átomos. ¿Entiendes lo que digo? ¿No me lo vas a contar? Creo que te sentirías mejor.
—Mientes —susurró Häggroth—. No sabía siquiera que hubiera una horca allí, sería de mi abuelo…
Se mordió el labio. Después volvió la cabeza hacia el otro lado. Cuando su cuerpo empezó a temblar, Von Post se dio cuenta de que estaba llorando.
—Venga —dijo torpemente.
«Que no se ponga a hacer el tonto y la doctora empiece a quejarse».
—Los niños —gimió Häggroth.
—Sí —dijo Von Post—. Lo entiendo.
Dejó de llorar y la doctora, que estaba en la esquina, empezó a carraspear y a moverse.
—Tiene que descansar —dijo.
Von Post maldijo en su interior y apagó la grabadora.
—Fui yo —dijo Häggroth de pronto.
Von Post la puso de nuevo en marcha de inmediato.
—Perdona —dijo—. ¿Qué has dicho?
—Fui yo. Yo la maté.
Después dio un gemido y la doctora se colocó a su lado.
—Es suficiente —dijo—. Tendréis que seguir con el interrogatorio más tarde.
Von Post salió volando de la habitación y del edificio, miró hacia los árboles vestidos de nieve y hacia el cielo azul y frío.
«Rueda de prensa —pensó con júbilo—. Tenemos la confesión. Y fui yo quien se la sacó».
Carl von Post se sentó en el coche y fue por la calle Hjalmar Lundbohmsvägen hacia la comisaría de Policía. Cuando la nieve acababa de caer, la verdad es que Kiruna era muy bonita.
La montaña de la mina había pasado de ser un montón de grava a una montaña escalonada vestida de blanco. Las hileras de casas de madera de color amarillo parecían sacadas de un libro de Astrid Lindgren.
Se miró con rapidez en el espejo antes de salir del coche. En su cabeza ya habían cobrado forma unos cuantos buenos oneliners. La rueda de prensa resultaría brillante.
Martinsson podría volver al trabajo. Bienvenida, bonita. Te puedes dedicar a acusar a borrachos al volante y a los que conducen demasiado deprisa. Me da lo mismo.
Recordó la primera vez que tuvieron algo que ver. Entonces era una maldita niña mona de Meijer & Ditzinger. El abrigo que llevaba costaba lo mismo que el sueldo de él de un mes entero. Ahora las cosas se inclinaban a que acabaría sus días sola, en su casa del pueblo, comida por sus perros.
Cuando entró en la comisaría encontró en el pasillo a Anna-Maria Mella, Sven-Erik Stålnacke, Tommy Rantakyrö y Fred Olsson.
Algo iba mal. Lo vio en sus ojos. Serios y agobiados.
—¿Dónde tienes el móvil? —preguntó Anna-Maria.
—¿Qué? Lo apagué y me he olvidado de volver a conectarlo. Estaba en el hospital y…
—Lo sabemos. Acaban de llamar. Häggroth se ha tirado por la ventana.
El estómago de Von Post se encogió de miedo.
«Ha sobrevivido —pensó—. Sólo era un segundo piso».
Cuando observó a sus compañeros se dio cuenta de que no había sido así.
—¿Cómo ha sucedido? —preguntó.
Todos miraron al suelo y después a él.
—De cabeza —respondió Anna-Maria Mella—. Cayó al asfalto justo delante de urgencias.
Flisan y Elina están tumbadas en el sofá cama de la cocina. Es medianoche, aunque el sol no se pone y fuera está claro, como si fuera mediodía.
Susurran mientras los huéspedes roncan y ventosean en la alcoba. Elina no deja de llorar.
—Tienes que poder hacer algo —le dice a Flisan—. Algo para sacármelo.
El corazón de Flisan se encoge cuando Elina habla así. Su Dios no se preocupa de si ella y Johan Albin se acuestan juntos. Está casi segura. Y
Cristo comparte sus opiniones: ser responsable de la casa, no beberse el sueldo, ser justo y tener compasión. Pero también está de acuerdo en que no se le puede quitar la vida a nadie.
—Lo superaremos —le susurra a Elina—. Podemos irnos de Kiruna, tú, yo y Johan Albin. Si quieres, nosotros podemos adoptar al niño. Así podrías seguir trabajando como maestra. Podemos vivir juntos los cuatro. O tú puedes ser su madre y nosotros te ayudamos con él. Hay otros trabajos, ya lo sabes.
Abraza a Elina y le susurra que todo se arreglará, todo se arreglará, se arreglará.
Y Elina no lo hace, no se saca el niño que crece en su vientre. No es capaz.
Esconde su estado todo el mes de julio. En vacaciones no le pagan el sueldo.
En agosto se le comunica, como esperaba, que el municipio ha empleado a una nueva maestra que ocupará su puesto.
Acompaña a Flisan, que trabaja como una posesa en verano y otoño. No mucho en la vivienda del gerente, porque Lundbohm está de viaje. Pero los servicios de Flisan son muy demandados. Sabe blanquear sábanas y cortar leña. Flisan es quien le insiste para que la acompañe. Elina puede ayudarla con faenas que no requieran mucho esfuerzo. Además, ¡Elina sabe leer!
Mientras Flisan les hace dobladillos a las toallas o cambia las cortinas de las esposas de los ingenieros, Elina lee en voz alta Oliver Twist, de Dickens, o Emma, de Jane Austen.
Flisan y sus chicas están de acuerdo en que las historias son tan tremendamente interesantes que trabajan todo el día y hasta se olvidan de
comer. ¡Y cómo lee Elina! Es como estar en el teatro.
¡Los libros! Alivian el sufrimiento de Elina. Cuando lee no piensa en Hjalmar o en el futuro.
El niño se estira en su interior y presiona la cabeza contra su estómago, tan fuerte que tiene que cogerse las costillas. Y da tales patadas que se ven bultos en su vientre.
Las esposas de los ingenieros y las demás maestras no la saludan cuando se la encuentran por la calle, pero en Kiruna vive sólo gente joven, trabajadores que tienen hijos constantemente. Hay muchas barrigas gordas y no todos están casados. Hay otros a quienes saludar y con quien hablar. Se puede ir a reuniones políticas y a conferencias, e incluso ir al Ejército de Salvación con Flisan a escuchar música de cuerda sin ser señalada con el dedo.
«Todo irá bien», se dice Elina a sí misma y al hijo que lleva dentro.
Flisan mantiene firme su invencible buen humor.
—Puedo trabajar por tres, ya lo sabes —le dice.
Y se ríe, aun cuando Elina se derrumba desanimada y Johan Albin vuelve a casa de la cantera con sangre en los oídos. Se ríe y hace broma echando de la cocina la sombra del intendente jefe.
El 3 de noviembre, Elina Pettersson pare un niño en casa, en la cocina.
La comadrona le da una palmada en las nalgas y pronuncia la palabra
«magnífico» y «guapo como su madre».
Han decidido que se llamará Frans, y Elina piensa que en el registro de la iglesia deben poner Frans Olof. Hjalmar Lundbohm se llama Olof de segundo nombre y los ángeles saben leer todas las líneas, ven lo que es importante y no se fijan en la odiosa palabra «ilegítimo».
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Eran las seis menos diez. La rueda de prensa estaba a punto de empezar.
Los periodistas aullaban sedientos de sangre.
Von Post recorría el pasillo una y otra vez murmurando «no es culpa nuestra».
«Dice “nuestra”… —pensó Anna-Maria—. No fuimos nosotros quienes hicimos el interrogatorio en el hospital».
Llamó a Rebecka Martinsson.
—Esto es una puta catástrofe —dijo—. Tan innecesario… Su hijo más pequeño era como Gustav.
—Sí —respondió Rebecka.
Después le explicó lo de la camisa.
—Pohjanen la ha enviado al Laboratorio Estatal. Admite que todo es muy raro. A ella la matan a base de punzadas, a su hijo lo atropellan hace tres años, a su padre posiblemente lo mataron de un tiro, Marcus…
Se quedó callada.
—Bueno, ya sabes…
—Seguramente fue un cazador borracho a quien le entró el pánico —
dijo Anna-Maria—. No sería la primera vez que eso ocurre, si es que el agujero es de una bala. Y el oso lo desentierra.
—Mmm —respondió Rebecka.
—Häggroth confesó, Rebecka. Es un marrón que saltara, pero fue él. Y
no tenía ningún motivo para matar al padre de Sol-Britt o atropellar a su hijo. Las casualidades existen.
—Ya lo sé —dijo Rebecka.
—Tengo que dejarte —añadió Anna-Maria—. Esto empieza ya.
Preferiría esconderme hasta que todo hubiera pasado.
—¿Dónde estás? —preguntó Rebecka.
—En el servicio, pero tengo que irme. Adiós.
Rebecka Martinsson acabó la conversación con Anna-Maria. Se tomó el café y leyó un sms que había recibido de Krister.
«Estamos jugando al escondite —ponía—. ¿Qué haces tú?».
«Sí —pensó—. Esconderse. Al escondite».
Apartó el móvil.
Pudo ver ante sí a Krister y a Marcus. Krister buscaba, Marcus se escondía. Anna-Maria se escondía en el servicio.
—Y en casa de Sol-Britt todos los armarios estaban abiertos. Estaba claro que alguien había estado buscando a Marcus. Pensó que se había escondido.
»No me cuadra —le dijo a Mocoso, que estaba sentado a sus pies mirando con veneración su bocadillo—. Pero seguro que es como dicen.
¿Por qué iba a perseguir Jocke Häggroth a toda la familia?
Le rascaba el cuello al perro.
—¿Quieres algo de mí? ¿Acaso no has cenado hace diez minutos?
«No —respondió Mocoso—. Ya lo he olvidado. El hambre me roe el cuerpo como un ratón».
El abogado Måns Wenngren estaba sentado en su despacho del bufete Meijer & Ditzinger.
Era el único socio que quedaba en la empresa, pero en los despachos de los abogados en prácticas había unas cuantas lámparas encendidas. De vez en cuando pasaban silenciosos por las alfombras del pasillo para ir a buscar café o agua.
Una de las abogadas en prácticas se paró en el quicio de la puerta y preguntó algo. Måns notó que se había puesto brillo en los labios antes de abandonar su despacho. Pensó apático en preguntarle si quería cenar con él y dejar de lado a Rebecka.
Aunque actualmente arriesgaba algo peor que un no: ser patético.
Porque ella podría ir a otro de los pasantes y decirle: «Pero ¿qué cojones se ha creído?».
Vio una rueda de prensa en Kiruna por Internet.
Tontos del culo. ¿Cómo pudieron dejar que saltara? Irse después de una confesión…
Del cajón inferior sacó su Macallan y se bebió un trago rápido de la misma botella. Después hurgó en busca de sus pastillas para la garganta y se metió unas cuantas en la boca.
En la rueda de prensa estaba Carl von Post, que contestaba a todas las preguntas.
Måns lo señaló:
—Maldito cabrón. Ese es el puesto de mi chica.
—Tenemos una confesión y una trágica muerte —dijo el fiscal—.
Policialmente este es un caso cerrado.
Varias cámaras se alzaron para tomar una buena imagen. Algunas manos se movían y había periodistas que hacían preguntas sin pedir turno.
—¿Acaso no lo vigilaban? ¿Cómo ha podido ocurrir?
—Naturalmente teníamos vigilancia.
Von Post hizo una larga pausa apretando los dientes hasta que se tensaron los músculos de sus mejillas.
—Naturalmente, pero nuestro hombre se encontraba en un hospital.
Dejó que la información se posara y continuó con la mirada fija en la cámara más grande.
—Un asesino se ha quitado la vida y es una tragedia, pero lo superaremos. Y nuestros pensamientos están con los familiares. Pero, y esto es importante, por lo que yo sé, el médico responsable no había observado nada que indicara que fuera un suicida.
«Qué bonito —pensó Måns Wenngren—. Un asesino se quita la vida».
—¿Cómo era la vigilancia?
—Para que no pudiera fugarse, pues estaba arrestado. La doctora que lo atendía no lo consideraba un suicida. No había motivo alguno para poner en tela de juicio esa valoración.
«El tipo es hábil —pensó Måns—. Le carga a la doctora la responsabilidad como si no hubiera hecho otra cosa en su vida».
Parecía que los periodistas estiraran el cuello y empezaran a buscar el olor a descomposición por otra parte.
«Pobre mujer —pensó Måns—. Espero que sea una doctora jefe con la piel bien curtida».
Después el fiscal siguió hablando. Måns se tomó otro whisky.
Von Post explicaba que el asesino mantenía una relación con la víctima.
El arma había sido encontrada en la propiedad de Häggroth con sangre de la víctima.
«La escoria ha perdido cualquier tipo de protección legal —pensó Måns Wenngren—. Lo llama asesino pero todavía no ha sido juzgado. ¿Qué pasa con lo de inocente hasta que se demuestre lo contrario? Creía que Suecia todavía era un Estado de derecho. Por lo visto estaba equivocado».
Måns cogió su iPhone. Ya no podía escuchar más. No era más que basura.
Miró sus mensajes aunque en la pantalla no había nada que indicara que tuviera alguno nuevo. Miró las últimas llamadas aunque no ponía que hubiera perdido ninguna. Miró sus correos electrónicos, nada de Rebecka.
Después, sin pensarlo bien, llamó a Madelene, su primera mujer.
Lo que sí pensó fue que seguramente no era una buena idea, y estuvo a punto de colgar, pero ella respondió.
No parecía tan seca como él se esperaba.
«El tiempo pasa —pensó—. No soporta odiarme mucho más tiempo».
—¿Qué tal? —preguntó.
—Måns —dijo ella con más calidez que la que él se merecía—. Eres tú quien me ha llamado. Así que, ¿qué quieres?
Otra abogada en prácticas pasó por delante de su puerta. Llevaba abrigo y un delgado portafolios bajo el brazo. Saludó con la mano y dijo adiós casi sin voz.
Él respondió al saludo e hizo un gesto con un dedo para que ella cerrara su puerta, lo que la joven cumplió.
—¿Qué nos pasó? —preguntó—. En realidad, ¿por qué nos separamos?
Al otro lado de la línea, Madelene respiró hondo.
—¿Dejamos el tema? —dijo suave—. ¿Cómo estás?
—No he bebido, sólo es que…
—¿Pasa algo con Rebecka? He visto que han cogido al asesino allí arriba y que se ha quitado la vida. ¿No era su investigación?
—No, era de ese fiscal idiota que tiene como compañero. No entiendo que quiera seguir trabajando con esa gente.
Observó su whisky. No quería ponerse más mientras hablaba con Madelene. Lo oiría al momento. Tenía el oído entrenado.
—Quiero algo con Rebecka —explicó—. Me gustaría casarme con ella.
No he sentido eso nada más que contigo, pero es tan jodidamente complicado… ¿Por qué tiene que ser así?
La oyó suspirar como respuesta.
—Tú ya lo sabes —continuó—. Estoy inquieto. Quiero que se venga a vivir aquí y quiero que nos hagamos viejos juntos…
—¿Qué? —replicó su mujer paciente, y él notó con cierta gratitud que no ironizaba sobre lo de hacerse viejo con Rebecka aunque ella fuera mucho más joven.
—O que se vaya al infierno —dijo indignado.
—Bueno, eso es lo que sueles hacer.
—Perdona —dijo sin atisbo de rencor en la voz.
—¿Qué?
—Perdona, Madde, por todo lo que tuviste que soportar. Y siempre has sido una madre extraordinaria. Si no hubieras… ahora yo no tendría ningún contacto con los niños.
—Está bien, Måns —dijo despacio.
—Son buena gente, ¿verdad? Parece que están a gusto con la vida.
—Son majos, sí.
—Sí. Bueno, pues adiós —dijo de pronto, y colgó el teléfono antes de que a ella le diera tiempo de responder.
Madelene Ekströmer, antes Wenngren, apartó el teléfono.
Su ex había cortado como solía hacerlo, inesperada y rápidamente.
Había tardado años en aprender a gestionar cómo le colgaba el teléfono.
Después fue hasta su marido, que estaba sentado en el sofá Howard con una bebida en la mano antes de la cena y el fox-terrier de la familia a los pies.
—¿Måns? —preguntó sin apartar la vista del televisor.
—¿Sabes? —le dijo besándolo en la cabeza como señal de que era allí donde ella se sentía en casa—. Me ha pedido perdón. Lo ha hecho. ¿Estoy soñando? Creo que ha bebido.
—¡No me digas! —exclamó su marido—. ¿Tiene cáncer o algo así?
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Anna-Maria Mella sufrió la rueda de prensa junto a Von Post. Se sentía pegajosa y tenía un dolor de cabeza persistente.
Había vendido su lealtad en aquel caso de asesinato. Cuando se lo quitaron a Rebecka debería haber dicho: «Vete al infierno, fiscal de mierda».
Alf Björnfot estaba al fondo de la sala y parecía contenido. Mella pensó que era por culpa suya. Aunque admitirlo no cambiaba el hecho de que ella debía haber reaccionado de otra manera.
«Un asesino se ha quitado la vida». Von Post consiguió decirlo tres veces durante su presentación y las preguntas que le siguieron. Mañana sería titular por lo menos en un periódico.
Y la pobre doctora residente. Había empezado a darle caza de inmediato y se dio cuenta de que muchos periodistas empezaron a teclear en sus móviles cuando el fiscal insinuó que el hospital era el responsable.
Empezó a invadirle el desánimo. Su deber era perseguir a los delincuentes y tendría que estar de buen humor cuando los detenían. Eso debería compensar todos los casos sin resolver, todas las fugas, la escasez de recursos, la falta de tiempo, todas las mujeres a las que maltrataban sus maridos y todos los expedientes que se quedaban en un cajón, sin rellenar y archivados. No se trataba de animarlos a que se tiraran por la ventana.
Aquello era una mierda.
La Peste seguía hablando. La investigación se había llevado de forma efectiva y profesional, aseguraba. «Vaya —pensó Anna-Maria—. Eso sí es una novedad».
Al fondo de la sala, detrás de los periodistas y los fotógrafos, se abrieron las puertas y entró Sonja, la telefonista. Las gafas de montura azul le colgaban de una cinta roja alrededor del cuello. Llevaba el pelo recogido con una enorme pinza y su blusa estaba pulcramente planchada.
Estuvo largo rato hablando al oído de Alf Björnfot. Mientras tanto, él fruncía el ceño más y más. Le susurró algo como respuesta. Ella se encogió
de hombros hasta las orejas y volvió a hablarle al oído. Después, los dos miraron fijamente a Anna-Maria.
Alf Björnfot se estiró y echó la cabeza hacia atrás como señal para que se acercara hasta ellos.
Anna-Maria sacudió imperceptiblemente la cabeza para decir que no podía.
Él asintió despacio y le lanzó una mirada de «quiero-decir-ahora-mismo».
—Perdón —susurró Anna-Maria abandonando su sitio.
Notó la mirada de soslayo que le echaba Von Post.
«Vete al infierno, fiscal de mierda», pensó saliendo de la sala con Alf Björnfot y Sonja.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Bueno —dijo Sonja con su cantarín sueco finlandés—. No quería molestar, pero he pensado que esto no podía esperar.
Abrió la puerta de la sala de interrogatorios. Después se fue.
En el borde de la mesa estaba sentado un hombre de unos treinta y cinco años.
Iba vestido con un anorak ancho y una sudadera con capucha debajo, unos anticuados pantalones de militar verdes y botas. Llevaba la cabeza cubierta con un gorro de lana y el vello facial estaba tan crecido que le faltaban apenas unos días para poder llamarlo barba. No encajaba con aquella habitación amueblada de forma espartana, con su pequeña mesa de reuniones y las sillas tapizadas de azul para crear un ambiente oficial. Tenía los ojos rojos como un conejo blanco y cara de borrachín.
«Vaya por Dios —pensó Anna-Maria—. ¿Un loco que quiere confesar?».
Los miraba de tal forma que Anna-Maria pensó en las tres veces que en su vida como policía había tenido que ir a informar a los familiares de las muertes de las víctimas.
—¿Sois policías? —preguntó el hombre.
En cuanto empezó a hablar, Mella se dio cuenta de que no era ningún loco. Sólo estaba alcoholizado. Anna-Maria se presentó a sí misma y a
Björnfot.
—Acabo de llegar a casa y me he enterado —dijo el hombre—. Me llamo Mange Utsi. Jocke Häggroth es amigo mío. Éramos amigos. Y él no ha matado a Sol-Britt Uusitalo.
—¿No? —preguntó Anna-Maria.
—No entiendo nada. Por lo visto lo ha confesado y después… Qué horror. Pero es imposible que lo haya hecho él. Estuvo conmigo todo el fin de semana.
Von Post estaba delante de Mange Utsi con las piernas abiertas y los brazos en cruz, las mandíbulas apretadas y una expresión de recelo.
—¡Mientes! —dijo, y en su voz había casi una súplica.
—¿Puedo tomar un café? —preguntó Mange Utsi.
Miraba resignado a los policías de la sala.
—¿Por qué iba a mentir? Jocke está muerto, joder.
Anna-Maria Mella, Fred Olsson y Tommy Rantakyrö estaban apoyados en la pared. Sven-Erik Stålnacke estaba en su casa. Cuando llamaron del hospital y le explicaron que Jocke Häggroth había saltado por la ventana, cogió su chaqueta y se fue sin decir palabra. Había solicitado la baja por enfermedad.
—¿Tienes testigos? —preguntó Von Post.
—Creía que yo era una especie de testigo —suspiró Utsi—. Y también una cola-cola, por favor —le pidió a Tommy Rantakyrö, que salía a buscar café.
—Él confesó —dijo Von Post—. ¿Por qué iba a confesar algo que no había hecho?
Mange Utsi se encogió de hombros.
—Explica lo que me dijiste antes —dijo Anna-Maria.
—Nos fuimos el sábado por la mañana a la cabaña de su hermano, en Abisko. Y… bueno, bebimos bastante, así de sencillo. Ya sabéis lo que pasa. A veces uno tiene que despejar la cabeza.
Los policías se miraron. Lo que allí se tenía que despejar era un enigma.
—Jocke volvió a casa el domingo, bastante tarde. Yo acabo de llegar a mi casa y me han dicho lo que ha pasado. Os prometo que el sábado estuvimos en la sauna. No podía conducir aunque hubiera querido. El vecino también pasó a vernos, así que no soy el único que puede dar testimonio.
—Tengo que hacerte una pregunta —dijo Anna-Maria—. Su mujer…
¿Qué relación tenían?
Mange Utsi parpadeó como si tuviera arena bajo los párpados. Sacudió la cabeza y le echó una mirada a Anna-Maria pidiendo piedad.
—Yo sólo quería decir que no fue él.
—Todo saldrá a la luz —replicó Anna-Maria tranquila—. Venga, te sentirás mejor.
Tommy Rantakyrö entró con café y coca-cola. Mange Utsi se lo agradeció y vació tanto la lata como la taza a tragos largos. Eructó, se excusó y, después de un rato, dijo:
—Ella le pegaba.
Los policías volvieron a mirarse unos a otros.
—¿A menudo? ¿Fuerte? —preguntó Anna-Maria.
—No sé. No hablaba de eso. Nunca hablábamos de eso. A veces, cuando traía un ojo morado, bromeaba y decía que era tremenda con la sartén.
Mange Utsi miró al suelo e hizo una mueca.
—Son cosas que… pasan. Bromeaba, pero cuando estaba desnudo veías los moratones viejos de color amarillo.
—¿La conoces?
—Bueno…
—¿Sabías que Jocke tenía una relación con Sol-Britt Uusitalo?
—Sí, a veces yo era su coartada. Aunque…
—¿Sí?
—Decía que nunca dejaría a Jenny. Por los niños y por…
—¿Sí?
—… porque podría matarlo. Eso era lo que decía.
«O quizá a Sol-Britt», se dijo Anna-Maria, y le pareció que los demás pensaban lo mismo.
—¿Cómo crees que reaccionaría si se enterara de que tenía una relación con otra?
—No se pondría contenta —respondió Mange Utsi—. Desde luego.
—Id a buscarla —ordenó Von Post—. Y si mañana decís algo a la prensa…
Acabó la frase mirando a los presentes y apretando el puño como para romper algo invisible.
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Ir a buscar a Jenny Häggroth fue como meter el brazo en un saco lleno de serpientes.
Una mujer con los ojos enrojecidos por el llanto abrió y se presentó como la hermana de Jenny. La llamó.
«¿Esto es un trabajo? —pensó Anna-Maria intentado no ver los zapatos mojados de niño y los pequeños anoraks que estaban colgados en la entrada
—. Dejar a criaturas huérfanas o localizar familias de inmigrantes para echarlos del país. Puta mierda. Creo que odio este trabajo».
Fred Olsson y Tommy Rantakyrö estaban detrás de Anna-Maria, en alerta. Durante el camino hasta Kurravaara no habían dicho ni una palabra.
Tommy Rantakyrö cambió el peso de un pie a otro un par de veces, levantó los brazos y se puso una mano en la nuca. Después empezó a rascarse de forma intensa.
«Estate quieto», pensó Mella furiosa.
Jenny apareció en el recibidor, con el pelo sucio, pantalones de estar por casa y una sudadera con capucha. Tenía los ojos llenos de odio.
—Lo siento —dijo Anna-Maria—. Tienes que acompañarnos.
—¿Para que me tiréis por la ventana?
—Jenny, entiende que…
—¡Tú! —gritó Jenny con una voz tan alta que los policías y su hermana dieron un respingo—. ¡No se te ocurra pronunciar mi nombre! ¡Puta policía! ¡Policías de mierda! ¡Cabrones!
Sin apartar la mirada de ellos, dio un puñetazo al espejo del recibidor.
Se rompió en varios trozos y cayó al suelo.
Los policías se quedaron espantados mirando la mano llena de sangre.
—¡Jenny! —gritó su hermana.
—¡Cierra el pico! —rugió Jenny.
Después gritó para que la oyeran en el piso de arriba.
—¡Niños! ¡Venid aquí! ¡Ahora!
Dos chicos salieron a la escalera. El mayor llevaba un gorro puesto aunque estaba dentro de casa, una camiseta grande y vaqueros con tirantes.
El más pequeño también llevaba jersey y vaqueros, todo demasiado grande, y una consola en la mano. Intentó cogerse del mayor, pero el hermano no lo consintió.
—Aquí —gritó Jenny Häggroth enseñando sus ensangrentadas manos
—. Ponedme las esposas. Hacedlo. Delante de mis hijos. Estos son los malnacidos que mataron a papá.
—¿Por qué no nos acompañas? Así de simple —dijo Anna-Maria—.
Tranquilízate.
—¿Tranquilizarme? Te vas a acordar —dijo Jenny dando un rápido paso hacia Mella.
A Anna-Maria le dio tiempo de ponerse las manos delante de la cara antes de que Jenny Häggroth la cogiera del pelo con una mano mientras le pegaba con la otra. Intentaba darle golpes en la cara pero se encontraba con los brazos de Anna-Maria, e intentó aplastarle la cara contra el espejo roto.
Los niños y la hermana empezaron a chillar.
Tommy Rantakyrö y Fred Olsson se echaron sobre Jenny Häggroth y la apartaron de Anna-Maria. Jenny escupía y pataleaba, soltó una mano y arañó a Fred Olsson.
—¡Mi ojo! —gritó este poniéndose las manos sobre la zona herida.
En ese momento se adelantó Tommy Rantakyrö, golpeó a Jenny y la tumbó en el suelo. Estaba encima de ella mientras le ponía las manos detrás de la espalda.
Anna-Maria lo ayudó con las esposas y la sacaron de la casa, mientras la hermana, los niños y la detenida seguían gritando.
Fred Olsson le enseñó el ojo a Tommy.
—Sigue ahí —constató serio Tommy Rantakyrö masajeándose la mano derecha.
Después Olsson se sentó en el asiento del conductor.
—Oye —dijo Anna-Maria—. Este es mi coche.
—¡Ni lo sueñes! —rugió Fred Olsson—. Siéntate y cierra el pico. Sólo falta que nos matemos todos.
Hicieron el camino de vuelta igual de callados que a la ida.
La que no se callaba era Jenny Häggroth. Estuvo gritando todo el trayecto hasta la comisaría. Eran putas, maricones, cabrones, gilipollas. Los iba a demandar, se vengaría y los mataría, así que ya podían andarse con cuidado.
Nadie le dijo que se callara. Anna-Maria la miraba de reojo: tenía la cara hinchada y roja después del golpe de Tommy Rantakyrö y necesitaba que le vieran la mano herida.
Cuando Jenny Häggroth se encontró con Von Post en la comisaría, también le dijo lo que pensaba de él, sobre todo en lo tocante a su inclinación sexual. Después añadió, sorprendentemente tranquila:
—No diré ni una palabra hasta que me traigáis a un abogado y quiero a Silbersky.
La encerraron, y Carl von Post le prometió que se encargaría de cumplir su petición.
—A pesar de todo, está detenida como sospechosa de asesinato —dijo apoyado en la pared del pasillo—. Y teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy, no podemos cometer errores. ¿Qué cojones le habéis hecho?
—Resistencia violenta —respondió Anna-Maria señalando con la cabeza a Fred Olsson, a quien todavía le sangraba la herida de encima del ojo—. Eso sólo fue el principio.
—Vosotros erais tres —replicó Von Post con la voz apagada—. Contra una mujer sola. Esto es una mierda y tendríais que ser conscientes.
Miró el reloj.
—Haced lo que os salga de los cojones. No podemos interrogarla antes de que llegue su abogado. Si puede Silbersky, que coja el primer vuelo mañana a primera hora. Nos reuniremos mañana a las ocho.
Luego se fue.
—Yo no sé vosotros —avisó Anna-Maria Mella a sus compañeros—, pero yo me voy a Landströms a tomarme una cerveza.
En Landströms se sentaron al fondo y se tomaron la primera cerveza en silencio. Notaban que la gente los miraba. La noticia era de dominio
público. Un cantante aceptable entonaba canciones de Cornelis un poco alejado de ellos.
Al cabo de un rato, el alcohol había limado las asperezas de un día tan deplorable. Pidieron carne, de la que allí colgaban antes de hacerla para que soltara el líquido, y sardinas con puré de patata y pan tostado.
Anna-Maria se relajó un poco. Era agradable estar un poco atontada y recibir el cariño de Tommy Rantakyrö y Fred Olsson. Además, esa sensación crecía con el nivel de alcohol en la sangre.
—Joder, eres la mejor jefa que he tenido en la vida —dijo Tommy Rantakyrö.
—La única que has tenido, pero aun así —añadió Fred Olsson brindando.
—La mejor que uno se puede imaginar —terminó Rantakyrö mirándola con ojos de perro faldero.
—Vale ya, que se lo va a creer —advirtió Fred.
Después se puso serio.
—Te pido perdón por lo de hoy, Mella. Me he agobiado.
—No te preocupes. Creo que es el peor día de mi vida. Pobres críos.
—Pobres de nosotros —replicó Rantakyrö—. Cuando Silbersky vea su ojo morado, me denunciará. Me acusarán de maltrato. Y de incumplimiento. Y después me quedaré sin trabajo.
—Debería llevarlo Martinsson —dijo Fred Olsson—. A ella no le imponen los putos abogados y tampoco se deja amedrentar por ellos. La Peste te echa a los lobos con tal de salir bien parado.
—No perderás el trabajo —dijo Anna-Maria—. Te lo prometo.
Tommy se fue balanceándose hacia la barra. Anna-Maria y Fred Olsson escuchaban Cartas desde la colonia.
—No se entiende —dijo Fred Olsson.
—¿No? —respondió Anna-Maria Mella.
—Ella le pegaba y él se culpa del asesinato y se quita la vida.
Tommy Rantakyrö volvió con una botella de Arvo para Anna-Maria y tequila con limón y sal para él.
—Mi favorita —declaró Anna-Maria—. Como un caramelo pero mejor.
Tommy chupó la sal, se bebió el tequila de un trago y mordió el limón.
— Meno, ¿qué deshis? —preguntó con el trozo de limón en la boca imitando a un mono—. ¿Creéis que es capaz de matar a pinchazos a una persona?
Anna-Maria emitió un sonido gutural y a Fred Olsson se le fue la cerveza por la nariz.
Después se echaron a reír y no podían parar. Las lágrimas les resbalaban por las mejillas y la gente de su alrededor se quedó callada, mirándolos. Al final, Fred Olsson parecía llorar y Tommy Rantakyrö se aguantaba la barriga. Consiguieron ponerse serios un momento, pero volvieron a explotar de nuevo.
Y estuvieron riéndose hasta que empezaron a dolerles las mandíbulas.
La gente que había en el local intercambiaba miradas, pero ellos no podían parar.
Anna-Maria Mella se fue sola a casa. Le alegró ver la nieve recién caída que iluminaba la oscuridad. Aunque tenía que haber más nieve para que ella estuviera contenta. Echaba de menos a su marido y a sus hijos, y pensó en los pobres críos de Jenny y Jocke Häggroth; también en cuando Jenny llamó a los niños les enseñó sus manos ensangrentadas e hizo que vieran cómo la Policía la esposaba.
«Claro que podría haberlo hecho ella —pensó—. ¿Quién sabe?».
Llega el invierno a toda velocidad. La tormenta levanta la nieve contra las paredes de las casas, vapulea a todos los que han tenido que salir a la calle, les muerde la cara y los tira al suelo.
Da igual si se quita la nieve; el viento la vuelve a poner en las calles. Se camina con dificultad y hay poca visibilidad.
La gente tiene el fuego encendido dentro de casa todo lo que puede.
Algunos queman los muebles cuando se acaba la leña. En las peores casas sale agua de las paredes por la madera mojada. Apenas se atreven a abrir
porque la nieve entra y la tormenta amenaza con soltar las puertas de los goznes. Incluso las ventanas están tapadas con nieve y hielo.
Frans Olof tiene dos semanas y Elina no ha salido de casa desde que nació.
De pronto, la noche del 18 de noviembre, para la tormenta. El ruido de fuera desaparece. El viento amaina de golpe y se queda dormido. La ciudad está blanca y completamente quieta. Sale la luna, amarilla y grande.
Elina coloca a su hijo en el trineo de la leña. Tiene que salir y moverse.
Fuera, la gente ha formado senderos en cuanto por fin ha podido salir de casa. Hay huellas de ratoncillos en la profunda nieve. Algunos niños juegan con un perro. Frans Olof duerme en el trineo.
Ella va pensando en sus cosas y de pronto está junto a la escuela.
Se siente mal cuando piensa en los niños y en la profesión que nunca más podrá ejercer. Se pregunta si sus alumnos la echan de menos, si la nueva maestra fácilmente ha ocupado su puesto en sus corazoncitos. Se pregunta si el aula está igual o si la nueva maestra ha hecho muchos cambios.
En Kiruna no se cierra con llave. Quizá podía atreverse a entrar y ver.
No hace mal a nadie.
Saca al abrigado Frans del trineo y entra en la escuela. Las ventanas están heladas hasta la mitad, pero por la parte superior entra suficiente luz de luna para que los ojos pronto se acostumbren y puedan ver.
No, no hay muchos cambios. Decide que la nueva maestra es una pobre chica falta de imaginación. Ella cambió mil cosas la primera semana.
Tiene calor. Deja a su hijo dormido detrás del órgano y se desabrocha el abrigo. Cuando lo deja en la tarima oye cómo se abre y se cierra la puerta de la entrada.
Después se queda helada cuando reconoce la inequívoca voz.
—Señoriiiiita. Señoriiiiita Pettersson.
Cuando aparece por la puerta de la clase, su cara está envuelta por la oscuridad.
—Así que aquí está. Sale como una perra por el pueblo en cuando ha nacido el niño. Está claro.
No se atreve a moverse cuando él, despacio, cierra la puerta de la clase con llave y se la mete en el bolsillo.
Ella sólo piensa en el niño. Que no se despierte.
«Si descubre al niño me mata de un golpe y deja al niño en la calle para que se muera de frío», piensa.
Sabe que lo haría.
Jadea como un animal cuando sus fuertes manos le aprietan las muñecas.
Ella vuelve la cara, pero él le coge la barbilla y le obliga a recibir su boca.
—Si me muerdes te mato —gruñe.
Le rasga la blusa y la presiona sobre la tarima. Le aprieta los pechos llenos de leche hasta que ella empieza a gemir.
Parece que le molesta que no grite ni llore, que no se defienda. Le da un puñetazo en la cara.
No le duele mucho. Sólo siente cómo el calor se esparce por toda la cara y que la boca le sabe a sangre.
Se da cuenta de que piensa matarla. Es lo que va a hacer. La odia. Hay una furia en él que ella ha despertado con su juventud, su belleza y con su relación con Hjalmar.
Le baja las bragas y se saca el pene. Ella todavía está delicada, el parto es muy reciente. Se aprieta contra ella.
—¡Esto! —grita—. ¡Esto es lo que le gusta a la puta! ¿Verdad?
¿Verdad? —Y le da una bofetada. Le golpea la cabeza contra la tarima y le arranca mechones de pelo.
La sangre le pasa desde la nariz rota hasta la garganta.
Él empuja repetidamente y cada vez hace más ruido.
Le ha puesto los dedos alrededor de la garganta y ella lucha impotente con sus débiles brazos.
La luna y las estrellas se pasean por el techo. Llenan toda la clase de una brillante luz.
El niño duerme como un ángel. Cuando una hora más tarde despierta y llora, allí no hay nadie, excepto su madre muerta sobre la tarima.
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